martes, 2 de mayo de 2023

VIRIDITAS, 8: Entrevista a Domingo de la Lastra, arquitecto

Quedamos en la puerta de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Cantabria aledaña al Hospital Universitario Marqués de Valdecilla para empezar viendo el único tramo que se conserva de la verja que cerraba el perímetro de la Casa de Salud Valdecilla, medio oculto por enredaderas. Si no lo estuviera probablemente no habría llegado hasta nosotros. Lo protege el olvido.

Nos falta cultura de mantenimiento.

Lo afirma Domingo de la Lastra, de quien admiro tanto su trabajo como su implicación en distintas causas, no todas cómodas pero siempre justas. Suyos son los Cines Groucho de Santander, la pasarela del Mercado de la Esperanza o el centro cultural de Gándara (Soba). De su grado de compromiso da cumplida cuenta la creación del "Grupo Alceda", foro ciudadano para la defensa del patrimonio cultural y natural, y su colaboración como vocal de patrimonio arquitectónico en "Hispania Nostra Cantabria". Pese a nuestras muchas afinidades, no habíamos coincidido hasta ahora. Era hora de enmendarlo.

Nos falta querernos, tomarnos en serio, respetarnos.

(pausa)

Nos falta amor propio, concluye.

Nos detenemos bajo una hermosa mimosa florecida. Es un estallido amarillo. La verja presenta en su parte central el anagrama enmarcado de la Casa de Salud Valdecilla. Quedan pocos de estos marcos, apenas dos o tres. Del resto, y debieron ser decenas, nada se sabe. La casa que el doctor López Albo tenía a orillas del río Madre, que hace de frontera entre Colindres y Laredo, recientemente derruida, disfrutaba de un jardín indiano en cuya cancela había otros dos anagramas, del padre y de la madre, que respondían al mismo estilo que el del Hospital, quizá estos más escuetos, más ornamentados los familiares, como si unos y otros hubieran sido diseñados por una misma mano movida por distintos intereses o en distintas épocas. Tampoco se sabe dónde están estos últimos. La casa cuando la tiraron ya no pertenecía a la familia del doctor.

No paramos aquí por casualidad. Mi abuelo cabuérnigo en cuanto podía se prendía una ramita de mimosa en el ojal de la chaqueta. Le pregunto a Domingo por su abuelo, Deogracias Mariano de la Lastra, a quien debemos algunas de las obras más relevantes de la arquitectura cántabra, como la sede del antiguo Ateneo Popular de Santander, de estilo moderno, la casa de vecindad que destaca en la esquina de la C/ Fernández de Isla, de estilo cubista, o el monumento al Dr. Madrazo en Vega de Pas, entre otras muchas.

Domingo me relata una historia de vida de su abuelo, que conoce por testimonios familiares, relacionada con el Hospital. Resulta que se convocó un concurso público para construir un hospital que sustituyera al de San Rafael, actual sede del Parlamento de Cantabria, concurso que ganó su abuelo junto con los arquitectos Eloy Martínez del Valle y Francisco Urcola. Pero al poco de arrancar las obras, se paralizaron por falta de presupuesto. Las retomó, como sabemos, el marqués, que impuso sus condiciones, quedando el anterior proyecto al margen. Pleitearon los responsables por sus derechos y ganaron, pero el proyecto fue otro. El dinero que recibió su abuelo como compensación lo invirtió en el asilo para ancianos desamparados de la Calle Santa Lucía y en la construcción del banco - monumento en homenaje al doctor Víctor Quintana que se encuentra en el Paseo Pereda. El doctor Quintana fue el último director del Hospital de San Rafael y había sido llamado a dirigir el nuevo hospital pero finalmente fue sustituido, por interposición del marqués, por el doctor López Albo, recomendado por el doctor Gregorio Marañón. El arquitecto que terminó firmando las obras fue Gonzalo Bringas.

Entramos en una cafetería próxima al Hospital. Pedimos y nos acomodamos en un sofá. Nuestra charla es amena y avanza sin atropellos, evitando los tumultos. En un momento dado Domingo se refiere a la fidelidad que debemos a nuestra memoria. Le interrumpo porque es una idea que me parece buen pórtico para la entrevista y le pido un poco de tiempo para sacar la libreta y tomar nota de lo que está diciendo.

Tomando de la mano tu frase, Domingo, te quería preguntar por la idea de originalidad. Sabrás que los templos japoneses son considerados de los más antiguos del mundo a pesar de ser de madera o precisamente por serlo, y Domingo asiente, los más antiguos porque se pueden rehacer una y otra vez, siempre que se decida hacerlo, y paro para provocar su respuesta.

Exacto, confirma.

Mi intención era exponer que nuestra arquitectura tradicional también fue de madera hasta el 1500 y que la posterior, de piedra, conserva dentro una recia estructura de madera que recibe el nombre de cuadru, una especie de pérgola compuesta por cuatro postes sobre los que apoya directamente la cubierta, herencia de nuestra arquitectura más antigua. Los muros aquí no son de carga, solo se ocupan de envolver, de proteger el cuadru, el alma de madera de la casa. Desde este punto quería llegar a la idea de regeneración tanto en el reino vegetal como en la arquitectura y cómo la relación entre ambos dominios se puede expresar, en mi opinión, a través de la jardinería, eso quería.

Pero no hizo falta.

Domingo me toma la palabra para llevarla mucho más lejos.

Asisto a un despliegue conceptual impresionante. Desisto de apuntarlo todo. Las más de las notas que siguen están escritas a partir de mis recuerdos, ligeramente prendidos de la memoria como mimosas en la chaqueta de mi abuelo.

En vista de la fragilidad de nuestra memoria, asevera (Domingo está asentando los cimientos y quiere que sean firmes), es más importante la fidelidad a ella misma que la propia memoria.

El patrimonio es la señal, la presencia de la memoria, continúa.

Su sola presencia, y Domingo se refiere al patrimonio, justifica el relato que comprende su razón de ser.

(pausa)

Yo puedo vivir en mi presente, sin patrimonio, lo que pasa es que si prescindimos de lo material, si yo pierdo la presencia de la memoria...

No concluye la frase porque prefiere abordar la idea que me quiere transmitir desde otro ángulo:

Si solo hay presente, si no hay patrimonio, al no haber constancia de la memoria, no hay razón para conservarla.

Asiento y él parece satisfecho.

Perder el patrimonio no es tanto perder el recuerdo como el recuerdo de eso que tenías que recordar, el recuerdo de que tenías que recordar algo.

Me pongo en situación e imagino que cambio de mano el reloj para recordar algo, que pierdo el reloj y que ni siquiera me acuerdo de haberlo tenido. 

Para el hombre sin memoria no hay nada antes ni después, continúa Domingo. Para el hombre sin memoria solo hay presente. La rebelión ante la fugacidad de la vida que rige el presente, ante el abismo del tiempo, es la memoria. Es en la memoria donde reside nuestro sentido de la eternidad, la memoria es el modo como retamos a Dios. Ese sentido trágico de la existencia motiva las grandes decisiones, es cuando tomamos consciencia de nuestra finitud, de una vida enmarcada por un antes y un después, por un final inexorable.

(pausa)

(le miro de hito en hito)

(me devuelve una mirada afilada)

(vuelvo al papel y Domingo al discurso)

La reacción es la belleza.

Esa reacción es emocionante.

Querer dejar la huella de lo que la vida nos hace sentir, eso es la belleza, y esa huella es el patrimonio.

(pausa)

No hacemos más que consecuencia.

No se oye a nadie a nuestro alrededor a pesar de estar todos los sitios ocupados. Nos envuelve un silencio respetuoso. Le pido a Domingo que me cuente algo más sobre él.

Ahora está muy ilusionado con un proyecto en Otero, cerca de Cabanzón, en el valle del Nansa. Se trata de una antigua iglesia que se quiere consolidar como ruina. Luego me explicará. También le apasiona pintar. No conozco su obra pero cuando escribo estas líneas ya me he preocupado de buscar y me encanta, por viva y comprometida. Es fácil de encontrar en redes.

Aprovecho para contarle que estoy dando vueltas al nombre del valle de mi familia, que es Cabuérniga, topónimo que no logro desvelar, y que creo que tiene que ver con una gran depresión abierta en el monte que preside el valle conocida como La Canalona. Me he acercado a ella desde las cumbres cercanas, costeando, desde el pie de la montaña, pero sin resultados, no logro saber el porqué del nombre del valle, de modo que ahora estoy yendo a La Canalona siempre que puedo a pintarla, que es otra forma de acercamiento. He comprado carboncillos pero no me valen porque no soy capaz de encontrar la luz en ellos, porque aun habiendo negrura no todo lo es, así que he empezado a pintarla con lo que encuentro, por ejemplo hojas que aprieto contra el papel, papel que mojo o expongo al sol, o con tierra.

Me dice entonces que le gustaría hacerme un retrato.

Se lo agradezco.

Aprovecha su obra de Cabanzón para explicarme lo importante que es consolidar una ruina. Esta se suele despreciar, tomar por un despojo, la ruina es de alguna manera una decepción, dice, pero en realidad la ruina es todo lo contrario. 

Se lo piensa y sentencia que la sola presencia de la ruina educa.

Le pido que se extienda en esa idea.

Poner freno al proceso de descomposición de la ruina para que sea contemplada y apreciada cambia la actitud de la persona, explica. El sentido contemplativo de la ruina potencia nuestra capacidad de aprecio.

Para aceptar la ruina tienes que cambiar tu propia percepción.

Digo sí.

Domingo tiene razón, ante el reto de una ruina detenida en el tiempo de forma consciente es imposible no preguntarte por qué, por qué esa ruina te interpela, y respondiéndote, sea cual sea la repuesta, estás ampliando tu percepción, estás incluyendo nuevos factores que sopesar, estás, en definitiva, enriqueciéndote.

Pasado es todo, no solo un palacio, también lo es una ruina, añade. Lo que llamamos patrimonio es una selección, es aquello que entendemos necesario para construir el relato de la historia, dice, y no puedo dejar de darle la razón. Por eso remarcaba antes, continúa Domingo, que una ruina es muy potente, porque cuando se selecciona, y toda selección implica una consciencia, se está construyendo patrimonio.

Es muy importante que la selección sea justa.

No debemos obnubilarnos por la verdad porque la verdad es una mentira más. Hay que ser justos en el relato, con eso es suficiente. 

Que sea justo significa que esté ajustado a las circunstancias.

Su última reflexión me conduce a los antiguos concejos, a su naturaleza. Primero eran los vecinos los que se reunían para debatir sobre los temas que ellos consideraban importantes, todos en pie de igualdad, donde las opiniones de todos valían lo mismo y se decidía en común, pero después las élites pasaron a controlarlos y a manipularlos para legitimar las decisiones que ellos provocaban y que a ellos beneficiaban. ¿O acaso los concejos nacieron precisamente para que las élites ejercieran un mayor control sobre sus vecinos? Es una reflexión relacionada con las circunstancias que apuntaba Domingo, que tan importantes o más que ellas me parecen las condiciones que las hacen posibles, y así se lo traslado.

Para Domingo son especialmente importantes tres coordenadas: pasado, presente y futuro, quiere que queden claras.

No soy más que pasado. No soy más que el pasado que he sido.

Pero tampoco soy más que el futuro. Lo único que soy es lo que me queda por ser.

En esa doble conciencia, en ese filo, habita el presente.

Para nuestros antepasados estaba claro. Fíjate en la cantidad de topónimos cántabros que hacen referencia a Jano, el dios bifronte de los clásicos, por ejemplo el pico Jano de Silió o el monte Hano de Santoña.

Los topónimos a los que remite Domingo creo yo que también pudieran tener que ver con el latín FANUM, "templo" (que los propios romanos atribuían a creencias prerromanas) o "lugar consagrado".

El pasado te concede la responsabilidad de tus propios actos, si eres consciente de tus actos también tienes que ser responsable de los mismos. Además, tienes capacidad de vislumbrar el futuro, es decir, tienes la capacidad de alterar tu destino.

Eres capaz de vislumbrar un futuro a la altura de lo que seas capaz de alcanzar.

Entiendo, le digo, que aquí pesa también la idea de justicia que comentabas antes, Domingo, pues justo será lo que facilita o al menos no impide que alcances lo que seas capaz de alcanzar.

Eso es, concede.

El futuro y el pasado tensionan el presente, continúa.

Entonces yo le hablo de un verbo montañés muy bonito, balumbar, por desgracia prácticamente extinto. La hierba alta en el carro balumba de camino al pajar. Valdría por ejemplo para una carga mal atada en la baca del coche. Me imagino el presente balumbando ora hacia el pasado, ora hacia el futuro.

Estar de camino en el presente (Domingo mueve las manos como si se las meciera el aire, el brillo de la hierba que amarillea al sol en su mirada) conlleva tratar de entender qué hago aquí y si estoy aquí qué puedo hacer.

Esta tensión agónica, existencial, la superamos gracias a la voluntad que hace decir: aquí hay un jardín, por ejemplo.

Verdad es que ahí hay un jardín porque tenemos la voluntad de que lo haya.

Así es, digo, precisamente VIRIDITAS consiste en instalar un jardín antes que en ningún sitio en la mente. Si decimos que ahí hay un jardín, lo hay, y si añadimos que ese jardín que hay ahí es el mismo que el de hace cien años, es porque lo es.

Estoy de acuerdo contigo, Mario. De alguna manera, tú y yo estamos ahora construyendo el jardín que desde este mismo momento es.

Sé que Domingo comparte conmigo la idea de que si nos declaramos los mismos que hace cien años es porque lo somos, o sus herederos, que es otra manera de decirlo o de serlo. Es importante poder recomponer la mirada, el sentido y el significado de las cosas.

Hablamos sobre la posibilidad de recuperar la fachada del pabellón "del reloj" que presidía la Casa de Salud Valdecilla cuyos sillares se encuentran enterrados en Punta Parayas pero le digo que si es por simbolismo yo más lógico veo trasplantar uno de los saúcos que crecen encima del montículo de piedras al lugar donde ha estado hasta hace poco el busto del marqués, al pie del pabellón 16, a cuya biblioteca, que dirijo, se ha trasladado por motivos de conservación.

Le parece una buena propuesta.

Le explico que en Cantabria el saúco se llama saúgu y que su madera se aprovechaba para hacer flautas. También que tanto la palabra castellana como la cántabra comparten etimología con el griego sambuca, instrumento musical que se hace precisamente con saúco. Los clásicos atribuían a este árbol propiedades curativas, y por extensión al sonido del instrumento. 

Cuánto mejor las ramas de saúco cimbreadas por el viento en los jardines del Hospital, sonando, si realmente es por simbolismo.

Sí, pero no pierdas de vista que hay otras opciones no necesariamente excluyentes, Mario.

No seguimos tirando de este hilo pero transcurridos varios días voy de visita a Comillas a ver una portalada de Gaudí donde hay una abertura para personas, otra para carruajes y una más para aves. Es la conocida como Puerta de los Pájaros. En Cantabria que las golondrinas aniden en el portal de casa o bajo el alero se toma como señal de bienaventuranza, de hecho los nidos no se retiran. Esto es porque se cree que las golondrinas retiraron las espinas de Cristo durante la Ascensión. En realidad estas aves se alimentan de insectos, por eso se las quiere alrededor de casa. Se toman por símbolo de buena suerte y también de buena vecindad, lo mismo que la higuera a la puerta. La portalada de Gaudí en Comillas remite a esta idea. Las portaladas son proyecciones de la fachada de la casa. Es la carta de presentación de la casa al lado del camino, para que se vea mejor. En este contexto tampoco sería mala idea recuperar la antigua fachada del Hospital como portalada del mismo.

Nuestro margen de maniobra somos nosotros mismos, continúa Domingo.

Hay que volver a decirlo todo, desde barrio a paseo, desde convivencia a oposición, todo, porque todo tiene que volverse permanentemente contemporáneo, que significa ajustado a las circunstancias.

El relato justo, resumo, y él asiente.

Se ha hecho un poco tarde. Salimos de la cafetería y le acompaño a la parada de bus. De camino paramos para ver desde arriba la caseta tomada por los jardineros. La utilizan como invernadero. Se encuentra en el extremo este del complejo hospitalario. Domingo propone consolidarla como si fuera una ruina, y cuidarla.

De nuevo vuelvo, Mario, insiste Domingo, a la importancia de la cultura del mantenimiento, porque es clave para sostener el principio de patrimonio.

Creo que terminar como se empieza es buena forma de terminar, el uróboros de los clásicos, pienso.

Tenemos que evitar sustituir la realidad por escenografías de la realidad. En el caso de esta caseta, concluye Domingo, es fundamental que quien la utilice aprenda a valorarla y entonces verás cómo la cuida.

Precisamente pasa entonces por debajo de donde estamos el jardinero y nos saluda. Le conozco y es de Ibio. Sabe lo que se hace.

Hay muchas cosas de las cosas que suceden fuera de las cosas, enuncia Domingo y parece estar proponiendo un trabalenguas, pero no. Lo vimos durante el confinamiento, se explica. No es que a nuestra casa le falte una terraza, es que a nuestra casa le han cercenado su habitabilidad, que es algo que viene dado por el entorno. En este sentido, este hospital necesita relacionarse mejor con su entorno. Este solar sería un punto de encuentro espléndido. Domingo se refiere al lugar donde antes estaba la casa de la maestra. La recuerdo de crío, los vanos sin tapar, ventanas y puertas sin cerrar. Es ahora un espacio en desuso.

Seguimos subiendo en dirección a la parada de bus. Tenemos la sensación de haber dejado algo abierto. Así es. Desde aquí arriba Peña Cabarga asoma por encima de los tejados. Las vistas son espléndidas.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS, 7: La secuoya

La Biblioteca se encuentra en la 2ª planta del pabellón 16, el central. En este mismo lugar estaba la residencia de alumnas de Enfermería.

Recientemente la Biblioteca ha adquirido dos fotos en blanco y negro tomadas desde lo que hoy es la sala de estudio. En una se ve el pabellón que había a norte, desaparecido, y la otra mira a sur. Se ha colocado un cartel con las dos fotos en el mismo lugar donde se tomaron hace casi un siglo.

En ninguna de las dos se ve a nadie. Los pabellones aparentan estar sin estrenar. Es sabido que la inauguración del 24 de octubre de 1929 fue en realidad un acto de homenaje al marqués celebrado el mismo día de su cumpleaños. Habría que esperar hasta principios del año siguiente para que el Hospital funcionara a pleno rendimiento. Las fotos parecen estar hechas antes, durante los primeros meses, los meses vacíos.

En la foto orientada a norte todo está distinto. En lugar del pabellón hoy se levanta una de las torres. En la otra foto se ve la esquina del pabellón 15 y al fondo el 21, el actual pabellón de Dirección. En esta segunda foto todo parece igual a como se ve hoy. Pero no es así. Hay algo que sí ha cambiado, cuesta advertirlo, pero está.

Asomándose a la ventana o mejor a la terraza de la sala de estudio, se ve descollar por encima del tejado del pabellón 21 una secuoya que tiene los mismos años que el Hospital, si no más. Es probablemente la secuoya más antigua de Cantabria. No sale en la foto porque hace casi cien años, los que tienen las fotos, los mismos que el Hospital, el árbol todavía no levantaba lo suficiente. 

Pero seguro que ya estaba plantado:

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sábado, 1 de abril de 2023

VIRIDITAS, 6: Entrevista a Raúl Molleda, naturalista

Habíamos quedado para observar aves acuáticas en Santoña. Cormoranes moñudos al sol, tarros blancos, patos cucharas, andarríos chicos, etc. Los moñudos son los cormoranes que se quedan todo el año con nosotros. La palabra moña también se emplea para el copete de pelo que le nace a la vaca tudanca en la testuz. Es una palabra de origen prerromano que hermana con el vasco muñatz, "cima". No es que sea una palabra vasca o de influencia vasca, no, lo que pasa es que es una palabra que procede del mismo sustrato lingüístico que el vasco, probablemente preindoeuropeo, o sea, lo más lejos que podemos llegar, lo más antiguo que podemos reconocer.

Efectivamente, y hago zoom con los prismáticos, estos cormoranes parecen llevar tupé, observo.

Incluso se dejan ver dos pálidos flamencos rosados, para nuestro estupor.

Raúl Molleda además de naturalista es una referencia en cultura tradicional cántabra. Me interesa su visión de la tradición entendida como mecanismo de adaptación de los pueblos. Sin tradición estos quedan desprotegidos. Por eso muchas veces interesa desposeerlos. Sin embargo, la tradición también puede resultar una amenaza si no es lo suficientemente flexible. Cabe entonces preguntarse flexible frente a qué y a instancias o en beneficio de quién.

A los flamencos los está trayendo el cambio climático, indica Raúl. Huyen del excesivo calor. Además, el frío aquí ya no es tanto. También afecta que se están quedando sin hábitat por culpa de las desecaciones ilegales de los humedales del sur, caso de Doñana y las Tablas de Daimiel. 

Por otro lado, reconozco especies de invierno que parecen haber decidido quedarse aquí, continúa, por ejemplo el eider común. Este pato es el de las plumas de los edredones. Se las arrancan del pecho ellos mismos para hacer el nido. En Islandia les cogen solo unas pocas por pareja, para no perjudicar a las aves y que vuelvan, pero también por el negocio, para no perderlo. Esta tutela cultural de la naturaleza, que es lo que hace paisaje, es también muy cántabra. A mí me viene a la memoria aquel invernal de Bejes donde el propietario había dejado sin segar una porción de terreno para que las abejas que se habían instalado en una de sus paredes, la más soleada, aprovecharan las flores silvestres, se lo comento y Raúl asiente.

El cambio climático está haciendo que se toquen los opuestos, concluye.

La última parada en Santoña la hacemos en Bengoa o Solija. Atardece y el sol rojo se pone de frente. 

Ese es el seju.

¿La puesta de sol?, pregunto.

Sí, responde. Es una palabra que viene del mismo sitio que sel, el lugar donde reposa el ganado en el monte cuando se hace de noche, del latín SEDILE, "residencia".

Frente al sol y a nuestras espaldas, la luna. 

Solo faltan un par de estrellas para tener a la vista todos los componentes de una canción de amor, apunta Raúl.

Dirás de una canción de amor tradicional.

Eso, responde.

Pasa una garza real. Lleva la cabeza gacha, el cuello recogido, como suele. Parece tener miedo a la noche.

Termina el día, es domingo. Raúl tiene que hacer una visita al Hospital el martes y aprovechamos para quedar entonces.

El día señalado voy a buscarle a la entrada que tiene el Hospital en la cuesta de los toros. Lo primero que hacemos es ir a ver la secuoya que se yergue frente al pabellón 21, del lado de la carretera. Es la secuoya más antigua de Cantabria. Pero tardamos en llegar porque nos detenemos a cada paso para comprobar si la hierba que vamos pisando es invasora o no. Lo es demasiadas veces.

¿Por qué invasora, Raúl?

Una planta invasora es aquella alóctona que tiende a expandirse y por ende a monopolizar el espacio, acabando con la diversidad de flora autóctona. Estas palabras son de las pocas textuales suyas que recojo. Pasa por ejemplo con esas superficies que cubren el plumero de la Pampa, el polígono del Japón o el Carpobrotus, sigue.

Al lado de la secuoya hay lo que parece el cepellón de un gran árbol retirado. En su lugar se ha plantado una teja o tilo. No es el árbol adecuado para este lugar, indica Raúl. Hubiera sido mejor abedul. Este suelo está apelmazado. Se pasa demasiado la máquina. Por eso que haya tanta invasora. La flor que amarillea no es la del grillo.

Si esta parte no se pisa, ¿por qué segarla tanto, para demostrar lo bien atendida que está? Este planteamiento es perjudicial además de costoso. No es responsabilidad de los jardineros, aclara, sino de quien les da instrucciones. Por eso digo planteamiento y no práctica. Los jardineros los pobres harán lo que puedan.

Este es precisamente el pabellón de Dirección, informo. Se le queda mirando y frunce el ceño como si viera mal o quizá lo que vea mal sea el pabellón.

Se supone que es neomontañés, completo con cautela.

Yo en esta arquitectura no veo ningún respeto por nuestra tradición. Es el estilo que se supone español en una época determinada. Me da igual ver esto aquí que en cualquier otro sitio. Es además de una factura basta.

Quizá se salve que dentro de lo posible se eligió aquello que mejor se adaptaba al entorno, los balcones por ejemplo o los aleros, y eso ya es una decisión que emparenta con nuestra tradición, el hacerse al entorno, adaptarse.

Eres muy indulgente, Mario.

Pasa en cualquier ferretería. Quieres un tirador y no lo hay. O basto o basto y roto para que parezca antiguo. En el valle de Aosta compré yo unos tiradores hechos por el herrero con ternura y se nota. Aquí eso es imposible, sigue.

La modernidad en España acabó con la tradición. No tendría por qué haber sido así, concluye.

Volvemos sobre nuestros pasos.

¿Qué te parece que el límite con la ciudad sea de seto vivo?

Bien.

No obstante, advierto que de mi pregunta Raúl ha obtenido las coordenadas de la diana que venía buscando.

Existe la necesidad de acercarse a la naturaleza, apunta. Pero en ese acercamiento, en ese trayecto ha interferido el poder, dispara.

Donde mejor se ve es en el arte topiario, el de los setos.

El modelo que se ha impuesto es el versallesco.

Es el arte militar trasladado a la naturaleza. 

Los setos son ejércitos en formación.

El dueño está emitiendo un mensaje y este mensaje es: yo soy el dueño. 

Dueño es el que se adueña: de la naturaleza, por ejemplo, y de nosotros a través de ella, claro. También a través de ella, pero no solo, se corrige.

No llevo grabadora. Voy tomando notas a vuela pluma en una libreta pequeña que suelo llevar encima para la lista de la compra.

La naturaleza dominada. Ese es el mensaje.

Que soy capaz de dominarla, mejor.

Y como a la naturaleza, a ti.

De alguna manera se está reconociendo aunque indirectamente que también nosotros somos naturaleza, me defiendo.

Sí, naturaleza consciente de que lo somos y como tal, naturaleza que se sabe amenazada hasta que llegamos a creer, porque nos lo hacen creer mediante mecanismos como estos que estamos viendo, que nuestra naturaleza es la de estar sometidos.

Y no, respondo.

Y no, afirma.

Pero es un mensaje que ha calado, el de someter lo que podría ser pero que yo impido que sea porque puedo.

Son jardines que no reflejan la naturaleza, lo que reflejan es el poder, trato de resumir.

Eso es.

Salimos del recinto y subimos por la cuesta conocida como de los toros hasta el solar que ha quedado abandonado tras retirar Ferrovial los contenedores y maquinaria que almacenaba en él. Suponemos que debajo hay un búnker de cuando la guerra. Destaca un níspero. Es el único árbol que queda. Antes estaba aquí la escuela para los hijos de los trabajadores. El jardín también se quitó. No es un abadejal autóctono, acota Raúl, sino un nispru, la variedad asiática. Su función es decorativa. Pero cuando da frutos hay quien viene a recogerlos, añado. No quita, responde Raúl.

Volvemos a bajar la cuesta para entrar al solar por el Hospital. Raúl repara en la pared. Sus formas replican la de los esquinales de los pabellones. Son dobles pechos de paloma. Ambos hemos visto esquinales parecidos en Bárcena Mayor, donde los dobles pechos de paloma facilitan el paso de los carros cargados de hierba. Esta es una obra pública bien hecha, confirma Raúl.

Raúl también es cantero.

Entramos de nuevo al Hospital y nos internamos por un caminito de tierra que conduce al pie del último de los pabellones, el de mantenimiento y sindicatos. Han sido los trabajadores los que lo han ido abriendo poco a poco. Raúl señala el contraste entre los setos forzados y las plantas que nacen libres entre las piedras, en los resquicios. Muchas las habrán sembrado los propios pájaros, dice. 

Tenéis aquí una riquísima colección de geodas, señala. Es cierto, no me había fijado. Están todas puestas para que se vean, parece.

Alcanzamos la base del túmulo que probablemente esconda el búnker. Raúl se entretiene en identificar especies. Los árboles más antiguos son ornamentales y algunas de las plantas más recientes invasoras. Se ha plantado un bosquete de abedules, bien. Por allí asoman lo que los pasiegos llaman pipas (Ranunculus ficaria). Están en un talud, eso les ha salvado de las máquinas. El talud está contenido por una plastaja de hormigón por la que asoman hierros. Esta es la diferencia entre la obra pública antigua y la actual que te decía antes, señala Raúl.

Las pipas son flores tempranas, como las primaveras o catasoles. Tienen un potencial ornamental enorme que no se ha explorado. No son las únicas, apunta Raúl. Están por ejemplo las que en Miera llaman rucieras (Molinia caerulea), plantas amarillas que rojean en otoño, preciosas.

En este solar que acabamos de ver, propone, se podría experimentar con plantas silvestres, atender al ritmo de sus floraciones, a su colores, a sus olores, y regalar a los ciudadanos un espacio único. Primero habría que echar un manto de tierra vegetal, luego sembrar y segar los primeros años una sola vez y tarde, en agosto o septiembre, para que prenda la grana. En cuatro o cinco años esto iba a ser un vergel, un espectáculo.

Para poner coto al crecimiento de las hierbas y que las flores lo tengan más fácil habría que utilizar pullucos (Rhinanthus minor).

La Lobularia maritima huele más rica que la más rica de las mieles.

El planteamiento de Raúl viene del futuro. Pero es solo un futuro que puede llegar a ser. De nosotros depende.

Canta un tocineru. También él nos ha oído a nosotros.

Aquí no vais con la naturaleza sino en contra. Por eso estos jardines estás acaicíos, no hay palabra que mejor lo defina. Si fuerais a favor sería otra cosa. Tenéis que valorar cambiar de estrategia aunque solo sea por vuestros pacientes y trabajadores.

Los jardines son terapéuticos.

Es sintomático que las pipas hayan nacido precisamente allí donde no alcanzáis.

Yo sigo tomando notas en mi cuaderno de la compra.

Retrocedemos sobre nuestros pasos. Raúl me hace notar el contraste entre la pared antigua que se ve arriba y la escollera reciente que se ve abajo.

El pabellón de Dirección está envuelto en lo que era en origen una banda vegetal que se está sustituyendo poco a poco por un pedregal. En la parte verde que queda conviven especies. A unas las plantó el ser humano, a otras los pájaros. Es una combinación sutil y muy bonita. Hay a quien le pueda parecer sucia. No lo es.

La naturaleza no es sucia. Lo que necesita la naturaleza es que no la ensucies tú.

¿Y a ese pedregal le podríamos llamar en cántabro garma?, pregunto. En cántabro no hay palabra para algo tan feo como eso, responde Raúl.

Seguimos nuestro paseo. Bien que se utilicen restos de corteza de pino. Pero mejor plantar avellanos. La hoja de avellano cumpliría la misma función y sería más bonito. En esta pérgola que tenéis lo veo claro, propone Raúl.

Entramos al edificio enlace. Le explico que cuando se cerró la Residencia Cantabria muchas de las plantas que se rescataron se pusieron aquí y que poco a poco se fueron distribuyendo por todo el Hospital en un proceso participativo muy interesante que tuvo mucho de improvisado.

Llegamos a los jardines que se abren al pie del pabellón 16, el de la Biblioteca. Es un día que huele muy bien.

Revolvemos en los parterres. 

Lo primero que ve Raúl es una palmera que está naciendo entre los restos de corteza de pino. Seguramente defecara la semilla un miruellu o mirlo. Este germen es la viva imagen de un jardín vivo. Esa pequeña palmera debe ser la hija de alguna de las palmeras patrimoniales de los jardines, y hay varias, aunque alguna se ha secado recientemente. También hay abejorros con una coloración que a Raúl le parece que corresponde a un tipo que no se veía desde hace años por culpa del cambio climático. Los abejorros empiezan a trabajar antes que las abejas porque a diferencia de estas los abejorros tienen pelo, van con el abrigo puesto.

Para los pájaros los tejos son mejores que los pinos porque les deja entrar y refugiarse dentro. Pero no se puede someter a un tejo como si fuera un seto. 

La baya de Cotoneaster es buena para los pájaros.

Viene una papuca o petirrojo a mirar.

Raúl imita su canto y la papuca gira la cabeza, como si prestara más atención, y se queda.

Pasa una pisondera, que en Santander se llama cuchi. En castellano lavandera.

Para pisar aquí está perfecto, dice.

Hay menos invasoras que en el terreno de la secuoya. Pero es cuestión de tiempo. Descubrimos burizu (Poa annua), que es propio de terrenos dañados. El nombre tiene la misma raíz que buey, quizá por el efecto de las pisadas de este poderoso animal o por su mordida o porque el buey reconoce esta planta por algún motivo...

Estamos aquí, Mario, en el centro, y confirmo que estos jardines son una prolongación de aquello de lo que queremos escapar. Pero se ve que aun queriendo no podemos escapar tan rápido. Es como cuando uno sale de la cárcel pero luego en casa en lugar de pasar las hojas del calendario marca rayas en la pared.

La papuca echa a volar.

Es el lugar perfecto para trabajar con la idea de secuencia temporal, de plantar a escala temporal. Le pregunto entonces por la palabra luga, que en el Alto Nansa se emplea para los claros que se abren en el cielo los días nublados y que en Cabuérniga da nombre a los momentos oportunos para algo, que si luga no estará en relación con la palabra lugar, a lo que Raúl responde que si bien puede que compartan etimología, la palabra montañesa luga pertenece a la dimensión temporal, no a la espacial, y que pasa algo parecido con espaciu, que tenerlo o no tenerlo tiene que ver con disponer de tiempo para hacer algo. En Cantabria manejamos unas coordenadas espacio - temporales que todavía no sabemos interpretar bien.

Todavía o mejor decir que ya no sabemos interpretar del todo bien. Para respetar primero hay que valorar y para valorar primero hay que saber. Lo que no se respeta termina desapareciendo. Ojalá luga y espaciu no desaparezcan.

Estos jardines son ejemplo de continuidad. La clave está en no soltar la mano, en seguir sintiéndose los mismos.

Seguimos caminando por dentro. Alcanzamos el extremo que da vista a Peñacastillo. Los jardines terminan aquí de forma abrupta.

Desde este lugar se veía la marisma. De hecho, La Marga es probable que en realidad sea lamarga, un terreno cenagoso, tomado por la balsa, el cieno. El nombre del vecino barrio Venecia, donde transcurre la última novela de Alberto Santamaría, es por algo. Valdecilla Sur tapa los pabellones que se respetaron precisamente para que dieran la bienvenida a la entrada de la ciudad. Pero ahora no se ven. El color de Valdecilla Sur es el de los barcos de guerra, para que pasen desapercibidos. Esto es capa sobre capa, como una cebolla, termino.

Sí, como para llorar. 

Os alejasteis de la ciudad. Pero la ciudad ha venido a vosotros y la habéis dejado entrar. En eso no estáis siendo fieles a vuestros orígenes, dice Raúl.

Desde aquí tenemos una perspectiva fantástica de las tres líneas que componen el Hospital, con Valdecilla Sur, los pabellones enhebrados por un pasillo acristalado y las tres torres.

Las tres torres representan un hospital vuelto del revés, como si le hubieran dado la vuelta igual que a un calcetín. Se ven las líneas rectas de dentro, las han sacado afuera. Retomando el parecido de los pabellones con la arquitectura curva montañesa, las tres torres me recuerdan a la arquitectura pasiega, más recta.

El musgo que nace en aquella esquina parece una instalación.

En este recuadro de césped que parece que se les olvidó hormigonar podríais plantar brezo y ver qué pasa, propone.

La hierba de la explanada que está frente a la conexión con Valdecilla Sur es muy tupida y está húmeda. Raúl la mira y dice que mollea. Pide permiso, yo respondo encogiendo los hombros, se descalza y la pisa. Me invita a pisarla con él. Lo hago pero antes le pido el móvil, la cámara del mío no funciona, y le saco una foto.


Cerramos los ojos. No hace falta imaginarnos en ningún otro sitio. Estamos aquí.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 5: El palu pintu

Salía tarde como suelo por la puerta que se abre en la cristalera del pasillo que enhebra los pabellones del 12 al 20 como cuentas de un mismo collar, a la altura del pabellón 16, de cara al jardín y a la bahía. En el jardín me encuentro con una pareja de ancianos al sol, sentados al borde de una jardinera, dando vista al hastial de mi pabellón, comiendo un bocadillo traído de casa, el papel de aluminio arrugado a un lado. Supongo que estuvieran esperando unos resultados o una cita o haciendo tiempo antes de visitar a algún conocido o familiar o esperando después de la visita a que les recogieran o a que llegara la hora de tomar un transporte público. La primavera estaba reciente. Las flores tenían todavía aspecto sorprendido.

Tengo para mí que estaban descansando en esa jardinera porque habían visto en ella al miruellu. Efectivamente, anida ahí. Las plantas de esa jardinera son foscas pero no tanto como para impedir que el mirlo haga vida dentro.

Él tenía un palu posado en las rodillas y estaba precisamente hablando de él con su mujer, de lo cómodo que le resultaba. Es lo único que alcancé a oír. Parecía estar siendo para ellos un día largo y pesado.

Se reconocen en Cantabria distintos tipos de palos. Destacan cuatro: la picaya, la ahijaa, el palu de turcías y el palu pintu.

La picaya es el palu que aprovecha la curvatura natural de la rama para el mango. La ahijaa es el palu con el que se jabla al ganado. Al ganado no se le pega, se le jabla, es decir, se le dirige tocándole con la ahijaa bien en los cuartos traseros o bien por delante, en la testuz o directamente en los cuernos. Pero lo normal es que ni siquiera haga falta: el ganadero va delante y el ganado le sigue en fila. El palu de turcías presenta una decoración en espiral a lo largo de toda su superficie que se suele provocar colocando hiedra o mariselva, aráu o maliserva, respectivamente, en una rama de avellano en crecimiento. Cuanto más acentuado sea el giro, y la hiedra y la mariselva giran en sentidos contrarios, más bonito, como el retorneo de una tonada. Por último, el palu pintu está decorado con motivos generalmente geométricos. Es un palu vistoso que se emplea no tanto para hacer ostentación de nada, algo que no se estila en nuestro mundo tradicional, sino para mostrar respeto hacia el interlocutor. El palu pintu es una forma de presentarse y de hacerlo con respeto.

Son códigos que solo se pueden decodificar cuando se conocen. De hecho, no es que solo se puedan descifrar conociéndolos, es que si no los conoces ni siquiera atiendes a ellos, no te das cuenta de que están ahí, esperando que los descifres. Es información que se nos puede estar pasando por alto.

El palu del paisano que estaba esperando con su mujer en los jardines del Hospital era pintu, claro, me dije.

Buenos días, señores, les dije al pasar.

Me respondieron asintiendo con la cabeza levemente.

martes, 21 de marzo de 2023

VIRIDITAS, 4: Entrevista a Marcos Díez Manrique, poeta

Me está esperando fuera porque no ha traído mascarilla. Le doy una que he bajado del despacho y nos saludamos efusivamente. Tenemos relación de largo y firme. Nada más entrar nos detenemos bajo el retrato del marqués pintado por Gerardo de Alvear. Este cuadro funciona a modo de bisagra: a mano derecha se desarrolla el pasillo que recorre el zócalo sobre el que se asientan las tres torres y a mano izquierda se abre el recibidor del Edifico 2 de Noviembre. Tras una breve explicación del modo como recuperamos para el disfrute público este cuadro, que se encontraba encerrado en un despacho desde el año 1999, tomamos a la derecha. A medida que avanzamos hacia la cafetería del fondo le voy indicando las obras de arte más interesantes que van jalonando el pasillo, y conoce a todos los artistas. No en vano ha sido director de la Fundación Santander Creativa desde su fundación hasta hace apenas un lustro, cuando pasó a dirigir la Torre de Don Borja en Santillana del Mar.

Marcos es poeta. Ha ganado algunos de los premios de poesía más importantes de España, como el Ciudad de Burgos de 2017 por Desguace (Visor, 2018) o el Generación del 27 de 2021 por Belleza sin nosotros (Visor, 2022). 

Siempre me interesa su opinión. Le quiero preguntar por el modo como reconocemos nuestra naturaleza en los jardines.

Tomamos asiento, pedimos sendos cafés y comenzamos a hablar.

Me pregunta por el proyecto. Marcos es también periodista. Le explico que el origen está en la puerta de una vecina cabuérniga a la que llegan rodando frutos que caen de un árbol de especie probablemente autóctona, quizá cerojal, que nace al pie de una torre que está siendo utilizado como cuadra. Es un árbol antiguo y comunal, lo cual no quiere decir que no tenga propietario, solo que es un árbol que pertenece a todos. Antiguamente lo cuidaban las niñas. Preguntamos Raquel y yo a la vecina cómo podíamos llevarnos un hijo de ese árbol y la señora nos respondió que teníamos que coger una ramita y ponerla en agua pero con el extremo inferior doblado hacia arriba, y pasado un tiempo en tierra. También que la fuerza que hace que una planta crezca se llama tiez.

Tiez es la fuerza interior de las plantas, resumo a Marcos.

Lo que callo es que el cerojal no medró, se nos murió. Hace poco le sustituimos por una ramita de geranio que encontramos en el suelo, seguramente arrancada por el viento.

La palabra latina para tiez es viriditas, el nombre del presente proyecto. Fueron las mujeres quienes conservaron la noción de viriditas y los monjes los que se hicieron con ella, de donde el nacimiento de las boticas en los monasterios, y de ahí en adelante. Es gracias a la viriditas que nuestra medicina empalma con la medicina clásica.

A su vez, la viriditas enlaza con nuestro Espíritu Valdecilla, que es la fuerza interior que hace que seamos siempre contemporáneos, como las flores, como los jardines. El Espíritu Valdecilla y su capacidad de regeneración se encarna en los jardines del Hospital, distintos a los originales pero los mismos jardines porque la semilla es la misma: respeto a nuestra herencia, confianza en el futuro, compromiso con el presente.

La decisión de abordar este tema mediante un blog se debe a que este sencillo recurso electrónico permite actualizar contenidos periódicamente, si se quiere cumpliendo ciclos o señalando fechas importantes: por ejemplo coincidiendo con las marzas, con la entrada de la primavera o, como es el caso, con el día internacional de la poesía.

Le miro con temor por si me he extendido demasiado, pero no. Mi explicación le ha servido para calibrar su discurso, que es ajustado y preciso.

Su primera idea es la estrecha relación que existe entre enfermedad y vida.

Abro mi cuaderno y empiezo a tomar notas que en realidad son pistas que me dejo para luego poder recorrer el camino de vuelta y contarlo.

Si no hay contacto con la naturaleza, explica, se desnaturaliza lo que es natural. La naturaleza está presente en el espacio de la enfermedad y de la muerte, como también lo está en el de la vida porque somos naturaleza y por tanto somos muerte y somos vida. Si no está es porque la quitamos o nos la quitan y si se quita se nos quita a nosotros, a lo que somos. 

El hospital entendido como resultado de unas meras coordenadas arquitectónicas, excluida la naturaleza, es negativo. En este sentido a mí me gustan más los pabellones que las torres.

Es como la producción de queso, ejemplifica. Se puede hacer en cubetas de acero inoxidable o en cuevas. En ambos casos es queso, pero yo prefiero el segundo, me sabe más rico.

Puestos a elegir.

Puestos a ello, sí, replica.

Puede que tampoco sea necesario hacerlo siempre; elegir, digo. Las torres de Valdecilla se asientan sobre un zócalo que se inspira en los pabellones. Las líneas curvas de estos, que los acercan a la naturaleza, podrían haber sido también parte de la herencia. Se decidió que no fuera así. Lo mismo que los pedregales que dominan la parte nueva en lugar de jardines. Se decidió una cosa frente a otra cuando se podía haber elegido lo mejor de un modelo y de otro.

También, reconoce.

Compruebo que Marcos sabe lo que quiere decir y que él prefiere, si acaso, inducir las preguntas. Estaré atento a la señal.

Los pabellones están pegados a tierra mientras que los bloques se alejan de ella, sintetiza la idea interrumpida.

Tengo un jardín en casa a nivel de tierra que me conecta con la vida. Sin naturaleza tendría vida pero incompleta, añade.

Es importante que el cuerpo se incorpore a la naturaleza porque cuando está en ella se aclimata a sus ritmos, a los de la naturaleza, que también son los suyos, sigue.

Fuera de la naturaleza somos como el pez al que se saca del agua y se le deja boqueando pero que no termina de morir nunca, pone como ejemplo. 

En la naturaleza el ser humano encuentra su casa.

(pausa)

Es importante atender al ciclo de la naturaleza y aceptarlo con naturalidad. Hay plantas que acaban de nacer, otras con los colores apagados, otras más que morirán, pero lo harán dejando su lugar a otras nuevas. La esencia del hospital es esa.

Tener la naturaleza presente no hace que la muerte desaparezca pero sí que la aceptemos con naturalidad. Entonces Marcos recita de memoria un poema de Pessoa encarnado en Alberto Caeiro, heterónimo que el poeta dio por muerto el año 1914, que dice:

Cuando hace frío en el tiempo del frío, para mí es como si hiciera buen tiempo,
porque para mí ser adecuado a la existencia de las cosas,
lo natural es lo agradable solo porque es natural.

Acepto las dificultades de la vida porque son el destino,
lo mismo que acepto el frío excesivo en pleno invierno:
tranquilamente, sin quejarme, como quien meramente acepta,
y se alegra por el hecho de aceptar:
por el hecho sublimemente científico y difícil de aceptar lo natural e inevitable.

¿Qué son para mí las enfermedades que sufro y el mal que me sucede
sino el invierno de mi persona y de mi vida?
El invierno irregular, cuyas leyes de aparición desconozco,
pero que existe para mí en virtud de la misma fatalidad sublime,
de la misma inevitable exterioridad a mí
que el calor de la tierra en pleno Verano
y el frío de la Tierra en el más crudo Invierno.

Acepto por carácter.
He nacido sujeto como los demás a errores y defectos,
pero nunca al error de querer comprender demasiado,
nunca al error de querer comprender solo con la inteligencia,
nunca al defecto de exigir del Mundo
que fuese algo que no fuese el Mundo.

Me da la referencia. Está tomado de la antología preparada por Ángel Crespo, que también tradujo los poemas.

No podemos exigir a la vida que no sea natural, continúa Marcos. La enfermedad y la muerte, existen. Tenemos que abrazarlas aunque sea un abrazo áspero. El bienestar llega cuando se acepta el ciclo natural de la vida. Este ciclo es el que late en el jardín.

Reconozco la señal: 

Marcos, ¿cómo es tu jardín?

Tengo un jardín que yo llamo tiesto, responde. No le cuido como se suele entender que se ha de cuidar un jardín, está asilvestrado.

Le pregunto por su ideal, si es el jardín versallesco, sometido; el modelo inglés, pautado; o si es el jardín contemporáneo, donde si acaso se establecen las condiciones de posibilidad para un determinado jardín, en cuyo caso habría que volver a preguntarse qué jardín, en una autorreferencialidad muy contemporánea. Él recurre a un poema suyo titulado "Temporada de descuidos" incluido en Belleza sin nosotros:

Bastó una temporada de descuidos
para que la maleza se adueñara
del pequeño jardín.
Con qué velocidad creció la zarza,
cómo la mala hierba fue ganando terreno
a aquello que plantamos buscando la armonía.

¿Existe la armonía?

Pregunto porque dudo que la armonía exista,
porque miro el jardín tomado por las cosas
que tú y yo despreciábamos y encuentro que es hermosa
la vida desatada, que hay luz en el desorden,
que existe una belleza sin nosotros.

Ese afán obsesivo por controlarlo todo es antinatural, sigue. El jardín necesita de nuestro trabajo permanente para que no sea lo que es sino para que se adapte a nuestra idea de naturaleza. El propio jardín es antinatural.

Pensé que iba a decir "belleza" en lugar de "naturaleza". El título de su último poemario es un guiño al primero de José Hierro, Tierra sin nosotros (1947), para el que Cantabria es la tierra de su juventud y la de la libertad, que perdió. A su regreso, tras haber pasado varios años en la cárcel, el poeta no puede mirar con los mismos ojos de cuando joven, no reconoce en Cantabria la libertad, quizá porque se haya perdido y se pregunta si no será definitivamente, como sus años jóvenes, pero sí que ve en ella la naturaleza. La belleza es como la hace suya.

Es algo parecido al erotismo, explica Marcos, algo natural que convertimos en cultural.

Le pregunto entonces por las especies que pueblan su jardín.

Tengo un roble raro que crece alargado como un ciprés, un arce, un acebo, una falsa encina en una maceta enorme..., a todos los he plantado yo.

El musgo no lo quito y no tengo césped. Tengo lo que va saliendo. Lo siego pero va saliendo lo que va saliendo.

Si acaso corto, podo o siego, no arranco.

Tengo dos magnolias y una va bien y a la otra le va mal, apenas le salen brotes, está siendo tomada por los líquenes, y sin embargo la dejo. No sé si sobrevivirá pero está ahí, incluso si muere (y Marcos duda cómo explicarlo) me parecerá bien. Me gusta la idea de que los árboles puedan morir de pie, a diferencia de los animales o las personas.

No hago mucho en el jardín y lo que intento me sale generalmente mal. Tengo una buganvilla que está intentando sobrevivir a las zarzas. Se han fundido en un abrazo del que a la buganvilla le va a costar librarse, si es que lo consigue. Mi sensación es que ese sitio es el de la zarza y no el de la buganvilla. Yo me como una mora cuando paso.

A mí me gusta mi casa, es mi sitio.

Surge el poema "Arce" de Belleza sin nosotros:

Ha roto el sol la tarde sombría del verano
y el arce del jardín ha encendido sus hojas.

Cuántas veces el alma se aclara o se oscurece
por leves accidentes ajenos a nosotros.

Lo escribió a última hora de la tarde, que se encendió, desvela. Se abrió un claro en el cielo que iluminó el árbol.

Le digo que en mi familia bastiana los claros que se abren en el cielo son lugas.

A su casa la luz entra filtrada por las hojas de los árboles, sobre todo del acebo. Todo eso da vida, aclara. Qué más te da, pregunto: placer estético, paz y mayor sensación de casa, responde, y detiene la conversación.

(pausa)

Hay que saber contentarse. No estoy hablando de resignación. Hay que tratar tu vida con cariño y decir: está suficientemente bien.

A mí mi casa me basta que esté a 16 ºC. Si tengo frío enciendo la chimenea o la estufa y nos acercamos a ella.

Le digo que esa es la temperatura de las abejas, que cuando la tierra alcanza los 16 ºC, se las ve.

(pausa)

Suelo encontrar belleza en todas partes, revela Marcos. La falsa encina y el roble están al fondo del jardín. Se les cayó la hoja. No la recogí. Lo he hecho hace poco. Al retirarla ha aparecido tierra, no hay hierba. Está así perfecto. Que el jardín sea lo que tenga que ser, explica.

Es como con mi hija, continúa. Que crezca como ella sea, aunque siempre haya una intervención. Yo en mi jardín también necesito espacio.

Necesitas un claro, apunto.

Nos invitan al café. Abandonamos la cafetería y el edificio, giramos y nos queda una palmera de frente. Donde hay palmera hay indiano, como es el caso. Ahora pasa lo mismo con los olivos.

Nos detenemos frente al pabellón 21, el de Dirección, que parece elevarse sobre una banda vegetal a un lado y de piedra suelta al otro, en mitad la pasarela que comunica con el Edificio Enlace. A la izquierda predomina una planta con espinas sobre las que se posan pájaros que depositan semillas digeridas de donde nacen otras plantas que crecen protegidas por las espinas, creándose un caleidoscopio vegetal muy interesante. Sin embargo se está imponiendo la piedra, el pedregal porque se cree que es menos sucio. Pero la naturaleza no es sucia, lo es, si acaso, el ser humano. Si no quieres suciedad es fácil, basta con no ensuciar.

Trasponemos el Edificio Enlace y nos internamos en los jardines. Me hace entonces partícipe de una discusión que mantuvo con el también poeta Julio Ceballos, buen amigo de ambos, que es muy viajero, en relación con las fuentes del conocimiento: no por viajar se tiene más, es como cuando tiras un cubo de agua y la superficie que cubres es mucha pero con poca profundidad, defiende Marcos. El paisano que nunca ha salido de su tierra sabrá por dónde amanece, qué pájaro es el que canta o cuándo florecen qué plantas, su conocimiento es más profundo, tiene más calado.

No puedo estar más de acuerdo con él.

Nada más dar vista a los pabellones Marcos se queda sorprendido. Los conocía pero no desde esta perspectiva. El pabellón 16, donde está la Biblioteca Marquesa de Pelayo, preside el conjunto.

Le señalo el contraste entre las curvas de los pabellones y las líneas rectas de los bloques, que se suma al que él ha apuntando antes en relación con la distancia que guarda un modelo y otro respecto a la tierra.

La línea curva se puede asociar a la arquitectura montañesa, muy antigua, indico. Lo bueno es siempre moderno, dejó escrito el cabuérnigo Manuel Llano.

Nos sentamos al borde de una jardinera.

Traigo su poema "Crujidos" de Belleza sin nosotros:

Eran vigas oscuras, de una edad tan antigua
que no me era posible comprenderlas.

Sostenían el peso de la casa.

Tumbado en el colchón, sumergido en las sombras,
me arrullaban los cantos de sus viejas heridas.

Se comportan así las grandes cicatrices:
atravesando el tiempo,
elevando su voz cuando todo se calla,
ocupando el espacio cuando llega la noche.

El jardín enferma y muere, no lo puedes sustituir al instante, dice. También me interesa eso, aclara. Hoy es puedo, quiero. Nos hemos olvidado de los procesos. Todo requiere su tiempo, una amistad, una relación de pareja, el trabajo, todo. 

Si tú plantas un árbol, está contigo durante veinte años y luego se muere, olvídate, no vas a tener otro igual al día siguiente. En este sentido, como apunta Óscar Tusquets, los paisajistas son las personas más generosas porque diseñan cosas que nunca van a ver cuando alcancen su esplendor.

Pasa un miruellu volando. No vemos dónde se posa.

Le acompaño a la salida. Cruzamos de los pabellones a las tres torres por una pasarela que discurre junto a un parque infantil localizado entre la línea de los primeros y el zócalo donde se asientan las segundas. Le rodea una cristalera a la que se ha pegado un vinilo opaco y no se ve dentro. Tampoco se oyen gritos de niños jugando ni risas aunque otros días sí. A mano derecha se extiende el pedregal que cubre la cubierta de Urgencias. Marcos me estaba confesando que está escribiendo poco cuando se interrumpe, se detiene y me lo señala: mira, ese espacio es lo opuesto a un claro.

En el recibidor del Edifico 2 de Noviembre nos hacemos una foto delante del mural metálico cuyo autor creemos que es Carlos Ferreira. Lo hemos recuperado recientemente de la Residencia Cantabria. Qué pena no habérnosla hecho en el jardín, dice. Tiene razón. No la pongo. La dejamos pendiente para otro día. También otro encuentro, otra conversación.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

lunes, 20 de marzo de 2023

VIRIDITAS, 3: El rosal japonés de flores amarillas

El primer Director Gerente de la Casa de Salud Valdecilla fue el doctor Wenceslao López Albo. Su familia era de Colindres. El panteón familiar se encuentra en el cementerio de esta villa pejina. Permanece casi en su totalidad vacío. El doctor falleció en el exilio mexicano, donde reposan sus restos.

Su última casa, aparte de la que tenía en el Hospital, estaba no en Colindres sino del otro lado del río Madre, que es el que hace de frontera con Laredo. Era una casona de indianos en la que no faltaba un hermoso jardín también indiano presidido por dos palmeras monumentales.

La casa se encontraba en muy mal estado de conservación. Los propietarios, que ya no eran los herederos del doctor, habían dejado las ventanas abiertas para acelerar el deterioro. La casa finalmente la tiraron. Arrancaron las verjas. El jardín quedó arrasado. Tumbaron los troncos de las palmeras a la entrada para evitar que aparcaran coches en el solar.

En la cancela había dos anagramas, de Wenceslao López uno y de Gumersinda Albo otro, padre y madre del doctor. Eran de un estilo parecido al del anagrama de la imagen corporativa de la Casa de Salud Valdecilla, todavía hoy vigente.

En el Hospital no se conserva el jardín en su forma original pero el jardín sigue estando. El jardín, en su recorrido circular del tiempo, rebrota cada primavera. Bajo la fachada oeste del pabellón 16, donde está la Biblioteca, hay plantado un rosal japonés (Kerria japonica) cuyas flores amarillas, cada vez distintas pero siempre las mismas, reflejan la luz del sol desde los años veinte.

miércoles, 1 de marzo de 2023

VIRIDITAS, 2: Entrevista a Ángel de Diego Celis, arquitecto

Nos asomamos al interior del complejo hospitalario desde la cristalera de la planta baja del Edificio 2 de Noviembre, donde los ascensores. En primer término se levantan los últimos pabellones precedidos de lo que presento como un jardín seco.

No creo que esté planteado como un jardín, Mario, me corrige. 

Ángel de Diego Celis es arquitecto del Gobierno de Cantabria. Su firma y sobre todo su visión se encuentran en documentos tan importantes como el Plan de Ordenación del Litoral (POL) o el Plan Regional de Ordenación Territorial (PROT).

Tras recogerle en la puerta principal del Hospital, donde hemos quedado para esta entrevista sin grabadora, él de vacaciones y de negro, yo sin identificación porque nos conocemos, hemos hecho el primer alto al lado del gran óleo por tamaño y calidad de Roberto Orallo. Está resuelto a partir de una malla que sirve al autor para ordenar distintos recuerdos, como aquél de cuando nadaba hasta el azucarillo de la playa de La Concha de Santander y desde allí saludaba a su madre: el punto de vista del espectador se superpone al de la madre: el pintor de niño, una figura lejana subida a un cubo rodeado de pigmento azul que levanta la mano para saludarnos.

Lo que vemos es una cubierta invertida, continúa Ángel, no creo que haya habido ninguna voluntad paisajista. Pesa poco así que la grava lo sujeta. Es como en los invernales montañeses, con piedras en el tejado para que el viento no se lleve las tejas.

Efectivamente, se trata del tejado de Urgencias. ¿Por qué no una cubierta vegetal?, pregunto.

Una cubierta vegetal es más compleja y cara de mantener. Supongo que la empresa adjudicataria no vio la necesidad de complicarse. Si nadie se lo pidió, menos.

Le indico dónde está la Biblioteca, en el pabellón 16, y nos dirigimos hacia ella. El nivel -2 de las torres corresponde al nivel 0 de los pabellones. Se debe al desnivel del terreno. El Hospital está escalonado. De camino, nos asomamos al corte transversal de uno de los pozos. Más grava y aquí que los trabajadores tienen acceso, macetas. También macetas en las repisas de las ventanas que se pueden abrir.

Sonríe.

Tengo en el balcón de casa una esquina con geranios donde me encanta leer y sentirme rodeado, dice.

Cuando alcanzamos los jardines que están al pie de mi pabellón lo primero que hace es asomarse a otro pozo. Me explica entonces dos conceptos importantes en jardinería, la densidad y la topografía.

Adopta una postura de reposo, pese al frío saca las manos de los bolsillos y representa con ellas unas figuras pequeñitas que colecciona y posa en una repisa de casa, lo hace buscando relaciones, besos por ejemplo, relaciones que sus hijos pequeños aprecien, pero la señora que le ayuda con la casa las pone en orden, en línea, y Ángel vuelve a sonreír. Eso es la densidad, las relaciones que propicia la cercanía.

Las líneas rectas también dicen algo pero nada interesante, al menos para mí, revela.

Las macetas al fondo del pozo están alineadas, me fijo entonces.

Por su parte, la topografía sirve a efectos prácticos para ganar suelo, continúa. Pero de cráneo para adentro remite a un canon de belleza. La Toscana, por ejemplo. La transición de Cantabria a Castilla, ese paisaje de lomas, fantástico.

A mí me vienen a la cabeza las ondulaciones de La Marina cántabra.

Entonces sí, levantamos la vista y vemos los árboles.

Poco antes de quedar con Ángel estaba tratando de afinar el esquema de un repositorio digital para organizar los protocolos, procedimientos y planes de cuidados desarrollados por personal sanitario del Hospital. Es un encargo del Director Gerente. Se me echó el tiempo encima y no pude preparar la entrevista. Confío en nuestras afinidades.

Miento, traía una sola nota y era mental: hoy el mirlo ha despertado en mi barrio a las 5:05 de la mañana, y se lo digo. Son todo un símbolo para nosotros. Nos acompañan desde el origen. En Cantabria a los mirlos los llamamos miruellos, de una forma latina que significa "negro".

Los pabellones toman prestadas soluciones de la arquitectura tradicional cántabra, como las torres adosadas a un cuerpo central o los balcones, sin serlo. Es la conocida como arquitectura neomontañesa, cuyos principales promotores fueron burgueses dispuestos a recobrar la cultura, la que ellos consideraban suya (la otra es folklore), de las manos del pueblo, que amenazaba con desvirtuarla. La ideología impregna todas las facetas de la vida. Sin embargo los jardines no se inspiran en nuestras antiguas llosas, prácticamente extintas, sino que toman como referencia el modelo inglés. Al menos así aparece recogido en la documentación de época.

Sorprende, incide Ángel, porque el jardín que cabría esperar es el francés. El jardín inglés pretende ser reflejo de la naturaleza y el francés regularla. El inglés persigue igualarnos a la naturaleza y el francés reivindicarnos como su producto más acabado. No quita para que en los dos la naturaleza sea intervenida. No pequemos de inocentes.

Quizá jardín inglés por influencia de la reina Victoria Eugenia, de origen británico, de donde también el Palacio de La Magdalena, a diferencia de otras ciudades bajo influencia francesa, como por ejemplo San Sebastián, añado.

Puede, concede.

Lo que estoy viendo es poco ambicioso, sigue Ángel. Reconozco cierto juego con las densidades, por ejemplo al pie de tu pabellón, a sur, con especies muy básicas, sobre todo coníferas, o bordeando estos pozos, pero poco más.

Son unos jardines contemporáneos pero como lo pueda ser tapar un esquinal de sillería con losetas, ¿verdad?, presiono.

No tanto. Hoy lo más avanzado es dar a la naturaleza la oportunidad de seguir su curso. Aquí esto no sucede. Lo único, estas flores que veo que salen, margaritas y alguna otra. Esto es lo más parecido que tenéis a un jardín en movimiento.

Apenas se deja que asomen, las margaritas. Se siega muy a menudo, le interrumpo.

Demasiado, me temo. Es un suelo dañado, acota Ángel.

Quiero enseñarle los rosales japoneses de flores amarillas que están empezando a brotar. Las losas del camino están demasiado separadas y dificultan el paso. Quiero creer que estos jardines vuestros son el estadio previo a un jardín verdaderamente contemporáneo, dice, pero no le contesto porque me parece que lo ha dicho solo para sí mismo. Comprobamos que la puerta que conecta con el pasillo acristalado está cerrada. Le pido entonces que haga una foto.


La he hecho como se hacen ahora, en vertical, apostilla.

Aprovecha que tiene el móvil en la mano para identificar con su ayuda algunas plantas y árboles. Echa de menos olorosas. 

Los jardines también han de olerse.

Este tejo se está secando.

Lo que más me gusta es el uso que tú estás dando ahora a estos jardines, concede. 

Hay gente descansando, tomando un café, grupos charlando. Esto antes no se veía, informo. Ha sido a raíz de la pandemia.

Pues ojalá no lo perdáis, responde.

El sol se ha desplazado un poco a poniente, no mucho pero lo suficiente para ir poniendo punto final a nuestro encuentro. Le acompaño a la salida por la cuesta de los toros porque para terminar quiero que vea un solar, el que ha quedado libre tras tirar el edifico de la antigua escuela. Ferrovial lo estuvo usando como almacén de material pesado hasta que el suelo empezó a ceder es probable que porque debajo haya un refugio antiaéreo de la guerra.

Fantástico pero muy expuesto, es su opinión.

Lo que sí, aquí tenéis una buena oportunidad para jugar con la topografía.

Continuamos para ver desde arriba una caseta cuya cubierta de hormigón es un alarde. La carpintería metálica sostiene las cristaleras en un delicado equilibrio. Los jardineros la han ocupado y la utilizan como invernadero. No podía haber tenido mejor destino.

Hay un bosquete de laureles monumentales. Imagino sus raíces dentro del búnker. No dan sombra, les da la sombra del Hospital, como a nosotros.

Nos despedimos. Ángel va vestido de negro, como los miruellos.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.