Le envío un mensaje al móvil para decirle que llego cinco minutos tarde, perdona, añado, a lo que ella responde que me espera en el círculo interior al lado de las obras, que no acierto a saber dónde es, pero como habíamos quedado en el hall del Edificio 2 de Noviembre, no pregunto y hacia allí me dirijo. Encuentro a Ana García Negrete en el banco de plástico blanco que hace un rollo en el aire, como esas avionetas que fertilizan los cultivos en las tierras largas y secas del sur, que al pasar por encima de casa el piloto hace una pirueta, sentada en el interior del círculo, sonriendo al verme y abrazándome, haciéndome sitio dentro, bajo la mirada cansada del retrato del Marqués de Valdecilla pintado por Gerardo de Alvear.
Alaba el banco. Que sea un sitio de tránsito no impide que también se pueda reposar en él. El hall donde estamos corresponde a las Tres Torres, la parte más nueva del Hospital. La otra parte no tiene bancos. Esta sí, muchos pegados a las obras de arte del pasillo. No está bien resuelta esta relación entre bancos y obras de arte, convenimos. Las obras de Rafel Muro o de Juan Manuel Puente, por ejemplo, están demasiado expuestas. De hecho, la obra de este último, fértil como una sementera, capa sobre capa de óleo, sufrió recientemente una cuchillada, restaurada sin demora. Pero esa cicatriz es una señal: no por ser un espacio público con mucho tránsito se debe asumir que las obras vayan a sufrir desgaste, no es suficiente reaccionar, hay que prevenir.
Quiero enseñar a Ana un lugar recién descubierto en el límite del Hospital, o quizá él mismo el límite, y de camino vamos viendo las obras expuestas. Conoce a fondo a casi todos los artistas. De todos dice algo favorable: Faustino Cuevas, Arancha Goyeneche, etc. En origen esta galería de arte en el Hospital perseguía promocionar a artistas cántabros. Y valernos de su fuerza para ganar músculo, reconozco. Pero últimamente se está incluyendo obra de artistas foráneos y bien, es solo un inesperado cambio de rumbo. Bueno es consignarlo.
Qué maravilla la luz que entra por las cristaleras, dice Ana al tiempo que se detiene y barre con su mirada las partículas en suspensión que revelan los rayos de sol (polen, arena, carbonilla). Hay mucha gente, es mediodía. Mira a todos como si les conociera, o quisiera. Su postura transmite calma. Yo me he parado con un pie un poco más adelantado que el otro y cuando me doy cuenta, la imito y los pongo juntos. No tenemos prisa, o sí, pero no importa. Le pregunto por su reciente jubilación: lo que más me satisface es que me paren para decirme que les ayudé en un momento dado o con un problema, y me encanta, responde. Me encanta haberles podido ayudar, aclara. Ana ha sido responsable de personal del Gobierno de Cantabria. Pero no entramos ahí. Yo la conozco como poeta.
Fueron dos amigos comunes los que nos presentaron: Isaac Cuende y Rosa Gil. A Isaac le conocí cuando le pedí unos poemas para incluir en una antología gubernamental. No respondió al momento. Me citó y me escrutó. Al cabo de un buen rato, aceptó. Sus poemas fueron numéricos. La antología era de haikus y él creía que, así como no se pueden traducir del japonés, tampoco se podían escribir en castellano, de modo que lo hizo con números. Coincidimos en muchos otros proyectos posteriores. Le recuerdo recitando a Pessoa el día antes de un estreno en el teatro CASYC, sombrero en mano, por respeto, yo el único en la platea, agradecido. Rosa Gil es actriz. Es fácil coincidir con ella en recitales. Su cadencia es como la que dice otro poeta (Vicente Gutiérrez Escudero) que decía otra poeta (Carmen Stella de Vallejo) que recitaba una mujer de su familia, que ya no recordaba quién era (quizá nunca lo supo), que decía que recitaba como recordaba que lo hacía Federico García Lorca. No sé cuál es la genealogía de Rosa, pero lo que es seguro es que es pura Generación del 27, es decir, contemporánea de todos nosotros. Ellos fueron quienes nos presentaron.
Seguimos caminando, atravesamos la puerta automática del fondo, la que está al lado del restaurante, la corrediza, y salimos del recinto del Hospital a la altura de las obras de los protones, por las que Ana pregunta. Nos acercamos hasta donde podemos y apenas vemos nada, desde ahí. Es un lugar poco definido y no solo por las obras en marcha. Nunca estuvo claro. Hay un terraplén donde crecen muchas flores o quizá sean las mismas que las de todo el recinto pero lo que pasa es que no las cortan tan a menudo, y árboles, antiguos muchos, incluso hay lo que creo es un cerojal, una variedad autóctona de ciruelo, y entre los jóvenes sobre todo acacias, que proliferan, dentro de poco ganarán la partida, con sus flores amarillas parecidas a constelaciones que se dejan tocar. Este tramo conserva la antigua verja a norte, colindando con la parada de bus, que hasta ahora apenas se veía porque estaba comida por la hiedra. Hemos hablado con la UC y la hemos limpiado. Al descubrirla hemos comprobado que está bastante afectada por la corrosión. La hiedra ha funcionado como una cápsula del tiempo. Pero las consecuencias de este prolongado viaje se han dejado notar. Tendremos que cuidarla.
Que se conserve este tramo de verja porque ha pasado desapercibido durante décadas habla bastante mal de nosotros como sociedad, ¿no crees?, pregunto. Sin duda, responde. Se hacen muchas cosas pero (pensaba que Ana iba a continuar diciendo que nunca son suficientes pero) no siempre son las más acertadas, completa. Seguimos hablando, de vuelta. Aprovecho para exponer las normas del proyecto Viriditas: no grabo, apenas tomo notas, luego escribo de memoria, comparto y si el entrevistado da su visto bueno, subo la entrevista a la página.
La pertinencia de Ana en el proyecto, si hubiera dudas, que no las hay, es clara a tenor de un poema de su último libro, Muda de invierno (Sonámbulos, 2026), titulado "¿y qué es salvarse?":
mirar de frente el borde
la caída
del tiempo fugitivo
tocar la tierra y probarla
reconocer los huertos
los gestos de las plantas
su crecer esencial
los pájaros claros
los árboles ancianos
vuelven reconciliándose
pletóricos de marzo
¡hay que salvarse!
al nuevo ciclo venoso
del cuerpo socorrido"
Vamos directamente a la Biblioteca por dentro y una vez allí, al Salón Noble, donde nos sentamos en el banquito que está bajo el ventanal a sur. Es una joya del diseño art-decó de los años veinte. Como hace mucho sol (y calor) abro las ventanas pero echo las cortinas hechas, le explico, con tela recuperada de viejas cortinas de box de Urgencias. Saco sus libros, algunos comprados, otros cogidos en préstamo de la biblioteca, los poso entre nosotros y me dispongo a tomar notas en mi mazo de papel, en cuyos primeros pliegos tengo preparadas varias preguntas, o mejor, indicaciones para conducir la conversación hacia temas relacionados con su obra:
Muda de invierno, empiezo, lo escribiste en Valderredible durante un retiro invernal en un molino sobre el Ebro.
Efectivamente, responde. Me jubilé. Pude adelantar la jubilación un año. Necesitaba salir de mi lugar, ambiente, casa, necesitaba un otro lugar que no fuera familiar para (aquí Ana hace una pausa) no sabía exactamente qué, qué iba a salir, y salió este libro.
Lo tengo abierto por el poema de apertura, del que interpreto que salió en busca de un claro del bosque y que fueron los pájaros quienes le anunciaron que lo había encontrado. O que supo de su destino gracias a ellos: el claro del bosque como toma de conciencia.
al tímpano de las ramas y a los brotes a punto el petirrojo
el reconocimiento de un tiempo dilatado y la gratitud
ensanchada a lo largo de todos los suyos
desde un amor latente en la memoria
y lo midió ancestral en sus costuras
sentimentales"
En invierno, con el frío que hace, al molino que fui no va nadie, dice. Lo encontré gracias a Víctor Adorno, un amigo biólogo, que me puso en contacto con Celia Tejada, apunta. Cuando lo vi, dije: este es mi lugar: sobre el agua, que discurre constantemente, día y noche, rodeado de árboles, enredado en caminos que recorren el valle. Salía cada día. Cada vez más lejos, más a gusto.
Ese molino facilitó la concentración, dice. Pero una concentración permeable. Porque quién soy es quiénes somos. Es interesante que Ana no haya olvidado en ningún momento la dimensión social del ser humano, pienso. Ni su naturaleza.
El aislamiento al que me sometí fue muy importante para pensar pero sobre todo en la naturaleza, remarca. Había una ventana asomada al brazo que riega el molino, continúa. A esa ventana venían todos los días un montón de pájaros que aprendí a distinguir. Las lavanderas que se posaban en el caz del molino con su amarillo radiante, evoca. Ana mueve las manos como hacen los tenores cuando proyectan la voz, pero en silencio. Una leve brisa mueve las cortinas. Hay sintonía.
Hablaba con los pájaros, con los caballos, con Peña Camesía, dice. Mi latido también habrá quedado prendido en ellos.
Leía, escribía, paseaba, enumera. Ese era mi régimen diario. También hacía muchas fotos. A lo largo de esos meses, Valderredible enraizó conmigo.
¿Y qué te hizo mudar?, pregunto.
La voluntad de ser Ana, dice y en su respuesta reconozco a la anciana cabuérniga que nos explicaba como dar vida a un esqueje, o como prolongarla, como quien traslada el fuego de un hogar a otro. Mudo (Ana cambia a tiempo presente) para que la soledad me reencuentre, para saber qué ha sido de mí en este tiempo.
Leo una cita de María Zambrano: "Pensar es ante todo (como raíz, como acto) descifrar lo que se siente, entendiendo por sentir el sentir originario". Es de la presentación de Claros del bosque (primera edición de 1977).
Le pregunto entonces por el silencio:
Es un silencio interior, contesta, reprimido por el ruido. Silencio como palabra o decir que no se acaba de expresar porque el entorno lo impide. De ese silencio venía, de ese silencio impuesto para negar lo que somos y pensamos (abre un paréntesis y dice: neoliberalismo). Fui a Valderredible para despojarme de ese ruido.
Es entonces cuando recuperas tu silencio para decir, pregunto, y sí, concede.
Intercalo a continuación un poema titulado "Orden de silencio" tomado de su libro Y dices tu nombre (A la sombra de los días, 2015) por su interés y estrecha relación con el silencio impuesto con el que rompe en Muda de invierno:
implacable, me dirijo al vacío.
Gira y sacude con tal brío mi cuerpo
bajo las olas o el cielo que nada hay
reconocible en aquella gruta tenebrosa.
No protesté, con sorpresa me dejé llevar.
La bestia hablaba por cada conciencia:
- No tu voz ni la otra. Solo quiero silencio.
Callar antes de aprender a nombrarlo.
Arquear el cuello tensando la sonrisa, nada más.
¿Cuándo quisimos darle nuestra lengua?
¿o fueron las palabras que se las ha llevado?
Hasta la eternidad no debería ser.
Acabaremos muriendo mucho antes.
Ella o nosotros."
Te reencuentras, retomo, pero en mi opinión no porque te hayas buscado a ti, sino a la naturaleza, encontrándote a ti en ella, aventuro.
En Valderredible exploré el ser. Y era naturaleza, reconoce.
sobre la pradera sin siembra es invierno
en este lugar de abiertos espacios
donde solo parecen vivir
aves pequeñas y rapaces
carboneros pinzones currucas
lavanderas cigüeñas
lobos marginales buitres
naturalmente vacas
y ahora ella
ha venido a mudarse para buscar el silencio
a recorrer la tierra
acompañada"
nubes de espesor incalculable corren en el cielo
apresuradas por llegar
pero adónde
la página aemet predice una baja propensión a la lluvia
pero siempre aparece como si quisiera advertirme
de esa mínima posibilidad
he dejado el camino para entrar a una pradera gozosa
-he atravesado el viejo cercado de piedra en seco-
he mirado al fondo y en el silencio de esa montaña
me apuntalo en total quietud hipersensible
percibo un rumor
para llegar a él me obligo a estirar mi cabeza perceptiva
los árboles en sus copas han empezado a moverse
en sentido muy dulce y apenas se percibe mientras crean
la ilusión de enlazarse
entre ellas eluden su conexión física
y no acaban de tocarse nunca"
Tú eres tu propio mástil, ahonda Ana, eres tu propio centro y ahí es donde recibes la vida, sigue. La vida te rodea pero cuidado porque en el centro de tu vida estás tú y ambas dimensiones, ser y vida, tienen que ir de la mano. Hay que tomar conciencia del propio ser en diálogo con la vida. En esta discrepancia con la vida, cada uno debería poder alcanzar una síntesis por sí mismo, pensar y decidir libremente. Pero no siempre se puede o se es consciente de poder hacerlo. El ruido dificulta pensar diferente. En el mundo actual falta reflexión.
Esta actitud beligerante de Ana ya queda patente en su primer libro, Algo tendrán que decir las estaciones (La Sirena del Pisueña, 2005), no por casualidad dedicado a Isaac Cuende y al recuerdo del Grupo Cuévano, con poemas rotundos como el titulado "No", donde denuncia la avaricia de las musas, o "Queda un loco lamento", contra los autoritarismos y sus necesarios cómplices.
Es algo que me he preocupado de transmitir a mis hijos, sigue Ana. Aunque con los hijos siempre hay un débito, la duda de haber hecho lo suficiente. Supongo que sea una cuestión de expectativas, se resigna.
Traigo un último poema de Ana también de su último libro:
acercan su cara a la cerca y piden caricias y palabras.
Quizá la culpa de no darles lo que piden me lleva a
un fondo inexplorado de compasión oscura; la duda
de haber entrado en una habitación y no dar lo que
antes otros me pidieron: besos, caricias y palabras."









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