martes, 1 de septiembre de 2026

VIRIDITAS 55: Entrevista a Ana García Negrete, poeta

Le envío un mensaje al móvil para decirle que llego cinco minutos tarde, perdona, añado, a lo que ella responde que me espera en el círculo interior al lado de las obras, que no acierto a saber dónde es, pero como habíamos quedado en el hall del Edificio 2 de Noviembre, no pregunto y hacia allí me dirijo. Encuentro a Ana García Negrete en el banco de plástico blanco que hace un rollo en el aire, como esas avionetas que fertilizan los cultivos en las tierras largas y secas del sur, que al pasar por encima de casa el piloto hace una pirueta, sentada en el interior del círculo, sonriendo al verme y abrazándome, haciéndome sitio dentro, bajo la mirada cansada del retrato del Marqués de Valdecilla pintado por Gerardo de Alvear.

Alaba el banco. Que sea un sitio de tránsito no impide que también se pueda reposar en él. El hall donde estamos corresponde a las Tres Torres, la parte más nueva del Hospital. La otra parte no tiene bancos. Esta sí, muchos pegados a las obras de arte del pasillo. No está bien resuelta esta relación entre bancos y obras de arte, convenimos. Las obras de Rafel Muro o de Juan Manuel Puente, por ejemplo, están demasiado expuestas. De hecho, la obra de este último, fértil como una sementera, capa sobre capa de óleo, sufrió recientemente una cuchillada, restaurada sin demora. Pero esa cicatriz es una señal: no por ser un espacio público con mucho tránsito se debe asumir que las obras vayan a sufrir desgaste, no es suficiente reaccionar, hay que prevenir.

Quiero enseñar a Ana un lugar recién descubierto en el límite del Hospital, o quizá él mismo el límite, y de camino vamos viendo las obras expuestas. Conoce a fondo a casi todos los artistas. De todos dice algo favorable: Faustino Cuevas, Arancha Goyeneche, etc. En origen esta galería de arte en el Hospital perseguía promocionar a artistas cántabros. Y valernos de su fuerza para ganar músculo, reconozco. Pero últimamente se está incluyendo obra de artistas foráneos y bien, es solo un inesperado cambio de rumbo. Bueno es consignarlo.

Qué maravilla la luz que entra por las cristaleras, dice Ana al tiempo que se detiene y barre con su mirada las partículas en suspensión que revelan los rayos de sol (polen, arena, carbonilla). Hay mucha gente, es mediodía. Mira a todos como si les conociera, o quisiera. Su postura transmite calma. Yo me he parado con un pie un poco más adelantado que el otro y cuando me doy cuenta, la imito y los pongo juntos. No tenemos prisa, o sí, pero no importa. Le pregunto por su reciente jubilación: lo que más me satisface es que me paren para decirme que les ayudé en un momento dado o con un problema, y me encanta, responde. Me encanta haberles podido ayudar, aclara. Ana ha sido responsable de personal del Gobierno de Cantabria. Pero no entramos ahí. Yo la conozco como poeta.

Fueron dos amigos comunes los que nos presentaron: Isaac Cuende y Rosa Gil. A Isaac le conocí cuando le pedí unos poemas para incluir en una antología gubernamental. No respondió al momento. Me citó y me escrutó. Al cabo de un buen rato, aceptó. Sus poemas fueron numéricos. La antología era de haikus y él creía que, así como no se pueden traducir del japonés, tampoco se podían escribir en castellano, de modo que lo hizo con números. Coincidimos en muchos otros proyectos posteriores. Le recuerdo recitando a Pessoa el día antes de un estreno en el teatro CASYC, sombrero en mano, por respeto, yo el único en la platea, agradecido. Rosa Gil es actriz. Es fácil coincidir con ella en recitales. Su cadencia es como la que dice otro poeta (Vicente Gutiérrez Escudero) que decía otra poeta (Carmen Stella de Vallejo) que recitaba una mujer de su familia, que ya no recordaba quién era (quizá nunca lo supo), que decía que recitaba como recordaba que lo hacía Federico García Lorca. No sé cuál es la genealogía de Rosa, pero lo que es seguro es que es pura Generación del 27, es decir, contemporánea de todos nosotros. Ellos fueron quienes nos presentaron.

Seguimos caminando, atravesamos la puerta automática del fondo, la que está al lado del restaurante, la corrediza, y salimos del recinto del Hospital a la altura de las obras de los protones, por las que Ana pregunta. Nos acercamos hasta donde podemos y apenas vemos nada, desde ahí. Es un lugar poco definido y no solo por las obras en marcha. Nunca estuvo claro. Hay un terraplén donde crecen muchas flores o quizá sean las mismas que las de todo el recinto pero lo que pasa es que no las cortan tan a menudo, y árboles, antiguos muchos, incluso hay lo que creo es un cerojal, una variedad autóctona de ciruelo, y entre los jóvenes sobre todo acacias, que proliferan, dentro de poco ganarán la partida, con sus flores amarillas parecidas a constelaciones que se dejan tocar. Este tramo conserva la antigua verja a norte, colindando con la parada de bus, que hasta ahora apenas se veía porque estaba comida por la hiedra. Hemos hablado con la UC y la hemos limpiado. Al descubrirla hemos comprobado que está bastante afectada por la corrosión. La hiedra ha funcionado como una cápsula del tiempo. Pero las consecuencias de este prolongado viaje se han dejado notar. Tendremos que cuidarla.

Que se conserve este tramo de verja porque ha pasado desapercibido durante décadas habla bastante mal de nosotros como sociedad, ¿no crees?, pregunto. Sin duda, responde. Se hacen muchas cosas pero (pensaba que Ana iba a continuar diciendo que nunca son suficientes pero) no siempre son las más acertadas, completa. Seguimos hablando, de vuelta. Aprovecho para exponer las normas del proyecto Viriditas: no grabo, apenas tomo notas, luego escribo de memoria, comparto y si el entrevistado da su visto bueno, subo la entrevista a la página.

La pertinencia de Ana en el proyecto, si hubiera dudas, que no las hay, es clara a tenor de un poema de su último libro, Muda de invierno (Sonámbulos, 2026), titulado "¿y qué es salvarse?":

"regresar cada tanto
mirar de frente el borde
la caída
del tiempo fugitivo

tocar la tierra y probarla
reconocer los huertos
los gestos de las plantas
su crecer esencial

los pájaros claros
los árboles ancianos
vuelven reconciliándose
pletóricos de marzo
    ¡hay que salvarse!
al nuevo ciclo venoso
del cuerpo socorrido"

La palabra latina empleada como título para este proyecto da nombre al vigor del reino vegetal, el "crecer esencial" que nombra Ana. Una anciana del pueblo cabuérnigo de Renedo nos dijo una vez su traducción al cántabro: tiez, la energía vital de las plantas, su voluntad de ser. Utilizó esta palabra mientras nos explicaba a mi pareja y a mí cómo hacer para intentar sacar un árbol centenario de su pueblo a partir de una ramita verde que cogimos, un árbol comunitario que antiguamente se encargaban de cuidar las niñas. No conseguimos que la ramita verde prosperara y el árbol lo han talado recientemente pero yo tomé su idea, la energía que viene de la tierra e impulsada por el sol te hace crecer, como marco de desarrollo del proyecto Viriditas.

Los jardines del Hospital necesitan ser valorados para conservarse. Pero para ser valorados tienen que ser antes conocidos. Estos paseos es lo que buscan: conocer para valorar, entendiendo el conocimiento como resultado de un proceso compartido.

Leyendo el poema de Ana, me quedo con ganas de contarle que antiguamente en San Sebastián de Garabandal las mujeres iban a las tierras, se levantaban la saya, se sentaban en el suelo y dependiendo del calor de la tierra sabían si se podía sembrar o si era necesario esperar. Curiosamente, o no, por lo que pueda tener de conocimiento antiguo, la serie de la reconocida artista Marina Abramovic titulada Balkan Erotic Epic trata sobre lo mismo. Ese "probar la tierra" de Ana lo interpreto desde estas coordenadas. Pero no se lo digo, espero a escribirlo, ahora.

Vamos directamente a la Biblioteca por dentro y una vez allí, al Salón Noble, donde nos sentamos en el banquito que está bajo el ventanal a sur. Es una joya del diseño art-decó de los años veinte. Como hace mucho sol (y calor) abro las ventanas pero echo las cortinas hechas, le explico, con tela recuperada de viejas cortinas de box de Urgencias. Saco sus libros, algunos comprados, otros cogidos en préstamo de la biblioteca, los poso entre nosotros y me dispongo a tomar notas en mi mazo de papel, en cuyos primeros pliegos tengo preparadas varias preguntas, o mejor, indicaciones para conducir la conversación hacia temas relacionados con su obra:

Muda de invierno, empiezo, lo escribiste en Valderredible durante un retiro invernal en un molino sobre el Ebro.

Efectivamente, responde. Me jubilé. Pude adelantar la jubilación un año. Necesitaba salir de mi lugar, ambiente, casa, necesitaba un otro lugar que no fuera familiar para (aquí Ana hace una pausa) no sabía exactamente qué, qué iba a salir, y salió este libro.

Lo tengo abierto por el poema de apertura, del que interpreto que salió en busca de un claro del bosque y que fueron los pájaros quienes le anunciaron que lo había encontrado. O que supo de su destino gracias a ellos: el claro del bosque como toma de conciencia.

"(...)

de frente descendió el mirlo de habla comprensiva
al tímpano de las ramas y a los brotes a punto el petirrojo

hablaban los sarmientos los robles hibernados
el fuego noble
el reconocimiento de un tiempo dilatado y la gratitud
ensanchada a lo largo de todos los suyos
desde un amor latente en la memoria
y lo midió ancestral en sus costuras
sentimentales"

A mí me recuerda a las mañanas entrando al Hospital por los jardines, los miruellos cosiendo con botones de oro los arbustos, el oleaje de las bandadas de gorriones, el pulso eléctrico del vuelo de los jilgueros.

Si las campas del Hospital fueran claros, los pabellones serían árboles, pienso.

En el poema "El balcón" de su anterior libro homónimo, publicado hace cinco años, Ana se pregunta "¿qué vine a mirar?" En Muda de invierno parece estar contenida la respuesta.

En invierno, con el frío que hace, al molino que fui no va nadie, dice. Lo encontré gracias a Víctor Adorno, un amigo biólogo, que me puso en contacto con Celia Tejada, apunta. Cuando lo vi, dije: este es mi lugar: sobre el agua, que discurre constantemente, día y noche, rodeado de árboles, enredado en caminos que recorren el valle. Salía cada día. Cada vez más lejos, más a gusto.

Ese molino facilitó la concentración, dice. Pero una concentración permeable. Porque quién soy es quiénes somos. Es interesante que Ana no haya olvidado en ningún momento la dimensión social del ser humano, pienso. Ni su naturaleza.

El aislamiento al que me sometí fue muy importante para pensar pero sobre todo en la naturaleza, remarca. Había una ventana asomada al brazo que riega el molino, continúa. A esa ventana venían todos los días un montón de pájaros que aprendí a distinguir. Las lavanderas que se posaban en el caz del molino con su amarillo radiante, evoca. Ana mueve las manos como hacen los tenores cuando proyectan la voz, pero en silencio. Una leve brisa mueve las cortinas. Hay sintonía.

Hablaba con los pájaros, con los caballos, con Peña Camesía, dice. Mi latido también habrá quedado prendido en ellos.

Leía, escribía, paseaba, enumera. Ese era mi régimen diario. También hacía muchas fotos. A lo largo de esos meses, Valderredible enraizó conmigo.


Petirrojo o papuca, siempre atento a lo que pasa a su alrededor. A este pájaro en Cantabria también se le llama papu coloráu. A mí me extrañaba porque en Cantabria los pájaros suelen decirse en femenino (pasa parecido con los équidos, que sueltos en el monte suelen ser considerados genéricamente yeguas, y también con los árboles, aunque menos) y este caso, el de este pájaro, parecía ser una excepción. Pero luego supe que su nombre completo es la pajaruca del papu coloráu y todo cuadró. La foto es de Ana. Está tomada desde la ventana del molino.

"a ratos me levanto hago té
caliento mis dedos
bebo a sorbos
me asomo algo abeja
olvido las palabras
atraída me zumbo

perdida
en la ventana misma
en el hecho esencial de mirar"

Es un poema sin título de Muda de invierno.

¿Y qué te hizo mudar?, pregunto.

La voluntad de ser Ana, dice y en su respuesta reconozco a la anciana cabuérniga que nos explicaba como dar vida a un esqueje, o como prolongarla, como quien traslada el fuego de un hogar a otro. Mudo (Ana cambia a tiempo presente) para que la soledad me reencuentre, para saber qué ha sido de mí en este tiempo.

Leo una cita de María Zambrano: "Pensar es ante todo (como raíz, como acto) descifrar lo que se siente, entendiendo por sentir el sentir originario". Es de la presentación de Claros del bosque (primera edición de 1977).

Le pregunto entonces por el silencio:

Es un silencio interior, contesta, reprimido por el ruido. Silencio como palabra o decir que no se acaba de expresar porque el entorno lo impide. De ese silencio venía, de ese silencio impuesto para negar lo que somos y pensamos (abre un paréntesis y dice: neoliberalismo). Fui a Valderredible para despojarme de ese ruido.

Es entonces cuando recuperas tu silencio para decir, pregunto, y sí, concede.

Intercalo a continuación un poema titulado "Orden de silencio" tomado de su libro Y dices tu nombre (A la sombra de los días, 2015) por su interés y estrecha relación con el silencio impuesto con el que rompe en Muda de invierno:

"Extraviada, a lomos de una bestia aduladora
implacable, me dirijo al vacío.
Gira y sacude con tal brío mi cuerpo
bajo las olas o el cielo que nada hay
reconocible en aquella gruta tenebrosa.
No protesté, con sorpresa me dejé llevar.
La bestia hablaba por cada conciencia:
- No tu voz ni la otra. Solo quiero silencio.
Callar antes de aprender a nombrarlo.
Arquear el cuello tensando la sonrisa, nada más.

¿Cuándo quisimos darle nuestra lengua?
¿o fueron las palabras que se las ha llevado?
Hasta la eternidad no debería ser. 
Acabaremos muriendo mucho antes.
Ella o nosotros."

Te reencuentras, retomo, pero en mi opinión no porque te hayas buscado a ti, sino a la naturaleza, encontrándote a ti en ella, aventuro.

En Valderredible exploré el ser. Y era naturaleza, reconoce.

"(...)

sobre la pradera  sin siembra    es invierno
en este lugar de abiertos espacios
donde solo parecen vivir
aves pequeñas y rapaces
carboneros pinzones currucas
lavanderas cigüeñas
lobos marginales buitres
naturalmente vacas
y ahora ella

ha venido a mudarse para buscar el silencio
a recorrer la tierra
acompañada"

Recapitulando, Ana abandona la "vida rehuida", tal y como la define en uno de sus poemas, para abandonarse a la "vida verdadera", en palabras de María Zambrano, que, despojada de ruido, es poder ser, es decir, naturaleza.

Este otro poema del mismo libro transmite una metáfora preciosa sobre la dimensión social del ser y su reflejo en la naturaleza:

"de pronto la apertura en el centro de un verde inmenso
nubes de espesor incalculable corren en el cielo
apresuradas por llegar
pero adónde
la página aemet predice una baja propensión a la lluvia
pero siempre aparece como si quisiera advertirme
de esa mínima posibilidad

he dejado el camino para entrar a una pradera gozosa
-he atravesado el viejo cercado de piedra en seco-
he mirado al fondo y en el silencio de esa montaña
me apuntalo en total quietud hipersensible
percibo un rumor
para llegar a él me obligo a estirar mi cabeza perceptiva
los árboles en sus copas han empezado a moverse
en sentido muy dulce y apenas se percibe mientras crean
la ilusión de enlazarse

entre ellas eluden su conexión física
y no acaban de tocarse nunca"

Tú eres tu propio mástil, ahonda Ana, eres tu propio centro y ahí es donde recibes la vida, sigue. La vida te rodea pero cuidado porque en el centro de tu vida estás tú y ambas dimensiones, ser y vida, tienen que ir de la mano. Hay que tomar conciencia del propio ser en diálogo con la vida. En esta discrepancia con la vida, cada uno debería poder alcanzar una síntesis por sí mismo, pensar y decidir libremente. Pero no siempre se puede o se es consciente de poder hacerlo. El ruido dificulta pensar diferente. En el mundo actual falta reflexión.

Esta actitud beligerante de Ana ya queda patente en su primer libro, Algo tendrán que decir las estaciones (La Sirena del Pisueña, 2005), no por casualidad dedicado a Isaac Cuende y al recuerdo del Grupo Cuévano, con poemas rotundos como el titulado "No", donde denuncia la avaricia de las musas, o "Queda un loco lamento", contra los autoritarismos y sus necesarios cómplices.

Es algo que me he preocupado de transmitir a mis hijos, sigue Ana. Aunque con los hijos siempre hay un débito, la duda de haber hecho lo suficiente. Supongo que sea una cuestión de expectativas, se resigna.

Traigo un último poema de Ana también de su último libro:

"Los caballos de este camino diario
acercan su cara a la cerca y piden caricias y palabras.
Quizá la culpa de no darles lo que piden me lleva a 
un fondo inexplorado de compasión oscura; la duda
de haber entrado en una habitación y no dar lo que
antes otros me pidieron: besos, caricias y palabras."

Para terminar, Ana, ¿qué te parece que haya jardines en los hospitales? Imprescindible, se apresura a contestar. Mejor de estilo inglés que francés, eso sí. En la naturaleza estamos en potencia, y en un Hospital siempre tiene que haber esperanza, concluye.

Pasamos a hablar de amigos ingresados, de familiares con problemas de salud y temas que no tienen cabida aquí.

Pasa un día desde que nos despedimos. Caigo en la cuenta de que no he hecho ninguna foto. Le pido por WhatssAp alguna suya y alguna otra de pájaros, plantas y montañas que haya hecho en Valderredible. Me envía fotos de aves y un retrato suyo de Javier Vila fantástico:


Ana mira atenta a todo. Naturaleza consciente de sí misma.


Entrevista realizada por Mario Corral García, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 54: "Vilotrera"

Vilotrera, en Campoo, lugar donde sopla el viento con fuerza. La foto está tomada en uno de los pozos abiertos bajo los jardines del Hospital.

"Alrededores por dentro" / 3: Piedras del rayo

Subiendo a Braña Espinas, donde un trovador nos había contado, más bien cantado, que tuvo lugar un enfrentamiento mítico entre un toro y un oso, aunque quizá fuera la propia trova la que lo hiciera mítico y que el enfrentamiento fuera real, advertimos que empezaban a bajar todos los animales, vacas y yeguas, pájaros también, al tiempo que se oía una enorme y profunda respiración. Nos asustamos, volvimos la vista y vimos posada una tormenta encima de Peña Sagra. La cadencia de los truenos era la de una respiración. Es lo que en La Montaña se conoce como sindiu, palabra relacionada con sinciu, que, entre otras acepciones, tiene la de "ansiedad". Decidimos bajar nosotros también.

El poeta José Hierro decía que sus vecinos de Portio, en cuyos acantilados tenía una casita, aseguraban que los fósiles de erizo que se encontraban sueltos en los arenales y empotrados en la roca eran lo que llamaban "piedras del rayo", por ir en la punta del rayo, que caían buscando tierra y que por eso, si te daban, te mataban, no por la descarga eléctrica. En otros lugares, como Liébana o el País Vasco, las "piedras del rayo" son hachas pulimentadas neolíticas.

El primer discurso pronunciado por el Dr. López Albo fue el de la Biblioteca. En él, advierte de las tormentas que se avecinaban, animando a su equipo a enfrentarlas. Pero se ve que no fue suficiente. Murió en el exilio. Por su parte, el Dr. Téllez Plasencia fue seleccionado en tiempos de guerra para representar a España en un congreso internacional. Su ponencia versó sobre su Servicio de Rayos. Nunca se difundió en España. La hemos recuperado recientemente. El Dr. Téllez Plasencia también falleció en el exilio. La "piedra del rayo" encontró a ambos.

sábado, 1 de agosto de 2026

VIRIDITAS 53: Entrevista a Juan Gutiérrez Martínez-Conde, maestro

En el Edificio Enlace tenemos una planta de flores de cera de cuyas corolas, vueltas hacia abajo, pende un puntito de savia, como de un grifo mal cerrado. Es rara en Cantabria, por el clima, que no le es propicio. Quería que Juan la viera porque está florecida y porque cuando estuve en su casa para cerrar una donación de antiguas revistas médicas que nos hizo, vi que la tenía en el rellano de la escalera y me llamó la atención, tanto que me dio un esqueje. Pero la del Edifico Enlace tiene otro origen, la suya no fructificó, y a pesar de ello o por eso mismo quería que la viera.

Juan se apellida Gutiérrez Martínez-Conde y cuando nos llamamos para fijar una cita me preguntó si estaba seguro de que encajaba en el proyecto, y claro que sí: maestro, filólogo, poeta, editor, amante del arte y de la naturaleza... Yo ya había oído hablar de él trabajando en la sede madrileña de la editorial SM. También de una escuela cántabra de ilustración, con la revista Peonza como bastión, cuya principal característica era, así me dijeron, la melancolía. En montañés a la melancolía se la llama malencunía. Es una palabra del círculo íntimo que, como atotogar, "arrebujar", o apolizar, "acariciar", sigue viva porque se utiliza mucho. Yo volví a Cantabria de Madrid por ella.

Le hago esperar un poco porque llego al teléfono. Reúno en un mismo movimiento muchos gestos: de saludo, levantando la mano, y de corrido otro de disculpa mientras señalo el teléfono, es por esto, y dibujo con el índice un rollo en el aire, que es el gesto de ahora termino, perdóname. Asiente, se apunta un ojo y entiendo que se dispone a mirar los cuadros del hall. Son de cuando se cayó el Edificio de Traumatología y se levantó el Edificio 2 de Noviembre.

Termino y nos damos la mano. Es sorprendente la calidad de los cuadros que tenéis aquí, dice. Este de Gruber es fantástico, remarca. Este precisamente condicionó el diseño del hall, digo. Estaba previsto de otra manera. Iba a estar flanqueado por columnatas y no sé cuántos artificios más pero Gruber presentó a los responsables de la obra un proyecto alternativo, incluidas maquetas, y aprobaron la propuesta. Gracias a él, tenemos un hall liviano, o esa era la intención original. Así es, conviene Juan, aunque siento que no lo dice del todo convencido, y es que, confirmo al preguntarle, a los dos nos parece que el espacio está un poco saturado de obra, informo, sobrevenida, obra de aluvión, por ejemplo el mural metálico que bajamos de la Residencia Cantabria antes de que desapareciera, el edificio y con él la placa, que he atribuido al escultor Ferreira y titulado (es un título facticio) Cariátides. Iba a ponerse a la entrada de la Biblioteca pero pesa demasiado y hubo que buscar un emplazamiento cerca de la puerta principal, que es donde está. Este autor también tiene obra en la rotonda de acceso al IDIVAL (también recuperada) y en el estanque de la residencia de estudiantes de la UIMP.

La gente utiliza el regazo de La doncella de Mazcuerras de José Antonio Andrés para descansar. Llegamos a acordonar la escultura para evitarlo pero preguntamos al artista y su respuesta fue que no le molestaba, así que retiramos el cordón. Los niños le dicen cosas, le agarran la cara, le miran a los ojos, asoman la cabeza por debajo del brazo sobre el que la doncella apoya la suya, interaccionan de mil maneras con ella (qué bonito sería un catálogo de formas). Juan la toca con cuidado. Los que trabajan con la madera, sean carpinteros o escultores, dicen que la madera sigue viva cuando abandona el árbol. Debe ser cierto. La doncella de Mazcuerras está hecha de una sola pieza de cajiga. Apenas quedan robles de este porte.

En la plaza de Vega de Pas, donde la iglesia, había una robleda que daba cobijo a la monumental mesa concejil, digo. Fue talada hace no tanto. He preguntado a los vecinos y solo se acuerdan de los árboles. No de para qué servía la mesa de piedra. Una cosa conduce a la otra. Pronto de los árboles tampoco se acordarán. Es un fenómeno generalizado. Yendo a la otra punta, cada pueblo de Cabuérniga tenía su árbol concejil y luego había uno en La Castañera de Terán bajo el que se reunían todos los vecinos del valle. Son tantos los árboles caídos en La Castañera que ya no se acierta a saber qué restos corresponden al árbol concejil del valle. 

En el hall parejo, el que corresponde a las tres torres, hay un conjunto escultórico de Eloy Velázquez hecho a partir de los restos del antiguo muelle de Albareda. Aparecieron enterrados en limo durante las obras del Centro Botín. Sinceramente, desconozco de qué modo terminaron esos restos arqueológicos en el taller de un artista, pero lo cierto es que ahora dan forma a un conjunto escultórico impresionante titulado "No Crossing". Son decenas de personajes tras una alambrada. Su mensaje pesa como el de los plomos perdidos por los pescadores en el fondo de la bahía.

Quiero hablar con Juan de respeto. Del que debemos, matiza él. Quizá darlo sea una forma de merecerlo y resulta que estamos hablando de lo mismo, pienso.

El deber cívico cuesta esfuerzo, tanto a los individuos como a las instituciones, remarca Juan. No basta con abrir la puerta. Hay que ver qué medidas tenemos que tomar para atender a toda esta gente de la mejor manera posible.

No debe movernos el interés material, no porque les necesitemos, continúa, no porque alguien tenga que cuidar de nuestros mayores, limpiar o atender nuestros negocios. No se trata de eso. No es incorporarles a un sistema injusto sino hacer que el sistema deje de serlo.

Si eso es posible, apunto.

Con su ayuda será más fácil conseguirlo o al menos más satisfactorio intentarlo, replica. La diversidad multiplica los puntos de vista y las oportunidades.

El arte nos conduce por la misma vía, sigue. El arte te lleva a otro mundo, te pone otra sensibilidad diferente en el cuerpo. Esta finalidad terapéutica se suma a la ornamental que también tiene su importancia, no en vano la estética no es solo un placer sino también una necesidad del ser humano. En estas coordenadas os movéis vosotros, y me mira, y yo asiento.

También queremos ganar músculo social, no se lo oculto. Tener a tanta gente buena contigo te hace mejor. La galería de arte del HUMV se alimenta de cesiones temporales de obra que no retribuyen ningún beneficio económico a sus autores. Si acaso, participar de un proyecto colectivo bonito.

Nos descubrimos al pie del retrato del Marqués de Valdecilla pintado en los años veinte por Gerardo Alvear. Este pintor es pionero del muralismo cántabro. En el cuadro el marqués posa con la mies de su pueblo al fondo. Es una forma de decir a sus paisanos que es rico. Le cuento entonces a Juan cómo conseguimos ponerlo donde está: estaba en el despacho de un directivo al que cesaron, aprovechando el vacío de poder entramos, lo descolgamos y ayudados por una grúa de acordeón, lo colgamos en el lugar preeminente que ahora ocupa, como le corresponde, presidiendo el acceso principal.

A Juan le encanta Gerardo Alvear y también su hija, Luz, menos conocida. Mi pareja y yo tenemos en casa un carboncillo suyo. Juan me cuenta de una familia que comparte apellido con el pintor, aunque no sabe si tendrán relación, lo que sí tenían era un Stradivarius en muy mal estado que resultó ser una antigua copia exacta que terminó en manos de la conserje del colegio de Juan.

Invitaron a Juan a dar una conferencia en el MAS sobre alguna obra de su elección y se acordó de una vista de Buenos Aires de Gerardo Alvear, pero cuando fue a verla se encontró con una escultura de Avecilla y otra de Daniel Alegre enfrentadas y cambió de rumbo. Su conferencia versó sobre estos dos escultores cántabros.

Son artistas estética y conceptualmente muy diferentes, dice. Todo el dramatismo y sufrimiento de Avecilla se contrapone al clasicismo y la serenidad, al mármol pulido de Daniel Alegre. Me gustó ese contraste.

Para Juan somos según cómo nos relacionemos. La relación con otras personas, con el entorno y con nosotros mismos no solo es deseable sino también inevitable. Por eso hay que procurar que se establezca en términos positivos.

La convivencia es nuestro ecosistema, apunto.

De Avecilla le cuento que en sus últimos años, aquejado de una enfermedad muy agresiva, esculpía como podía en miga de pan que luego su galerista, que es quien me lo contó, se ocupaba de trasladar a metal. ¿Lo que mueve a la vida arrastra consigo al arte o el arte y la vida son la misma cosa dicha de forma distinta?

De Daniel Alegre se organizó una exposición hace poco en el MAS, sigo. Estuve en la inauguración. Me sorprendió que todo el mundo tocara las esculturas. Luego supe que había trabajado puliendo las esculturas de Rodin y lo quise entender. 

Daniel Alegre hizo una pareja de bustos, un pastorcillo y una pastorcilla, de los cuales, es lo que se dice, solo se conserva el primero. Estaba expuesto en el MAS. A su lado había un busto identificado como el de una chiquilla. Pero yo creo que era el de la pastorcilla perdida. Los comisarios no la reconocieron. Demasiado bonita, quizá. No para mí. Al menos pusieron los dos bustos juntos. Tampoco los toqué.

Daniel Alegre se retiró de mayor a Casar de Periedo, donde trabajó con la piedra local. Es la misma piedra con la que están hechas las casas montañesas. Estas suelen estar orientadas a sur. Es una maravilla tocarlas al atardecer, cuando se empieza a sentir el frío pero las piedras todavía conservan el calor del sol.

Otro autor que me encanta, en esta senda de descubrimientos, dice Juan, es Antonio Winkelhöfer. Estuvo vinculado al expresionismo alemán, luego huyó del nazismo y recaló en Santander, donde falleció en los años setenta. Son espléndidas sus ilustraciones para el libro Mitología y Supersticiones de Cantabria de Adriano García-Lomas. También ilustró El Quijote y otras obras de referencia. Hoy se le podría equiparar con José Ramón Sánchez. De este último tenemos obra en el Salón Noble de la Biblioteca, digo.

Un poco más adelante hay obra de Martínez Cano y de Yolanda Novoa, ambos amigos suyos. En este momento se produce un incidente. Una persona se ha quedado encerrada en un baño para discapacitados próximo y nos vemos obligados a ocupar gran parte del tiempo reservado para nuestra conversación en su rescate. Tras el final feliz, nos encaminamos a la cafetería. No va a dar tiempo a ver las flores de cera. Cuando llegamos a la cafetería pasamos al lado del personal del HUMV y nos sentamos dando vista a las obras de los protones:


Desde aquí sentados parece una maqueta.

Me da un número de la revista Peonza dedicado a las guerras y el catálogo de la exposición El espacio mágico: 25 años de la Revista Peonza, 25 años de ilustración en España que se celebró en el Palacete del Embarcadero el año 2012.

Me lo dedica y le propongo un juego:


Yo le digo una palabra cántabra relacionada con las peonzas y él me dice si la conoce y qué le sugiere.

La primera es abadar, que es cuando una peonza va a caer, y Juan rápidamente responde con una frase de su amigo y artista Fernando Calderón: "abadó como peonza chona", es decir, que alguien cae de golpe.

Dentro de la página web de la revista Peonza, en el apartado dedicado al equipo, hay un dibujo de Fernando Calderón donde aparecen varios niños jugando a la peonza. Este pintor era universalista y por eso mismo le gustaba pintar su entorno inmediato. Es lo que decía el escritor portugués Miguel Torga: "lo universal es lo local sin paredes". Esta visión a medio camino de lo global y lo local, glocal podría decirse, es marca de la revista.

La segunda palabra es can, "golpe". También la conoce. Añade que a veces el jerrón de la peonza, que es redondo, se afilaba para que el can hiciera más daño.

Esta palabra procede del latín CANIS, "perro", por la forma de la mordedura.

Runflar o runfar, el ruido que hace la peonza al girar, de origen onomatopéyico. También.

Por último, rullar, que significa "girar" y que probablemente esté emparentada con rolar. Esta Juan no la conocía y confieso que yo tampoco. Es la única que he sacado de un libro. El resto son de mi familia, también de la de Juan. Él aporta una expresión: "estar dormida", que es cuando gira con tanta precisión que parece estar quieta.

Son todas palabras que se han conservado en casa, si acaso. En las escuelas estaba penalizado utilizarlas. Prefiero no preguntarle el porqué porque hacerlo sería trabar la conversación. Adivino que él contestaría que por error o por una previsión de futuro equivocada o por la influencia de un contexto no siempre favorable a la vida. Pero prefiero preguntarle por los valores y luego, si acaso, inferir.

¿Cómo entiendes la educación? ¿Puede ser neutral? ¿Qué valores? Son las tres preguntas que le hago:

La educación es como la paternidad o la maternidad, responde. Nuestros hijos viven en el futuro y nosotros en el pasado. Conciliar esto es la clave. Tenemos que educar hoy pensando en el mañana, que no sabemos cómo va a ser.

Pero hay algo que nunca cambia y es el amor, el cariño, la ternura entre seres humanos. 

Me acuerdo de D. Aniceto, sigue. Fue mi maestro en Castillo-Pedroso. Me acuerdo de un día que me cogió del hombro. Lo hizo con afecto. Lo recordaré siempre. Entonces prevalecía la disciplina. Ese cariño, esa ternura, es fundamental. Esos pequeños detalles.

La enseñanza se basa en el cariño.

Los alumnos a veces se interesan por curiosidad y otras por congraciarse con el profesor. Esas son las bazas. La comunicación entre adultos y niños es complicada porque son mundos distintos. El único puente es el afecto, el cariño, en todos los ámbitos, sobre todo en la educación. Este es un principio universal.

Antes creíamos que la escuela era una interposición del poder, que la escuela era obediencia. Pero hoy pienso y defiendo lo contrario, desvela Juan: hacen falta escuelas que inculquen principios éticos básicos. 

Me viene a la memoria un poema de William Blake citado por Bernardo Atxaga en la conferencia inaugural del IV Encuentro Internacional del Libro Ilustrado organizado por Peonza en 2024:

"Ver un mundo en un grano de arena
y un cielo en una flor silvestre;
tener el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora."

Es del poema Augurios de inocencia (1803). En él, lo grande contiene lo pequeño como lo pequeño lo grande. Se trata de esos pequeños grandes detalles que mencionaba Juan. El poema es largo. Continúa desgranando sencillas creencias populares que sirven como atajos hacia conceptos universales: "un petirrojo en una jaula / pone furioso a todo el cielo", "quien haga daño al reyezuelo / jamás tendrá el afecto de los hombres", etc.

Tengo para mí que las creencias populares y los cuentos son máquinas del tiempo que traen del pasado aprendizajes útiles hoy. Hacer atractivo el mensaje a través de toda una panoplia de recursos literarios facilita su transmisión. Pregunto a Juan por su opinión al respecto.

Vladimir Propp tiene un librito titulado Morfología del cuento en el que defiende que los cuentos populares de carácter "maravilloso", sean polinesios, rusos o montañeses, se componen de treinta y una funciones combinadas en siete esferas de acción, explica. Todo está ahí.

El mismo autor tiene otro libro, esta vez más denso, titulado Las raíces históricas del cuento, en el que defiende que los cuentos populares "maravillosos" no son meras invenciones fantásticas, sino que recrean simbólicamente ritos ancestrales, continúa. Valoramos un capitel románico pero no un romance, cuando su valor no digo que deba ser el mismo, apunta, pero sí equivalente.

Ha pasado parecido con las revistas y los libros en las bibliotecas sanitarias, digo. Las revistas dieron el salto al mundo digital mucho antes que los libros. Cuando los libros se sumaron, aplicamos las mismas soluciones que se habían probado con éxito con las revistas, sin embargo los resultados fueron peores. Esto fue no porque de forma inesperada los libros perdieran interés, sino porque se estaban aplicando soluciones espurias, es decir, ajenas a su naturaleza. Ahora que lo estamos corrigiendo, comprobamos que los libros sirven para lo que sirven, que no es lo mismo para lo que sirven las revistas: los primeros trasladan información consolidada y las segundas más reciente y controvertida. El interés que despiertan no es el mismo pero sí equivalente.

O con las trovas recogidas por William Christian en el Alto Nansa publicadas por la Universidad de Cantabria. El autor aplicó criterios de edición propios de la poesía culta, con lo que las trovas perdieron interés. Parecían un pastiche y no porque lo fueran, sino porque fueron presentadas de acuerdo con una serie de criterios que no le eran propios. El principal, que se omitiera que la mayoría eran total o parcialmente cantadas.

En las escuelas vascas, los niños que lo desean pueden participar en talleres de bertsolarismo. Les sirve para mejorar su expresión oral, para perder miedo escénico, etc. Este es el camino, apunta Juan. Hay que llevar la trova a las escuelas.

Le cuento una anécdota. Sabiendo que venía, me acerqué al aula hospitalaria por si le querían conocer, para preparar el terreno. Pero estaba cerrada por vacaciones. En la puerta encontré pegados textos escritos a mano por los pacientes pediátricos. Había sobre todo poemas. Pero me llamó la atención un texto que, bajo el título de "Invisible", decía: "Un héroe puede ser cualquiera, incluso alguien haciendo algo tan simple como poner un abrigo alrededor de un joven para hacerle saber que el mundo no se ha terminado". Es una cita de la película Batman.

Creo que estamos superando los primeros recelos hacia las nuevas tecnologías. Estas ya no se asocian necesariamente con el consumo de contenidos sino con la imaginación, que es la esencia de la lectura, no importa la naturaleza ni el soporte.

En una entrevista a Emilio Lledó publicada en Peonza, el filósofo del lenguaje decía que hay que fomentar la lectura de libros que enseñen libertad para poder pensar. Estando de acuerdo, Juan destaca el placer de la lectura.

El ideal es que la lectura sea compleja, dice, pero en el camino no hay que soltar la mano del placer. Si el libro que nos llega no es el mejor, da igual, lo importante es que nos conmueva, saber que hay algo, la lectura, que te satisface y que te hace comprender que lo que están sintiendo otros te afecta. A la máxima calidad se llega de forma gradual, recapitula.

No hay que forzar, si acaso reconducir, dice.

Juan lee por rachas. Hubo una época en que le interesaba la novela española y mucho aquella que trataba sobre la infancia. Tanto, que pidió un año sabático para escribir un libro sobre este tema que permanece inédito. También le ha interesado mucho el ensayo y la poesía. Y de fondo, siempre el tebeo y la novela gráfica. La ilustración es una constante.

Le pregunto por Peonza, Premio Nacional al Fomento de la Lectura en 2018. Es una revista de Cantabria especializada en literatura infantil y juvenil que presta una atención especial a la ilustración. Ahora cumplimos 40 años, anuncia. Antes estuvo Quima (1983-92). Peonza es una rama de Quima. Presentamos escritores e ilustradores, experiencias de animación a la lectura, tratamos todos los temas, recomendamos lecturas, pero no somos partidarios de que sean obligatorias.

En Cantabria nació la Institución Libre de Enseñanza. De aquí, la Universidad Internacional de Verano de Santander, luego Universidad Internacional Menéndez Pelayo, la Estación de Biología Marina de Santander, la Casa de Salud Valdecilla... Esta es nuestra genealogía. Peonza quiere pertenecer a esta tradición, remarca Juan.

Las herencias también se eligen, recuerdo.

Detrás de Peonza hay un grupo de amigos maravillosos que se ha mantenido y aumentado. Cuando digo mantenido quiero decir cuidado, aclara. Empezamos a trabajar con la Democracia. Era una época utópica. Estaba todo por hacer. Había una ilusión global, recuerda. La enseñanza estaba dentro de ese ansia de libertad, de expresión, de creación. Aparecen distintos movimientos de renovación educativa y en Cantabria el foco de atención se posa sobre la Educación Compensatoria. En las escuelas rurales se sufría una situación deplorable. Los maestros leíamos y luego compartíamos lo leído, esa era nuestra formación. Quima era eso: uno lee o ve, aprende, y comparte. La necesidad era muy grande porque la situación era muy nueva. El primer número de Peonza se fabricó a base de máquina de escribir, tijeras, letraset, pegamento y fotocopiadora. Ten en cuenta que hasta para comprar tizas de colores teníamos problemas.

Pese a todo, en aquella época existía el día de mañana. Había esperanza. Hoy hay una corriente mayoritaria de miedo, reconoce.

Faltan utopías, digo, y cuando faltan, se cierne el apocalipsis. Es una lectura que propone Gonzalo Torrente Ballester, aclaro.

No hay que dejarse dominar por el miedo, tranquiliza Juan. El apocalipsis y las distopías son una proyección de la preocupación que sentimos hacia la muerte. Yo voy a morir y la civilización va a sucumbir conmigo. En cierto modo, es normal sentirlo así. Por ejemplo, los aztecas están viviendo su quinto sol, lo cual supone que les han precedido cuatro apocalipsis. Sobrevivir, y la supervivencia es la meta de todo lo que vive, incluidos nosotros, también es superar este miedo.

La cultura tiene que servirnos también para esto, para sobrevivir, es decir, para afrontar nuestros miedos y superarlos.

Es indudable que hay un mundo oscuro. Lo que más hay en el universo es materia oscura, continúa. También en el ser humano, en el inconsciente. La oscuridad es lo predominante, pero no lo más importante.

La oscuridad es lo desconocido, lo que tenemos que desvelar. En el universo y en nosotros mismos. Le agradezco la aclaración: su signo, si positivo o negativo, dependerá de nosotros.

No tengamos miedo, reclama. Hay buena voluntad y responsabilidad. La mayor parte de la gente es Buena (lo escribo con mayúscula porque así me lo pide) y se esfuerza por hacer bien su trabajo. Yo creo en la esperanza. No me gusta la gente que dice que ha perdido la fe en el ser humano. 

También es muy importante la amistad. Juan quiere mencionar algunos buenos maestros que ha encontrando en el camino:

Carlos Galán era un magnífico profesor, dice. Siendo estudiantes hicimos una revista literaria, Escalera, y Carlos se la llevó a José Hierro. Nos la devolvió comentada poema a poema. Eso es algo que no se olvida.

Aurelio García Cantalapiedra, otro. Nos invitó a varios jóvenes a leer nuestros poemas en la presentación del número 10 de la revista Peña Labra, la mejor revista de poesía española de su época, y luego publicaba siempre algo nuestro.

Ramón López Tamés, que fue el profesor de la Universidad de Cantabria que me animó a licenciarme en Filología Hispánica con un trabajo publicado con el título Literatura y sociedad en el mundo chicano (ediciones de la Torre, 1992).

Fernando Calderón, Julián Santamaría...

Salimos a la plaza del Hospital y brilla el sol. Quiero hacer una foto de despedida y enfoco primero al suelo para comprobar los parámetros de la cámara. Nuestras sombras se dibujan muy claramente en el suelo. Hago una foto:


Él me ve y señala que para bonitas, las sombras de Pejac en la puerta del Hospital. Juan viste de blanco. Levanto la cámara y hago otra foto:

 

Entrevista realizada por Mario Corral García, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 52: El agua

Están siendo días de mucho calor. Hemos puesto en la repisa de la terraza de la sala de estudio un plato de casco con agua para que beban y se bañen los pájaros. La piedra es para que el viento no se lleve el plato y para que se puedan posar y beber también los insectos.

Cada día aparece vacío. María José, nuestra limpiadora, se preocupa de llenarlo todos los días a primera hora. En cuanto llego, me informa.


miércoles, 1 de julio de 2026

VIRIDITAS 51: Entrevista a Manuel García Alonso, historiador, arqueólogo y antropólogo cultural

Cuando llega la hora me llama desde la cafetería grande del Hospital, donde, si quiero, me espera, y acepto. Cuando llego él ya ha terminado, por si queríamos empezar con el paseo en el momento, pero le pido ir a la parte reservada a los trabajadores del Hospital y tomar un café yo, para ponernos a la par. Falta poco para mediodía y hace falta. Además, de ese otro lado, el de dentro, se está más tranquilo y se puede hablar mejor.

Se llama Manuel García Alonso, profesor jubilado, amén de historiador, arqueólogo y antropólogo cultural. Su producción científica es abundante, diversa y valiosa. Destacan sus aportaciones a la arqueología del paisaje, disciplina de la que es pionero y a la que está contribuyendo a dar forma. Ha dirigido el Instituto de Prehistoria y Arqueología "Sautuola", donde sigue siendo coordinador de proyectos, las excavaciones del campamento romano del Cincho en la Población de Yuso, las del despoblado de Corada en Valderredible, etc. Es una voz muy respetada (evito decir autorizada porque es una palabra que me parece fea) en la cultura de Cantabria, por todo, sobre todo porque se lo merece: siempre está donde él cree que debe haciendo otro tanto de lo mismo, algo que es muy de agradecer, y no solo por lo raro o poco frecuente. Me da permiso para llamarle Manolo.

Vive la mayor parte del año en Aguayo, de donde ha bajado para esta entrevista. Hay en la raya de su valle un tejo que parece allí puesto para marcar una linde jurisdiccional que queda próxima. Él no lo puede confirmar, pero podría ser, concede. El tejo es de hoja perenne. Conserva el verdor todo el año. Algo que viene bien en un paisaje tomado muchos meses (eso era antes, ahora mejor pon "muchas veces", apunta) por la nieve. Le pregunto por los abedules, si la blancura de su corteza se podría interpretar del mismo modo, como una señal, y por eso que suela aparecer cerca de fuentes o de lugares marcados por la actividad humana, a lo que, esta vez, no cede: no lo creo, dice: los abedules necesitan mucha agua, por eso se entiende que estén cerca de fuentes y humedales, porque si no las hubiera tampoco habría abedules, lo primero, y lo segundo, los abedules son árboles pioneros, es decir, de los primeros en salir tras una agresión, por ejemplo una remoción de tierra, algo habitual cuando está presente el ser humano, por eso que parezca que están marcando hitos relacionados con el ser humano cuando, insisto, no tiene por qué ser así, solo que una cosa, el árbol, se acompaña de la otra, la mano del hombre. Le agradezco la aclaración.

Nos hemos sentado junto al ventanal, en una mesa pequeña que nos obliga a mirarnos frente a frente porque no hay muchas más opciones y porque, pareciéndonos físicamente, canosos los dos, ojos claros, tez clara también los dos, tenemos una altura parecida. Pero enseguida lo que está pasando del otro lado de los cristales nos obliga a posar los ojos fuera: las obras del búnker de la protonterapia, por el momento un enorme socavón. Al fondo del mismo espejea lo que parece agua. Brota de las entrañas de la tierra. Los obreros están echando hormigón. Al lugar que ocupa el Hospital se le llamaba antes Fuente Mar. Por algo será.

Manolo está contento, revela, porque ha estado hace poco de visita en una excavación localizada en la montaña leonesa donde a partir de niveles recientes se ha podido profundizar hasta la época de los primeros pastores neolíticos. No estoy diciendo que unos y otros sean los mismos, aclara, que los cinco mil años transcurridos no sean más que un accidente, no es eso, sino que hay una relación diacrónica entre ambos polos que es necesario, todavía, determinar. Lo que sí deja al descubierto esta excavación, avanza, es que hay un corredor cultural, físico y cultural, se corrige Manolo, al que hasta ahora no habíamos prestado atención, o apenas:

la Cordillera Cantábrica.

Me gusta que utilice el tiempo presente: hay, dice Manolo, había y hay. Al menos hasta tiempos recientes.

En el mundo académico la norma era guiarse por un eje perpendicular al mar dominado por valles y ríos, continúa. Este eje norte - sur es adecuado cuando nos circunscribimos a momentos históricos modernos. Es el tiempo de los caminos reales, del ferrocarril, etc. Pero no es suficiente y menos cuando tratamos realidades anteriores. Ahora estamos empezando a reconocer la importancia de un eje anterior, un eje premoderno que se desarrolla en sentido este - oeste, en paralelo a la costa, por las alturas, en el que el pastor se erige en protagonista.

Estas cumbres son las plazas, entiéndelo como una metáfora, donde se produce un intenso intercambio de técnicas, conocimientos, etc., entre pastores. Desde cómo hacer una cibilla hasta cómo manejar una vaca sin pegarla, solo jablándola, pasando por el repertorio musical de la flauta de hueso de buitre, etc. Todo este capital en el fondo inmaterial, de conocimientos compartidos, cualquiera que sea su traducción física, si dura o blanda, persistente o transitoria, periódica o permanente, de carácter individual o colectivo, es fruto de contactos pastoriles producidos durante milenios en las majadas y los seles (su mejor traducción en Cantabria) de junto a las brañas, concluye Manolo.

La palabra braña es probable que se relacione con verano. Es entonces cuando se ocupan, en los meses cálidos. No parece una palabra prerromana. En esto estamos de acuerdo. El modelo territorial que sirve de bastidor, de alcance cantábrico, en el que se inscribe el cántabro, se consolida en torno al año 1000 y lo hace a partir de elementos que vienen mutando desde muy atrás. Son cosas que sé porque se las he leído a Manolo. Lo dicho explica que las palabras que llevan este modelo a tierra, como sel, "lugar donde pernocta el ganado", midiaju, donde midia o "sestea", o la propia braña, "pasto de altura", sean de origen latino. Del latín sedile, "asiento" o "residencia", el primero, y de mediare, "estar en medio", la segunda. Pero que estas etimologías no nos llamen a engaño: idealmente, como uso y función, sus raíces se hunden más adentro, son más antiguas.

En relación con el sentido de estos corredores transversales, me refiero a su desarrollo físico, no a su semántica, expongo, tenemos los pernales o torales, que son ramales que caen en perpendicular desde la línea de cumbres hacia el valle, es decir, en diferentes direcciones para abajo, facilitando el contacto entre valles y alturas. Yo mismo he recorrido uno llamado La Valsemana (se dice que por la frecuencia con que era utilizado por los paisanos, una vez a la semana) para ir desde el pueblo de Selores, en el Saja, hasta Tudanca, en el Nansa. Mi abuelo lo utilizaba para ir de Sopeña de Cabuérniga a Potes, cuyo mercado semanal era importante, y vuelta.

Pernal se emplea en la cuenca del Saja y toral en la del Nansa, aunque los vecinos de uno y otro lado entienden ambas palabras perfectamente, aclaro. Quizá gracias a los contactos que facilitan, precisamente, los pernales y torales, digo.

No estamos hablando de espacios de tránsito, puntualiza Manolo, donde no hay por qué encontrarse con nadie, sino de estancia. Los espacios de estancia son mucho más efectivos para el intercambio. Cierto es, convengo.

Estos intercambios persistentes y significativos están en el origen de las culturas ganaderas del norte, continúa Manolo: pasiega en los Montes de Pas y vaquera en Cabuérniga y Rionansa, singularmente. Estas culturas ya son otra cosa. Se distinguen porque suponen una transformación cultural que afecta a los valles y a los lugares de invernada, desde las cabañas pasiegas a los invernales montañeses, llegando incluso a las brañas vaqueiras en Asturias.

Este es el marco geográfico en el que nos movemos: desde las brañas vaqueiras a las cabañas pasiegas, de un extremo a otro, aplicando una mirada encumbrada. No hay ruptura, solo distintas versiones de un mismo elemento fundacional que es resultado del intercambio provocado por el encuentro, dice.

En el origen está el encuentro. Me quedo con esta idea. En otras ocasiones he recurrido a otra idea: que el origen está allí donde alcanza tu pregunta. Pero preguntar es una acción asociada de forma indisoluble al encuentro con el otro. Son distintas formas de decir lo mismo, pues.

Esta es la base para la puesta a punto de culturas ganaderas especializadas, continúa Manolo. Se da el salto a partir del s. XVI, que es de cuando datan las primeras cabañas pasiegas y seguramente también los primeros invernales.

Se abre entonces un periodo experimental en el que se ensayan distintos modelos de ocupación territorial. Unos triunfan o subsisten y otros no. Entre estos últimos, estoy estudiando el que fracasó en el Somo de Aldano, informa:

La vieja nobleza se hizo con el control de los concejos vecinales. Entonces, privatizaron los seles. Pero no pasaron a explotarlos directamente, sino que se los arrendaron a los pasiegos. Estos los cerraron en redondo, los llamados "cerradones", al tiempo que construyeron sus viviendas en las cabeceras, donde se estabilizaron con sus familias, o lo intentaron. Este nuevo modelo de asentamiento u ocupación, distinto al de los cabañales pasiegos, desapareció con la crisis del Antiguo Régimen y la aparición de las nuevas élites liberales. Puede que también tuviera algo que ver la dureza del medio, frío, ventoso y escasamente productivo de aquel lugar.

Me parece importante esa idea de que los concejos vecinales fueron cooptados por los poderosos, añado. Eso implica que existían de antes y de otra forma, lo cual me da esperanzas.

Manolo me explica que el espíritu igualitario (no necesariamente efectivo) de los concejos llegó a su fin con la conocida como Ley Montoro. Por su culpa, los vecinos perdieron capacidad de decisión sobre sus propios recursos e intereses. Perdieron, en otras palabras, soberanía. Yo tengo que poder decidir sobre lo mío, defiende, aunque me equivoque. Ya procuraré yo, por la cuenta que me trae, no equivocarme, previene.

O nosotros, aclara.

Estamos hablando de una comunidad de aldea en la que el individuo existe en relación con los demás. Nunca solo. De una comunidad de aldea, o lo que queda de ella. Pero su origen es innegable. Este respeto al vecino es una herencia positiva que habría que tratar de transmitir con mimo, dice.

Progreso es tener la capacidad de modular el cambio (inevitable, no así su signo) en beneficio del común (entendido como el individuo integrado), pienso. Me parece una idea bonita. También que más que reclamar aquello que consideramos perdido o, en el peor de los casos (un caso dramático), aquello que consideramos que nos ha sido arrebatado, debemos, decía, en lugar de reclamar lo que no tenemos porque nos lo han quitado, reclamar aquello que quedó por hacer. Esta última visión me parece más dinámica y ya solo por eso, mejor. Esta idea empalma con el "espíritu nuevo" que defendía Francisco Cubría en un artículo publicado el año 1944 y recuperado en 2016 por la Universidad de Cantabria en el libro Flores, paisajes y gatos sin alas, un espíritu donde se refleje Cantabria "como se refleja en los remansos de nuestros pedregosos ríos, esos remansos breves, al margen de la precipitada corriente, en cuya quietud se pintan las verdes riberas, los encorvados troncos [...] y las montañas altas y las nubes que sobre ellas pasan..." Una visión dinámica y por eso mismo adaptada al futuro.

En definitiva, lo más importante es saber que cuando se da el salto del pastoreo a la ganadería, se experimenta con distintos modelos de aprovechamiento de recursos, algunos de los cuales tienen éxito y otros no, concluye Manolo. Todo es más líquido de lo que nos parecía, dice. No es que nos sorprenda, es solo que hasta ahora no lo habíamos podido probar.

En el fondo, estamos diciendo que las variaciones son siempre en relación a un patrón que, visto en perspectiva, no es más que una sucesión de variaciones, pienso. Por eso, por ejemplo, cuando comparas la arquitectura tradicional de las dos puntas de la Cordillera Cantábrica te parecen tan diferentes pero cuando la recorres y te vas fijando en la arquitectura tradicional, apenas percibes los cambios graduales que se van produciendo. La unidad está en la cadencia del cambio, que su frecuencia y ritmo se identifiquen como patrón.

En horizontal, pasa. Supongo que también en vertical, es decir, hacia dentro, desde una perspectiva diacrónica, quiero decir.

Salgo de mí y pregunto a Manolo por la ermita del Moral. Es un lugar a medio camino de varias comarcas, un lugar de encuentro de todos los pastores de los alrededores, que explicitan su cohesión el Día del Moral, que es el de la Virgen de igual nombre. ¿Crees que esta ermita y la braña donde se asienta es un lugar de encuentro, entendiendo por tal aquél integrado en el corredor físico y cultural que has presentado en esta entrevista?, pregunto. Sí, responde, y no es el único. Hay otros santuarios que responden a lo mismo, por ejemplo el de las Nieves en Campoo de Arriba y otro en Campoo de Abajo, uno más con igual advocación en Guriezo, etc. Recuerda que ya los romanos tenían un dios Terminus que se ocupaba de lo mismo.

En ese sentido, pregunto, he leído que en el entorno de la ermita del Moral hay varias marcas en distintas rocas que los paisanos interpretan como huellas que dejó la Virgen buscando dónde aposentarse. ¿Crees que pueden ser petroglifos reinterpretados? No, contesta Manolo. Son marcas naturales de la roca a las que los paisanos han incorporado una capa de sentido. Pero es pura resignificación paisana.

Sin embargo, continúo, en el límite de Monte Aa, cuya explotación pertenece al municipio de Ruente, con creo que es el pueblo de Sopeña, o quizá haciendo frontera con Carmona, un lugar que es como un museo en vivo de la cultura vaquera local, se encuentran varios túmulos prehistóricos no descontextualizados sino integrados en una lógica más amplia que abarca y explica el resto de elementos del paisaje. Obviamente, estos túmulos no están cumpliendo la misma función en la actualidad que hace cinco mil años, cuando eran tumbas, de hecho todos presentan pozos de violación provocados por ladrones, o al menos no esta faceta funeraria que entendemos principal, pero sí que parecen formar parte activa del paisaje.

En estos casos, sí, acepta Manolo. Me acuerdo entonces, recuerdo ahora que estoy transcribiendo la entrevista, de la ermita de la Virgen de Las Lindes, con ese nombre tan significativo, en Carmona, asentado sobre un túmulo, pero me lo callo por respetar el turno de palabra. De aquellos primeros pastores, sigue Manolo, tenemos dónde estaban, al menos en verano, y tenemos dónde se enterraban. Poco más. Pero iremos avanzando. La tecnología empezamos a tenerla. Los marcos teóricos estamos viendo que también. Lo más difícil de recabar ahora son las voluntades.

Esto va unido a capacidad económica, o sea, a dotación presupuestaria suficiente por parte de las instituciones, ¿verdad? 

Manolo asiente.

Perdona que insista con otro caso, Manolo, pero te quería preguntar por unas huellas de pie talladas en el filo de la Sierra del Escudo, también en Cabuérniga, en realidad en la frontera entre La Montaña y La Marina.

Dime.

No sé por dónde empezar, confieso, así que lo haré por mí. Mi madre es nacida en Cabuérniga pero a los pocos años mi familia marchó a Cabezón de la Sal, paso intermedio hacia Santander, donde ahora vivimos todos, tres generaciones después.

Otro día hablamos de si "progreso" es un concepto propio de paisanos o no, digo. Yo creo que sí, por eso las casas bajas de origen medieval se dotaron de balcón, por ejemplo, en cuanto empezó a llegar dinero de las Indias, completo. Pero otro día. Cierro paréntesis y sigo.

Estando en Cabezón de la Sal, mi madre subía con las amigas, muchas de las cuales estaban viviendo la misma experiencia en tránsito que ella, a una asomada del monte a chillar el nombre del valle de origen y a echar jisquíos.

He subido a la Sierra de Cos siguiendo las indicaciones de mi madre y he encontrado el lugar. Es un conjunto de rocas madre manipuladas para dar forma a rediles y refugios de pastor, todo arruinado, probablemente ya en tiempos de mi madre niña. Las vistas sobre Cabuérniga son espectaculares, eso no ha debido cambiar. Algunas lastras presentan nombres de pastor tallados.

A un lado, hacia la puesta de sol, se desarrolla la Sierra del Escudo. Entre medias, se ahonda la Hoz de Santa Lucía. También he subido a esta otra sierra y la he recorrido entera. Su cumbre es una larga fila de roca nacediza. En el mismo borde hay infinidad de nombres tallados, iniciales, marcos de pueblo, animales, etc. En una roca asomada al abismo hay una alta concentración de marcos de pueblos del valle y de iniciales de nombres, supuestamente también del valle. Solo me he atrevido a saltar a ella una vez, y aproveché para sacar muchas fotos. Luego en casa mirándolas detenidamente me di cuenta de que también había pies descalzos tallados. 

Esas tallas son petroglifos, avisa Manolo. Su tradición tiene aproximadamente cinco mil años. En esa misma zona nosotros encontramos una lastra con varias huellas iguales a las que dices y se la dimos al MUPAC, donde seguirá.

Tengo para mí, me lanzo, que esas huellas son testimonio de una mirada. Ver es un acto fisiológico. Mirar lo es cultural. Sin mirada no hay paisaje.

No puedo evitar ver en esas huellas a mi madre subida de pequeña gritando el nombre del lugar de donde era y al que probablemente aspiraba volver, digo.

Manolo responde con una anécdota similar. Un joven de Tudes tuvo que marchar a País Vasco y de camino, pasando por La Ventosa, se lamentó diciendo "me marcho y no volveré a verte". Aunque su tierra le había maltratado, le daba pena marcharse.

Llegados a este punto, Manolo pausa la conversación. Me parece que lo hace para no dejarse llevar por derroteros en los que prima la emoción.

No hay que condenar la sentimentalidad, retoma, pero para mí el elemento fundamental y básico, remarca, es el material. Hay además, matiza, capas añadidas

(que todos tenemos, agrega con un gesto):

sorprendernos por lo que vemos es importante. La valorización colectiva de lo que se ve es muy importante, añade.

A mí me vuelve a la cabeza la idea de origen. No se trata solo una categoría geográfica o cronológica, pienso. Es también un sentimiento. De añoranza, las más de las veces.

Propongo ver un sitio del Hospital que guarda relación con este punto de la conversación que hemos alcanzado tras una hora larga en la cafetería.

Salimos y nos dirigimos hacia la puerta principal del Hospital por la explanada. Preferimos airearnos a ver las obras de arte expuestas en el largo pasillo de las torres. Paramos donde las banderas para ver desde arriba el bosquete de árboles conmemorativos. Es una idea bonita, convenimos. Recuerda a otras, como el Bosque Cantabria Futura, en el que probablemente se inspire, por la época y el espíritu. Le cuento rápido que una vez encontré en la Sierra de Cos, en el lugar conocido como Pandia, un tejo rodeado de piedras, protegiéndolo pero algo más, también remarcando su presencia, y que un vecino al que tuve ocasión de preguntar me dijo que era en recuerdo de otro vecino fallecido en circunstancias dolorosas. Me parece que este tipo de recursos mnemotécnicos, porque es lo que son al fin y al cabo, brocales que asoman a la corriente subterránea que se alimenta de recuerdos, vienen de antiguo.

Bajamos la cuesta y al poco Manolo me detiene. En el valle donde vivo, dice, hay en una braña un tejo antiquísimo aferrado a una roca que, estoy seguro, está ahí porque lo respetaron los pastores. Hay que imaginarse un entorno completamente deforestado. Ese árbol significaba algo para ellos. Es un árbol resignificado por los pastores. Es un hito. También para mí.

El espacio es también un espacio mental, cognitivo, sigue, no solo físico, que se apoya en hitos que están resignificados por muchos motivos, por ejemplo mortuorios, concluye.

Retomamos el paseo, dejamos atrás el acceso a Urgencias y nos metemos por detrás del último pabellón. El destino es la escollera o paredón de las geodas pero antes de llegar hacemos parada en el antiguo almacén de carbón asociado a la caseta de la báscula para pesaje de camiones del que sospechamos si no será un búnker de cuando la guerra. Aprovecho para preguntar a Manolo. Es también uno de los pioneros de la arqueología de la guerra en Cantabria. Por fuera el almacén no le parece que sea un antiguo refugio antiaéreo pero tampoco encuentra razones de peso para rechazar tal posibilidad. Vemos entonces al Dr. Gonzalo Pérez Rojí, Coordinador del Servicio de Urgencias, y a Jorge Gutiérrez, responsable de los jardines del Hospital. Hacemos piña y entramos en el almacén.

No se puede concluir nada. Hay que vaciar.

Vamos los cuatro a ver las geodas. Las descubrió Raúl Molleda en el transcurso de otra entrevista y desde entonces las enseño siempre que tengo ocasión porque me parecen primero la mejor prueba de que las clases subalternas, considerando como tales a los obreros de hace cien años, también manejan valores estéticos, que cuando por ejemplo los campesinos miran el monte o los marineros la mar, no solo ven recursos, sino también, si la encuentran, belleza, de ahí por ejemplo topónimos como Colláu Jermosu, por hermoso, en Viaña, o la expresión "la mar bella", cuando está apacible, y segundo, decía, razones por las que enseño siempre que puedo estas geodas, es porque a falta de primera piedra, de la que conservamos foto pero nada más, piedra perdida con tantas obras, bien pudiéramos poner estas geodas en su lugar.

Nuestra primera piedra, multiplicada. Un conjunto de geodas traídas de una cueva con tesoro incluido, y al cuidado de una "sierpe", que había en Peñacastillo y que hizo desaparecer la cantera hace cien años: la cueva, digo, que no el tesoro, pues a este le conservamos nosotros en las paredes del Hospital, en concreto en este paño de la entrada por la cuesta de los toros y en otro que hay colindando con la C/ Padre Rábago, más difícil de ver. Me parece una idea bonita.

Nos despedimos de Gonzalo y Jorge y accedemos a los jardines por el Edifico Enlace. No quería que Manolo se marchara sin conocer la Biblioteca, aunque solo sea por fuera. No sé ni cómo ponerme, confiesa. Selecciono la última foto que le hice:

El verano está en puertas y se nota en el verde, que está seco. Al fondo las sabinas y el pabellón de la Biblioteca, el 16.

Pese a la sequedad del entorno, los jardines del Hospital son una alegría para los sentidos: el canto de los miruellos, el vuelo desmayado de los jilgueros, el halcón dibujando círculos en el cielo, el vaivén de las nubes, las abejas solitarias, las orquídeas de corazón cobijándolas... No hace falta hacérselo notar a Manolo, se basta por sí mismo. Me cuenta entonces de un pueblo, no recuerda ni cuál era ni dónde estaba, cuyas casas tenían las fachadas cuajadas de fósiles. Eran para ellos "piedras bonitas", dice. No sabían lo que eran, probablemente, no sabían que eran fósiles, pero en ellas veían belleza, eso seguro. No es que la reconocieran, porque la belleza no existe sin nosotros. Simplemente emanaba de ellos. Con esto quiero remarcar que sí, que los campesinos, los obreros, los marineros..., también manejan categorías estéticas.

Quizá lo que pase es que estas categorías estéticas subalternas no responden a los estándares y por eso se dice que no las tienen, planteo. Que no es que no las tengan, es que no las sabemos ver. Quiénes o por qué nosotros, es otra pregunta que nos podríamos hacer.

Las clases subalternas tienen sensibilidad, es evidente, y a través de la sensibilidad manifiestan sentimientos, los cuales, remarca Manolo, no les impiden ser prácticos. Si pueden escogen las piedras bonitas. Eso seguro. Si pueden, y Manolo enarca las cejas.

Pero no es algo que se pueda atribuir solo a las clases subalternas, aclara. En realidad es la mentalidad propia del ser humano. Somos así.

Manolo de nuevo ha subido para tocar tierra y he tenido la suerte de que me llevara con él. Los jisquíos que mi madre subía a echar al borde del abismo llegan a las simas más profundas del alma humana porque cualquiera podría haberlo hecho. 

No puedo reprimir las ganas de transcribir un fragmento de Kafka en la orilla (Tusquets, 2006) de Murakami, p. 338:

"- Imagina un pájaro posado en una rama delgada - dice -. La rama oscila fuertemente al viento. Y, a cada ráfaga, el campo visual del pájaro, a su vez, va fluctuando. ¿No es así?

Asiento.

- ¿Y, cuando esto sucede, cómo crees que el pájaro estabiliza su campo visual?

Sacudo la cabeza.

- No lo sé.

- El pájaro sube y baja la cabeza y se ajusta a la oscilación de la rama. La próxima vez que sople un viento fuerte observa bien a los pájaros."

Es hora ya de marcharse. Quiere comer en casa. Le queda un largo viaje de regreso. Le acompaño a la salida del Hospital, pero una vez en el punto de partida, decidimos acercarnos a ver la obra del búnker. Nos metemos en el recinto de la Facultad de Enfermería, saltamos una valla y nos asomamos:

Es todo lo más que nos podemos acercar. Es lo más cerca que podemos estar de Fuente Mar.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 50: Los pájaros y las semillas

 

Se ven muchos brotes de palmera en las jardineras del Hospital. Este árbol es un símbolo en nuestro Hospital, de origen indiano.

No es el viento el que transporta las semillas hasta las jardineras. Son los pájaros.