jueves, 1 de octubre de 2026

VIRIDITAS 57: Entrevista a Montserrat Cubría Piris, historiadora

Termino de leer su Trabajo Fin de Máster dedicado a la noción de paisaje en la obra del escritor Francisco Cubría, disponible en UCrea, y la escribo dándole la enhorabuena y pidiéndole una entrevista. Ella acepta a vuelta de correo. Lo hace contenta, asegura. Se llama Montserrat Cubría Piris y además de nieta del escritor, algo fácil de deducir por los apellidos, es historiadora especialista en patrimonio, ahora responsable editorial y de contenidos de las audioguías culturales Te Cuento, la última disponible la del Cementerio de Ciriego.

Es ella la que sugiere el lugar de quedada: donde la obra de Arancha Goyeneche, titulada Sticked painting. No es el sitio acostumbrado, yo suelo quedar donde las banderas, pero casi mejor. Tras confirmar, aprovecho el cruce de correos para preguntarle por el verbo cántabro esticar, "pegarse contra la pared", para dejar paso. Su abuelo coleccionaba palabras. Ella conserva sus notas. Me parece que esticar puede tener relación con el inglés to stick, "pegar", empleado en el título del cuadro de Arancha Goyeneche. Por eso lo pregunto. Pero no lo sabe y yo tampoco. Hay una serie de palabras cántabras que parecen hacer doblete en inglés, como carrambuela, "frambuesa", y cramberry, "arándano"; o ráspanu, "arándano", y raspberry, "frambuesa". No parecen responder a la misma lógica que conocidos anglicismos portuarios como pichi, "alquitrán", del inglés pitch, con el mismo significado; o güinchi, "grúa del puerto", de winch, "cabestrante". Para esticar podría pensarse en un sustrato prerromano paneuropeo. No sé en qué otras opciones. Es un tema que queda en el aire.

Pasan los días y llega el de nuestro encuentro, también llego yo al punto convenido, ella lo ha hecho antes y al verme se levanta para saludarme. De lo primero que hablamos es de la oportunidad de los bancos, aunque alguno esté demasiado pegado a las obras de arte. Pasa con el cuadro de Juan Manuel Puente, que a ella le encanta, así que vamos a verlo. Pertenece a la serie "La tierra que pisamos" y es resultado de añadir capa sobre capa de óleo. Buscamos las cuchilladas reparadas y se asombra. No es para menos. No sabemos quién lo hizo ni por qué. Mantenemos una breve discusión sobre si restauraciones así es mejor dejarlas a la vista o no. Concluimos que deben ser perceptibles para que no haya confusión respecto a la obra original pero no quedar expuestas. En el caso de la obra de Juan Manuel la restauración nos parece acertada. 

Sin perder el hilo, nos encaminamos hacia el retrato del marqués que cuelga en el vestíbulo principal de las Tres Torres. Le cuento a Montserrat la peripecia que condujo a su rescate para la ciudadanía, de un despacho a este emplazamiento privilegiado del hospital, y le cuesta creerlo, pero es así como fue. Señala que el lienzo está destensado y que haría falta meter una cuña para que no se dañe. Es algo que se viene señalando repetidas veces. El centenario está cerca, hay que actuar, además de por otras consideraciones relacionadas con el cuidado de nuestro patrimonio. ¿Nuestro? Comentamos que el óleo lleva fecha de 1926 y que el hospital fue inaugurado el año 1929, de modo que cabría preguntarse por su itinerario. Recuerdo entonces que Gerardo de Alvear indica en sus memorias que el retrato fue pagado por la marquesa para la por entonces Diputación Provincial de Santander. Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que está aquí desde el minuto uno. En una foto de Araúna que cuelga de las paredes del pabellón16, se ve el antiguo anfiteatro, donde se impartían las sesiones generales, presidido por el retrato, que también aparece detrás de la mesa presidencial en fotos tomadas el día de la inauguración, acto al que el marqués no pudo asistir, al menos en persona, por encontrarse enfermo, y eso que se había hecho el esfuerzo de que coincidiera con el día de su 79 cumpleaños, el 24 de octubre. No en carne y hueso, pero sí al óleo, más su sobrina, la Marquesa de Pelayo, en representación de la familia.

Por cierto, es probable que el marqués se implicara en la construcción de la Casa de Salud Valdecilla gracias al Dr. Gregorio Marañón, de ascendencia santanderina. Su padre pertenecía al círculo de Menéndez Pelayo, Pereda y Galdós. El doctor escribió mucho sobre Cantabria. Destaca la atención que prestó a la figura del hombre-pez de Liérganes, y resulta que Montse es especialista en el tema. Según ella, la leyenda del hombre-pez toma asiento en un protagonista (Francisco de la Vega), un lugar (la ría de Bilbao) y un momento concreto (la noche de San Juan del año 1674). Luego están las ganas de contarla y sobre todo las de escucharla. Esto ha sido así durante más de trescientos cincuenta años porque cada vez ha sido útil por alguna razón. En la actualidad, como reclamo turístico. Las leyendas, en cuanto dejan de servir para algo, desaparecen. Pasa igual con la memoria. Si no se recuerda, si no hay razones para hacerlo, se olvida.

Prestamos atención a la placa metálica del escultor Carlos Ferreira que fue salvada, probablemente de ser achatarrada, de la antigua Residencia Cantabria. Se sacó de la pared, donde estaba empotrada, y se bajó con la idea de instalarla a la puerta de la biblioteca, pero pesaba demasiado así que se puso en el hall. Estéticamente no es el mejor sitio, porque distorsiona la percepción del espacio diáfano de la entrada, pero en la práctica es el único posible. Tenía una pátina preciosa pero al bajarse se pulió, equivocadamente, a nuestro modo de entender. Hay otra obra suya en la rotonda del IDIVAL y una más, aunque cercenada por la Ley de Memoria Histórica, en la residencia de estudiantes de la UIMP en Los Castros de Santander.

Salimos por el 2 de Noviembre y nos fijamos en los árboles dedicados de la entrada y a ella le recuerdan a dos que tiene en su casa: el árbol de Pablo y el de Lea, un avellano. A este periódicamente le atiza por el pie, dice, para que no se desmadre. A mí me recuerdan a los de mi casa familiar del pueblo, donde mi madre, a las visitas, lo primero que enseña son los árboles, algunos plantados, otros a los que se ha dejado crecer, traídas las semillas por el viento, o de frutas caídas. Mi hermano y yo tenemos un acebo escindido en dos grandes ramas, la de mi hermano doble porque él tiene una hija. Traigo a colación un artículo publicado en prensa por Francisco Cubría titulado "El roble y la palmera" en el que su abuelo, ante la inauguración de un jardín urbano en Santander al que se había bautizado con el pomposo nombre de "Versalles", dice que cuando la palmera deje su sito a un par de robles y a unas hayas "que se doren en el otoño con colores de caramelo", e incluso a un castaño "con sus borizos", "será cosa de ir pensando en sustituir el nombre de Versalles por otro más al pelo, más montañés y más apegado, en fin, a mi roble". Es bonita esa forma de cubrir necesidades o resolver problemas o desarrollar proyectos desde dentro, como pasa con VIRIDITAS, donde las personas entrevistadas son cántabras, porque entre nosotros nos podemos arreglar, o no hay razón para no hacerlo. La cita está tomada de un libro recopilatorio publicado por la Universidad de Cantabria el año 2016. Lo saco para leer el fragmento y ella suspira porque justo me lo traía de regalo envuelto en papel de periódico y atado con una delicada cinta color sanguina.

Cabe preguntarse por la posible relación del cántabro llosa, el espacio cerrado situado a un lado de la casa, con acceso propio, generalmente destinado a frutales y como espacio experimental (es aquí donde creo que primero se recibió el maíz y se probó su viabilidad), con el jardín. La llosa está prácticamente desaparecida. Es muy difícil encontrar una. La llosa como jardín cántabro en potencia. Lo comento en relación con el riesgo que acarrea abandonarse, recibir y no desarrollar. Para tomar hay que dar, y la colaboración, el intercambio es necesario. No es que priorice lo de dentro, aclaro, sino la relación que establecemos con lo de fuera, es decir, lo de afuera entendido como complemento de lo de dentro, haciendo que todo pase a ser algo propio.

Seguimos nuestro camino. Pasamos por delante de la escultura Kinesis: Al progreso médico de Ramón Calderón pero no nos damos cuenta, o yo no lo hago, hasta que ya estamos tomando la curva que conduce a Urgencias, de camino a los jardines. Esa escultura se hizo para celebrar los 75 años del hospital, anuncia Montserrat. Pesa 24 toneladas. Se instaló de noche para no interrumpir el tráfico. Estuvieron trabajando hasta las cuatro de la mañana. Yo estuve allí, dice. Tengo la escultura original, pequeñita, en mi casa, continúa, y al día siguiente me manda una foto:

También un texto en el que explica la simbología de la obra: "La estructura total está compuesta por cuatro elementos geométricos en gruesa plancha de acero corten. (...) El primero es un enorme triángulo invertido simbolizando la antigua medicina hipocrática que desde su nacimiento puntual se alza en rápida expansión hasta que desaparece resquebrajado por lo inconsistente de sus fundamentos. Un segundo elemento, también enorme, nace en el lado opuesto del basamento, desde una amplia base. Al igual que la ciencia médica decimonónica, se va debilitando, constreñido por los nuevos descubrimientos y avances del siglo XX y se desdobla en un tercer elemento flotante, con engarces complicados que sugieren la controversia de la medicina científica que al final conduce a la pieza más agresiva y valiente, una flecha de 15 m. lanzada al cielo en representación del progreso de la medicina moderna y del futuro."

La copia es la grande. Esta estaba frente al antiguo Edificio de Traumatología, presidiendo el acceso al hospital por su lado norte, el principal, pero, coincidiendo con la construcción del aparcamiento subterráneo, se estazó como a un pedazo de carne y los restos se echaron tras el último de los pabellones, el 20, donde hubieran permanecido hasta ser achatarrados, añade Montserrat, si no hubiera sido por su padre, el Dr. José Mª Cubría Mirapeix (Chencho, indica Montse), que peleó junto con la enfermera Rosa Alonso hasta lograr que se reconstruyera, creo que fue en la época en que estaba de Subdirectora Gerente la Dra. Beatriz López, apunto. Se volvió a levantar pero en una esquina, se lamenta Montse, a la que el actual emplazamiento no le gusta nada, aunque entiende que haya condicionamientos técnicos que así obliguen. No hay forma de posar los ojos en ella (para hacer una foto, para disfrutarla, para tratar de entenderla y apreciarla...) sin nada que interfiera, concedo, sea una barandilla, un poste o un cartel. Pero al menos está. Eso sí, descontextualizada, para rematar.

Haciendo batida en la antigua sede de la Gerencia del SCS, a la busca de libros y revistas abandonados, encontré un grabado dedicado a Kinesis que puse junto con todo el material que había apartado para bajar a la biblioteca, todo de gran interés (de hecho, muchos libros parecen proceder de la antigua biblioteca del Monte de Piedad). Pero cuando llegó el camión y deshice las cajas, el grabado no estaba. Pregunté por él, y nada.

¿Y cómo es que la escultura original de Kinesis la tienes tú?, pregunto. Porque mi familia y la de los Calderón eran muy amigas, dice. De la época del Drink y así, lo conocerás, y sí, respondo, en el Río de la Pila.

Mi madre, continúa, fue la primera mujer directora de una galería de arte de Cantabria. La abrió junto con otros dos socios: Francisco de la Hoz y Ramón Calderón, pero luego ellos se desligaron y ella se quedó sola. La Galería Rúa estuvo abierta de 1974 a 1985, año en que cerró por ser inviable económicamente. Entonces abrió el que también fue primer salón de té de Santander. Mi madre, dice, fue educada en Inglaterra y era una fanática del té. La recuerdo siempre por casa con una tetera en la mano. No soportaba tomar té en la calle porque le ponían esas teteras de acero inoxidable que sí o sí chorrean. Así que abrió el Salón de Té Rúa. Duró dos años. Entonces abrió Civitat, la primera agencia de gestión cultural de Cantabria. Entre sus logros cabe mencionar las gestiones para la restauración del Mercado del Este, el concurso para la intervención de la Torre del Rhin (donde antiguamente se almacenaba la caloca para los baños de algas) que ganó Roberto Orallo o las gestiones para becar a Juan Uslé en Nueva York. Al poco fue nombrada directora del área de artes plásticas de la Fundación Botín. Estuvo detrás de la inauguración de la sala de exposiciones de la sede de Pedrueca. La de la calle del Martillo ya no la llegó a conocer, murió el año 90.

En casa me llaman Monsiña, porque nací en Ferrol. Pero como nick utilizo Nagulina, confiesa. Es el título de una novela de Francisco Cubría. El protagonista, remedo del autor, anota esta palabra tras una conversación pero duda de su significado, emprendiendo junto con sus amigos eruditos una investigación (ya hemos dicho que su abuelo coleccionaba palabras) con resultados sorpresivos que no voy a desvelar. Es una novela breve preciosa. Montse se explica muy bien, no hay confusión posible.

Hemos llegado al Edificio Enlace. Le explico que muchas de las plantas que vemos proceden de la antigua Residencia Cantabria. Las trajeron los trabajadores al bajar. También hay un retal entre este edificio y los pabellones que aparenta ser un jardín seco japonés, pero solo porque hay un arce de ramas modeladas por las corrientes de aire y alguna otra planta exótica. El suelo es de piedra suelta. La vista es muy árida. Es una solución aplicada en otras partes del hospital. Este tipo de superficie no ayuda al bienestar de pacientes, cuidadores y trabajadores, aunque sea más fácil de mantener que un jardín verde.

Accedemos a los jardines y aprovecho para hacerle una pregunta sobre la noción de paisaje. Para ello parto de los orígenes de nuestra Casa, inaugurada en 1929, es decir, en plena dictadura de Primo de Rivera (1923-30). En esta época se produjo una reivindicación regionalista que no era más que una explosión controlada de los nacionalismos periféricos, de donde el estilo arquitectónico de los pabellones. Tras la dictadura, con el desahogo, se funda La Revista de Santander (1930-35), de donde un año antes de desaparecer se desgaja el Centro de Estudios Montañeses y la revista Altamira. Francisco Cubría estaba ahí.

Eso es, dice. Mi abuelo vuelve de estudiar en Oviedo el año 1922, coincidiendo con el momento álgido de Agustín Riancho.

Puntal de la Escuela de Pintura Montañesa, digo.

Exacto, dice. Lo mismo que Gerardo de Alvear.

El Hospital Valdecilla también estaba ahí, entonces.

Eso es, responde.

Hoy el ideal es que el conocimiento esté distribuido, y que se comparta. En aquella otra época unos pocos sabían lo que muchos, incluido Francisco Cubría, que disfrutaba de un papel protagónico. Gracias a que ellos no soltaron la mano de la historia, seguimos siendo.

En el retrato del marqués sorprende el paisaje del fondo. Hemos estado buscando mi pareja y yo y parece corresponderse a la Mies del Corro del pueblo de Valdecilla, anuncio. En esta mies hay un afloramiento de roca madre.

En el cuadro se ve una formación rocosa parecida. También redonda. Se encuentra tomada por los árboles, robles en su mayoría. El nombre de la mies casi seguro proceda de aquí. Es más, en la roca, que presenta las típicas grietas del paisaje kárstico, se abren dos cuevas conectadas entre sí. Es probable que antiguamente se guardara en ella comida que se mantendría fresca gracias a las corrientes de aire. De estar en lo cierto, seguramente el nombre de Valdecilla provenga también de aquí: el valle de la pequeña cavidad o celda (donde conservar alimentos). 

¿Qué es para ti el paisaje, Montse?

El paisaje no existe fuera de nosotros, responde. El paisaje está en nosotros. Está en nuestra mirada, y hace una pausa. 

Presenta dos dimensiones, retoma. La materialidad objetiva y el espacio subjetivo.

¿Y cuál es su origen?

En Occidente despierta una nueva sensibilidad con el Renacimiento. Los pintores flamencos son sus adalides. Cervantes es consciente de que está despertando algo pero no lo nombra. A Petrarca le pasa otro tanto de lo mismo cuando asciende a Monte Ventoso. Es en el Romanticismo cuando brotan las palabras. Debemos a Humboldt la sintonía entre mirada científica y mirada artística, entre explicación y comprensión, y es entonces cuando nace el paisaje como tal. Es también entonces cuando se acuñan adjetivos como pintoresco, bucólico, sublime, etc.

En España nos ponemos en hora gracias a Giner de los Ríos, dice, que el año 1886 publica un artículo titulado "Paisaje", fundacional. En él expone "la idea divina", que es algo así como decir que todo está en todo, incluidos nosotros.

Abro paréntesis. Luego sabré que este artículo está en un Boletín de la Institución Libre de Enseñanza que adquirimos recientemente en la Biblioteca Marquesa de Pelayo. Cierro paréntesis.

Entiendo que esta noción empalma con la de paisaje que maneja la Generación del 98 y que heredan las generaciones del 14 y la del 27, es decir, la conocida como Edad de Plata en pleno, pregunto.

Montse asiente. 

A este periodo le sigue el posibilismo, que es hacer no lo que se quiera, como defendían los románticos, sino lo que se pueda. Después el neopositivismo, a continuación la geografía de la percepción y el comportamiento, con sus mapas mentales, y por último la geografía humanista acompañada de la noción de lugar, que se define como el espacio cargado de vivencias.

Esa idea de lugar enmarcada en la corriente humanista es compartida por VIRIDITAS, digo, y sigo: en tu Trabajo Fin de Máster he leído que Francisco Cubría reconocía la "trabazón" del paisaje montañés. ¿Crees que esta "trabazón" es equivalente a la "idea divina" de Giner de los Ríos?

Sin duda. Pero lo más importante de mi abuelo no fue solo reconocer la entidad del paisaje montañés, sino darse cuenta de que estaba en peligro.

¿Por?

Por lo que hoy identificamos como desarrollismo. 

Por la cubicia, que diría un montañés de su tiempo, aporto.

Eso es. Mi abuelo no tenía muchas esperanzas a corto plazo. Por eso insistía mucho en lo que él llamaba "civismo regional". En él cifraba sus esperanzas.

Este "civismo regional" es como la "trabazón" o la "idea divina" pero dentro de un marco ético, sugiero.

El amor, en definitiva, concluye.

Estamos sentados en un parterre. Hay trabajadores que entran y salen para comerse un bocadillo o tomar un poco el aire. Los pájaros revuelven alrededor. Le pido hacer una foto y ella elige las sabinas.

Su hija Martina estuvo a punto de llamarse Sabina. No quiero que nos quede pendiente una foto con el escudo que remataba la fachada original del hospital:

Se desmontó en los años 70 y los sillares se enterraron en Punta Parayas. Se hizo para preservarlos pero no eternamente. Por eso se numeraron, para poder montar de nuevo el conjunto. Allí siguen enterrados desde entonces. Periódicamente sale alguien diciendo que los ha descubierto, incluso quien repite el descubrimiento. Montse admite que levantar la fachada original donde estaba es inviable pero reclama que se busque un emplazamiento alternativo: alguna de las rotondas del entorno del hospital o la finca del marqués en Valdecilla.

Su propuesta la armó junto con su padre, el Dr. José Mª Cubría Mirapeix, que, además de angiólogo, fue fundador y presidente de ACANTO, Federación de Asociaciones de Defensa del Patrimonio Natural y Cultural de Cantabria, incluido el arquitectónico, también el científico y técnico.

Nosotros vivíamos en Ciudad Jardín, en una casa tipo inglés con tejado de pizarra. El hospital era nuestra segunda casa. Si me apuras, casi venía para llamar a mi padre a comer. Ahora es un laberinto y me pierdo.

Las decisiones que se han ido tomando a lo largo de los años no han estado coordinadas y el resultado es que hay muchos espacios mal conectados, digo.

Debe ser. 

Vamos a la biblioteca. De camino se agacha para contemplar unos pendientes de la reina. También tengo en casa, dice. Cuando el COVID, la mujer de mi padre estuvo ingresada en una UCI que estaba aquí, y señala la planta baja del pabellón de al lado. Veníamos mi hermana y yo a traerle y mientras esperábamos, nos poníamos las flores en los agujeros de las orejas, como hacíamos de pequeñas.

Me acuerdo de esos días. Se instaló una UCI a cada lado de la biblioteca. Al principio la vista estaba expedita. En seguida pusieron unos vinilos hasta media altura para ocultar a los pacientes sin quitar luz. Se veían los goteros asomar por arriba.

Qué bonitas las torres, señala. Los balcones, de distintos largos, parecen diagramas de barras.

Cogemos el ascensor. A mi madre le gustaba la casa llena, dice. El mantel estaba siempre puesto. Éramos seis pero nunca sabíamos cuántos más seríamos para comer. Mi padre siempre llegaba con los compañeros que estaban de guardia con él porque la señal del "busca" alcanzaba hasta la casa. Llegamos a mi planta. Abro y le cedo el paso.

VIRIDITAS 56: Cuando ser es seguir siendo

Suele dedicar varias horas a la semana al estudio. Utiliza el ordenador que está más cerca de la ventana, que procura mantener abierta porque es asmático y el papel le atasca. Hay varias revistas antiguas cerca. Paso, le veo y le interrumpo para decirle que puede entrar en la sala de formación, en esos momentos vacía. Esta sala ocupa una de las torres del pabellón, tiene terraza a sur y se airea rápido. Yo también soy asmático, lo he sido mucho de pequeño, y sé lo que es que te cueste respirar, lo desagradable. Lo agradece, recoge sus cosas y me acompaña. Le abro la puerta y le indico que puede sentarse donde quiera. Son 16 puestos. Decide hacerlo en el ordenador de al lado de la terraza. Buena elección. Se la abro. Nos asomamos. Es un día limpio. Se ve asomar la secuoya por encima del pabellón de dirección, el 21. Al fondo Peña Cabarga.

Aquí también hay papel pero no está tan presente, se diluye en un espacio tan amplio. En concreto tenemos tres revistas norteamericanas. Casi cien años en papel de cada una de ellas. Ocupan toda una pared. El resto son ventanales.

El fondo anterior al año 1985 lo recuperamos hace poco. Estaba en el mortuorio de Liencres, preparado para ser destruido. Dentro de las cajas encontramos la revista de Marie Curie, muy rara en el mundo, la revista de Cajal, aún más, con ilustraciones del Premio Nobel iluminadas a mano, y prácticamente todas las cabeceras de revistas científicas de la Edad de Plata. Téngase en cuenta que nuestra biblioteca es la segunda por antigüedad de España, tan solo por detrás de la del Hospital de Basurto, recientemente desmantelada (los restos se han llevado al Museo Vasco de la Medicina, en el Campus de Lejona). En el año 1929 estábamos prácticamente solos. Fue así durante décadas. De resultas, nuestro fondo es único, máxime por lo que respecta a revistas españolas. El valor patrimonial de este fondo es enorme.

Pero aun siendo mucho, hubo un tiempo en que se creyó que no lo suficiente. Con el cambio de milenio hubo también un cambio de paradigma en las bibliotecas: irrumpió el modelo de biblioteca virtual y se creyó que el papel estorbaba. Por eso que en Valdecilla se llevara al mortuorio. Por fortuna, lo rescatamos.

Transcurrido un cuarto de siglo, hemos demostrado que las bibliotecas virtuales ganan si disponen de anclaje físico. ¿Cómo? A día de hoy es imposible tenerlo todo. Nuestra preocupación es que todo lo que no tengamos, y desgraciadamente tenemos poco, lo podamos conseguir fuera a través del servicio de préstamo interbibliotecario. Este servicio consiste en pedir a otros lo que necesitamos y no tenemos a cambio de ofrecer lo que tenemos y otros necesitan. 

Cada transacción, cada petición de artículo (lo más común) cuesta cuatro euros. Antes, los cuatro euros los pagaba quien pedía, es decir, el usuario. Pero ya no. Ahora, si acaso, el coste lo asume la biblioteca. Para evitar un gasto excesivo, hemos puesto de nuevo en circulación el fondo antiguo de revistas: teniendo tanto y solo nosotros, quien lo necesite nos lo tendrá que pedir, y con cada petición que nos hagan podremos hacer otra a cambio, y gratis: gratis ellos y gratis nosotros, buscando la proporcionalidad. El ideal es que el servicio no cueste dinero porque tengamos la habilidad de hacer el mismo número de peticiones al exterior (que suelen ser de artículos recientes) que de peticiones externas atendidas (que suelen ser de artículos antiguos).

Este es un buen ejemplo de cómo el pasado puede venir al rescate del presente.

En el futuro el protagonismo se desplazará a la inteligencia virtual. Debemos tener de nuevo cuidado. Así como fue un error estar a punto de deshacernos de nuestro papel cuando llegó la biblioteca virtual, sería también un error despreciar la biblioteca virtual con la irrupción de la inteligencia artificial. Tenemos que estar lo suficientemente despiertos como para engranar esta nueva realidad en nuestra historia y seguir siendo. Hacer lo contrario sería perder.

De todo esto estuvimos hablando asomados a la terraza a sur de la sala de formación de la biblioteca. Fue entonces cuando el Dr. Ortega me dijo que siendo residente, el Dr. Berciano, por entonces Jefe del Servicio de Neurología, les enseñaba una foto con una palmera pequeñita y luego señalaba al exterior y les decía: ahí está la misma palmera, casi cien años después.

Una palmera crecida, símbolo de innovación permanente.

Al salir dejé la puerta de la sala cerrada. Pasadas las horas volví para ver si seguía. Pero ya se había ido. Entraba la luz del sol hasta el fondo.

martes, 1 de septiembre de 2026

VIRIDITAS 55: Entrevista a Ana García Negrete, poeta

Le envío un mensaje al móvil para decirle que llego cinco minutos tarde, perdona, añado, a lo que ella responde que me espera en el círculo interior al lado de las obras, que no acierto a saber dónde es, pero como habíamos quedado en el hall del Edificio 2 de Noviembre, no pregunto y hacia allí me dirijo. Encuentro a Ana García Negrete en el banco de plástico blanco que hace un rollo en el aire, como esas avionetas que fertilizan los cultivos en las tierras largas y secas del sur, que al pasar por encima de casa el piloto hace una pirueta, sentada en el interior del círculo, sonriendo al verme y abrazándome, haciéndome sitio dentro, bajo la mirada cansada del retrato del Marqués de Valdecilla pintado por Gerardo de Alvear.

Alaba el banco. Que sea un sitio de tránsito no impide que también se pueda reposar en él. El hall donde estamos corresponde a las Tres Torres, la parte más nueva del Hospital. La otra parte no tiene bancos. Esta sí, muchos pegados a las obras de arte del pasillo. No está bien resuelta esta relación entre bancos y obras de arte, convenimos. Las obras de Rafel Muro o de Juan Manuel Puente, por ejemplo, están demasiado expuestas. De hecho, la obra de este último, fértil como una sementera, capa sobre capa de óleo, sufrió recientemente una cuchillada, restaurada sin demora. Pero esa cicatriz es una señal: no por ser un espacio público con mucho tránsito se debe asumir que las obras vayan a sufrir desgaste, no es suficiente reaccionar, hay que prevenir.

Quiero enseñar a Ana un lugar recién descubierto en el límite del Hospital, o quizá él mismo el límite, y de camino vamos viendo las obras expuestas. Conoce a fondo a casi todos los artistas. De todos dice algo favorable: Faustino Cuevas, Arancha Goyeneche, etc. En origen esta galería de arte en el Hospital perseguía promocionar a artistas cántabros. Y valernos de su fuerza para ganar músculo, reconozco. Pero últimamente se está incluyendo obra de artistas foráneos y bien, es solo un inesperado cambio de rumbo. Bueno es consignarlo.

Qué maravilla la luz que entra por las cristaleras, dice Ana al tiempo que se detiene y barre con su mirada las partículas en suspensión que revelan los rayos de sol (polen, arena, carbonilla). Hay mucha gente, es mediodía. Mira a todos como si les conociera, o quisiera. Su postura transmite calma. Yo me he parado con un pie un poco más adelantado que el otro y cuando me doy cuenta, la imito y los pongo juntos. No tenemos prisa, o sí, pero no importa. Le pregunto por su reciente jubilación: lo que más me satisface es que me paren para decirme que les ayudé en un momento dado o con un problema, y me encanta, responde. Me encanta haberles podido ayudar, aclara. Ana ha sido responsable de personal del Gobierno de Cantabria. Pero no entramos ahí. Yo la conozco como poeta.

Fueron dos amigos comunes los que nos presentaron: Isaac Cuende y Rosa Gil. A Isaac le conocí cuando le pedí unos poemas para incluir en una antología gubernamental. No respondió al momento. Me citó y me escrutó. Al cabo de un buen rato, aceptó. Sus poemas fueron numéricos. La antología era de haikus y él creía que, así como no se pueden traducir del japonés, tampoco se podían escribir en castellano, de modo que lo hizo con números. Coincidimos en muchos otros proyectos posteriores. Le recuerdo recitando a Pessoa el día antes de un estreno en el teatro CASYC, sombrero en mano, por respeto, yo el único en la platea, agradecido. Rosa Gil es actriz. Es fácil coincidir con ella en recitales. Su cadencia es como la que dice otro poeta (Vicente Gutiérrez Escudero) que decía otra poeta (Carmen Stella de Vallejo) que recitaba una mujer de su familia, que ya no recordaba quién era (quizá nunca lo supo), que a su vez decía que recitaba como recordaba que lo hacía Federico García Lorca. No sé cuál es la genealogía de Rosa, pero lo que es seguro es que es pura Generación del 27, es decir, contemporánea de todos nosotros. Ellos fueron quienes nos presentaron.

Seguimos caminando, atravesamos la puerta automática del fondo, la que está al lado del restaurante, la corrediza, y salimos del recinto del Hospital a la altura de las obras de los protones, por las que Ana pregunta. Nos acercamos hasta donde podemos y apenas vemos nada, desde ahí. Es un lugar poco definido y no solo por las obras en marcha. Nunca estuvo claro. Hay un terraplén donde crecen muchas flores o quizá sean las mismas que las de todo el recinto pero lo que pasa es que no las cortan tan a menudo, y árboles, antiguos muchos, incluso hay lo que creo es un cerojal, una variedad autóctona de ciruelo, y entre los jóvenes sobre todo acacias, que proliferan, dentro de poco ganarán la partida, con sus flores amarillas parecidas a constelaciones que se dejan tocar. Este tramo conserva la antigua verja a norte, colindando con la parada de bus, que hasta ahora apenas se veía porque estaba comida por la hiedra. Hemos hablado con la UC y la hemos limpiado. Al descubrirla hemos comprobado que está bastante afectada por la corrosión. La hiedra ha funcionado como una cápsula del tiempo. Pero las consecuencias de este prolongado viaje se han dejado notar. Tendremos que cuidarla.

Que se conserve este tramo de verja porque ha pasado desapercibido durante décadas habla bastante mal de nosotros como sociedad, ¿no crees?, pregunto. Sin duda, responde. Se hacen muchas cosas pero (pensaba que Ana iba a continuar diciendo que nunca son suficientes pero) no siempre son las más acertadas, completa. Seguimos hablando, de vuelta. Aprovecho para exponer las normas del proyecto Viriditas: no grabo, apenas tomo notas, luego escribo de memoria, comparto y si el entrevistado da su visto bueno, subo la entrevista a la página.

La pertinencia de Ana en el proyecto, si hubiera dudas, que no las hay, es clara a tenor de un poema de su último libro, Muda de invierno (Sonámbulos, 2026), titulado "¿y qué es salvarse?":

"regresar cada tanto
mirar de frente el borde
la caída
del tiempo fugitivo

tocar la tierra y probarla
reconocer los huertos
los gestos de las plantas
su crecer esencial

los pájaros claros
los árboles ancianos
vuelven reconciliándose
pletóricos de marzo
    ¡hay que salvarse!
al nuevo ciclo venoso
del cuerpo socorrido"

La palabra latina empleada como título para este proyecto da nombre al vigor del reino vegetal, el "crecer esencial" que nombra Ana. Una anciana del pueblo cabuérnigo de Renedo nos dijo una vez su traducción al cántabro: tiez, la energía vital de las plantas, su voluntad de ser. Utilizó esta palabra mientras nos explicaba a mi pareja y a mí cómo hacer para intentar sacar un árbol centenario de su pueblo a partir de una ramita verde que cogimos, un árbol comunitario que antiguamente se encargaban de cuidar las niñas. No conseguimos que la ramita verde prosperara y el árbol lo han talado recientemente pero yo tomé su idea, la energía que viene de la tierra e impulsada por el sol te hace crecer, como marco de desarrollo del proyecto Viriditas.

Los jardines del Hospital necesitan ser valorados para conservarse. Pero para ser valorados tienen que ser antes conocidos. Estos paseos es lo que buscan: conocer para valorar, entendiendo el conocimiento como resultado de un proceso compartido.

Leyendo el poema de Ana, me quedo con ganas de contarle que antiguamente en San Sebastián de Garabandal las mujeres iban a las tierras, se levantaban la saya, se sentaban en el suelo y dependiendo del calor de la tierra sabían si se podía sembrar o si era necesario esperar. Curiosamente, o no, por lo que pueda tener de conocimiento antiguo, la serie de la reconocida artista Marina Abramovic titulada Balkan Erotic Epic trata sobre lo mismo. Ese "probar la tierra" de Ana lo interpreto desde estas coordenadas. Pero no se lo digo, espero a escribirlo, ahora.

Vamos directamente a la Biblioteca por dentro y una vez allí, al Salón Noble, donde nos sentamos en el banquito que está bajo el ventanal a sur. Es una joya del diseño art-decó de los años veinte. Como hace mucho sol (y calor) abro las ventanas pero echo las cortinas hechas, le explico, con tela recuperada de viejas cortinas de box de Urgencias. Saco sus libros, algunos comprados, otros cogidos en préstamo de la biblioteca, los poso entre nosotros y me dispongo a tomar notas en mi mazo de papel, en cuyos primeros pliegos tengo preparadas varias preguntas, o mejor, indicaciones para conducir la conversación hacia temas relacionados con su obra:

Muda de invierno, empiezo, lo escribiste en Valderredible durante un retiro invernal en un molino sobre el Ebro.

Efectivamente, responde. Me jubilé. Pude adelantar la jubilación un año. Necesitaba salir de mi lugar, ambiente, casa, necesitaba un otro lugar que no fuera familiar para (aquí Ana hace una pausa) no sabía exactamente qué, qué iba a salir, y salió este libro.

Por el poema de apertura interpreto que salió en busca de un claro del bosque y que fueron los pájaros quienes le anunciaron que lo había encontrado. O que supo de su destino gracias a ellos: el claro del bosque como toma de conciencia.

"(...)

de frente descendió el mirlo de habla comprensiva
al tímpano de las ramas y a los brotes a punto el petirrojo

hablaban los sarmientos los robles hibernados
el fuego noble
el reconocimiento de un tiempo dilatado y la gratitud
ensanchada a lo largo de todos los suyos
desde un amor latente en la memoria
y lo midió ancestral en sus costuras
sentimentales"

A mí me recuerda a las mañanas entrando al Hospital por los jardines, los miruellos cosiendo con botones de oro los arbustos, el oleaje de las bandadas de gorriones, el pulso eléctrico del vuelo de los jilgueros.

Si las campas del Hospital fueran claros, los pabellones serían árboles, pienso.

En el poema "El balcón" de su anterior libro homónimo, publicado hace cinco años, Ana se pregunta "¿qué vine a mirar?" En Muda de invierno parece estar contenida la respuesta.

En invierno, con el frío que hace, al molino que fui no va nadie, dice. Lo encontré gracias a Víctor Adorno, un amigo biólogo, que me puso en contacto con Celia Tejada, apunta. Cuando lo vi, dije: este es mi lugar: sobre el agua, que discurre constantemente, día y noche, rodeado de árboles, enredado en caminos que recorren el valle. Salía cada día. Cada vez más lejos, más a gusto.

Ese molino facilitó la concentración, dice. Pero una concentración permeable. Porque quién soy es quiénes somos. Es interesante que Ana no haya olvidado en ningún momento la dimensión social del ser humano, pienso. Ni su naturaleza.

El aislamiento al que me sometí fue muy importante para pensar pero sobre todo en la naturaleza, remarca. Había una ventana asomada al brazo que riega el molino, continúa. A esa ventana venían todos los días un montón de pájaros que aprendí a distinguir. Las lavanderas que se posaban en el caz del molino con su amarillo radiante, evoca. Ana mueve las manos como hacen los tenores cuando proyectan la voz, pero en silencio. Una leve brisa mueve las cortinas. Hay sintonía.

Hablaba con los pájaros, con los caballos, con Peña Camesía, dice. Mi latido también habrá quedado prendido en ellos.

Leía, escribía, paseaba, enumera. Ese era mi régimen diario. También hacía muchas fotos. A lo largo de esos meses, Valderredible enraizó conmigo.


Petirrojo o papuca, siempre atento a lo que pasa a su alrededor. A este pájaro en Cantabria también se le llama papu coloráu. A mí me extrañaba porque en Cantabria los pájaros suelen decirse en femenino (pasa parecido con los équidos, que sueltos en el monte suelen ser considerados genéricamente yeguas, y también con los árboles, aunque menos) y este caso, el de este pájaro, parecía ser una excepción. Pero luego supe que su nombre completo es la pajaruca del papu coloráu y todo cuadró. La foto es de Ana. Está tomada desde la ventana del molino.

"a ratos me levanto hago té
caliento mis dedos
bebo a sorbos
me asomo algo abeja
olvido las palabras
atraída me zumbo

perdida
en la ventana misma
en el hecho esencial de mirar"

Es un poema sin título de Muda de invierno.

¿Y qué te hizo mudar?, pregunto.

La voluntad de ser Ana, dice y en su respuesta reconozco a la anciana cabuérniga que nos explicaba como dar vida a un esqueje, o como prolongarla, como quien traslada el fuego de un hogar a otro. Mudo (Ana cambia a tiempo presente) para que la soledad me reencuentre, para saber qué ha sido de mí en este tiempo.

Leo una cita de María Zambrano: "Pensar es ante todo (como raíz, como acto) descifrar lo que se siente, entendiendo por sentir el sentir originario". Es de la presentación de Claros del bosque (primera edición de 1977).

Le pregunto entonces por el silencio:

Es un silencio interior, contesta, reprimido por el ruido. Silencio como palabra o decir que no se acaba de expresar porque el entorno lo impide. De ese silencio venía, de ese silencio impuesto para negar lo que somos y pensamos (abre un paréntesis y dice: neoliberalismo). Fui a Valderredible para despojarme de ese ruido.

Es entonces cuando recuperas tu silencio para decir, pregunto, y sí, concede.

Intercalo a continuación un poema titulado "Orden de silencio" tomado de su libro Y dices tu nombre (A la sombra de los días, 2015) por su interés y estrecha relación con el silencio impuesto con el que rompe en Muda de invierno:

"Extraviada, a lomos de una bestia aduladora
implacable, me dirijo al vacío.
Gira y sacude con tal brío mi cuerpo
bajo las olas o el cielo que nada hay
reconocible en aquella gruta tenebrosa.
No protesté, con sorpresa me dejé llevar.
La bestia hablaba por cada conciencia:
- No tu voz ni la otra. Solo quiero silencio.
Callar antes de aprender a nombrarlo.
Arquear el cuello tensando la sonrisa, nada más.

¿Cuándo quisimos darle nuestra lengua?
¿o fueron las palabras que se las ha llevado?
Hasta la eternidad no debería ser. 
Acabaremos muriendo mucho antes.
Ella o nosotros."

Te reencuentras, retomo, pero en mi opinión no porque te hayas buscado a ti, sino a la naturaleza, encontrándote a ti en ella, aventuro.

En Valderredible exploré el ser. Y era naturaleza, reconoce.

"(...)

sobre la pradera  sin siembra    es invierno
en este lugar de abiertos espacios
donde solo parecen vivir
aves pequeñas y rapaces
carboneros pinzones currucas
lavanderas cigüeñas
lobos marginales buitres
naturalmente vacas
y ahora ella

ha venido a mudarse para buscar el silencio
a recorrer la tierra
acompañada"

Recapitulando, Ana abandona la "vida rehuida", tal y como la define en uno de sus poemas, para abandonarse a la "vida verdadera", en palabras de María Zambrano, que, despojada de ruido, es poder ser, es decir, naturaleza.

Este otro poema del mismo libro transmite una metáfora preciosa sobre la dimensión social del ser y su reflejo en la naturaleza:

"de pronto la apertura en el centro de un verde inmenso
nubes de espesor incalculable corren en el cielo
apresuradas por llegar
pero adónde
la página aemet predice una baja propensión a la lluvia
pero siempre aparece como si quisiera advertirme
de esa mínima posibilidad

he dejado el camino para entrar a una pradera gozosa
-he atravesado el viejo cercado de piedra en seco-
he mirado al fondo y en el silencio de esa montaña
me apuntalo en total quietud hipersensible
percibo un rumor
para llegar a él me obligo a estirar mi cabeza perceptiva
los árboles en sus copas han empezado a moverse
en sentido muy dulce y apenas se percibe mientras crean
la ilusión de enlazarse

entre ellas eluden su conexión física
y no acaban de tocarse nunca"

Tú eres tu propio mástil, ahonda Ana, eres tu propio centro y ahí es donde recibes la vida, sigue. La vida te rodea pero cuidado porque en el centro de tu vida estás tú y ambas dimensiones, ser y vida, tienen que ir de la mano. Hay que tomar conciencia del propio ser en diálogo con la vida. En esta discrepancia con la vida, cada uno debería poder alcanzar una síntesis por sí mismo, pensar y decidir libremente. Pero no siempre se puede o se es consciente de poder hacerlo. El ruido dificulta pensar diferente. En el mundo actual falta reflexión.

Esta actitud beligerante de Ana ya queda patente en su primer libro, Algo tendrán que decir las estaciones (La Sirena del Pisueña, 2005), no por casualidad dedicado a Isaac Cuende y al recuerdo del Grupo Cuévano, con poemas rotundos como el titulado "No", donde denuncia la avaricia de las musas, o "Queda un loco lamento", contra los autoritarismos y sus necesarios cómplices.

Es algo que me he preocupado de transmitir a mis hijos, sigue Ana. Aunque con los hijos siempre hay un débito, la duda de haber hecho lo suficiente. Supongo que sea una cuestión de expectativas, se resigna.

Traigo un último poema de Ana también de su último libro:

"Los caballos de este camino diario
acercan su cara a la cerca y piden caricias y palabras.
Quizá la culpa de no darles lo que piden me lleva a 
un fondo inexplorado de compasión oscura; la duda
de haber entrado en una habitación y no dar lo que
antes otros me pidieron: besos, caricias y palabras."

Para terminar, Ana, ¿qué te parece que haya jardines en los hospitales? Imprescindible, se apresura a contestar. Mejor de estilo inglés que francés, eso sí. En la naturaleza estamos en potencia, y en un Hospital siempre tiene que haber esperanza, concluye.

Pasamos a hablar de amigos ingresados, de familiares con problemas de salud y temas que no tienen cabida aquí.

Pasa un día desde que nos despedimos. Caigo en la cuenta de que no he hecho ninguna foto. Le pido por WhatssAp alguna suya y alguna otra de pájaros, plantas y montañas que haya hecho en Valderredible. Me envía fotos de aves y un retrato suyo de Javier Vila fantástico:


Ana mira atenta a todo. Naturaleza consciente de sí misma.


Entrevista realizada por Mario Corral García, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 54: "Vilotrera"

Vilotrera, en Campoo, lugar donde sopla el viento con fuerza. La foto está tomada en uno de los pozos abiertos bajo los jardines del Hospital.

"Alrededores por dentro" / 3: Piedras del rayo

Subiendo a Braña Espinas, donde un trovador nos había contado, más bien cantado, que tuvo lugar un enfrentamiento mítico entre un toro y un oso, aunque quizá fuera la propia trova la que lo hiciera mítico y que el enfrentamiento fuera real, advertimos que empezaban a bajar todos los animales, vacas y yeguas, pájaros también, al tiempo que se oía una enorme y profunda respiración. Nos asustamos, volvimos la vista y vimos posada una tormenta encima de Peña Sagra. La cadencia de los truenos era la de una respiración. Es lo que en La Montaña se conoce como sindiu, palabra relacionada con sinciu, que, entre otras acepciones, tiene la de "ansiedad". Decidimos bajar nosotros también.

El poeta José Hierro decía que sus vecinos de Portio, en cuyos acantilados tenía una casita, aseguraban que los fósiles de erizo que se encontraban sueltos en los arenales y empotrados en la roca eran lo que llamaban "piedras del rayo", por ir en la punta del rayo, que caían buscando tierra y que por eso, si te daban, te mataban, no por la descarga eléctrica. En otros lugares, como Liébana o el País Vasco, las "piedras del rayo" son hachas pulimentadas neolíticas.

El primer discurso pronunciado por el Dr. López Albo fue el de la Biblioteca. En él, advierte de las tormentas que se avecinaban, animando a su equipo a enfrentarlas. Pero se ve que no fue suficiente. Murió en el exilio. Por su parte, el Dr. Téllez Plasencia fue seleccionado en tiempos de guerra para representar a España en un congreso internacional. Su ponencia versó sobre su Servicio de Rayos. Nunca se difundió en España. La hemos recuperado recientemente. El Dr. Téllez Plasencia también falleció en el exilio. La "piedra del rayo" encontró a ambos.



sábado, 1 de agosto de 2026

VIRIDITAS 53: Entrevista a Juan Gutiérrez Martínez-Conde, maestro

En el Edificio Enlace tenemos una planta de flores de cera de cuyas corolas, vueltas hacia abajo, pende un puntito de savia, como de un grifo mal cerrado. Es rara en Cantabria, por el clima, que no le es propicio. Quería que Juan la viera porque está florecida y porque cuando estuve en su casa para cerrar una donación de antiguas revistas médicas que nos hizo, vi que la tenía en el rellano de la escalera y me llamó la atención, tanto que me dio un esqueje. Pero la del Edifico Enlace tiene otro origen, la suya no fructificó, y a pesar de ello o por eso mismo quería que la viera.

Juan se apellida Gutiérrez Martínez-Conde y cuando nos llamamos para fijar una cita me preguntó si estaba seguro de que encajaba en el proyecto, y claro que sí: maestro, filólogo, poeta, editor, amante del arte y de la naturaleza... Yo ya había oído hablar de él trabajando en la sede madrileña de la editorial SM. También de una escuela cántabra de ilustración, con la revista Peonza como bastión, cuya principal característica era, así me dijeron, la melancolía. En montañés a la melancolía se la llama malencunía. Es una palabra del círculo íntimo que, como atotogar, "arrebujar", o apolizar, "acariciar", sigue viva porque se utiliza mucho. Yo volví a Cantabria de Madrid por ella.

Le hago esperar un poco porque llego al teléfono. Reúno en un mismo movimiento muchos gestos: de saludo, levantando la mano, y de corrido otro de disculpa mientras señalo el teléfono, es por esto, y dibujo con el índice un rollo en el aire, que es el gesto de ahora termino, perdóname. Asiente, se apunta un ojo y entiendo que se dispone a mirar los cuadros del hall. Son de cuando se cayó el Edificio de Traumatología y se levantó el Edificio 2 de Noviembre.

Termino y nos damos la mano. Es sorprendente la calidad de los cuadros que tenéis aquí, dice. Este de Gruber es fantástico, remarca. Este precisamente condicionó el diseño del hall, digo. Estaba previsto de otra manera. Iba a estar flanqueado por columnatas y no sé cuántos artificios más pero Gruber presentó a los responsables de la obra un proyecto alternativo, incluidas maquetas, y aprobaron la propuesta. Gracias a él, tenemos un hall liviano, o esa era la intención original. Así es, conviene Juan, aunque siento que no lo dice del todo convencido, y es que, confirmo al preguntarle, a los dos nos parece que el espacio está un poco saturado de obra, informo, sobrevenida, obra de aluvión, por ejemplo el mural metálico que bajamos de la Residencia Cantabria antes de que desapareciera, el edificio y con él la placa, que he atribuido al escultor Ferreira y titulado (es un título facticio) Cariátides. Iba a ponerse a la entrada de la Biblioteca pero pesa demasiado y hubo que buscar un emplazamiento cerca de la puerta principal, que es donde está. Este autor también tiene obra en la rotonda de acceso al IDIVAL (también recuperada) y en el estanque de la residencia de estudiantes de la UIMP.

La gente utiliza el regazo de La doncella de Mazcuerras de José Antonio Andrés para descansar. Llegamos a acordonar la escultura para evitarlo pero preguntamos al artista y su respuesta fue que no le molestaba, así que retiramos el cordón. Los niños le dicen cosas, le agarran la cara, le miran a los ojos, asoman la cabeza por debajo del brazo sobre el que la doncella apoya la suya, interaccionan de mil maneras con ella (qué bonito sería un catálogo de formas). Juan la toca con cuidado. Los que trabajan con la madera, sean carpinteros o escultores, dicen que la madera sigue viva cuando abandona el árbol. Debe ser cierto. La doncella de Mazcuerras está hecha de una sola pieza de cajiga. Apenas quedan robles de este porte.

En la plaza de Vega de Pas, donde la iglesia, había una robleda que daba cobijo a la monumental mesa concejil, digo. Fue talada hace no tanto. He preguntado a los vecinos y solo se acuerdan de los árboles. No de para qué servía la mesa de piedra. Una cosa conduce a la otra. Pronto de los árboles tampoco se acordarán. Es un fenómeno generalizado. Yendo a la otra punta, cada pueblo de Cabuérniga tenía su árbol concejil y luego había uno en La Castañera de Terán bajo el que se reunían todos los vecinos del valle. Son tantos los árboles caídos en La Castañera que ya no se acierta a saber qué restos corresponden al árbol concejil del valle. 

En el hall parejo, el que corresponde a las tres torres, hay un conjunto escultórico de Eloy Velázquez hecho a partir de los restos del antiguo muelle de Albareda. Aparecieron enterrados en limo durante las obras del Centro Botín. Sinceramente, desconozco de qué modo terminaron esos restos arqueológicos en el taller de un artista, pero lo cierto es que ahora dan forma a un conjunto escultórico impresionante titulado "No Crossing". Son decenas de personajes tras una alambrada. Su mensaje pesa como el de los plomos perdidos por los pescadores en el fondo de la bahía.

Quiero hablar con Juan de respeto. Del que debemos, matiza él. Quizá darlo sea una forma de merecerlo y resulta que estamos hablando de lo mismo, pienso.

El deber cívico cuesta esfuerzo, tanto a los individuos como a las instituciones, remarca Juan. No basta con abrir la puerta. Hay que ver qué medidas tenemos que tomar para atender a toda esta gente de la mejor manera posible.

No debe movernos el interés material, no porque les necesitemos, continúa, no porque alguien tenga que cuidar de nuestros mayores, limpiar o atender nuestros negocios. No se trata de eso. No es incorporarles a un sistema injusto sino hacer que el sistema deje de serlo.

Si eso es posible, apunto.

Con su ayuda será más fácil conseguirlo o al menos más satisfactorio intentarlo, replica. La diversidad multiplica los puntos de vista y las oportunidades.

El arte nos conduce por la misma vía, sigue. El arte te lleva a otro mundo, te pone otra sensibilidad diferente en el cuerpo. Esta finalidad terapéutica se suma a la ornamental que también tiene su importancia, no en vano la estética no es solo un placer sino también una necesidad del ser humano. En estas coordenadas os movéis vosotros, y me mira, y yo asiento.

También queremos ganar músculo social, no se lo oculto. Tener a tanta gente buena contigo te hace mejor. La galería de arte del HUMV se alimenta de cesiones temporales de obra que no retribuyen ningún beneficio económico a sus autores. Si acaso, participar de un proyecto colectivo bonito.

Nos descubrimos al pie del retrato del Marqués de Valdecilla pintado en los años veinte por Gerardo Alvear. Este pintor es pionero del muralismo cántabro. En el cuadro el marqués posa con la mies de su pueblo al fondo. Es una forma de decir a sus paisanos que es rico. Le cuento entonces a Juan cómo conseguimos ponerlo donde está: estaba en el despacho de un directivo al que cesaron, aprovechando el vacío de poder entramos, lo descolgamos y ayudados por una grúa de acordeón, lo colgamos en el lugar preeminente que ahora ocupa, como le corresponde, presidiendo el acceso principal.

A Juan le encanta Gerardo Alvear y también su hija, Luz, menos conocida. Mi pareja y yo tenemos en casa un carboncillo suyo. Juan me cuenta de una familia que comparte apellido con el pintor, aunque no sabe si tendrán relación, lo que sí tenían era un Stradivarius en muy mal estado que resultó ser una antigua copia exacta que terminó en manos de la conserje del colegio de Juan.

Invitaron a Juan a dar una conferencia en el MAS sobre alguna obra de su elección y se acordó de una vista de Buenos Aires de Gerardo Alvear, pero cuando fue a verla se encontró con una escultura de Avecilla y otra de Daniel Alegre enfrentadas y cambió de rumbo. Su conferencia versó sobre estos dos escultores cántabros.

Son artistas estética y conceptualmente muy diferentes, dice. Todo el dramatismo y sufrimiento de Avecilla se contrapone al clasicismo y la serenidad, al mármol pulido de Daniel Alegre. Me gustó ese contraste.

Para Juan somos según cómo nos relacionemos. La relación con otras personas, con el entorno y con nosotros mismos no solo es deseable sino también inevitable. Por eso hay que procurar que se establezca en términos positivos.

La convivencia es nuestro ecosistema, apunto.

De Avecilla le cuento que en sus últimos años, aquejado de una enfermedad muy agresiva, esculpía como podía en miga de pan que luego su galerista, que es quien me lo contó, se ocupaba de trasladar a metal. ¿Lo que mueve a la vida arrastra consigo al arte o el arte y la vida son la misma cosa dicha de forma distinta?

De Daniel Alegre se organizó una exposición hace poco en el MAS, sigo. Estuve en la inauguración. Me sorprendió que todo el mundo tocara las esculturas. Luego supe que había trabajado puliendo las esculturas de Rodin y lo quise entender. 

Daniel Alegre hizo una pareja de bustos, un pastorcillo y una pastorcilla, de los cuales, es lo que se dice, solo se conserva el primero. Estaba expuesto en el MAS. A su lado había un busto identificado como el de una chiquilla. Pero yo creo que era el de la pastorcilla perdida. Los comisarios no la reconocieron. Demasiado bonita, quizá. No para mí. Al menos pusieron los dos bustos juntos. Tampoco los toqué.

Daniel Alegre se retiró de mayor a Casar de Periedo, donde trabajó con la piedra local. Es la misma piedra con la que están hechas las casas montañesas. Estas suelen estar orientadas a sur. Es una maravilla tocarlas al atardecer, cuando se empieza a sentir el frío pero las piedras todavía conservan el calor del sol.

Otro autor que me encanta, en esta senda de descubrimientos, dice Juan, es Antonio Winkelhöfer. Estuvo vinculado al expresionismo alemán, luego huyó del nazismo y recaló en Santander, donde falleció en los años setenta. Son espléndidas sus ilustraciones para el libro Mitología y Supersticiones de Cantabria de Adriano García-Lomas. También ilustró El Quijote y otras obras de referencia. Hoy se le podría equiparar con José Ramón Sánchez. De este último tenemos obra en el Salón Noble de la Biblioteca, digo.

Un poco más adelante hay obra de Martínez Cano y de Yolanda Novoa, ambos amigos suyos. En este momento se produce un incidente. Una persona se ha quedado encerrada en un baño para discapacitados próximo y nos vemos obligados a ocupar gran parte del tiempo reservado para nuestra conversación en su rescate. Tras el final feliz, nos encaminamos a la cafetería. No va a dar tiempo a ver las flores de cera. Cuando llegamos a la cafetería pasamos al lado del personal del HUMV y nos sentamos dando vista a las obras de los protones:


Desde aquí sentados parece una maqueta.

Me da un número de la revista Peonza dedicado a las guerras y el catálogo de la exposición El espacio mágico: 25 años de la Revista Peonza, 25 años de ilustración en España que se celebró en el Palacete del Embarcadero el año 2012.

Me lo dedica y le propongo un juego:


Yo le digo una palabra cántabra relacionada con las peonzas y él me dice si la conoce y qué le sugiere.

La primera es abadar, que es cuando una peonza va a caer, y Juan rápidamente responde con una frase de su amigo y artista Fernando Calderón: "abadó como peonza chona", es decir, que alguien cae de golpe.

Dentro de la página web de la revista Peonza, en el apartado dedicado al equipo, hay un dibujo de Fernando Calderón donde aparecen varios niños jugando a la peonza. Este pintor era universalista y por eso mismo le gustaba pintar su entorno inmediato. Es lo que decía el escritor portugués Miguel Torga: "lo universal es lo local sin paredes". Esta visión a medio camino de lo global y lo local, glocal podría decirse, es marca de la revista.

La segunda palabra es can, "golpe". También la conoce. Añade que a veces el jerrón de la peonza, que es redondo, se afilaba para que el can hiciera más daño.

Esta palabra procede del latín CANIS, "perro", por la forma de la mordedura.

Runflar o runfar, el ruido que hace la peonza al girar, de origen onomatopéyico. También.

Por último, rullar, que significa "girar" y que probablemente esté emparentada con rolar. Esta Juan no la conocía y confieso que yo tampoco. Es la única que he sacado de un libro. El resto son de mi familia, también de la de Juan. Él aporta una expresión: "estar dormida", que es cuando gira con tanta precisión que parece estar quieta.

Son todas palabras que se han conservado en casa, si acaso. En las escuelas estaba penalizado utilizarlas. Prefiero no preguntarle el porqué porque hacerlo sería trabar la conversación. Adivino que él contestaría que por error o por una previsión de futuro equivocada o por la influencia de un contexto no siempre favorable a la vida. Pero prefiero preguntarle por los valores y luego, si acaso, inferir.

¿Cómo entiendes la educación? ¿Puede ser neutral? ¿Qué valores? Son las tres preguntas que le hago:

La educación es como la paternidad o la maternidad, responde. Nuestros hijos viven en el futuro y nosotros en el pasado. Conciliar esto es la clave. Tenemos que educar hoy pensando en el mañana, que no sabemos cómo va a ser.

Pero hay algo que nunca cambia y es el amor, el cariño, la ternura entre seres humanos. 

Me acuerdo de D. Aniceto, sigue. Fue mi maestro en Castillo-Pedroso. Me acuerdo de un día que me cogió del hombro. Lo hizo con afecto. Lo recordaré siempre. Entonces prevalecía la disciplina. Ese cariño, esa ternura, es fundamental. Esos pequeños detalles.

La enseñanza se basa en el cariño.

Los alumnos a veces se interesan por curiosidad y otras por congraciarse con el profesor. Esas son las bazas. La comunicación entre adultos y niños es complicada porque son mundos distintos. El único puente es el afecto, el cariño, en todos los ámbitos, sobre todo en la educación. Este es un principio universal.

Antes creíamos que la escuela era una interposición del poder, que la escuela era obediencia. Pero hoy pienso y defiendo lo contrario, desvela Juan: hacen falta escuelas que inculquen principios éticos básicos. 

Me viene a la memoria un poema de William Blake citado por Bernardo Atxaga en la conferencia inaugural del IV Encuentro Internacional del Libro Ilustrado organizado por Peonza en 2024:

"Ver un mundo en un grano de arena
y un cielo en una flor silvestre;
tener el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora."

Es del poema Augurios de inocencia (1803). En él, lo grande contiene lo pequeño como lo pequeño lo grande. Se trata de esos pequeños grandes detalles que mencionaba Juan. El poema es largo. Continúa desgranando sencillas creencias populares que sirven como atajos hacia conceptos universales: "un petirrojo en una jaula / pone furioso a todo el cielo", "quien haga daño al reyezuelo / jamás tendrá el afecto de los hombres", etc.

Tengo para mí que las creencias populares y los cuentos son máquinas del tiempo que traen del pasado aprendizajes útiles hoy. Hacer atractivo el mensaje a través de toda una panoplia de recursos literarios facilita su transmisión. Pregunto a Juan por su opinión al respecto.

Vladimir Propp tiene un librito titulado Morfología del cuento en el que defiende que los cuentos populares de carácter "maravilloso", sean polinesios, rusos o montañeses, se componen de treinta y una funciones combinadas en siete esferas de acción, explica. Todo está ahí.

El mismo autor tiene otro libro, esta vez más denso, titulado Las raíces históricas del cuento, en el que defiende que los cuentos populares "maravillosos" no son meras invenciones fantásticas, sino que recrean simbólicamente ritos ancestrales, continúa. Valoramos un capitel románico pero no un romance, cuando su valor no digo que deba ser el mismo, apunta, pero sí equivalente.

Ha pasado parecido con las revistas y los libros en las bibliotecas sanitarias, digo. Las revistas dieron el salto al mundo digital mucho antes que los libros. Cuando los libros se sumaron, aplicamos las mismas soluciones que se habían probado con éxito con las revistas, sin embargo los resultados fueron peores. Esto fue no porque de forma inesperada los libros perdieran interés, sino porque se estaban aplicando soluciones espurias, es decir, ajenas a su naturaleza. Ahora que lo estamos corrigiendo, comprobamos que los libros sirven para lo que sirven, que no es lo mismo para lo que sirven las revistas: los primeros trasladan información consolidada y las segundas más reciente y controvertida. El interés que despiertan no es el mismo pero sí equivalente.

O con las trovas recogidas por William Christian en el Alto Nansa publicadas por la Universidad de Cantabria. El autor aplicó criterios de edición propios de la poesía culta, con lo que las trovas perdieron interés. Parecían un pastiche y no porque lo fueran, sino porque fueron presentadas de acuerdo con una serie de criterios que no le eran propios. El principal, que se omitiera que la mayoría eran total o parcialmente cantadas.

En las escuelas vascas, los niños que lo desean pueden participar en talleres de bertsolarismo. Les sirve para mejorar su expresión oral, para perder miedo escénico, etc. Este es el camino, apunta Juan. Hay que llevar la trova a las escuelas.

Le cuento una anécdota. Sabiendo que venía, me acerqué al aula hospitalaria por si le querían conocer, para preparar el terreno. Pero estaba cerrada por vacaciones. En la puerta encontré pegados textos escritos a mano por los pacientes pediátricos. Había sobre todo poemas. Pero me llamó la atención un texto que, bajo el título de "Invisible", decía: "Un héroe puede ser cualquiera, incluso alguien haciendo algo tan simple como poner un abrigo alrededor de un joven para hacerle saber que el mundo no se ha terminado". Es una cita de la película Batman.

Creo que estamos superando los primeros recelos hacia las nuevas tecnologías. Estas ya no se asocian necesariamente con el consumo de contenidos sino con la imaginación, que es la esencia de la lectura, no importa la naturaleza ni el soporte.

En una entrevista a Emilio Lledó publicada en Peonza, el filósofo del lenguaje decía que hay que fomentar la lectura de libros que enseñen libertad para poder pensar. Estando de acuerdo, Juan destaca el placer de la lectura.

El ideal es que la lectura sea compleja, dice, pero en el camino no hay que soltar la mano del placer. Si el libro que nos llega no es el mejor, da igual, lo importante es que nos conmueva, saber que hay algo, la lectura, que te satisface y que te hace comprender que lo que están sintiendo otros te afecta. A la máxima calidad se llega de forma gradual, recapitula.

No hay que forzar, si acaso reconducir, dice.

Juan lee por rachas. Hubo una época en que le interesaba la novela española y mucho aquella que trataba sobre la infancia. Tanto, que pidió un año sabático para escribir un libro sobre este tema que permanece inédito. También le ha interesado mucho el ensayo y la poesía. Y de fondo, siempre el tebeo y la novela gráfica. La ilustración es una constante.

Le pregunto por Peonza, Premio Nacional al Fomento de la Lectura en 2018. Es una revista de Cantabria especializada en literatura infantil y juvenil que presta una atención especial a la ilustración. Ahora cumplimos 40 años, anuncia. Antes estuvo Quima (1983-92). Peonza es una rama de Quima. Presentamos escritores e ilustradores, experiencias de animación a la lectura, tratamos todos los temas, recomendamos lecturas, pero no somos partidarios de que sean obligatorias.

En Cantabria nació la Institución Libre de Enseñanza. De aquí, la Universidad Internacional de Verano de Santander, luego Universidad Internacional Menéndez Pelayo, la Estación de Biología Marina de Santander, la Casa de Salud Valdecilla... Esta es nuestra genealogía. Peonza quiere pertenecer a esta tradición, remarca Juan.

Las herencias también se eligen, recuerdo.

Detrás de Peonza hay un grupo de amigos maravillosos que se ha mantenido y aumentado. Cuando digo mantenido quiero decir cuidado, aclara. Empezamos a trabajar con la Democracia. Era una época utópica. Estaba todo por hacer. Había una ilusión global, recuerda. La enseñanza estaba dentro de ese ansia de libertad, de expresión, de creación. Aparecen distintos movimientos de renovación educativa y en Cantabria el foco de atención se posa sobre la Educación Compensatoria. En las escuelas rurales se sufría una situación deplorable. Los maestros leíamos y luego compartíamos lo leído, esa era nuestra formación. Quima era eso: uno lee o ve, aprende, y comparte. La necesidad era muy grande porque la situación era muy nueva. El primer número de Peonza se fabricó a base de máquina de escribir, tijeras, letraset, pegamento y fotocopiadora. Ten en cuenta que hasta para comprar tizas de colores teníamos problemas.

Pese a todo, en aquella época existía el día de mañana. Había esperanza. Hoy hay una corriente mayoritaria de miedo, reconoce.

Faltan utopías, digo, y cuando faltan, se cierne el apocalipsis. Es una lectura que propone Gonzalo Torrente Ballester, aclaro.

No hay que dejarse dominar por el miedo, tranquiliza Juan. El apocalipsis y las distopías son una proyección de la preocupación que sentimos hacia la muerte. Yo voy a morir y la civilización va a sucumbir conmigo. En cierto modo, es normal sentirlo así. Por ejemplo, los aztecas están viviendo su quinto sol, lo cual supone que les han precedido cuatro apocalipsis. Sobrevivir, y la supervivencia es la meta de todo lo que vive, incluidos nosotros, también es superar este miedo.

La cultura tiene que servirnos también para esto, para sobrevivir, es decir, para afrontar nuestros miedos y superarlos.

Es indudable que hay un mundo oscuro. Lo que más hay en el universo es materia oscura, continúa. También en el ser humano, en el inconsciente. La oscuridad es lo predominante, pero no lo más importante.

La oscuridad es lo desconocido, lo que tenemos que desvelar. En el universo y en nosotros mismos. Le agradezco la aclaración: su signo, si positivo o negativo, dependerá de nosotros.

No tengamos miedo, reclama. Hay buena voluntad y responsabilidad. La mayor parte de la gente es Buena (lo escribo con mayúscula porque así me lo pide) y se esfuerza por hacer bien su trabajo. Yo creo en la esperanza. No me gusta la gente que dice que ha perdido la fe en el ser humano. 

También es muy importante la amistad. Juan quiere mencionar algunos buenos maestros que ha encontrando en el camino:

Carlos Galán era un magnífico profesor, dice. Siendo estudiantes hicimos una revista literaria, Escalera, y Carlos se la llevó a José Hierro. Nos la devolvió comentada poema a poema. Eso es algo que no se olvida.

Aurelio García Cantalapiedra, otro. Nos invitó a varios jóvenes a leer nuestros poemas en la presentación del número 10 de la revista Peña Labra, la mejor revista de poesía española de su época, y luego publicaba siempre algo nuestro.

Ramón López Tamés, que fue el profesor de la Universidad de Cantabria que me animó a licenciarme en Filología Hispánica con un trabajo publicado con el título Literatura y sociedad en el mundo chicano (ediciones de la Torre, 1992).

Fernando Calderón, Julián Santamaría...

Salimos a la plaza del Hospital y brilla el sol. Quiero hacer una foto de despedida y enfoco primero al suelo para comprobar los parámetros de la cámara. Nuestras sombras se dibujan muy claramente en el suelo. Hago una foto:


Él me ve y señala que para bonitas, las sombras de Pejac en la puerta del Hospital. Juan viste de blanco. Levanto la cámara y hago otra foto:

 

Entrevista realizada por Mario Corral García, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 52: El agua

Están siendo días de mucho calor. Hemos puesto en la repisa de la terraza de la sala de estudio un plato de casco con agua para que beban y se bañen los pájaros. La piedra es para que el viento no se lleve el plato y para que se puedan posar y beber también los insectos.

Cada día aparece vacío. María José, nuestra limpiadora, se preocupa de llenarlo todos los días a primera hora. En cuanto llego, me informa.