domingo, 1 de marzo de 2026

VIRIDITAS 43: Entrevista a Álvaro Martínez Peña, apicultor

Salgo con tiempo de más y voy al jardín a comprobar qué tal hace, si tan malo como parece desde mi despacho o no, y no.

O no tanto. Retrocedo y voy a buscar a Álvaro por dentro. Es apicultor. Hemos quedado en el Edificio 2 de Noviembre. Es hora punta y el recibidor está atestado. Espero. Debe hacer corriente o es que la gente solo pasa rozando. 

Llega y nos saludamos. Quiero empezar por dos cuadros propiedad del Hospital, el de Gruber que está en el recibidor y el de Orallo que está frente a los ascensores. Los dos se organizan a partir de una malla. El de Gruber es el último de una serie dedicada a ciudades. Por ser el último, no refleja ninguna ciudad concreta, sino un arquetipo. A mí me parece una ciudad costera bajo amenaza de tormenta, por los colores, azules y negros, y ventanas con luz porque la gente se ha refugiado en sus casas. Pero es solo una impresión mía. Será por los días crudos pasados. En el de Orallo reconozco algunas de las escenas representadas, como esa en la que el pintor saluda de niño subido al azucarillo de piedra que confiere carácter a la playa de La Concha de Santander. Saluda a su madre, cuyo lugar ocupa el que mira.

De un círculo bajo presión se obtiene un hexágono. Por eso las celdas del interior de las colmenas son hexagonales. Es la primera anotación que hago.

El año 1852 se produjo un antes y un después en la apicultura con la invención de la colmena de cuadros móviles moderna. El inventor, un reverendo norteamericano, Lorenzo Langstroth, vio que de forma natural las abejas guardaban una distancia de entre seis y nueve milímetros entre panal y panal, lo que se llama el paso de abeja. Esta distancia permite que las abejas hagan vida dentro. Más enfriaría el conjunto. Menos, impediría el tránsito. Todo lo que no corresponda con esta medida, lo sellan con cera o, si supone un riesgo para la colmena, caso de una fisura por donde pueda entrar agua o viento, lo propolizan para impedir la aparición de hongos.

Lo que cuenta Álvaro me recuerda al paso que hay a la altura de la antigua venta de Tajahierro, de donde probablemente el topónimo, en el puerto de Palombera, cuya anchura determinaba la de los carros del país que iban a Castilla a cambiar aperos, la conocida como garáuja, por productos difíciles de obtener en La Montaña, singularmente patatas.

La palabra cambera, en origen camino carretero, hoy en competencia con carretera y pista pero con un potencial de uso enorme, procede de la camba o pieza curva de la rueda maciza del conocido como carro chillón. Es una familia prerromana. Los carros chillones se llamaban así porque las ruedas giraban solidariamente con el eje, rozaban con la caja del carro y emitían un chirrido característico. Los carros llegaban incluso a prenderse, por la fricción. Tengo para mí que los antiguos mitos de carros solares, por ejemplo el que conducía el dios griego Helios, encuentran acomodo en esta circunstancia. Se resolvía ensebando el conjunto.

Lorenzo Langstroth, retoma Álvaro, pensó que podía replicar a las abejas y construir colmenas con esta distancia entre cuadros, lo cual permitiría moverlas y trabajarlas. El duju ofrece poca información interna, el apicultor va a ciegas, y con las modernas ves lo que pasa dentro. La ventaja es considerable.

Los dujos en Cantabria están hechos con troncos de árboles huecos. Son una mímesis de los troncos de árboles huecos que las abejas habitan de forma natural. Los dujos tienen una tapa de madera, la cubija, y la piquera, por donde entran y salen las abejas. La palabra duju tiene una etimología oscura. A mí me parece que entronca con la palabra toju, hueco en un árbol, de donde es probable que proceda el topónimo Los Tojos, pueblo cabuérnigo conocido precisamente por la bondad de su miel.



Las fotos son de dujos situados al pie de una ermita rupestre en la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica.

Cera y propóleo, pues, para construir un entorno habitable para las abejas. El propóleo es una amalgama de yemas de árboles, resina y saliva de abeja, básicamente. Les cuesta mucho producirlo, afirma Álvaro. Por eso para sellar emplean cera y solo cuando es necesario para eliminar o inhibir microorganismos patógenos, propóleo. También a escala macro. Por ejemplo si la mariposa de la miel, la que tiene una calavera en el dorso, consigue entrar y la colmena está fuerte, la matan y propolizan para evitar que su cadáver contamine la colmena. Incluso se han llegado a reportar casos de ratones "momificados" dentro. No por casualidad la palabra propóleo significa "defensa de la ciudad" en griego. Es el arma secreta de las abejas.

Otro producto de las abejas es la jalea, a la que llamo, dice, leche de abeja. Es con lo que alimentan a la reina y a las larvas destinadas a ser reinas. La jalea se diferencia de la miel en que tiene mucha proteína -la miel también pero no tanta-, muchos minerales y vitaminas, más -y es lo que la hace súper especial- el ácido 10 HDA hidroxidecenoíco, el producto "milagroso". Su concentración indica la calidad de la jalea. Este componente es el que hace que raspe la garganta. También puede raspar la miel, pero por el porcentaje que tenga de jalea.

Álvaro me explica que la jalea es la que marca la diferencia entre una reina o una obrera. La genética es la misma en ambas. Pero una obrera en invierno vive dos meses y en verano un mes. La reina alimentada con jalea, cinco años. Algo debe tener, pues.

Puedes pensar que la reina es una obrera súper desarrollada, continúa, o verlo al revés, que la obrera sea una reina que no ha llegado a su fase final de desarrollo. Hago la comparación con la obrera, aclara Álvaro, porque esta, cuando la colmena se queda sin reina por ejemplo porque la come un pájaro al salir a fecundarse, puede poner huevos, pero con la diferencia de que de los huevos de obrera solo van a salir zánganos. Estos son los machos. 

Los zánganos proceden de huevos de reina no fecundados o excepcionalmente de obreras. Su única función es fecundar a la reina. Tienen abuelo, abuela y madre pero no tienen padre. Esta es la forma como las abejas han resuelto la diferenciación sexual. Huevos no fertilizados o haploides los machos y huevos disploides las hembras, que pueden ser, según sean alimentadas con jalea o no, reinas u obreras. 

La colmena es realmente un individuo. Funciona como tal. No se tienen que reproducir las abejas sino la colmena. Es un proceso acompasado.

Decidimos movernos. Cogemos un ascensor y nos dirigimos a los jardines. De camino hablamos sobre el colapso natural de las colmenas.

La reina solo sale cuando se enjambra y cuando se fecunda, explica Álvaro. Antes se creía que eran los zánganos los que acudían a la reina pero ahora se sabe que son las reinas las que salen en busca de nubes de zánganos para evitar la endogamia. Los dujos solían estar juntos para facilitar la labor de los dueños pero también por este motivo. Sigue siendo igual.

Cuando la reina muere las obreras van a coger cinco o seis huevos de los recién puestos, denominados realeros, y los van a alimentar con jalea para obtener otras tantas reinas vírgenes. Cuando nacen se pelean entre sí y la que sobrevive tarda entre veinte y veinticinco días en fecundarse. Pero imaginemos que en el proceso la reina virgen muere. Esa colmena se queda sin huevos fecundados y sin vírgenes. Se vuelve entonces zanganera y no tardará en colapsar.

Entramos en los jardines. Paramos donde la chilca en flor, planta invasora que hay que quitar. Pregunto a Álvaro por el origen de las abejas. Responde con agilidad y una sonrisa: las abejas son avispas que se volvieron veganas.

Hay estudios que demuestran que las primeras abejas aparecieron hace uno 130 millones de años. Hasta entonces las plantas dependían casi exclusivamente del viento. Si tenían suerte, alguna partícula de polen aterrizaba en una flor femenina. Pero la incertidumbre era demasiada. Solo era cuestión de tiempo que la naturaleza encontrara una solución más eficiente. Efectivamente, aparecieron los insectos voladores especializados en el consumo de polen, proteína pura. Las primeras flores eran discretas pero a partir de ese momento se visten de colores para llamar su atención. Metidas de lleno en esta agresiva campaña de publicidad, una campaña por la reproducción, algunas flores comenzaron a generar un suplemento: néctar. Fue entonces cuando aparecieron las abejas, especialistas en recolectar polen y néctar.

Curiosamente, dice Álvaro, cuando pides a alguien que imagine una abeja lo normal es que la imagen como si fuera la abeja Maya, la de los dibujos de la tele, amarilla con franjas negras. Pero resulta que esta no es la buena. Es una abeja italiana diseñada en Japón. ¿Y cuál es la buena?, pregunto. La autóctona, responde: la negra ibérica. Diciendo autóctona quiero decir mejor adaptada a su entorno. Porque le pertenece. La abeja al territorio y viceversa. Sus problemas serán, si acaso, los mismos y sus respectivas soluciones serán compatibles.

La teoría dice, aunque todavía es poco lo que sabemos, que la abeja melífera llegó a Europa procedente de Asia antes de la última glaciación. Los hielos hicieron que se replegara al territorio que en la actualidad ocupan España, Italia, Grecia y norte de África. En este periodo es cuando apareció la amarilla italiana, es probable que por la acción del ser humano, es decir, por selección. Se retiraron los hielos y la negra de nuevo colonizó Europa.

En los años veinte del siglo pasado otro erudito, esta vez un pastor inglés, el Hermano Adam, diseñó una abeja híbrida muy productiva que desplazó de nuevo a la autóctona negra. Pero con el tiempo, en realidad en un plazo muy corto, la híbrida ha devenido insostenible. Es una bomba química además de resistir mal las bajas temperaturas, hay que suplementarla con azúcar, que es caro, etc. De resultas, el mercado ha vuelto la mirada a la abeja negra ibérica. Es la vía.

Me llama la atención su color, digo. ¿Tendrá algo que ver con la capa de hielo que presidió el paisaje durante milenios? Se me ocurre que para comunicarse con otras abejas el color más apropiado era aquel que mejor contrastaba con el fondo, en este caso negro sobre blanco, como las flores lo hacen con el verde. No tenemos respuesta a eso, contesta Álvaro. Puede que tenga que ver con la luz del paisaje, como es probable que ocurra con la vaca tudanca, que también es oscura, o simplemente con la aleatoriedad, es decir, que la que cambió de color resulta que es la que llevaba el gen bueno y el color da igual, pero no lo sabemos.

La abeja es la misma para todos, la negra, pero luego cada pueblo la ha manejado a su manera, continúa. En Eslovenia por ejemplo tienen una raza propia fruto de la selección practicada durante los últimos cuatrocientos años. Allí está mal visto ir muy protegido porque su abeja no pica, es mansa. Aquí sin embargo es lo contrario. En Cantabria la abeja se la hemos confiado a la naturaleza. No es nada dócil. Pero que hoy sea así no significa que siempre lo haya sido. Hay que tener en cuenta que las características que se imprimen a una colmena se pierden enseguida. Basta el contacto con otra naturalizada para que se vuelvan ariscas.

Yo una vez fui con un tío mío bastianu a por miel, tercio. Íbamos protegidos solo con una pequeña olla escupiendo humo, nada más. Álvaro sonríe y me agradece que comparta este recuerdo porque está convencido de que en Cantabria también se ha practicado desde antiguo selección para facilitar el manejo de la abeja.

Le pregunto entonces por el efecto del humo sobre las abejas, humo que, por cierto, tradicionalmente se obtenía, y así aparece reflejado por ejemplo en El disputado voto del señor Cayo, película del cántabro Mario Camus cuyo guion se basa en una novela de Miguel Delibes, prendiendo boñiga de vaca. Me aclara que ni las despista ni las atonta, a diferencia de como se suele creer. Para ellas el humo es igual a incendio, la colmena está ardiendo. Es una agresión en toda regla. Se despreocupan de ti para salvarse ellas. Lo más importante en ese momento de crisis son las reservas, no tú.

Hace muchos años, digo, un vecino muy mayor de Viaña me explicó que para espantar al lobo lo que hacían los pastores en Colláu Jermosu (por lo bonito que es), Cuetu la Jorcá y todos aquellos montes situados a espaldas de su pueblo era prender árboles por dentro y dejar que ardieran poco a poco, expulsando humo, porque el lobo lo teme. Cabe imaginarse una cortina de humo como frontera entre el espacio destinado a pastizal, al cuidado del ser humano, y el reservado al lobo. Quizá por eso a los vecinos de Viaña se les conozca con el sobrenombre de lobetos, los cachorros de lobo, por haber aprendido a tratarlos. También sé de jabalíes a los que se echaba de los maizales poniendo ollas cerca ahumando, igual que cuando había alguna culebra cerca de casa. En la Cantabria profunda, matar nunca es la primera opción.

Árbol en Bustabláu, cabecera del río Barcenillas, en territorio de Viaña, empleado antiguamente, según testimonio de vecino, para espantar al lobo con humo.

Se me ocurre que otra forma de aprovecharse del miedo de las abejas es cuando enjambran, continúo. Sabrás que para evitar que se escapen se chocan dos trozos de teja, pregunto, pero es una pregunta retórica porque sé que Álvaro lo sabe de sobra. El ruido es parecido al del trueno, sí, responde. Lo oyen y se quedan quietas. En mi casa, sigo, se cantaba al tiempo el sonsonete "aquí güenas, aquí güenas, acurriar a las mis colmenas". Se podría traducir como "aquí buenas, aquí buenas (en referencia a las abejas), regresad (empleando el verbo acurriar, que vale tanto para animales como para personas) a mis colmenas".

Cantabria es un lugar donde se ha practicado la apicultura de seguido, estoy convencido de ello, concluye Álvaro. Por historias como la de tu tío y otras, me atrevería a asegurar que aquí también, como en Eslovenia, se ha seleccionado a la abeja mansa. El problema es que en cuanto hay un hiato, una interrupción significativa, como pueda ser por ejemplo la provocada por el éxodo rural del pasado siglo, la colmena revierte su conducta y vuelve a ser agresiva. Por eso hoy puede que no lo parezca, pero los testimonios están ahí. Nuestra actividad en Abeja Negra de Cantabria entronca con la tradición de nuestra tierra. Me siento orgulloso de ello.

Principalmente, ¿a qué os dedicáis?

A vender abejas reina y enjambres de abeja negra ibérica. También nos estamos metiendo ahora con la jalea real.

Tu tío seguramente era depositario de un conocimiento heredado profundo y el día que te llevó sabía que era el apropiado. No es solo inducir lo que la abeja tiene que hacer sino también saber hacer tú lo que debes. Es una relación uno a uno, como el mapa a escala de la realidad proyectado por Borges. No es raro ver sobre todo en el sur de Cantabria casas con colmeneros horizontales asomando en la fachada. Las abejas estaban en el desván. Eran parte de la casa entendida en sentido amplio. Cuando las abejas están a sus cosas, por ejemplo un día de mayo a veinticinco grados, que están recolectando néctar como locas, no te hacen nada. Te proteges si acaso con un poco de humo y ya está. Pero en días como hoy seguro que tu tío no se acercaría. Eso también es sabiduría.

Me interesa esa negociación blanda con la naturaleza propia de Cantabria, digo. Más que intervenir lo que hacemos es disponer. Un ejemplo intrascendente pero quizá por eso mismo significativo lo representan los palos de turcías, con una decoración en espiral que no se talla, se logra colocando una enredadera alrededor para que a medida que el palo crezca, vaya quedando la forma de la enredadera. Luego se retira la enredadera y corta el palo. Otro ejemplo son los seles, los lugares donde las vacas hacen noche. No están delimitados. Vas por el monte y no los ves si no sabes que están ahí. Están primero en la cabeza. Es el conocimiento el que los localiza sobre el terreno. Es algo que las vacas saben porque han nacido en ellos -que lo hagan es uno de los cometidos de los pastores- y gracias a ello las vacas los reconocen como propios. Lo normal es que no haga falta ni traerlas, vienen solas. Esto no es porque sí, sino porque se han dispuesto las cosas para que así sea. Los palos de turcías y los seles son buenos ejemplos de esta negociación soft con la naturaleza que apunto. 

O los dujos, se me ocurre. Por dentro tienen dos palos cruzados en cruz que están marcando un límite: desde la marca hacia abajo la miel es de las abejas y desde la marca hacia arriba de las personas. Más que un límite, esta cruz de palo lo que está es sellando un pacto entre iguales, una pacto equitativo, digo.

Entonces, mansedumbre sí pero habilidad en el manejo también, trato de resumir. Efectivamente, concede Álvaro. De hecho, van de la mano. En el caso de las abejas, la mansedumbre es la epifanía del saber hacer.

Nosotros en nuestra empresa la selección la abordamos desde distintas facetas: potenciamos la mansedumbre, como se ha hecho siempre pero con métodos modernos, y estamos trabajando en que la abeja no sucumba al ácaro Verroa destructor. Estos son los parámetros que nos guían: mansedumbre y convivencia con el ácaro.

Para hacer la selección aplicamos dos técnicas: la inseminación instrumental empleando microscopio y el área de fecundación controlada, explica Álvaro. Tenemos una de estas áreas en Sejos, indica. Han elegido este emplazamiento porque no hay otras explotaciones apícolas cerca. En el resto de puntos de Cantabria el radio es muy bajo, informa. Si por ejemplo tengo en Treceño treinta núcleos pero en El Turujal hay una sola colmena de híbridas, la mitad de las que a mí me salgan van a ser amarillas, dice. Esto en Sejos lo evitamos. A Sejos subimos abejas seleccionadas y aseguramos una reproducción controlada, es decir, que responda a lo que queremos.

De camino a Sejos están Las Aguileras, digo. Se ven desde el mirador de La Cardosa. Es un acantilado que asoma a un mar de color verde. Encima está Braña Espinas. En el pueblo de Saja todavía recuerdan que se descolgaban subidos en grandes cestos de avellano conocidos como zonchos para coger (el verbo que se emplea es catar) la miel de la roca a mano. Bajaban bien tapados para protegerse. Pero arriba tampoco se estaba del todo seguro porque las abejas trepaban por la soga. Los días de calor la miel escullaba. La recogían en escriños. Es una escena muy parecida a la representada en la cueva de La Araña, en Bicorp, en la que se reconoce una figura humana que utiliza una escala para alcanzar un panal. Esta cueva es Patrimonio de la Humanidad, digo. Sin embargo, nosotros que conservamos no la cosa, sino la idea que la explica, nada. De hecho es probable que este recuerdo no pase a la siguiente generación y se pierda.


Las Aguileras desde La Cardosa.

Es un caso común en Cantabria, continúo. Desde la UNESCO avisaron de que iban a declarar Patrimonio Inmaterial de la Humanidad la técnica de la piedra seca y preguntaron si en Cantabria había, a lo que nuestro gobierno regional respondió que no. Y eso que hay un centro de interpretación dedicado precisamente a la piedra seca en Valderredible. Nuestros responsables no conocían ni los morios montañeses, ni los parapetos campurrianos, ni las paredes de viñas cuetanas, nada. En este sentido, somos un espacio en blanco en el mapa de Europa. Pregunté, y parece que tampoco se puede corregir porque el Gobierno de España está trabajando en otras candidaturas y esta la dan ya por cerrada. Se ve que no sumamos suficiente masa crítica.

Álvaro concede la categoría de vestigio a esta técnica de recolección rupestre documentada en Las Aguileras.

De hecho, añado, es probable que la relación entre braña y abeja sea muy estrecha, y no porque la abeja se domesticara a la vez que la vaca (la tudanca procede directamente del uro), sino porque la domesticación de la vaca vino acompañada de la creación de pastos que facilitaron la expansión de la abeja. La colonia de Las Aguileras podría ser primigenia, aventuro, y su explotación la primera solución puesta en práctica por el ser humano. Aquí como en otros sitios. Pero lo que está claro es que aquí también.

Pero también cabe la posibilidad, apunta Álvaro, de que esta miel fuera especial porque siendo buena, las dificultades que entrañaba su recolección la convirtieran en excepcional. Es decir, que fuera muy valorada por razones subjetivas. Esta opción, sin contradecir su posible condición de miel originaria, aclara Álvaro, podría ayudar a explicar mejor por qué se ha mantenido su recolección hasta prácticamente la actualidad.

Qué sería, miel de brezo, pregunto tras una pausa.

Sí, seguramente, responde Álvaro.

Es como las siemprevivas que llevaban los montañeses prendidas de la solapa, no tanto por bonitas, o no solo, sino sobre todo porque eran difíciles de coger y llevarlas en la chaqueta demostraba valentía. Un caso parecido al de la flor de edelweiss, concluyo.

La miel es una síntesis del entorno. La que más gusta aquí es a la que estamos acostumbrados, aquella que casa con cómo somos: la que raspa, dice Álvaro. Es un gusto cultural. La miel no tiene por qué raspar. De hecho en otras partes no es así. En la misa costa cántabra se quiere más líquida, clara y suave.

Mi pareja es de Madrid y en su casa se consumía miel de La Alcarria, digo. Es más como dices de nuestra costa, más suave. Pero a ella también le gusta que raspe, como a mí. De pequeña veraneaba en casa de su abuela santanderina y el mielero que le vendía miel la vendía fuerte. Resulta que este mielero es el mismo que vendía a mis abuelos maternos en Cabezón de la Sal, desvelo. Era un vendedor trashumante. Mi pareja y yo tenemos el mismo gusto probablemente porque nuestros abuelos compartían mielero.

En este sentido, la miel de calluna es excelente, asegura Álvaro. Es un brezo, aunque en realidad no está del todo claro que lo sea. Los asturianos la llaman septentrina. Florece en otoño. Es de alta montaña. La miel que da es de color chocolate. A los quince días en el bote la tienes que sacar a rascadas.

Me recuerda a mi familia, digo, donde a los mayores les gusta el rasqueru, o lo que un catalán llamaría socarrat, es decir, lo que queda requemado al fondo del puchero y hay que rascar con la cuchara para sacarlo.

En definitiva, concluye Álvaro, somos en lo que nos rodea, y la miel no es una excepción. 

Pero hay gente que vive ajena al territorio, que lo dan por muerto o que lo quieren ver muerto, continúa. A mí esta visión me parece inmovilista. Es gente que se conforma con una foto fija. La contra es evolucionar.

En eso también estamos de acuerdo, Álvaro. En mi opinión, la evolución puede inspirarse en soluciones del pasado. El pasado es un repositorio de soluciones potenciales. Todo lo bueno es moderno, decía Manuel Llano.

Por ejemplo, Mario, fíjate qué bonito sería poner unas colmenas de abeja negra ibérica en el Hospital. Por lo mismo que la miel que costaba tanto coger en Las Aguileras era considerada excepcional, la miel producida en el Hospital también podría serlo. Se me ocurre que incluso a nivel de identidad de marca sería positivo.

Volvemos a estar de acuerdo, digo. Le propongo entonces continuar con nuestra conversación en la Biblioteca. Subimos por la curva que va por Urgencias para que vea el paredón que delimita el Hospital con la C/ Padre Rábago, un emplazamiento a sur fantástico para futuras colmenas de abejas ibéricas negras, si llega a cuajar el proyecto.

Pero antes hacemos parada en la antigua balanza y le hago una foto:

Entramos en la Biblioteca y nos sentamos en la mesa grande del Salón Noble, frente a frente. Fuera está cubierto.

Las abejas tienden a volver, dice Álvaro. Si una colmena colapsa y el meleru queda vacío es muy probable que esa misma cavidad la reutilice otro enjambre a la primavera siguiente. Esto es porque no les resulta fácil empezar de cero.

¿Y tú, Álvaro, has vuelto?, pregunto.

No es que haya vuelto, responde, es que me he reencontrado. Hablo de crecimiento personal. Porque volver, no hay dónde volver. El pueblo ya no existe. Queda un reducto sobre todo de ancianas, que son las que conservan la cultura que hace comunidad, la que a mí me interesa, pero sin futuro, me temo. Prima una masculinidad detentadora de valores residuales. Me resisto a que esa sea mi herencia. No estoy a favor de extinguir al lobo, por ejemplo. Tiene que haber una solución mejor. Para esto como para todo.

Me quedan pocas preguntas que hacer. Antes de terminar le quiero contar una experiencia que mi pareja y yo tuvimos de nuevo en Viaña. Fuimos a buscar pirujos de la miel, fruta que, a diferencia de otros pirujos, no hace falta meter dentro de la peña de hierba o entre manzanas para que madure. Se pueden comer directamente del árbol. Son toda una exquisitez. Subimos y la fruta no porque no era tiempo pero los árboles sí los encontramos. Quedaban dos. El caso es que preguntando a unos y a otros acabamos de tertulia con casi todos los vecinos del pueblo en mitad de la carretera, haciendo círculo. Se nos hizo de noche contando historias. Muchas relacionadas con las abejas. 

Un señor muy mayor nos contó el secreto para localizar un meleru: hay que acechar a una abeja al pie de un charco o de una poza del río y cuando deja de beber, seguirla, pero sin confiarse porque la abeja nada más levantar el vuelo hace un quiebro para despistar a posibles depredadores. También se puede poner un cebu de orín o agua con azúcar. Álvaro sonríe y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Las abejas necesitan minerales, confirma. El río no le da todo lo que necesita. Así que recurren a fuentes alternativas. Por ejemplo, en el sur se las suele ver rondando las piscinas. Nosotros ese problema no lo tenemos porque las piscinas escasean, pero sí lo tenemos con los purines. Es grave porque se está desparasitando al ganado sin medida. No digo que no haya que hacerlo, pero sí que habría que controlar las cantidades porque se está matando todo. La carga de químico que llevan los purines es tal que está acabando con todos los insectos. Si te fijas, antes las boñigas estaban tomadas por moscas, escarabajos, etc., pero ahora no. Este de los químicos en los purines es uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos los apicultores. Duele incluso más que otros porque este, a diferencia de la avispa asiática o el ácaro, tiene fácil solución.

No me parece tan fácil, arguyo.

En comparación, sí, recorta. El ácaro ha acabado con todos los enjambres silvestres. Si ves alguna abeja, da igual dónde, será doméstica o escapada. Nuestra propuesta para solucionar este problema del ácaro se basa en la selección de abejas que no sucumban a la amenaza. Creemos que es la vía. No más químico, sí capacidad de adaptación "asistida" y convivencia interespecies.

Respecto a los purines, conviene remarcar la diferencia entre estos y el cuchu. Las vacas comían heno y sus deposiciones se mezclaban con el helecho que hacía cama en el establo. Que haya tantos helechales en la toponimia (en este caso funciona como un mapa de recursos) refleja la importancia que tenían. El cuchu ni siquiera olía mal. Por eso se consentía que hubiera vacas debajo de casa. El cuchu era el mejor abono y no representaba una amenaza para nadie, tampoco para las abejas. 

No en vano la palabra cuchu hermana con "cultura", digo. 

Volviendo al vecino de Viaña, siguió contando que cuando la abeja llega a la puerta de la colmena, realiza una danza que indica a las demás dónde está la miel. Entonces el vecino la reprodujo: pegó los brazos a los costados, abrió las manos como alas diminutas y dando saltitos estrábicos completó una semicircunferencia. Álvaro vuelve a sonreír. Por lo que indicas, dice, ese vecino transmitió la ubicación de una fuente de alimento que estaba próxima. Enarco las cejas y él se reafirma. Dependiendo de lo que la abeja haga está transmitiendo una información u otra. Hay muchas variables y no todas se han logrado descifrar. Pero si realiza vuelos en semicircunferencia, la fuente está cerca. El baile es una especie de GPS biológico, concluye.

Y tú, le pregunto, ¿te comunicas de alguna manera con ellas?

Sí. Los sonidos graves o de baja frecuencia hacen que salgan. Las aviso y salen. Es mejor esto que asustarlas. También empasto silbido y ruido gutural. Álvaro lo reproduce y compruebo que suena como un canto nepalí. Pruebo y a mí también me sale. Confieso que cuando paso entre vacas por el monte las voy hablando bajo. También trato de tranquilizar así al mastín que cuida de su línea invisible. No es lo mismo, pero los vaqueros cabuérnigos rara vez pegan a sus vacas, suelen ir delante con el palo en alto y las vacas detrás, o si acaso las jablan, que es comunicarse con ellas a través de una especie de código morse compuesto por toques que dan con la ahijá en los cuartos traseros o el morro. La violencia está mal vista. Es un fracaso.

Yo me comunico con las abejas lo mismo que ellas se comunican conmigo, dice Álvaro, es una comunicación bidireccional. Yo para ellas soy el que las asusta con humo y las intenta reproducir. Mi relación con ellas es de tú a tú.

No somos los únicos que tenemos una relación estrecha con las abejas. Por ejemplo, apunto, la orquídea corazón (Serapias cordigera), que ofrece refugio a las abejas. A cambio, la polinizan. Forma amplios corros en los jardines del Hospital Mompía.

Miro y Álvaro se refleja en el cristal reluciente que cubre el tablero de roble de la mesa del Salón Noble donde estamos sentados.

Las colmenas tienen su carácter, explica. Días como hoy, por ejemplo, que hace malo, estarán agitadas y nerviosas dentro del cuadro, comiendo sin parar, a oscuras. Hoy es mejor no molestarlas. Me doy cuenta de que Álvaro se vuelve a referir a ellas en el sentido de comunidad.

Las abejas son las condensadoras del territorio, dice. También son sus centinelas. A nivel personal, te abren las puertas de la botánica, la toponimia... Son majísimas y hacen cosas muy interesantes de las que aprender.

Me viene entonces a la cabeza la palabra mielgu, que se aplica a los mellizos. Le pregunto su opinión sobre tal relación, por qué para mellizo se ha recurrido en cántabro a una palabra que emparenta con miel. Quizá porque, de tan juntos, se les presupone cariño mutuo, aventura. La miel como noción de bondad.

Pero no todos están de acuerdo con su bondad, o mejor, a no todos les interesa, sigue. Por ejemplo a poderosas multinacionales de fitosanitarios, como Bayer y su filial Monsanto, que están promoviendo la idea de que las abejas están desplazando a los polinizadores silvestres. Obviamente, las abejas compiten, pero de forma equilibrada, máxime las negras autóctonas. Sin embargo, por culpa de esta campaña de desprestigio se está expulsando a los apicultores de la Red Natura 2000. En España todavía no, pero llegará. Ni abejas ni insectos vivos, parecen querer.

Efectivamente, las abejas condensan una realidad con muchas aristas.

Álvaro guarda un silencio que vale por unos puntos suspensivos. 

Voy recogiendo los folios que he ido dispersando por la mesa a medida que iba agotando el espacio en blanco. Luego trataré de levantar con ellos un mapa de nuestra conversación

un mapa donde, en primavera

-la estación de las abejas-

todo florezca.

VIRIDITAS 42: Las flores de las camelias

Despunta la primavera. Tiembla el pabellón con las obras de la protonterapia. Caen las flores de las camelias al suelo.

domingo, 1 de febrero de 2026

VIRIDITAS 41: Entrevista a Raquel Serdio, poeta

Llego antes de tiempo y desprevenido, poco abrigado. Hemos quedado fuera y paso frío así que entro al hall del 2 de Noviembre y espero. Son quince minutos. Me fijo en lo que pasa. Un niño posa para una foto en la escultura de madera. Él se quiere subir, pero sus padres no le dejan, quizá porque estoy yo cerca con la identificación a la vista. Se coloca detrás de la escultura y sonríe. Hecha la foto, se abrazan los tres. La puerta es grande. Sale una señora y su hija cargando con bolsas azules y otra llevando un carrito de bebé. Las bolsas trasparentan ropa y diversos enseres. No sé si son de la señora que le han dado el alta o de algún familiar que ha fallecido. Van muy serias las dos, tristes. Supongo que sea esto último. Del carrito sale un gorjear que parece de pájaro.

Raquel Serdio entra con cara de interrogación porque habíamos quedado fuera y no me ha visto. O es que su gesto habitual es de extrañeza. No me extraña. Le explico y hago el gesto de abrazarme. Por el frío. Entonces nos abrazamos.

Raquel Serdio es poeta y profesora de literatura. Nos conocemos desde hace mucho. Curiosamente no del valle, aunque nuestras familias hayan sido vecinas, sino de haberle publicado hace al menos quince años poemas en una antología contra las guerras con el respaldo de la ONU y en otra de haikai relacionados con el medio ambiente. Yo luego la he seguido.

¿Sabías que esta escultura está hecha a partir de un solo tronco?, pregunto. Es de un árbol caído. Lo encontró el autor en Mazcuerras. Es magnífica, responde. Es roble. Yo lo sé porque me lo ha dicho el autor, Raquel porque sabe de madera. Su padre hacía albarcas en Cabuérniga. Ya cuesta encontrar robles de este tamaño en Cantabria. De la manzanilla buena se dice que no tiene que oír campana. Pues robles así, igual.

¿Sabías que ayer mismo estuve buscando tu último libro, que es el único que no tengo, y que en una de las librerías me atendió una antigua alumna tuya? ¡Qué casualidad!, exclama. Me dijo que eras muy buena profesora. Raquel hace el gesto de bien con la cabeza. Está agotado, digo. Te lo he traído, ataja. Lo tengo aquí. Luego te lo doy. Imito su gesto.

Le propongo subir al despacho para coger la chaqueta y bajar luego a los jardines. Vamos por los pasillos. Subimos, ella deja sus cosas, me abrigo y bajamos. No los conocía. Ni tú ni casi nadie, digo, ni siquiera la mayoría de los trabajadores del Hospital. Ese es uno de los objetivos de VIRIDITAS, que se conozcan. Para eso lo mejor es que le pasen cosas, que pasen cosas en ellos. Provocar vivencias en los jardines para multiplicar significados. Este paseo que vamos a dar será un recuerdo de los jardines futuros. Ojalá sirva para que mañana se hagan las cosas mejor.

Vamos caminando desde el Edificio Enlace, el de cristal, hacia el fondo. Las nubes quieren entrar desde el sur, pero se nota el efecto del mar, que las contiene. Es un día en el que predomina el sol, pese al frío. De frente nos queda Peñacastillo. El pico que vemos se llama Miraoriu. Es un nombre antiguo. Su significado es transparente para un montañés: mirador. Presenta el mismo sufijo que, por ejemplo, observatorio o velatorio, en castellano, o posaoriu, descanso en el camino, en montañés.

Los medios publican hoy la muerte por envenenamiento de un quebrantahuesos en los confines de los Picos de Europa. Se llamaba Centenario. Es una ave que se está tratando de reintroducir. Por eso su muerte es especialmente dolorosa. El quebrantahuesos desapareció de nuestras montañas hace setenta años de la misma manera, por envenenamiento. Va camino de volver a hacerlo. Quería empezar la entrevista por aquí.

Escribe Claudio Eliano, autor del siglo primero de nuestra era, que los quebrantahuesos ponen hiedra en el nido para protegerlo y que la paloma torcaz hace lo mismo pero con brotes de laurel. En el pueblo, recuerdo que había siempre laurel detrás de la puerta de casa. Laurel y un espejito. No en vano en las puertas es donde más luz había de la casa. ¿Y en la tuya, Raquel? En mi casa nunca faltaba laurel, contesta. Nunca se compraba. Raquel guarda silencio por un momento. Tengo un recuerdo de mi madre, anuncia. Le gustaba mucho pasear. Cuando se valía por sí misma iba sola hasta Selores y Renedo. Luego, la acompañaba por la mies hasta la parroquia de Terán. Al lado de la cambera había tres laureles en fila de los buenos, de los que huelen. Parábamos ahí y me pedía que cogiera una rama. Siempre teníamos en casa secando. Para cocinar.

En mi casa, retomo, también se tenía para protegernos de las tormentas. Se tenía mucho miedo a los rayos.

No me suena ese uso en la mía, dice Raquel, pero a continuación recita: 

Santa Bárbara bendita
que en el cielo está escrita
con papel y agua bendita.

Es una letanía que le sale sola, como un resorte. 

A las tormentas se las tenía pánico, continúa. Dentro de casa y fuera. Mi padre pasaba tres o cuatro meses al año en el monte. Raquel utiliza la palabra monte con ese sesgo montañés que la convierte en una palabra del mundo vegetal, el monte entendido como bosque. Sacaba la madera y la preparaba en rebollas para luego en casa sacar de ellas las albarcas, aclara.

Contaba mi padre que una noche se refugió de una tormenta debajo de un castru (roca madre) en Los Molinucos del Diablo. Pensaba -nos decía- que los rayos iban a partir la peña y me iba a caer encima, que de allí no salía.

Los Molinucos del Diablo están en el camino de Cureñas. Este es el nombre del río Saja cuando todavía se está haciendo, digo. Su nombre de neonato es por lo encajonado que está. Su lecho parece excavado en mármol rojo. Tengo una piedra que cogí del río que utilizo como sujetapapeles. No pierde el color fuera del agua. El hidrónimo Saja viene del prerromano *SALIA, río.

Por ese camino sube el ganado tudanco a Sejos. Arriba pasa los veranos. La subida la marca el nacimiento de los lirones, los narcisos. La bajada viene anunciada por el nacimiento de las quitameriendas, parecidas a las flores de azafrán.

Hay leyenda que asegura que de Los Molinucos del Diablo sale una mano negra gigante que te coge. Otra parecida en La Serna, en Arenas de Iguña. Hace lo mismo, sale y te coge, y desapareces dentro. Las recogió Jesús García Preciado en alguno de los libros dedicados a la tradición oral cántabra que publicó Tantín.

En mi casa había un solo libro, dice Raquel. Era uno antiguo de geografía regional (y creo saber a cuál se refiere: Reseña geográfica de la Provincia de Santander con destino a las escuelas de niños del Valle de Cabuérniga de Leoncio Fernández de Mesa, año 1887). Eso no quiere decir que no hubiera literatura. La había, y mucha, pero de tradición oral: trovas, cuentos, leyendas, coplas, chascarrillos, etc. Había un solo libro en papel, pero mis padres eran auténticas bibliotecas andantes. 

A Jesús García Preciado le compartí dos historias, con mis padres de informantes, dice. La de mi madre se cuenta el día de Santa Ana, después de Santiago. Mi madre utilizaba siempre el santoral para contar algo:

El día de Santa Ana
el jilu se vuelve lana 
y la lana sotana y a la noche 
hay seis pies en la cama.

Trata de un marido que se va un par de días a las vacas al invernal y entonces el cura aprovecha para acostarse con su mujer. Pero el hombre vuelve a casa antes de tiempo, se mete en la cama y descubre que hay seis pies. Extrañado, al día siguiente, se lo comenta a la madre y ella le calma diciéndole la copla, lo que pasa ese día, haciéndole creer que es por ser el día de Santa Ana que le ha pasado esto.

Me sorprende el papel cómplice de la suegra, digo. Sería porque el cura del cuento les daba comida, replica Raquel. Así creo que se entendía en la época. Se apelaba a la indulgencia. Date cuenta del contexto de miseria en que se vivía.

Conocí hace tiempo a un vecino de Udías, digo, que abriendo una galería se topó con una cueva donde había dos pares de zapatos, de mujer y de hombre. Serían de una pareja de amantes fugados, justificaba él.

En una de esas galerías encontré hace años un palo tallado con una cabeza de pájaro, anuncia Raquel. Lo utilizo en las clases de teatro, cuando explico la figura del chamán. El chamán sabía falsear la voz, entrar en trance, utilizaba máscaras..., se le considera el primer actor.

La historia de mi padre, retoma, se llama El gigante de Potes y trata sobre un marraneru que se enfrenta a un gigante al que vence gracias a su ingenio. El gigante aplasta una piedra, la hace trizas, y el marraneru coge un queso de su zurrón, lo aprieta con las manos y lo hace arena también. Así una y otra vez van compitiendo. Al final el marraneru finge que se abre la tripa y el gigante lo imita, se raja y muere.

Doy un respingo porque esta historia, quizá no con tanto detalle en cuanto al perfil de sus personajes, me la contaba mi madre por las noches. Se lo digo a Raquel. También que antiguamente había mucho tráfico de marranos entre Potes y Cabuérniga y que los marraneros hacían noche en el lugar conocido como La Balsemana, topónimo que parece provenir de la planta balsamina o mil en rama, en el cordal que separa las cuencas del Saja y del Nansa. O mejor, en el pernal o toral que comunica, como una antigua autopista de hierba, ambas cuencas. He estado, pongo foto de la cabaña:


Fue ocupada por un paisano durante lo peor de la pandemia.

En Renedo de Cabuérniga vive Concha, continúo. Es la última vecina nacida en el pueblo de Llendemozó, que es como aparece en los mapas, aunque ella insiste en que su verdadero nombre es Llandemozó, y tiene razón. Esta vecina recuerda cómo se curaban los jamones en casa. Eran jamones muy apreciados. De su bondad ya dio noticia Estrabón hace dos mil años.

Las cocinas eran de suelo, compuestas por tres piedras, dos perpendiculares a la pared y otra puesta encima contra la pared llamada pusiega que servía para posar en ella los enseres de cocina y para controlar las llamas. El humo salía libre por el tejado, no sin antes ahumar los alimentos que reposaban en un zarzu o entramado de varas de avellano situado encima. Cuando estas cucinas fueron sustituidas por las de campana las pusiegas generalmente fueron reutilizadas como poyu para sentarse fuera. La repisa que bordea las chimeneas actuales se conoce como pusiega. Es una palabra que, porque se adaptó, sobrevivió.

Estando en la universidad, todavía se mató algún cerdo en casa, afirma Raquel. La mondonguera del pueblo era Sario. Su hija Encarnita tiene el restaurante La Central de Barcenillas. Cocina a la manera de su madre. Cuando se mataba el cerdo, la que venía a echar las especias y preparar el compangu era Sario. Raquel recuerda que cerca de la casa familiar había un ahumadero que la dueña compartía con los vecinos. Había una hoguera y pértigas donde se colgaban los productos de la matanza de dos o tres casas.

Le pregunto por el boronu (una especie de morcilla con alma de grasa), que si era para agasajar, y sí, responde, lo era. Lo mejor es para compartir. Ideas que porque son buenas son siempre modernas. Le gusta que haya recetas para honrar. Para recordar, también: a su padre le encantaban los coscorones, una especie de cortezas naturales. No le gustaban a todo el mundo. Hoy ni siquiera hay oportunidad de probarlos.

Pero, en todo caso, era un trabajo ingrato. A última hora, en su casa se compraban tripas sobadas, pero se acuerda de ir con su madre a lavar las tripas del cerdo al río. Las manos se quedaban frías y le salían sabañones.

Raquel cuidaba de los cerdos de casa. Los paseaba, cogía caracoles y bellotas para ellos. Era inevitable establecer un vínculo personal. Más siendo una niña. Pero llegó una edad en que le tocó participar en la matanza. Su padre le pidió que diera vueltas a la sangre en un barreño para que no se cuajara. Era dar vueltas con el cucharón y caérsele las lágrimas. Fue un shock, dice.

Mi vecina, la difunta Milia, sabía de remedios naturales. Me enseñó uno para los sabañones que consistía en infusionar apio y sumergir las manos una o dos veces al día. Funcionó. Yo hasta entonces no sabía lo que era el apio, solo lo había visto en su huerta, dice.

Su planta de cabecera es la genciana o junciana. Es como la mercromina, me explica. Casi fue descastada en la posguerra por las farmacéuticas. Todavía queda en Sejos, descubre. Yo a la junciana solo la conozco de la cocina de Fidel, tercio. Tiene un montón de frascos con junciana, flor de saúgu, el raro cardu d´arzolla, etc. Fidel es como se le puso al nacer y es así como se le conoce en mi casa, digo. Pero tras la guerra se le bautizó como Jesús. No es el único caso. En mi familia, continúo, a Zoa el obispo le cambió el nombre y le puso Concepción. Entonces pasó a ser Ción la Zoa. No le salió bien, al obispo.

Hemos llegado sin darnos cuenta al fondo de los jardines. Nos hemos quedado hablando allí, parados. Sopla un viento fuerte y es a lo mejor por eso que las grúas de alrededor están quietas.

Un día coincidí con una señora de Barcenillas que me dijo que ella era la encargada de hacer la borona (pan de maíz) en casa porque tenía siempre las manos frías. Se tenía por una virtud. Le quedaban muy ricas por este motivo, defendía, digo. Su marido falleció hace poco de una larga enfermedad. Le estuvo cuidando. Cuando enviudó tuvo más tiempo para ella. Fue entonces cuando se dio cuenta de que de pequeña había sido tratada como una esclava. Esta palabra es suya, es la que ella empleó.

Cuántas mujeres así, dice.

Hace no mucho intenté subir a La Pica´l Cuetu y no pude, me di la vuelta a mitad de camino, confieso. Por la niebla y porque no podía más. En la bajada un tanto errática encontré un parapeto de piedra construido contra una peña. Cuando tuve oportunidad pregunté a una anciana del valle por aquel lugar, si lo conocía, y me dijo que sí, que se llamaba El Cantu la Mesa y que es donde ella se refugiaba de niña cuando salía con la ricilla (ganado menor). He encontrado parapetos parecidos en otras alturas significativas del valle como por ejemplo en Cuetu l´Asprilla, cuyo topónimo revela lo áspero, lo abrupto del lugar. Me imagino a menores subiendo y pasando allí los días, no sé si también las noches, y no puedo menos que lamentarme.

Mi abuelo tenía ganado, incluidas ovejas, dice. De las ovejas se ocupaba mi padre. Estaba con ellas en Monte Aa. Con siete años, treinta o cuarenta ovejas. En Monte Aa, remarca. Es un monte fragoso y oscuro, confirmo. Mi padre no tuvo infancia, sigue. El cura cogía a los sarrujanes los sábados por la tarde o domingos y les enseñaba a leer y escribir.

Un día le pedí un abrazo a mi padre. Ya era bien mayor. Pero nena, si es que no sé dar abrazos, me contestó. No te preocupes, papa, que ya te los doy yo, le dije. Mi padre murió aprendiendo. El aprendizaje duró toda su vida, desde aquellas primeras letras.

Volvemos sobre nuestros pasos. De camino le enseño un seto de acebo. Es una parada que suelo hacer. Hay quien piensa, digo, que este árbol podado como un seto está sometido y que es el epítome de un jardín, la naturaleza sojuzgada, y quien piensa, por el contrario, que porque está podado como un seto está, porque en caso contrario no estaría aquí. ¿A ti que te parece?, pregunto.

Por lo que veo, este árbol por sí mismo no sobreviviría, responde. Ni siquiera tiene posibilidades de extender sus raíces. Estamos en una terraza, no hay suelo debajo. Este árbol no sé si estará sometido pero sí domesticado, concluye.

La palabra duendu significa domesticado. Se aplica al buey, por ejemplo. Viene del latín DOMUS, casa. También significa agotado de trabajar.

Le cuento que cuando se terminó el armazón de las tres torres se puso, siguiendo la tradición, una rama de tejo -también puede ser laurel- rematando la obra pero que al día siguiente la rama fue sustituida por una bandera española. Ella lo interpreta como una metáfora de la política. La bandera es a lo privado lo que la rama a lo público. Qué contradicción, se lamenta. Tener que recurrir a lo privado para mantener lo público. Se ha perdido la autogestión.


Nos acercamos a una jardinera próxima. Le quiero enseñar un brote de palmera que ha nacido seguramente a partir de una semilla depositada por un pájaro. Las palmeras del Hospital son indianas. Están en peligro por el picudo rojo. Este brote tiene las puntas rotas. Probablemente los jardineros hayan tirado de él, infructuosamente. No vendría mal ir cogiendo brotes para asegurar la continuidad de las palmeras en nuestros jardines, por si acaso. El centenario de la institución está próximo. La última que se murió fue hace diez años. Estaba al lado de la secuoya que se ve desde la cuesta de los toros. Ahora hay un pequeño montículo donde estaban las raíces.

Raquel entrevistó para el libro Damas ilustres y mujeres dignas. Algunas historias extraordinarias del siglo XX en Cantabria, del que es coautora, a la poeta popular lebaniega Covadonga Vejo de Lebeña, que cuidó y enseñó como guía durante años la iglesia del pueblo. Cuando un rayo tiró el tejo que había a la puerta, ella se quedó con una semilla que cuidó hasta que brotó, algo muy difícil de conseguir, más tratándose de un tejo. Si el árbol fuera el padre, yo sería la madre, decía.

Hay un sentimiento de apego muy fuerte con los árboles en Cantabria. Incluso en el plano personal. En mi familia mi abuela tenía un manzano que se secó antes de ella morir pero que mi madre no taló hasta entonces. Conservo yo el tocón, digo.

Raquel tiene un poema en Cuaderno de Rozalén que dice:

"Vivir creciendo como el árbol, hasta
la muerte. Y más allá de ella ser
barro o ceniza que albergue mi
simiente.

Cuando ya no me sea, tierra, sino
tuya."

Llegamos a la Biblioteca y continuamos nuestra conversación en el Salón Noble. Tenemos en lugar destacado una foto del Marqués de Valdecilla y otra de su sobrina, la Marquesa de Pelayo. En la primera, el marqués posa sentado y hay un texto que explica quién es. La de la marquesa es un primer plano y no hay texto. Raquel me lo recrimina. Da igual cuál sea tu opinión sobre ella, dice, tienes que informar sobre quién es, cuando menos al mismo nivel de profundidad que en el caso del marqués. Sinceramente, no me había dado cuenta, me excuso. Acepto la crítica. Lo corregiremos.

Propongo hacerle una foto y ella toma la iniciativa, coge una de las butacas y la pone debajo de los retratos de los Directores Gerentes del Hospital, enfrente de la antigua librería donde conservamos las primeras tesis doctorales de la Casa de Salud Valdecilla. Sácame que se vean los libros, no a esta ristra de señores de aquí arriba, dice sonriendo, cómplice, y se la hago:


Cuaderno de Rozalén fue su primer poemario. Está impreso en Ruente el año 2000. Es un libro situado. En él Raquel se declara de un lugar cuyas amplias coordenadas se prolongan en ella: los montes, los ríos, el viento, las estrellas...

"Si has de poner cotos al tiempo
que no sea en el sueño de los
chopos. Si has de ser fiel a algo
que sea a este cielo gris, azul y
blanco, a este monte magnético
del que nunca puedes apartar la
mirada.

Si has de creer en algo que sea en
este norte que cubre tu cabeza.
Orión. Perseo. Zaaas. La Vía
Láctea. Lo justo para que el
mundo te coloque en su sitio. Y
no sentirse más que un vulnerable
ser. Caballo. Perro. Helecho. Qué
más da."

Rozalén es el monte que preside su pueblo. En mi opinión es un topónimo que viene de roza, es decir, de un terreno obtenido por desbroce, y len, del latín LENIS, suave. Es una palabra que en montañés no pero que sí se conserva en pasiego: len, pendiente. El Picu Llen, que remata Peña Cabarga, significa lo mismo.

Basnia o baznia es una palabra heredada. Es un soporte hecho con ramas entrelazadas que sirve para bajar la hierba por terrenos con mucha pendiente, explica. En La Praería de Valle hay un lugar que se llama El Bazniáu.

Le cuento a Raquel que una tía mía jugaba de pequeña a lo que ella llamaba abasniar, que era resbalar por la ladera de Las Basniás de San Sebastián de Garabandal subida a un tronco, pero que lo hacía en domingo para que no la vieran los hombres.

Aprovecho para preguntarle por varias palabras montañesas que traigo apuntadas:

- Atotogar o atotegar. En mi casa significa arrebujar y en la de Raquel ir bien compuesto, con la ropa en su sitio, a veces acaldar.
- Acurriar. Volver a casa. Vale tanto para personas como para animales.
- Apicapuntu. En el momento oportuno. Raquel no la conocía. En mi casa va de la mano de luga, rayo de sol que entra por entre las nubes y momento oportuno para hacer algo.
- Nial. Nido.

Esta última me encanta, dice. Siguiendo el juego, propone: 

- Jatera. Para mí, me adelanto, es un lugar revuelto pero ella aclara que en su casa son las cosas y su valor.
- Acaldar. Colocar.
- Zuna. Manía. Esta palabra, digo, creo que viene del árabe clásico sunnah, "tradición, ley o costumbre". Hay otros arabismos llamativos, como alifaz (pequeña herida), ateclar (mimar) o guajona (una especie de vampiresa de un solo diente que vive bajo tierra).

Hay una palabra que adoro, revela, y es quima. Todo esto, dice señalando las publicaciones suyas que ha traído ella, las que he traído yo, es poética de las quimas. Los árboles me inspiran en toda su dimensión.

Mi padre, que era carmuniegu, tenía que estar constantemente explicando a la gente lo que decía. Cuando fui a estudiar Filología Hispánica a Oviedo me di cuenta de que tenía mi propio ideolecto. Cuando regresaba al valle llegaba a casa, cruzaba la puerta y el cerebro me hacía click, como si fuese bilingüe. Mi lengua materna es un habla cantábrica montañesa, dice.

Cambiamos de sitio para estar más cómodos. Nos sentamos en un antiguo banco de madera con el respaldo listado. La luz entra a borbotones.


Su segundo libro se titula En un lugar que yo veo. Es de 2003 y lo publicó Devenir. Es un libro de amor, pérdida y duelo, escrito tras el fallecimiento de su pareja en un accidente laboral, haciendo a contrarreloj el Parque del Agua en Santander.

"Duelo" es una palabra muy amplia, asegura. No se produce solo cuando una persona muere. Es también darte cuenta de que todo cambia, de que has cambiado. La vida está hecha de pequeños y de grandes duelos, concluye.

Propone leer un poema, al hilo de la noción de duelo, que escribió en la edición del año pasado del festival El Temporal. Casualmente yo también participé en él e impartí una conferencia en este mismo lugar, en el Salón Noble. Su poema inédito se titula "En la montaña vacía". Recoge un sueño recurrente. Está en una colina con su padre y en otra está su madre, que ha fallecido. ¿Ves?, ahí está mama, le dice su padre. Está bien. La observan en silencio. Entonces, papa, le dice, morir es como estar en esa colina. Así es, le contesta. Podemos subir a verla cuando queramos. Qué idea más bonita, ¿verdad? Subir a una montaña para conectarte con la madre. Perdí a mis padres durante la pandemia, en seis meses. Con mi madre también conecto mucho cuando llega la primavera y los manzanos se ponen en flor.

Cuando íbamos de paseo juntas parábamos siempre en alguna pared. Es lo que más le gustaba. Mirar adentro. Los árboles, las plantas crecidas. Nena, coge un esqueje de esto o de aquello, unos cardos para las gallinas, me solía pedir.

Me acuerdo de una vez que paramos en un huerto y había manzanos viejos, pero en flor. Los contemplamos juntas. Tras un largo silencio, mi madre me pregunta qué veo. Lo que yo veo, mama, es divinidad, algo sagrado. Otro silencio. Pues sabes lo que te digo, nena, que por mucho que digas, tú crees en Dios.

Los manzanos están muy vinculados a la historia de mi familia materna, continúa. "El práu de casa" era el epicentro. Estaba lleno de manzanos -y de perales de invierno, de esos que maduran las peras entre la hierba seca- que había plantado el abuelo Manuel. Tenía un perro para guardarlos. Una noche entraron al práu y le sacaron los ojos. Ladrones de fruta. Escribí un relato ("La ira de Sofía") para vengar la muerte de ese perro. Los frutales se han ido muriendo.

Su tercer poemario es Mujeres de mimbre y lo publicó Creática dentro de su colección "La grúa de piedra" el año 2013. Es un libro que discurre parejo a Damas ilustres y mujeres dignas. Si en este las mujeres son las cuentas, en el poemario se extiende el hilo que las enhebra.

"En mi cuerpo
adentro
en mi árbol sagrado
florecen las semillas 
de mis antepasados.

En mi cuerpo
adentro
en mi árbol sagrado
crecen todos los bosques
y sus claros."

En el poemario, Raquel es la guía que ofrece sus huellas, la columna de humo que delata la hoguera, la chamana. Ella es el núcleo que, en su relación con lo que la rodea, dibuja una espiral que es movimiento que es suma de acontecimientos que es realidad que es interpretación.

Recita Gestación, poema en cuatro movimientos. Lo incluyó en la lectura que hizo dentro del ciclo Patio de Poesía organizado por la Biblioteca Central de Cantabria en su edición de 2023. En esta ocasión estuvo acompañada por una exalumna, María Villagrá, poeta valerosa de mucha valía.


Tengo tu libro, recuerda Raquel: Aire que trae la voz, y me lo da. Lo publicaron Alba Pascual y Noé Ortega en 2017. El primer poema me parece revelador. Se titula "Mecánica del verbo en la reja" y dice así:

"La palabra engranaje    la que ocupa el espacio sin
miedo al titubeo    la que se clava en la piel como una
astilla y escarba y duele. La palabra heredada    la que
esquiva el vértigo del silencio y se deleita en la pared
de las grutas. La palabra autómata    inercia de una
estirpe de charlatanes.

Un alfabeto metálico en la boca    frío    como un
tornillo. Inservible para el éxtasis."

Las palabras son huellas de ideas. Güelga es el paso abierto por dentro de la nieve. Son túneles luminosos. No desapareces, solo sales por otro sitio.

Frente a la casa familiar hay una cambera plantada de nogales que sube a La Praería. Me encantaba sentarme en las escaleras de casa y en otoño sentir el viento mover los árboles y el sonido de las nueces al caer. Un día mi padre, que era parco en palabras, se sentó allí conmigo y después de un buen rato en silencio me dice "está la tarde escuchona". Qué descripción tan certera. Lo clavó. Eso sí que es poesía. 

He pasado muchas horas hablando con mis padres, también como informantes, de un modo de vivir de otro tiempo. Escuchando, sobre todo. Sé muchas cosas de mis abuelos, aún sin haberlos conocido, de mis bisabuelos, de mis tatarabuelos. Su legado y su linaje se funden en mí.

Yo últimamente estoy preguntando a la gente mayor de mi familia por sus primeros recuerdos, digo. Mi madre recuerda estar donde los nogales que había al lado de casa con las manos manchadas de marcia y estar asustada.

Es que la marcia de la cáscara de las nueces mancha mucho y además es muy difícil de quitar, dice. Como el miedo.

Me apurre (el verbo apurrir significa alcanzar a la mano) lo último que ha escrito, un texto titulado El legado de las piedras, organizado en tres movimientos. Está incluido en una publicación dada a luz en septiembre de 2025 por el Museo de la Neocueva de Altamira con motivo de un recital colectivo titulado Manos. Diálogos con Altamira realizado por ocho poetas cántabras de la asociación Genialogías en colaboración con el Museo. Transcribo el último movimiento:

"Dentro del ojo un rastro se desdibuja en la nevada

Cuando lleguen traerán el cuerpo silencioso del bisonte como una ofrenda Las astas de los ciervos abatidos Nada de lo que ofrezcan tendrá el valor del hueso la disposición ritual del animal Ningún sonido ninguna hierba amarga ningún metal solo nubes de puntos sobre las cavidades puntos que son itinerarios de nombres olvidados Sextantes de otra era que señalan las Hespérides en el cielo fechas de siembra rutas de cacería o el recuerdo de un gélido camino de ausencias

Hay una geometría de polvo ocre dibujada en la roca yemas imperceptibles de migraciones

Corren las ciervas por el friso esbeltas    en hilera    como una escena leve de la unidad".

Estoy transcribiendo la entrevista. Desde mis despacho veo reverberar las últimas luces del día en los montes nevados del fondo. Parpadea la luz roja que remata la cima de Peñacastillo.

VIRIDITAS 40: "Chatuca"

Fui demasiado pronto al salón de actos donde el Director Gerente nos había convocado para hacer balance del año 2025. Aproveché esos minutos de más para acercarme a la maqueta de la antigua Residencia Cantabria que hay en el pasillo de las tres torres. De camino me encontré con Ana Rosa, compañera de hace años, que iba a por un café de máquina. Se lo tomó conmigo.

Ana Rosa nació en el pabellón 13 del Hospital. Fue el suyo un parto de riesgo. Su madre tenía Rh- y ella no. En casos así te bautizaban de inmediato. Tuve de padrino al jardinero, que estaba por allí cuidando de las rosas, dice. Por eso me llamo así. 

Consulté hace no mucho mi fe de bautismo que se conserva en la capilla del Hospital. Al lado de mi nombre el cura había escrito a lápiz "chatuca". Es como me había puesto el cura. Todos los recién nacidos tenían una palabra cariñosa que los distinguía.

jueves, 1 de enero de 2026

VIRIDITAS 39: Entrevista a Felipe González, ornitólogo

Llego al recibidor del Hospital y Felipe González, Delegado de SEO/BirdLife en Cantabria, que esperaba al pie de La doncella de Mazcuerras, reacciona nada más verme. Viene a mi encuentro y me saluda afable. Es rápido también hablando. Tras una breve conversación, decidimos ir a los jardines por dentro. Aprovecho para recordarle las normas de este encuentro: no grabo, apenas tomo notas, luego escribo de memoria y no subo el texto a internet sin su consentimiento. Acepta. No utilizamos el ascensor, bajamos por las escaleras. Le voy indicando las esquinas que hay que doblar con la mínima antelación pero no hay atisbo de duda, vamos surcando los pasillos. Llegamos al pasillo largo que conecta todos los pabellones, la columna vertebral del Hospital, miramos a un lado y a otro, apenas hay gente que se interponga, alcanza la vista hasta el final, a quien le llegue, no a mí, abrimos la puerta de cristal lateral y nada más acceder al jardín me dice que hace tiempo recibió una consulta del Hospital relacionada con las muertes de aves que chocan contra los cristales del Edificio Enlace, al que nos encaminamos.

Sí, era aquí, confirma. Ciertamente recuerdo ver regueros de pájaros caídos a los pies de los cristales, muertos unos, otros todavía latiendo, llamitas rojas, amarillas apagándose, muchos con sangre en el pico, rememoro. El Hospital ha puesto unas bandas opacas con el anagrama CSV para alertar a los pájaros de que por ahí no hay paso. Lo ha hecho por recomendación de SEO/BirdLife en Cantabria, indica Felipe.

Hay dentro un raro ejemplar de la planta conocida como hoya carnosa. Está en una de las pasarelas de hormigón que articula el edificio, cuya finalidad es precisamente conectar distintos espacios del complejo hospitalario. Cuelgan por entre los barrotes racimos de flores que parecen de cera con su punto de néctar, en este tiempo. Es sorprendente porque florece en verano. El cambio climático.

Le pregunto por la palabra cántabra cantarazaña. Se trata de una pregunta retórica porque es una palabra al borde de la extinción. Apenas la conoce nadie. Él tampoco. Le quiero explicar su significado. Es también uno de los objetivos de estas entrevistas. Cargar en la cabeza de gente interesante información que también lo sea pero que, quizá por su carácter local, no tiene la difusión que merece. Proyectar esta información en gente que por su perfil la haga resonar. Pero antes le cuento una anécdota del Hospital relacionada con estos cristales, los pájaros muertos y los políticos:

El día antes de la inauguración de las Tres Torres el Director Médico del HUMV y yo pegamos en los cristales del Edificio Enlace vinilos con siluetas de rapaces que habíamos encargado a Imprenta Regional. Había coincidido así. Resulta que al día siguiente llegaba el Presidente del Gobierno. Pues para ese día los vinilos ya no estaban. Los habían quitado esa misma noche. Creyeron, para nuestra sorpresa, que los vinilos eran un ataque al logo del partido en el Gobierno. No volvimos a ponerlos.

Felipe y yo tomamos el camino que discurre en paralelo a Valdecilla Sur en dirección a la última de las campas, la que está a la altura de las obras de los protones. Cantarazaña, retomo, es la palabra cántabra que se emplea para lo que en castellano se llama coro del alba, dawn chorus en inglés. Felipe sabe perfectamente a lo que me refiero. Es el jolgorio de cantos que se oye al amanecer, con su apogeo entre abril y mayo. No está claro por qué se produce. Seguramente por razones relacionadas con la defensa del territorio y con el emparejamiento, que son los ejes de abscisas y de ordenadas de las aves, más razones concomitantes, por ejemplo porque al alba se oye mejor su canto, porque todavía no hay alimento, porque cantando después de tantas horas sin comer se demuestra fortaleza, porque el canto es en sí una demostración de capacidad cognitiva, etc. Pero la cantarazaña se produce cada vez más temprano. En este caso las razones están más claras: por el aumento del ruido ambiente y por la contaminación lumínica. Incluso hay pájaros diurnos que están empezando a cantar de noche, como el miruellu o mirlo.

Alcanzamos mi pabellón, el 16. Está a mitad de camino. A la vista de los aleros Felipe dice que se podrían aprovechar para poner cajas nido para vencejos. Es un ave bonita e inocua. No hace falta que me convenza. Han puesto nidos en un edificio parecido, el CEIP Ramón Pelayo, informa. Le digo que el arquitecto del Hospital y de ese colegio es el mismo, Gonzalo Bringas. No en vano el colegio lleva el nombre de pila del marqués. Las construcciones modernas carecen de aleros y los pájaros se están encontrando con problemas para anidar, dice.

Esos aleros propicios para las aves hacen que quiera encuadrar la arquitectura fundacional del Hospital dentro del estilo neomontañés. No obstante, he de reconocer que esta adscripción responde más a un deseo mío que a la realidad. Es probable que el Hospital original, del que apenas se conserva esta hilera de pabellones, la capilla y el fragmento de reja oculto por el fallido intercambiador de autobús, responda a un estilo ecléctico, no a ninguno en particular, tampoco neomontañés. El propio arquitecto era ecléctico, lo cual no significa que careciera de estilo, sino que lo hacía todo y todo bien, desde el Palacio de La Magdalena al Club Náutico de Puertochico, nada que ver el uno con el otro, el primero parecido a un merengue de inspiración inglesa y el segundo un fantástico edificio racionalista. Si muchas veces los deseos son difíciles de cumplir es porque aún lo son más de justificar.

Pero, me planteo, si este diálogo fluido con el entorno que caracteriza al Hospital primero, presente tanto en los aleros como por ejemplo en la orientación de las terrazas, es precisamente piedra de toque de la arquitectura tradicional, ¿no cabría decir que el Hospital se alinea precisamente con el estilo arquitectónico que actualizaba, reinterpretaba la tradición, la arquitectura neomontañesa? Tan importantes como las cosas son las ideas que explican las cosas.

Haciendo repaso, el alma de la casa tradicional cántabra es el cuadru, que se compone de cuatro postes que sostienen el tejado a dos aguas. Es una estructura autoportante. Su lógica es parecida a la de una pérgola. Este conjunto se levanta en verano. Cuando se termina se celebra una fiesta (en Guriezo por ejemplo se llama la jera) y se pone el ramu, tradicionalmente de laurel o tejo. Cuando llegan las lluvias se arman las paredes de piedra. Hay que advertir que no son de carga. Su función es proteger el alma de madera. De hecho, si las paredes caen la casa no cae con ellas, esta sigue pudiendo ser habitada, sigue funcionando. 

Todavía recuerdo que cuando se terminó el esqueleto de hormigón de las Tres Torres se puso un ramo de tejo, en realidad un tejo pequeño entero, en lo alto de una de ellas. Pero a los pocos días se sustituyó por una bandera española.

Además de en patios de colegios, SEO/BirdLife ha intervenido en 120 parques y zonas verdes de Cantabria, incluyendo la reducción de la frecuencia de siegas para favorecer la floración de las especies silvestres, la instalación de más de 500 refugios para aves, murciélagos e insectos, la creación de charcas para anfibios, la plantación de setos y rodales arbustivos, la creación de jardines para polinizadores, etc.

Tenemos una campaña especial centrada en el autillo, informa Felipe. Yo oigo uno desde mi casa e impresiona, digo. Cierto, concede, escucharlo en la ciudad es un lujo. Es una especie ilustrativa, continúa. Ahora hay más que antes. Eso también significa que las razones de la extinción de las aves están en nosotros, pienso.

Llegamos a la última de las campas. Felipe señala varios pájaros posados en el terreno o dando cortos paseos. Nos adentramos en la campa porque yo no veo bien. Sigo sin ver, solo cuando levantan el vuelo y ya es tarde. Ese es un colirrojo tizón, indica. Instantes después levanta el vuelo otro y Felipe añade: y esa es la hembra. Ante tal riqueza, Felipe desgrana la inmensidad de proyectos que tienen en marcha en Santander. De esta entrevista pueden salir proyectos bonitos. Me señala entonces el bosquete que está al pie de la antigua Residencia Cantabria, ahora vacía. Ese bosquete es fundamental, dice. Habrá autillos, seguro, y también petirrojos, currucas y algún zorzal metido, desgrana. Me había fijado en esa mancha de árboles pero no le había dado tanta importancia, digo. Busco una palabra acorde. Me sale jiebi, literalmente bosquete. Una palabra al borde de la extinción para un bosquete que también lo está.



Las fotos están hechas más tarde. Se distinguen plátanos, laureles crecidos, un olmo, cedros y sobre todo chopos.

Una pareja de rapaces anida en la antigua Residencia, anuncia Felipe. Ayudan a mantener a raya la población de palomas. Hay quien asegura que se trajeron varios halcones del aeropuerto para lo mismo pero que los quitaron porque se enamoraron de las palomas. Esta historia tiene los mismos visos de realidad que esa otra que asegura que hay un túnel que comunica los pabellones con la Residencia, es decir, ninguno. Se la ahorro a Felipe. Pero hace poco estuve viendo una colección de pequeños corazones fallidos metidos en formol que se conserva en un almacén del antiguo crematorio y la patóloga que me acompañaba me señaló una puerta tapiada que comunicaba con el antiguo edificio de Traumatología. Por ahí ni siquiera se atrevían a ir solos los miembros de seguridad del Hospital, aseguró. Así que a lo mejor lo de los halcones también es cierto.

Atiendo a Felipe que me dice que los vecinos de esas casas del borde de Ciudad Jardín también le han pedido asesoramiento para las pantallas que acompañan a las nuevas escaleras mecánicas, las que comunican el Hospital con la Facultad de Medicina. Lo cual nos hace volver la vista al Edificio Enlace, donde este problema está, dentro de lo que cabe, resuelto, y a donde nos dirigimos de nuevo.


La foto está hecha después de la entrevista desde "el cole" del Hospital, en la planta 10 del Edificio 2 de Noviembre.

Rompe a llover y apretamos el paso. Nos cobijamos en el Edificio Enlace. Le hago reparar en las macetas. La mayoría de las plantas están traídas de la Residencia Cantabria. Apenas se salvó nada, la placa de metal con una representación de las Cariátides que hemos puesto en el hall del Edificio 2 de Noviembre y poco más, pero las plantas los propios trabajadores se preocuparon de bajarlas. Aquellas para las que no se encontró sitio en alguno de los Servicios del Hospital se pusieron aquí. Son cintas y otras plantas sencillas que hablan de nosotros. Gente sencilla de un pueblo que también lo es. Yo conservo en casa una cinta que fue de mi abuelo.

Propongo ir a tomar un café al bar que hay en el barrio del otro lado de la carretera pero antes quisiera enseñarle el solar donde estaba proyectado construir primero la sede del Hospital Virtual y luego el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Cantabria pero que terminó sirviendo para almacenar material pesado, sobre todo de obra. Hubo que retirarlo porque no sabemos si debajo del solar hay un refugio antiaéreo de cuando la guerra o solo un almacén de carbón, pero en todo caso una oquedad que con tanto peso encima corría el riesgo de colapsar. En el solar hay un níspero centenario y varios laureles de gran porte. Al níspero en Cantabria se le llama abadejal. Su fruto, el abadeju, se comía, pero bajo unas condiciones especiales. Se cogía a finales de año todavía verde, no llegaba a madurar en el árbol, y se metía entre la hierba del pajar. También entre manzanas o envueltos en papel de periódico. Se esperaba a que fermentara, a que se pusiera joyecu, que se decía, a punto de pudrirse, comiéndose entonces. Empleo el tiempo pasado porque no es solo que ya no se coma, es que apenas quedan abadejales. En Cabuérniga dos, en Carmona y en el pueblo de Valle. Pese a todo, yo los he podido probar. Es un sabor propio de paladares antiguos. No puedo decir que me gustara. Pero este níspero del Hospital está domesticado, es ornamental, de jardín. 

La gestión actual del solar se reduce a echar guijo y químico. Aun así reverdece cada año. Por suerte no hay (todavía) plumeros. Mi idea es crear un jardín de flores silvestres y darle el nombre de los dos médicos (uno Jefe de Servicio, el otro Residente) de la Casa de Salud Valdecilla asesinados en el asalto al barco prisión Alfonso Pérez las Navidades de 1936. Se lo comento a Felipe y le parecen ideas acertadas, sobre todo la del jardín de flores silvestres. SEO/BirdLife tiene proyectos que podrían encajar bien aquí, dice, y me lo tomo como una promesa.

En uno de los árboles próximos hay posado un mosquitero común, señala Felipe. Detrás una urraca. Las urracas se dice en los pueblos que llegaron con la guerra. Yo mismo, digo, recuerdo hacer de niño el gesto de apuntarlas con un escopeta y que escaparan volando. Manuel Llano en Dolor de tierra Verde, obra póstuma, relata que la primera señal de la Guerra Civil en Cantabria fueron las cigüeñas llegando a valles desacostumbrados, como Cabuérniga. Huían de las bombas.

De Manuel Llano le cuento otra historia. Resulta que los cuervos suelen asomarse a las chimeneas en invierno. Se dice que ahí apostados escuchan para luego contarle al Ojáncano los cotilleos de los vecinos, por eso que a este cíclope de la mitología cántabra, fiero señor de los bosques, se le represente con un cuervo al hombro. Reímos y él dice que el cuervo es un animal muy inteligente y longevo y que probablemente se acerque a las chimeneas buscando el calor o por el humo, para desparasitarse. Mi familia tiene casa en Cabuérniga, digo, y siempre que llegamos la familia de cuervos que anida cerca, en las peñas, viene a ver. Les tengo cariño. Hoy mismo me ha parecido escuchar a uno de camino al trabajo en los árboles de la alameda. Sería una corneja, se figura Felipe. El cuervo hace "cro-cro" y la corneja "crue-crue", reproduce. Fíjate en el ruido que hace. 

Pero se lo piensa mejor y añade que hay dormideros de cuervo en la costa, por donde el Puente del Diablo, así que no sería raro que se desplazaran hasta la alameda o hasta aquí mismo. Efectivamente, hay muchas mañanas que me parece sentirlos desde mi despacho, digo. Pasan ágiles entre los pabellones camuflados en la noche.

Es entonces cuando le digo las palabras que se cree (nos) dicen los pájaros y que traigo apuntadas: "Torta-brá, torta-brá", la codorniz, canto que se toma como presagio de un buen año de maíz. "No vaigáis, no vaigáis", el cárabo. Es claramente preventivo. "Pe-cu, pe-cu", el cuco, la voz de un niño que se convirtió en pájaro por mal estudiante, tanto que en la escuela solo aprendió a decir la p y la q. Son recursos mnemotécnicos empleados, en mi opinión, para facilitar la identificación del ave por el canto. Efectivamente, concede Felipe. El reclamo del tocineru es "chichipán-chichipán", revela.

Quiero contarle algo relacionado con este pájaro. Mi abuela murió en casa. Murió de Alzheimer. Una vecina de su tiempo le llevaba cada día un queso fresco casero. Lo dejaba por la noche en la socarrena posado en un delicado zarzu o pequeña bandeja de palitos de avellano trenzados y a la mañana se lo llevaba. Cuando no lo tapaba, lo picoteaban los pájaros. Los pájaros más lambiones o golosos eran el tocineru o carbonero común y el veranín o herrerillo común. Los quesos traían marcas de los palitos de avellano trenzados y de los picos y patas de los pájaros.

A Felipe le encanta la anécdota. Dice que su organización tiene varios comederos instalados en la ciudad, por ejemplo uno en los Jardines de Pereda. En casa solemos poner un buen puñado de arroz y algo de pan en la repisa de la ventana de la cocina. Pido su consentimiento. No quisiera yo interferir en ningún proceso natural. Me lo da y continúo: al principio venía una pareja de gorriones. Ahora tenemos a toda una bandada alrededor, también mirlos y estorninos.

Retomando el tema de las voces que pretendemos identificar en el canto de los pájaros, le pregunto por el riesgo de antropomorfismo, es decir, la tendencia, no sé si riesgo, de atribuir sentimientos humanos a otros animales, por ejemplo, que el miruellu sea melancólico o el ruiseñor enamoradizo. Lo discutimos. Finalmente convenimos que en los pájaros el canto es útil y que en nosotros la utilidad es factor determinante de la belleza, o al menos lo ha sido en su configuración primera, por lo que el antropomorfismo no conlleva proyectar algo nuestro en los animales ajeno a ellos, sino que, de acuerdo con nuestra propia naturaleza, consiste en reconocer en ellos algo que también es nuestro, de hecho algo tan nuestro como la belleza que subyace en el canto de las aves en su formulación primigenia.

La BBC radio se inauguró en 1922. Dos años después se quiso hacer la primera retransmisión en directo. Se decidió que esta se realizara en el jardín de una chelista que tocaba todas las noches acompañada de un ruiseñor. Así se hizo. Esa noche el ruiseñor tampoco faltó a su cita. Fue todo un acontecimiento.

Hay pájaros que cantan mejor a pie forzado, revela Felipe. No es que el ruido ahogue su canto, es que sin ruido no cantarían. Lo cual no quiere decir que deba haber un ruido ensordecedor. Son cosas distintas.

El año 1942 se repitió la grabación pero esta vez sin la chelista. Se dio comienzo a la grabación. De fondo se oía un rumor. El ruiseñor se puso a cantar. El rumor se acercaba. El técnico de sonido siguió grabando. Era una flota de aviones británicos de paso. Iban a bombardear Alemania. Pasaron los aviones y el pájaro siguió cantando. Es un testimonio espeluznante de supremacía de la vida frente a la muerte. 

La enfermera Nightingale, a la que se suele representar con un candil porque apenas dormía cuidando a los heridos, considerada madre de la Enfermería moderna, toma su nombre de este ave.

De camino al bar hablamos de las creencias. En cualquier cultura tradicional, caso de la nuestra, la cántabra, las creencias median con la realidad, no es que interfieran o dificulten, es que facilitan la aproximación. Quizá por falta de otros recursos, lo admito. Pero lo cierto es que lo hacen. Al menos mientras esté viva. Si se recrea puede perseguir fines espurios. Aunque, ¿qué tradición no es una recreación? ¿No estará esta siempre sujeta a intereses ajenos a su naturaleza? ¿Pero cuáles serían en este caso legítimos? La tradición no es monolítica. Lo único permanente es el cambio, que es igual a reinterpretación. Entonces la clave estará en el signo del cambio, si positivo o negativo. Pero para quién. Lo dejamos.

Nos sentamos y pedimos café mediano servido en vaso. Lo traen en un platito de cristal que parece de encaje. Alabo la presentación pero no obtengo reacción del camarero. O sí, y es ninguna. Se habla fuerte, aquí. Las aves marinas tienen voces finas porque si las tuvieran graves no se las oiría, asegura un amigo. Por eso los pejinos hablan agudo y cantando, para hacerse oír en la mar. El cántabro pejinu y su variante pejín emparentan con peje, sinónimo de pez, del latín piscis

A José Hierro le gustaba hablar cantando, al estilo marinero. Lo hacía por nostalgia. Suya es la frase "ya nadie se esquila a los árboles ni asubia cuando llueve". La transcribió su amigo Antonio Bartolomé Suárez. De Tierra sin nosotros, primer libro del poeta, publicado recién salido de la cárcel, traigo unos versos: "Paloma marinera, lenta y viva, / que en el pico, en lugar de verde oliva, / lleva octubres de música remota". El mes de octubre es un guiño a la revolución que simboliza el punto rojo del pico de la gaviota. No es verde. No simboliza la paz. En este punto rojo es donde los pollos tienen que picar para obtener el alimento de los padres. Felipe lo confirma.

(abro paréntesis)

Tierra sin nosotros es un canto al curso natural de las cosas interrumpido (no roto, no se lo parecía a él entonces) por la guerra. Es un libro que resguarda la esperanza de volver a empezar como antes. Pero no se cumplieron sus expectativas. Su último poemario, Cuaderno de Nueva York, se refugia en los sueños, recurre a la imaginación como vía de escape.

En todo el norte peninsular se solapa el amarillo y el rojo. Por ejemplo, los pasiegos emplean el adjetivo ruyu tanto para los rubios como para los pelirrojos. Mi tía Amaliuca era rubia. De pequeña, tras la guerra, le decían que era roja y ella lo negaba. Ella era rubia, se defendía. Por la cuenta que le traía. El escritor asturiano Xuan Bello, recientemente fallecido, cuenta en Historia Universal de Paniceiros un caso parecido que acabó en tragedia. Pasa también con el castellano rubicundo, que tira del amarillo para el rojo, o gorrión, de etimología desconocida, pero que es probable derive de un antiguo sustrato compartido con el vasco gorria, encarnado.

(cierro paréntesis)

¿El sol es amarillo o rojo? Es una pregunta que, llegados a este punto, Felipe y yo nos hacemos. ¿Cómo se representa? En Cantabria rojo, aventuro. Porque es el sol del amanecer, el de cuando se madruga.

Sale entonces a relucir el petirrojo, que en cántabro recibe el nombre de papu coloráu y que a mí me extrañaba porque en nuestra tradición los pájaros suelen ser concebidos como hembras, hasta que supe que en realidad se le llama la pájara del papu coloráu. Entonces sí. También papuca. Felipe me recuerda que hace poco han sacado en colaboración con otras entidades una lámina que recoge todas las aves de Cantabria y que sus nombres están también en cántabro. Para ello han contado con el asesoramiento de Raúl Molleda, que es precisamente el amigo que me dijo lo de las voces finas de las aves marinas y que también ha sido entrevistado para este mismo proyecto. Igualmente, rojo el penacho del pájaro carpintero, continuamos, que en cántabro se llama picu rilinchu porque canta de forma parecida a como relinchan los caballos. Por último, el pecho rojo de las golondrinas. Se dice que porque quitaron las espinas a Jesús durante la Ascensión. Los nidos de golondrina no se tocan, son sagrados, tercia Felipe. Es cierto, no conozco a nadie que los quite. De hecho, se toma como un buen presagio que aniden en el alero de tu casa. Por qué será, pregunto, porque son buenas para eliminar insectos o por qué, insisto, a lo que responde Felipe que sí pero no solo, es probable que subyazcan creencias más profundas relacionadas con la entrada de la primavera.

Hay una portalada en una finca de Comillas firmada por Gaudí que tiene un acceso para las personas, otro para los carruajes y otro para los pájaros. Seguramente se inspirara en los vecinos.

Se cuenta que Mozart tomó nota del canto de un estornino pero que le corrigió una nota que había dado mal, según él. Es peligroso caer en el elitismo. El primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven está inspirado en el canto del herrerillo común: el reconocible "ta-ta-ta-taaaa". Precisamente el mismo que picoteaba los quesos frescos de mi abuela materna y dejaba sus patitas impresas en él. 

Sobre mi abuelo materno. Su pájaro favorito era el miruellu. El piso que compró mi familia al venir a la ciudad fue porque estaba cantando cerca este pájaro. Mi abuelo se fio de él. El favorito de mi padre es el jilguero. Siempre tuvimos uno en casa metido en una jaula. Curiosamente, le gusta sobre todo por cómo vuela, un vuelo desvaído.

"Si le hubiera cortado las alas sería mío, no se habría ido, pero así ya no sería un pájaro y yo amaba a los pájaros", dice el delicado poema de Joxean Artze traducido del vasco al castellano por la IA de Google. Me recuerda al jilguero que siempre tuvimos.

Hay un relato de Tolstoi en el que a un niño le regalan una jaula y corriendo marcha a por un pájaro que meter dentro. Su madre le advierte que los pájaros no están para meterlos en jaulas. El niño no hace caso, atrapa un pájaro, lo mete en la jaula y, fatalmente, el pájaro muere.

Era común tener en las casas montañesas una jaula grande de madera con un malvís o un miruellu dentro. El pájaro era de los hombres, lo capturaban ellos, era suyo, pero lo cuidaban las mujeres. Eran muy apreciados los malvises campurrianos. Los montañeses iban a Campoo a buscarlos. Era porque Campoo es el único sitio de Cantabria donde hay ruiseñores. El canto del malvís de Campoo está influido por el ruiseñor. Aristóteles ya informó de ello en su Historia de los animales: "Entre las aves pequeñas, algunas no emiten la misma voz que sus progenitores si han sido criadas lejos de ellos y han oído el canto de otras aves". Este gusto cántabro por el detalle revela una afinación cultural de siglos. La cultura más que baja o alta es compartida o no es. ¿De qué vale que cuatro sepan todo y se lo queden para ellos? ¿No será mejor que entre todos lo sepamos todo? Esta es al menos la filosofía que rige nuestro servicio de préstamo interbibliotecario: no hace falta que todos tengamos todo, es insostenible, basta con tenerlo todo entre todos y compartirlo.

Pasa algo parecido en el entorno "pajarero", puntualiza Felipe. Antes era cosa de cuatro. Popes los cuatro, inaccesibles. Ahora hemos logrado democratizar el gusto por las aves, asegura. Empleo la primera persona del plural porque SEO/BirdLife ha tenido mucho que ver en este cambio, afirma Felipe. En este caso un cambio para bien, concedo. Exacto, acepta. Movemos una masa social importante. Basta que te des un paseo por las Marismas Blancas o por Las Llamas para comprobarlo. Es ahora una actividad asequible. Como consecuencia, se ha feminizado. Ahora que somos más, hay más mujeres que hombres. Antes era una actividad solitaria y daba miedo. Ahora no. Pero hay una dimensión más que no debe olvidarse. Y es que no se trata solo de un cambio cuantitativo el que se ha operado sino también cualitativo, dice.

Pasa a explicarse:

El ecologismo en origen ha sido muy desconsiderado con el mundo rural. Se le recriminaba que cazaba, expoliaba los nidos, etc. Pero estas actividades ahora se están reinterpretando como formas distintas a las actuales de acercarse a la naturaleza. Es cierto, digo. Mi padre sabe distinguir de qué ave es un huevo de un solo vistazo porque de pequeño los goraba para coleccionarlos. Las motivaciones eran entonces las mismas que las de hoy, retoma Felipe. Esas son las que nos sirven. 

Antes se enjaulaba a un pájaro para tenerlo cerca y ahora tenemos prismáticos, es una frase que me preocupo de recoger al pie de la letra.

Desde el ecologismo actual estamos revalorizando esta tradición que ama las aves, continúa. No sus formas, sino sus porqués. Que el queso fresco picoteado se aprecie más porque lleva el marchamo de calidad de un ave, por ejemplo. Qué hay detrás de eso. O que una casa con nidos de golondrina en el portal se vea más bonita, eso nos interesa. Porque se ha demostrado que nuestro entorno inmediato, por lo que le valoramos hoy (otros valores conducirán a otro mundo, que puede que sea mejor, no se sabe, pero lo único seguro es que será diferente), sus valores, reposan en nuestra tradición. Se ha comprobado que desde que no hay gallineros hay menos gorriones. Que un espacio como Sejos necesita de los seres humanos para ser. En definitiva, que para detonar el canto de un ruiseñor también vale un chelo.

Estamos dentro. Esto tiene implicaciones. Que al renaturalizar Santander los modelos que tomemos sean los tradicionales que reposan en el paisaje de mosaico, de donde la revalorización de las jiebis, por ejemplo. No estoy hablando de asilvestrar, remarca Felipe. Es replicar nuestro entorno. Esta línea además enlaza con la idea de gestión diferencial acomodada a las expectativas de los ciudadanos. Ellos son los que mandan. Compartir conocimiento a partir de información objetiva y actuar. Probablemente en las campas del Hospital, donde preside la idea de higienismo, las soluciones que apliquemos no puedan ser las mismas que las de La Remonta o el Parque de Morales. Pero responderán a los mismos principios.

Ojalá tengamos oportunidad de comprobarlo, concluyo.

Terminamos nuestros cafés. En la puerta se ha aposentado un grupo de señoras mayores que hablan fuerte, quizá para escucharse por encima del ruido de las obras que están levantando el barrio. Pedimos permiso y pasamos

en silencio.