miércoles, 1 de julio de 2026

VIRIDITAS 51: Entrevista a Manuel García Alonso, historiador, arqueólogo y antropólogo cultural

Cuando llega la hora me llama desde la cafetería grande del Hospital, donde, si quiero, me espera, y acepto. Cuando llego él ya ha terminado, por si queríamos empezar con el paseo en el momento, pero le pido ir a la parte reservada a los trabajadores del Hospital y tomar un café yo, para ponernos a la par. Falta poco para mediodía y hace falta. Además de ese otro lado, el de dentro, se está más tranquilo y se puede hablar mejor.

Se llama Manuel García Alonso, profesor jubilado, amén de historiador, arqueólogo y antropólogo cultural. Su producción científica es abundante, diversa y valiosa. Destacan sus aportaciones a la arqueología del paisaje, disciplina de la que es pionero y a la que está contribuyendo a dar forma. Ha dirigido el Instituto de Prehistoria y Arqueología "Sautuola", donde sigue siendo coordinador de proyectos, las excavaciones del campamento romano del Cincho en la Población de Yuso, las del despoblado de Corada en Valderredible, etc. Es una voz muy respetada (evito decir autorizada porque es una palabra que me parece fea) en la cultura de Cantabria, por todo, sobre todo porque se lo merece: siempre está donde él cree que debe haciendo otro tanto de lo mismo, algo que es muy de agradecer, y no solo por lo raro o poco frecuente. Me da permiso para llamarle Manolo.

Vive la mayor parte del año en Aguayo, de donde ha bajado para esta entrevista. Hay en la raya de su valle un tejo que parece allí puesto para marcar una linde jurisdiccional que queda próxima. Él no lo puede confirmar, pero podría ser, concede. El tejo es de hoja perenne. Conserva el verdor todo el año. Algo que viene bien en un paisaje tomado muchos meses (eso era antes, ahora mejor pon "muchas veces", apunta) por la nieve. Le pregunto por los abedules, si la blancura de su corteza se podría interpretar del mismo modo, como una señal, y por eso que suela aparecer cerca de fuentes o de lugares marcados por la actividad humana, a lo que, esta vez, no cede: no lo creo, dice: los abedules necesitan mucha agua, por eso se entiende que estén cerca de fuentes y humedales, porque si no las hubiera tampoco habría abedules, lo primero, y lo segundo, los abedules son árboles pioneros, es decir, de los primeros en salir tras una agresión, por ejemplo una remoción de tierra, algo habitual cuando está presente el ser humano, por eso que parezca que están marcando hitos relacionados con el ser humano cuando, insisto, no tiene por qué ser así, solo que una cosa, el árbol, se acompaña de la otra, la mano del hombre. Le agradezco la aclaración.

Nos hemos sentado junto al ventanal, en una mesa pequeña que nos obliga a mirarnos frente a frente porque no hay muchas más opciones y porque, pareciéndonos físicamente, canosos los dos, ojos claros, tez clara también los dos, tenemos una altura parecida. Pero enseguida lo que está pasando del otro lado de los cristales nos obliga a posar los ojos fuera: las obras del búnker de la protonterapia, por el momento un enorme socavón. Al fondo espejea lo que parece agua. Brota de las entrañas de la tierra. Los obreros están echando hormigón. Al lugar que ocupa el Hospital se le llamaba antes Fuente Mar. Por algo será.

Manolo está contento, revela, porque ha estado hace poco de visita en una excavación localizada en la montaña leonesa donde a partir de niveles recientes se ha podido profundizar hasta la época de los primeros pastores neolíticos. No estoy diciendo que unos y otros sean los mismos, aclara, que los cinco mil años transcurridos no sean más que un accidente, no es eso, sino que hay una relación diacrónica entre ambos polos que es necesario, todavía, determinar. Lo que sí deja al descubierto esta excavación, avanza, es que hay un corredor cultural, físico y cultural, se corrige Manolo, al que hasta ahora no habíamos prestado atención, o apenas:

la Cordillera Cantábrica.

Me gusta que utilice el tiempo presente: hay, dice Manolo, había y hay. Al menos hasta tiempos recientes.

En el mundo académico la norma era guiarse por un eje perpendicular al mar dominado por valles y ríos, continúa. Este eje norte - sur es adecuado cuando nos circunscribimos a momentos históricos modernos. Es el tiempo de los caminos reales, del ferrocarril, etc. Pero no es suficiente y menos cuando tratamos realidades anteriores. Ahora estamos empezando a reconocer la importancia de un eje anterior, un eje premoderno que se desarrolla en sentido este - oeste, en paralelo a la costa, por las alturas, en el que el pastor se erige en protagonista.

Estas cumbres son las plazas, entiéndelo como una metáfora, donde se produce un intenso intercambio de técnicas, conocimientos, etc., entre pastores. Desde cómo hacer una cibilla hasta cómo manejar una vaca sin pegarla, solo jablándola, pasando por el repertorio musical de la flauta de hueso de buitre, etc. Todo este capital en el fondo inmaterial, e conocimientos compartidos, cualquiera que se su traducción física, si dura o blanda, persistente o transitoria, periódica o permanente, de carácter individual o colectivo, es fruto de contactos pastoriles producidos durante milenios en las majadas y los seles (su mejor traducción en Cantabria) de junto a las brañas, concluye Manolo.

La palabra braña es probable que se relacione con verano. Es entonces cuando se ocupan, en los meses cálidos. No parece una palabra prerromana. En esto estamos de acuerdo. El modelo territorial que sirve de bastidor, de alcance cantábrico, en el que se inscribe el cántabro, se consolida en torno al año 1000 y lo hace a partir de elementos que vienen mutando desde muy atrás. Son cosas que sé porque se las he leído a Manolo. Lo dicho explica que las palabras que llevan este modelo a tierra, como sel, "lugar donde pernocta el ganado", midiaju, donde midia o "sestea", o la propia braña, "pasto de altura", sean de origen latino. Del latín sedile, "asiento" o "residencia", el primero, y de mediare, "estar en medio", la segunda. Pero que estas etimologías no nos llamen a engaño: idealmente, como uso y función, sus raíces se hunden más adentro, son más antiguas.

En relación con el sentido de estos corredores transversales, me refiero a su desarrollo físico, no a su semántica, tenemos los pernales o torales, que son ramales que caen en perpendicular desde la línea de cumbres hacia el valle, es decir, en diferentes direcciones para abajo, facilitando el contacto entre valles y alturas. Yo mismo he recorrido uno llamado La Valsemana (se dice que por la frecuencia con que era utilizado por los paisanos, una vez a la semana) para ir desde el pueblo de Selores, en el Saja, hasta Tudanca, en el Nansa. Mi abuelo lo utilizaba para ir de Sopeña de Cabuérniga a Potes, cuyo mercado semanal era importante, y vuelta.

Pernal se emplea en la cuenca del Saja y toral en la del Nansa, aunque los vecinos de uno y otro lado entienden ambas palabras perfectamente. Quizá gracias a los contactos que facilitan, precisamente, los pernales y torales, digo.

No estamos hablando de espacios de tránsito, puntualiza Manolo, donde no hay por qué encontrarse con nadie, sino de estancia. Los espacios de estancia son mucho más efectivos para el intercambio. Cierto es, convengo.

Estos intercambios persistentes y significativos están en el origen de las culturas ganaderas del norte, continúa Manolo: pasiega en los Montes de Pas y vaquera en Cabuérniga y Rionansa, singularmente. Estas culturas ya son otra cosa. Se distinguen porque suponen una transformación cultural que afecta a los valles y a los lugares de invernada, desde las cabañas pasiegas a los invernales montañeses, llegando incluso a las brañas vaqueiras en Asturias.

Este es el marco geográfico en el que nos movemos: desde las brañas vaqueiras a las cabañas pasiegas, de un extremo a otro, aplicando una mirada encumbrada. No hay ruptura, solo distintas versiones de un mismo elemento fundacional que es resultado del intercambio provocado por el encuentro, dice.

En el origen está el encuentro. Me quedo con esta idea. En otras ocasiones he recurrido a otra idea: que el origen está donde alcanza tu pregunta. Pero preguntar es una acción asociada de forma indisoluble al encuentro con el otro. Son distintas formas de decir lo mismo, pues.

Esta es la base para la puesta a punto de culturas ganaderas especializadas, continúa Manolo. Se da el salto a partir del s. XVI, que es de cuando datan las primeras cabañas pasiegas y seguramente también los primeros invernales.

Se abre entonces un periodo experimental en el que se ensayan distintos modelos de ocupación territorial. Unos triunfan o subsisten y otros no. Entre estos últimos, estoy estudiando el que fracasó en el Somo de Aldano, informa:

La vieja nobleza se hizo con el control de los concejos vecinales. Entonces, privatizaron los seles. Pero no pasaron a explotarlos directamente, sino que se los arrendaban a los pasiegos. Estos los cerraban en redondo, los llamados "cerradones", al tiempo que construían sus viviendas en las cabeceras, donde se estabilizaban con sus familias. Este nuevo modelo de asentamiento u ocupación, distinto al de los cabañales pasiegos, desaparece con la crisis del Antiguo Régimen y la aparición de las nuevas élites liberales. Puede que también tuviera algo que ver la dureza del medio, frío, ventoso y escasamente productivo de aquel lugar.

Me parece importante esa idea de que los concejos vecinales fueron cooptados por los poderosos, añado. Eso implica que existían de antes y de otra forma, lo cual me da esperanzas.

Manolo me explica que el espíritu igualitario (no necesariamente efectivo) de los concejos llegó a su fin con la conocida como Ley Montoro. Por su culpa, los vecinos perdieron capacidad de decisión sobre sus propios recursos e intereses. Perdieron, en otras palabras, soberanía. Yo tengo que poder decidir sobre lo mío, defiende, aunque me equivoque. Ya procuraré yo, por la cuenta que me trae, no equivocarme, previene.

O nosotros, aclara.

Estamos hablando de una comunidad de aldea en la que el individuo existe en relación con los demás. Nunca solo. De una comunidad de aldea, o lo que queda de ella. Pero su origen es innegable. Este respeto al vecino es una herencia positiva que habría que tratar de transmitir con mimo.

Progreso es tener la capacidad de modular el cambio (inevitable, no así su signo) en beneficio del común (entendido como el individuo integrado), pienso. Me parece una idea bonita. También que más que reclamar aquello que consideramos perdido o, en el peor de los casos (un caso dramático), aquello que consideramos que nos han arrebatado, debemos, decía, en lugar de reclamar lo que no tenemos porque nos lo han quitado, reclamar aquello que quedó por hacer. Esta última visión me parece más dinámica y ya solo por eso, mejor. Esta idea empalma con el "espíritu nuevo" que defendía Francisco Cubría en un artículo publicado el año 1944 y recuperado en 2016 por la Universidad de Cantabria en el libro Flores, paisajes y gatos sin alas, un espíritu donde se refleje Cantabria "como se refleja en los remansos de nuestros pedregosos ríos, esos remansos breves, al margen de la precipitada corriente, en cuya quietud se pintan las verdes riberas, los encorvados troncos [...] y las montañas altas y las nubes que sobre ellas pasan..." Una visión dinámica y por eso mismo adaptada al futuro.

En definitiva, lo más importante es saber que cuando se da el salto del pastoreo a la ganadería, se experimenta con distintos modelos de aprovechamiento de recursos, algunos de los cuales tienen éxito y otros no, concluye Manolo. Todo es más líquido de lo que nos parecía, dice. No es que nos sorprenda, es solo que hasta ahora no lo habíamos podido probar.

En el fondo, estamos diciendo que las variaciones son siempre en relación a un patrón que, visto en perspectiva, no es más que una sucesión de variaciones, pienso. Por eso, por ejemplo, cuando comparas la arquitectura tradicional de las dos puntas de la Cordillera Cantábrica te parecen tan diferentes pero cuando la recorres y te vas fijando en la arquitectura tradicional, apenas percibes los cambios graduales que se van produciendo. La unidad está en la cadencia del cambio, que su frecuencia y ritmo se identifiquen como patrón.

En horizontal, pasa. Supongo que también en vertical, es decir, hacia dentro, desde una perspectiva diacrónica, quiero decir.

Salgo de mí y pregunto a Manolo por la ermita del Moral. Es un lugar a medio camino de varias comarcas, un lugar de encuentro de todos los pastores de los alrededores, que explicitan su cohesión el Día del Moral, que es el de la Virgen de igual nombre. ¿Crees que esta ermita y la braña donde se asienta es un lugar de encuentro, entendiendo por tal aquél integrado en el corredor físico y cultural que has presentado en esta entrevista?, pregunto. Sí, responde, y no es el único. Hay otros santuarios que responden a lo mismo, por ejemplo el de las Nieves en Campoo de Arriba y otro en Campoo de Abajo, uno más con igual advocación en Guriezo, etc. Recuerda que ya los romanos tenían un dios Terminus que se ocupaba de lo mismo.

En ese sentido, pregunto, he leído que en el entorno de la ermita del Moral hay varias marcas en distintas rocas que los paisanos interpretan como huellas que dejó la Virgen buscando dónde aposentarse. ¿Crees que pueden ser petroglifos reinterpretados? No, contesta Manolo. Son marcas naturales de la roca a las que los paisanos han incorporado una capa de sentido. Pero es pura resignificación paisana.

Sin embargo, continúo, en el límite de Monte Aa, cuya explotación pertenece al municipio de Ruente, con creo que es el pueblo de Sopeña, o quizá haciendo frontera con Carmona, un lugar que es como un museo en vivo de la cultura vaquera local, se encuentran varios túmulos prehistóricos no descontextualizados sino integrados en una lógica más amplia que abarca y explica el resto de elementos del paisaje. Obviamente, estos túmulos no están cumpliendo la misma función en la actualidad que hace cinco mil años, cuando eran tumbas, de hecho todos presentan pozos de violación provocados por ladrones, o al menos no esta faceta funeraria que entendemos principal, pero sí que parecen formar parte activa del paisaje.

En estos casos, sí, acepta Manolo. Me acuerdo entonces, recuerdo ahora que estoy transcribiendo la entrevista, de la ermita de la Virgen de Las Lindes, con ese nombre tan significativo, en Carmona, asentado sobre un túmulo, pero me lo callo por respetar el turno de palabra. De aquellos primeros pastores, sigue Manolo, tenemos dónde estaban, al menos en verano, y tenemos dónde se enterraban. Poco más. Pero iremos avanzando. La tecnología empezamos a tenerla. Los marcos teóricos estamos viendo que también. Lo más difícil de recabar ahora son las voluntades.

Esto va unido a capacidad económica, o sea, a dotación presupuestaria suficiente por parte de las instituciones, ¿verdad? 

Manolo asiente.

Perdona que insista con otro caso, Manolo, pero te quería preguntar por unas huellas de pie talladas en el filo de la Sierra del Escudo, también en Cabuérniga, en realidad en la frontera entre La Montaña y La Marina.

Dime.

No sé por dónde empezar, confieso, así que lo haré por mí. Mi madre es nacida en Cabuérniga pero a los pocos años mi familia marchó a Cabezón de la Sal, paso intermedio hacia Santander, donde ahora vivimos todos, tres generaciones después.

Otro día hablamos de si "progreso" es un concepto propio de paisanos o no, digo. Yo creo que sí, por eso las casas bajas de origen medieval se dotaron de balcón, por ejemplo, en cuanto empezó a llegar dinero de las Indias, completo. Pero otro día. Cierro paréntesis y sigo.

Estando en Cabezón de la Sal, mi madre subía con las amigas, muchas de las cuales estaban viviendo la misma experiencia en tránsito que ella, a una asomada del monte a chillar el nombre del valle de origen y a echar jisquíos.

He subido a la Sierra de Cos siguiendo las indicaciones de mi madre y he encontrado el lugar. Es un conjunto de rocas madre manipuladas para dar forma a rediles y refugios de pastor, todo arruinado, probablemente ya en tiempos de mi madre niña. Las vistas sobre Cabuérniga son espectaculares, eso no ha debido cambiar. Algunas lastras presentan nombres de pastor tallados.

A un lado, hacia la puesta de sol, se desarrolla la Sierra del Escudo. Entre medias, se ahonda la Hoz de Santa Lucía. También he subido a esta otra sierra y la he recorrido entera. Su cumbre es una larga fila de roca nacediza. En el mismo borde hay infinidad de nombres tallados, iniciales, marcos de pueblo, animales, etc. En una roca asomada al abismo hay una alta concentración de marcos de pueblos del valle y de iniciales de nombres, supuestamente también del valle. Solo me he atrevido a saltar a ella una vez, y aproveché para sacar muchas fotos. Luego en casa mirándolas detenidamente me di cuenta de que también había pies descalzos tallados. 

Esas tallas son petroglifos, avisa Manolo. Su tradición tiene aproximadamente cinco mil años. En esa misma zona nosotros encontramos una lastra con varias huellas iguales a las que dices y se la dimos al MUPAC, donde seguirá.

Tengo para mí, me lanzo, que esas huellas son testimonio de una mirada. Ver es un acto fisiológico. Mirar lo es cultural. Sin mirada no hay paisaje.

No puedo evitar ver en esas huellas a mi madre subida de pequeña gritando el nombre del lugar de donde era y al que probablemente aspiraba volver, digo.

Manolo responde con una anécdota similar. Un joven de Tudes tuvo que marchar a País Vasco y de camino, pasando por La Ventosa, se lamentó diciendo "me marcho y no volveré a verte". Aunque su tierra le había maltratado, le daba pena marcharse.

Llegados a este punto, Manolo pausa la conversación. Me parece que lo hace para no dejarse llevar por derroteros en los que prima la emoción.

No hay que condenar la sentimentalidad, retoma, pero para mí el elemento fundamental y básico, remarca, es el material. Hay además, matiza, capas añadidas

(que todos tenemos, agrega con un gesto):

sorprendernos por lo que vemos es importante. La valorización colectiva de lo que se ve es muy importante, añade.

A mí me vuelve a la cabeza la idea de origen. No se trata solo una categoría geográfica o cronológica, pienso. Es también un sentimiento. De añoranza, las más de las veces.

Propongo ver un sitio del Hospital que guarda relación con este punto de la conversación que hemos alcanzado tras una hora larga en la cafetería.

Salimos y nos dirigimos hacia la puerta principal del Hospital por la explanada. Preferimos airearnos a ver las obras de arte expuestas en el largo pasillo de las torres. Paramos donde las banderas para ver desde arriba el bosquete de árboles conmemorativos. Es una idea bonita, convenimos. Recuerda a otras, como el Bosque Cantabria Futura, en el que probablemente se inspire, por la época y el espíritu. Le cuento rápido que una vez encontré en la Sierra de Cos, en el lugar conocido como Pandia, un tejo rodeado de piedras, protegiéndolo pero algo más, también remarcando su presencia, y que un vecino al que tuve ocasión de preguntar me dijo que era en recuerdo de otro vecino fallecido en circunstancias dolorosas. Me parece que este tipo de recursos mnemotécnicos, porque es lo que son al fin y al cabo, brocales que asoman a la corriente subterránea que se alimenta de recuerdos, vienen de antiguo.

Bajamos la cuesta y al poco Manolo me detiene. En el valle donde vivo, dice, hay en una braña un tejo antiquísimo aferrado a una roca que, estoy seguro, está ahí porque lo respetaron los pastores. Hay que imaginarse un entorno completamente deforestado. Ese árbol significaba algo para ellos. Es un árbol resignificado por los pastores. Es un hito. También para mí.

El espacio es también un espacio mental, cognitivo, sigue, no solo físico, que se apoya en hitos que están resignificados por muchos motivos, por ejemplo mortuorios, concluye.

Retomamos el paseo, dejamos atrás el acceso a Urgencias y nos metemos por detrás del último pabellón. El destino es la escollera o paredón de las geodas pero antes de llegar hacemos parada en el antiguo almacén de carbón asociado a la caseta de la báscula para pesaje de camiones del que sospechamos si no será un búnker de cuando la guerra. Aprovecho para preguntar a Manolo. Es también uno de los pioneros de la arqueología de la guerra en Cantabria. Por fuera el almacén no le parece que sea un antiguo refugio antiaéreo pero tampoco encuentra razones de peso para rechazar tal posibilidad. Vemos entonces al Dr. Gonzalo Pérez Rojí, Coordinador del Servicio de Urgencias, y a Jorge Gutiérrez, responsable de los jardines del Hospital. Hacemos piña y entramos en el almacén.

No se puede concluir nada. Hay que vaciar.

Vamos los cuatro a ver las geodas. Las descubrió Raúl Molleda en el transcurso de otra entrevista y desde entonces las enseño siempre que tengo ocasión porque me parecen primero la mejor prueba de que las clases subalternas, considerando como tales a los obreros de hace cien años, también manejan valores estéticos, que cuando por ejemplo los campesinos miran el monte o los marineros la mar, no solo ven recursos, sino también, si la encuentran, belleza, de ahí por ejemplo topónimos como Colláu Jermosu, por hermoso, en Viaña, o la expresión "la mar bella", cuando está apacible, y segundo, decía, razones por las que enseño siempre que puedo estas geodas, es porque a falta de primera piedra, de la que conservamos foto pero nada más, perdida con tantas obras, bien pudiéramos poner estas geodas en su lugar.

Nuestra primera piedra, multiplicada. Un conjunto de geodas traídas de una cueva con tesoro incluido, y al cuidado de una "sierpe", que había en Peñacastillo y que hizo desaparecer la cantera hace cien años: la cueva, digo, que no el tesoro, pues a este le conservamos nosotros en las paredes del Hospital, en concreto en este paño de la entrada por la cuesta de los toros y en otro que hay colindando con la C/ Padre Rábago, más difícil de ver. Me parece una idea bonita.

Nos despedimos de Gonzalo y Jorge y accedemos a los jardines por el Edifico Enlace. No quería que Manolo se marchara sin conocer la Biblioteca, aunque solo sea por fuera. No sé ni cómo ponerme, confiesa. Selecciono la última foto que le hice:

El verano está en puertas y se nota en el verde, que está seco. Al fondo las sabinas y el pabellón de la Biblioteca, el 16.

Pese a la sequedad del entorno, los jardines del Hospital son una alegría para los sentidos: el canto de los miruellos, el vuelo desmayado de los jilgueros, el halcón dibujando círculos en el cielo, el vaivén de las nubes, las abejas solitarias, las orquídeas de corazón que les dan cobijo... No hace falta hacérselo notar a Manolo, se basta por sí mismo. Me cuenta entonces de un pueblo, no recuerda ni cuál era ni dónde estaba, cuyas casas tenían las fachadas cuajadas de fósiles. Eran para ellos "piedras bonitas", dice. No sabían lo que eran, probablemente, que eran fósiles, pero sí veían en ellas belleza. No es que la reconocieran, porque la belleza no existe sin nosotros. Emanaba de ellos. Con esto quiero remarcar que sí, que los campesinos, los obreros, los marineros..., también manejan categorías estéticas.

Quizá lo que pase es que estas categorías estéticas subalternas no responden a los estándares y por eso se dice que no las tienen, planteo. Que no es que no las tengan, es que no las sabemos ver. Quiénes o por qué nosotros, es otra pregunta que nos podríamos hacer.

Las clases subalternas tienen sensibilidad, es evidente, y a través de la sensibilidad manifiestan sentimientos, los cuales, remarca Manolo, no les impiden ser prácticos. Si pueden escogn las piedras bonitas. Eso seguro. Si pueden, y Manolo enarca las cejas.

Pero no es algo que se pueda atribuir solo a las clases subalternas, aclara. En realidad es la mentalidad propia del ser humano. Somos así.

Manolo de nuevo ha subido para tocar tierra y he tenido la suerte de que me llevara con él. Los jisquíos que mi madre subía a echar al borde del abismo llegan a las simas más profundas del alma humana porque cualquiera podría haberlo hecho. 

No puedo reprimir las ganas de transcribir un fragmento de Kafka en la orilla (Tusquets, 2006) de Murakami, p. 338:

"- Imagina un pájaro posado en una rama delgada - dice -. La rama oscila fuertemente al viento. Y, a cada ráfaga, el campo visual del pájaro, a su vez, va fluctuando. ¿No es así?

Asiento.

- ¿Y, cuando esto sucede, cómo crees que el pájaro estabiliza su campo visual?

Sacudo la cabeza.

- No lo sé.

- El pájaro sube y baja la cabeza y se ajusta a la oscilación de la rama. La próxima vez que sople un viento fuerte observa bien a los pájaros."

Es hora ya de marcharse. Quiere comer en casa. Le queda un largo viaje de regreso. Le acompaño a la salida del Hospital, pero una vez en el punto de partida, decidimos acercarnos a ver la obra del búnker. Es una bonita forma de cerrar el círculo. No es el único origen que está dentro. Nos metemos en el recinto de la Facultad de Enfermería, saltamos una valla y nos asomamos:

Es todo lo más que nos podemos acercar. Es lo más cerca que podemos estar de Fuente Mar.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 50: Los pájaros y las semillas

 

Se ven muchos brotes de palmera en las jardineras del Hospital. Este árbol es un símbolo en nuestro Hospital, de origen indiano.

No es el viento el que transporta las semillas hasta las jardineras. Son los pájaros.

"Alrededores por dentro" / 2: Maqueta del antiguo Hospital General

Los primeros planos del Hospital están fechados en 1918. Coinciden con la mal llamada "gripe española". La relación entre ambos hechos es evidente. Pese a su oportunidad, este primer intento no tuvo éxito. Se compraron los terrenos, se echaron los cimientos y el presupuesto, obtenido por suscripción popular, se agotó. Las obras quedaron paradas.

A mediados de los años veinte vino al rescate el indiano procedente de Cuba y originario de Medio Cudeyo Ramón Pelayo de la Torriente. Gracias a su patrocinio, el Hospital se inauguró en 1929. Era un Hospital de avanzada, pero no precisamente desde un punto de vista arquitectónico. Si bien en los años diez, cuando empezaron las obras, el modelo de moda era el pabellonario o europeo, en los años veinte, cuando se retomaron, el modelo que primaba era otro: el vertical o norteamericano. Este es el que, sabemos, le hubiera gustado implantar al marqués en Santander, pero lo poco que se había hecho en la década anterior condicionó el desarrollo futuro del Hospital. No se pudo hacer nada al respecto, salvo resignarse.

En los años 70 se derribaron los pabellones originales situados a norte. La maqueta expuesta pertenece a esta segunda época que se abrió entonces. Su aparente ingenuidad no le resta ni un ápice de importancia. Esta maqueta proyecta un futuro que se probó brillante. Le sigue la tercera época, iniciada un aciago día de finales de 1999, cuando el viento conocido en Santander como gallego, muy temido por su virulencia, tiró parte del Edificio de Traumatología, provocando la muerte de cuatro personas. Esta catástrofe hizo ver la necesidad de rediseñar el Hospital. Se construyó el actual Edificio 2 de Noviembre y le siguieron tres torres aupadas a un zócalo (síntesis del modelo europeo u horizontal y el modelo norteamericano o vertical) cuya construcción supuso el derribo del antiguo Hospital General, cuya maqueta se expone.

Del antiguo Hospital General solo queda, además de la maqueta, los planos y las fotos (todo conservado en el Archivo Histórico Provincial de Cantabria). También los recuerdos que habitan en la memoria de la sociedad cántabra. Y el persistente viento.

viernes, 5 de junio de 2026

"Alrededores por dentro" / 1: Machine para practicar partos

La Casa de Salud Valdecilla (CSV) fue inaugurada el año 1929 en sustitución del Hospital de San Rafael, de 1791. Pero el objetivo no era ser la versión renovada del antiguo Hospital, sino ser un Hospital además de nuevo, moderno. Uno de los pilares que sustentaba su modernidad era la Escuela de Enfermeras. De aquella primera Escuela de Enfermeras, la actual Facultad de Enfermería.

El muñeco de trapo expuesto, con el cráneo de un recién nacido dentro (para, por ejemplo, poder palpar la fontanela), se utilizaba en la Escuela de Enfermeras de la CSV para practicar partos. El conjunto se completa con representación de cordón umbilical y placenta, en ambos casos de tela, más una pelvis real, que también se conserva, aunque no se expone.

Este tipo de muñecos fueron diseñados por la matrona Angélique du Coudray. El primer prototipo es de 1778 y su inventora lo llamó "La machine". Su objetivo era muy prosaico: evitar muertes para ganar soldados extraídos de las capas populares en el contexto de la Guerra de los Siete Años. Quedan muy pocos de estos muñecos en el mundo. El nuestro no es de primera generación. Seguramente sea contemporáneo a la fundación de la CSV. Nuestro muñeco, con mínimo cien años, se inscribe en una tradición que se remonta al primer prototipo.

Es un lugar común recordar que todos nacemos con un jardín en el interior de nuestras cabezas (el cráneo la cerca que lo configura), un jardín cuyas características, frondoso o parco, ordenado o silvestre, etc., dependerán de los cuidados que le dediquemos o, por mejor decir, de los cuidados que podamos dedicarle.

El cerebro, jardín originario.


"Alrededores por dentro", presentación

Hoy, Día Mundial del Medio Ambiente, la Biblioteca Marquesa de Pelayo pone en marcha un pequeño ciclo expositivo complementario de VIRIDITAS titulado "Alrededores por dentro", consistente en exponer una pieza al mes relacionada con la tríada compuesta por medio ambiente, paisaje y territorio, y las tres con la salud. Cada mes, una pieza, y así durante un año, es decir, hasta el próximo Día Mundial del Medio Ambiente, celebración que se aprovechará para presentar una publicación que reunirá todas las piezas expuestas durante el año en curso acompañadas de sus respectivos contextos.

Como proyecto subsidiario de VIRIDITAS, "Alrededores por dentro" tendrá su correlato electrónico integrado en esta misma página web. Cada mes se dará noticia en esta web de la nueva pieza expuesta y de su contexto.

Texto explicativo del proyecto:

El Hospital nació como Casa de Salud Valdecilla en 1929. Lo hizo como un Hospital no solo nuevo sino también moderno. Su modernidad se asentaba sobre todo en el Instituto Médico de Postgraduados, la Escuela de Enfermeras y la Biblioteca Marquesa de Pelayo. Pero todo en el Hospital destilaba modernidad. También su jardín.

Desde hace casi cien años el Hospital ha disfrutado de jardín de forma consciente e ininterrumpida. En la actualidad, el núcleo del jardín son las campas, que se extienden entre los antiguos pabellones, aunque también son importantes las manchas verdes que circundan el complejo hospitalario, como si fuera una aureola verde.
 
¿Qué es el jardín del Hospital, hoy? En línea con el concepto actual de paisaje, nuestro jardín lo entendemos como una base física (espacio) abierta a la experiencia (lugar). Como la razón, que o es compartida o no es, el jardín del Hospital se hace entre todos: personal sanitario y no sanitario del Hospital, pacientes, acompañantes, en definitiva, la sociedad en general. El proyecto VIRIDITAS trata de ahondar en esta concepción participativa y transversal del jardín del Hospital para que, siendo de todos, sea más rico.

"Alrededores por dentro" es un proyecto expositivo complementario de VIRIDITAS nacido con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente. Cada mes, a partir del 5 de junio, se expondrá en la Biblioteca un objeto significativo dotado de un contexto que refuerce la misión de VIRIDITAS: hacernos mejores siendo en lo que nos rodea.

lunes, 1 de junio de 2026

VIRIDITAS 49: Entrevista a Alfonso Ceballos, biólogo

Para sorpresa de ambos, coincidimos poco antes de la hora prevista haciendo tiempo en la sala de exposiciones del Hospital. Se ve que los dos llegamos con antelación y decidimos esperar haciendo lo mismo. Alfonso Ceballos es biólogo. Le conocí en el transcurso de la entrevista realizada al también biólogo Gonzalo Valdeolivas. Entonces, Alfonso se incorporó a mitad de la conversación. Esta entrevista de ahora es una forma de dedicarle la atención que merece. Alfonso y Gonzalo suelen salir de trabajo de campo juntos. Forman parte de un amplio equipo informal que, durante todo el año, bate Cantabria a la menor ocasión. También suele salir con ellos Trinidad Pérez, que este día acompaña a Alfonso. Es también bióloga. Como habíamos quedado a mediodía, Alfonso y Trinidad han aprovechado las primeras horas de la mañana para actualizar el inventario botánico del vecino Parque Morales. Vienen ya centrados.

No demoramos la salida a la explanada exterior. Alfonso dice dejarse en mis manos. Le noto un poco preocupado. A él le gusta pisar sobre seguro. Su especialidad es la clasificación, y la clasificación es una tarea regida por un procedimiento meticuloso. Requiere su tiempo. Soy consciente de que recorrer los jardines del Hospital haciendo frente a lo que surja le intranquiliza. Me recuerda a un seminario de cirugía al que me invitaron. Era un grupo de alumnos de la UC que me planteaban (he estado a punto de escribir lanzaban) necesidades de información que yo trataba de satisfacer mediante búsquedas en PUBMED que iba armando sobre la marcha. Fue un acto performativo agotador. Desde entonces, cuando alguien me pide ayuda con una búsqueda bibliográfica le pido que escriba antes su necesidad en una sencilla frase y que me la envíe, para ir preparando yo el terreno. Esto es lo que, creo, Alfonso echa en falta ahora: la preparación del terreno. Por eso dice dejarse en mis manos. Porque confía en mí. Ojalá no le defraude. Yo también estoy un poco preocupado. El tiempo está cambiante. Lo mismo luce el sol que se oculta tras las nubes. Se apaga y enciende la luz del sol, como si fuera un aviso en la platea. Nos miramos a los ojos y empezamos.

Vamos en busca de la escultura de Ramón Calderón titulada Kinesis. Es la línea de salida que tengo preparada. Se inauguró en 2005 en homenaje a los trabajadores del Hospital. Se trata de una enorme estructura metálica (su peso condicionó su localización) que apunta al cielo "como símbolo del progreso de la Medicina y la expectativa sin fin que se eleva hacia espacios aún por descubrir", en palabras del propio artista. A mí lo cierto es que me recuerda al día de tormenta que hizo caer parte de la fachada del antiguo edifico de Traumatología en 1999, provocando cuatro muertos. No sería, pues, tanto una flecha que sube como un rayo que cae. Pero es solo una percepción mía. Miramos al suelo y encontramos:


Geranium molle.

Erodium moschatum.

Pertenecen a la familia Geraniaceae. Todos sus miembros presentan una serie de características estructurales comunes, como por ejemplo la forma de las flores, con cinco pétalos, que los asemejan. Alfonso me da la clave para distinguirlos: se trata del fruto, en ambos casos con forma de pico de cigüeña (esquizocarpo, literalmente "fruto dividido"), pero que en los Geranium se abre desde la base hacia arriba, curvándose como un arco, mientras que en los Erodium se abre de arriba hacia abajo, enrollándose el pico como si fuera un tirabuzón.


En esta parcela se siega muy a menudo y hace poco que lo han hecho. Las margaritas son rápidas. Son las más abundantes. No son flores, anuncia Alfonso. Son inflorescencias. Advierto que Trinidad está esperando mi reacción de sorpresa, que no tarda. Convenimos que siempre que se deshoja la margarita se empieza por el "me quiere" porque el ser humano es de natural optimista.

La inflorescencia de la margarita es en capítulo, un tipo de inflorescencia donde muchas flores diminutas y sin tallo se agrupan sobre una misma base ensanchada, pudiéndose confundir el conjunto, si no se está avisado, con una sola flor, avisa Alfonso. Le doy un folio en blanco. Saca su portaminas y dibuja un esquema para explicarlo de forma gráfica:


La inflorescencia de la margarita tiene dos tipos de flores: la exterior o lígula, blanca, con un solo plano de simetría, que se parece a un pétalo, y la interior o flósculo, amarilla, con varios planos de simetría, que es la que completa el espejismo. La margarita combina ambas soluciones para maximizar su éxito reproductivo. 

Los planos de simetría tienen que ver con distintas estrategias evolutivas de polinización. Las flores con varios planos de simetría o simetría radial son regulares y se parecen a estrellas. Tratan de asegurar una accesibilidad generalizada. Están abiertas al viento. Por su parte, las flores con un solo plano de simetría o simetría bilateral son irregulares y a menudo se parecen a rostros o presentan formas que recuerdan a un labio superior y otro inferior, como las orquídeas. Estas están especializadas en polinizadores específicos que se posan (aterrizan) en una posición particular.

En lugar de dirigirnos a la escultura nos desviamos hacia la palmera que se yergue a un lado. Es un cambio de sentido, el que provocamos (o seguimos), natural. Pido a Alfonso que por favor indique las especies que nacen sobre la palmera. Nos parece una analogía bonita: la palmera como símbolo de un hospital indiano, entendida como un ecosistema que facilita la vida. Son:

Cymbalaria muralis, Poa annua, Rubus sp (cuando no se sabe, es mejor no aventurarse y poner las letras sp, que es una forma de decir que queda pendiente), Sonchus oleraceus y Oxalis corniculata.


En la base crece la bonita Modiola caroliniana. Curiosamente, tiene el mismo color que la chaqueta de Alfonso. Trinidad señala la presencia del liquen Xanthoria parietina en el tronco. Los líquenes son indicadores de la calidad del aire. Pero, tercia Alfonso, este tipo de liquen no es precisamente el mejor porque hace con todo.

Seguimos. Alfonso destaca la dura presencia de Stenotaphrum secundatum. En realidad el césped está compuesto en su mayoría por esta especie invasora. No se logra erradicar segando porque, al igual que el resto de gramíneas, a cuya familia pertenece, esta planta, conocida como grama americana, tiene el meristemo o tejido de crecimiento en la base, lo que hace muy difícil llegar a él, no es fácil cortarlo, a diferencia de otras que lo tienen más alto.


En este entramado, asoma Trifolium repens, de la familia de las fabáceas o leguminosas, lo mismo que las acacias, las alubias, los guisantes, la alfalfa, etc. Descendiendo al detalle, el Trifolium repens es una papilionácea, por la forma de mariposa de su flor. Se compone de cinco pétalos: uno muy grande llamado estandarte, dos laterales llamados alas y dos unidos abajo llamados quillas, por su parecido. Es una composición característica de las flores de las leguminosas.

Un poco más adelante encontramos Trifolium repens y, en la foto, Trifolium pratense:


También abundante Asplenium ruta-muralia:


Cymbalaria muralis:

Adiantum capillus-veneris:



Los helechos no tienen flores ni semillas. Se reproducen mediante esporas almacenadas en esporangios agrupados en soros. Estos se sitúan en el envés de las frondas de los helechos. A simple vista pudieran parecen pequeños insectos, pero no lo son. Al madurar, las esporas se liberan y dispersan. Es una estrategia orientada a ambientes húmedos y sombríos. Optimiza la producción de esporas sin depender de flores o semillas.

¡Mira!, alerta Alfonso:


Una chilca. En su opinión esta planta invasora no se debe conservar bajo ningún concepto. Por muy bonita que sea o se lo parezca a alguien o por muy controlada que creamos que esté. Nunca lo está lo suficiente, advierte. La prueba la tiene en la mano. Le pregunto qué es para él una especie invasora. Aquella que desplaza a la vegetación autóctona, provocando alteraciones graves en los ecosistemas naturales, resume. Por ejemplo, en los acantilados: donde tendría que haber Festuca rubra subespecie pruinosa, variedad autóctona, que haya Stenotaphrum. Esta es para él una especie invasora.

Es diferente "el césped" que "el verde", pienso. En realidad es lo mismo, lo que difiere es el concepto subyacente. Se ve mal pisar "el césped" pero no "el verde". El primero es un término moderno y el segundo tradicional. Es como la diferencia entre cerdo y chon o quisquilla y esquila, que el cerdo y las quisquillas se ven a la venta en carnicerías y pescaderías, respectivamente, pero los chones y las esquilas, que son palabras cántabras para decir lo mismo, no. Nunca habrá en una carta de restaurante, por ejemplo, carne de jata. Esto es así porque las primeras son palabras que, aun pudiendo tener distinto origen, son las que utilizan los que pagan, mientras que las segundas son las que utilizan los que pastorean o pescan. Pasa igual con el inglés pork y pig, la primera tomada de la lengua de los señores, en este caso los normandos, y la segunda de la lengua de los subalternos, los sajones. Tengo para mí que la grama está penetrando como "césped", y no se ve del todo mal, porque, a fin de cuentas, tapiza la tierra, que es lo que se espera que haga "el césped". Pero nunca lo hará como "verde". Invasor o no dependerá de lo que se tenga cargado en la cabeza. A mí, como a Alfonso, tanto la grama americana como la chilca me parecen especies invasoras.

La acacia dealbata es un problema, continúa Alfonso. Es una mimosa. Entre las cultivadas, las más comunes son, además de la anterior, la Acacia retinodes y la Acacia melanoxylon. La dealbata tiene la hoja muy dividida. Las otras dos también, pero menos. Pero la principal diferencia es que a la primera no se le caen las hojas y a las otras dos sí, permaneciendo en el árbol los filodios que son los peciolos modificados, ensanchados semejando hojas. La peor es la dealbata, concluye Alfonso. Florece en invierno. Es de los primeros árboles en hacerlo. 

En cuanto a flores, detrás vienen las rosáceas. Son también muy precoces los ciruelos y cerezos. La rosa que primero sale es la pimpinellifolia, que, apunta Alfonso, por ejemplo en Liencres, aparece en abril. Pero es en verano cuando hay una explosión de rosas. Todas pierden las hojas salvo la Rosa serpenvirens. Para distinguir distintas especies de rosas hay que fijarse primero en la dentición de las hojas, si es simple o doble. Luego, en una batería de características que es mejor no detallar, previene Alfonso. Hay por ejemplo una rosa con olor a manzana, la Rosa micrantha, y el biólogo enarca las cejas.

Le pregunto por las rosas que salpican estos últimos días, primeros de mayo, la floresta que adorna la lera del río Saja a su paso por Cabuérniga y a las que he hecho fotos. Le muestro algunas:




No le cuesta identificarlas. Son todas Rosa canina. Su nombre procede de los pinchos, que recuerdan a caninos de perro. Es silvestre. Florece en mayo. Lo mismo que las mayuetas, digo, las fresas silvestres, cuyo nombre autóctono procede precisamente del mes en que estamos. El fruto de la Rosa canina es el calambroju en cántabro o escaramujo en castellano.

Me emociona imaginar que estas rosas silvestres de la lera del río Saja no las plantó nadie, que llevan acompañando a los cabuérnigos desde hace generaciones. Las mismas rosas distintas siempre. Esta idea enlaza con el motor de VIRIDITAS: los mismos jardines de hace hace cien años pero distintos desde el primer día y, gracias precisamente a eso, con nosotros siempre, contemporáneos.

Seguimos caminando hasta que alcanzamos el codo que hace el terreno al conectar la C/ Padre Rábago con la cuesta de los toros. Nos topamos con un Ligustrum lucidum e identificamos al pie Poa annua y, en la foto, Catapodium rigidum:


Ambas son gramíneas o poáceas. Todas tienen flores en espiguilla, formadas por pequeñas espigas agrupadas en un eje llamado raquilla. Estas espigas se componen de una o varias flores diminutas, desnudas y sin tallo, llamadas antecios, protegidas por dos brácteas llamadas glumas. Luego cada flor tiene otras dos brácteas, las glumillas. La externa se llama lema y la interna pálea. Dentro están los órganos reproductores de las flores, el androceo (masculino) y el gineceo (femenino).

El núcleo de la palabra antecio es el griego OIKOS, "casa, habitación, morada", precedida de "ante". Concuerda con la realidad botánica. Por su parte, la palabra bráctea viene prácticamente de forma directa del latín, y significa "lámina de oro", por ser bonita y adornar. Las brácteas son hojas modificadas o especializadas cuya función principal es proteger el botón floral y atraer polinizadores, por eso que a menudo sean coloridas, confundiéndose así con pétalos.

Subimos al solar que está en la esquina de la C/ Padre Rábago siguiendo la huella en la hierba de un camino apenas perceptible. Antiguamente arriba estaba "la casa de la maestra", pero se derribó. No se ha construido nada en su lugar. Es una oportunidad para crear lo que en otras ocasiones hemos presentado como un jardín cántabro sostenible, entendiendo por tal un jardín en el que la única intervención humana consista en establecer las condiciones de posibilidad de una pradería de especies autóctonas que se autorregule. Pero no es momento de entrar en detalles. Después de derribar el antiguo edificio, el solar resultante se empleó para guardar maquinaria pesada, pero el miedo de que bajo el solar pudiera haber un refugio antiaéreo y estuviera toda la zona hueca hizo que se despejara. Todavía no se ha confirmado si lo hay o no, pero al fondo de la carbonera hay una puerta tapiada que no sabemos a dónde conduce. 

En el camino de subida encontramos Bromus sterilis:


Bromus catharticus:


Y ya arriba Bromus diandrus:


Bromus es un género de las gramíneas. Estas hierbas son conocidas generalmente como bromos. Esta palabra procede del latín, que a su vez lo hace de una palabra griega que significa "avena", aunque la avena pertenezca a otro género dentro de las gramíneas. La primera y última son consideradas malas hierbas y son muy frecuentes en el norte peninsular. La del medio es valorada por su alta producción forrajera.

El solar está cubierto de pequeñas piedras o griju. Las han echado para evitar que crezca vegetación, sobre todo plumeros. Seguramente de rebote, o no, se busque ahorrar costes de mantenimiento. También se echa químico. Pero la tierra tiene una vocación que no se puede coartar.

El solar lo preside un magnífico níspero o abadejal. Bajo su copa crece más verde que en los contornos. Pregunto y es porque la sombra aporta humedad. Encontramos sobre todo Hipochaeris radicata:


Los vilanos o abuelitos son estructuras plumosas diseñadas evolutivamente para facilitar la dispersión de las semillas por el viento. Cuando es el viento el responsable, el proceso se llama anemocoria, apunta Alfonso. Cuando son los animales, zoocoria, en cuyo caso puede tratarse de endozoocoria o de epizoocoria. La primera es cuando los animales ingieren los frutos carnosos y luego los deponen, a menudo con nutrientes que ayudan a su germinación. En ese sentido, es frecuente ver en nuestro Hospital mirlos o miruellos comiendo los frutos de las palmeras que caen al suelo y luego ver hijuelos naciendo lejos, por ejemplo en las campas o en algún parterre. Por su parte, la epizoocoria es cuando las semillas se adhieren al pelaje de los animales o a plumas.

Recuerdo a una vecina del pueblo de Lebeña, digo, que cuando un rayo cayó sobre el tejo milenario que había en el pórtico de la iglesia, matándolo, cogió semillas y las cuidó en casa, logrando que germinaran. Se da el caso de que la semilla de tejo es conveniente que la digiera un pájaro para que nazca, porque por sí sola es muy difícil, es muy dura. Pues bien, la tal señora defendía que si el tejo era el padre, ella era la madre.

Madre o ave.

El nombre vilano procede del milano. De hecho, en cántabro es vilanu. Curiosamente, el milano no presenta penacho. El parecido entonces quizá quepa buscarlo en una combinación del parecido entre el vuelo del ave y el de la semilla impulsada por el viento más el de la forma que adopta el ave durante el vuelo, en comparación con una semilla. Más incluso, en este caso, si el milano lleva una presa consigo. El milano es una ave temida en las granjas, equivalente al zorro, pero en los cielos. La presa pendiendo de las garras sería el pedúnculo de la semilla o aquenio.

Precisamente, el pedúnculo del aquenio es una característica que ayuda a distinguir la Hypochaeris radicata de la foto del Taraxacum officinale o diente de león, en Cantabria conocido como churracamas. En el primero el pedúnculo es largo y fino, mientras que en el segundo no hay o es muy corto.

Otra diferencia fundamental es que la Hypochaeris radicata tiene tallos ramificados que pueden presentar varias flores, mientras que el Taraxacum officinale tiene un solo tallo hueco por flor. Se suman las hojas, que en el primer caso son rugosas y están cubiertas de pelusilla y en el segundo son lisas y brillantes.

También hay en el solar mucha zanahoria silvestre o Daucus carota:



La inflorescencia se llama umbela, del latín UMBELLA, diminutivo de UMBRA, "sombra". Significa literalmente "pequeña sombra". Es una palabra emparentada con sombrilla, a la que se parece. Alfonso la dibuja:


Son generalmente de color blanco, aunque parezca una contradicción. Pueden adquirir tonalidades púrpuras o rosadas. El punto álgido de la floración es en agosto. Casi siempre presenta una pequeña flor central de color más oscuro que simula un insecto, para atraerlos. Cuando fructifica, la umbela se cierra sobre sí misma, adquiriendo forma de nido de pájaro.

Esta planta es de la familia de la Conium maculatum o cicuta (la única con presencia en la Península Ibérica) y de la Oenanthe crocata o apio del diablo, muy común en toda la Fachada Atlántica, ambas tóxicas. Se parecen mucho entre ellas. Ninguna está en el solar.

Valerianella locusta:


Avena barbata:

Alfonso abre una de las espiguillas para verla por dentro, donde reside la razón de su nombre, los pelitos o cilios:


Crepis taraxacifolia Thuill:


Picris echioides:


Prunella vulgaris:

Anagallis arvensis:

Oenothera rosea:

Descubrimos un corru o colonia de Serapias cordigera u orquídea del corazón:
La foto es de mala calidad, las orquídeas salen borrosas, pero cuando volví al solar para repetirla pocos días después de la primera visita, las habían segado.
Se polinizan por abejas solitarias que las utilizan para hacer noche o resguardarse los días de lluvia o de mucho frío.
En la siguiente foto se ve bien la diferencia de nerviación entre Geranium molle (verde), donde todas las venas de la hoja salen del mismo punto, y Geranium robertianum (rojo), con una nerviación principal palmatinervia pero con una nerviación secundaria pinnatinervia en cada lóbulo:

Llegamos al fondo del solar, donde estaba la casa. Se nota su presencia. Quedan rastros, azulejos pegados en las antiguas paredes, tragaluces tapiados. Entonces cuento a Trinidad y Alfonso que una vez siendo niño mi tía Geniuca de San Sebastián de Garabandal cogió una hierba entre las manos, se la acercó a la boca, sopló y emitió un ijujú. No es nuevo para Alfonso. Él también lo ha hecho, y lo reproduce:



Consigue hacerla sonar. Me consta que en Cantabria se utilizaban flautas hechas con tallos de centeno, aprovechando que estos son huecos, una de las características de las gramíneas. También se caracterizan por sus hojas, largas y estrechas, alternas y dísticas, lo cual significa, esto último, que están dispuestas en dos direcciones opuestas en un mismo plano. Esta característica me ayuda a explicar una idea que traigo en la cabeza desde que me puse a preparar esta entrevista:

Dístico además de su acepción botánica es una palabra que significa lo mismo que pareado, la estrofa poética. Es una palabra que procede del "dístico elegíaco" clásico. Este se componía de un hexámetro y un pentámetro. Se caracteriza por ser una forma poética autoconclusiva, es decir, por encerrar un significado completo.

Verso procede del latín VERS, "movimiento" y "dirección", que dio lugar al latín VERSUS, primero "surco" y luego "verso". El mismo origen tiene la palabra prosa, aunque a partir de la variante VORS, que, tras diferentes reformulaciones, terminó siendo PROSA ORATIO, "discurso en línea recta". En conclusión, la prosa va de seguido mientras el verso va y vuelve, como en la mies el arado que va abriendo surcos, ida y vuelta.

El "dístico elegíaco" sería el ejemplo perfecto de este ir y venir del discurso poético, o su unidad básica. El pareado sería su heredero.

Recuerdo una vez que me acompañó a la cima de la Sierra de Cos un paisano del pueblo que da nombre al monte y que una vez arriba le pregunté por un tejo que había encontrado todavía pequeño, o sea, reciente, rodeado de piedras, como si fuera un cromlech en miniatura, a lo que me respondió que allí reposaban las cenizas de un amigo que se había quitado la vida, y añadió, dirigiéndose a la nada: "no te habré llorado abajo, que he tenido que subir aquí". Asistí, ahora lo sé, al nacimiento natural (digamos renacimiento) de la elegía.

Aprovecho para incluir un poema del escultor y escritor vasco Oteiza:

"a veces paseando en oscurecidas horas / en nuestro pequeño huerto de casa / llenos de paz nos abrazábamos // ahora lloro me apoyo en el árbol / tenemos único árbol un hermoso fresno / que al acostarnos y en la mañana / se asoma en la ventana a nuestro cuarto // ha visto morir a Itziar no ha podido hacer nada / me acerco lloro junto al árbol / miramos los dos al cielo."

Está tomado del libro titulado Itziar elegía y otros poemas, publicado por la editorial Pamiela el año 1992.

Con esto damos la vuelta y bajamos por el camino en pendiente que muere junto a la antigua báscula. La caseta ha sido reutilizada por los jardineros como vivero. Es fantástica su cubierta con forma de paraboloide hiperbólico. Alfonso identifica todo lo que crece dentro. Son plantas en su mayoría preparadas para subir a planta.


Al borde:


Veronica agrestis.


Veronica persica.

Ambas son autóctonas. También:


Chelidonium majus.


Mercurialis annua.

Alcanzamos la escollera sobre la que se levanta el muro que colinda con la cuesta de los toros. Sabemos que hay gran cantidad de geodas que, según un informe emitido por la UC a petición nuestra, es muy probable que procedan de Peñacastillo, en concreto de una cueva desaparecida por la cantera que ya ha dejado de funcionar. Alfonso descubre con sorpresa conchas en los restos antiguos de argamasa. Se comprende que la arena la cogían de la playa.

En la pared hay Cymbalaria muralis, Umbilicus rupestris, Asplenium adiantum-nigrum, Poa annua, etc. Alfonso lleva un buen rato apuntando todo lo que ve en un folio. No es un inventario en sentido estricto, pero sí un primer paso:


Estamos llegando ya al final. Del muro y del horario previsto. Estoy apuntando algo, buscando dónde, porque el viento me ha hecho perder la página varias veces, me va a resultar difícil casar después las notas con las fotos, me digo a mí mismo, y más tarde comprobaré que tenía razón, cuando veo que Alfonso se queda mirando fijamente una planta que asoma por una pequeña grieta. Le pregunto y me dice sin apartar la vista del muro que es una menta, pero una menta especial: él cree que Menta arvensis. Es autóctona pero se la encuentra a partir de los 800 o 900 metros. ¿Qué haces tú aquí?, se pregunta. Coge una muestra para analizarla en casa:


Bajamos a la carretera. Hay en la curva del acceso a Urgencias una magnífica salvia:


Miramos alrededor por si vemos algo más y, efectivamente, hay varios mirlos o miruellos llevándose los frutos de la palmera caídos al suelo. Es probable que a no tardar nazcan nuevas palmeras no lejos de aquí.

Volvemos a quedar los tres otro día pero no muy tarde. También a mediodía y en el mismo sitio. A ratos llueve y cuando llueve, llueve mucho, esa es la principal diferencia. Esa, y que el trayecto previsto es otro: directamente el terreno que hay entre el Hospital y la Facultad de Enfermería de la UC, situado en tierra de nadie y por eso mismo menos atendido, más salvaje.

El primer tramo está cubierto de hiedra o Hedera hibernica, aráu en cántabro, palabra esta de probable origen prerromano. Les hago una foto:


Asoman por detrás Acacia dealbata y Pittosporum. El Pittosporum se está extendiendo por la costa. Empieza a ser un problema. La acacia ya lo es. Se la ve mucho en los cierres de fincas. Sus flores son muy olorosas. De hecho, su nombre procede del griego y significa "simientes pegajosas", por la sustancia que las cubre, de donde el olor.

Según vamos avanzando, encontramos Euphorbia serrata, Oxalis corniculata, Sonchus oleraceus, Fumaria capreolata, Catapodium rigidum, Piptatherum miliaceum, Brachypodium pinnatum, Cerastium glomeratum, Valerianella locusta, Bidens aurea, Smyrnium olusatrum, Orobanche minor, Dactylis glomerata, Bromus hordeaceus, Lotus corniculatus, Plantago major, Trifolium repens, Anthoxanthum odoratum (con un olor a heno muy agradable, indica Trinidad), Agrostis stolonifera, etc. En la pared, Parietaria judaica, Cymbalaria muralis, etc.

También Umbilicus rupestris:


Además de Stellaria media, aunque con las flores cerradas:


Veronica chamaedrys:


Los pelos se ven pero la giras y ya no, avisa Alfonso. Esto es porque están en filas alternas, la dirección de los pelos cambia de una a otra. Por eso los ves o no en función del movimiento. Le gustará saberlo a los artistas cinéticos, pienso.

Picris hieracioides:


Es un terreno muy rico:


Verdaderamente rico:


Hay mucho Acer pseudoplatanus con las sámaras (caen como vuelan los helicópteros) todavía sin madurar:


En la foto anterior se ve al fondo la antigua Residencia Cantabria. En la siguiente se ve a Alfonso reflejado en un charco del bordillo de la acera y en primer plano Holcus lanatus, muy suave, y Silene uniflora:


Raphanus raphanistrum o rábano silvestre con Erigeron karvinskianus o margarita mexicana de fondo:


Rumex crispus:


Convolvulus arvensis o correhuela menor:


Pongo yo la mano de fondo para que se distinga. Sus flores, cuando las tiene, son muy vistosas. Tienen forma de campana y son blancas. Pero todavía es pronto. Hay otra correhuela, caracterizada como mayor: Calystegia sepium. Se encuentra en las dunas de Liencres. Sus flores son igual de bonitas, asegura Alfonso. En cántabro se llaman curruyuelas.

Taraxacum dens leonis o diente de león, en este caso enorme:

Está por florecer. Alguien se ha llevado la flor hermana, probablemente para hacer bonito, a quien le guste tener flores cortadas en casa:



Medicago lupulina:

Su fruto es en espiral, indica Alfonso. Me trae a la memoria las palabras cántabras roqueru y rocaeru (emparentadas con rueca y todas con el rock & roll), relativa a cualquier cosa que se desarrolle en espiral, desde el fósil de un nummulites hasta el agua que evacúa por un desagüe.

Prunella vulgaris:

Su tallo es cuadrangular.

Potentilla reptans:


Estamos ya del lado de la fachada de la Facultad de Enfermería. Encontramos abundante Avena barbata:


Serapias cordigera u orquídea del corazón:


Centaurea debeauxii o marruyu en cántabro:


Cirsium vulgare:

Decidimos volver por fuera, por la acera, para revisar el antiguo muro perimetral de cerca. Encontramos Lonicera japonica, madreselva o maliserva en cántabro, que expele un olor muy agradable:


Tiene dos flores por nudo. Hay tres maliservas autóctonas de Cantabria: Lonicera periclymenum, Loricera etrusca y Lonicera xylosteum. La que tenemos nosotros no lo es. 

Las maliservas se utilizan para hacer palos de turcías junto con las lianas de las clemátides o verigazas, siendo en Cantabria autóctonas la Clematis vitalba y la Clematis flammula. Los palos de turcías son varas de avellano a las que, todavía en el árbol, se coloca una maliserva o una verigaza alrededor para dar forma a la vara durante el crecimiento de ambas, planta y vara. Es una labor compartida. Estos  palos son muy apreciados por los paisanos. La maliserva hace el giro en una dirección y la verigaza en la contraria. No recuerdo cuál lo hace a la derecha (dextrógiro) o a la izquierda (levógiro). No sé si alguien lo recordará. Habrá que fijarse.

Por último, un rosal muy frondoso pero de rosas cultivadas, no son rosas silvestres. Se diferencian a simple vista por el número de pétalos. Las silvestres tienen cinco. Estas cultivadas tienen cogollos. No pongo foto porque nos las podemos imaginar todos. Es nuestra esperanza que a partir de ahora todo lo que hemos ido viendo durante nuestro paseo también lo podamos imaginar, para cuando no esté y solo nos quede esperar su seguro regreso.

Rompe a llover y Alfonso sigue, ensimismado. Le perdemos de vista tras una cortina de agua. Cuando vuelva a salir el sol, las gotas de lluvia posadas en las hojas, en las flores, brillarán.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.