domingo, 1 de noviembre de 2026

VIRIDITAS 59: Entrevista a Enrique Rodríguez Pereda, historiador

Esperando en la puerta del Edifico 2 de Noviembre veo venir por la explanada a Patricia Corro y a Luis Mariano López. Son la Directora del Área de Cuidados, Formación y Continuidad Asistencial del SCS y el Director de Enfermería del HUMV. Vienen en la dirección del viento que sopla del noroeste. Me saludan y paran y entonces yo aprovecho para comentarles con quién he quedado: Enrique Rodríguez Pereda, historiador de la Universidad de Cantabria que se está doctorando con una tesis sobre Ramón Pelayo, Marqués de Valdecilla. Cuando llega Enrique, que se ha visto obligado a aparcar en la Ciudad Jardín porque el aparcamiento subterráneo del hospital estaba lleno, les presento, le dan la enhorabuena y le emplazan a futuros encuentros y colaboraciones que yo, desde la Biblioteca, lógicamente secundaré. Al quedarnos él y yo solos, le confieso que tenía una retahíla de preguntas que he olvidado en la bandeja de salida de la impresora. Pero no pasa nada. Tengo claro lo que le quiero preguntar. Lo malo, el tiempo. Esta entrevista durará cinco horas y media. Lloverá a ratos.

Hay sitio en las primeras filas de la cafetería, las más expuestas. Nos va bien. Son filas cerradas. Nos sentamos y abrimos un poco de hueco a los lados, por si acaso, y hacemos bien, porque no tardarán en llenarse todas las mesas. Lo harán repetidas veces, por turnos. Hay mucho ruido y Enrique habla rápido. Afino el oído y voy tomando notas rápidas, tanto, que temo luego no sea capaz de distinguirlas de manchas de café.

La primera pregunta, obligada, es sobre el origen del marqués y, curiosamente, tratándose de una persona rica, se sobreentiende que la pregunta sea por el origen de su riqueza. Es una pena que la principal característica de una persona rica sea que es rica. La respuesta de Enrique es que Ramón Pelayo no era pobre. Un buen comienzo.

No es cierto entonces que marchó a Cuba con una mano delante y otras detrás, pregunto, y no, no lo es, responde él. Sabemos poco, pero eso seguro que no fue así. Su partida se enmarca en lo que se conoce como "emigración en cadena". No estaba desamparado. Pero por lo demás, se abre una incógnita. No he encontrado su pasaporte en Cantabria, desvela, así que es probable que se embarcara en Cádiz, pero por qué no salió desde Santander, cabe preguntarse, estando Santander bien comunicado con Ultramar. Es algo que hoy por hoy no podemos responder.

En Vermont, por ejemplo, estado sobre el que he estado recopilando datos, dice, he encontrado mucha documentación relacionada con los canteros trasmeranos que labraron la piedra de los rascacielos que se levantaron durante la época dorada vinculada al Art Déco. También hubo mucho pastor cántabro en Nevada. A ese tipo de redes pertenecía Ramón Pelayo. Cantabria se organiza en valles. Cada valle tenía su destino, cada familia su posición.

Ramón Pelayo firmaba así, prescindiendo de su segundo apellido. La rama cubana de los Torriente, además de haberse arruinado y con escándalo, había mantenido vínculos estrechos con el comercio de esclavos, y es de suponer que a Ramón Pelayo la posibilidad de que le pudiesen asociar con ese tema le repelía. La rama santanderina también, pero no directamente, por lo que a Ramón Pelayo no le concernía, o al menos a él no le interpelaba, dice Enrique. Si la esclavitud no es una cuestión de grado, pienso, porque no hay ninguno aceptable, se ve que sí lo es cuando se trata de grado de parentesco. ¿En qué momento, a qué altura ya no afecta o mancha?, me pregunto. Depende del interés, supongo.

La familia Torriente es muy frondosa y toca incluso a los socios fundadores del Banco Santander, así que mejor no perdernos en ella, propone Enrique, y yo le sigo, él es el que guía. Respecto a los Pelayo, destacan las figuras de Josefa Pelayo Gowen, prima de Ramón, y su esposo Demetrio Bea Maruri, Marqués de Bellamar. Ramón Pelayo entra a trabajar para él y no tarda en dejar clara su vocación comercial. Progresa rápido. Tiene intuición. En la provincia de Matanzas, donde vive, es conocido y respetado. Es probable que empiece a hacer dinero como prestamista.

Esa simpatía entre perfil aguileño y personalidad despierta, que es como se le suele presentar, no es ni deja de ser cierta. Solo tiene que ver con el personaje que se supo construir, asegura Enrique. Los dos principales logros del marqués, son: su obra benéfica (sobre todo la que desarrolló en los años veinte, con el hospital a la cabeza) y la construcción de su personaje, dice. No son independientes. Los dos van imbricados. ¿Cuánto hizo para ser recordado?

También forma parte de su personaje eso de que el ingenio azucarero que le sirvió como trampolín tuviera "hasta" ferrocarril propio. Es cierto que lo tenía, pero lo tenían todos, en esto no era excepcional. Sí lo era en dos cosas: la primera, apostar por la mecanización de la producción de azúcar bajo influencia de su socio y amigo Manuel Rionda Polledo, muy bien conectado con sus pares norteamericanos, y la segunda, saber vender todo en el momento oportuno.

Tras la zafra de 1919 a 1920, recién terminada la Iª Guerra Mundial, que funcionó como una "aceleradora de empresas" del azúcar, Ramón Pelayo reconoció el momento oportuno para vender, a punto de quebrarse el mercado, y acertó. Una vez desvinculado de sus negocios, volvió a Cantabria y aquí fijó su residencia. No cruzó el Atlántico nunca más. Es curioso, apunta Enrique, que hiciera dinero, o mejor, que no lo perdiera, gracias a una decisión conservadora, siendo él una persona progresista. 

Pero entendamos progresista en su contexto, matiza Enrique: lo que él quería es que todos pudieran tener la oportunidad de ser como él. 

No tuvo hijos, anoto mentalmente.

No quería subvertir ningún orden ni nada parecido, aclara Enrique. Quería lo mismo que había pero mejor.

Que no hubiera monjas en el primer ensayo de hospital, año 1929, por ejemplo. No es porque fuera anticlerical, sino porque tenía muy claro que habiendo enfermeras profesionales, para qué monjas. En opinión del marqués, la Iglesia Católica no debía entrar en la gestión de lo público, apunta Enrique. 

Este principio se lo saltó su sobrina, cuando, sin que hubiera pasado un año desde la inauguración de la Casa de Salud Valdecilla, puso al frente de la gestión de la institución a Sor Bastos, Madre Superiora de las Hermanas de la Caridad, provocando una conmoción que derivó en la dimisión de su primer Director Gerente, Wenceslao López Albo.

Llegado este punto del ejercicio memorístico que es la escritura de la entrevista, pocos días después de nuestro encuentro, envío un correo a Enrique pidiéndole por favor que defina "zafra" e "ingenio azucarero", para aclarar términos. De primeras parecen fáciles de entender pero es mejor asegurarse. Transcribo su respuesta tal cual:

"Zafra es el periodo de producción del azúcar, desde mediados/finales de diciembre hasta lo que dure, dependiendo de las condiciones climáticas y de la caña en los campos (marzo a junio). La zafra comprende desde el corte a machete de la caña en el campo, a su traslado en carros de bueyes o chuchos (vagones de tren abiertos) hasta el ingenio, y luego el proceso industrial que concluye con el azúcar refinado a un 96% (moreno). El azúcar blanco que pudiéramos llamar de mesa se refinaba en los EEUU directamente. La zafra marcaba el ritmo de toda Cuba, desde el trabajo al mercado financiero pasando por el ocio y la política."

"Un ingenio es una fábrica de azúcar. Durante el siglo XIX designaba a la fábrica en sí, que se fueron mecanizando, aunque muchas eran extremadamente rudimentarias. Ramón Pelayo compró un ingenio y lo convirtió en central, como te expliqué: el ingenio se ampliaba y modernizaba hasta convertirlo en una fábrica moderna, equiparable a cualquiera de Europa o los EEUU (piensa en la Solvay original), con una capacidad de producción mucho mayor que requería centralizar la caña en su entorno. Por eso estos empresarios, Ramón Pelayo también, compraban otros ingenios vecinos y los demolían, para que la caña de las fincas fuese a su central. El Rosario de Pelayo fue una central desde principios del siglo XX."

Continúo con la transcripción de la entrevista tal y como la recuerdo, recurriendo puntualmente a las notas tomadas a vuela pluma.

A Ramón Pelayo le debió costar regresar a Cantabria y verse rodeado de bardales, apunta Enrique. Que una ciudad como Santander, con su burguesía rampante, no fuera capaz de dotarse de un hospital moderno, era para él inadmisible. No es que lo santanderinos no supieran identificar tal necesidad, que lo eran y desde antiguo, ya desde la explosión del barco-vapor Cabo Machichaco, sino que, siéndolo, no fueran capaces de construirlo, eso es lo que le dolía. 


Foto del antiguo Hospital de San Rafael, actual sede del Parlamento de Cantabria. Es una postal. En la Biblioteca teníamos una de época expuesta, pero la robaron. La Casa de Salud Valdecilla sustituyó a este hospital en 1929.

La mujer de Ramón Pelayo sufría una severa enfermedad mental. Hacían vidas separadas desde el mismo viaje de novios. Quedó al cuidado de su madre en La Habana. En la vida del marqués, la salud tenía mucho peso. Tampoco es casualidad que la Casa de Salud Valdecilla tuviera un marcado carácter psiquiátrico, con la figura del neuropsiquiatra cántabro Wenceslao López Albo al frente.

Otro mito es la supuesta influencia de Gregorio Marañón, de padre santanderino, en el marqués. Yo desde luego no he podido documentarla, continúa Enrique. Era el médico de la Marquesa de Pelayo, pero la relación con el marqués era tangencial, cuando no remota. Su médico personal era el urólogo Manuel Sánchez Saráchaga, también cántabro. Por cierto, este funcionó como enlace entre la clase médica regional, que creía que el nuevo hospital iba a ser para ellos, y los médicos venidos de fuera, vistos por los primeros, y con razón, como una amenaza. Fue Sánchez Saráchaga el que, en primera instancia, medió entre ambas posturas. 

Quizá no con todo el éxito esperado, apunto, pues que Wenceslao López Albo tuviera que marcharse precipitadamente al exilio en 1937, amén de por estar afiliado a Izquierda Republicana, puede que también tuviera algo que ver con el odio enconado que le tenían los médicos locales. He recogido testimonios de enfermeras de época que aseguraban que las mujeres "de bien" santanderinas las ponían literalmente a parir, digo. Qué no dirían de los médicos.

Otro médico que merece destacarse es Emilio Díaz-Caneja, completa Enrique. Es probable que él se ocupara de la captación de talento externo. Por aquí pasaron, entre otros, los doctores Rafael Lorente de No y Pío del Río-Hortega, dos firmes candidatos a Premio Nobel de la época, recordémoslo. Una cosa debemos tener clara: el marqués quería la excelencia, quería a los mejores. Hay muchas cartas de recomendación que quedaron sin respuesta.

Hace rato que terminamos nuestras consumiciones. Ha dado tiempo a que se renovaran las mesas varias veces. En todos aquellos con los que hemos coincidido hemos advertido interés por nuestra conversación. En cierto modo, hemos estado hablando de ellos y de su Casa. Propongo a Enrique seguir hablando mientras caminamos.

Le enseño los monolitos de estética moderna (los pabellones no lo son) que conservamos. Se pueden contar con los dedos de una mano. Se integran dentro de una pieza compuesta por verja, muro, terraplén y paso que queremos restaurar.


Nos dirigimos al retrato del marqués. Se encuentra en el recibidor principal de las Tres Torres. Lo pintó Gerardo de Alvear en 1926. Lo pagó la Marquesa de Pelayo. Está claro que para la Diputación Provincial de Santander. Por entonces esta no tenía sede estable, informa Enrique. Iba de piso en piso de alquiler. A mediados de los años veinte creo que ocupaba una planta del Banco Mercantil, dice. Es normal que el cuadro terminara en la Casa de Salud Valdecilla. Lo que no quita para que su propietario, por lo que hasta ahora sabemos, sea el Gobierno de Cantabria.

Al marqués se le ve mal de salud. Tenía 75 años. Debía padecer reuma. El clima cántabro le encantaba, húmedo y templado, pero no le convenía. Su casa además era un desastre, informa Enrique. Se la había hecho un primo suyo. Para sus visitas veraniegas desde Cuba, bien, podía aguantar, pero cuando vino para quedarse, fatal.

Se le ve afectado y también desinteresado, apunto. En las memorias de Gerardo de Alvear se describe una relación fría y distante entre ambos. El marqués comía sin abrir la boca, sin hablar, me refiero. Luego él le pintaba mientras echaba la siesta. Al fondo se ve la Mies de Corro. Es un topónimo que probablemente se deba a un afloramiento de roca madre o castru de forma circular, de donde el corru, que hay en esa mies, aclaro. Todavía se puede ver. El marqués era una persona muy práctica, no le interesaba el arte, confirma Enrique. ¿Y por qué le pondría un cojín a los pies?, pregunto. Quizá lo hiciera como símbolo de poder, especula Enrique. Que sus pies no tocaran suelo. O por mera comodidad, sin más vueltas, convenimos.

Pregunto a Enrique si sabe cuándo fue la primera vez que visitó la Casa de Salud Valdecilla o si estuvo presente en la inauguración, celebrada el 24 de octubre de 1929, coincidiendo con su cumpleaños, pero no me sabe decir. Es información a la que está dando forma para su tesis. Quien seguro que estuvo en la inauguración, o quizá sea mejor decir homenaje al Marqués de Valdecilla, fue su sobrina, la Marquesa de Pelayo. Estuve en su casa de Collado Villalba, indica Enrique. Es apenas una ruina, una pena.

¿Sabes si es cierto lo que dicen de que el marqués y la marquesa, tío y sobrina, tenían una relación, digamos, de carácter amoroso? No lo sé, responde Enrique cauto. Lo que sí sé, reacciona, es que el marqués se casó en Cuba por amor. Cuando se restauró "La Casa Blanca" apareció debajo del letrero uno anterior donde ponía "Villa María Teresa", el nombre de su mujer.

Yo al único que le he leído algo al respecto es a Pablo Beltrán de Heredia, digo. Por cierto, un falangista al que interesa atacar a la marquesa, ataja Enrique. ¿Por qué?, pregunto. Ambos, marqués y marquesa, eran monárquicos, responde. Cuando Franco se asienta en el poder, la marquesa se convierte en un blanco a abatir.

La supuesta masonería del marqués, otro mito. El marqués murió el año 1932 y tres años después profanaron su tumba para robar. Se organizaron distintos actos de desagravio, también en el hospital, que inundó de flores frescas el recibidor del pabellón principal, donde estaba el busto de Barral, y se acabó. La noticia no dio más de sí. Pero durante el franquismo, se empezó a especular con que la profanación respondía a un rito masónico incomprensible, porque no era cierto. Era una forma de atacar su memoria. Este ataque se entiende en la campaña contraria a la gente de dinero que no secundaba a Franco. La figura del marqués salió indemne, en parte gracias al peso de la Casa de Salud Valdecilla, que todo lo vence, pero, por el contrario, la Marquesa de Pelayo no: ella sigue siendo la mala de la película. Probablemente no se lo merezca.

Salimos del hospital y nos dirigimos a los jardines por la cuesta de Urgencias. Nos detenemos ante el nuevo mural de Okuda. Tiene unas dimensiones importantes y es muy colorista. No incluye figuras humanas, solo geométricas. Ocupa la pared de Urgencias Pediátricas. Explico a Enrique que los pabellones se conservaron para que sirvieran de carta de presentación de la ciudad entrando por La Marga pero que cuando se construyó Valdecilla Sur, se taparon. Solo se ven desde dentro, desde los jardines. Las decisiones en este hospital se han ido tomando sin continuidad, desconectadas una de otras. Por eso el acceso tan complicado de Urgencias o la orejera que protege el acceso del Edificio 2 de Noviembre del viento del noroeste, el mismo que provocó el accidente de 1999. Valdecilla Sur se pintó del mismo color que los buques de guerra, una mezcla de azul y gris, el color del mar y del cielo, para ayudar a que pasara desapercibido. Todo lo contrario a la idea original.

El marqués venía todos los veranos a Cantabria, dice Enrique. Terminaba la zafra y venía. Todos, salvo durante la Iª Guerra Mundial, por la disrupción del tráfico trasatlántico provocada por los submarinos alemanes. La armada inglesa desarrolló un patrón de camuflaje denominado Dazzle que no perseguía pasar desapercibido, sino distorsionar la percepción para que desde un submarino no pudieran apuntar, básicamente. Es un patrón que recuerda mucho al mural de Okuda.

Seguimos y ahora nos detenemos ante las palmeras que flanquean la entrada a Urgencias desde la cuesta de los toros, que por fortuna no se han visto afectadas por el escarabajo picudo rojo. Están siendo tratadas por Serveo, según se ve, con éxito. Le pregunto si a él también le parecen estas palmeras un símbolo indiano, y responde que sí. No es solo que me lo parezcan a mí, remacha, es que lo son. Únicamente, añade, no sé por qué nos hemos limitado a la palmera canaria (Phoenix canariensis): en Cuba, y Enrique lo sabe de primera mano porque ha estado allí investigando, no es esta la que prima, sino la palmera real (Roystonea regia). Además, hay documentación que atestigua que en Cantabria ha habido otras especies, no solo la palmera indiana que ha acabado dominando nuestros parques y jardines. De hecho, las hay por ejemplo en una casa que hay en la recta de La Pasiega, antes de llegar a Renedo. ¿Por qué unas sí y otras no?, pregunto. Supongo que por una combinación de factores culturales que se me escapan y otros de carácter ambiental relacionados con la distinta adaptación de las especies, que también, se sincera. Habría que preguntar a un botánico y a un antropólogo, sugiere. Tomo nota.

Entramos a los jardines por el Edifico Enlace. Ha estado mucho en el hospital, por desgracia desde pequeño, pero no los conocía. Ni tú ni casi nadie, secundo. Ni siquiera muchos trabajadores. Cuando les preguntas por ellos, te dicen que qué jardines. Es importante primero situarlos en la cabeza de la gente y luego decidir entre todos qué hacer con ellos, si es que hiciera falta hacer algo, que yo, particularmente, creo que sí, digo. Tienen un potencial enorme todavía por aprovechar. Y no hablo necesariamente de beneficios materiales, aclaro. Si se vive en ellos, devolverán vida. Es lo que se pretende con este proyecto, concluyo.

Foto del pabellón 16, en cuya segunda planta se encuentra la Biblioteca Marquesa de Pelayo. En la plata cero, a sur, se abren los ventanales del Salón Téllez-Plasencia, nombre puesto en recuerdo del primer Jefe de Servicio de Fisioterapia de la Casa de Salud Valdecilla, pronto duplicado en Servicio de Rayos. El Dr. Heliodoro Téllez-Plasencia murió en el exilio francés.

Le llevo al lugar donde se encuentra el escudo que remataba la fachada del antiguo pabellón principal o del reloj, cuyos sillares fueron numerados, desmontados y enterrados en Punta Parayas, donde continúan, salvo aquellos que han ido desapareciendo, muchos de los cuales se adivinan formando parte de los muros de las fincas y casas de los alrededores. Al lado está el retal de hormigón que servía como base al busto del marqués que ahora se conserva en el Salón Noble de la Biblioteca, en la vertical del punto en que nos hallamos. Lo subimos porque, siendo de interior, se estaba viendo afectado por la lluvia y el viento. Fue una decisión controvertida porque este era el lugar donde los médicos que terminaban su residencia se hacían la foto de despedida, pero creo que, en términos generales, la institución ha salido ganando.

Le comento a Enrique que hablando con el último Premio Nacional de Medicina "Marqués de Valdecilla", Antonio Pérez Martínez, llegamos a la conclusión de que es necesario encontrar figuras como Ramón Pelayo que sirvan de ejemplo a los mecenas actuales: no ricos que por serlo se crean más listos que nadie, ni legitimados para decidir por sí mismos dónde poner dinero, generalmente como quien hace un favor, o hacer ver que lo hacen, sino personas generosas que se ofrezcan allí donde haga falta. Es decir, no salvadores ni visionarios, sino simplemente eso: mecenas. Una inspiración.

Ten en cuenta, enlaza Enrique, que Ramón Pelayo al principio era un indiano clásico, es decir, venía y pagaba. A veces acertaba, otras no. Incluso acertaba viendo que el proyecto que le presentaban no tenía visos de futuro, pero aún así pagaba. Puso dinero para el Palacio de La Magdalena y el Hotel Real de Santander, para las regatas del rey, para paliar los efectos de la "gripe española", etc. Era lo que se esperaba de los indianos. Pero él pronto muta y lo hace por influencia anglosajona mediada por sus socios y amigos de Nueva York. El cambio se empieza a notar antes de su regreso definitivo a Cantabria. En 1911 inaugura las Escuelas de Valdecilla y en 1929 la Casa de Salud Valdecilla, el culmen de su labor filantrópica.

Sin embargo, matiza Enrique, hay un problema. En Cantabria los indianos actúan en solitario, no en grupo, como en el resto de España, lo cual supone que el conflicto, que siempre está presente, no es entre indianos, por ejemplo para decidir dónde poner las escuelas, sino del ayuntamiento con el indiano, que ha puesto las escuelas pero ahora toca mantenerlas. Extrapolando, este es el principal problema con el que se encuentra la Casa de Salud Valdecilla tras su inauguración: quién paga a partir de su inauguración las facturas. Es en este horizonte donde cabe resituar la figura de la Marquesa de Pelayo, pues fue ella quien, tras abandonar todos el barco, sobre todo a partir de la Guerra Civil, unos por no querer y otros por no poder hacerse cargo, asume el peso en solitario. 

Doy la razón a Enrique. En el Centro de Estudios Montañeses se conserva el cuaderno de notas de su secretaria y la relación de gastos es abrumadora. Llegó a pagar hasta las sábanas del hospital, ni qué decir los sueldos de los médicos.

Ciertamente, se puede hablar de refundación cuando Segundo López Vélez convirtió la Casa de Salud Valdecilla en Centro Médico Nacional Marqués de Valdecilla y lo integró en el sistema de Seguridad Social española el año 1972. Fue su salvación. La de la marquesa y, la que más nos interesa, también la de la institución. Así es como lo estamos planteando desde el hospital últimamente. Nos interesa su figura.

Por cierto, sigo, nuestra biblioteca lleva el nombre de la marquesa porque fue ella la que aportó el millón de pesetas invertido en la adquisición de bibliografía. Para poder seguir pagando las suscripciones de las revistas científicas, la marquesa ingresó una cantidad elevada de dinero en una cuenta bancaria para que con los intereses se hiciera frente a este gasto. Pero de esta cuenta nada se sabe.

Seguimos con nuestro paseo. Llegamos hasta el fondo de los jardines, donde no hay salida. Están entrando las nubes por donde suelen. Se ve Sierra Gándara al sur, donde se encuentra Peña Cabarga. El poeta Gerardo Diego amenazó con marcharse de Santander si ponían un repetidor en lo alto. Lo pusieron y cumplió su palabra. Murió en Madrid. El año que viene es el aniversario de la antología por él preparada que dio nombre a la Generación del 27, culmen de la Edad de Plata de las Ciencias y de las Letras Españolas, que incluye a la Generación del 98 y a la del 14. La Casa de Salud Valdecilla es el bastión científico de este amplio movimiento. Nosotros nos queremos sus herederos. A norte se levantan las grúas de la obra de los protones.

La Casa de Salud Valdecilla no debe concebirse sola, advierte Enrique. Forma parte de una concepción global de la atención sanitaria que incluye la Casa de Maternidad y el Jardín de Infancia, entre otros proyectos, algunos de los cuales no llegaron a realizarse, como la granja-escuela prevista en Hermosa. Al marqués le movía la mejora de los cultivos, de las razas de ganado, etc.

En este sentido el marqués me recuerda a Enrique Diego-Madrazo, digo. Cuando estuvimos preparando la donación de su fondo, donación que luego terminó, para bien, en la Biblioteca de la Universidad de Cantabria, advertimos que muchos títulos tanto de libros como de revistas eran de Ginecología y Obstetricia. Sumado al instrumental suyo que nos había llegado por otras vías, dedujimos que el doctor cántabro había sido abortista, sobre todo durante su época en Madrid, cuando más dinero hizo. Planteada esta sospecha a sus herederos, estos nos respondieron que no, que todo ese material y los libros respondían  a un interés del doctor por la mejora de la raza de vaca pasiega.

Y más, preparando una exposición sobre los diez primeros años de la Casa de Salud Valdecilla, hace precisamente diez años, encontré documentación relacionada con una granja-escuela destinada a pacientes psiquiátricos organizada por Wenceslao López Albo, que además de Director Gerente era Jefe de Servicio de Psiquatría de la Casa. En concreto, encontré los contratos de los primeros enfermeros masculinos del hospital. Son documentos ahora disponibles en el Archivo Histórico Provincial de Cantabria, donde hemos transferido toda nuestra documentación histórica, al menos la que se encontraba en la órbita de la biblioteca.

Comentamos este movimiento Enrique y yo. A Enrique le parece primordial que se preserve el patrimonio documental, aunque reconoce que le da pena que el hospital no pudiera dotarse de un archivo histórico propio. Estamos de acuerdo, pero hay que optimizar recursos. La clave está en que la relación con el Archivo sea ágil y fructífera, como está siendo.

La Casa de Salud Valdecilla, en resumen, respondía a un programa del marqués, no fue fruto de la improvisación, eso está claro, dice Enrique. Es probable que ya le rondara la cabeza desde el año de la pandemia de 1918, si no antes.

Nadie vino y le dijo "firma aquí", pregunto.

Eso nunca, responde.

El día avanza, como la tormenta que se cierne sobre nosotros. Enrique y yo seguimos caminando. Las pocas flores que hay en los parterres van cerrando sus pétalos.

VIRIDITAS 58: "La toñaa"


En Cantabria hay que distinguir entre tardíu y toñaa. El primero da nombre al otoño. La segunda, en palabras de Jorge, el jardinero de la foto, es "el último tirón de verde de septiembre y octubre antes de que se produzca el parón invernal, cuando llegan las heladas." La foto está tomada desde una ventana de la Biblioteca.

jueves, 1 de octubre de 2026

VIRIDITAS 57: Entrevista a Montserrat Cubría Piris, historiadora

Termino de leer su Trabajo Fin de Máster dedicado a la noción de paisaje en la obra del escritor Francisco Cubría, disponible en UCrea, y la escribo dándole la enhorabuena y pidiéndole una entrevista. Ella acepta a vuelta de correo. Lo hace contenta, asegura. Se llama Montserrat Cubría Piris y además de nieta del escritor, algo fácil de deducir por los apellidos, es historiadora especialista en patrimonio, ahora responsable editorial y de contenidos de las audioguías culturales Te Cuento, la última disponible la del Cementerio de Ciriego.

Es ella la que sugiere el lugar de quedada: donde la obra de Arancha Goyeneche, titulada Sticked painting. No es el sitio acostumbrado, yo suelo quedar donde las banderas, pero casi mejor. Tras confirmar, aprovecho el cruce de correos para preguntarle por el verbo cántabro esticar, "pegarse contra la pared", para dejar paso. Su abuelo coleccionaba palabras. Ella conserva sus notas. Me parece que esticar puede tener relación con el inglés to stick, "pegar", empleado en el título del cuadro de Arancha Goyeneche. Por eso lo pregunto. Pero no lo sabe y yo tampoco. Hay una serie de palabras cántabras que parecen hacer doblete en inglés, como carrambuela, "frambuesa", y cramberry, "arándano"; o ráspanu, "arándano", y raspberry, "frambuesa". No parecen responder a la misma lógica que conocidos anglicismos portuarios como pichi, "alquitrán", del inglés pitch, con el mismo significado; o güinchi, "grúa del puerto", de winch, "cabestrante". Para esticar podría pensarse en un sustrato prerromano paneuropeo. No sé en qué otras opciones. Es un tema que queda en el aire.

Pasan los días y llega el de nuestro encuentro, también llego yo al punto convenido, ella lo ha hecho antes y al verme se levanta para saludarme. De lo primero que hablamos es de la oportunidad de los bancos, aunque alguno esté demasiado pegado a las obras de arte. Pasa con el cuadro de Juan Manuel Puente, que a ella le encanta, así que vamos a verlo. Pertenece a la serie "La tierra que pisamos" y es resultado de añadir capa sobre capa de óleo. Buscamos las cuchilladas reparadas y se asombra. No es para menos. No sabemos quién lo hizo ni por qué. Mantenemos una breve discusión sobre si restauraciones así es mejor dejarlas a la vista o no. Concluimos que deben ser perceptibles para que no haya confusión respecto a la obra original pero no quedar expuestas. En el caso de la obra de Juan Manuel la restauración nos parece acertada. 

Sin perder el hilo, nos encaminamos hacia el retrato del marqués que cuelga en el vestíbulo principal de las Tres Torres. Le cuento a Montserrat la peripecia que condujo a su rescate para la ciudadanía, de un despacho a este emplazamiento privilegiado del hospital, y le cuesta creerlo, pero es así como fue. Señala que el lienzo está destensado y que haría falta meter una cuña para que no se dañe. Es algo que se viene señalando repetidas veces. El centenario está cerca, hay que actuar, además de por otras consideraciones relacionadas con el cuidado de nuestro patrimonio. ¿Nuestro? Comentamos que el óleo lleva fecha de 1926 y que el hospital fue inaugurado el año 1929, de modo que cabría preguntarse por su itinerario. Recuerdo entonces que Gerardo de Alvear indica en sus memorias que el retrato fue pagado por la marquesa para la por entonces Diputación Provincial de Santander. Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que está aquí desde el minuto uno. En una foto de Araúna que cuelga de las paredes del pabellón16, se ve el antiguo anfiteatro, donde se impartían las sesiones generales, presidido por el retrato, que también aparece detrás de la mesa presidencial en fotos tomadas el día de la inauguración, acto al que el marqués no pudo asistir, al menos en persona, por encontrarse enfermo, y eso que se había hecho el esfuerzo de que coincidiera con el día de su 79 cumpleaños, el 24 de octubre. No en carne y hueso, pero sí al óleo, más su sobrina, la Marquesa de Pelayo, en representación de la familia.

Por cierto, es probable que el marqués se implicara en la construcción de la Casa de Salud Valdecilla gracias al Dr. Gregorio Marañón, de ascendencia santanderina. Su padre pertenecía al círculo de Menéndez Pelayo, Pereda y Galdós. El doctor escribió mucho sobre Cantabria. Destaca la atención que prestó a la figura del hombre-pez de Liérganes, y resulta que Montse es especialista en el tema. Según ella, la leyenda del hombre-pez toma asiento en un protagonista (Francisco de la Vega), un lugar (la ría de Bilbao) y un momento concreto (la noche de San Juan del año 1674). Luego están las ganas de contarla y sobre todo las de escucharla. Esto ha sido así durante más de trescientos cincuenta años porque cada vez ha sido útil por alguna razón. En la actualidad, como reclamo turístico. Las leyendas, en cuanto dejan de servir para algo, desaparecen. Pasa igual con la memoria. Si no se recuerda, si no hay razones para hacerlo, se olvida.

Prestamos atención a la placa metálica del escultor Carlos Ferreira que fue salvada, probablemente de ser achatarrada, de la antigua Residencia Cantabria. Se sacó de la pared, donde estaba empotrada, y se bajó con la idea de instalarla a la puerta de la biblioteca, pero pesaba demasiado así que se puso en el hall. Estéticamente no es el mejor sitio, porque distorsiona la percepción del espacio diáfano de la entrada, pero en la práctica es el único posible. Tenía una pátina preciosa pero al bajarse se pulió, equivocadamente, a nuestro modo de entender. Hay otra obra suya en la rotonda del IDIVAL y una más, aunque cercenada por la Ley de Memoria Histórica, en la residencia de estudiantes de la UIMP en Los Castros de Santander.

Salimos por el 2 de Noviembre y nos fijamos en los árboles dedicados de la entrada y a ella le recuerdan a dos que tiene en su casa: el árbol de Pablo y el de Lea, un avellano. A este periódicamente le atiza por el pie, dice, para que no se desmadre. A mí me recuerdan a los de mi casa familiar del pueblo, donde mi madre, a las visitas, lo primero que enseña son los árboles, algunos plantados, otros a los que se ha dejado crecer, traídas las semillas por el viento, o de frutas caídas. Mi hermano y yo tenemos un acebo escindido en dos grandes ramas, la de mi hermano doble porque él tiene una hija. Traigo a colación un artículo publicado en prensa por Francisco Cubría titulado "El roble y la palmera" en el que su abuelo, ante la inauguración de un jardín urbano en Santander al que se había bautizado con el pomposo nombre de "Versalles", dice que cuando la palmera deje su sito a un par de robles y a unas hayas "que se doren en el otoño con colores de caramelo", e incluso a un castaño "con sus borizos", "será cosa de ir pensando en sustituir el nombre de Versalles por otro más al pelo, más montañés y más apegado, en fin, a mi roble". Es bonita esa forma de cubrir necesidades o resolver problemas o desarrollar proyectos desde dentro, como pasa con VIRIDITAS, donde las personas entrevistadas son cántabras, porque entre nosotros nos podemos arreglar, o no hay razón para no hacerlo. La cita está tomada de un libro recopilatorio publicado por la Universidad de Cantabria el año 2016. Lo saco para leer el fragmento y ella suspira porque justo me lo traía de regalo envuelto en papel de periódico y atado con una delicada cinta color sanguina.

Cabe preguntarse por la posible relación del cántabro llosa, el espacio cerrado situado a un lado de la casa, con acceso propio, generalmente destinado a frutales y como espacio experimental (es aquí donde creo que primero se recibió el maíz y se probó su viabilidad), con el jardín. La llosa está prácticamente desaparecida. Es muy difícil encontrar una. La llosa como jardín cántabro en potencia. Lo comento en relación con el riesgo que acarrea abandonarse, recibir y no desarrollar. Para tomar hay que dar, y la colaboración, el intercambio es necesario. No es que priorice lo de dentro, aclaro, sino la relación que establecemos con lo de fuera, es decir, lo de afuera entendido como complemento de lo de dentro, haciendo que todo pase a ser algo propio.

Seguimos nuestro camino. Pasamos por delante de la escultura Kinesis: Al progreso médico de Ramón Calderón pero no nos damos cuenta, o yo no lo hago, hasta que ya estamos tomando la curva que conduce a Urgencias, de camino a los jardines. Esa escultura se hizo para celebrar los 75 años del hospital, anuncia Montserrat. Pesa 24 toneladas. Se instaló de noche para no interrumpir el tráfico. Estuvieron trabajando hasta las cuatro de la mañana. Yo estuve allí, dice. Tengo la escultura original, pequeñita, en mi casa, continúa, y al día siguiente me manda una foto:

También un texto en el que explica la simbología de la obra: "La estructura total está compuesta por cuatro elementos geométricos en gruesa plancha de acero corten. (...) El primero es un enorme triángulo invertido simbolizando la antigua medicina hipocrática que desde su nacimiento puntual se alza en rápida expansión hasta que desaparece resquebrajado por lo inconsistente de sus fundamentos. Un segundo elemento, también enorme, nace en el lado opuesto del basamento, desde una amplia base. Al igual que la ciencia médica decimonónica, se va debilitando, constreñido por los nuevos descubrimientos y avances del siglo XX y se desdobla en un tercer elemento flotante, con engarces complicados que sugieren la controversia de la medicina científica que al final conduce a la pieza más agresiva y valiente, una flecha de 15 m. lanzada al cielo en representación del progreso de la medicina moderna y del futuro."

La copia es la grande. Esta estaba frente al antiguo Edificio de Traumatología, presidiendo el acceso al hospital por su lado norte, el principal, pero, coincidiendo con la construcción del aparcamiento subterráneo, se estazó como a un pedazo de carne y los restos se echaron tras el último de los pabellones, el 20, donde hubieran permanecido hasta ser achatarrados, añade Montserrat, si no hubiera sido por su padre, el Dr. José Mª Cubría Mirapeix (Chencho, indica Montse), que peleó junto con la enfermera Rosa Alonso hasta lograr que se reconstruyera, creo que fue en la época en que estaba de Subdirectora Gerente la Dra. Beatriz López, apunto. Se volvió a levantar pero en una esquina, se lamenta Montse, a la que el actual emplazamiento no le gusta nada, aunque entiende que haya condicionamientos técnicos que así obliguen. No hay forma de posar los ojos en ella (para hacer una foto, para disfrutarla, para tratar de entenderla y apreciarla...) sin nada que interfiera, concedo, sea una barandilla, un poste o un cartel. Pero al menos está. Eso sí, descontextualizada, para rematar.

Haciendo batida en la antigua sede de la Gerencia del SCS, a la busca de libros y revistas abandonados, encontré un grabado dedicado a Kinesis que puse junto con todo el material que había apartado para bajar a la biblioteca, todo de gran interés (de hecho, muchos libros parecen proceder de la antigua biblioteca del Monte de Piedad). Pero cuando llegó el camión y deshice las cajas, el grabado no estaba. Pregunté por él, y nada.

¿Y cómo es que la escultura original de Kinesis la tienes tú?, pregunto. Porque mi familia y la de los Calderón eran muy amigas, dice. De la época del Drink y así, lo conocerás, y sí, respondo, en el Río de la Pila.

Mi madre, continúa, fue la primera mujer directora de una galería de arte de Cantabria. La abrió junto con otros dos socios: Francisco de la Hoz y Ramón Calderón, pero luego ellos se desligaron y ella se quedó sola. La Galería Rúa estuvo abierta de 1974 a 1985, año en que cerró por ser inviable económicamente. Entonces abrió el que también fue primer salón de té de Santander. Mi madre, dice, fue educada en Inglaterra y era una fanática del té. La recuerdo siempre por casa con una tetera en la mano. No soportaba tomar té en la calle porque le ponían esas teteras de acero inoxidable que sí o sí chorrean. Así que abrió el Salón de Té Rúa. Duró dos años. Entonces abrió Civitat, la primera agencia de gestión cultural de Cantabria. Entre sus logros cabe mencionar las gestiones para la restauración del Mercado del Este, el concurso para la intervención de la Torre del Rhin (donde antiguamente se almacenaba la caloca para los baños de algas) que ganó Roberto Orallo o las gestiones para becar a Juan Uslé en Nueva York. Al poco fue nombrada directora del área de artes plásticas de la Fundación Botín. Estuvo detrás de la inauguración de la sala de exposiciones de la sede de Pedrueca. La de la calle del Martillo ya no la llegó a conocer, murió el año 90.

En casa me llaman Monsiña, porque nací en Ferrol. Pero como nick utilizo Nagulina, confiesa. Es el título de una novela de Francisco Cubría. El protagonista, remedo del autor, anota esta palabra tras una conversación pero duda de su significado, emprendiendo junto con sus amigos eruditos una investigación (ya hemos dicho que su abuelo coleccionaba palabras) con resultados sorpresivos que no voy a desvelar. Es una novela breve preciosa. Montse se explica muy bien, no hay confusión posible.

Hemos llegado al Edificio Enlace. Le explico que muchas de las plantas que vemos proceden de la antigua Residencia Cantabria. Las trajeron los trabajadores al bajar. También hay un retal entre este edificio y los pabellones que aparenta ser un jardín seco japonés, pero solo porque hay un arce de ramas modeladas por las corrientes de aire y alguna otra planta exótica. El suelo es de piedra suelta. La vista es muy árida. Es una solución aplicada en otras partes del hospital. Este tipo de superficie no ayuda al bienestar de pacientes, cuidadores y trabajadores, aunque sea más fácil de mantener que un jardín verde.

Accedemos a los jardines y aprovecho para hacerle una pregunta sobre la noción de paisaje. Para ello parto de los orígenes de nuestra Casa, inaugurada en 1929, es decir, en plena dictadura de Primo de Rivera (1923-30). En esta época se produjo una reivindicación regionalista que no era más que una explosión controlada de los nacionalismos periféricos, de donde el estilo arquitectónico de los pabellones. Tras la dictadura, con el desahogo, se funda La Revista de Santander (1930-35), de donde un año antes de desaparecer se desgaja el Centro de Estudios Montañeses y la revista Altamira. Francisco Cubría estaba ahí.

Eso es, dice. Mi abuelo vuelve de estudiar en Oviedo el año 1922, coincidiendo con el momento álgido de Agustín Riancho.

Puntal de la Escuela de Pintura Montañesa, digo.

Exacto, dice. Lo mismo que Gerardo de Alvear.

El Hospital Valdecilla también estaba ahí, entonces.

Eso es, responde.

Hoy el ideal es que el conocimiento esté distribuido, y que se comparta. En aquella otra época unos pocos sabían lo que muchos, incluido Francisco Cubría, que disfrutaba de un papel protagónico. Gracias a que ellos no soltaron la mano de la historia, seguimos siendo.

En el retrato del marqués sorprende el paisaje del fondo. Hemos estado buscando mi pareja y yo y parece corresponderse a la Mies del Corro del pueblo de Valdecilla, anuncio. En esta mies hay un afloramiento de roca madre.

En el cuadro se ve una formación rocosa parecida. También redonda. Se encuentra tomada por los árboles, robles en su mayoría. El nombre de la mies casi seguro proceda de aquí. Es más, en la roca, que presenta las típicas grietas del paisaje kárstico, se abren dos cuevas conectadas entre sí. Es probable que antiguamente se guardara en ella comida que se mantendría fresca gracias a las corrientes de aire. De estar en lo cierto, seguramente el nombre de Valdecilla provenga también de aquí: el valle de la pequeña cavidad o celda (donde conservar alimentos). 

¿Qué es para ti el paisaje, Montse?

El paisaje no existe fuera de nosotros, responde. El paisaje está en nosotros. Está en nuestra mirada, y hace una pausa. 

Presenta dos dimensiones, retoma. La materialidad objetiva y el espacio subjetivo.

¿Y cuál es su origen?

En Occidente despierta una nueva sensibilidad con el Renacimiento. Los pintores flamencos son sus adalides. Cervantes es consciente de que está despertando algo pero no lo nombra. A Petrarca le pasa otro tanto de lo mismo cuando asciende a Monte Ventoso. Es en el Romanticismo cuando brotan las palabras. Debemos a Humboldt la sintonía entre mirada científica y mirada artística, entre explicación y comprensión, y es entonces cuando nace el paisaje como tal. Es también entonces cuando se acuñan adjetivos como pintoresco, bucólico, sublime, etc.

En España nos ponemos en hora gracias a Giner de los Ríos, dice, que el año 1886 publica un artículo titulado "Paisaje", fundacional. En él expone "la idea divina", que es algo así como decir que todo está en todo, incluidos nosotros.

Abro paréntesis. Luego sabré que este artículo está en un Boletín de la Institución Libre de Enseñanza que adquirimos recientemente en la Biblioteca Marquesa de Pelayo. Cierro paréntesis.

Entiendo que esta noción empalma con la de paisaje que maneja la Generación del 98 y que heredan las generaciones del 14 y la del 27, es decir, la conocida como Edad de Plata en pleno, pregunto.

Montse asiente. 

A este periodo le sigue el posibilismo, que es hacer no lo que se quiera, como defendían los románticos, sino lo que se pueda. Después el neopositivismo, a continuación la geografía de la percepción y el comportamiento, con sus mapas mentales, y por último la geografía humanista acompañada de la noción de lugar, que se define como el espacio cargado de vivencias.

Esa idea de lugar enmarcada en la corriente humanista es compartida por VIRIDITAS, digo, y sigo: en tu Trabajo Fin de Máster he leído que Francisco Cubría reconocía la "trabazón" del paisaje montañés. ¿Crees que esta "trabazón" es equivalente a la "idea divina" de Giner de los Ríos?

Sin duda. Pero lo más importante de mi abuelo no fue solo reconocer la entidad del paisaje montañés, sino darse cuenta de que estaba en peligro.

¿Por?

Por lo que hoy identificamos como desarrollismo. 

Por la cubicia, que diría un montañés de su tiempo, aporto.

Eso es. Mi abuelo no tenía muchas esperanzas a corto plazo. Por eso insistía mucho en lo que él llamaba "civismo regional". En él cifraba sus esperanzas.

Este "civismo regional" es como la "trabazón" o la "idea divina" pero dentro de un marco ético, sugiero.

El amor, en definitiva, concluye.

Estamos sentados en un parterre. Hay trabajadores que entran y salen para comerse un bocadillo o tomar un poco el aire. Los pájaros revuelven alrededor. Le pido hacer una foto y ella elige las sabinas.

Su hija Martina estuvo a punto de llamarse Sabina. No quiero que nos quede pendiente una foto con el escudo que remataba la fachada original del hospital:

Se desmontó en los años 70 y los sillares se enterraron en Punta Parayas. Se hizo para preservarlos pero no eternamente. Por eso se numeraron, para poder montar de nuevo el conjunto. Allí siguen enterrados desde entonces. Periódicamente sale alguien diciendo que los ha descubierto, incluso quien repite el descubrimiento. Montse admite que levantar la fachada original donde estaba es inviable pero reclama que se busque un emplazamiento alternativo: alguna de las rotondas del entorno del hospital o la finca del marqués en Valdecilla.

Su propuesta la armó junto con su padre, el Dr. José Mª Cubría Mirapeix, que, además de angiólogo, fue fundador y presidente de ACANTO, Federación de Asociaciones de Defensa del Patrimonio Natural y Cultural de Cantabria, incluido el arquitectónico, también el científico y técnico.

Nosotros vivíamos en Ciudad Jardín, en una casa tipo inglés con tejado de pizarra. El hospital era nuestra segunda casa. Si me apuras, casi venía para llamar a mi padre a comer. Ahora es un laberinto y me pierdo.

Las decisiones que se han ido tomando a lo largo de los años no han estado coordinadas y el resultado es que hay muchos espacios mal conectados, digo.

Debe ser. 

Vamos a la biblioteca. De camino se agacha para contemplar unos pendientes de la reina. También tengo en casa, dice. Cuando el COVID, la mujer de mi padre estuvo ingresada en una UCI que estaba aquí, y señala la planta baja del pabellón de al lado. Veníamos mi hermana y yo a traerle y mientras esperábamos, nos poníamos las flores en los agujeros de las orejas, como hacíamos de pequeñas.

Me acuerdo de esos días. Se instaló una UCI a cada lado de la biblioteca. Al principio la vista estaba expedita. En seguida pusieron unos vinilos hasta media altura para ocultar a los pacientes sin quitar luz. Se veían los goteros asomar por arriba.

Qué bonitas las torres, señala. Los balcones, de distintos largos, parecen diagramas de barras.

Cogemos el ascensor. A mi madre le gustaba la casa llena, dice. El mantel estaba siempre puesto. Éramos seis pero nunca sabíamos cuántos más seríamos para comer. Mi padre siempre llegaba con los compañeros que estaban de guardia con él porque la señal del "busca" alcanzaba hasta la casa. Llegamos a mi planta. Abro y le cedo el paso.

VIRIDITAS 56: Cuando ser es seguir siendo

Suele dedicar varias horas a la semana al estudio. Utiliza el ordenador que está más cerca de la ventana, que procura mantener abierta porque es asmático y el papel le atasca. Hay varias revistas antiguas cerca. Paso, le veo y le interrumpo para decirle que puede entrar en la sala de formación, en esos momentos vacía. Esta sala ocupa una de las torres del pabellón, tiene terraza a sur y se airea rápido. Yo también soy asmático, lo he sido mucho de pequeño, y sé lo que es que te cueste respirar, lo desagradable. Lo agradece, recoge sus cosas y me acompaña. Le abro la puerta y le indico que puede sentarse donde quiera. Son 16 puestos. Decide hacerlo en el ordenador de al lado de la terraza. Buena elección. Se la abro. Nos asomamos. Es un día limpio. Se ve asomar la secuoya por encima del pabellón de dirección, el 21. Al fondo Peña Cabarga.

Aquí también hay papel pero no está tan presente, se diluye en un espacio tan amplio. En concreto tenemos tres revistas norteamericanas. Casi cien años en papel de cada una de ellas. Ocupan toda una pared. El resto son ventanales.

El fondo anterior al año 1985 lo recuperamos hace poco. Estaba en el mortuorio de Liencres, preparado para ser destruido. Dentro de las cajas encontramos la revista de Marie Curie, muy rara en el mundo, la revista de Cajal, aún más, con ilustraciones del Premio Nobel iluminadas a mano, y prácticamente todas las cabeceras de revistas científicas de la Edad de Plata. Téngase en cuenta que nuestra biblioteca es la segunda por antigüedad de España, tan solo por detrás de la del Hospital de Basurto, recientemente desmantelada (los restos se han llevado al Museo Vasco de la Medicina, en el Campus de Lejona). En el año 1929 estábamos prácticamente solos. Fue así durante décadas. De resultas, nuestro fondo es único, máxime por lo que respecta a revistas españolas. El valor patrimonial de este fondo es enorme.

Pero aun siendo mucho, hubo un tiempo en que se creyó que no lo suficiente. Con el cambio de milenio hubo también un cambio de paradigma en las bibliotecas: irrumpió el modelo de biblioteca virtual y se creyó que el papel estorbaba. Por eso que en Valdecilla se llevara al mortuorio. Por fortuna, lo rescatamos.

Transcurrido un cuarto de siglo, hemos demostrado que las bibliotecas virtuales ganan si disponen de anclaje físico. ¿Cómo? A día de hoy es imposible tenerlo todo. Nuestra preocupación es que todo lo que no tengamos, y desgraciadamente tenemos poco, lo podamos conseguir fuera a través del servicio de préstamo interbibliotecario. Este servicio consiste en pedir a otros lo que necesitamos y no tenemos a cambio de ofrecer lo que tenemos y otros necesitan. 

Cada transacción, cada petición de artículo (lo más común) cuesta cuatro euros. Antes, los cuatro euros los pagaba quien pedía, es decir, el usuario. Pero ya no. Ahora, si acaso, el coste lo asume la biblioteca. Para evitar un gasto excesivo, hemos puesto de nuevo en circulación el fondo antiguo de revistas: teniendo tanto y solo nosotros, quien lo necesite nos lo tendrá que pedir, y con cada petición que nos hagan podremos hacer otra a cambio, y gratis: gratis ellos y gratis nosotros, buscando la proporcionalidad. El ideal es que el servicio no cueste dinero porque tengamos la habilidad de hacer el mismo número de peticiones al exterior (que suelen ser de artículos recientes) que de peticiones externas atendidas (que suelen ser de artículos antiguos).

Este es un buen ejemplo de cómo el pasado puede venir al rescate del presente.

En el futuro el protagonismo se desplazará a la inteligencia virtual. Debemos tener de nuevo cuidado. Así como fue un error estar a punto de deshacernos de nuestro papel cuando llegó la biblioteca virtual, sería también un error despreciar la biblioteca virtual con la irrupción de la inteligencia artificial. Tenemos que estar lo suficientemente despiertos como para engranar esta nueva realidad en nuestra historia y seguir siendo. Hacer lo contrario sería perder.

De todo esto estuvimos hablando asomados a la terraza a sur de la sala de formación de la biblioteca. Fue entonces cuando el Dr. Ortega me dijo que siendo residente, el Dr. Berciano, por entonces Jefe del Servicio de Neurología, les enseñaba una foto con una palmera pequeñita y luego señalaba al exterior y les decía: ahí está la misma palmera, casi cien años después.

Una palmera crecida, símbolo de innovación permanente.

Al salir dejé la puerta de la sala cerrada. Pasadas las horas volví para ver si seguía. Pero ya se había ido. Entraba la luz del sol hasta el fondo.

martes, 1 de septiembre de 2026

VIRIDITAS 55: Entrevista a Ana García Negrete, poeta

Le envío un mensaje al móvil para decirle que llego cinco minutos tarde, perdona, añado, a lo que ella responde que me espera en el círculo interior al lado de las obras, que no acierto a saber dónde es, pero como habíamos quedado en el hall del Edificio 2 de Noviembre, no pregunto y hacia allí me dirijo. Encuentro a Ana García Negrete en el banco de plástico blanco que hace un rollo en el aire, como esas avionetas que fertilizan los cultivos en las tierras largas y secas del sur, que al pasar por encima de casa el piloto hace una pirueta, sentada en el interior del círculo, sonriendo al verme y abrazándome, haciéndome sitio dentro, bajo la mirada cansada del retrato del Marqués de Valdecilla pintado por Gerardo de Alvear.

Alaba el banco. Que sea un sitio de tránsito no impide que también se pueda reposar en él. El hall donde estamos corresponde a las Tres Torres, la parte más nueva del Hospital. La otra parte no tiene bancos. Esta sí, muchos pegados a las obras de arte del pasillo. No está bien resuelta esta relación entre bancos y obras de arte, convenimos. Las obras de Rafel Muro o de Juan Manuel Puente, por ejemplo, están demasiado expuestas. De hecho, la obra de este último, fértil como una sementera, capa sobre capa de óleo, sufrió recientemente una cuchillada, restaurada sin demora. Pero esa cicatriz es una señal: no por ser un espacio público con mucho tránsito se debe asumir que las obras vayan a sufrir desgaste, no es suficiente reaccionar, hay que prevenir.

Quiero enseñar a Ana un lugar recién descubierto en el límite del Hospital, o quizá él mismo el límite, y de camino vamos viendo las obras expuestas. Conoce a fondo a casi todos los artistas. De todos dice algo favorable: Faustino Cuevas, Arancha Goyeneche, etc. En origen esta galería de arte en el Hospital perseguía promocionar a artistas cántabros. Y valernos de su fuerza para ganar músculo, reconozco. Pero últimamente se está incluyendo obra de artistas foráneos y bien, es solo un inesperado cambio de rumbo. Bueno es consignarlo.

Qué maravilla la luz que entra por las cristaleras, dice Ana al tiempo que se detiene y barre con su mirada las partículas en suspensión que revelan los rayos de sol (polen, arena, carbonilla). Hay mucha gente, es mediodía. Mira a todos como si les conociera, o quisiera. Su postura transmite calma. Yo me he parado con un pie un poco más adelantado que el otro y cuando me doy cuenta, la imito y los pongo juntos. No tenemos prisa, o sí, pero no importa. Le pregunto por su reciente jubilación: lo que más me satisface es que me paren para decirme que les ayudé en un momento dado o con un problema, y me encanta, responde. Me encanta haberles podido ayudar, aclara. Ana ha sido responsable de personal del Gobierno de Cantabria. Pero no entramos ahí. Yo la conozco como poeta.

Fueron dos amigos comunes los que nos presentaron: Isaac Cuende y Rosa Gil. A Isaac le conocí cuando le pedí unos poemas para incluir en una antología gubernamental. No respondió al momento. Me citó y me escrutó. Al cabo de un buen rato, aceptó. Sus poemas fueron numéricos. La antología era de haikus y él creía que, así como no se pueden traducir del japonés, tampoco se podían escribir en castellano, de modo que lo hizo con números. Coincidimos en muchos otros proyectos posteriores. Le recuerdo recitando a Pessoa el día antes de un estreno en el teatro CASYC, sombrero en mano, por respeto, yo el único en la platea, agradecido. Rosa Gil es actriz. Es fácil coincidir con ella en recitales. Su cadencia es como la que dice otro poeta (Vicente Gutiérrez Escudero) que decía otra poeta (Carmen Stella de Vallejo) que recitaba una mujer de su familia, que ya no recordaba quién era (quizá nunca lo supo), que a su vez decía que recitaba como recordaba que lo hacía Federico García Lorca. No sé cuál es la genealogía de Rosa, pero lo que es seguro es que es pura Generación del 27, es decir, contemporánea de todos nosotros. Ellos fueron quienes nos presentaron.

Seguimos caminando, atravesamos la puerta automática del fondo, la que está al lado del restaurante, la corrediza, y salimos del recinto del Hospital a la altura de las obras de los protones, por las que Ana pregunta. Nos acercamos hasta donde podemos y apenas vemos nada, desde ahí. Es un lugar poco definido y no solo por las obras en marcha. Nunca estuvo claro. Hay un terraplén donde crecen muchas flores o quizá sean las mismas que las de todo el recinto pero lo que pasa es que no las cortan tan a menudo, y árboles, antiguos muchos, incluso hay lo que creo es un cerojal, una variedad autóctona de ciruelo, y entre los jóvenes sobre todo acacias, que proliferan, dentro de poco ganarán la partida, con sus flores amarillas parecidas a constelaciones que se dejan tocar. Este tramo conserva la antigua verja a norte, colindando con la parada de bus, que hasta ahora apenas se veía porque estaba comida por la hiedra. Hemos hablado con la UC y la hemos limpiado. Al descubrirla hemos comprobado que está bastante afectada por la corrosión. La hiedra ha funcionado como una cápsula del tiempo. Pero las consecuencias de este prolongado viaje se han dejado notar. Tendremos que cuidarla.

Que se conserve este tramo de verja porque ha pasado desapercibido durante décadas habla bastante mal de nosotros como sociedad, ¿no crees?, pregunto. Sin duda, responde. Se hacen muchas cosas pero (pensaba que Ana iba a continuar diciendo que nunca son suficientes pero) no siempre son las más acertadas, completa. Seguimos hablando, de vuelta. Aprovecho para exponer las normas del proyecto Viriditas: no grabo, apenas tomo notas, luego escribo de memoria, comparto y si el entrevistado da su visto bueno, subo la entrevista a la página.

La pertinencia de Ana en el proyecto, si hubiera dudas, que no las hay, es clara a tenor de un poema de su último libro, Muda de invierno (Sonámbulos, 2026), titulado "¿y qué es salvarse?":

"regresar cada tanto
mirar de frente el borde
la caída
del tiempo fugitivo

tocar la tierra y probarla
reconocer los huertos
los gestos de las plantas
su crecer esencial

los pájaros claros
los árboles ancianos
vuelven reconciliándose
pletóricos de marzo
    ¡hay que salvarse!
al nuevo ciclo venoso
del cuerpo socorrido"

La palabra latina empleada como título para este proyecto da nombre al vigor del reino vegetal, el "crecer esencial" que nombra Ana. Una anciana del pueblo cabuérnigo de Renedo nos dijo una vez su traducción al cántabro: tiez, la energía vital de las plantas, su voluntad de ser. Utilizó esta palabra mientras nos explicaba a mi pareja y a mí cómo hacer para intentar sacar un árbol centenario de su pueblo a partir de una ramita verde que cogimos, un árbol comunitario que antiguamente se encargaban de cuidar las niñas. No conseguimos que la ramita verde prosperara y el árbol lo han talado recientemente pero yo tomé su idea, la energía que viene de la tierra e impulsada por el sol te hace crecer, como marco de desarrollo del proyecto Viriditas.

Los jardines del Hospital necesitan ser valorados para conservarse. Pero para ser valorados tienen que ser antes conocidos. Estos paseos es lo que buscan: conocer para valorar, entendiendo el conocimiento como resultado de un proceso compartido.

Leyendo el poema de Ana, me quedo con ganas de contarle que antiguamente en San Sebastián de Garabandal las mujeres iban a las tierras, se levantaban la saya, se sentaban en el suelo y dependiendo del calor de la tierra sabían si se podía sembrar o si era necesario esperar. Curiosamente, o no, por lo que pueda tener de conocimiento antiguo, la serie de la reconocida artista Marina Abramovic titulada Balkan Erotic Epic trata sobre lo mismo. Ese "probar la tierra" de Ana lo interpreto desde estas coordenadas. Pero no se lo digo, espero a escribirlo, ahora.

Vamos directamente a la Biblioteca por dentro y una vez allí, al Salón Noble, donde nos sentamos en el banquito que está bajo el ventanal a sur. Es una joya del diseño art-decó de los años veinte. Como hace mucho sol (y calor) abro las ventanas pero echo las cortinas hechas, le explico, con tela recuperada de viejas cortinas de box de Urgencias. Saco sus libros, algunos comprados, otros cogidos en préstamo de la biblioteca, los poso entre nosotros y me dispongo a tomar notas en mi mazo de papel, en cuyos primeros pliegos tengo preparadas varias preguntas, o mejor, indicaciones para conducir la conversación hacia temas relacionados con su obra:

Muda de invierno, empiezo, lo escribiste en Valderredible durante un retiro invernal en un molino sobre el Ebro.

Efectivamente, responde. Me jubilé. Pude adelantar la jubilación un año. Necesitaba salir de mi lugar, ambiente, casa, necesitaba un otro lugar que no fuera familiar para (aquí Ana hace una pausa) no sabía exactamente qué, qué iba a salir, y salió este libro.

Por el poema de apertura interpreto que salió en busca de un claro del bosque y que fueron los pájaros quienes le anunciaron que lo había encontrado. O que supo de su destino gracias a ellos: el claro del bosque como toma de conciencia.

"(...)

de frente descendió el mirlo de habla comprensiva
al tímpano de las ramas y a los brotes a punto el petirrojo

hablaban los sarmientos los robles hibernados
el fuego noble
el reconocimiento de un tiempo dilatado y la gratitud
ensanchada a lo largo de todos los suyos
desde un amor latente en la memoria
y lo midió ancestral en sus costuras
sentimentales"

A mí me recuerda a las mañanas entrando al Hospital por los jardines, los miruellos cosiendo con botones de oro los arbustos, el oleaje de las bandadas de gorriones, el pulso eléctrico del vuelo de los jilgueros.

Si las campas del Hospital fueran claros, los pabellones serían árboles, pienso.

En el poema "El balcón" de su anterior libro homónimo, publicado hace cinco años, Ana se pregunta "¿qué vine a mirar?" En Muda de invierno parece estar contenida la respuesta.

En invierno, con el frío que hace, al molino que fui no va nadie, dice. Lo encontré gracias a Víctor Adorno, un amigo biólogo, que me puso en contacto con Celia Tejada, apunta. Cuando lo vi, dije: este es mi lugar: sobre el agua, que discurre constantemente, día y noche, rodeado de árboles, enredado en caminos que recorren el valle. Salía cada día. Cada vez más lejos, más a gusto.

Ese molino facilitó la concentración, dice. Pero una concentración permeable. Porque quién soy es quiénes somos. Es interesante que Ana no haya olvidado en ningún momento la dimensión social del ser humano, pienso. Ni su naturaleza.

El aislamiento al que me sometí fue muy importante para pensar pero sobre todo en la naturaleza, remarca. Había una ventana asomada al brazo que riega el molino, continúa. A esa ventana venían todos los días un montón de pájaros que aprendí a distinguir. Las lavanderas que se posaban en el caz del molino con su amarillo radiante, evoca. Ana mueve las manos como hacen los tenores cuando proyectan la voz, pero en silencio. Una leve brisa mueve las cortinas. Hay sintonía.

Hablaba con los pájaros, con los caballos, con Peña Camesía, dice. Mi latido también habrá quedado prendido en ellos.

Leía, escribía, paseaba, enumera. Ese era mi régimen diario. También hacía muchas fotos. A lo largo de esos meses, Valderredible enraizó conmigo.


Petirrojo o papuca, siempre atento a lo que pasa a su alrededor. A este pájaro en Cantabria también se le llama papu coloráu. A mí me extrañaba porque en Cantabria los pájaros suelen decirse en femenino (pasa parecido con los équidos, que sueltos en el monte suelen ser considerados genéricamente yeguas, y también con los árboles, aunque menos) y este caso, el de este pájaro, parecía ser una excepción. Pero luego supe que su nombre completo es la pajaruca del papu coloráu y todo cuadró. La foto es de Ana. Está tomada desde la ventana del molino.

"a ratos me levanto hago té
caliento mis dedos
bebo a sorbos
me asomo algo abeja
olvido las palabras
atraída me zumbo

perdida
en la ventana misma
en el hecho esencial de mirar"

Es un poema sin título de Muda de invierno.

¿Y qué te hizo mudar?, pregunto.

La voluntad de ser Ana, dice y en su respuesta reconozco a la anciana cabuérniga que nos explicaba como dar vida a un esqueje, o como prolongarla, como quien traslada el fuego de un hogar a otro. Mudo (Ana cambia a tiempo presente) para que la soledad me reencuentre, para saber qué ha sido de mí en este tiempo.

Leo una cita de María Zambrano: "Pensar es ante todo (como raíz, como acto) descifrar lo que se siente, entendiendo por sentir el sentir originario". Es de la presentación de Claros del bosque (primera edición de 1977).

Le pregunto entonces por el silencio:

Es un silencio interior, contesta, reprimido por el ruido. Silencio como palabra o decir que no se acaba de expresar porque el entorno lo impide. De ese silencio venía, de ese silencio impuesto para negar lo que somos y pensamos (abre un paréntesis y dice: neoliberalismo). Fui a Valderredible para despojarme de ese ruido.

Es entonces cuando recuperas tu silencio para decir, pregunto, y sí, concede.

Intercalo a continuación un poema titulado "Orden de silencio" tomado de su libro Y dices tu nombre (A la sombra de los días, 2015) por su interés y estrecha relación con el silencio impuesto con el que rompe en Muda de invierno:

"Extraviada, a lomos de una bestia aduladora
implacable, me dirijo al vacío.
Gira y sacude con tal brío mi cuerpo
bajo las olas o el cielo que nada hay
reconocible en aquella gruta tenebrosa.
No protesté, con sorpresa me dejé llevar.
La bestia hablaba por cada conciencia:
- No tu voz ni la otra. Solo quiero silencio.
Callar antes de aprender a nombrarlo.
Arquear el cuello tensando la sonrisa, nada más.

¿Cuándo quisimos darle nuestra lengua?
¿o fueron las palabras que se las ha llevado?
Hasta la eternidad no debería ser. 
Acabaremos muriendo mucho antes.
Ella o nosotros."

Te reencuentras, retomo, pero en mi opinión no porque te hayas buscado a ti, sino a la naturaleza, encontrándote a ti en ella, aventuro.

En Valderredible exploré el ser. Y era naturaleza, reconoce.

"(...)

sobre la pradera  sin siembra    es invierno
en este lugar de abiertos espacios
donde solo parecen vivir
aves pequeñas y rapaces
carboneros pinzones currucas
lavanderas cigüeñas
lobos marginales buitres
naturalmente vacas
y ahora ella

ha venido a mudarse para buscar el silencio
a recorrer la tierra
acompañada"

Recapitulando, Ana abandona la "vida rehuida", tal y como la define en uno de sus poemas, para abandonarse a la "vida verdadera", en palabras de María Zambrano, que, despojada de ruido, es poder ser, es decir, naturaleza.

Este otro poema del mismo libro transmite una metáfora preciosa sobre la dimensión social del ser y su reflejo en la naturaleza:

"de pronto la apertura en el centro de un verde inmenso
nubes de espesor incalculable corren en el cielo
apresuradas por llegar
pero adónde
la página aemet predice una baja propensión a la lluvia
pero siempre aparece como si quisiera advertirme
de esa mínima posibilidad

he dejado el camino para entrar a una pradera gozosa
-he atravesado el viejo cercado de piedra en seco-
he mirado al fondo y en el silencio de esa montaña
me apuntalo en total quietud hipersensible
percibo un rumor
para llegar a él me obligo a estirar mi cabeza perceptiva
los árboles en sus copas han empezado a moverse
en sentido muy dulce y apenas se percibe mientras crean
la ilusión de enlazarse

entre ellas eluden su conexión física
y no acaban de tocarse nunca"

Tú eres tu propio mástil, ahonda Ana, eres tu propio centro y ahí es donde recibes la vida, sigue. La vida te rodea pero cuidado porque en el centro de tu vida estás tú y ambas dimensiones, ser y vida, tienen que ir de la mano. Hay que tomar conciencia del propio ser en diálogo con la vida. En esta discrepancia con la vida, cada uno debería poder alcanzar una síntesis por sí mismo, pensar y decidir libremente. Pero no siempre se puede o se es consciente de poder hacerlo. El ruido dificulta pensar diferente. En el mundo actual falta reflexión.

Esta actitud beligerante de Ana ya queda patente en su primer libro, Algo tendrán que decir las estaciones (La Sirena del Pisueña, 2005), no por casualidad dedicado a Isaac Cuende y al recuerdo del Grupo Cuévano, con poemas rotundos como el titulado "No", donde denuncia la avaricia de las musas, o "Queda un loco lamento", contra los autoritarismos y sus necesarios cómplices.

Es algo que me he preocupado de transmitir a mis hijos, sigue Ana. Aunque con los hijos siempre hay un débito, la duda de haber hecho lo suficiente. Supongo que sea una cuestión de expectativas, se resigna.

Traigo un último poema de Ana también de su último libro:

"Los caballos de este camino diario
acercan su cara a la cerca y piden caricias y palabras.
Quizá la culpa de no darles lo que piden me lleva a 
un fondo inexplorado de compasión oscura; la duda
de haber entrado en una habitación y no dar lo que
antes otros me pidieron: besos, caricias y palabras."

Para terminar, Ana, ¿qué te parece que haya jardines en los hospitales? Imprescindible, se apresura a contestar. Mejor de estilo inglés que francés, eso sí. En la naturaleza estamos en potencia, y en un Hospital siempre tiene que haber esperanza, concluye.

Pasamos a hablar de amigos ingresados, de familiares con problemas de salud y temas que no tienen cabida aquí.

Pasa un día desde que nos despedimos. Caigo en la cuenta de que no he hecho ninguna foto. Le pido por WhatssAp alguna suya y alguna otra de pájaros, plantas y montañas que haya hecho en Valderredible. Me envía fotos de aves y un retrato suyo de Javier Vila fantástico:


Ana mira atenta a todo. Naturaleza consciente de sí misma.


Entrevista realizada por Mario Corral García, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 54: "Vilotrera"

Vilotrera, en Campoo, lugar donde sopla el viento con fuerza. La foto está tomada en uno de los pozos abiertos bajo los jardines del Hospital.

"Alrededores por dentro" / 3: Piedras del rayo

Subiendo a Braña Espinas, donde un trovador nos había contado, más bien cantado, que tuvo lugar un enfrentamiento mítico entre un toro y un oso, aunque quizá fuera la propia trova la que lo hiciera mítico y que el enfrentamiento fuera real, advertimos que empezaban a bajar todos los animales, vacas y yeguas, pájaros también, al tiempo que se oía una enorme y profunda respiración. Nos asustamos, volvimos la vista y vimos posada una tormenta encima de Peña Sagra. La cadencia de los truenos era la de una respiración. Es lo que en La Montaña se conoce como sindiu, palabra relacionada con sinciu, que, entre otras acepciones, tiene la de "ansiedad". Decidimos bajar nosotros también.

El poeta José Hierro decía que sus vecinos de Portio, en cuyos acantilados tenía una casita, aseguraban que los fósiles de erizo que se encontraban sueltos en los arenales y empotrados en la roca eran lo que llamaban "piedras del rayo", por ir en la punta del rayo, que caían buscando tierra y que por eso, si te daban, te mataban, no por la descarga eléctrica. En otros lugares, como Liébana o el País Vasco, las "piedras del rayo" son hachas pulimentadas neolíticas.

El primer discurso pronunciado por el Dr. López Albo fue el de la Biblioteca. En él, advierte de las tormentas que se avecinaban, animando a su equipo a enfrentarlas. Pero se ve que no fue suficiente. Murió en el exilio. Por su parte, el Dr. Téllez Plasencia fue seleccionado en tiempos de guerra para representar a España en un congreso internacional. Su ponencia versó sobre su Servicio de Rayos. Nunca se difundió en España. La hemos recuperado recientemente. El Dr. Téllez Plasencia también falleció en el exilio. La "piedra del rayo" encontró a ambos.