Estoy esperando en el umbral del Edificio 2 de Noviembre porque no sé dónde hemos quedado exactamente, si dentro o fuera. Cuando le veo llegar por la explanada salgo a recibirle. Nos saludamos dándonos la mano a la altura de las banderas. Lleva los ojos fruncidos por el sol. Sopla un fino aire de primavera. Hago amago de sacar un gorro que suelo ponerme en mis paseos para que no me queme el sol y él se adelanta poniéndose una visera que utiliza para el mismo fin.
Se llama Gonzalo Valdeolivas y es ex-catedrático de Biología. Le conocí impartiendo una conferencia en el Club Alpino Tajahierro sobre la flora campurriana y quedé sorprendido por la vastedad de su conocimiento. Le invité a participar en VIRIDITAS tras el turno de preguntas y aceptó. También las normas, que se reducen a dar un paseo por los jardines del Hospital e ir hablando de lo que se nos ocurra, sin guion. Es una conversación que no se graba, para ir más sueltos, si acaso voy tomando notas en un mazo de folios que luego trato de pasar a limpio. Una vez lista una primera versión, se la envío al interesado, y si da su visto bueno, la subo a internet. Luego hacemos difusión.
Comenzamos nuestro paseo asomados a la barandilla que da vista a la curva que baja hacia Urgencias. Destacan los ginkgos, cuyas hojas en forma de abanico están empezando a brotar. Son buenos para la memoria, asegura Gonzalo. Quizá sus propiedades sean una extrapolación de la antigüedad que se les atribuye. Es la única especie no extinta de la clase Ginkgopsida. Existe desde hace más de 200 millones de años. El ginkgo es considerado un fósil viviente. Bajamos a verlos de cerca. Se han puesto placas conmemorativas al pie de varios. Y no solo. También hay un abedul con placa. El abedul se llama "Solidaridad" y está dedicado a los voluntarios del Banco de Sangre. Este árbol tiene la corteza blanca y contrasta con el verde, por eso se le suele utilizar para marcar emplazamientos significativos en el monte, como una fuente, pongo como ejemplo. Responde a la misma idea un tejo que hay marcando la frontera de Aguayo, aunque en esta ocasión el contraste que se busca es el del verde del árbol, de hoja perenne, con el blanco del paisaje nevado. Son distintas materializaciones de una misma idea.
También hay hortensias. Las hortensias del norte antes eran espectaculares, pero con la subida generalizada de las temperaturas están dejando de serlo. Pero siguen llamando la atención. Es una planta que últimamente se ve mucho en los pueblos, pero no son de raigambre popular. Populares son los geranios en los balcones y antes que estos, los claveles (sí, también en Cantabria), entre otras ornamentales, pero no las hortensias. Estas eran más de indianos. Ha sido hace relativamente poco, coincidiendo con la avalancha de turistas, que han saltado los altos muros de los jardines de los indianos para dispersarse por doquier. Se han puesto de moda. La estampa de una casa montañesa con hortensias es solo eso, una estampa.
También hay Photinia, esta sin placa, apunta Gonzalo. Es puramente ornamental. Este arbusto no se asilvestra, dice. El que pones, pones. En este sentido, es muy respetuoso. Tampoco el ginkgo se ha asilvestrado.
Y un avellano al que le está empezando a salir la hoja. Su fruto ha sido muy importante en la alimentación de nuestros paisanos. No es casualidad que en las mieses se reserven espacios intersticiales para este árbol. Por lo general, los avellanos crecen o, por mejor decir, se deja que crezcan en los muriazos, montones de piedra que resultan de limpiar el terreno. Estas piedras amontonadas se suelen utilizar para levantar o reparar los morios, paredes de piedra seca, cuya técnica ha sido declarada recientemente Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Los muriazos tienen tantos años como las mieses, mínimo mil años. Los unos no se explican sin las otras. El Hospital va a cumplir cien años pero el territorio en el que se incardina tiene más. No hay que perder la perspectiva y ser humildes.
Entre las flores:
Erodium moschatum, Oxalis corniculata, Ranunculus muricatus, Ranunculus repens, Sherardia arvensis..., todas autóctonas y silvestres.
Foto de
Erodium moschatum.
Foto de
Sherardia arvensis, de la familia del café. Gonzalo no duda coger aquellos ejemplares que más le llaman la atención y meterlos en bolsitas, en este caso reutilizada de una farmacia, para luego analizarlas en casa.
También encontramos lino silvestre o
Linum bienne:
Subimos al talud que hay bajo la C/ Padre Rábago. Se yergue una magnífica palmera canaria que pese a su porte Gonzalo no la echa cien años. Por fortuna no se ha visto afectada por el escarabajo picudo rojo. Nacen zarzas y cerrajas (Sonchus oleraceus) sobre el tronco, además de una gramínea en su base: Poa annua. Para identificar las gramíneas hay que fijarse en la espiga o en las flores. Es todavía demasiado pronto. Esta gramínea es tempranera. La fotografiamos los dos. Hay una flor más en el tronco: Cymbalaria muralis. Esta es muy urbana, asegura, es difícil verla en el monte. Se suele asociar a las paredes, como su propio nombre indica, pero en este caso ha saltado a la palmera, y muy bien que está, certifica Gonzalo.
Foto de
Poa annua.

Foto de
Cymbalaria muralis.
Nos encaminamos hacia Urgencias sin abandonar el talud y comprobamos que alternan laureles y magnolios, patrón que rompe un roble autóctono o cajigu (Quercus robur). Se ha quedado solitario, señala Gonzalo. Es un ejemplar joven pero es probable que este año eche bellotas.


Gonzalo lleva la cuenta de los árboles autóctonos reconocidos hasta ahora. Le pregunto al respecto. No está en contra de las especies alóctonas. Aumentan la biodiversidad, defiende. Se supone que las autóctonas son especies bien adaptadas pero puede que haya otras venidas de fuera que también se adapten bien. Además, las de fuera puede que hayan sido de aquí en otro tiempo, por lo que en realidad lo que están es reconquistando terreno. Por ejemplo, las secuoyas. Hace no tantos años aparecieron fósiles suyos en unas obras de por aquí cerca, dice. Es verdad, tercio. Yo era pequeño y estaba de vacaciones en Cabuérniga, continúo, y corrió la voz entre los vecinos, buenos conocedores de la madera, de que en las obras de la autovía que se estaba abriendo de camino a Asturias habían aparecido troncos de piedra de árboles desconocidos. De secuoyas eran, sí, confirma Gonzalo. Lo que te decía: no sé si a las secuoyas cabría considerarlas plenamente exóticas. Esto no quita para que haya que tener cuidado con las especies invasoras, como los plumeros, concluye.
En la pared hay mucha parra americana (Parthenocissus tricuspidata), rojiza. Esta se ha escapado, dice. Es cultivada. También hay mucha hiedra o aráu (Hedera helix). Gonzalo no conoce el nombre cántabro. Lo apunta. Es probable que sea de origen prerromano. Se suma el helecho conocido como cabello de Venus (Adiantum capillus-veneris). Su nombre procede de la diosa Venus, que, según la mitología romana, nació de la espuma del mar con la cabellera seca. Estaría aludiendo, pues, a la propiedades hidrófugas de este helecho. También abunda la Parietaria judaica. Esta es considerada maleza, pero a mí esta es una categoría que no me gusta, dice. Nosotros de pequeños, informo, nos poníamos ramitas en la ropa como si fueran broches o condecoraciones.
Foto de
Parietaria judaica.
En esta parte del muro aparecen rocas ciertamente llamativas. La de la foto está barrenada. Probablemente el agujero se produjera durante su extracción. A pesar de ello, se ha puesto buscando que se vea bien, es decir, por placer estético. Los obreros que levantaron este muro sabían lo que hacían. No es que tuvieran valores estéticos pese a ser canteros, es que ser cantero no quita, al contrario. Pasa que se suele menospreciar el gusto campesino u obrero, que los campesinos u obreros solo reconocen la utilidad de las cosas, se dice. Pero es mentira, de plano. Esta pared es buena prueba de ello. No es la única. En el talud de la parte de la cuesta de los toros hay lo que parece una exposición al aire libre de geodas. La Universidad de Cantabria ha emitido un informe a petición nuestra en el que propone como origen de estas rocas Peñacastillo. Es probable que procedan de la antigua cantera. Esta se comió en su día una cueva donde tradicionalmente se decía que había un tesoro. Seguramente estas piedras sean ese tesoro. Las leyendas son estrategias lingüísticas que encapsulan conocimientos para su más fácil transmisión. Este podría ser un caso. La cueva desapareció, pero el tesoro lo tendríamos nosotros. Se lo cuento a Gonzalo, que me avisa de una cueva que le han dicho que hay en la ladera norte de Peñacastillo. Vaya, de ser cierto que la cueva sigue, la idea del tesoro empotrado en los antiguos muros del Hospital no se sostendría. Me quedo intranquilo. Tan es así, que en cuanto puedo, que es a los dos días de nuestro paseo, subo a Peñacastillo. Este es un tema que considero importante, así que abro aquí un paréntesis.
En Peñacastillo, encuentro la cueva preguntando a los vecinos:
Resulta que el tío abuelo de uno de los vecinos a los que pregunto tuvo que huir a Francia tras la caída de Santander en el 37 y me dice que la gente del pueblo le ayudó a esconderse en esta cueva hasta que pudo pasar la frontera. Pregunto a más vecinos por este tema y son varios los que me lo confirman. Es una cueva donde se escondían los huidos. Caben dos personas. En el suelo hay muchos restos de teja antigua, quizá para aislarla de la humedad. Pero no hay ninguna roca que parezca especial. Antes bien, es una cueva triste. No es la cueva del tesoro.
Cierro el paréntesis.
Bajamos Gonzalo y yo por el aparcamiento reservado a los vehículos de Hospitalización Domiciliaria.
En el suelo:
Foto de Veronica serpyllifolia.
Foto de
Ranunculus repens.
Foto de Ranunculus bulbosus.
Más adelante nos damos de bruces con un arbusto de margarita sudafricana cargado de flores. Subimos al solar que hace esquina entre la C/ Padre Rábago y la cuesta de los toros. En este lugar a mí me gustaría crear un jardín experimental, digo. Crear las condiciones de posibilidad de un jardín espontáneo. Es una tendencia actual. Su principal promotor es el francés Gilles Clément. Pero yo detecto en Cantabria una tradición blanda de relación con la naturaleza que empalma muy bien con estas nuevas corrientes. Por ejemplo, en mi casa, y es un ejemplo que de tan personal se torna significativo, no se cortan las flores. Las flores son para disfrutarlas donde están, no para cortarlas. En términos generales, tenemos el potencial.
En este solar encontramos una roseta de gordolobo (Verbascum thapsus), además de Crepis taraxacifolia, cuyo nombre vernáculo es pizcondia, informa Gonzalo. También Chelidonium majus, buena para quitar verrugas, Gnaphalium lute-album, no muy frecuente y menos en las ciudades (Gonzalo se guarda un ejemplar en una bolsita), llantén o Plantago lanceolata, geranio silvestre o Geranium dissectum, etc. Sorprende tanta biodiversidad, máxime cuando el terreno está siendo sometido a un tratamiento de químicos se entiende que para evitar que crezcan plumeros, aunque también tendrá algo que ver el ahorro en mantenimiento.
Foto de
pizcondia. La abeja que se ve libando es una abeja negra ibérica. Su labor polinizadora es fundamental.
Foto de Chelidonium majus.
Foto de Gnaphalium lute-album.
Foto de geranio silvestre.
¿Esos son olmos? Sí, lo son, confirma Gonzalo. Hay un olmo más nuestro, el Ulmus glabra, y otro más de Castilla, el Ulmus minor. El bosquete de olmos autóctonos más próximo a Santander está en el monte La Picota, en Piélagos. Los hay también en las orillas de los ríos. Pero estos parecen plantados. Serán los castellanos. Le sorprende que no se hayan visto afectados por la plaga del escarabajo Xanthogaleruca luteola. En España han sido diezmados. Estos nuestros han sobrevivido.
Foto de olmo.
Y aquellos otros, ¿son laureles? Efectivamente, resuelve Gonzalo, y por el porte parecen muy antiguos. Pero no centenarios. Hay uno muerto. ¿Te suena el laurel como protección frente a las tormentas?, pregunto, y no, responde. En mi casa del pueblo siempre hubo laurel detrás de la puerta, continúo. Pero no cualquier laurel, continúo, sino laurel cogido el Domingo de Ramos. Y no es precisamente porque sea una especie que repela el fuego. Más bien al contrario. Su madera es la mejor para encender fuego frotando. ¿Entonces? Para contestar a esta pregunta, digo, tengo que remontarme muy atrás en el tiempo, así que introduciré varios puntos y aparte.
En el Oráculo de Delfos se echaban hojas de laurel al fuego y si crepitaban se tomaba como buena señal. Si no, lo contrario. El Oráculo de Delfos estaba bajo la protección de Apolo, dios de la luz y la belleza. La palabra cántabra polu, "bello", y el verbo apolizar, "acariciar", probablemente sean familia de Apolo, aunque sea lejana. También topónimos como Polio en Santander, La Pola en Carmona o La Pol en Camargo, los tres referidos a espacios dedicados a terrazgo. La representación primitiva de Apolo era una piedra cónica. Una forma que recuerda a las "piedras del rayo", que son las que van en la punta del rayo y que hacen que el rayo mate si te cae encima. Es una creencia común a muchos pueblos del norte. En euskera se llaman oneztarri. Estas piedras caídas del cielo eran en su mayoría hachas pulimentadas neolíticas. Por eso que se buscaran enterradas en la tierra. En la costa cántabra, según testimonio del poeta José Hierro, también se consideraban "piedras del rayo" los fósiles de erizo. Igual que el laurel recogido el Domingo de Ramos, servían como protección frente al rayo.
Apolo se enamoró de Dafne. Pero se rio de Cupido (un niño semidesnudo con una arco en miniatura y flechas) y la venganza no tardó: disparó a Apolo con una flecha de oro y a Dafne con una flecha de piedra. De resultas, Dafne repudiaba a Apolo. Huía de él. Una vez que Apolo estaba a punto de alcanzarla, su padre la convirtió en un árbol, en laurel. En mi opinión, no es que el laurel repela al rayo, es que cuando se intentaba hacer fuego, si no se lograba, que era el objetivo, se justificaba así. El fracaso codificado se asume mejor. Esta es, creo, la relación entre el laurel y el rayo, o el laurel y el fuego. Una explicación más antigua que el cristianismo. Por cierto, en Cantabria, el laurel cogido el Domingo de Ramos del año pasado se ha de quemar antes de poner el nuevo.
En esta línea, las coronas de laurel serían símbolo del éxito que supondría la obtención del fuego. Por su parte, las coronas de los montes (Monte Corona, por ejemplo) serían la traslación física de este concepto.
Sea como fuere, los bosques de laurel eran en la Antigüedad sagrados. En Cantabria topónimos como Loredo o Lloreda proceden de laurel (como el vasco lorea, "flor"). Puede que remitan en sus orígenes a este tipo de espacios.
Seguimos con nuestro recorrido por los jardines del Hospital. El solar donde hemos hecho parada está presidido por un monumental níspero, árbol que en Cantabria se conoce como abadejal, cuyos frutos, en la variedad local, se cogen a finales de año duros. Pero no pasa nada porque no se comen en el momento. Se guardan en el pajar, entre la hierba, hasta que fermenten o se pongan joyecos. Es entonces cuando se comen, no antes. Gonzalo apunta el nombre.
Bajamos buscando el pequeño edifico que alberga la antigua báscula, ahora utilizada por los jardineros como vivero. Destaca un oloroso jazmín blanco. En el suelo, silvestres, Veronica persica y Myosotis ramosissima, entre otras.
Foto de
Veronica persica.
Foto de
Myosotis ramosissima.
Hay un rincón donde crece bambú. Hay que tener cuidado con él porque se propaga muy rápido y es difícil de quitar. Gonzalo aprovecha para decirme que el año pasado se documentó, parece ser que por primera vez en Cantabria, un bambú florecido. A sus colegas les costaba creerlo, de tan raro.
En este punto se nos suma Jorge Gutiérrez, profesional a cargo de los jardines. Vamos juntos a ver la joya de la corona, la secuoya. De camino repasamos las plantas que crecen en los intersticios de la pared que media con la cuesta de los toros:
Foto de hierba de los canónigos (Valerianella locusta).
Foto de culantrillo negro (Asplenium adiantum-nigrum).
En el suelo, Lotus corniculatus:
Esta flor se llama en castellano comida de grillos, en cántabro
flor del grillu y en mi casa, añado, la llamamos
zapatitos del Niño Jesús.
Al lado, Veronica chamaedrys:
Entre los árboles, encontramos Liquidambar styraciflua, muy parecido al arce, y Cotinus coggygria o árbol de las pelucas, de flores muy llamativas, aunque todavía no las tenga. Destaca una salvia medicinal o Salvia officinalis. Del otro lado de la vía de acceso a Urgencias, por la parte del pabellón 21, tilo de los balcanes (Tilia tomentosa), fresno (Frasinus excelsior), morera (Morus alba), etc.
Alcanzamos la secuoya. En este punto se nos une el biólogo y farmacéutico Alfonso Ceballos. Hay una fórmula que permite calcular de forma aproximada los años de los árboles. Consiste en medir la circunferencia del tronco y dividir el resultado por 2,5. Procedemos:
Obtenemos 422 cm., dividido por 2,5 = 168 años. Este árbol es muy anterior a la fundación del Hospital. Nos quedamos sorprendidos.
Recientemente el Ayuntamiento de Santander ha abierto una zanja y ha pasado rozando el árbol. Desde entonces ha perdido vigor. Tiene muchas hojas secas. Cruzamos los dedos para que las obras no hayan afectado a las raíces.
Al pie crece Ajuga reptans:
Y alrededor, mielga o
Medicago lupulina:
Murajes,
trama en cántabro o
Anagallis arvensis:
Veza o Vicia sepium:
También se reconoce el pie de una orquídea, pero el terreno se ha segado hace poco y falta el resto, así que por el momento no se puede identificar.
Retrocedemos para entrar a las campas de los jardines por el Edificio Enlace. Hacemos parada en la barandilla que se asoma al jardín inglés que está al pie del pabellón 21 o de Dirección. Inglés en contraposición al francés porque mientras este se somete a un patrón geométrico, aquel no, el inglés se hace pasar por silvestre, sin serlo. Son los dos modelos predominantes. Pero no los únicos. O no deberían serlo.
Nos dedicamos a identificar especies y a hablar sobre el futuro de la jardinería. Les pregunto por plantas autóctonas con potencial ornamental. Mencionan Aquilegia, Erytronium, Leucanthemum, prímulas o catasoles, narcisos o lirones, orquídeas, la especie Ajuga reptans... Recuerdo otras que propuso en su día Raúl Molleda: Ranunculus ficaria o pipas, Molinia caeruela o rucieras, Rhinanthus minor o pullucos, Lobularia maritima, con un intenso olor a miel, etc.
Hago una foto a nuestro reflejo en los espejos que cubren la fachada del pabellón:
El bastidor de nuestro jardín inglés lo conforma Cotoneaster horizontalis. Es un hervidero de pájaros. También de plantas: zarza, hiedra, hiperico de la cabra o Hypericum hircinum (se puede ver en la boca de la cueva de Peñacastillo), Scrophularia balbisii y hasta cinco tipos de helechos: Asplenium scolopendrium, Dryopteris affinis, Asplenium trichomanes, Asplenium adiantum-nigrum y el más común Pteridium aquilinum.
Accedemos a las campas:
En los setos de olivilla o Teucrium fruticans que marcan los límites anidan los miruellos o mirlos. Entran y salen como si estuvieran cosiendo con hilo negro. Su canto acompaña nuestro paseo. No son las únicas aves de los jardines: herrerillos, gorriones, lavanderas, etc. Estos jardines son un oasis.
Destacamos:
Foto de oreja de ratón o Cerastium fontanum.
Foto de palomilla o
Fumaria capreolata, silvestre.
Encina tratada como seto. Se presta a ello, aunque es de crecimiento lento. Al fondo, el pabellón 16, sede de la Biblioteca. Por detrás asoma el Edificio 2 de Noviembre. Se hace difícil pasar al lado de una mata de romero y no coger una rama para olerla. En el Hospital hay un conato de jardín aromático. Abundan los polinizadores.
Limpiatubos o Callistemon citrinus, de origen australiano. Huele a limón. Parece que este arbusto atrae a las avispas asiáticas.
Espino de fuego o Pyracantha coccinea. Detrás, Gonzalo, Jorge y Alfonso.
Forsythia x intermedia. Dice Gonzalo que hace mucho que no veía uno en flor. Sus flores duran muy poco.
Llegamos a la última campa.
Trifolium resupinatum. En este campa hay poco fondo y mal suelo. Falta riego. No se puede olvidar que, aunque no lo parezca, estamos en un tejado. Debajo están los quirófanos. Esta circunstancia da la medida de la complejidad que supone gestionar estos jardines.
Corru (las flores, como las setas, los árboles o el fuego, se propagan en redondo) de orquídea corazón o Serapias cordigera. Son polinizadas por abejas solitarias que las utilizan para dormir durante la noche o como refugio en días fríos y lluviosos. No es la misma que hay al pie de la secuoya.

Briza media. Sus espiguillas colgantes tiemblan con la más ligera brisa, de ahí su nombre. La sostiene Alfonso en la mano.
Regresamos. Nos dirigimos al pabellón 16.
Kerria japonica. De origen indiano. Está bajo la torre orientada a noroeste de la Biblioteca, despacho del bibliotecario.

Bosquete de bambú sagrado o
Nandina domestica.

Lantana montevidensis. Esta foto está tomada desde el acceso al Salón Téllez Plasencia desde los jardines. Bajo la fachada del pabellón 16, donde en origen había una pista de tenis, se encuentra la masa vegetal más importante de los jardines. Destaca la presencia de sabinas. Se diferencian de los enebros porque cuando pasas la mano, pinchan, mientras las sabinas no. Son de una especie difícil de determinar.
Es uno de los misterios de nuestros jardines. No cabe duda de que tarde o temprano se resolverá. Se nos ha echado el tiempo encima. Jorge se ha quedado con ganas de preguntar a Gonzalo y Alfonso por un árbol que crece junto a la capilla y yo de enseñarles la Biblioteca. Quedamos para dentro de una semana.
Segundo encuentro. Mismos protagonistas: Gonzalo, que es catedrático de Biología, y Alfonso, biólogo y farmacéutico, más Jorge, jardinero. Quedamos los cuatro en la puerta del Edificio 2 de Noviembre. Esta vez no hay confusión. Nada más reunirnos vamos a ver unos bonsais que hay en la explanada. Son de arce rojo. Pregunto a Jorge y confirma que son intencionados. El violento viento gallego ha moldeado los troncos, lo mismo que a las copas y su ramaje. Es un efecto impresionante. No se puede dejar de pensar en el accidente de 1999, provocado, precisamente, por este mismo viento. En Cantabria es tradición coger árboles nacidos en las peñas o en las leras de los ríos y conservarlos pequeños. Es una técnica anterior a la recepción de los bonsais. En Cantabria suelen ser hayas aunque también he visto tejos.
Rodeamos el edificio de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Cantabria para llegar a la capilla. Paramos en el talud donde se conserva el último fragmento de la reja original que circundaba el complejo hospitalario. Apenas quedan dos anagramas con las iniciales CSV, uno de ellos comido por la hiedra. Peligran.
Destacamos:
Colleja o Silene vulgaris. Su nombre científico procede de Sileno, padre adoptivo de Dionisos, que solía ser representado con vientre abultado.
Perejil macedónico o Smyrnium olusatrum. Se ve mucho en el vecino Peñacastillo. Por cierto, la cima que mira hacia el Hospital se llama Miradoriu. Es un monte icónico para el Hospital, lo mismo que para todo Santander es Peña Cabarga.
Palomilla o Fumaria capreolata.
Malva moschata. Es silvestre. En Cabuérniga, donde se la encuentra en la mies, se infusiona y se la toman las mujeres para afinar la voz y cantar mejor.
Centaurea nigra. Le encanta a los jilgueros. Estos días se oye cantar en el Hospital a una pareja.
Doblamos la esquina de la Facultad y nos encaminamos hacia la capilla.
Bidens aurea tapando un nido de miruellu o mirlo. Parece demasiado expuesto. Parece también vacío. Quizá se haya visto afectado por las obras de los protones. A esta planta también se la conoce como la del té. Es de origen americano. Pero lleva muchos años en Cantabria. En Sopeña de Cabuérniga hay un prado conocido como La Tierra del Té. Es un nombre antiguo.
Bonetero japonés, porque sus frutos se parecen a bonetes, o Euonymus japonicus.
Flor del cuco o Lychnis flos-cuculi. Su nombre vulgar se debe a que cuando florece, llega el cuco. Jorge confirma que ya lo ha oído cantar.
Dos tilos autóctonos o Tilia platyphyllos. Tienen pelos blancos en las axilas de las hojas. Hay otro junto al pabellón 21 que no lo es.

Jopo de lobo u Orobanche minor. Es una especie parásita. Tiene que vivir de otras. También es autóctona.
Ya en la explanada de Valdecilla Sur.
Destacamos:
Jara. Autóctonas de Cantabria son Cistus salvifolius, Cistus psilosepalus (lebaniega) y Cistus laurifolius (muy rara). Esta de la foto es un híbrido: Cistus x purpureus.
Azalea o Rhododendron japonicum. También cultivada.
Este arce al que se ha domesticado como seto me recuerda a la palabra cántabra la cor, que es el borde arbolado de una finca, el dosel que hace el ramaje. Palabra emparentada con corona.
Hacemos un último esfuerzo y nos acercamos de nuevo a la secuoya. Es magnífica. Persiste la incógnita de la orquídea que nace al pie. También la de las sabinas. Ya no la del árbol que crece al lado de la capilla, que es Brachychiton populneus. Pero siguen siendo demasiados interrogantes. Ciertamente, cuanto más sabes más cuenta te das de lo que te falta por saber. La excelencia es una meta que nunca se alcanza. Es un proceso sin término. Planteamos la posibilidad de quedar periódicamente para mantenernos informados de las novedades. Nos parece a todos buena idea. Subimos entonces a la Biblioteca. La mañana se alarga un poco más.
Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.