miércoles, 1 de abril de 2026

VIRIDITAS 45: Entrevista a Amaya Gamazo, archivera

Hemos quedado poco antes de la hora de comer. Salgo a esperarla. Desde el aparcamiento de bicis de la pasarela del Edificio Enlace se ve la caravana de coches que avanza lentamente por la cuesta de los toros. Es hora punta. A una ambulancia le está costando salir. Prende las luces pero no el sonido. Veo entonces entrar a Amaya. Viene andando. Una ligera brisa trae el olor de los jazmines chinos de la pérgola. 

Amaya Gamazo es archivera del Archivo Histórico Provincial de Cantabria y desde que les cedimos el archivo histórico del Hospital Valdecilla se está ocupando ella de su tratamiento. Nos saludamos a resguardo de los conos que ha puesto Seguridad para no aparcar. En lugar de entrar directamente al Hospital, le propongo acercarnos a la magnífica palmera que está junto al pabellón 21, el de Dirección. Un icono indiano, reconoce Amaya. Le pregunto al respecto. La palmera era un recuerdo pero también informaba al pueblo de que el indiano había vuelto. A su regreso, el indiano tenía la tarea implícita de mejorar las condiciones de vida de sus paisanos. Pero dentro de unos parámetros que perpetuaban una desigualdad social intrínseca, eso también es cierto.

¿Cuántas palmeras hay?, pregunta. No lo sé, me sincero: quedan cuatro, creo. Y esa pequeñita que está contra la pared del otro lado, al lado del madroño. No parece que haya sido plantada, apunta. Está demasiado pegada a la pared. Eso mismo creo yo, secundo. O bien es fruto de una semilla que rodó hasta allí, o el viento que la llevó, en cuyo caso la madre sería esta misma bajo la que estamos, o fue un pájaro que comió la semilla y luego la depuso o la regurgitó. Cuando interviene un animal en el proceso se llama zoocoria. Es una palabra que traigo apuntada en mi mazo de folios doblados para tomar apuntes. Amaya sabe que no grabo. Es más fácil así. Se está más libre. Tomo notas y luego trato de recomponer la conversación tirando de memoria. No siempre lo logro. Esta vez va a ser difícil. Amaya es muy meticulosa con sus palabras.

Esta palmera pequeña no es fundacional, retomo, pero qué es fundacional para una planta o un árbol, ataja ella. Este reparo de Amaya enlaza precisamente con el espíritu de VIRIDITAS: el reverdecimiento del reino vegetal entendido como símbolo de una institución, la nuestra, cuya fuerza radica en su capacidad de adaptación, que eso es la excelencia: el saber que nunca se alcanza porque solo existe en la búsqueda, imposible de otra forma. Es lo que desde el año 1929 se conoce como "Espíritu Valdecilla". Se sigue cultivando, como los jardines, ininterrumpidamente.

Al pie de esta palmera han brotado varios hijuelos. Convendría preservarlos para asegurar que haya palmeras en el centenario. El escarabajo picudo rojo es muy tenaz. Las palmeras de Cantabria se están viendo muy afectadas. Las nuestras han sido tratadas, pero nunca se sabe. La última en desaparecer estaba al lado de la secuoya. Murió por un problema de riego que se anunció pero no se solucionó a tiempo, hará diez años. Queda el cepellón y en lugar de la palmera se ha plantado un arbolito que no acaba de medrar, digo. Siempre hay que hacer caso a los profesionales, concluye Amaya.

Foto del pabellón 21 y cepellón de palmera.

Todavía quedan plantas de mis abuelos en el balcón de la casa donde vivían, digo. Hace poco, mi madre y yo cogimos de una maceta hijuelos de una cinta. Para que no se perdiera. Mi madre no recordaba si se ponían en agua boca arriba o boca abajo, así que cogimos dos. Ahora soy yo el que no recuerda cuál medró. Como sea, la cinta asoma desde lo alto de la librería de mi salón.

Estaba yo en un banco, añado, cuando se sentaron al lado un padre y su hija pequeña. Era el Día de La Montaña de Cabezón de la Sal. La niña estaba cansada y se puso encima de la pierna extendida del padre, que parecía un estuche o una vaina. Entonces entendí el porqué de las hojas de la cinta, que mantienen erguidos los hijuelos.

Al lado de la palmera del 21 hay una aceba también centenaria. Se sabe el género por los frutos rojos. Es la madre de los acebos que hemos plantado en los balcones de la Biblioteca. Antes había hortensias pero durante la pandemia se secaron. El jardinero del Hospital ha propuesto poner además brezo porque ha visto que en el monte la asociación de acebo y brezo es común, y si lo es, es porque beneficia a ambos. A mí me parece fantástico. Dentro de una o dos generaciones, cuando se mire hacia mi pabellón, el 16, se verá un acebal en el corazón del Hospital.

A Amaya le gustan los acebos. En Navidad toma prestado uno. Lo utiliza como árbol de Navidad y luego lo devuelve. Se siente plenamente cántabra. Se describe a sí misma como una persona reservada. En el monte los acebales sirven como refugio. Es posible que los seles fueran en origen bosquetes de acebo. Le cuento la historia de un ganadero que taló uno de estos bosquetes en su pueblo porque las yeguas se metían en él y le costaba sacarlas. Pero al día siguiente subió y de noche los lobos le habían matado a la mitad de la manada. Los acebos son símbolo de protección. En lo alto del pabellón 16 simbolizan lo mismo. La protección en este caso del entorno público. Amaya tiene muy claro que su profesión es garante de derechos.


Foto de Amaya junto a la aceba centenaria y el pabellón 21.

Los archivos antes eran cotos de eruditos, dice. Primaba la exclusividad, cuyo envés es la exclusión. Por el contrario, nuestro objetivo en la actualidad es abrir los archivos al conjunto de la sociedad. Una sociedad en la que solo unos pocos lo sepan todo en detrimento del resto es peor que una sociedad ideal en la que el conocimiento esté distribuido y se comparta. Ideal pero, quizá por eso mismo, deseable. Es mejor pensar bien que mal. De nuevo, enlazo, la misma lógica que subyace en nuestro préstamo interbibliotecario, y añado: las bibliotecas no tienen que tenerlo todas todo sino todo entre todas, y compartirlo. Las bibliotecas hospitalarias lo tenemos claro. Las universitarias por desgracia no tanto, todavía.

Y si los archivos son garantes de derechos, sigue, nosotros somos sus valedores. Por eso tenemos que hacer valer nuestra profesión. No se nos valora porque de nuestro trabajo no resulta un beneficio económico directo, pero nuestro principal valor no es el económico, aunque tampoco nos sea ajeno. Nuestro principal valor es dar soporte a una noción de ser humano situado y con derechos. Los archivos son las instituciones de la memoria por antonomasia.

La semilla donde somos, eso es la memoria, se me ocurre. Los archivos son las cintas que sirven de soporte a los hijuelos.

Los archivos son fundamentales para conservar la memoria colectiva, continúa Amaya. No es tan sencillo como abrir puertas y ya está. Porque alguien las ha cerrado previamente. A veces se puede complicar.

El archivo histórico del Hospital Valdecilla apareció forrando las paredes del almacén de patatas que había en los sótanos de uno de los edificios del antiguo Psiquiátrico de Parayas. Es algo que Amaya sabe.


Estado en que se encontró el archivo histórico del Hospital dentro del "patatero" del antiguo Psiquiátrico de Parayas.

El mismo camión que iba a tirar todo aquel papel me lo trajo a la Biblioteca, digo. Lo conservamos varios años en nuestras instalaciones pero sin posibilidad de tratarlo de forma adecuada. Finalmente, pudimos transferírselo al Archivo Histórico Provincial de Cantabria gracias a las gestiones de su Director, Francisco García, recientemente nombrado Bibliotecario de Honor del Hospital Valdecilla en reconocimiento a su labor.

Entre los documentos hallados en un primer barrido apareció el hasta ahora único documento oficial que se conserva del Campo de Concentración de La Magdalena. Gracias a él podemos probar documentalmente que existió. Se trata de una relación de pacientes de Psiquiatría trasladados al campo poco después de caer Santander. Es de suponer que este documento formaría parte de una serie, es decir, que habría más, pero hasta la fecha no se ha encontrado el resto. Probablemente la serie fuera eliminada por conveniencia, quizá cuando el campo se cerró a finales de los años treinta o al ganar los Aliados la IIª Guerra Mundial o durante la Transición, no sabemos. De ser así, este documento en concreto puede que no se eliminara porque fuera utilizado para echar cuentas, como efectivamente así fue, es decir, por haber sido utilizado como hoja en sucio.

Pero también cabe la posibilidad de que este documento sea único, añado, que no esté desgajado de ninguna serie. Que los militares franquistas vaciaran el Servicio de Psiquiatría, un Servicio que además había sido punta de lanza de las innovaciones ensayadas por el Dr. López Albo: granjas experimentales en Solares donde los pacientes podían sentir que contribuían en el sostenimiento del proyecto común, contratación de los primeros enfermeros masculinos, etc. Recordemos que en la masacre de Babi Yar, un barranco a las afueras de Kiev, en la que los nazis asesinaron en solo dos días a 33.771 personas, antes que a los judíos fueron masacrados los pacientes de un psiquiátrico próximo. Porque para los fascistas estas personas no merecían vivir. Estremece solo pensarlo.

Damos la vuelta al pabellón de Dirección y entramos al jardín saltando el seto. En origen había una pared pero el Dr. José Luis Bilbao apostó por sustituirla por esta frontera blanda. Le criticaron pero él mantuvo firme sus posiciones: hay que darle a la ciudadanía la oportunidad de ser buena. El resultado le ha dado la razón. 

Este seto simboliza que el Hospital es poroso. Si se deposita la confianza en el ciudadano, el ciudadano no falla. Pero tiene que ser un gesto sincero. A fin de cuentas no es darles nada, sino devolvérselo. Esta misma idea se puede aplicar al Archivo.

Llegamos a la secuoya centenaria. Poca gente sabe que existe pese a que se ve bien desde la carretera. Es importante informar. El árbol presenta tres troncos. Esta configuración se utilizó como símbolo en el noventa aniversario de la institución: la secuoya con sus tres troncos, el pabellón de Dirección y una nube en representación de las tormentas que el primer Director Gerente, el doctor Wenceslao López Albo, auguró pero que pese a ello no pudo sortear.


Foto de la ilustración original expuesta en la Biblioteca utilizada en la conmemoración del 90 aniversario del Hospital. La autora es Raquel Alonso Balbás.

Amaya confirma que la secuoya podría valer como símbolo del Hospital desde una perspectiva diacrónica. No son palabras vanas. Ahora mismo ella es la persona que más clara tiene nuestra evolución histórica, al menos desde un punto de vista funcional.

Al principio estaba perdida, reconoce. El fondo es enorme y está muy desgajado. Cuando encontraba algo faltaba lo siguiente. Era un abismo. Pero ahora que tengo una visión general de todo, las piezas han empezado a encajar.

Estoy recomponiendo el puzle.

Ahora que sé dónde tengo que ir, dónde está cada cosa, es más fácil todo, dice.

Lo primero que hice fue poner las fotos de la primera época encima de una mesa para verlas bien. Son pocas pero muy significativas. Estuve habitando en ellas. Recorrí los pasillos, me asomé a los balcones, estuve en los quirófanos. Esas formas vegetales de la barandilla de la terraza, por ejemplo, dice señalando el pabellón 21, son las mismas que las de las fotos. Yo ya he estado aquí antes.

Después me puse con los planos. La numeración de los pabellones varía. Está la del primer proyecto y la del segundo. Del primero fueron responsables Eloy Martínez del Valle y Francisco Urcola, que firmaron. Probablemente también participara Deogracias Mariano Lastra. Del segundo proyecto, Gonzalo Bringas. Este es el patrocinado por el marqués. Has de saber que de los pabellones que se conservan solo podemos enseñar los planos de aquellos que corresponden a las fachadas y a los alzados, no podemos enseñar los planos de construcción ni los de las instalaciones por temas de seguridad. Son restricciones, no prohibiciones. Esto significa que si el usuario eleva una solicitud razonada, se estudia y si se puede, se da luz verde. Nuestro lema es "no decir no".

Los pabellones son fáciles de identificar y de describir. No así los planos de las instalaciones, continúa. Para su tratamiento me he valido de la IA. Apunto con la cámara y pregunto. La IA me dice a qué corresponde. Es una herramienta muy útil, sabiéndola manejar.

Es mi forma de trabajar, desvela: me sumerjo, toco fondo y cuando vuelvo a la superficie llevo conmigo una idea general que me ayuda a priorizar, es decir, a saber por dónde empezar. En este caso me he centrado en los orígenes, por la demanda que prevemos, sobre todo teniendo en cuenta que el centenario del Hospital está cerca.


Foto de Amaya sumergida en el fondo del Hospital tomada por compañeros del Archivo Histórico Provincial de Cantabria.

Lo ideal sería tenerlo todo pero en una institución centenaria se entiende que no pueda ser así, trata de suavizar. Aun con todo, es importante que en el Hospital se tome conciencia de la importancia del archivo actual para que no se vuelva a repetir lo que ha sucedido con el histórico. Archivo de gestión tenéis que tener, lo que pasa es que si se cree que no, es porque se está gestionando mal. Eso solo puede traer problemas, ahora y en el futuro, dice.

Se ha despejado la carretera. Se nos está echando el tiempo encima. Nos vamos a comer al restaurante del Hospital. No tardamos en llegar. Nos sentamos al lado de la cristalera. Las obras de los protones ya han comenzado del otro lado. Apenas oímos las máquinas con el barullo de dentro.

Decías entonces que la secuoya sí funciona como representación simbólica del Hospital, pregunto. Sí, mira, y me muestra el cuadro de clasificación que ya tiene elaborado. Reconozco las siguientes funciones y actividades que realiza el Hospital, y desgrana: Gobierno, Administración y las tres que hicieron de Valdecilla un Hospital moderno, los tres troncos del árbol: Asistencia Sanitaria, Docencia e Investigación.

Tras la identificación viene la clasificación. La primera es el estudio de la estructura orgánica y funciones del productor. Es a partir de estas que establecemos las secciones y de estas las series. La segunda es la estructuración jerárquica del fondo mediante un cuadro de clasificación basado en el principio de procedencia. Sigue la ordenación, que es el establecimiento de secuencias naturales dentro de las series.

El Instituto Médico de Postgraduados por ejemplo sería una sección, lo mismo que la Escuela de Enfermeras. Dentro de cada una estarían las correspondientes series documentales, tales como los procesos de selección de residentes en un caso o de alumnas en el otro. ¿Se podría considerar a la Escuela de Enfermeras precedente de la actual Facultad de Enfermería de la Universidad de Cantabria?, pregunto. Sí, responde. Por cierto, pregunta Amaya, ¿la Biblioteca Marquesa de Pelayo siempre se ha llamado así? No, respondo. Nació para dar respuesta a una necesidad identificada por el médico anarquista Juan Madinaveitia: hacía falta una biblioteca médica nacional a imitación de la norteamericana. El Dr. López Albo hizo suya esta idea y el resultado fue la que él mismo presentó en el discurso de inauguración, que conservamos, como Biblioteca de la Casa de Salud Valdecilla. El nombre de la marquesa es posterior. Se debe a que hizo una importante donación para la dotación de libros y sobre todo revistas científicas. Somos la segunda biblioteca hospitalaria por antigüedad de España, tan solo por detrás de la del Hospital de Basurto, pero la primera en importancia durante décadas. Se lo debemos a ella, justo es reconocerlo.

Tengo para mí, dice Amaya, que el marqués decidió, el doctor tradujo o trasladó y la marquesa recondujo. Los dos primeros probablemente llegaron demasiado lejos para la época. De haber sido más joven, el marqués podría haber empujado un poco más. Pero le faltó energía.

Para el primer impulso, digo, el marqués probablemente se apoyara en el Dr. Gregorio Marañón, cuyo padre era santanderino. De ahí esos textos tan bonitos que tiene por ejemplo sobre el hombre-pez de Liérganes, muy poco conocidos. Este doctor le pondría en contacto con los primeros espadas de la Edad de Plata de las Ciencias Españolas. Fue su cantera. Muchos, como los doctores Lorente de No o Pío del Río-Hortega, ambos candidatos a Premio Nobel, fueron contratados por la Casa de Salud Valdecilla. Era un Hospital verdaderamente de vanguardia.

He encontrado documentación, dice Amaya, que permite hacer seguimiento del proceso de contratación del personal. Todos eran seleccionados por sus méritos, nunca se aceptaron enchufes. He tenido en mis manos cartas de recomendación que no fueron atendidas. Se cuidaba que los que entraran fueran los mejores. 

De alguna manera, digo, esta rectitud provocó la reacción de los médicos santanderinos de toda la vida que pensaban que el Hospital iba a ser para ellos. Es lo que el Dr. López Albo llamó "el mal del profesionalismo". Afectó también a las enfermeras, cuyas primeras promociones fueron muy mal vistas en Santander, no por su culpa, sino por razones espurias, es decir, ajenas a su naturaleza.

La relación entre sobrina y tío debió ser muy tensa, retoma Amaya. El punto álgido se alcanzó cuando a instancias de la marquesa se puso a Sor Bastos al frente de la gestión del Hospital, relegando al Director Gerente al papel de Director Médico, algo que el Dr. López Albo no admitió. Por eso dimitió y se fue a País Vasco. En contraposición, recuerda que el marqués ni siquiera quería que le atendieran monjas. Él quería enfermeras profesionales a la cabecera de su cama. Fue una conmoción.

Esos primeros años de la institución fueron muy convulsos, remarco.

Todo debió empezar en la Escuela de Enfermeras, señala. El Director era el Dr. Manuel Usandizaga y la subdirectora la enfermera y pediatra Teresa Junquera. El primero nunca se vio afectado por ningún cambio, y mira si hubo. La segunda debía ser de la cuerda del marqués, o sea, del Dr. López Albo. La Escuela parece que no acababa de levantar el vuelo, es probable que por impedimentos de la marquesa. El chivo expiatorio fue Teresa Junquera. Para corregir la deriva puede que inducida de la institución se dio paso a Sor Bastos. Esta monja fue el detonante.

La vida de Teresa Junquera fue muy procelosa. Se marchó de la Casa de Salud Valdecilla al tiempo que el Director Gerente, como gran parte del equipo directivo, por no decir el equipo al completo. Abrió consulta en Asturias junto con una compañera familia del escritor Alejandro Casona, que escribió una obra de teatro, Nuestra Natacha, probablemente inspirada en sus vivencias en el Hospital. Luego reaparece en Madrid, se marcha al exilio, la detienen, es probable que la Gestapo, la repatrian (es raro, porque lo habitual era que el gobierno franquista no reconociera a los exiliados, por lo que solían ser conducidos a campos alemanes), pasa por un campo de concentración español y al salir le impiden ejercer.

Otra figura muy interesante de la época es Basterra, jefa de Acción Social y Consultorios, añade Amaya. No la conozco, confieso. Hemos sabido de ella por un investigador que nos ha preguntado. Desde entonces estamos con las alertas encendidas, dice.

En contraposición, continúa, el arquitecto Gonzalo Bringas y el Director Gerente se debían llevar muy bien. El marqués había financiado viajes de estudio al extranjero a ambos, pero el arquitecto se pliega siempre a las recomendaciones del Dr. López Albo. Conservamos ocho cartas del doctor al arquitecto. Los temas tratados recorren todo el espectro, desde lo más general al diseño de un tipo de silla con mesa abatible para el anfiteatro que es como las que se ven hoy en las aulas de la universidad. O en el Salón Téllez Plasencia del Hospital, digo. En otra carta explica cómo deben ser los quirófanos, continúa Amaya, y en otra más cuál debe ser la ubicación de las enfermeras en planta para vigilar a los pacientes sin necesidad de moverse. Propone tres e incluye diagramas: "peor manera", "manera aceptable" y "mejor manera", escribe.

Los planos con los que trabaja Gonzalo Bringas son los del primer proyecto, continúa. Sabemos que al doctor no le gustaba, que él hubiera preferido no un hospital organizado en pabellones sino tipo rascacielos, pero las obras que se dejaron inacabadas en los años diez condicionaron las que se retomaron en los años veinte. Aun con todo, el esfuerzo de adaptación fue grande. De ahí por ejemplo el cambio en la numeración de los pabellones. Además, estamos encontrando muchos recortes pegados. Seguramente correspondan a modificaciones de los años veinte.

¿De qué fechas concretas estamos hablando?, pregunto.

El primer proyecto se empezó a gestar en 1919 y el segundo, que es el titulado "Casa de Salud Valdecilla", está datado en 1927, dice. El promotor del primero es la Asociación Constructora del Nuevo Hospital Hospital para Santander, en clara contraposición al que pasó a ser Antiguo Hospital de San Rafael, actual sede del Parlamento de Cantabria. La fecha es significativa. Es probable que guarde relación con la mal llamada gripe española. No lo es menos la del segundo: en el centro de la diana de la Generación del 27, cuyo centenario se va a celebrar el año que viene.

Se nos ha hecho tarde también aquí. A estas horas el restaurante está casi vacío, los camareros colocando las mesas. Me viene a la cabeza el verbo cántabro arrañar, que significa acercar la silla a la mesa. Nos despedimos de Fernando Raba, el camarero que nos ha atendido diligentemente. Me pide permiso para ir un día de visita a la Biblioteca con su hija pequeña. Por supuesto, serán bienvenidos, le digo. De camino a la Biblioteca Amaya y yo, le pregunto por las visitas didácticas organizadas por el Archivo.

Todo empezó durante el confinamiento. El Director, Francisco García, nos propuso pensar en posibles actividades de difusión que pudiésemos realizar entre todos. A mi compañera Elena Porras le pareció atractivo que, durante las celebraciones de la Semana Internacional de los Archivos en junio, las visitas al Archivo, que ya se hacían desde hacía muchos años, se hicieran teatralizadas. Encontró en el fondo de la Prisión Provincial el expediente del Dr. Ernesto Gonzalvo, nuestro primer personaje. Luego todos los trabajadores del Archivo sin excepción trabajamos para llevarlas a cabo.

El objetivo es dar a conocer lo que hacemos y para qué. Cómo trabajamos y qué tipo de fondos tenemos. Son visitas dirigidas al público en general, en sintonía con nuestro espíritu. No somos un bastión erudito. Somos la traducción organizativa de un servicio a la sociedad. Los ciudadanos entran sin saber y salen encantados.

También somos muy activos en redes. En este medio las fotos tienen mucho alcance, son muy vistas. El post con la foto de la Reina Victoria de visita en el Hospital ha sido el más visto. Era muy amiga del Dr. Madrazo.

Curioso porque este doctor era republicano, digo. Estuvo preso precisamente en vuestras instalaciones hasta poco antes de morir, que lo liberaron ciego y muy enfermo. De hecho la antigua Tabacalera donde estáis es Lugar de Memoria Histórica.

Hacemos parada exprés en el Servicio de Admisión y Documentación Clínica porque quiero que vea un par de muebles del antiguo archivo de historias clínicas que el actual responsable del Servicio, el Dr. Trinitario Piña, nos ha ofrecido. Su antecesor, el Dr. José Luis Bilbao, guardó dentro un muestreo de historias clínicas históricas realizadas en la Casa para que quedara memoria de su evolución. Lo ideal sería tenerlo todo, pero disponer de un muestreo razonado no es poco, dice Amaya. Lo ideal sería que también se transfiriera al Archivo Histórico Provincial de Cantabria y Amaya lo cree conmigo. Haremos lo posible porque así sea.

Foto de Amaya ante los muebles del antiguo archivo de historias clínicas del Hospital.

Llegamos a la Biblioteca. Vamos al Salón Noble. Quiero enseñarle el retrato del Dr. Ernesto Gonzalvo pero nada más entrar Amaya se fija en la maqueta de la Casa de Salud Valdecilla. Es de los años setenta pero representa el Hospital tal y como fue inaugurado. Me dice de memoria el uso de cada pabellón. Le señalo el jardín. Amaya ha encontrado publicidad de una empresa de jardinería de Madrid y el diseño que vemos se parece al de los folletos. Era un jardín asociado al pabellón de Infecciosos, que se mantenía aparte. Este pabellón no sufrió ningún modificado, se levantó tal cual estaba proyectado el año 1919, dice. El edificio hoy no existe, estaba donde hoy está Valdecilla Sur. Los jardines sí, pero de otra forma.

Foto de Amaya observando la maqueta de los años 70 que reproduce el Hospital de 1929.

Este es el cuadro, señalo. Lo pintó Alexandra García a partir de una foto que conserva la familia. Era de Digestivo, aragonés. Vino a Santander para trabajar en la Clínica del Dr. Morales, famosa por haber tenido de paciente a Leonora Carrington. No duró mucho en el puesto, probablemente por razones políticas. Él era de izquierdas y el Dr. Morales todo lo contrario. Entonces abrió consulta privada en la C/ Lealtad. Cuando se produjo el golpe de estado, Sor Bastos fue encarcelada en el propio Hospital, según testimonio del Sr. Burgada, responsable de Administración durante décadas, y se pidió al Dr. López Albo, que estaba en Bilbao, que regresara. En la espera, la Dirección del Hospital la cubrió este doctor de forma interina. Fueron unos pocos meses. Santander cayó en el verano de 1937. Él fue fusilado en otoño en las tapias del cementerio. Sus restos se encuentran en la fosa común de Ciriego. Cuando lo supimos le hicimos un homenaje con su familia e impusimos a su hijo la medalla de oro de la institución. Al poco recibimos la llamada de un familiar cirujano del Dr. Morales y se puso freno a los actos.

Una pena, dice.

Y que lo digas. 

Le pregunto entonces por el expediente Schneider, empresa de la que dependía la actividad no asistencial del Hospital, equivalente, entiendo, a la actual Serveo, con la que se cortó relaciones en los años treinta, desconozco el motivo, pero posiblemente tenga que ver con su vínculo alemán en tiempos de guerra, y Amaya apunta que lo tiene localizado pero todavía no descrito. Ese expediente, ataja, puede ser un buen ejemplo de que los archivos son importantes para conservar la memoria colectiva y de que ésta concierne al presente. Tendremos que esperar a ver su contenido.

Generalmente, continúa, los fondos no se abren hasta que no esté todo listo, pero en el caso del Hospital vamos a hacer una excepción y a abrirlo poco a poco. Ahora estoy metida a fondo con el primer periodo. Cuando esté listo, le daremos salida. Mientras tanto, cuando recibimos alguna consulta respondemos a vuelta de correo que en cuanto la documentación pertinente esté disponible, se lo haremos saber. Hasta ahí llega nuestro trabajo. El uso que haga el usuario de la documentación servida será cosa suya, no nuestra. Nosotros nos limitamos a ponérsela, literalmente, en bandeja.

Que no es poco.

No es poco, efectivamente. Nuestro trabajo se puede resumir en dos palabras: conservar y hacer accesible, indica.

Recuerdo que durante el proceso de transferencia de documentación de una entidad a otra, de nuestra Casa a la vuestra, recibí en mi correo una consulta sobre un herido de guerra que os reboté y vosotros resolvisteis, digo.

La recuerdo. Se trataba del hijo de un trabajador del Hospital que de resultas de una herida de guerra se le tuvo que amputar una pierna en el propio Hospital. En Ortopedia se llevaba un registro muy completo de pacientes y prótesis. Hemos identificado al paciente e incluso el dibujo de la prótesis que se le puso.

Os agradezco que dierais curso a aquella consulta pendiente, reconozco. Lo veo como un adelanto de lo que será.

Así es. Decíamos antes que la documentación está muy desgajada, pero no es menos cierto que hay mucha. Por ejemplo, de la Escuela Libre de Medicina, un proyecto clave en la historia de la educación en Cantabria, hemos encontrado abundante documentación, y muy relevante. Esperamos un aluvión de consultas y publicaciones derivadas.

Ojalá sea como dices. Una de las razones que nos ha movido a hacer la transferencia ha sido precisamente esta, que con vosotros nuestra documentación va a tener mucha mayor pegada en la sociedad. La cosas están mejor donde mejor están. Este es un caso evidente de ello.

Aprovechando que estamos en el Salón Noble, que es el lugar donde se patentiza la carga histórica de la institución, le pregunto por nuestros distintos avatares. Amaya dice que las funciones suelen ser estables, por eso el cuadro de clasificación parte de ellas y no del organigrama, que es más fácil que sufra modificaciones. Fíjate si no, pone como ejemplo, en la Consejería de Salud, que en la anterior legislatura era de Sanidad. Los nombres pueden variar pero sus funciones es más difícil, estas suelen permanecer inalterables, al menos las básicas, que es en las que nos fijamos. 

La historia del Hospital, continúa, es la de una búsqueda constante, por veces agónica, de financiación. Los distintos avatares por los que preguntas responden a esa realidad. Así, toda la documentación administrativa del Hospital anterior a 1969 pertenece al fondo documental de la Fundación Casa de Salud Valdecilla, que era una institución benéfica. Dentro de este periodo en que el Hospital se llama Casa de Salud Valdecilla, se distingue el Patronato Familiar y a partir de los años 50 el patronato institucional. A partir de 1969 se habla de fondos de organismos públicos de salud, no ya de la Fundación original.

Queda claro. Al menos queda claro que es un mapa intrincado.

Sí, lo es.

Decidimos ir terminando. En la salita que precede al Salón Noble, ya de camino a la salida, tenemos sendas fotografías del Marqués de Valdecilla y de su sobrina la Marquesa de Pelayo. La primera es la foto empleada en el obituario. La segunda es una foto que apareció en una carpeta antigua cuyas gomas dejaron marcas sobre la imagen. Aunque a ninguna le de la luz, la plata está reaccionando y aflorando. No se las hemos dado al Archivo pero lo haremos. A cambio ellos nos darán copias de calidad. Tienen escáneres para ello.

He consultado las notas de la secretaria personal de la marquesa conservadas en el Centro de Estudio Montañeses, digo, y no hacía más que destinar dinero al Hospital. Pagaba de todo, desde nóminas hasta ropa de cama. Era para ella una sangría. Se puede llegar a entender que le interesara desvincularse del compromiso adquirido por su tío, como parece reflejar la evolución del organigrama de la institución, como antes apuntabas. También es cierto que no era el único destino de su dinero, completo. Financiaba y largamente a Falange.

El Centro de Estudios Montañeses es, utilizando un símil minero, una veta de información importante, confirma Amaya. Otra es la Facultad de Enfermería de la Universidad de Cantabria. Ahí está parte de la documentación de la antigua Escuela de Enfermeras. Otra más, el Archivo del Ayuntamiento de Medio Cudeyo. No por obvia hemos de olvidarnos de la Fundación Marqués de Valdecilla. El Archivo de Presidencia también es importante, pues conserva el fondo de Diputación Provincial, donde están por ejemplo los estatutos de la Asociación Constructora del Nuevo Hospital de Santander. Tenemos que tener toda la documentación relacionada con el Hospital Valdecilla en el radar para poder satisfacer las necesidades de información del usuario, al menos para orientarle. La colaboración entre instituciones es fundamental. Este es un principio básico.

¿Y tú al marqués, dónde le ubicas?, pregunto. Del marqués se decía que tenía perfil aguileño y debía ser no solo por su apariencia física, sino también por ser una persona muy aguda y con una visión muy avanzada, dice. El marqués quería que este fuera un Hospital para todos, no un Hospital de San Rafael a lo grande. Esta visión, que es el germen del "Espíritu Valdecilla", no la tenía el proyecto de 1919. Se la debemos a él.

Esta idea empalma con una de las reclamaciones del naciente movimiento obrero de la época, que pedía despegarse de la beneficencia y explorar un concepto de sanidad entendida como derecho, completo.

Efectivamente. Los pasos del marqués iban dirigidos hacia una Sanidad Pública entendida en términos muy actuales. Otro perfil al que debemos prestar atención es el de los industriales. De hecho los primeros movimientos se produjeron en el Círculo de Recreo, entiendo que de Torrelavega. Destaca la figura de José María de Quijano.

Yo mantengo cierta prevención respecto al marqués, confieso. Mejor, con su recepción actual. Me parece que se está intentando forzar una equivalencia irreal entre el marqués como benefactor, entendido como una persona rica por inteligente y que por eso mismo es capaz de interpretar las necesidades del pueblo y satisfacerlas sin tener siquiera que hacer una consulta, algo de lo que probablemente el propio marqués aborrecería, digo, y ciertas no sé si decir empresas o personas con influencia y dinero que por intereses de parte están operando para erigirse como nuevos benefactores, cuando, como decíamos, precisamente el marqués huía de este modelo. El centenario va a ser una fecha clave en muchos sentidos, concluyo.

Salimos al balcón de la sala de estudio de la Biblioteca. Está clareando el cielo. Los acebos apenas levantan unos palmos. Pero la secuoya asoma por encima del pabellón de Dirección, que queda enfrente. Es solo cuestión de tiempo.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 44: La compensación

Fui a la capilla del Hospital porque me habían dicho que en el retablo pudiera haber una representación inédita de los marqueses, y estaba cerrada. Pero en el camino de vuelta encontré un nido de miruellu o mirlo escondido en un seto:

domingo, 1 de marzo de 2026

VIRIDITAS 43: Entrevista a Álvaro Martínez Peña, apicultor

Salgo con tiempo de más y voy al jardín a comprobar qué tal hace, si tan malo como parece desde mi despacho o no, y no.

O no tanto. Retrocedo y voy a buscar a Álvaro por dentro. Es apicultor. Hemos quedado en el Edificio 2 de Noviembre. Es hora punta y el recibidor está atestado. Espero. Debe hacer corriente o es que la gente solo pasa rozando. 

Llega y nos saludamos. Quiero empezar por dos cuadros propiedad del Hospital, el de Gruber que está en el recibidor y el de Orallo que está frente a los ascensores. Los dos se organizan a partir de una malla. El de Gruber es el último de una serie dedicada a ciudades. Por ser el último, no refleja ninguna ciudad concreta, sino un arquetipo. A mí me parece una ciudad costera bajo amenaza de tormenta, por los colores, azules y negros, y ventanas con luz porque la gente se ha refugiado en sus casas. Pero es solo una impresión mía. Será por los días crudos pasados. En el de Orallo reconozco algunas de las escenas representadas, como esa en la que el pintor saluda de niño subido al azucarillo de piedra que confiere carácter a la playa de La Concha de Santander. Saluda a su madre, cuyo lugar ocupa el que mira.

De un círculo bajo presión se obtiene un hexágono. Por eso las celdas del interior de las colmenas son hexagonales. Es la primera anotación que hago.

El año 1852 se produjo un antes y un después en la apicultura con la invención de la colmena de cuadros móviles moderna. El inventor, un reverendo norteamericano, Lorenzo Langstroth, vio que de forma natural las abejas guardaban una distancia de entre seis y nueve milímetros entre panal y panal, lo que se llama el paso de abeja. Esta distancia permite que las abejas hagan vida dentro. Más enfriaría el conjunto. Menos, impediría el tránsito. Todo lo que no corresponda con esta medida, lo sellan con cera o, si supone un riesgo para la colmena, caso de una fisura por donde pueda entrar agua o viento, lo propolizan para impedir la aparición de hongos.

Lo que cuenta Álvaro me recuerda al paso que hay a la altura de la antigua venta de Tajahierro, de donde probablemente el topónimo, en el puerto de Palombera, cuya anchura determinaba la de los carros del país que iban a Castilla a cambiar aperos, la conocida como garáuja, por productos difíciles de obtener en La Montaña, singularmente patatas.

La palabra cambera, en origen camino carretero, hoy en competencia con carretera y pista pero con un potencial de uso enorme, procede de la camba o pieza curva de la rueda maciza del conocido como carro chillón. Es una familia prerromana. Los carros chillones se llamaban así porque las ruedas giraban solidariamente con el eje, rozaban con la caja del carro y emitían un chirrido característico. Los carros llegaban incluso a prenderse, por la fricción. Tengo para mí que los antiguos mitos de carros solares, por ejemplo el que conducía el dios griego Helios, encuentran acomodo en esta circunstancia. Se resolvía ensebando el conjunto.

Lorenzo Langstroth, retoma Álvaro, pensó que podía replicar a las abejas y construir colmenas con esta distancia entre cuadros, lo cual permitiría moverlas y trabajarlas. El duju ofrece poca información interna, el apicultor va a ciegas, y con las modernas ves lo que pasa dentro. La ventaja es considerable.

Los dujos en Cantabria están hechos con troncos de árboles huecos. Son una mímesis de los troncos de árboles huecos que las abejas habitan de forma natural. Los dujos tienen una tapa de madera, la cubija, y la piquera, por donde entran y salen las abejas. La palabra duju tiene una etimología oscura. A mí me parece que entronca con la palabra toju, hueco en un árbol, de donde es probable que proceda el topónimo Los Tojos, pueblo cabuérnigo conocido precisamente por la bondad de su miel.



Las fotos son de dujos situados al pie de una ermita rupestre en la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica.

Cera y propóleo, pues, para construir un entorno habitable para las abejas. El propóleo es una amalgama de yemas de árboles, resina y saliva de abeja, básicamente. Les cuesta mucho producirlo, afirma Álvaro. Por eso para sellar emplean cera y solo cuando es necesario para eliminar o inhibir microorganismos patógenos, propóleo. También a escala macro. Por ejemplo si la mariposa de la miel, la que tiene una calavera en el dorso, consigue entrar y la colmena está fuerte, la matan y propolizan para evitar que su cadáver contamine la colmena. Incluso se han llegado a reportar casos de ratones "momificados" dentro. No por casualidad la palabra propóleo significa "defensa de la ciudad" en griego. Es el arma secreta de las abejas.

Otro producto de las abejas es la jalea, a la que llamo, dice, leche de abeja. Es con lo que alimentan a la reina y a las larvas destinadas a ser reinas. La jalea se diferencia de la miel en que tiene mucha proteína -la miel también pero no tanta-, muchos minerales y vitaminas, más -y es lo que la hace súper especial- el ácido 10 HDA hidroxidecenoíco, el producto "milagroso". Su concentración indica la calidad de la jalea. Este componente es el que hace que raspe la garganta. También puede raspar la miel, pero por el porcentaje que tenga de jalea.

Álvaro me explica que la jalea es la que marca la diferencia entre una reina o una obrera. La genética es la misma en ambas. Pero una obrera en invierno vive dos meses y en verano un mes. La reina alimentada con jalea, cinco años. Algo debe tener, pues.

Puedes pensar que la reina es una obrera súper desarrollada, continúa, o verlo al revés, que la obrera sea una reina que no ha llegado a su fase final de desarrollo. Hago la comparación con la obrera, aclara Álvaro, porque esta, cuando la colmena se queda sin reina por ejemplo porque la come un pájaro al salir a fecundarse, puede poner huevos, pero con la diferencia de que de los huevos de obrera solo van a salir zánganos. Estos son los machos. 

Los zánganos proceden de huevos de reina no fecundados o excepcionalmente de obreras. Su única función es fecundar a la reina. Tienen abuelo, abuela y madre pero no tienen padre. Esta es la forma como las abejas han resuelto la diferenciación sexual. Huevos no fertilizados o haploides los machos y huevos disploides las hembras, que pueden ser, según sean alimentadas con jalea o no, reinas u obreras. 

La colmena es realmente un individuo. Funciona como tal. No se tienen que reproducir las abejas sino la colmena. Es un proceso acompasado.

Decidimos movernos. Cogemos un ascensor y nos dirigimos a los jardines. De camino hablamos sobre el colapso natural de las colmenas.

La reina solo sale cuando se enjambra y cuando se fecunda, explica Álvaro. Antes se creía que eran los zánganos los que acudían a la reina pero ahora se sabe que son las reinas las que salen en busca de nubes de zánganos para evitar la endogamia. Los dujos solían estar juntos para facilitar la labor de los dueños pero también por este motivo. Sigue siendo igual.

Cuando la reina muere las obreras van a coger cinco o seis huevos de los recién puestos, denominados realeros, y los van a alimentar con jalea para obtener otras tantas reinas vírgenes. Cuando nacen se pelean entre sí y la que sobrevive tarda entre veinte y veinticinco días en fecundarse. Pero imaginemos que en el proceso la reina virgen muere. Esa colmena se queda sin huevos fecundados y sin vírgenes. Se vuelve entonces zanganera y no tardará en colapsar.

Entramos en los jardines. Paramos donde la chilca en flor, planta invasora que hay que quitar. Pregunto a Álvaro por el origen de las abejas. Responde con agilidad y una sonrisa: las abejas son avispas que se volvieron veganas.

Hay estudios que demuestran que las primeras abejas aparecieron hace uno 130 millones de años. Hasta entonces las plantas dependían casi exclusivamente del viento. Si tenían suerte, alguna partícula de polen aterrizaba en una flor femenina. Pero la incertidumbre era demasiada. Solo era cuestión de tiempo que la naturaleza encontrara una solución más eficiente. Efectivamente, aparecieron los insectos voladores especializados en el consumo de polen, proteína pura. Las primeras flores eran discretas pero a partir de ese momento se visten de colores para llamar su atención. Metidas de lleno en esta agresiva campaña de publicidad, una campaña por la reproducción, algunas flores comenzaron a generar un suplemento: néctar. Fue entonces cuando aparecieron las abejas, especialistas en recolectar polen y néctar.

Curiosamente, dice Álvaro, cuando pides a alguien que imagine una abeja lo normal es que la imagen como si fuera la abeja Maya, la de los dibujos de la tele, amarilla con franjas negras. Pero resulta que esta no es la buena. Es una abeja italiana diseñada en Japón. ¿Y cuál es la buena?, pregunto. La autóctona, responde: la negra ibérica. Diciendo autóctona quiero decir mejor adaptada a su entorno. Porque le pertenece. La abeja al territorio y viceversa. Sus problemas serán, si acaso, los mismos y sus respectivas soluciones serán compatibles.

La teoría dice, aunque todavía es poco lo que sabemos, que la abeja melífera llegó a Europa procedente de Asia antes de la última glaciación. Los hielos hicieron que se replegara al territorio que en la actualidad ocupan España, Italia, Grecia y norte de África. En este periodo es cuando apareció la amarilla italiana, es probable que por la acción del ser humano, es decir, por selección. Se retiraron los hielos y la negra de nuevo colonizó Europa.

En los años veinte del siglo pasado otro erudito, esta vez un pastor inglés, el Hermano Adam, diseñó una abeja híbrida muy productiva que desplazó de nuevo a la autóctona negra. Pero con el tiempo, en realidad en un plazo muy corto, la híbrida ha devenido insostenible. Es una bomba química además de resistir mal las bajas temperaturas, hay que suplementarla con azúcar, que es caro, etc. De resultas, el mercado ha vuelto la mirada a la abeja negra ibérica. Es la vía.

Me llama la atención su color, digo. ¿Tendrá algo que ver con la capa de hielo que presidió el paisaje durante milenios? Se me ocurre que para comunicarse con otras abejas el color más apropiado era aquel que mejor contrastaba con el fondo, en este caso negro sobre blanco, como las flores lo hacen con el verde. No tenemos respuesta a eso, contesta Álvaro. Puede que tenga que ver con la luz del paisaje, como es probable que ocurra con la vaca tudanca, que también es oscura, o simplemente con la aleatoriedad, es decir, que la que cambió de color resulta que es la que llevaba el gen bueno y el color da igual, pero no lo sabemos.

La abeja es la misma para todos, la negra, pero luego cada pueblo la ha manejado a su manera, continúa. En Eslovenia por ejemplo tienen una raza propia fruto de la selección practicada durante los últimos cuatrocientos años. Allí está mal visto ir muy protegido porque su abeja no pica, es mansa. Aquí sin embargo es lo contrario. En Cantabria la abeja se la hemos confiado a la naturaleza. No es nada dócil. Pero que hoy sea así no significa que siempre lo haya sido. Hay que tener en cuenta que las características que se imprimen a una colmena se pierden enseguida. Basta el contacto con otra naturalizada para que se vuelvan ariscas.

Yo una vez fui con un tío mío bastianu a por miel, tercio. Íbamos protegidos solo con una pequeña olla escupiendo humo, nada más. Álvaro sonríe y me agradece que comparta este recuerdo porque está convencido de que en Cantabria también se ha practicado desde antiguo selección para facilitar el manejo de la abeja.

Le pregunto entonces por el efecto del humo sobre las abejas, humo que, por cierto, tradicionalmente se obtenía, y así aparece reflejado por ejemplo en El disputado voto del señor Cayo, película del cántabro Mario Camus cuyo guion se basa en una novela de Miguel Delibes, prendiendo boñiga de vaca. Me aclara que ni las despista ni las atonta, a diferencia de como se suele creer. Para ellas el humo es igual a incendio, la colmena está ardiendo. Es una agresión en toda regla. Se despreocupan de ti para salvarse ellas. Lo más importante en ese momento de crisis son las reservas, no tú.

Hace muchos años, digo, un vecino muy mayor de Viaña me explicó que para espantar al lobo lo que hacían los pastores en Colláu Jermosu (por lo bonito que es), Cuetu la Jorcá y todos aquellos montes situados a espaldas de su pueblo era prender árboles por dentro y dejar que ardieran poco a poco, expulsando humo, porque el lobo lo teme. Cabe imaginarse una cortina de humo como frontera entre el espacio destinado a pastizal, al cuidado del ser humano, y el reservado al lobo. Quizá por eso a los vecinos de Viaña se les conozca con el sobrenombre de lobetos, los cachorros de lobo, por haber aprendido a tratarlos. También sé de jabalíes a los que se echaba de los maizales poniendo ollas cerca ahumando, igual que cuando había alguna culebra cerca de casa. En la Cantabria profunda, matar nunca es la primera opción.

Árbol en Bustabláu, cabecera del río Barcenillas, en territorio de Viaña, empleado antiguamente, según testimonio de vecino, para espantar al lobo con humo.

Se me ocurre que otra forma de aprovecharse del miedo de las abejas es cuando enjambran, continúo. Sabrás que para evitar que se escapen se chocan dos trozos de teja, pregunto, pero es una pregunta retórica porque sé que Álvaro lo sabe de sobra. El ruido es parecido al del trueno, sí, responde. Lo oyen y se quedan quietas. En mi casa, sigo, se cantaba al tiempo el sonsonete "aquí güenas, aquí güenas, acurriar a las mis colmenas". Se podría traducir como "aquí buenas, aquí buenas (en referencia a las abejas), regresad (empleando el verbo acurriar, que vale tanto para animales como para personas) a mis colmenas".

Cantabria es un lugar donde se ha practicado la apicultura de seguido, estoy convencido de ello, concluye Álvaro. Por historias como la de tu tío y otras, me atrevería a asegurar que aquí también, como en Eslovenia, se ha seleccionado a la abeja mansa. El problema es que en cuanto hay un hiato, una interrupción significativa, como pueda ser por ejemplo la provocada por el éxodo rural del pasado siglo, la colmena revierte su conducta y vuelve a ser agresiva. Por eso hoy puede que no lo parezca, pero los testimonios están ahí. Nuestra actividad en Abeja Negra de Cantabria entronca con la tradición de nuestra tierra. Me siento orgulloso de ello.

Principalmente, ¿a qué os dedicáis?

A vender abejas reina y enjambres de abeja negra ibérica. También nos estamos metiendo ahora con la jalea real.

Tu tío seguramente era depositario de un conocimiento heredado profundo y el día que te llevó sabía que era el apropiado. No es solo inducir lo que la abeja tiene que hacer sino también saber hacer tú lo que debes. Es una relación uno a uno, como el mapa a escala de la realidad proyectado por Borges. No es raro ver sobre todo en el sur de Cantabria casas con colmeneros horizontales asomando en la fachada. Las abejas estaban en el desván. Eran parte de la casa entendida en sentido amplio. Cuando las abejas están a sus cosas, por ejemplo un día de mayo a veinticinco grados, que están recolectando néctar como locas, no te hacen nada. Te proteges si acaso con un poco de humo y ya está. Pero en días como hoy seguro que tu tío no se acercaría. Eso también es sabiduría.

Me interesa esa negociación blanda con la naturaleza propia de Cantabria, digo. Más que intervenir lo que hacemos es disponer. Un ejemplo intrascendente pero quizá por eso mismo significativo lo representan los palos de turcías, con una decoración en espiral que no se talla, se logra colocando una enredadera alrededor para que a medida que el palo crezca, vaya quedando la forma de la enredadera. Luego se retira la enredadera y corta el palo. Otro ejemplo son los seles, los lugares donde las vacas hacen noche. No están delimitados. Vas por el monte y no los ves si no sabes que están ahí. Están primero en la cabeza. Es el conocimiento el que los localiza sobre el terreno. Es algo que las vacas saben porque han nacido en ellos -que lo hagan es uno de los cometidos de los pastores- y gracias a ello las vacas los reconocen como propios. Lo normal es que no haga falta ni traerlas, vienen solas. Esto no es porque sí, sino porque se han dispuesto las cosas para que así sea. Los palos de turcías y los seles son buenos ejemplos de esta negociación soft con la naturaleza que apunto. 

O los dujos, se me ocurre. Por dentro tienen dos palos cruzados en cruz que están marcando un límite: desde la marca hacia abajo la miel es de las abejas y desde la marca hacia arriba de las personas. Más que un límite, esta cruz de palo lo que está es sellando un pacto entre iguales, una pacto equitativo, digo.

Entonces, mansedumbre sí pero habilidad en el manejo también, trato de resumir. Efectivamente, concede Álvaro. De hecho, van de la mano. En el caso de las abejas, la mansedumbre es la epifanía del saber hacer.

Nosotros en nuestra empresa la selección la abordamos desde distintas facetas: potenciamos la mansedumbre, como se ha hecho siempre pero con métodos modernos, y estamos trabajando en que la abeja no sucumba al ácaro Verroa destructor. Estos son los parámetros que nos guían: mansedumbre y convivencia con el ácaro.

Para hacer la selección aplicamos dos técnicas: la inseminación instrumental empleando microscopio y el área de fecundación controlada, explica Álvaro. Tenemos una de estas áreas en Sejos, indica. Han elegido este emplazamiento porque no hay otras explotaciones apícolas cerca. En el resto de puntos de Cantabria el radio es muy bajo, informa. Si por ejemplo tengo en Treceño treinta núcleos pero en El Turujal hay una sola colmena de híbridas, la mitad de las que a mí me salgan van a ser amarillas, dice. Esto en Sejos lo evitamos. A Sejos subimos abejas seleccionadas y aseguramos una reproducción controlada, es decir, que responda a lo que queremos.

De camino a Sejos están Las Aguileras, digo. Se ven desde el mirador de La Cardosa. Es un acantilado que asoma a un mar de color verde. Encima está Braña Espinas. En el pueblo de Saja todavía recuerdan que se descolgaban subidos en grandes cestos de avellano conocidos como zonchos para coger (el verbo que se emplea es catar) la miel de la roca a mano. Bajaban bien tapados para protegerse. Pero arriba tampoco se estaba del todo seguro porque las abejas trepaban por la soga. Los días de calor la miel escullaba. La recogían en escriños. Es una escena muy parecida a la representada en la cueva de La Araña, en Bicorp, en la que se reconoce una figura humana que utiliza una escala para alcanzar un panal. Esta cueva es Patrimonio de la Humanidad, digo. Sin embargo, nosotros que conservamos no la cosa, sino la idea que la explica, nada. De hecho es probable que este recuerdo no pase a la siguiente generación y se pierda.


Las Aguileras desde La Cardosa.

Es un caso común en Cantabria, continúo. Desde la UNESCO avisaron de que iban a declarar Patrimonio Inmaterial de la Humanidad la técnica de la piedra seca y preguntaron si en Cantabria había, a lo que nuestro gobierno regional respondió que no. Y eso que hay un centro de interpretación dedicado precisamente a la piedra seca en Valderredible. Nuestros responsables no conocían ni los morios montañeses, ni los parapetos campurrianos, ni las paredes de viñas cuetanas, nada. En este sentido, somos un espacio en blanco en el mapa de Europa. Pregunté, y parece que tampoco se puede corregir porque el Gobierno de España está trabajando en otras candidaturas y esta la dan ya por cerrada. Se ve que no sumamos suficiente masa crítica.

Álvaro concede la categoría de vestigio a esta técnica de recolección rupestre documentada en Las Aguileras.

De hecho, añado, es probable que la relación entre braña y abeja sea muy estrecha, y no porque la abeja se domesticara a la vez que la vaca (la tudanca procede directamente del uro), sino porque la domesticación de la vaca vino acompañada de la creación de pastos que facilitaron la expansión de la abeja. La colonia de Las Aguileras podría ser primigenia, aventuro, y su explotación la primera solución puesta en práctica por el ser humano. Aquí como en otros sitios. Pero lo que está claro es que aquí también.

Pero también cabe la posibilidad, apunta Álvaro, de que esta miel fuera especial porque siendo buena, las dificultades que entrañaba su recolección la convirtieran en excepcional. Es decir, que fuera muy valorada por razones subjetivas. Esta opción, sin contradecir su posible condición de miel originaria, aclara Álvaro, podría ayudar a explicar mejor por qué se ha mantenido su recolección hasta prácticamente la actualidad.

Qué sería, miel de brezo, pregunto tras una pausa.

Sí, seguramente, responde Álvaro.

Es como las siemprevivas que llevaban los montañeses prendidas de la solapa, no tanto por bonitas, o no solo, sino sobre todo porque eran difíciles de coger y llevarlas en la chaqueta demostraba valentía. Un caso parecido al de la flor de edelweiss, concluyo.

La miel es una síntesis del entorno. La que más gusta aquí es a la que estamos acostumbrados, aquella que casa con cómo somos: la que raspa, dice Álvaro. Es un gusto cultural. La miel no tiene por qué raspar. De hecho en otras partes no es así. En la misa costa cántabra se quiere más líquida, clara y suave.

Mi pareja es de Madrid y en su casa se consumía miel de La Alcarria, digo. Es más como dices de nuestra costa, más suave. Pero a ella también le gusta que raspe, como a mí. De pequeña veraneaba en casa de su abuela santanderina y el mielero que le vendía miel la vendía fuerte. Resulta que este mielero es el mismo que vendía a mis abuelos maternos en Cabezón de la Sal, desvelo. Era un vendedor trashumante. Mi pareja y yo tenemos el mismo gusto probablemente porque nuestros abuelos compartían mielero.

En este sentido, la miel de calluna es excelente, asegura Álvaro. Es un brezo, aunque en realidad no está del todo claro que lo sea. Los asturianos la llaman septentrina. Florece en otoño. Es de alta montaña. La miel que da es de color chocolate. A los quince días en el bote la tienes que sacar a rascadas.

Me recuerda a mi familia, digo, donde a los mayores les gusta el rasqueru, o lo que un catalán llamaría socarrat, es decir, lo que queda requemado al fondo del puchero y hay que rascar con la cuchara para sacarlo.

En definitiva, concluye Álvaro, somos en lo que nos rodea, y la miel no es una excepción. 

Pero hay gente que vive ajena al territorio, que lo dan por muerto o que lo quieren ver muerto, continúa. A mí esta visión me parece inmovilista. Es gente que se conforma con una foto fija. La contra es evolucionar.

En eso también estamos de acuerdo, Álvaro. En mi opinión, la evolución puede inspirarse en soluciones del pasado. El pasado es un repositorio de soluciones potenciales. Todo lo bueno es moderno, decía Manuel Llano.

Por ejemplo, Mario, fíjate qué bonito sería poner unas colmenas de abeja negra ibérica en el Hospital. Por lo mismo que la miel que costaba tanto coger en Las Aguileras era considerada excepcional, la miel producida en el Hospital también podría serlo. Se me ocurre que incluso a nivel de identidad de marca sería positivo.

Volvemos a estar de acuerdo, digo. Le propongo entonces continuar con nuestra conversación en la Biblioteca. Subimos por la curva que va por Urgencias para que vea el paredón que delimita el Hospital con la C/ Padre Rábago, un emplazamiento a sur fantástico para futuras colmenas de abejas ibéricas negras, si llega a cuajar el proyecto.

Pero antes hacemos parada en la antigua balanza y le hago una foto:

Entramos en la Biblioteca y nos sentamos en la mesa grande del Salón Noble, frente a frente. Fuera está cubierto.

Las abejas tienden a volver, dice Álvaro. Si una colmena colapsa y el meleru queda vacío es muy probable que esa misma cavidad la reutilice otro enjambre a la primavera siguiente. Esto es porque no les resulta fácil empezar de cero.

¿Y tú, Álvaro, has vuelto?, pregunto.

No es que haya vuelto, responde, es que me he reencontrado. Hablo de crecimiento personal. Porque volver, no hay dónde volver. El pueblo ya no existe. Queda un reducto sobre todo de ancianas, que son las que conservan la cultura que hace comunidad, la que a mí me interesa, pero sin futuro, me temo. Prima una masculinidad detentadora de valores residuales. Me resisto a que esa sea mi herencia. No estoy a favor de extinguir al lobo, por ejemplo. Tiene que haber una solución mejor. Para esto como para todo.

Me quedan pocas preguntas que hacer. Antes de terminar le quiero contar una experiencia que mi pareja y yo tuvimos de nuevo en Viaña. Fuimos a buscar pirujos de la miel, fruta que, a diferencia de otros pirujos, no hace falta meter dentro de la peña de hierba o entre manzanas para que madure. Se pueden comer directamente del árbol. Son toda una exquisitez. Subimos y la fruta no porque no era tiempo pero los árboles sí los encontramos. Quedaban dos. El caso es que preguntando a unos y a otros acabamos de tertulia con casi todos los vecinos del pueblo en mitad de la carretera, haciendo círculo. Se nos hizo de noche contando historias. Muchas relacionadas con las abejas. 

Un señor muy mayor nos contó el secreto para localizar un meleru: hay que acechar a una abeja al pie de un charco o de una poza del río y cuando deja de beber, seguirla, pero sin confiarse porque la abeja nada más levantar el vuelo hace un quiebro para despistar a posibles depredadores. También se puede poner un cebu de orín o agua con azúcar. Álvaro sonríe y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Las abejas necesitan minerales, confirma. El río no le da todo lo que necesita. Así que recurren a fuentes alternativas. Por ejemplo, en el sur se las suele ver rondando las piscinas. Nosotros ese problema no lo tenemos porque las piscinas escasean, pero sí lo tenemos con los purines. Es grave porque se está desparasitando al ganado sin medida. No digo que no haya que hacerlo, pero sí que habría que controlar las cantidades porque se está matando todo. La carga de químico que llevan los purines es tal que está acabando con todos los insectos. Si te fijas, antes las boñigas estaban tomadas por moscas, escarabajos, etc., pero ahora no. Este de los químicos en los purines es uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos los apicultores. Duele incluso más que otros porque este, a diferencia de la avispa asiática o el ácaro, tiene fácil solución.

No me parece tan fácil, arguyo.

En comparación, sí, recorta. El ácaro ha acabado con todos los enjambres silvestres. Si ves alguna abeja, da igual dónde, será doméstica o escapada. Nuestra propuesta para solucionar este problema del ácaro se basa en la selección de abejas que no sucumban a la amenaza. Creemos que es la vía. No más químico, sí capacidad de adaptación "asistida" y convivencia interespecies.

Respecto a los purines, conviene remarcar la diferencia entre estos y el cuchu. Las vacas comían heno y sus deposiciones se mezclaban con el helecho que hacía cama en el establo. Que haya tantos helechales en la toponimia (en este caso funciona como un mapa de recursos) refleja la importancia que tenían. El cuchu ni siquiera olía mal. Por eso se consentía que hubiera vacas debajo de casa. El cuchu era el mejor abono y no representaba una amenaza para nadie, tampoco para las abejas. 

No en vano la palabra cuchu hermana con "cultura", digo. 

Volviendo al vecino de Viaña, siguió contando que cuando la abeja llega a la puerta de la colmena, realiza una danza que indica a las demás dónde está la miel. Entonces el vecino la reprodujo: pegó los brazos a los costados, abrió las manos como alas diminutas y dando saltitos estrábicos completó una semicircunferencia. Álvaro vuelve a sonreír. Por lo que indicas, dice, ese vecino transmitió la ubicación de una fuente de alimento que estaba próxima. Enarco las cejas y él se reafirma. Dependiendo de lo que la abeja haga está transmitiendo una información u otra. Hay muchas variables y no todas se han logrado descifrar. Pero si realiza vuelos en semicircunferencia, la fuente está cerca. El baile es una especie de GPS biológico, concluye.

Y tú, le pregunto, ¿te comunicas de alguna manera con ellas?

Sí. Los sonidos graves o de baja frecuencia hacen que salgan. Las aviso y salen. Es mejor esto que asustarlas. También empasto silbido y ruido gutural. Álvaro lo reproduce y compruebo que suena como un canto nepalí. Pruebo y a mí también me sale. Confieso que cuando paso entre vacas por el monte las voy hablando bajo. También trato de tranquilizar así al mastín que cuida de su línea invisible. No es lo mismo, pero los vaqueros cabuérnigos rara vez pegan a sus vacas, suelen ir delante con el palo en alto y las vacas detrás, o si acaso las jablan, que es comunicarse con ellas a través de una especie de código morse compuesto por toques que dan con la ahijá en los cuartos traseros o el morro. La violencia está mal vista. Es un fracaso.

Yo me comunico con las abejas lo mismo que ellas se comunican conmigo, dice Álvaro, es una comunicación bidireccional. Yo para ellas soy el que las asusta con humo y las intenta reproducir. Mi relación con ellas es de tú a tú.

No somos los únicos que tenemos una relación estrecha con las abejas. Por ejemplo, apunto, la orquídea corazón (Serapias cordigera), que ofrece refugio a las abejas. A cambio, la polinizan. Forma amplios corros en los jardines del Hospital Mompía.

Miro y Álvaro se refleja en el cristal reluciente que cubre el tablero de roble de la mesa del Salón Noble donde estamos sentados.

Las colmenas tienen su carácter, explica. Días como hoy, por ejemplo, que hace malo, estarán agitadas y nerviosas dentro del cuadro, comiendo sin parar, a oscuras. Hoy es mejor no molestarlas. Me doy cuenta de que Álvaro se vuelve a referir a ellas en el sentido de comunidad.

Las abejas son las condensadoras del territorio, dice. También son sus centinelas. A nivel personal, te abren las puertas de la botánica, la toponimia... Son majísimas y hacen cosas muy interesantes de las que aprender.

Me viene entonces a la cabeza la palabra mielgu, que se aplica a los mellizos. Le pregunto su opinión sobre tal relación, por qué para mellizo se ha recurrido en cántabro a una palabra que emparenta con miel. Quizá porque, de tan juntos, se les presupone cariño mutuo, aventura. La miel como noción de bondad.

Pero no todos están de acuerdo con su bondad, o mejor, a no todos les interesa, sigue. Por ejemplo a poderosas multinacionales de fitosanitarios, como Bayer y su filial Monsanto, que están promoviendo la idea de que las abejas están desplazando a los polinizadores silvestres. Obviamente, las abejas compiten, pero de forma equilibrada, máxime las negras autóctonas. Sin embargo, por culpa de esta campaña de desprestigio se está expulsando a los apicultores de la Red Natura 2000. En España todavía no, pero llegará. Ni abejas ni insectos vivos, parecen querer.

Efectivamente, las abejas condensan una realidad con muchas aristas.

Álvaro guarda un silencio que vale por unos puntos suspensivos. 

Voy recogiendo los folios que he ido dispersando por la mesa a medida que iba agotando el espacio en blanco. Luego trataré de levantar con ellos un mapa de nuestra conversación

un mapa donde, en primavera

-la estación de las abejas-

todo florezca.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS 42: Las flores de las camelias

Despunta la primavera. Tiembla el pabellón con las obras de la protonterapia. Caen las flores de las camelias al suelo.

domingo, 1 de febrero de 2026

VIRIDITAS 41: Entrevista a Raquel Serdio, poeta

Llego antes de tiempo y desprevenido, poco abrigado. Hemos quedado fuera y paso frío así que entro al hall del 2 de Noviembre y espero. Son quince minutos. Me fijo en lo que pasa. Un niño posa para una foto en la escultura de madera. Él se quiere subir, pero sus padres no le dejan, quizá porque estoy yo cerca con la identificación a la vista. Se coloca detrás de la escultura y sonríe. Hecha la foto, se abrazan los tres. La puerta es grande. Sale una señora y su hija cargando con bolsas azules y otra llevando un carrito de bebé. Las bolsas trasparentan ropa y diversos enseres. No sé si son de la señora que le han dado el alta o de algún familiar que ha fallecido. Van muy serias las dos, tristes. Supongo que sea esto último. Del carrito sale un gorjear que parece de pájaro.

Raquel Serdio entra con cara de interrogación porque habíamos quedado fuera y no me ha visto. O es que su gesto habitual es de extrañeza. No me extraña. Le explico y hago el gesto de abrazarme. Por el frío. Entonces nos abrazamos.

Raquel Serdio es poeta y profesora de literatura. Nos conocemos desde hace mucho. Curiosamente no del valle, aunque nuestras familias hayan sido vecinas, sino de haberle publicado hace al menos quince años poemas en una antología contra las guerras con el respaldo de la ONU y en otra de haikai relacionados con el medio ambiente. Yo luego la he seguido.

¿Sabías que esta escultura está hecha a partir de un solo tronco?, pregunto. Es de un árbol caído. Lo encontró el autor en Mazcuerras. Es magnífica, responde. Es roble. Yo lo sé porque me lo ha dicho el autor, Raquel porque sabe de madera. Su padre hacía albarcas en Cabuérniga. Ya cuesta encontrar robles de este tamaño en Cantabria. De la manzanilla buena se dice que no tiene que oír campana. Pues robles así, igual.

¿Sabías que ayer mismo estuve buscando tu último libro, que es el único que no tengo, y que en una de las librerías me atendió una antigua alumna tuya? ¡Qué casualidad!, exclama. Me dijo que eras muy buena profesora. Raquel hace el gesto de bien con la cabeza. Está agotado, digo. Te lo he traído, ataja. Lo tengo aquí. Luego te lo doy. Imito su gesto.

Le propongo subir al despacho para coger la chaqueta y bajar luego a los jardines. Vamos por los pasillos. Subimos, ella deja sus cosas, me abrigo y bajamos. No los conocía. Ni tú ni casi nadie, digo, ni siquiera la mayoría de los trabajadores del Hospital. Ese es uno de los objetivos de VIRIDITAS, que se conozcan. Para eso lo mejor es que le pasen cosas, que pasen cosas en ellos. Provocar vivencias en los jardines para multiplicar significados. Este paseo que vamos a dar será un recuerdo de los jardines futuros. Ojalá sirva para que mañana se hagan las cosas mejor.

Vamos caminando desde el Edificio Enlace, el de cristal, hacia el fondo. Las nubes quieren entrar desde el sur, pero se nota el efecto del mar, que las contiene. Es un día en el que predomina el sol, pese al frío. De frente nos queda Peñacastillo. El pico que vemos se llama Miraoriu. Es un nombre antiguo. Su significado es transparente para un montañés: mirador. Presenta el mismo sufijo que, por ejemplo, observatorio o velatorio, en castellano, o posaoriu, descanso en el camino, en montañés.

Los medios publican hoy la muerte por envenenamiento de un quebrantahuesos en los confines de los Picos de Europa. Se llamaba Centenario. Es una ave que se está tratando de reintroducir. Por eso su muerte es especialmente dolorosa. El quebrantahuesos desapareció de nuestras montañas hace setenta años de la misma manera, por envenenamiento. Va camino de volver a hacerlo. Quería empezar la entrevista por aquí.

Escribe Claudio Eliano, autor del siglo primero de nuestra era, que los quebrantahuesos ponen hiedra en el nido para protegerlo y que la paloma torcaz hace lo mismo pero con brotes de laurel. En el pueblo, recuerdo que había siempre laurel detrás de la puerta de casa. Laurel y un espejito. No en vano en las puertas es donde más luz había de la casa. ¿Y en la tuya, Raquel? En mi casa nunca faltaba laurel, contesta. Nunca se compraba. Raquel guarda silencio por un momento. Tengo un recuerdo de mi madre, anuncia. Le gustaba mucho pasear. Cuando se valía por sí misma iba sola hasta Selores y Renedo. Luego, la acompañaba por la mies hasta la parroquia de Terán. Al lado de la cambera había tres laureles en fila de los buenos, de los que huelen. Parábamos ahí y me pedía que cogiera una rama. Siempre teníamos en casa secando. Para cocinar.

En mi casa, retomo, también se tenía para protegernos de las tormentas. Se tenía mucho miedo a los rayos.

No me suena ese uso en la mía, dice Raquel, pero a continuación recita: 

Santa Bárbara bendita
que en el cielo está escrita
con papel y agua bendita.

Es una letanía que le sale sola, como un resorte. 

A las tormentas se las tenía pánico, continúa. Dentro de casa y fuera. Mi padre pasaba tres o cuatro meses al año en el monte. Raquel utiliza la palabra monte con ese sesgo montañés que la convierte en una palabra del mundo vegetal, el monte entendido como bosque. Sacaba la madera y la preparaba en rebollas para luego en casa sacar de ellas las albarcas, aclara.

Contaba mi padre que una noche se refugió de una tormenta debajo de un castru (roca madre) en Los Molinucos del Diablo. Pensaba -nos decía- que los rayos iban a partir la peña y me iba a caer encima, que de allí no salía.

Los Molinucos del Diablo están en el camino de Cureñas. Este es el nombre del río Saja cuando todavía se está haciendo, digo. Su nombre de neonato es por lo encajonado que está. Su lecho parece excavado en mármol rojo. Tengo una piedra que cogí del río que utilizo como sujetapapeles. No pierde el color fuera del agua. El hidrónimo Saja viene del prerromano *SALIA, río.

Por ese camino sube el ganado tudanco a Sejos. Arriba pasa los veranos. La subida la marca el nacimiento de los lirones, los narcisos. La bajada viene anunciada por el nacimiento de las quitameriendas, parecidas a las flores de azafrán.

Hay leyenda que asegura que de Los Molinucos del Diablo sale una mano negra gigante que te coge. Otra parecida en La Serna, en Arenas de Iguña. Hace lo mismo, sale y te coge, y desapareces dentro. Las recogió Jesús García Preciado en alguno de los libros dedicados a la tradición oral cántabra que publicó Tantín.

En mi casa había un solo libro, dice Raquel. Era uno antiguo de geografía regional (y creo saber a cuál se refiere: Reseña geográfica de la Provincia de Santander con destino a las escuelas de niños del Valle de Cabuérniga de Leoncio Fernández de Mesa, año 1887). Eso no quiere decir que no hubiera literatura. La había, y mucha, pero de tradición oral: trovas, cuentos, leyendas, coplas, chascarrillos, etc. Había un solo libro en papel, pero mis padres eran auténticas bibliotecas andantes. 

A Jesús García Preciado le compartí dos historias, con mis padres de informantes, dice. La de mi madre se cuenta el día de Santa Ana, después de Santiago. Mi madre utilizaba siempre el santoral para contar algo:

El día de Santa Ana
el jilu se vuelve lana 
y la lana sotana y a la noche 
hay seis pies en la cama.

Trata de un marido que se va un par de días a las vacas al invernal y entonces el cura aprovecha para acostarse con su mujer. Pero el hombre vuelve a casa antes de tiempo, se mete en la cama y descubre que hay seis pies. Extrañado, al día siguiente, se lo comenta a la madre y ella le calma diciéndole la copla, lo que pasa ese día, haciéndole creer que es por ser el día de Santa Ana que le ha pasado esto.

Me sorprende el papel cómplice de la suegra, digo. Sería porque el cura del cuento les daba comida, replica Raquel. Así creo que se entendía en la época. Se apelaba a la indulgencia. Date cuenta del contexto de miseria en que se vivía.

Conocí hace tiempo a un vecino de Udías, digo, que abriendo una galería se topó con una cueva donde había dos pares de zapatos, de mujer y de hombre. Serían de una pareja de amantes fugados, justificaba él.

En una de esas galerías encontré hace años un palo tallado con una cabeza de pájaro, anuncia Raquel. Lo utilizo en las clases de teatro, cuando explico la figura del chamán. El chamán sabía falsear la voz, entrar en trance, utilizaba máscaras..., se le considera el primer actor.

La historia de mi padre, retoma, se llama El gigante de Potes y trata sobre un marraneru que se enfrenta a un gigante al que vence gracias a su ingenio. El gigante aplasta una piedra, la hace trizas, y el marraneru coge un queso de su zurrón, lo aprieta con las manos y lo hace arena también. Así una y otra vez van compitiendo. Al final el marraneru finge que se abre la tripa y el gigante lo imita, se raja y muere.

Doy un respingo porque esta historia, quizá no con tanto detalle en cuanto al perfil de sus personajes, me la contaba mi madre por las noches. Se lo digo a Raquel. También que antiguamente había mucho tráfico de marranos entre Potes y Cabuérniga y que los marraneros hacían noche en el lugar conocido como La Balsemana, topónimo que parece provenir de la planta balsamina o mil en rama, en el cordal que separa las cuencas del Saja y del Nansa. O mejor, en el pernal o toral que comunica, como una antigua autopista de hierba, ambas cuencas. He estado, pongo foto de la cabaña:


Fue ocupada por un paisano durante lo peor de la pandemia.

En Renedo de Cabuérniga vive Concha, continúo. Es la última vecina nacida en el pueblo de Llendemozó, que es como aparece en los mapas, aunque ella insiste en que su verdadero nombre es Llandemozó, y tiene razón. Esta vecina recuerda cómo se curaban los jamones en casa. Eran jamones muy apreciados. De su bondad ya dio noticia Estrabón hace dos mil años.

Las cocinas eran de suelo, compuestas por tres piedras, dos perpendiculares a la pared y otra puesta encima contra la pared llamada pusiega que servía para posar en ella los enseres de cocina y para controlar las llamas. El humo salía libre por el tejado, no sin antes ahumar los alimentos que reposaban en un zarzu o entramado de varas de avellano situado encima. Cuando estas cucinas fueron sustituidas por las de campana las pusiegas generalmente fueron reutilizadas como poyu para sentarse fuera. La repisa que bordea las chimeneas actuales se conoce como pusiega. Es una palabra que, porque se adaptó, sobrevivió.

Estando en la universidad, todavía se mató algún cerdo en casa, afirma Raquel. La mondonguera del pueblo era Sario. Su hija Encarnita tiene el restaurante La Central de Barcenillas. Cocina a la manera de su madre. Cuando se mataba el cerdo, la que venía a echar las especias y preparar el compangu era Sario. Raquel recuerda que cerca de la casa familiar había un ahumadero que la dueña compartía con los vecinos. Había una hoguera y pértigas donde se colgaban los productos de la matanza de dos o tres casas.

Le pregunto por el boronu (una especie de morcilla con alma de grasa), que si era para agasajar, y sí, responde, lo era. Lo mejor es para compartir. Ideas que porque son buenas son siempre modernas. Le gusta que haya recetas para honrar. Para recordar, también: a su padre le encantaban los coscorones, una especie de cortezas naturales. No le gustaban a todo el mundo. Hoy ni siquiera hay oportunidad de probarlos.

Pero, en todo caso, era un trabajo ingrato. A última hora, en su casa se compraban tripas sobadas, pero se acuerda de ir con su madre a lavar las tripas del cerdo al río. Las manos se quedaban frías y le salían sabañones.

Raquel cuidaba de los cerdos de casa. Los paseaba, cogía caracoles y bellotas para ellos. Era inevitable establecer un vínculo personal. Más siendo una niña. Pero llegó una edad en que le tocó participar en la matanza. Su padre le pidió que diera vueltas a la sangre en un barreño para que no se cuajara. Era dar vueltas con el cucharón y caérsele las lágrimas. Fue un shock, dice.

Mi vecina, la difunta Milia, sabía de remedios naturales. Me enseñó uno para los sabañones que consistía en infusionar apio y sumergir las manos una o dos veces al día. Funcionó. Yo hasta entonces no sabía lo que era el apio, solo lo había visto en su huerta, dice.

Su planta de cabecera es la genciana o junciana. Es como la mercromina, me explica. Casi fue descastada en la posguerra por las farmacéuticas. Todavía queda en Sejos, descubre. Yo a la junciana solo la conozco de la cocina de Fidel, tercio. Tiene un montón de frascos con junciana, flor de saúgu, el raro cardu d´arzolla, etc. Fidel es como se le puso al nacer y es así como se le conoce en mi casa, digo. Pero tras la guerra se le bautizó como Jesús. No es el único caso. En mi familia, continúo, a Zoa el obispo le cambió el nombre y le puso Concepción. Entonces pasó a ser Ción la Zoa. No le salió bien, al obispo.

Hemos llegado sin darnos cuenta al fondo de los jardines. Nos hemos quedado hablando allí, parados. Sopla un viento fuerte y es a lo mejor por eso que las grúas de alrededor están quietas.

Un día coincidí con una señora de Barcenillas que me dijo que ella era la encargada de hacer la borona (pan de maíz) en casa porque tenía siempre las manos frías. Se tenía por una virtud. Le quedaban muy ricas por este motivo, defendía, digo. Su marido falleció hace poco de una larga enfermedad. Le estuvo cuidando. Cuando enviudó tuvo más tiempo para ella. Fue entonces cuando se dio cuenta de que de pequeña había sido tratada como una esclava. Esta palabra es suya, es la que ella empleó.

Cuántas mujeres así, dice.

Hace no mucho intenté subir a La Pica´l Cuetu y no pude, me di la vuelta a mitad de camino, confieso. Por la niebla y porque no podía más. En la bajada un tanto errática encontré un parapeto de piedra construido contra una peña. Cuando tuve oportunidad pregunté a una anciana del valle por aquel lugar, si lo conocía, y me dijo que sí, que se llamaba El Cantu la Mesa y que es donde ella se refugiaba de niña cuando salía con la ricilla (ganado menor). He encontrado parapetos parecidos en otras alturas significativas del valle como por ejemplo en Cuetu l´Asprilla, cuyo topónimo revela lo áspero, lo abrupto del lugar. Me imagino a menores subiendo y pasando allí los días, no sé si también las noches, y no puedo menos que lamentarme.

Mi abuelo tenía ganado, incluidas ovejas, dice. De las ovejas se ocupaba mi padre. Estaba con ellas en Monte Aa. Con siete años, treinta o cuarenta ovejas. En Monte Aa, remarca. Es un monte fragoso y oscuro, confirmo. Mi padre no tuvo infancia, sigue. El cura cogía a los sarrujanes los sábados por la tarde o domingos y les enseñaba a leer y escribir.

Un día le pedí un abrazo a mi padre. Ya era bien mayor. Pero nena, si es que no sé dar abrazos, me contestó. No te preocupes, papa, que ya te los doy yo, le dije. Mi padre murió aprendiendo. El aprendizaje duró toda su vida, desde aquellas primeras letras.

Volvemos sobre nuestros pasos. De camino le enseño un seto de acebo. Es una parada que suelo hacer. Hay quien piensa, digo, que este árbol podado como un seto está sometido y que es el epítome de un jardín, la naturaleza sojuzgada, y quien piensa, por el contrario, que porque está podado como un seto está, porque en caso contrario no estaría aquí. ¿A ti que te parece?, pregunto.

Por lo que veo, este árbol por sí mismo no sobreviviría, responde. Ni siquiera tiene posibilidades de extender sus raíces. Estamos en una terraza, no hay suelo debajo. Este árbol no sé si estará sometido pero sí domesticado, concluye.

La palabra duendu significa domesticado. Se aplica al buey, por ejemplo. Viene del latín DOMUS, casa. También significa agotado de trabajar.

Le cuento que cuando se terminó el armazón de las tres torres se puso, siguiendo la tradición, una rama de tejo -también puede ser laurel- rematando la obra pero que al día siguiente la rama fue sustituida por una bandera española. Ella lo interpreta como una metáfora de la política. La bandera es a lo privado lo que la rama a lo público. Qué contradicción, se lamenta. Tener que recurrir a lo privado para mantener lo público. Se ha perdido la autogestión.


Nos acercamos a una jardinera próxima. Le quiero enseñar un brote de palmera que ha nacido seguramente a partir de una semilla depositada por un pájaro. Las palmeras del Hospital son indianas. Están en peligro por el picudo rojo. Este brote tiene las puntas rotas. Probablemente los jardineros hayan tirado de él, infructuosamente. No vendría mal ir cogiendo brotes para asegurar la continuidad de las palmeras en nuestros jardines, por si acaso. El centenario de la institución está próximo. La última que se murió fue hace diez años. Estaba al lado de la secuoya que se ve desde la cuesta de los toros. Ahora hay un pequeño montículo donde estaban las raíces.

Raquel entrevistó para el libro Damas ilustres y mujeres dignas. Algunas historias extraordinarias del siglo XX en Cantabria, del que es coautora, a la poeta popular lebaniega Covadonga Vejo de Lebeña, que cuidó y enseñó como guía durante años la iglesia del pueblo. Cuando un rayo tiró el tejo que había a la puerta, ella se quedó con una semilla que cuidó hasta que brotó, algo muy difícil de conseguir, más tratándose de un tejo. Si el árbol fuera el padre, yo sería la madre, decía.

Hay un sentimiento de apego muy fuerte con los árboles en Cantabria. Incluso en el plano personal. En mi familia mi abuela tenía un manzano que se secó antes de ella morir pero que mi madre no taló hasta entonces. Conservo yo el tocón, digo.

Raquel tiene un poema en Cuaderno de Rozalén que dice:

"Vivir creciendo como el árbol, hasta
la muerte. Y más allá de ella ser
barro o ceniza que albergue mi
simiente.

Cuando ya no me sea, tierra, sino
tuya."

Llegamos a la Biblioteca y continuamos nuestra conversación en el Salón Noble. Tenemos en lugar destacado una foto del Marqués de Valdecilla y otra de su sobrina, la Marquesa de Pelayo. En la primera, el marqués posa sentado y hay un texto que explica quién es. La de la marquesa es un primer plano y no hay texto. Raquel me lo recrimina. Da igual cuál sea tu opinión sobre ella, dice, tienes que informar sobre quién es, cuando menos al mismo nivel de profundidad que en el caso del marqués. Sinceramente, no me había dado cuenta, me excuso. Acepto la crítica. Lo corregiremos.

Propongo hacerle una foto y ella toma la iniciativa, coge una de las butacas y la pone debajo de los retratos de los Directores Gerentes del Hospital, enfrente de la antigua librería donde conservamos las primeras tesis doctorales de la Casa de Salud Valdecilla. Sácame que se vean los libros, no a esta ristra de señores de aquí arriba, dice sonriendo, cómplice, y se la hago:


Cuaderno de Rozalén fue su primer poemario. Está impreso en Ruente el año 2000. Es un libro situado. En él Raquel se declara de un lugar cuyas amplias coordenadas se prolongan en ella: los montes, los ríos, el viento, las estrellas...

"Si has de poner cotos al tiempo
que no sea en el sueño de los
chopos. Si has de ser fiel a algo
que sea a este cielo gris, azul y
blanco, a este monte magnético
del que nunca puedes apartar la
mirada.

Si has de creer en algo que sea en
este norte que cubre tu cabeza.
Orión. Perseo. Zaaas. La Vía
Láctea. Lo justo para que el
mundo te coloque en su sitio. Y
no sentirse más que un vulnerable
ser. Caballo. Perro. Helecho. Qué
más da."

Rozalén es el monte que preside su pueblo. En mi opinión es un topónimo que viene de roza, es decir, de un terreno obtenido por desbroce, y len, del latín LENIS, suave. Es una palabra que en montañés no pero que sí se conserva en pasiego: len, pendiente. El Picu Llen, que remata Peña Cabarga, significa lo mismo.

Basnia o baznia es una palabra heredada. Es un soporte hecho con ramas entrelazadas que sirve para bajar la hierba por terrenos con mucha pendiente, explica. En La Praería de Valle hay un lugar que se llama El Bazniáu.

Le cuento a Raquel que una tía mía jugaba de pequeña a lo que ella llamaba abasniar, que era resbalar por la ladera de Las Basniás de San Sebastián de Garabandal subida a un tronco, pero que lo hacía en domingo para que no la vieran los hombres.

Aprovecho para preguntarle por varias palabras montañesas que traigo apuntadas:

- Atotogar o atotegar. En mi casa significa arrebujar y en la de Raquel ir bien compuesto, con la ropa en su sitio, a veces acaldar.
- Acurriar. Volver a casa. Vale tanto para personas como para animales.
- Apicapuntu. En el momento oportuno. Raquel no la conocía. En mi casa va de la mano de luga, rayo de sol que entra por entre las nubes y momento oportuno para hacer algo.
- Nial. Nido.

Esta última me encanta, dice. Siguiendo el juego, propone: 

- Jatera. Para mí, me adelanto, es un lugar revuelto pero ella aclara que en su casa son las cosas y su valor.
- Acaldar. Colocar.
- Zuna. Manía. Esta palabra, digo, creo que viene del árabe clásico sunnah, "tradición, ley o costumbre". Hay otros arabismos llamativos, como alifaz (pequeña herida), ateclar (mimar) o guajona (una especie de vampiresa de un solo diente que vive bajo tierra).

Hay una palabra que adoro, revela, y es quima. Todo esto, dice señalando las publicaciones suyas que ha traído ella, las que he traído yo, es poética de las quimas. Los árboles me inspiran en toda su dimensión.

Mi padre, que era carmuniegu, tenía que estar constantemente explicando a la gente lo que decía. Cuando fui a estudiar Filología Hispánica a Oviedo me di cuenta de que tenía mi propio ideolecto. Cuando regresaba al valle llegaba a casa, cruzaba la puerta y el cerebro me hacía click, como si fuese bilingüe. Mi lengua materna es un habla cantábrica montañesa, dice.

Cambiamos de sitio para estar más cómodos. Nos sentamos en un antiguo banco de madera con el respaldo listado. La luz entra a borbotones.


Su segundo libro se titula En un lugar que yo veo. Es de 2003 y lo publicó Devenir. Es un libro de amor, pérdida y duelo, escrito tras el fallecimiento de su pareja en un accidente laboral, haciendo a contrarreloj el Parque del Agua en Santander.

"Duelo" es una palabra muy amplia, asegura. No se produce solo cuando una persona muere. Es también darte cuenta de que todo cambia, de que has cambiado. La vida está hecha de pequeños y de grandes duelos, concluye.

Propone leer un poema, al hilo de la noción de duelo, que escribió en la edición del año pasado del festival El Temporal. Casualmente yo también participé en él e impartí una conferencia en este mismo lugar, en el Salón Noble. Su poema inédito se titula "En la montaña vacía". Recoge un sueño recurrente. Está en una colina con su padre y en otra está su madre, que ha fallecido. ¿Ves?, ahí está mama, le dice su padre. Está bien. La observan en silencio. Entonces, papa, le dice, morir es como estar en esa colina. Así es, le contesta. Podemos subir a verla cuando queramos. Qué idea más bonita, ¿verdad? Subir a una montaña para conectarte con la madre. Perdí a mis padres durante la pandemia, en seis meses. Con mi madre también conecto mucho cuando llega la primavera y los manzanos se ponen en flor.

Cuando íbamos de paseo juntas parábamos siempre en alguna pared. Es lo que más le gustaba. Mirar adentro. Los árboles, las plantas crecidas. Nena, coge un esqueje de esto o de aquello, unos cardos para las gallinas, me solía pedir.

Me acuerdo de una vez que paramos en un huerto y había manzanos viejos, pero en flor. Los contemplamos juntas. Tras un largo silencio, mi madre me pregunta qué veo. Lo que yo veo, mama, es divinidad, algo sagrado. Otro silencio. Pues sabes lo que te digo, nena, que por mucho que digas, tú crees en Dios.

Los manzanos están muy vinculados a la historia de mi familia materna, continúa. "El práu de casa" era el epicentro. Estaba lleno de manzanos -y de perales de invierno, de esos que maduran las peras entre la hierba seca- que había plantado el abuelo Manuel. Tenía un perro para guardarlos. Una noche entraron al práu y le sacaron los ojos. Ladrones de fruta. Escribí un relato ("La ira de Sofía") para vengar la muerte de ese perro. Los frutales se han ido muriendo.

Su tercer poemario es Mujeres de mimbre y lo publicó Creática dentro de su colección "La grúa de piedra" el año 2013. Es un libro que discurre parejo a Damas ilustres y mujeres dignas. Si en este las mujeres son las cuentas, en el poemario se extiende el hilo que las enhebra.

"En mi cuerpo
adentro
en mi árbol sagrado
florecen las semillas 
de mis antepasados.

En mi cuerpo
adentro
en mi árbol sagrado
crecen todos los bosques
y sus claros."

En el poemario, Raquel es la guía que ofrece sus huellas, la columna de humo que delata la hoguera, la chamana. Ella es el núcleo que, en su relación con lo que la rodea, dibuja una espiral que es movimiento que es suma de acontecimientos que es realidad que es interpretación.

Recita Gestación, poema en cuatro movimientos. Lo incluyó en la lectura que hizo dentro del ciclo Patio de Poesía organizado por la Biblioteca Central de Cantabria en su edición de 2023. En esta ocasión estuvo acompañada por una exalumna, María Villagrá, poeta valerosa de mucha valía.


Tengo tu libro, recuerda Raquel: Aire que trae la voz, y me lo da. Lo publicaron Alba Pascual y Noé Ortega en 2017. El primer poema me parece revelador. Se titula "Mecánica del verbo en la reja" y dice así:

"La palabra engranaje    la que ocupa el espacio sin
miedo al titubeo    la que se clava en la piel como una
astilla y escarba y duele. La palabra heredada    la que
esquiva el vértigo del silencio y se deleita en la pared
de las grutas. La palabra autómata    inercia de una
estirpe de charlatanes.

Un alfabeto metálico en la boca    frío    como un
tornillo. Inservible para el éxtasis."

Las palabras son huellas de ideas. Güelga es el paso abierto por dentro de la nieve. Son túneles luminosos. No desapareces, solo sales por otro sitio.

Frente a la casa familiar hay una cambera plantada de nogales que sube a La Praería. Me encantaba sentarme en las escaleras de casa y en otoño sentir el viento mover los árboles y el sonido de las nueces al caer. Un día mi padre, que era parco en palabras, se sentó allí conmigo y después de un buen rato en silencio me dice "está la tarde escuchona". Qué descripción tan certera. Lo clavó. Eso sí que es poesía. 

He pasado muchas horas hablando con mis padres, también como informantes, de un modo de vivir de otro tiempo. Escuchando, sobre todo. Sé muchas cosas de mis abuelos, aún sin haberlos conocido, de mis bisabuelos, de mis tatarabuelos. Su legado y su linaje se funden en mí.

Yo últimamente estoy preguntando a la gente mayor de mi familia por sus primeros recuerdos, digo. Mi madre recuerda estar donde los nogales que había al lado de casa con las manos manchadas de marcia y estar asustada.

Es que la marcia de la cáscara de las nueces mancha mucho y además es muy difícil de quitar, dice. Como el miedo.

Me apurre (el verbo apurrir significa alcanzar a la mano) lo último que ha escrito, un texto titulado El legado de las piedras, organizado en tres movimientos. Está incluido en una publicación dada a luz en septiembre de 2025 por el Museo de la Neocueva de Altamira con motivo de un recital colectivo titulado Manos. Diálogos con Altamira realizado por ocho poetas cántabras de la asociación Genialogías en colaboración con el Museo. Transcribo el último movimiento:

"Dentro del ojo un rastro se desdibuja en la nevada

Cuando lleguen traerán el cuerpo silencioso del bisonte como una ofrenda Las astas de los ciervos abatidos Nada de lo que ofrezcan tendrá el valor del hueso la disposición ritual del animal Ningún sonido ninguna hierba amarga ningún metal solo nubes de puntos sobre las cavidades puntos que son itinerarios de nombres olvidados Sextantes de otra era que señalan las Hespérides en el cielo fechas de siembra rutas de cacería o el recuerdo de un gélido camino de ausencias

Hay una geometría de polvo ocre dibujada en la roca yemas imperceptibles de migraciones

Corren las ciervas por el friso esbeltas    en hilera    como una escena leve de la unidad".

Estoy transcribiendo la entrevista. Desde mis despacho veo reverberar las últimas luces del día en los montes nevados del fondo. Parpadea la luz roja que remata la cima de Peñacastillo.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.