Esperando en la puerta del Edifico 2 de Noviembre veo venir por la explanada a Patricia Corro y a Luis Mariano López. Son la Directora del Área de Cuidados, Formación y Continuidad Asistencial del SCS y el Director de Enfermería del HUMV. Vienen en la dirección del viento que sopla del noroeste. Me saludan y paran y entonces yo aprovecho para comentarles con quién he quedado: Enrique Rodríguez Pereda, historiador de la Universidad de Cantabria que se está doctorando con una tesis sobre Ramón Pelayo, Marqués de Valdecilla. Cuando llega Enrique, que se ha visto obligado a aparcar en la Ciudad Jardín porque el aparcamiento subterráneo del hospital estaba lleno, les presento, le dan la enhorabuena y le emplazan a futuros encuentros y colaboraciones que yo, desde la Biblioteca, lógicamente secundaré. Al quedarnos él y yo solos, le confieso que tenía una retahíla de preguntas que he olvidado en la bandeja de salida de la impresora. Pero no pasa nada. Tengo claro lo que le quiero preguntar. Lo malo, el tiempo. Esta entrevista durará cinco horas y media. Lloverá a ratos.
Hay sitio en las primeras filas de la cafetería, las más expuestas. Nos va bien. Son filas cerradas. Nos sentamos y abrimos un poco de hueco a los lados, por si acaso, y hacemos bien, porque no tardarán en llenarse todas las mesas. Lo harán repetidas veces, por turnos. Hay mucho ruido y Enrique habla rápido. Afino el oído y voy tomando notas rápidas, tanto, que temo luego no sea capaz de distinguirlas de manchas de café.
La primera pregunta, obligada, es sobre el origen del marqués y, curiosamente, tratándose de una persona rica, se sobreentiende que la pregunta sea por el origen de su riqueza. Es una pena que la principal característica de una persona rica sea que es rica. La respuesta de Enrique es que Ramón Pelayo no era pobre. Un buen comienzo.
No es cierto entonces que marchó a Cuba con una mano delante y otras detrás, pregunto, y no, no lo es, responde él. Sabemos poco, pero eso seguro que no fue así. Su partida se enmarca en lo que se conoce como "emigración en cadena". No estaba desamparado. Pero por lo demás, se abre una incógnita. No he encontrado su pasaporte en Cantabria, desvela, así que es probable que se embarcara en Cádiz, pero por qué no salió desde Santander, cabe preguntarse, estando Santander bien comunicado con Ultramar. Es algo que hoy por hoy no podemos responder.
En Vermont, por ejemplo, estado sobre el que he estado recopilando datos, dice, he encontrado mucha documentación relacionada con los canteros trasmeranos que labraron la piedra de los rascacielos que se levantaron durante la época dorada vinculada al Art Déco. También hubo mucho pastor cántabro en Nevada. A ese tipo de redes pertenecía Ramón Pelayo. Cantabria se organiza en valles. Cada valle tenía su destino, cada familia su posición.
Ramón Pelayo firmaba así, prescindiendo de su segundo apellido. La rama cubana de los Torriente, además de haberse arruinado y con escándalo, había mantenido vínculos estrechos con el comercio de esclavos, y es de suponer que a Ramón Pelayo la posibilidad de que le pudiesen asociar con ese tema le repelía. La rama santanderina también, pero no directamente, por lo que a Ramón Pelayo no le concernía, o al menos a él no le interpelaba, dice Enrique. Si la esclavitud no es una cuestión de grado, pienso, porque no hay ninguno aceptable, se ve que sí lo es cuando se trata de grado de parentesco. ¿En qué momento, a qué altura ya no afecta o mancha?, me pregunto. Depende del interés, supongo.
La familia Torriente es muy frondosa y toca incluso a los socios fundadores del Banco Santander, así que mejor no perdernos en ella, propone Enrique, y yo le sigo, él es el que guía. Respecto a los Pelayo, destacan las figuras de Josefa Pelayo Gowen, prima de Ramón, y su esposo Demetrio Bea Maruri, Marqués de Bellamar. Ramón Pelayo entra a trabajar para él y no tarda en dejar clara su vocación comercial. Progresa rápido. Tiene intuición. En la provincia de Matanzas, donde vive, es conocido y respetado. Es probable que empiece a hacer dinero como prestamista.
Esa simpatía entre perfil aguileño y personalidad despierta, que es como se le suele presentar, no es ni deja de ser cierta. Solo tiene que ver con el personaje que se supo construir, asegura Enrique. Los dos principales logros del marqués, son: su obra benéfica (sobre todo la que desarrolló en los años veinte, con el hospital a la cabeza) y la construcción de su personaje, dice. No son independientes. Los dos van imbricados. ¿Cuánto hizo para ser recordado?
También forma parte de su personaje eso de que el ingenio azucarero que le sirvió como trampolín tuviera "hasta" ferrocarril propio. Es cierto que lo tenía, pero lo tenían todos, en esto no era excepcional. Sí lo era en dos cosas: la primera, apostar por la mecanización de la producción de azúcar bajo influencia de su socio y amigo Manuel Rionda Polledo, muy bien conectado con sus pares norteamericanos, y la segunda, saber vender todo en el momento oportuno.
Tras la zafra de 1919 a 1920, recién terminada la Iª Guerra Mundial, que funcionó como una "aceleradora de empresas" del azúcar, Ramón Pelayo reconoció el momento oportuno para vender, a punto de quebrarse el mercado, y acertó. Una vez desvinculado de sus negocios, volvió a Cantabria y aquí fijó su residencia. No cruzó el Atlántico nunca más. Es curioso, apunta Enrique, que hiciera dinero, o mejor, que no lo perdiera, gracias a una decisión conservadora, siendo él una persona progresista.
Pero entendamos progresista en su contexto, matiza Enrique: lo que él quería es que todos pudieran tener la oportunidad de ser como él.
No tuvo hijos, anoto mentalmente.
No quería subvertir ningún orden ni nada parecido, aclara Enrique. Quería lo mismo que había pero mejor.
Que no hubiera monjas en el primer ensayo de hospital, año 1929, por ejemplo. No es porque fuera anticlerical, sino porque tenía muy claro que habiendo enfermeras profesionales, para qué monjas. En opinión del marqués, la Iglesia Católica no debía entrar en la gestión de lo público, apunta Enrique.
Este principio se lo saltó su sobrina, cuando, sin que hubiera pasado un año desde la inauguración de la Casa de Salud Valdecilla, puso al frente de la gestión de la institución a Sor Bastos, Madre Superiora de las Hermanas de la Caridad, provocando una conmoción que derivó en la dimisión de su primer Director Gerente, Wenceslao López Albo.
Llegado este punto del ejercicio memorístico que es la escritura de la entrevista, pocos días después de nuestro encuentro, envío un correo a Enrique pidiéndole por favor que defina "zafra" e "ingenio azucarero", para aclarar términos. De primeras parecen fáciles de entender pero es mejor asegurarse. Transcribo su respuesta tal cual:
"Zafra es el periodo de producción del azúcar, desde mediados/finales de diciembre hasta lo que dure, dependiendo de las condiciones climáticas y de la caña en los campos (marzo a junio). La zafra comprende desde el corte a machete de la caña en el campo, a su traslado en carros de bueyes o chuchos (vagones de tren abiertos) hasta el ingenio, y luego el proceso industrial que concluye con el azúcar refinado a un 96% (moreno). El azúcar blanco que pudiéramos llamar de mesa se refinaba en los EEUU directamente. La zafra marcaba el ritmo de toda Cuba, desde el trabajo al mercado financiero pasando por el ocio y la política."
"Un ingenio es una fábrica de azúcar. Durante el siglo XIX designaba a la fábrica en sí, que se fueron mecanizando, aunque muchas eran extremadamente rudimentarias. Ramón Pelayo compró un ingenio y lo convirtió en central, como te expliqué: el ingenio se ampliaba y modernizaba hasta convertirlo en una fábrica moderna, equiparable a cualquiera de Europa o los EEUU (piensa en la Solvay original), con una capacidad de producción mucho mayor que requería centralizar la caña en su entorno. Por eso estos empresarios, Ramón Pelayo también, compraban otros ingenios vecinos y los demolían, para que la caña de las fincas fuese a su central. El Rosario de Pelayo fue una central desde principios del siglo XX."
Continúo con la transcripción de la entrevista tal y como la recuerdo, recurriendo puntualmente a las notas tomadas a vuela pluma.
A Ramón Pelayo le debió costar regresar a Cantabria y verse rodeado de bardales, apunta Enrique. Que una ciudad como Santander, con su burguesía rampante, no fuera capaz de dotarse de un hospital moderno, era para él inadmisible. No es que lo santanderinos no supieran identificar tal necesidad, que lo eran y desde antiguo, ya desde la explosión del barco-vapor Cabo Machichaco, sino que, siéndolo, no fueran capaces de construirlo, eso es lo que le dolía.
La mujer de Ramón Pelayo sufría una severa enfermedad mental. Hacían vidas separadas desde el mismo viaje de novios. Quedó al cuidado de su madre en La Habana. En la vida del marqués, la salud tenía mucho peso. Tampoco es casualidad que la Casa de Salud Valdecilla tuviera un marcado carácter psiquiátrico, con la figura del neuropsiquiatra cántabro Wenceslao López Albo al frente.
Otro mito es la supuesta influencia de Gregorio Marañón, de padre santanderino, en el marqués. Yo desde luego no he podido documentarla, continúa Enrique. Era el médico de la Marquesa de Pelayo, pero la relación con el marqués era tangencial, cuando no remota. Su médico personal era el urólogo Manuel Sánchez Saráchaga, también cántabro. Por cierto, este funcionó como enlace entre la clase médica regional, que creía que el nuevo hospital iba a ser para ellos, y los médicos venidos de fuera, vistos por los primeros, y con razón, como una amenaza. Fue Sánchez Saráchaga el que, en primera instancia, medió entre ambas posturas.
Quizá no con todo el éxito esperado, apunto, pues que Wenceslao López Albo tuviera que marcharse precipitadamente al exilio en 1937, amén de por estar afiliado a Izquierda Republicana, puede que también tuviera algo que ver con el odio enconado que le tenían los médicos locales. He recogido testimonios de enfermeras de época que aseguraban que las mujeres "de bien" santanderinas las ponían literalmente a parir, digo. Qué no dirían de los médicos.
Otro médico que merece destacarse es Emilio Díaz-Caneja, completa Enrique. Es probable que él se ocupara de la captación de talento externo. Por aquí pasaron, entre otros, los doctores Rafael Lorente de No y Pío del Río-Hortega, dos firmes candidatos a Premio Nobel de la época, recordémoslo. Una cosa debemos tener clara: el marqués quería la excelencia, quería a los mejores. Hay muchas cartas de recomendación que quedaron sin respuesta.
Hace rato que terminamos nuestras consumiciones. Ha dado tiempo a que se renovaran las mesas varias veces. En todos aquellos con los que hemos coincidido hemos advertido interés por nuestra conversación. En cierto modo, hemos estado hablando de ellos y de su Casa. Propongo a Enrique seguir hablando mientras caminamos.
Le enseño los monolitos de estética moderna (los pabellones no lo son) que conservamos. Se pueden contar con los dedos de una mano. Se integran dentro de una pieza compuesta por verja, muro, terraplén y paso que queremos restaurar.
Al marqués se le ve mal de salud. Tenía 75 años. Debía padecer reuma. El clima cántabro le encantaba, húmedo y templado, pero no le convenía. Su casa además era un desastre, informa Enrique. Se la había hecho un primo suyo. Para sus visitas veraniegas desde Cuba, bien, podía aguantar, pero cuando vino para quedarse, fatal.
Se le ve afectado y también desinteresado, apunto. En las memorias de Gerardo de Alvear se describe una relación fría y distante entre ambos. El marqués comía sin abrir la boca, sin hablar, me refiero. Luego él le pintaba mientras echaba la siesta. Al fondo se ve la Mies de Corro. Es un topónimo que probablemente se deba a un afloramiento de roca madre o castru de forma circular, de donde el corru, que hay en esa mies, aclaro. Todavía se puede ver. El marqués era una persona muy práctica, no le interesaba el arte, confirma Enrique. ¿Y por qué le pondría un cojín a los pies?, pregunto. Quizá lo hiciera como símbolo de poder, especula Enrique. Que sus pies no tocaran suelo. O por mera comodidad, sin más vueltas, convenimos.
Pregunto a Enrique si sabe cuándo fue la primera vez que visitó la Casa de Salud Valdecilla o si estuvo presente en la inauguración, celebrada el 24 de octubre de 1929, coincidiendo con su cumpleaños, pero no me sabe decir. Es información a la que está dando forma para su tesis. Quien seguro que estuvo en la inauguración, o quizá sea mejor decir homenaje al Marqués de Valdecilla, fue su sobrina, la Marquesa de Pelayo. Estuve en su casa de Collado Villalba, indica Enrique. Es apenas una ruina, una pena.
¿Sabes si es cierto lo que dicen de que el marqués y la marquesa, tío y sobrina, tenían una relación, digamos, de carácter amoroso? No lo sé, responde Enrique cauto. Lo que sí sé, reacciona, es que el marqués se casó en Cuba por amor. Cuando se restauró "La Casa Blanca" apareció debajo del letrero uno anterior donde ponía "Villa María Teresa", el nombre de su mujer.
Yo al único que le he leído algo al respecto es a Pablo Beltrán de Heredia, digo. Por cierto, un falangista al que interesa atacar a la marquesa, ataja Enrique. ¿Por qué?, pregunto. Ambos, marqués y marquesa, eran monárquicos, responde. Cuando Franco se asienta en el poder, la marquesa se convierte en un blanco a abatir.
La supuesta masonería del marqués, otro mito. El marqués murió el año 1932 y tres años después profanaron su tumba para robar. Se organizaron distintos actos de desagravio, también en el hospital, que inundó de flores frescas el recibidor del pabellón principal, donde estaba el busto de Barral, y se acabó. La noticia no dio más de sí. Pero durante el franquismo, se empezó a especular con que la profanación respondía a un rito masónico incomprensible, porque no era cierto. Era una forma de atacar su memoria. Este ataque se entiende en la campaña contraria a la gente de dinero que no secundaba a Franco. La figura del marqués salió indemne, en parte gracias al peso de la Casa de Salud Valdecilla, que todo lo vence, pero, por el contrario, la Marquesa de Pelayo no: ella sigue siendo la mala de la película. Probablemente no se lo merezca.
Salimos del hospital y nos dirigimos a los jardines por la cuesta de Urgencias. Nos detenemos ante el nuevo mural de Okuda. Tiene unas dimensiones importantes y es muy colorista. No incluye figuras humanas, solo geométricas. Ocupa la pared de Urgencias Pediátricas. Explico a Enrique que los pabellones se conservaron para que sirvieran de carta de presentación de la ciudad entrando por La Marga pero que cuando se construyó Valdecilla Sur, se taparon. Solo se ven desde dentro, desde los jardines. Las decisiones en este hospital se han ido tomando sin continuidad, desconectadas una de otras. Por eso el acceso tan complicado de Urgencias o la orejera que protege el acceso del Edificio 2 de Noviembre del viento del noroeste, el mismo que provocó el accidente de 1999. Valdecilla Sur se pintó del mismo color que los buques de guerra, una mezcla de azul y gris, el color del mar y del cielo, para ayudar a que pasara desapercibido. Todo lo contrario a la idea original.
El marqués venía todos los veranos a Cantabria, dice Enrique. Terminaba la zafra y venía. Todos, salvo durante la Iª Guerra Mundial, por la disrupción del tráfico trasatlántico provocada por los submarinos alemanes. La armada inglesa desarrolló un patrón de camuflaje denominado Dazzle que no perseguía pasar desapercibido, sino distorsionar la percepción para que desde un submarino no pudieran apuntar, básicamente. Es un patrón que recuerda mucho al mural de Okuda.
Seguimos y ahora nos detenemos ante las palmeras que flanquean la entrada a Urgencias desde la cuesta de los toros, que por fortuna no se han visto afectadas por el escarabajo picudo rojo. Están siendo tratadas por Serveo, según se ve, con éxito. Le pregunto si a él también le parecen estas palmeras un símbolo indiano, y responde que sí. No es solo que me lo parezcan a mí, remacha, es que lo son. Únicamente, añade, no sé por qué nos hemos limitado a la palmera canaria (Phoenix canariensis): en Cuba, y Enrique lo sabe de primera mano porque ha estado allí investigando, no es esta la que prima, sino la palmera real (Roystonea regia). Además, hay documentación que atestigua que en Cantabria ha habido otras especies, no solo la palmera indiana que ha acabado dominando nuestros parques y jardines. De hecho, las hay por ejemplo en una casa que hay en la recta de La Pasiega, antes de llegar a Renedo. ¿Por qué unas sí y otras no?, pregunto. Supongo que por una combinación de factores culturales que se me escapan y otros de carácter ambiental relacionados con la distinta adaptación de las especies, que también, se sincera. Habría que preguntar a un botánico y a un antropólogo, sugiere. Tomo nota.
Entramos a los jardines por el Edifico Enlace. Ha estado mucho en el hospital, por desgracia desde pequeño, pero no los conocía. Ni tú ni casi nadie, secundo. Ni siquiera muchos trabajadores. Cuando les preguntas por ellos, te dicen que qué jardines. Es importante primero situarlos en la cabeza de la gente y luego decidir entre todos qué hacer con ellos, si es que hiciera falta hacer algo, que yo, particularmente, creo que sí, digo. Tienen un potencial enorme todavía por aprovechar. Y no hablo necesariamente de beneficios materiales, aclaro. Si se vive en ellos, devolverán vida. Es lo que se pretende con este proyecto, concluyo.
Foto del pabellón 16, en cuya segunda planta se encuentra la Biblioteca Marquesa de Pelayo. En la plata cero, a sur, se abren los ventanales del Salón Téllez-Plasencia, nombre puesto en recuerdo del primer Jefe de Servicio de Fisioterapia de la Casa de Salud Valdecilla, pronto duplicado en Servicio de Rayos. El Dr. Heliodoro Téllez-Plasencia murió en el exilio francés.
Le llevo al lugar donde se encuentra el escudo que remataba la fachada del antiguo pabellón principal o del reloj, cuyos sillares fueron numerados, desmontados y enterrados en Punta Parayas, donde continúan, salvo aquellos que han ido desapareciendo, muchos de los cuales se adivinan formando parte de los muros de las fincas y casas de los alrededores. Al lado está el retal de hormigón que servía como base al busto del marqués que ahora se conserva en el Salón Noble de la Biblioteca, en la vertical del punto en que nos hallamos. Lo subimos porque, siendo de interior, se estaba viendo afectado por la lluvia y el viento. Fue una decisión controvertida porque este era el lugar donde los médicos que terminaban su residencia se hacían la foto de despedida, pero creo que, en términos generales, la institución ha salido ganando.
Le comento a Enrique que hablando con el último Premio Nacional de Medicina "Marqués de Valdecilla", Antonio Pérez Martínez, llegamos a la conclusión de que es necesario encontrar figuras como Ramón Pelayo que sirvan de ejemplo a los mecenas actuales: no ricos que por serlo se crean más listos que nadie, ni legitimados para decidir por sí mismos dónde poner dinero, generalmente como quien hace un favor, o hacer ver que lo hacen, sino personas generosas que se ofrezcan allí donde haga falta. Es decir, no salvadores ni visionarios, sino simplemente eso: mecenas. Una inspiración.
Ten en cuenta, enlaza Enrique, que Ramón Pelayo al principio era un indiano clásico, es decir, venía y pagaba. A veces acertaba, otras no. Incluso acertaba viendo que el proyecto que le presentaban no tenía visos de futuro, pero aún así pagaba. Puso dinero para el Palacio de La Magdalena y el Hotel Real de Santander, para las regatas del rey, para paliar los efectos de la "gripe española", etc. Era lo que se esperaba de los indianos. Pero él pronto muta y lo hace por influencia anglosajona mediada por sus socios y amigos de Nueva York. El cambio se empieza a notar antes de su regreso definitivo a Cantabria. En 1911 inaugura las Escuelas de Valdecilla y en 1929 la Casa de Salud Valdecilla, el culmen de su labor filantrópica.
Sin embargo, matiza Enrique, hay un problema. En Cantabria los indianos actúan en solitario, no en grupo, como en el resto de España, lo cual supone que el conflicto, que siempre está presente, no es entre indianos, por ejemplo para decidir dónde poner las escuelas, sino del ayuntamiento con el indiano, que ha puesto las escuelas pero ahora toca mantenerlas. Extrapolando, este es el principal problema con el que se encuentra la Casa de Salud Valdecilla tras su inauguración: quién paga a partir de su inauguración las facturas. Es en este horizonte donde cabe resituar la figura de la Marquesa de Pelayo, pues fue ella quien, tras abandonar todos el barco, sobre todo a partir de la Guerra Civil, unos por no querer y otros por no poder hacerse cargo, asume el peso en solitario.
Doy la razón a Enrique. En el Centro de Estudios Montañeses se conserva el cuaderno de notas de su secretaria y la relación de gastos es abrumadora. Llegó a pagar hasta las sábanas del hospital, ni qué decir los sueldos de los médicos.
Ciertamente, se puede hablar de refundación cuando Segundo López Vélez convirtió la Casa de Salud Valdecilla en Centro Médico Nacional Marqués de Valdecilla y lo integró en el sistema de Seguridad Social española el año 1972. Fue su salvación. La de la marquesa y, la que más nos interesa, también la de la institución. Así es como lo estamos planteando desde el hospital últimamente. Nos interesa su figura.
Por cierto, sigo, nuestra biblioteca lleva el nombre de la marquesa porque fue ella la que aportó el millón de pesetas invertido en la adquisición de bibliografía. Para poder seguir pagando las suscripciones de las revistas científicas, la marquesa ingresó una cantidad elevada de dinero en una cuenta bancaria para que con los intereses se hiciera frente a este gasto. Pero de esta cuenta nada se sabe.
Seguimos con nuestro paseo. Llegamos hasta el fondo de los jardines, donde no hay salida. Están entrando las nubes por donde suelen. Se ve Sierra Gándara al sur, donde se encuentra Peña Cabarga. El poeta Gerardo Diego amenazó con marcharse de Santander si ponían un repetidor en lo alto. Lo pusieron y cumplió su palabra. Murió en Madrid. El año que viene es el aniversario de la antología por él preparada que dio nombre a la Generación del 27, culmen de la Edad de Plata de las Ciencias y de las Letras Españolas, que incluye a la Generación del 98 y a la del 14. La Casa de Salud Valdecilla es el bastión científico de este amplio movimiento. Nosotros nos queremos sus herederos. A norte se levantan las grúas de la obra de los protones.
La Casa de Salud Valdecilla no debe concebirse sola, advierte Enrique. Forma parte de una concepción global de la atención sanitaria que incluye la Casa de Maternidad y el Jardín de Infancia, entre otros proyectos, algunos de los cuales no llegaron a realizarse, como la granja-escuela prevista en Hermosa. Al marqués le movía la mejora de los cultivos, de las razas de ganado, etc.
En este sentido el marqués me recuerda a Enrique Diego-Madrazo, digo. Cuando estuvimos preparando la donación de su fondo, donación que luego terminó, para bien, en la Biblioteca de la Universidad de Cantabria, advertimos que muchos títulos tanto de libros como de revistas eran de Ginecología y Obstetricia. Sumado al instrumental suyo que nos había llegado por otras vías, dedujimos que el doctor cántabro había sido abortista, sobre todo durante su época en Madrid, cuando más dinero hizo. Planteada esta sospecha a sus herederos, estos nos respondieron que no, que todo ese material y los libros respondían a un interés del doctor por la mejora de la raza de vaca pasiega.
Y más, preparando una exposición sobre los diez primeros años de la Casa de Salud Valdecilla, hace precisamente diez años, encontré documentación relacionada con una granja-escuela destinada a pacientes psiquiátricos organizada por Wenceslao López Albo, que además de Director Gerente era Jefe de Servicio de Psiquatría de la Casa. En concreto, encontré los contratos de los primeros enfermeros masculinos del hospital. Son documentos ahora disponibles en el Archivo Histórico Provincial de Cantabria, donde hemos transferido toda nuestra documentación histórica, al menos la que se encontraba en la órbita de la biblioteca.
Comentamos este movimiento Enrique y yo. A Enrique le parece primordial que se preserve el patrimonio documental, aunque reconoce que le da pena que el hospital no pudiera dotarse de un archivo histórico propio. Estamos de acuerdo, pero hay que optimizar recursos. La clave está en que la relación con el Archivo sea ágil y fructífera, como está siendo.
La Casa de Salud Valdecilla, en resumen, respondía a un programa del marqués, no fue fruto de la improvisación, eso está claro, dice Enrique. Es probable que ya le rondara la cabeza desde el año de la pandemia de 1918, si no antes.
Nadie vino y le dijo "firma aquí", pregunto.
Eso nunca, responde.
El día avanza, como la tormenta que se cierne sobre nosotros. Enrique y yo seguimos caminando. Las pocas flores que hay en los parterres van cerrando sus pétalos.














