domingo, 1 de febrero de 2026

VIRIDITAS 41: Entrevista a Raquel Serdio, poeta

Llego antes de tiempo y desprevenido, poco abrigado. Hemos quedado fuera y paso frío así que entro al hall del 2 de Noviembre y espero. Son quince minutos. Me fijo en lo que pasa. Un niño posa para una foto en la escultura de madera. Él se quiere subir, pero sus padres no le dejan, quizá porque me han visto con la identificación colgada. Se coloca detrás de la escultura y sonríe. Hecha la foto, le abrazan. La puerta es grande. Sale una señora y su hija cargando con bolsas azules y otra llevando un carrito de bebé. Las bolsas trasparentan ropa y diversos enseres. No sé si son de la señora que le han dado el alta o de algún familiar que ha fallecido. Van muy serias las dos, tristes. Supongo que sea esto último. Del carrito sale un gorjear que parece de pájaro.

Raquel Serdio entra con cara de interrogación porque habíamos quedado fuera y no me ha visto. O es que su gesto habitual es de extrañeza. No me extraña. Le explico y hago el gesto de abrazarme. Por el frío. Entonces nos abrazamos.

Raquel Serdio es poeta y profesora de literatura. Nos conocemos desde hace mucho. Curiosamente no del valle, aunque nuestras familias hayan sido vecinas, sino de haberle publicado hace lo menos quince años unos poemas en una antología contra las guerras con el respaldo de la ONU y en otra de haikai relacionados con el medio ambiente. Yo luego la he seguido.

¿Sabías que esta escultura está hecha a partir de un solo tronco?, pregunto. Es de un árbol caído. Lo encontró el autor en Mazcuerras. Es magnífica, responde. Es roble. Yo lo sé porque me lo dijo el autor, Raquel porque sabe de madera. Su padre hacía albarcas en Cabuérniga. Ya cuesta encontrar robles de este tamaño en Cantabria. De la manzanilla buena se dice que no tiene que oír campana. Pues robles así, igual.

¿Sabías que ayer mismo estuve buscando tu último libro, que es el único que no tengo, y que en una de las librerías me atendió una antigua alumna tuya? ¡Qué casualidad!, exclama. Me dijo que eras muy buena profesora. Raquel hace el gesto de bien con la cabeza. Está agotado, digo. Te lo he traído, ataja. Lo tengo aquí. Luego te lo doy. Imito su gesto.

Le propongo subir al despacho para coger la chaqueta y bajar luego a los jardines. Vamos por los pasillos. Subimos, ella deja sus cosas, me abrigo y bajamos. No los conocía. Ni tú ni casi nadie, digo, ni siquiera la mayoría de los trabajadores del Hospital. Ese es uno de los objetivos de VIRIDITAS, que se conozcan. Para eso lo mejor es que le pasen cosas, que pasen cosas en ellos. Provocar vivencias en los jardines para multiplicar significados. Este paseo que vamos a dar será un recuerdo de los jardines futuros. Ojalá sirva para que mañana se hagan las cosas mejor.

Vamos caminando desde el Edificio Enlace, el de cristal, hacia el fondo. Las nubes quieren entrar desde el sur, pero se nota el efecto del mar, que las contiene. Es un día en el que predomina el sol, pese al frío. Al menos en la franja costera. De frente nos queda Peñacastillo. El pico que nos mira se llama Miraoriu. Es un nombre antiguo. Pese a ello, su significado es transparente para un montañés: mirador. Presenta el mismo sufijo que, por ejemplo, observatorio o velatorio, en castellano, o posaoriu, descanso en el camino, en montañés.

Los medios publican hoy la muerte por envenenamiento de un quebrantahuesos en los confines de los Picos de Europa. Se llamaba Centenario. El quebrantahuesos desapareció de nuestras montañas hace setenta años de la misma manera, por envenenamiento. Va camino de volver a hacerlo. Quería empezar la entrevista por aquí.

Escribe Claudio Eliano, autor del primer siglo de nuestra era, que los quebrantahuesos protegen su nido poniendo hiedra en él y que la paloma torcaz hace lo mismo pero con brotes de laurel. En el pueblo, recuerdo que había siempre laurel detrás de la puerta de casa. Laurel y un espejito. ¿Y en la tuya, Raquel? En mi casa nunca faltaba laurel, contesta. Nunca se compraba. Raquel guarda silencio por un momento. Tengo un recuerdo de mi madre, anuncia. Le gustaba mucho pasear. Cuando se valía por sí misma iba sola hasta Selores y Renedo. Luego, la acompañaba por la mies hasta la parroquia de Terán. Al lado de la cambera había tres laureles en fila de los buenos, de los que huelen. Parábamos ahí y me pedía que cogiera una rama. Siempre teníamos en casa secando. Para cocinar.

En mi casa, retomo, también se tenía para protegernos de las tormentas. Se tenía mucho miedo a los rayos.

No me suena ese uso en la mía, dice Raquel, pero a continuación recita: 

Santa Bárbara bendita
que en el cielo está escrita
con papel y agua bendita.

Es una letanía que le sale sola, como un resorte.

A las tormentas se las tenía pánico, continúa. Dentro de casa y fuera. Mi padre pasaba tres o cuatro meses al año en el monte. Raquel utiliza la palabra monte con ese sesgo montañés que hace de ella una palabra del mundo vegetal, el monte entendido como bosque. Sacaba la madera y la preparaba en rebollas para luego en casa sacar de ellas las albarcas, aclara.

Contaba mi padre que una noche se refugió de una tormenta debajo de un castru (roca madre) en Los Molinucos del Diablo. Pensaba -nos decía- que los rayos iban a partir la peña y me iba a caer encima, que de allí no salía.

En el camino de Cureñas.

Cureñas es el nombre del río Saja cuando todavía se está haciendo, digo. Su nombre de neonato es por lo encajonado que está. Su lecho parece excavado en mármol rojo. Tengo una piedra del río que utilizo como sujetapapeles. No pierde el color fuera del agua. El hidrónimo Saja viene del prerromano *SALIA, río.

Por ese camino sube el ganado tudanco a Sejos. Arriba pasa los veranos. La subida la marca el nacimiento de los lirones, los narcisos. La bajada viene anunciada por el nacimiento de las quitameriendas, parecidas a las flores de azafrán.

Hay leyenda que asegura que de Los Molinucos del Diablo sale una mano negra gigante que te coge. Otra parecida en La Serna, en Arenas de Iguña. Hace lo mismo, sale y te coge, y desapareces dentro. Las recogió y publicó Jesús García Preciado en alguno de los libros dedicados a la tradición oral cántabra que publicó Tantín.

En mi casa había un solo libro, dice Raquel. Era uno antiguo de geografía regional (y creo saber a cuál se refiere: Reseña geográfica de la Provincia de Santander con destino a las escuelas de niños del Valle de Cabuérniga de Leoncio Fernández de Mesa, año 1887). Eso no quiere decir que no hubiera literatura. La había, y mucha, pero de tradición oral: trovas, cuentos, leyendas, coplas, chascarrillos, etc. Había un solo libro en papel, pero mis padres eran auténticas bibliotecas andantes. 

A Jesús García Preciado le compartí dos historias, con mis padres de informantes, dice. La de mi madre se cuenta el día de Santa Ana, después de Santiago. Mi madre utilizaba siempre el santoral para contar algo:

El día de Santa Ana
el jilu se vuelve lana 
y la lana sotana y a la noche 
hay seis pies en la cama.

Trata de un marido que se va un par de días a las vacas al invernal y entonces el cura aprovecha para acostarse con su mujer. Pero el hombre vuelve a casa antes de tiempo, se mete en la cama y descubre que hay seis pies. Extrañado, al día siguiente, se lo comenta a la madre y ella le calma diciéndole la copla, lo que pasa ese día, haciéndole creer que es que por ser el día de Santa Ana que le ha pasado esto.

Me sorprende el papel cómplice de la suegra, digo. Sería porque el cura del cuento les daba comida, replica Raquel. Así creo que se entendía en la época. Se apelaba a la indulgencia. Date cuenta del contexto de miseria en que se vivía.

Hace tiempo estuve hablando con un vecino de Udías que me dijo que abriendo una galería se había topado con una cueva donde había encontrado dos pares de zapatos, unos de mujer y los otros de hombre. Sería de una pareja de amantes fugados, dijo.

En una de esas galerías encontré hace años un palo tallado con una cabeza de pájaro, anuncia Raquel. Lo utilizo en las clases de teatro, cuando explico la figura del chamán. El chamán sabía falsear la voz, entrar en trance, utilizaba máscaras..., se le considera el primer actor.

La historia de mi padre, retoma, se llama El gigante de Potes y trata sobre un marraneru que se enfrenta a un gigante al que vence gracias a su ingenio. El gigante aplasta una piedra, la hace trizas, y el marraneru coge un queso de su zurrón, lo aprieta con las manos y lo hace arena también. Así una y otra vez van compitiendo. Al final el marraneru finge que se abre la tripa y el gigante lo imita, se raja y muere.

Doy un respingo porque esta historia me la contaba mi madre por las noches. Se lo digo a Raquel. También que antiguamente había mucho tráfico de marranos entre Potes y Cabuérniga y que los marraneros hacían noche en el lugar conocido como La Balsemana, en el cordal que separa las cuencas del Saja y del Nansa. He estado, pongo foto de la cabaña (fue ocupada por un paisano durante lo peor de la pandemia):


En Renedo de Cabuérniga vive Concha, continúo. Es la última vecina nacida en el pueblo de Llendemozó, que es como aparece en los mapas, aunque ella insiste en que su verdadero nombre es Llandemozó. Recurriendo a la etimología del topónimo, ella tiene razón. Esta vecina recuerda cómo se curaban los jamones en casa. Eran jamones muy apreciados. Ya lo decía Estrabón hace dos mil años.

Las cocinas eran de suelo, compuestas por tres piedras, dos perpendiculares a la pared y otra puesta encima contra la pared llamada pusiega que servía para posar en ella los enseres de cocina y para controlar las llamas. El humo salía libre por el tejado, no sin antes ahumar los alimentos que reposaban en un zarzu o entramado de varas de avellano situado encima. Cuando estas cucinas fueron sustituidas por las de campana las pusiegas generalmente fueron reutilizadas como poyu para sentarse en el portal. La repisa que bordea las chimeneas actuales se conoce como pusiega. Es una palabra que, porque se adaptó, sobrevivió.

Estando en la universidad, todavía se mató algún cerdo en casa, afirma Raquel. La mondonguera del pueblo era Sario. Su hija Encarnita tiene el restaurante La Central de Barcenillas. Cocina a la manera de su madre. Cuando se mataba el cerdo, la que venía a echar las especias y preparar el compangu era Sario. Raquel recuerda que cerca de la casa familiar había un ahumadero que la dueña compartía con los vecinos. Había una hoguera y pértigas donde se colgaban los productos de la matanza de dos o tres casas.

Le pregunto por el boronu (una especie de morcilla con alma de grasa), que si era para agasajar, y sí, responde, lo era. Lo mejor es para compartir. Ideas que porque son buenas son siempre modernas. Le gusta que haya recetas para honrar. Para recordar, también: a su padre le encantaban los coscorones, una especie de cortezas naturales. No le gustaban a todo el mundo. Hoy ni siquiera hay oportunidad de probarlos.

Pero, en todo caso, era un trabajo ingrato. A última hora, en su casa se compraban tripas sobadas, pero se acuerda de ir con su madre a lavar las tripas del cerdo al rio. Las manos se quedaban frías y le salían sabañones.

Raquel cuidaba de los cerdos de casa. Los paseaba, cogía caracoles y bellotas para ellos. Era inevitable establecer un vínculo personal. Más siendo una niña. Pero llegó una edad en que le tocó participar en la matanza. Su padre le pidió que diera vueltas a la sangre en un barreño para que no cuajara. Ella daba vueltas con el cucharón mientras caían las lágrimas. Fue un shock.

Mi vecina, la difunta Milia, sabía de remedios naturales. Me enseñó un remedio para los sabañones que era infusionar apio y sumergir las manos una o dos veces al día. Funcionó. Yo hasta entonces no sabía lo que era el apio, solo lo había visto en su huerta, dice.

Su planta de cabecera es la genciana o junciana. Es como la mercromina, me explica. Casi fue descastada en la posguerra por las farmacéuticas, eso sí lo sé. Todavía queda en Sejos, descubre. Yo a la junciana solo la conozco de la cocina de Fidel, tercio. Tiene un montón de frascos con junciana, flor de saúgu, el raro cardu d´arzolla, etc. Fidel es como se le puso al nacer y es así como se le conoce en mi casa, digo. Tras la guerra se le bautizó Jesús. No es el único caso. En mi familia, continúo, a Zoa el obispo le cambió el nombre y le puso Concepción. Entonces pasó a ser Ción la Zoa. No le salió bien, al obispo.

Hemos llegado sin darnos cuenta al fondo de los jardines. Nos hemos quedado hablando allí, parados. Sopla un viento fuerte y es a lo mejor por eso que las grúas de alrededor están quietas.

Un día coincidí con una señora de Barcenillas que me dijo que ella era la encargada de meté-la borona en casa (pan de maíz) porque tenía siempre las manos frías. Le quedaban muy ricas por este motivo, defendía, digo. Su marido falleció hace poco de una larga enfermedad. Le estuvo cuidando. Cuando enviudó tuvo más tiempo para ella. Entonces se dio cuenta de que de pequeña había sido una esclava. Esta palabra es suya, es la que ella empleó.

Cuántas mujeres así, dice.

Yo es algo que estoy descubriendo también ahora, digo. Hace no mucho intenté subir a La Pica´l Cuetu y no pude, me di la vuelta a mitad de camino. Por la niebla y porque no podía más. En la bajada un tanto errática encontré un parapeto de piedra construido contra una peña. Cuando tuve oportunidad pregunté a una anciana del valle por aquel lugar, si lo conocía, y me dijo que sí, que se llamaba El Cantu la Mesa y que es donde ella se refugiaba cuando salía con la ricilla (ganado menor). He encontrado parapetos parecidos en otras alturas significativas del valle como por ejemplo L´Asprilla, cuyo topónimo revela lo áspero, lo abrupto del lugar. Me imagino a menores subiendo y pasando allí los días, no sé si también las noches, y no puedo menos que lamentarme.

Mi abuelo tenía ganado, incluidas ovejas, dice. De las ovejas se ocupaba mi padre. Estaba con ellas en Monte Aa. Con siete años, treinta o cuarenta ovejas. En Monte Aa, remarca -lo conozco y es un monte fragoso y oscuro. Mi padre no tuvo infancia, sigue. El cura cogía a los sarrujanes los sábados por la tarde o domingos y les enseñaba a leer y escribir.

Un día le pedí un abrazo a mi padre. Ya era bien mayor. Me contestó, Pero nena, si es que no sé dar abrazos. No te preocupes, papa, que ya te los doy yo, le dije. Mi padre murió aprendiendo. El aprendizaje duró toda su vida, desde aquellas primeras letras.

Volvemos sobre nuestros pasos. De camino le enseño un seto de acebo. Es una parada que suelo hacer. Hay quien piensa, digo, que este árbol podado como un seto está sometido y que es el epítome de un jardín, la naturaleza sojuzgada, y quien piensa, por el contrario, que porque está podado como un seto está, porque en caso contrario no estaría aquí. ¿A ti que te parece?, pregunto.

Por lo que veo, este árbol por sí mismo no sobreviviría, responde. Ni siquiera tiene posibilidades de extender sus raíces. Estamos en una terraza, no hay suelo debajo. Este árbol no sé si estará sometido pero sí domesticado, concluye.

Duendu es una palabra que se utiliza para domesticado. Se aplica al buey, por ejemplo. Viene del latín DOMUS, casa. También significa agotado de trabajar.

Le cuento que cuando se terminó el armazón de las tres torres se puso, siguiendo la tradición, una rama de tejo -también puede ser laurel- rematando la obra pero que al día siguiente la rama fue sustituida por una bandera española. Ella lo interpreta como una metáfora de la política. La bandera es a lo privado lo que la rama a lo público. Qué contradicción, se lamenta. Tener que recurrir a lo privado para mantener lo público. Se ha perdido la autogestión.


Nos acercamos a una jardinera próxima. Le quiero enseñar un brote de palmera que ha nacido a partir de una semilla depositada por un pájaro. Las palmeras del Hospital son indianas. Están en peligro por el picudo rojo. Este brote tiene las puntas rotas, probablemente los jardineros hayan tirado de él. No vendría mal ir cogiendo brotes para asegurar la continuidad de las palmeras en nuestros jardines, por si acaso. El centenario de la institución está próximo. La última que se murió fue hace diez años. Estaba al lado de la secuoya que se ve desde la cuesta de los toros.

Raquel entrevistó para el libro Damas ilustres y mujeres dignas. Algunas historias extraordinarias del siglo XX en Cantabria, del que es coautora, a la poeta popular lebaniega Covadonga Vejo de Lebeña, que cuidó y enseñó como quía durante años a iglesia del pueblo. Cuando un rayo tiró el tejo que había a la puerta , una señora de Lebeña que cuando un rayo tiró el tejo que había a la puerta de la iglesia, ella se quedó con una semilla que cuidó hasta que brotó, algo muy difícil de conseguir, más tratándose de un tejo. Si el árbol fuera el padre, yo soy la madre, decía.

Hay un sentimiento de apego muy fuerte con los árboles en Cantabria. Incluso en el plano personal. En mi familia mi abuela tenía un manzano que se secó antes de ella morir pero que mi madre no taló hasta entonces. Conservo yo el tocón, digo.

Raquel tiene un poema en Cuaderno de Rozalén que dice:

"Vivir creciendo como el árbol, hasta
la muerte. Y más allá de ella ser
barro o ceniza que albergue mi
simiente.

Cuando ya no me sea, tierra, sino
tuya."

Llegamos a la Biblioteca y continuamos nuestra conversación en el Salón Noble. Tenemos en lugar destacado una foto del Marqués de Valdecilla y otra de su sobrina, la Marquesa de Pelayo. En la primera, el marqués posa sentado y hay un texto que explica quién es. La de la marquesa es un primer plano y no hay texto. Raquel me lo recrimina. Da igual cuál sea tu opinión sobre ella, dice, tienes que informar sobre quién es, cuando menos al mismo nivel de profundidad que en el caso del marqués. Sinceramente, no me había dado cuenta, me excuso. Acepto la crítica. Lo corregiremos.

Propongo hacerle una foto y ella toma la iniciativa, coge una de las butacas y la pone debajo de los retratos de los Directores Gerentes del Hospital, enfrente de la antigua librería donde conservamos las primeras tesis doctorales de la Casa de Salud Valdecilla. Sácame que se vean los libros, no a esta ristra de señores de aquí arriba, dice sonriendo, cómplice, y se la hago:


Cuaderno de Rozalén fue su primer poemario. Está impreso en Ruente el año 2000. Es un libro situado. En él Raquel se declara de un lugar cuyas amplias coordenadas se prolongan en ella: los montes, los ríos, el viento, las estrellas...

"Si has de poner cotos al tiempo
que no sea en el sueño de los
chopos. Si has de ser fiel a algo
que sea a este cielo gris, azul y
blanco, a este monte magnético
del que nunca puedes apartar la
mirada.

Si has de creer en algo que sea en
este norte que cubre tu cabeza.
Orión. Perseo. Zaaas. La Vía
Láctea. Lo justo para que el
mundo te coloque en su sitio. Y
no sentirse más que un vulnerable
ser. Caballo. Perro. Helecho. Qué
más da."

Rozalén es el monte que preside su pueblo. En mi opinión es un topónimo que viene de roza, es decir, de un terreno obtenido por desbroce, y len, del latín LENIS, suave. Es una palabra que en montañés no pero que sí se conserva en pasiego: len, pendiente. El Picu Llen, que remata Peña Cabarga, significa lo mismo.

Basnia o baznia es una palabra heredada. Es un soporte hecho con ramas entrelazadas que sirve para bajar la hierba por terrenos con mucha pendiente, explica. En La Praería de Valle hay un lugar que se llama El Bazniáu.

Le cuento a Raquel que una tía mía jugaba de pequeña a lo que ella llamaba abasniar, que era resbalar por la ladera de Las Basniás de San Sebastián de Garabandal subida a un tronco, pero que lo hacía en domingo para que no la vieran los hombres.

Aprovecho para preguntarle por varias palabras montañesas que traigo apuntadas:

- Atotogar o atotegar. En mi casa significa arrebujar y en la de Raquel ir bien compuesto, con la ropa en su sitio, a veces acaldar.
- Acurriar. Volver a casa. Vale tanto para personas como para animales.
- Apicapuntu. En el momento oportuno. Raquel no la conocía. En mi casa va de la mano de luga, rayo de sol que entra por entre las nubes y momento oportuno para hacer algo.
- Nial. Nido.

Esta última me encanta, dice. Siguiendo el juego, propone: 

- Jatera. Para mí, me adelanto, es un lugar revuelto pero ella aclara que en su casa son las cosas y su valor.
- Acaldar. Colocar.
- Zuna. Manía. Esta palabra, digo, creo que viene del árabe clásico sunnah, "tradición, ley o costumbre". Hay otros arabismos llamativos, como alifaz (pequeña herida), ateclar (mimar) o guajona (una especie de vampiresa de un solo diente que vive bajo tierra).

Hay una palabra que adoro, revela, y es quima. Todo esto, dice señalando las publicaciones suyas que ha traído ella, las que he traído yo, es poética de las quimas. Los árboles me inspiran en toda su dimensión.

Mi padre, que era carmuniegu, tenía que estar constantemente explicando a la gente lo que decía. Cuando fui a estudiar Filología Hispánica a Oviedo me di cuenta de que tenía mi propio ideolecto. Cuando regresaba al valle llegaba a casa, cruzaba la puerta y el cerebro me hacía click, como si fuese bilingüe. Mi lengua materna es un habla cantábrica montañesa, dice.

Cambiamos de sitio para estar más cómodos. Nos sentamos en un antiguo banco de madera con el respaldo listado. La luz entra a borbotones.


Su segundo libro se titula En un lugar que yo veo. Es de 2003 y lo publicó Devenir. Es un libro de amor, pérdida y duelo, escrito tras el fallecimiento de su pareja en un accidente laboral, haciendo a contrarreloj el Parque del Agua en Santander.

"Duelo" es una palabra muy amplia, asegura. No se produce solo cuando una persona muere. Es también darte cuenta de que todo cambia, de que has cambiado. La vida está hecha de pequeños y de grandes duelos, concluye.

Propone leer un poema, al hilo del duelo ,que escribió en la edición del año pasado del festival El Temporal. Casualmente yo también participé en él e impartí una conferencia en este mismo lugar, en el Salón Noble. Su poema inédito se titula "En la montaña vacía". Recoge un sueño recurrente. Está en una colina con su padre y en otra está su madre, que ha fallecido. ¿Ves?, ahí está mama, le dice su padre. Está bien. La observan en silencio. Entonces, papa, le dice, morir es como estar en esa colina. Así es, le contesta. Podemos subir a verla cuando queramos. Qué idea más bonita, ¿verdad? Subir a una montaña para conectarte con la madre. Perdí a mis padres durante la pandemia, seis meses. Con mi madre también conecto mucho cuando llega la primavera y los manzanos se ponen en flor.

Cuando íbamos de paseo juntas parábamos siempre en alguna pared. Es lo que más le gustaba. Mirar adentro. Los árboles, las plantas crecidas. Nena, coge un esqueje de esto o de aquello, unos cardos para las gallinas, me solía pedir.

Me acuerdo de una vez que paramos en un huerto y había manzanos viejos, pero en flor. Los contemplamos juntas. Tras un largo silencio, mi madre me pregunta Qué ves. Lo que yo veo, mama, es divinidad, algo sagrado. Otro silencio. Pues sabes lo que te digo, nena, que por mucho que digas, tú crees en Dios.

Los manzanos están muy vinculados a la historia de mi familia materna, continúa. "El práu de casa" era el epicentro. Estaba lleno de manzanos -y de perales de invierno, de esos que maduran las peras entre la hierba seca- que había plantado el abuelo Manuel. Tenía un perro para guardarlos. Una noche entraron al práu y le sacaron los ojos. Ladrones de fruta. Escribí un relato ("La ira de Sofía") para vengar la muerte de ese perro. Los frutales se han ido muriendo.

Su tercer poemario es Mujeres de mimbre y lo publicó Creática dentro de su colección "La grúa de piedra", el año 2013. Es un libro hermanu de Damas ilustres y mujeres dignas, con dos ediciones, la primera de 2009 y la segunda de 2019. Si en este las mujeres son las cuentas, en el poemario se extiende el hilo que las enhebra.

"En mi cuerpo
adentro
en mi árbol sagrado
florecen las semillas 
de mis antepasados.

En mi cuerpo
adentro
en mi árbol sagrado
crecen todos los bosques
y sus claros."

En el poemario, Raquel es la guía, la columna de humo que delata la hoguera, la chamana. Ella es el núcleo que, en su relación con lo que la rodea, dibuja una espiral que es movimiento que es suma de acontecimientos que es realidad que es interpretación.

Recita Gestación, otro poema inédito, en cuatro movimientos. Lo incluyó en la lectura que hizo dentro del ciclo Patio de Poesía organizado por la Biblioteca Central de Cantabria en su edición de 2023. En esta ocasión estuvo acompañada por una exalumna, María Villagrá.


La palabra luga, rayo de luz que se abre paso entre las nubes, oportunidad, hermana con la palabra lugar.

Los lugares son espacios propicios.

En Tudanca hay un lugar que se conoce como Lugoria, que con ese sufijo significa lugar de lugares. No he estado, pero sé que las oportunidades son siempre muchas.

Tengo tu libro, recuerda: Aire que trae la voz, y me lo da. Lo publicaron Alba Pascual y Noé Ortega, poetas además de editores, y amigos de ambos, en 2017. El primer poema me parece revelador. Se titula "Mecánica del verbo en la reja" y dice así:

"La palabra engranaje    la que ocupa el espacio sin
miedo al titubeo    la que se clava en la piel como una
astilla y escarba y duele. La palabra heredada    la que
esquiva el vértigo del silencio y se deleita en la pared
de las grutas. La palabra autómata    inercia de una
estirpe de charlatanes.

Un alfabeto metálico en la boca    frío    como un
tornillo. Inservible para el éxtasis."

Las palabras son huellas de ideas. Carama es la nieve que queda prendida en las ramas. Jalopu es el copo. Ampu el resplandor del sol en la nieve. Güelga da nombre a los túneles que atraviesan la nieve para poder pasar.

Frente a la casa familiar hay una cambera plantada de nogales que sube a La Praería. Me encantaba sentarme en las escaleras de casa y en otoño sentir el viento mover los árboles y el sonido de las nueces al caer. Un día mi padre, que era parco en palabras, se sentó allí conmigo y después de un buen rato en silencio me dice "está la tarde escuchona". Qué descripción tan certera. Lo clavó. Eso sí que es poesía. 

He pasado muchas horas hablando con mis padres, también como informantes de un modo de vivir de otro tiempo. Escuchando, sobre todo. Sé muchas cosas de mis abuelos, aún sin haberlos conocido, de mis bisabuelos, de mis tatarabuelos. Su legado y su linaje se funden en mí.

Yo últimamente estoy preguntando a la gente mayor de mi familia por sus primeros recuerdos, digo. Mi madre recuerda estar donde los nogales que había al lado de casa con las manos manchadas de marcia y estar asustada.

Es que la marcia de la cáscara de las nueces mancha mucho y además es muy difícil de quitar, dice. Como el miedo.

Me regala en papel lo último que ha escrito, un poema titulado El legado de las piedras, en tres movimientos. El poema está incluido en una publicación de septiembre de 2025 realizada por el Museo de la Neocueva de Altamira, con motivo de un recital colectivo titulado Manos. Diálogos con Altamira realizado por ocho poetas cántabras de la asociación Genialogías en colaboración con el Museo. Transcribo el último movimiento:

"Dentro del ojo un rastro se desdibuja en la nevada

Cuando lleguen traerán el cuerpo silencioso del bisonte como una ofrenda Las astas de los ciervos abatidos Nada de lo que ofrezcan tendrá el valor del hueso la disposición ritual del animal Ningún sonido ninguna hierba amarga ningún metal solo nubes de puntos sobre las cavidades puntos que son itinerarios de nombres olvidados Sextantes de otra era que señalan las Hespérides en el cielo fechas de siembra rutas de cacería o el recuerdo de un gélido camino de ausencias

Hay una geometría de polvo ocre dibujada en la roca yemas imperceptibles de migraciones

Corren las ciervas por el friso esbeltas    en hilera    como una escena leve de la unidad".

Es lunes y desde mis despacho veo reverberar las últimas luces del día en los montes nevados del fondo. Parpadea la luz roja que remata la cima de Peñacastillo.

VIRIDITAS 40: "Chatuca"

Fui demasiado pronto al salón de actos donde el Director Gerente nos había convocado para hacer balance del año 2025. Aproveché esos minutos de más para acercarme a la maqueta de la antigua Residencia Cantabria que hay en el pasillo de las tres torres. Había subido el día anterior al SCS y había hecho una foto del pino que hay a la entrada deseando que no desapareciera con las obras.


Me encontré entonces con Ana Rosa, compañera de hace años, que había ido a por un café de máquina. Se lo tomó conmigo. 

Ana Rosa nació en el pabellón 13 del Hospital. Fue un parto de riesgo. Su madre tenía Rh- y ella no. En casos así te bautizaban corriendo, por si morías. Tuve de padrino al jardinero, que estaba por allí cuidando de las rosas, dice. Por eso me llamo así. 

Consulté hace no mucho mi fe de bautismo que se conserva en la capilla del Hospital. Al lado de mi nombre el cura había puesto a lápiz "chatuca". Era el apodo que me había puesto. A todos los bebés les ponía uno.

jueves, 1 de enero de 2026

VIRIDITAS 39: Entrevista a Felipe González, ornitólogo

Llego al recibidor del Hospital y Felipe González, Delegado de SEO/BirdLife en Cantabria, que esperaba al pie de La doncella de Mazcuerras, reacciona nada más verme. Viene a mi encuentro y me saluda afable. Es rápido también hablando. Tras una breve conversación, decidimos ir a los jardines por dentro. Aprovecho para recordarle las normas de este encuentro: no grabo, apenas tomo notas, luego escribo de memoria y no subo el texto a internet sin su consentimiento. Acepta. No utilizamos el ascensor, bajamos por las escaleras. Le voy indicando las esquinas que hay que doblar con la mínima antelación pero no hay atisbo de duda, vamos surcando los pasillos. Llegamos al pasillo largo que conecta todos los pabellones, la columna vertebral del Hospital, miramos a un lado y a otro, apenas hay gente que se interponga, alcanza la vista hasta el final, a quien le llegue, no a mí, abrimos la puerta de cristal lateral y nada más acceder al jardín me dice que hace tiempo recibió una consulta del Hospital relacionada con las muertes de aves que chocan contra los cristales del Edificio Enlace, al que nos encaminamos.

Sí, era aquí, confirma. Ciertamente recuerdo ver regueros de pájaros caídos a los pies de los cristales, muertos unos, otros todavía latiendo, llamitas rojas, amarillas apagándose, muchos con sangre en el pico, rememoro. El Hospital ha puesto unas bandas opacas con el anagrama CSV para alertar a los pájaros de que por ahí no hay paso. Lo ha hecho por recomendación de SEO/BirdLife en Cantabria, indica Felipe.

Hay dentro un raro ejemplar de la planta conocida como hoya carnosa. Está en una de las pasarelas de hormigón que articula el edificio, cuya finalidad es precisamente conectar distintos espacios del complejo hospitalario. Cuelgan por entre los barrotes racimos de flores que parecen de cera con su punto de néctar, en este tiempo. Es sorprendente porque florece en verano. El cambio climático.

Le pregunto por la palabra cántabra cantarazaña. Se trata de una pregunta retórica porque es una palabra al borde de la extinción. Apenas la conoce nadie. Él tampoco. Le quiero explicar su significado. Es también uno de los objetivos de estas entrevistas. Cargar en la cabeza de gente interesante información que también lo sea pero que, quizá por su carácter local, no tiene la difusión que merece. Proyectar esta información en gente que por su perfil la haga resonar. Pero antes le cuento una anécdota del Hospital relacionada con estos cristales, los pájaros muertos y los políticos:

El día antes de la inauguración de las Tres Torres el Director Médico del HUMV y yo pegamos en los cristales del Edificio Enlace vinilos con siluetas de rapaces que habíamos encargado a Imprenta Regional. Había coincidido así. Resulta que al día siguiente llegaba el Presidente del Gobierno. Pues para ese día los vinilos ya no estaban. Los habían quitado esa misma noche. Creyeron, para nuestra sorpresa, que los vinilos eran un ataque al logo del partido en el Gobierno. No volvimos a ponerlos.

Felipe y yo tomamos el camino que discurre en paralelo a Valdecilla Sur en dirección a la última de las campas, la que está a la altura de las obras de los protones. Cantarazaña, retomo, es la palabra cántabra que se emplea para lo que en castellano se llama coro del alba, dawn chorus en inglés. Felipe sabe perfectamente a lo que me refiero. Es el jolgorio de cantos que se oye al amanecer, con su apogeo entre abril y mayo. No está claro por qué se produce. Seguramente por razones relacionadas con la defensa del territorio y con el emparejamiento, que son los ejes de abscisas y de ordenadas de las aves, más razones concomitantes, por ejemplo porque al alba se oye mejor su canto, porque todavía no hay alimento, porque cantando después de tantas horas sin comer se demuestra fortaleza, porque el canto es en sí una demostración de capacidad cognitiva, etc. Pero la cantarazaña se produce cada vez más temprano. En este caso las razones están más claras: por el aumento del ruido ambiente y por la contaminación lumínica. Incluso hay pájaros diurnos que están empezando a cantar de noche, como el miruellu o mirlo.

Alcanzamos mi pabellón, el 16. Está a mitad de camino. A la vista de los aleros Felipe dice que se podrían aprovechar para poner cajas nido para vencejos. Es un ave bonita e inocua. No hace falta que me convenza. Han puesto nidos en un edificio parecido, el CEIP Ramón Pelayo, informa. Le digo que el arquitecto del Hospital y de ese colegio es el mismo, Gonzalo Bringas. No en vano el colegio lleva el nombre de pila del marqués. Las construcciones modernas carecen de aleros y los pájaros se están encontrando con problemas para anidar, dice.

Esos aleros propicios para las aves hacen que quiera encuadrar la arquitectura fundacional del Hospital dentro del estilo neomontañés. No obstante, he de reconocer que esta adscripción responde más a un deseo mío que a la realidad. Es probable que el Hospital original, del que apenas se conserva esta hilera de pabellones, la capilla y el fragmento de reja oculto por el fallido intercambiador de autobús, responda a un estilo ecléctico, no a ninguno en particular, tampoco neomontañés. El propio arquitecto era ecléctico, lo cual no significa que careciera de estilo, sino que lo hacía todo y todo bien, desde el Palacio de La Magdalena al Club Náutico de Puertochico, nada que ver el uno con el otro, el primero parecido a un merengue de inspiración inglesa y el segundo un fantástico edificio racionalista. Si muchas veces los deseos son difíciles de cumplir es porque aún lo son más de justificar.

Pero, me planteo, si este diálogo fluido con el entorno que caracteriza al Hospital primero, presente tanto en los aleros como por ejemplo en la orientación de las terrazas, es precisamente piedra de toque de la arquitectura tradicional, ¿no cabría decir que el Hospital se alinea precisamente con el estilo arquitectónico que actualizaba, reinterpretaba la tradición, la arquitectura neomontañesa? Tan importantes como las cosas son las ideas que explican las cosas.

Haciendo repaso, el alma de la casa tradicional cántabra es el cuadru, que se compone de cuatro postes que sostienen el tejado a dos aguas. Es una estructura autoportante. Su lógica es parecida a la de una pérgola. Este conjunto se levanta en verano. Cuando se termina se celebra una fiesta (en Guriezo por ejemplo se llama la jera) y se pone el ramu, tradicionalmente de laurel o tejo. Cuando llegan las lluvias se arman las paredes de piedra. Hay que advertir que no son de carga. Su función es proteger el alma de madera. De hecho, si las paredes caen la casa no cae con ellas, esta sigue pudiendo ser habitada, sigue funcionando. 

Todavía recuerdo que cuando se terminó el esqueleto de hormigón de las Tres Torres se puso un ramo de tejo, en realidad un tejo pequeño entero, en lo alto de una de ellas. Pero a los pocos días se sustituyó por una bandera española.

Además de en patios de colegios, SEO/BirdLife ha intervenido en 120 parques y zonas verdes de Cantabria, incluyendo la reducción de la frecuencia de siegas para favorecer la floración de las especies silvestres, la instalación de más de 500 refugios para aves, murciélagos e insectos, la creación de charcas para anfibios, la plantación de setos y rodales arbustivos, la creación de jardines para polinizadores, etc.

Tenemos una campaña especial centrada en el autillo, informa Felipe. Yo oigo uno desde mi casa e impresiona, digo. Cierto, concede, escucharlo en la ciudad es un lujo. Es una especie ilustrativa, continúa. Ahora hay más que antes. Eso también significa que las razones de la extinción de las aves están en nosotros, pienso.

Llegamos a la última de las campas. Felipe señala varios pájaros posados en el terreno o dando cortos paseos. Nos adentramos en la campa porque yo no veo bien. Sigo sin ver, solo cuando levantan el vuelo y ya es tarde. Ese es un colirrojo tizón, indica. Instantes después levanta el vuelo otro y Felipe añade: y esa es la hembra. Ante tal riqueza, Felipe desgrana la inmensidad de proyectos que tienen en marcha en Santander. De esta entrevista pueden salir proyectos bonitos. Me señala entonces el bosquete que está al pie de la antigua Residencia Cantabria, ahora vacía. Ese bosquete es fundamental, dice. Habrá autillos, seguro, y también petirrojos, currucas y algún zorzal metido, desgrana. Me había fijado en esa mancha de árboles pero no le había dado tanta importancia, digo. Busco una palabra acorde. Me sale jiebi, literalmente bosquete. Una palabra al borde de la extinción para un bosquete que también lo está.



Las fotos están hechas más tarde. Se distinguen plátanos, laureles crecidos, un olmo, cedros y sobre todo chopos.

Una pareja de rapaces anida en la antigua Residencia, anuncia Felipe. Ayudan a mantener a raya la población de palomas. Hay quien asegura que se trajeron varios halcones del aeropuerto para lo mismo pero que los quitaron porque se enamoraron de las palomas. Esta historia tiene los mismos visos de realidad que esa otra que asegura que hay un túnel que comunica los pabellones con la Residencia, es decir, ninguno. Se la ahorro a Felipe. Pero hace poco estuve viendo una colección de pequeños corazones fallidos metidos en formol que se conserva en un almacén del antiguo crematorio y la patóloga que me acompañaba me señaló una puerta tapiada que comunicaba con el antiguo edificio de Traumatología. Por ahí ni siquiera se atrevían a ir solos los miembros de seguridad del Hospital, aseguró. Así que a lo mejor lo de los halcones también es cierto.

Atiendo a Felipe que me dice que los vecinos de esas casas del borde de Ciudad Jardín también le han pedido asesoramiento para las pantallas que acompañan a las nuevas escaleras mecánicas, las que comunican el Hospital con la Facultad de Medicina. Lo cual nos hace volver la vista al Edificio Enlace, donde este problema está, dentro de lo que cabe, resuelto, y a donde nos dirigimos de nuevo.


La foto está hecha después de la entrevista desde "el cole" del Hospital, en la planta 10 del Edificio 2 de Noviembre.

Rompe a llover y apretamos el paso. Nos cobijamos en el Edificio Enlace. Le hago reparar en las macetas. La mayoría de las plantas están traídas de la Residencia Cantabria. Apenas se salvó nada, la placa de metal con una representación de las Cariátides que hemos puesto en el hall del Edificio 2 de Noviembre y poco más, pero las plantas los propios trabajadores se preocuparon de bajarlas. Aquellas para las que no se encontró sitio en alguno de los Servicios del Hospital se pusieron aquí. Son cintas y otras plantas sencillas que hablan de nosotros. Gente sencilla de un pueblo que también lo es. Yo conservo en casa una cinta que fue de mi abuelo.

Propongo ir a tomar un café al bar que hay en el barrio del otro lado de la carretera pero antes quisiera enseñarle el solar donde estaba proyectado construir primero la sede del Hospital Virtual y luego el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Cantabria pero que terminó sirviendo para almacenar material pesado, sobre todo de obra. Hubo que retirarlo porque no sabemos si debajo del solar hay un refugio antiaéreo de cuando la guerra o solo un almacén de carbón, pero en todo caso una oquedad que con tanto peso encima corría el riesgo de colapsar. En el solar hay un níspero centenario y varios laureles de gran porte. Al níspero en Cantabria se le llama abadejal. Su fruto, el abadeju, se comía, pero bajo unas condiciones especiales. Se cogía a finales de año todavía verde, no llegaba a madurar en el árbol, y se metía entre la hierba del pajar. También entre manzanas o envueltos en papel de periódico. Se esperaba a que fermentara, a que se pusiera joyecu, que se decía, a punto de pudrirse, comiéndose entonces. Empleo el tiempo pasado porque no es solo que ya no se coma, es que apenas quedan abadejales. En Cabuérniga dos, en Carmona y en el pueblo de Valle. Pese a todo, yo los he podido probar. Es un sabor propio de paladares antiguos. No puedo decir que me gustara. Pero este níspero del Hospital está domesticado, es ornamental, de jardín. 

La gestión actual del solar se reduce a echar guijo y químico. Aun así reverdece cada año. Por suerte no hay (todavía) plumeros. Mi idea es crear un jardín de flores silvestres y darle el nombre de los dos médicos (uno Jefe de Servicio, el otro Residente) de la Casa de Salud Valdecilla asesinados en el asalto al barco prisión Alfonso Pérez las Navidades de 1936. Se lo comento a Felipe y le parecen ideas acertadas, sobre todo la del jardín de flores silvestres. SEO/BirdLife tiene proyectos que podrían encajar bien aquí, dice, y me lo tomo como una promesa.

En uno de los árboles próximos hay posado un mosquitero común, señala Felipe. Detrás una urraca. Las urracas se dice en los pueblos que llegaron con la guerra. Yo mismo, digo, recuerdo hacer de niño el gesto de apuntarlas con un escopeta y que escaparan volando. Manuel Llano en Dolor de tierra Verde, obra póstuma, relata que la primera señal de la Guerra Civil en Cantabria fueron las cigüeñas llegando a valles desacostumbrados, como Cabuérniga. Huían de las bombas.

De Manuel Llano le cuento otra historia. Resulta que los cuervos suelen asomarse a las chimeneas en invierno. Se dice que ahí apostados escuchan para luego contarle al Ojáncano los cotilleos de los vecinos, por eso que a este cíclope de la mitología cántabra, fiero señor de los bosques, se le represente con un cuervo al hombro. Reímos y él dice que el cuervo es un animal muy inteligente y longevo y que probablemente se acerque a las chimeneas buscando el calor o por el humo, para desparasitarse. Mi familia tiene casa en Cabuérniga, digo, y siempre que llegamos la familia de cuervos que anida cerca, en las peñas, viene a ver. Les tengo cariño. Hoy mismo me ha parecido escuchar a uno de camino al trabajo en los árboles de la alameda. Sería una corneja, se figura Felipe. El cuervo hace "cro-cro" y la corneja "crue-crue", reproduce. Fíjate en el ruido que hace. 

Pero se lo piensa mejor y añade que hay dormideros de cuervo en la costa, por donde el Puente del Diablo, así que no sería raro que se desplazaran hasta la alameda o hasta aquí mismo. Efectivamente, hay muchas mañanas que me parece sentirlos desde mi despacho, digo. Pasan ágiles entre los pabellones camuflados en la noche.

Es entonces cuando le digo las palabras que se cree (nos) dicen los pájaros y que traigo apuntadas: "Torta-brá, torta-brá", la codorniz, canto que se toma como presagio de un buen año de maíz. "No vaigáis, no vaigáis", el cárabo. Es claramente preventivo. "Pe-cu, pe-cu", el cuco, la voz de un niño que se convirtió en pájaro por mal estudiante, tanto que en la escuela solo aprendió a decir la p y la q. Son recursos mnemotécnicos empleados, en mi opinión, para facilitar la identificación del ave por el canto. Efectivamente, concede Felipe. El reclamo del tocineru es "chichipán-chichipán", revela.

Quiero contarle algo relacionado con este pájaro. Mi abuela murió en casa. Murió de Alzheimer. Una vecina de su tiempo le llevaba cada día un queso fresco casero. Lo dejaba por la noche en la socarrena posado en un delicado zarzu o pequeña bandeja de palitos de avellano trenzados y a la mañana se lo llevaba. Cuando no lo tapaba, lo picoteaban los pájaros. Los pájaros más lambiones o golosos eran el tocineru o carbonero común y el veranín o herrerillo común. Los quesos traían marcas de los palitos de avellano trenzados y de los picos y patas de los pájaros.

A Felipe le encanta la anécdota. Dice que su organización tiene varios comederos instalados en la ciudad, por ejemplo uno en los Jardines de Pereda. En casa solemos poner un buen puñado de arroz y algo de pan en la repisa de la ventana de la cocina. Pido su consentimiento. No quisiera yo interferir en ningún proceso natural. Me lo da y continúo: al principio venía una pareja de gorriones. Ahora tenemos a toda una bandada alrededor, también mirlos y estorninos.

Retomando el tema de las voces que pretendemos identificar en el canto de los pájaros, le pregunto por el riesgo de antropomorfismo, es decir, la tendencia, no sé si riesgo, de atribuir sentimientos humanos a otros animales, por ejemplo, que el miruellu sea melancólico o el ruiseñor enamoradizo. Lo discutimos. Finalmente convenimos que en los pájaros el canto es útil y que en nosotros la utilidad es factor determinante de la belleza, o al menos lo ha sido en su configuración primera, por lo que el antropomorfismo no conlleva proyectar algo nuestro en los animales ajeno a ellos, sino que, de acuerdo con nuestra propia naturaleza, consiste en reconocer en ellos algo que también es nuestro, de hecho algo tan nuestro como la belleza que subyace en el canto de las aves en su formulación primigenia.

La BBC radio se inauguró en 1922. Dos años después se quiso hacer la primera retransmisión en directo. Se decidió que esta se realizara en el jardín de una chelista que tocaba todas las noches acompañada de un ruiseñor. Así se hizo. Esa noche el ruiseñor tampoco faltó a su cita. Fue todo un acontecimiento.

Hay pájaros que cantan mejor a pie forzado, revela Felipe. No es que el ruido ahogue su canto, es que sin ruido no cantarían. Lo cual no quiere decir que deba haber un ruido ensordecedor. Son cosas distintas.

El año 1942 se repitió la grabación pero esta vez sin la chelista. Se dio comienzo a la grabación. De fondo se oía un rumor. El ruiseñor se puso a cantar. El rumor se acercaba. El técnico de sonido siguió grabando. Era una flota de aviones británicos de paso. Iban a bombardear Alemania. Pasaron los aviones y el pájaro siguió cantando. Es un testimonio espeluznante de supremacía de la vida frente a la muerte. 

La enfermera Nightingale, a la que se suele representar con un candil porque apenas dormía cuidando a los heridos, considerada madre de la Enfermería moderna, toma su nombre de este ave.

De camino al bar hablamos de las creencias. En cualquier cultura tradicional, caso de la nuestra, la cántabra, las creencias median con la realidad, no es que interfieran o dificulten, es que facilitan la aproximación. Quizá por falta de otros recursos, lo admito. Pero lo cierto es que lo hacen. Al menos mientras esté viva. Si se recrea puede perseguir fines espurios. Aunque, ¿qué tradición no es una recreación? ¿No estará esta siempre sujeta a intereses ajenos a su naturaleza? ¿Pero cuáles serían en este caso legítimos? La tradición no es monolítica. Lo único permanente es el cambio, que es igual a reinterpretación. Entonces la clave estará en el signo del cambio, si positivo o negativo. Pero para quién. Lo dejamos.

Nos sentamos y pedimos café mediano servido en vaso. Lo traen en un platito de cristal que parece de encaje. Alabo la presentación pero no obtengo reacción del camarero. O sí, y es ninguna. Se habla fuerte, aquí. Las aves marinas tienen voces finas porque si las tuvieran graves no se las oiría, asegura un amigo. Por eso los pejinos hablan agudo y cantando, para hacerse oír en la mar. El cántabro pejinu y su variante pejín emparentan con peje, sinónimo de pez, del latín piscis

A José Hierro le gustaba hablar cantando, al estilo marinero. Lo hacía por nostalgia. Suya es la frase "ya nadie se esquila a los árboles ni asubia cuando llueve". La transcribió su amigo Antonio Bartolomé Suárez. De Tierra sin nosotros, primer libro del poeta, publicado recién salido de la cárcel, traigo unos versos: "Paloma marinera, lenta y viva, / que en el pico, en lugar de verde oliva, / lleva octubres de música remota". El mes de octubre es un guiño a la revolución que simboliza el punto rojo del pico de la gaviota. No es verde. No simboliza la paz. En este punto rojo es donde los pollos tienen que picar para obtener el alimento de los padres. Felipe lo confirma.

(abro paréntesis)

Tierra sin nosotros es un canto al curso natural de las cosas interrumpido (no roto, no se lo parecía a él entonces) por la guerra. Es un libro que resguarda la esperanza de volver a empezar como antes. Pero no se cumplieron sus expectativas. Su último poemario, Cuaderno de Nueva York, se refugia en los sueños, recurre a la imaginación como vía de escape.

En todo el norte peninsular se solapa el amarillo y el rojo. Por ejemplo, los pasiegos emplean el adjetivo ruyu tanto para los rubios como para los pelirrojos. Mi tía Amaliuca era rubia. De pequeña, tras la guerra, le decían que era roja y ella lo negaba. Ella era rubia, se defendía. Por la cuenta que le traía. El escritor asturiano Xuan Bello, recientemente fallecido, cuenta en Historia Universal de Paniceiros un caso parecido que acabó en tragedia. Pasa también con el castellano rubicundo, que tira del amarillo para el rojo, o gorrión, de etimología desconocida, pero que es probable derive de un antiguo sustrato compartido con el vasco gorria, encarnado.

(cierro paréntesis)

¿El sol es amarillo o rojo? Es una pregunta que, llegados a este punto, Felipe y yo nos hacemos. ¿Cómo se representa? En Cantabria rojo, aventuro. Porque es el sol del amanecer, el de cuando se madruga.

Sale entonces a relucir el petirrojo, que en cántabro recibe el nombre de papu coloráu y que a mí me extrañaba porque en nuestra tradición los pájaros suelen ser concebidos como hembras, hasta que supe que en realidad se le llama la pájara del papu coloráu. Entonces sí. También papuca. Felipe me recuerda que hace poco han sacado en colaboración con otras entidades una lámina que recoge todas las aves de Cantabria y que sus nombres están también en cántabro. Para ello han contado con el asesoramiento de Raúl Molleda, que es precisamente el amigo que me dijo lo de las voces finas de las aves marinas y que también ha sido entrevistado para este mismo proyecto. Igualmente, rojo el penacho del pájaro carpintero, continuamos, que en cántabro se llama picu rilinchu porque canta de forma parecida a como relinchan los caballos. Por último, el pecho rojo de las golondrinas. Se dice que porque quitaron las espinas a Jesús durante la Ascensión. Los nidos de golondrina no se tocan, son sagrados, tercia Felipe. Es cierto, no conozco a nadie que los quite. De hecho, se toma como un buen presagio que aniden en el alero de tu casa. Por qué será, pregunto, porque son buenas para eliminar insectos o por qué, insisto, a lo que responde Felipe que sí pero no solo, es probable que subyazcan creencias más profundas relacionadas con la entrada de la primavera.

Hay una portalada en una finca de Comillas firmada por Gaudí que tiene un acceso para las personas, otro para los carruajes y otro para los pájaros. Seguramente se inspirara en los vecinos.

Se cuenta que Mozart tomó nota del canto de un estornino pero que le corrigió una nota que había dado mal, según él. Es peligroso caer en el elitismo. El primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven está inspirado en el canto del herrerillo común: el reconocible "ta-ta-ta-taaaa". Precisamente el mismo que picoteaba los quesos frescos de mi abuela materna y dejaba sus patitas impresas en él. 

Sobre mi abuelo materno. Su pájaro favorito era el miruellu. El piso que compró mi familia al venir a la ciudad fue porque estaba cantando cerca este pájaro. Mi abuelo se fio de él. El favorito de mi padre es el jilguero. Siempre tuvimos uno en casa metido en una jaula. Curiosamente, le gusta sobre todo por cómo vuela, un vuelo desvaído.

"Si le hubiera cortado las alas sería mío, no se habría ido, pero así ya no sería un pájaro y yo amaba a los pájaros", dice el delicado poema de Joxean Artze traducido del vasco al castellano por la IA de Google. Me recuerda al jilguero que siempre tuvimos.

Hay un relato de Tolstoi en el que a un niño le regalan una jaula y corriendo marcha a por un pájaro que meter dentro. Su madre le advierte que los pájaros no están para meterlos en jaulas. El niño no hace caso, atrapa un pájaro, lo mete en la jaula y, fatalmente, el pájaro muere.

Era común tener en las casas montañesas una jaula grande de madera con un malvís o un miruellu dentro. El pájaro era de los hombres, lo capturaban ellos, era suyo, pero lo cuidaban las mujeres. Eran muy apreciados los malvises campurrianos. Los montañeses iban a Campoo a buscarlos. Era porque Campoo es el único sitio de Cantabria donde hay ruiseñores. El canto del malvís de Campoo está influido por el ruiseñor. Aristóteles ya informó de ello en su Historia de los animales: "Entre las aves pequeñas, algunas no emiten la misma voz que sus progenitores si han sido criadas lejos de ellos y han oído el canto de otras aves". Este gusto cántabro por el detalle revela una afinación cultural de siglos. La cultura más que baja o alta es compartida o no es. ¿De qué vale que cuatro sepan todo y se lo queden para ellos? ¿No será mejor que entre todos lo sepamos todo? Esta es al menos la filosofía que rige nuestro servicio de préstamo interbibliotecario: no hace falta que todos tengamos todo, es insostenible, basta con tenerlo todo entre todos y compartirlo.

Pasa algo parecido en el entorno "pajarero", puntualiza Felipe. Antes era cosa de cuatro. Popes los cuatro, inaccesibles. Ahora hemos logrado democratizar el gusto por las aves, asegura. Empleo la primera persona del plural porque SEO/BirdLife ha tenido mucho que ver en este cambio, afirma Felipe. En este caso un cambio para bien, concedo. Exacto, acepta. Movemos una masa social importante. Basta que te des un paseo por las Marismas Blancas o por Las Llamas para comprobarlo. Es ahora una actividad asequible. Como consecuencia, se ha feminizado. Ahora que somos más, hay más mujeres que hombres. Antes era una actividad solitaria y daba miedo. Ahora no. Pero hay una dimensión más que no debe olvidarse. Y es que no se trata solo de un cambio cuantitativo el que se ha operado sino también cualitativo, dice.

Pasa a explicarse:

El ecologismo en origen ha sido muy desconsiderado con el mundo rural. Se le recriminaba que cazaba, expoliaba los nidos, etc. Pero estas actividades ahora se están reinterpretando como formas distintas a las actuales de acercarse a la naturaleza. Es cierto, digo. Mi padre sabe distinguir de qué ave es un huevo de un solo vistazo porque de pequeño los goraba para coleccionarlos. Las motivaciones eran entonces las mismas que las de hoy, retoma Felipe. Esas son las que nos sirven. 

Antes se enjaulaba a un pájaro para tenerlo cerca y ahora tenemos prismáticos, es una frase que me preocupo de recoger al pie de la letra.

Desde el ecologismo actual estamos revalorizando esta tradición que ama las aves, continúa. No sus formas, sino sus porqués. Que el queso fresco picoteado se aprecie más porque lleva el marchamo de calidad de un ave, por ejemplo. Qué hay detrás de eso. O que una casa con nidos de golondrina en el portal se vea más bonita, eso nos interesa. Porque se ha demostrado que nuestro entorno inmediato, por lo que le valoramos hoy (otros valores conducirán a otro mundo, que puede que sea mejor, no se sabe, pero lo único seguro es que será diferente), sus valores, reposan en nuestra tradición. Se ha comprobado que desde que no hay gallineros hay menos gorriones. Que un espacio como Sejos necesita de los seres humanos para ser. En definitiva, que para detonar el canto de un ruiseñor también vale un chelo.

Estamos dentro. Esto tiene implicaciones. Que al renaturalizar Santander los modelos que tomemos sean los tradicionales que reposan en el paisaje de mosaico, de donde la revalorización de las jiebis, por ejemplo. No estoy hablando de asilvestrar, remarca Felipe. Es replicar nuestro entorno. Esta línea además enlaza con la idea de gestión diferencial acomodada a las expectativas de los ciudadanos. Ellos son los que mandan. Compartir conocimiento a partir de información objetiva y actuar. Probablemente en las campas del Hospital, donde preside la idea de higienismo, las soluciones que apliquemos no puedan ser las mismas que las de La Remonta o el Parque de Morales. Pero responderán a los mismos principios.

Ojalá tengamos oportunidad de comprobarlo, concluyo.

Terminamos nuestros cafés. En la puerta se ha aposentado un grupo de señoras mayores que hablan fuerte, quizá para escucharse por encima del ruido de las obras que están levantando el barrio. Pedimos permiso y pasamos

en silencio.

VIRIDITAS 38: Hoya carnosa


La planta de la foto es una hoya carnosa y se encuentra en el Edificio Enlace. Las flores de esta planta parecen de cera. Hay otra encima. Esta de más arriba tiene flores que cuelgan como racimos por entre los barrotes de la pasarela, a pesar de encontrarnos a las puertas del invierno. Sorprende porque la hoya carnosa florece en verano. Será el cambio climático.

A la de la foto los jardineros le han puesto lo que en Cantabria se llama un jorquete para no dejarla sola.

lunes, 1 de diciembre de 2025

VIRIDITAS 37: Entrevista a Henar Lanza, filósofa

No hay bus, me avisa de que viene andando y va a llegar unos minutos tarde. Leo el mensaje cuando ya estoy esperando en el sitio convenido, el acceso principal. Miro alrededor. Nubes oscuras. Parecen puntillas posadas en la cabecera de un sillón gastado por el uso. Lo apunto en el mazo de hojas en blanco que traigo para la entrevista. "¡Francisco!" Me saluda animoso un señor. Niego con la cabeza. Me subo la cremallera del abrigo hasta arriba. No soy Francisco. Me mira compungido. Está saliendo. Un poco más allá repite a otro "¡Francisco!"

Veo a Henar venir por el embudo que hace la pequeña pared que, como una orejera, protege el acceso de las tres torres. Entra por la parte estrecha. No ha tardado tanto. Se la ve apurada. Le hago el gesto de calma con las manos y cuando llega nos saludamos con dos besos. Nos conocemos desde el instituto. Hemos quedado al pie del edificio 2 de Noviembre. Aquí falleció el año 1999 el padre de una amiga común, en el derrumbe del antiguo edificio de Traumatología. Por entonces ninguno de los dos estábamos en Santander. Ella en Salamanca, yo en Lisboa. Ella es doctora en Filosofía. Hizo su tesis sobre Platón.

Lo mejor es ir a los jardines por fuera aprovechando que no llueve, propongo. Que ahora no llueve, corrijo. Lleva haciéndolo toda la mañana. De hecho yo he venido de casa sin paraguas y todavía estoy empapado. Mi abrigo se ha vuelto oscuro de tan cargado de agua como está, y pesa. Ella acepta, pero antes nos acercamos al embudo para ver la obra de Pejac. En la pared, dos figuras de personal sanitario perfiladas en negro. En el suelo sus sombras están rellenas de nenúfares. Si pasas con prisa ni la ves. A Henar le gusta eso. Está para quien presta atención, dice.

Le pido que se ponga para una foto, pero no le gustan. Se la hago igual.

La pared del embudo se mete un poco para defender del viento que viene del noroeste, al que más miedo se tiene, el gallego. Es precisamente este viento el que provocó la catástrofe de 1999.

Las tres torres se levantan sobre un zócalo. Los arquitectos de esta parte nueva buscaron la síntesis entre los modelos históricos europeo y norteamericano, horizontal y vertical, respectivamente. Los primeros planos del que sería Hospital Valdecilla llevan fecha de 1918. Respondían a un hospital organizado en pabellones. La moda de entonces. Pero el hospital no se inauguró hasta diez años más tarde, y eso gracias a que entró capital privado de la mano del Marqués de Valdecilla. Para entonces, el modelo de moda era el vertical. El propio Dr. López Albo, primer Director Gerente del Hospital Valdecilla, declaró en una conferencia impartida en los años treinta que él hubiera preferido construir un hospital en vertical, pero que los cimientos que se echaron en los años diez condicionaron la construcción de un hospital en horizontal. Fue, pues, un hospital de vanguardia, sí, pero con una década de retraso. Un hospital epigonal, pues. La fachada del zócalo, que lleva por dentro un pasillo que se duplica en galería de arte, utiliza como motivo decorativo el plano rehundido o la huella de los pabellones que se conservan dentro del Hospital. Henar no lo sabía. Yo tampoco hasta que me lo hizo ver el arquitecto responsable.

Henar pasa por aquí cuando va a la Biblioteca Central a sacar libros. Sin embargo, yo no suelo hacerlo. Entro y salgo por el Edificio Enlace. Sí pasaba y a diario de camino al instituto. Recuerdo la verja que circundaba el Hospital. Ella no, entonces nunca pasaba a pie por aquí. Vamos a ver el único fragmento que se conserva, a la altura de la Facultad de Enfermería, aprovechando que sigue sin llover, para que lo vea. Está comido por la vegetación.


Le gusta la posibilidad de que la verja se vaya consumiendo y solo quede el enramado. Se olvida esto como todo lo demás, dice. Le hago otra foto:


Gustándole tal posibilidad, la de la coronación del reino vegetal, más le gusta ahora, tras descubrirlo, el anagrama original de la institución que se conserva, uno de los pocos, unos pasos más allá:


Pocas evidencias más nos quedan de los primeros años: la capilla, los pabellones, que en realidad son sus cascarones porque el interior ha sido modificado completamente, y este fragmento de verja, joyas todas.

Este anagrama es probable que fuera diseñado por el primer Director Gerente. En la casa que se construyó entre Laredo y Colindres, a orillas del río Madre, ahora un canal, la puerta de la verja que rodeaba la finca presentaba un anagrama con sus iniciales entrelazadas de una forma muy parecida. Ahora es todo un solar. Desmocharon las palmeras que adornaban el jardín y sus troncos permanecen tumbados para evitar que aparquen coches.

Volvemos sobre nuestros pasos y bajamos a los jardines definitivamente por fuera. Encontramos otro mural de Pejac, esta vez en los cimientos del último de los pabellones de la hilera, el de los talleres. Recuerda a un cuadro de Van Gogh. Ahora caemos en la cuenta de que el anterior remite a un cuadro de Monet.

Es doblar la esquina, llegar a la altura del Pabellón 21 y ponerse a llover. 

La pintura de los edificios nuevos es la misma que la de los barcos de la armada, un azul grisáceo que los camufla en alta mar. El Hospital parece diluirse en la tormenta. Hay una palabra cántabra para este efecto: esmucir. También vale para cuando se escurre el agua entre los dedos. 

Vamos hablando sobre el olvido. El arte tiene algo de recurso mnemotécnico, convenimos. Las leyendas, también. De una torca o sima se dice que sale el cuegli o dragón si te asomas, precisamente para que no te asomes, porque es peligroso. Las leyendas encapsulan advertencias para que lleguen mejor. El problema es cómo, apunta Henar. Ojalá no transmitieran miedo, sino valentía.

Las señales que advierten de peligros que nos van a acechar durante cientos de años, como por ejemplo los residuos nucleares, ¿cómo advertir de su peligrosidad de forma duradera, se entenderán los iconos que utilizamos hoy dentro de mil años? ¿Por qué se cree que es mala señal cruzarse con un lumiagu cuando se va a segar, por ejemplo? A mí me había llegado el mensaje, pero no era capaz de decodificarlo. Son situaciones comunes en culturas al borde de la extinción. Los significados se deslían como la niebla cuando se levanta aire. Hasta que un vecino de Tudanca me desveló que los lumiagos salen a los caminos cuando va a llover y que si llueve no se puede hacer la hierba, por eso es mala señal.

Entramos al Edificio Enlace y empezamos a oír repiquetear la lluvia. Feliz Día Mundial de la Filosofía, dice. Me sorprendo y Henar conmigo porque ella pensaba que habíamos quedado este día precisamente por la celebración, pero no, simplemente es un día que nos venía bien a los dos. Es mejor que el aniversario de la muerte de Franco, resuelve, y reímos porque sin duda esta fecha está más presente.

Desde que supe que había dejado su trabajo como profesora de Filosofía en la Universidad del Norte, Colombia, y que había vuelto a Santander, quería quedar con ella. Pero fue con motivo del 50 aniversario del Servicio de Digestivo del Hospital que lo vi imprescindible. Se celebró un acto en el Gómez Durán en el que tomaron la palabra los Dres. Pons y Crespo, ex responsables del mismo. El primero terminó advirtiendo del peligro que entraña cambiar el significado de las palabras, según él de forma torticera, y el segundo empezó su discurso dándole la razón: no todos somos iguales, así que hay que ser equitativos, no igualitarios, defendió. También que al que da más se le tiene que dar más, poniendo de ejemplo su Servicio. Era necesario aclarar términos. Nadie mejor que Henar.

Pero no está el día. A Henar le gusta pensar mientras camina. En esto es peripatética, es decir, aristotélica. Frente a la tormenta, pasear, exclama. Me recuerda al discurso que pronunció el Dr. López Albo cuando se inauguró la Biblioteca del Hospital el año 1929, que aseguró que ningún nubarrón podría poner freno a su labor. Pero el doctor murió en el exilio. No se cumplieron sus previsiones. Decidimos renunciar al resto de nuestro paseo e ir a un bar cercano a tomar un café y continuar con nuestra conversación. Los folios doblados que utilizo para tomar notas están tan mojados que ni siquiera agarra la tinta. Es como cuando cruzas un río a pie, que si te remangas las perneras y se te mojan un poco se mojan las perneras del pantalón enteras.

Ella se sienta mirando para fuera para ver mejor. Encima de la puerta hay una balda con dos figuras posadas de caimán talladas en madera. Sonríe y dice: Regreso de Barranquilla y me encuentro caimanes aquí. ¿Por?, pregunto. Por la canción, y canta: "Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla..." Fue prohibida por el franquismo. El caimán era el dictador.

Retomamos la conversación. Anoto:

Primero, efectivamente no somos iguales, lo que hay que tener son los mismos derechos y oportunidades. Segundo, a los que más tienen, hay que darles más, sí, pero más responsabilidades. Tercero, también hay que exigirles más.

Es necesaria una actitud filosófica. Si no se practica, acabamos donde estamos. Es pertinente en todos los ámbitos. También en el feminismo. Sin esta actitud, el feminismo sucumbe al esencialismo identitario.

Aprovecho para preguntar por la palabra jembru, que en La Montaña significa "hombre", sin ningún tipo de connotación. No se le escapa que es una palabra construida desde la hembra, es decir, el hombre definido desde la mujer.

Todos los hombres y todas las mujeres venimos de mujeres, dice. En este sentido, la cultura cántabra no está mal situada. Es como si recordara su origen.

(silencio)

¿Es matriarcal?, pregunta. ¿Cuál?, contesto. La cultura cántabra, dice. Más allá del estereotipo, me previene. Pues no lo sé... Me doy un tiempo. Me lo da ella, en realidad, porque no me interrumpe. Pienso.

Estando Telvina asomada a la ventana de su casa vio pasar a una vecina de Carmona con vacas para vender en Cabezón. Le ofreció cinco ovejas por una vaca. La camuniega aceptó. Es así como entró la primera vaca en casa. Esto ocurrió hará qué, cien años. Telvina todavía hoy da nombre a una familia extensa del valle, la mía, aunque en mi caso intersectan otras familias extensas.

Sí, lo es, resuelvo. Le vale. Confía en mi criterio. Yo en mi derrotero familiar. Si no lo hiciera yo, ¿quién?

Las mujeres tenemos más presente que somos el origen porque podemos dar vida, dice. En cambio los hombres a veces se olvidan. A la vista está. No hay más que pensar en el maltrato de los hombres hacia las mujeres. Me gusta que haya dispositivos mentales que conserven la memoria de nuestros orígenes, como esta palabra. Ojalá no se pierda, concluye. 

No olvidamos de dónde venimos porque nos esforzamos por recordarlo. No soltamos la mano. En este esfuerzo introducimos sesgos. La personalización facilita la pregnancia. De qué otra forma hacerlo, si no. Es una pregunta que me hago. Me acompaña desde hace tiempo. Incluso cuando doy formación a los usuarios de la Biblioteca recurro a ejemplos personales para llegar mejor.

Aclaro que en cántabro el género marca diferencia de calidad, siendo comparativamente peor el masculino. Así por ejemplo cucina (la de las personas) frente a cucinu (el de los cerdos) o ventana frente a ventanu, etc. En esta distinción de género Henar identifica un reconocimiento de la potencia generadora femenina.

Pregunto a Henar por la forma verbal ero, "soy", que ella no conoce. A diferencia de jembru, que conozco solo por los libros, ero se utiliza en mi familia. A Henar le gusta esta manera de pensar desde el tú (eres) y no desde el yo (soy). El punto de partida es la segunda persona, dice, no la primera, muy interesante. Este hacer regular (eres, ero) un verbo irregular (soy, eres), es muy interesante, remarca, no piensa el mundo desde el yo, sino desde el tú, eso es señal de buena relación con la alteridad, con el Otro. ¿Y dices que se utiliza en tu familia? Sí, contesto. Una vez hace muchos años una tía mía llamó a casa, explico, todavía no había móviles, y saludó diciendo "Ero Suca". Recuerdo también que en la misma conversación mi tía utilizó el refrán "para el año mil, las aguas al redil". Todo parece indicar que es un refrán antiguo. Es la mía una familia especialmente memoriosa, confirmo, aunque muchos hayan muerto de alzheimer. En la de Henar también. Compartimos preocupación por el olvido.

También ero se perderá, me lamento.

Pues úsala, replica Henar.

A mi sobrina ya no le llegan ni palabras sueltas. De tener bisabuelos montañeses a sonreír cuando utilizo adrede alguna palabra de casa aunque solo sea para que le suene. Pues mira qué bien, dice Henar, si la haces sonreír, la embelleces, tómatelo como que tienes el súper-poder de embellecer.

Me interesa la idea de belleza. Hay quien niega la presencia de belleza en la vida de, por ejemplo, los pastores. Que un pastor cuando mira al monte ve producción, no belleza. Pero no es así. Ahí está por ejemplo Pernal Jermosu en Cabuérniga para demostrarlo. Lo que pasa es que manejan otros códigos. No es que no reconozcan la belleza, es que, si acaso, tienen otra idea y no nos hemos preocupado de aprenderla. Que las casas de un pueblo sean regulares como las copas de un bosque autóctono, por ejemplo, o como el lomo de un animal por el que pasas la mano. Los pastores o los obreros. Ahí están las geodas expuestas en el muro que cierra el Hospital al este, colindando con la cuesta de los toros. Esas geodas están puestas ahí así, para que se vean, para que se disfruten, por una decisión estética que tomaron los obreros.

Le pregunto entonces por el concepto de belleza en Platón. 

La ciudad bella, kallipolis, es la ciudad justa o la menos injusta, y en ella se da a cada cual una educación en función de su naturaleza. Platón pone mucha atención a la crianza. Desde la matriz de la madre. Ante la decadencia de Atenas (que había acusado y condenado a muerte a su maestro, Sócrates) propone una revolución política a través de la educación, lo que exige ser capaces de reconocer qué es lo que cada quien hace mejor. Que lo mejor de tu naturaleza se vea favorecido por tu educación, dice.

Que cada quien, continúa, pueda dedicarse a aquello que hace mejor y a través de lo cual será más útil a la comunidad política, que así será más justa, lo que redundará en la propia felicidad. Pero Platón trasciende la dimensión individual de la felicidad, le preocupa la justicia y la felicidad de la comunidad.

Tu madre y tu padre supieron reconocer tu naturaleza, en qué eras mejor, te apoyaron en tu formación intelectual para mejorarla, lo cual te ha hecho más feliz y te ha capacitado en aquello en lo que eres bueno y ahora puedes ejercer aquello en lo que eres bueno: historiador, documentalista y antropólogo, y mediante esa función contribuyes a tejer una comunidad más justa. Me pareces un buen ejemplo de cómo una naturaleza reforzada por la educación amplía sus posibilidades de ser feliz y de ser útil a su comunidad y, sobre todo, de aspirar a un mayor grado de justicia. Agradezco a Henar el elogio.

Le pregunto entonces por el tejo del jardín. El tejo, con toda su carga simbólica, tengámoslo en cuenta. Está sometido como si fuera un seto. Se le han aplicado las normas del arte topiario. A mí me da pena aunque haya a quien le guste porque es la única manera de poder tener un tejo dentro.

¿Quién decide cuál es la naturaleza del tejo? ¿Gana quien juega mejor o quien decide a qué se juega? Son preguntas que persisten en mí.

Buena pregunta. Cada semestre alguien acaba haciéndosela a Platón ¿Quién decide cuál es la naturaleza de cada quién?, ¿quién tiene el ojo para descubrir (no para decidir: para descubrir, remarca Henar) la gerencia de un ser humano? Me gustaría poder responder que se sabe desde los tres años: el tramposo, el mentiroso, el honesto... Pero me temo que no hay respuesta más allá de la actitud filosófica de la que hablábamos.

Saco a colación el "Espíritu Valdecilla". Representa la idea de hacer lo que haya que hacer superando cualquier dificultad, o al menos intentarlo. En mi opinión, los jardines son su mejor encarnadura. Quizá la clave, digo, esté en el contexto, en este caso la institución. Que sea la institución la que fije las reglas del juego.

Henar asegura que siempre hubo "guardianes de los signos", aquellos en los que recae el control del significado de los signos. Los que detentan el poder, como recuerda Humpty Dumpty en Alicia. Son el dios, el héroe, el adivino, el médico y el pontifex, enumera. Pero si a mí me dieran a elegir, me quedaría con los poetas, concluye.

La naturaleza, que ya no es natural, sino que está modificada por nuestra especie, es antrópica. Vuestro seto de tejo lo ejemplifica, dice. ¿Qué ha ganado con ello, el ser humano? El tenerlo dentro, bien dices, Mario. 

El estar también sometido,

como nosotros, 

añado.

¿Quién es más protagonista, planteo, el ave que esconde bellotas que se le olvida desenterrar, haciendo así que crezca el bosque (por cierto, en el reino vegetal el crecimiento, la propagación es en círculos, que es como avanzan los incendios) o el ser humano que decide no talar el bosque? ¿El hacer o el no hacer, el facilitar o el no perjudicar?

- ¿Qué nombre recibe ese pájaro? -pregunta a su vez Henar.
- Jayu en cántabro. No sé en castellano.
- ¿Y cuál sería su polo femenino?
- La jaya, el árbol.

Henar se queda pensando. 

Me gusta esa "posibilidad generativa interespecies", dice. Me preocupo de apuntar la frase de forma literal. Me parece, la suya, una aportación muy valiosa. Henar piensa en círculos, quizá como camine o como le guste hacerlo cuando piensa. Incendia, abre claros en el bosque.

El bosque estaba antes y no nos necesita porque tiene una jaya y un jayu y ellos se compenetran en ese bioma, propone, es una relación de intimidad interespecies.

Es poner un nombre poético a las relaciones ecológicas.

Es lo que hacía Rilke.

(pausa)

En la cultura cántabra hay una potencia poética inmensa, ratifica.

¿Pero y si estamos, dado que también somos, estamos legitimados? Le pregunto.

Todo está impregnado del ser humano, desde la fosa de Mindanao a las cumbres del Himalaya, no hay naturaleza ajena a nosotros, responde. El planeta se ha antropizado y el ser humano se ha geologizado, se ha convertido en una fuerza geológica. Ya nada es solo natural. Es lo que se conoce como Antropoceno.

El problema comienza cuando concebimos la Tierra como un recurso y además infinito. Es entonces cuando perdemos legitimidad. La perdemos cuando hacemos daño, también a nosotros mismos, pues somos parte del ecosistema Tierra. Es algo que solemos olvidar.

Pregunto si existe el fin y si existe, si existe también el origen. Todo lo que es material va a existir eternamente bajo una forma u otra, responde Henar. Se acaba la forma, no la materia. La materia se eterniza a partir del cambio de la forma. A Henar le gusta depurar las ideas. La materia es eterna a través de los cambios de forma, concluye. Ya lo decían Leucipo y Demócrito, remata, como para quitar peso al asunto. Los primeros atomistas, aclara.

El problema es que el ser humano se considera distinto o separado, continúa. El concepto de "naturaleza" solo nos sirve para pensarnos separadamente. Somos naturales y culturales, pero no nos pensamos como naturaleza, sino que nos vemos como sujeto y a la Tierra como objeto que dominar. Caemos en el error cuando nos creemos sujetos dominadores. Somos una parte del todo que estamos destruyendo.

En este sentido, apunta, me interesa mucho al servicio de qué ponemos la ciencia: o del dominio, cuyo epítome es la bomba atómica, o de los cuidados, como hizo Marie Curie, que materializó su conocimiento científico en un servicio radiológico para atender a los heridos de la I Guerra Mundial. Aprovecho para decir que tenemos en la Biblioteca del año 1924 a 1934 de los Archives de l´Institut du Radium de l´Université de París et de la Fondation CurieTengo para mí que porque hubo relación con el Dr. Téllez Plasencia, que duplicó el Servicio de Fisioterapia de Valdecilla y creó el de Rayos, pionero en España, tanto que la Ministra Federica Montseny, la primera de Europa, le envió como representante de España a un congreso internacional celebrado en Chicago el año 1937. Su ponencia se centró en el ejemplo de Santander. No se divulgó en España. Se publicó años después en la revista Radiology.

Las herencias también se eligen. Es algo que me dijo el Dr. José Luis Bilbao. Está bien saber qué opciones hay. La semilla de Valdecilla se plantó el año 1929. Sus primeros diez años fueron decisivos. Ahí hay donde elegir. Todo lo que se haga en el presente tiene un precedente.

Acabo de leer Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río (Acantilado, 2008) del escritor húngaro László Krasznahorkai, último Premio Nobel de Literatura. El título revela las coordenadas que sigue el templo sintoísta donde se esconde el jardín que busca el protagonista. Las coordenadas del Hospital también estaban claras en su día: en la periferia, bien comunicado, orientado al sur, las terrazas abiertas al sol de la tarde, que era cuando los pacientes estaban más liberados de pruebas médicas, etc. El año 1999 se planteó la conveniencia de mover el Hospital (que había que rediseñarlo se sabía desde la refundación de los años setenta liderada por el Dr. López Vélez), pero finalmente se decidió mantener su emplazamiento original. Ahora está un poco más encorsetado, pero sigue sintiéndose cercano, por todo. El conocimiento es acumulativo, argumenta Henar. Hay que respetar las buenas decisiones. Si cuestionáramos todo el conocimiento que ya fue legitimado, acabaríamos siendo negacionistas, terraplanistas y antivacunas.


Postal de los antiguos pabellones de Valdecilla tomada desde la C/ Padre Rábago. La bahía de Santander al sur. Bosque de eucaliptos donde en la actualidad se levanta la Facultad de Enfermería. Entre la niebla asoma Peñacastillo.

Para la correcta construcción del templo del libro el arquitecto pasó años viviendo en el bosque de donde estaba previsto tomar los árboles. Los que habían crecido en la cumbre servirían para las partes altas, los que habían crecido en sombra, para las zonas sombrías del templo, etc. Leyéndolo me acordé de esa leyenda cabuérniga que asegura que el pueblo de Sopeña se construyó de una sola vez con los árboles que había en La Peña, encima del pueblo, la misma que le da nombre. Eso es estar en el mundo, remarca Henar, no al margen del mundo.

Sopeña:

No tomarás los nombres en vano, recuerda Henar.

Los nombres guardan la memoria, añade. Cuando se ponen bien. Seguro que los cabuérnigos eran buenos leñadores y carpinteros, pregunta, y sí, lo siguen siendo. 

Presento como prueba a favor el verbo esgandiar, que es coger del árbol lo que hace falta, no talarlo. Por ejemplo una rama combada para una viga caballar o arqueada, que es aquella sobre la que reposa el cumbri o espinazo del tejado. Pasa también con la berza, de la que se quitan las hojas que se necesitan para cocinar ese día, dejando el tueru con el resto para la próxima. Efectivamente, esa es una mirada ecológica, reclama Henar, que no esquilma y permite regenerar.

Pensaban a largo plazo y por eso siguen siendo contemporáneos.

Ideas que quedaron desplazadas en el pasado que es legítimo recuperar como alternativa sostenible en el presente. Recuperar y actualizar. Por ejemplo el espíritu concejil, esencialmente igualitario.

Si no nos auto-organizamos, nos organizan.

Belleza es que los tejados de las casas sean uniformes, como los bosques, recuerdo. Un pueblo levantado a una, como Sopeña, es un pueblo unido, bello. Además, la inclinación de los tejados es la misma que la inclinación de las laderas del monte. Se asegura así que el agua de lluvia corra o que la nieve no se acumule y hunda el tejado. Es bello y útil y es bello porque es útil.

Es lo contrario que el capitalismo, apunta Henar. El capitalismo quiere acumular y es cortoplacista. Apela a nuestro deseo, no a nuestra razón. Los vecinos de Sopeña dan tiempo al árbol, le dejan regenerarse. Por contra, el capitalismo lo agota para producir beneficio inmediato.

El capitalismo no muere, muta. Esa es su astucia, declara Henar. Ahora estamos sufriendo una multitud de crisis interconectadas (climática, ecológica, política, enumera), pero el capitalismo no desaparece. El capitalismo muta, se transforma, adopta otra forma. Debe su supervivencia a su capacidad de adaptación.

Ecología quiere decir "el conocimiento del hogar".

Economía, "las normas del hogar".

Ambas ciencias comparten una misma raíz, oikós, hogar, no son opuestas, deben caminar al mismo ritmo y en la misma dirección y sentido, no en sentidos opuestos. También hay palabra cántabra para eso: sen, añado.

Le cuento que mi madre, siempre que va alguna visita a la casa del pueblo, lo que le enseña es el jardín. Hay una jelecha que cayó de La Peña a la que tiene mucho cariño. Es jelecha porque las hojas salen de la tierra. Si salieran del tallo sería un jelechu. Tiene también un acebo escindido que somos mi hermano y yo. De uno de los troncos sale una rama que es mi sobrina.

A Henar le regalaron en Colombia una planta, un cóleo, que venía con un brote desconocido al pie. No lo quitó. Con el tiempo descubrió que era una palmera real. La dejó crecer en la maceta en el salón de su casa. Antes de dejar el país y regresar a su casa de Santander, regaló la palmera real, que ya medía más que ella. Echa en falta encontrarla en el salón al despertar, confiesa. Ya no convive con ella, solo le queda contárselo a los amigos.