martes, 1 de abril de 2025

VIRIDITAS, 29. El primer día de la primavera

El primer día de la primavera se cayó el sistema. Aproveché para hacer una breve incursión en los jardines del hospital y hacer fotos de las flores silvestres que había, no de las que plantan los jardineros, sino de las que nacen solas.


Bellis perennis y Ficaria verna.


Geranium robertianum.


Ajuga reptans.


Oxalis pes-caprae.


Trifolium pratense.


Veronica persica.


Taraxacum officinale.

viernes, 1 de noviembre de 2024

VIRIDITAS, 28. Entrevista a Antonio Santos, historiador del arte

Nos presentaron tras una conferencia que impartió en el Palacio de Festivales sobre la ópera Madama Butterflay. Intercambiamos nuestros contactos y le pedí colaboración. De resultas, un par de semanas más tarde le estaba esperando en la puerta principal del hospital, en la explanada exterior. Esta vez con tiempo. Para observar, también. Siempre me han conmovido los pacientes que entran, solos o acompañados, con sus maletas, listos para su ingreso, previsores. De repente veo a Antonio Santos cuando está solo a unos pasos, de negro, se diría caído del cielo si no luciera el sol, las gafas redondas enfocando la cara. Es doctor en Historia del Arte y profesor en la Universidad de Cantabria. Su mundo es el cine y más en particular el japonés. Acaba de publicar una monografía dedicada al cineasta Hiroshi Teshigahara que llevo en la mochila. Tengo el libro subrayado (a lápiz) de principio a fin. En cambio me falta su trabajo sobre Yasujiro Ozu, un clásico contemporáneo difícil de encontrar pese a sus varias ediciones.

Nos saludamos cordialmente y nos dirigimos a los jardines dando un rodeo para evitar los pasillos. No sabía que hubiera jardines aquí, se excusa Santos, y yo le contesto que ni él ni casi nadie, ni siquiera muchos de los propios trabajadores del hospital, por eso la importancia de iniciativas como esta.

¿Me podrías recordar en qué consiste?, pide. 

En incorporar experiencias a los jardines. Hacer de ellos espacios vividos. Le confieso que mi objetivo último es conseguir abrirlos al público para celebrar el centenario de la institución, que ese sea el principal acto conmemorativo.

Da su aprobación. También a las reglas del juego (así lo califica él): no grabo, solo tomo algunas notas, transcribo recurriendo a estas y recuerdos, fundamentalmente a estos, luego le paso el resultado y si da su visto bueno lo subo a esta página.

De camino al Edificio Enlace, que es la principal puerta de acceso a los jardines, le pregunto por la bandera de Japón. No veo el amanecer desde mi despacho pero sí su reflejo en la pared de enfrente. Traigo el recuerdo del de hoy cargado en la cabeza. Se llama hinomaru, responde. Japón es el país donde primero nace el sol.

Añade que Teshigahara admiraba a Dalí. Estuvo de visita en su casa de Port Lligat. Dalí aseguraba que era el primer lugar donde amanecía de la Península Ibérica. Incluso se había construido un artefacto con espejitos para que le despertara la primera luz del día. Dalí sentía una gran conexión con Japón. Su casa era la casa del sol naciente.

Por eso quizá estaba tan iluminado, apostilla Santos.

En Cantabria hay rubios que son "rojos". Una tía mía era "la roja" hasta que después de la guerra, por precaución, pasó a ser "la rubia". El escritor asturiano Xuan Bello refleja en Los cuarteles de la memoria circunstancias muy parecidas. Le pasa también al maíz, que al del país (el que se come, por ejemplo en forma de borona, no el actual híbrido que se destina a los animales) se le tiene por "rojo", aunque sea amarillo. La percepción de los colores es cultural. El sol en Cantabria tira a rojo, no es amarillo. Le pregunté en una ocasión a un paisano y me dijo que rojo porque es el color del sol al amanecer, el primero, el que te dice que tienes que bajar a arreglar la cuadra. Ese sol rojo es el más importante.

El sol nace en cada sitio a su tiempo.

Traspasamos la última puerta del Edificio Enlace y se abren los jardines. Le indico cuál es el pabellón de la biblioteca, el 16. 

Le pregunto por la palabra japonesa para jardín y su origen: niwa, cuyo ideograma remite al espacio amplio delante del palacio propicio para la recepción de los dioses, su pista de aterrizaje, por así decir, aclara. 

A mí niwa me parece descansar en una noción compartida con el claro en el bosque, en el origen del templo griego, que es precisamente esto, la representación de un claro en el bosque, donde vive el dios al que está dedicado el templo, rodeado de árboles, que son las columnas.

Efectivamente, concede Santos. Hay un mismo sustrato, humano.

Pero siendo nosotros naturaleza que toma consciencia de sí misma, continúo, resulta que nuestro primer acto como seres humanos es contra nosotros mismos, contra la naturaleza que nos constituye. La tala. No deja de ser contradictorio, apunto.

Santos contrarresta y dice que somos en el camino, en la mejora. Yo por ejemplo soy vegetariano, anuncia, y amante de los animales, de ahí mi repugnancia por la tauromaquia, amplía. Toda práctica artística en Japón se presenta como un progreso. La jardinería no es una excepción, concluye.

Al pie del Pabellón 16 yace el escudo que remataba la fachada del antiguo pabellón de dirección, cuyos sillares se encuentran en la actualidad enterrados en Punta Parayas. Le acompaña un cuadro de hormigón donde reposaba la basa del busto del marqués, hoy en el salón noble de la biblioteca donde se trasladó por cuestiones de conservación. Santos se detiene ante el escudo y le aplica un análisis semiótico de urgencia:

Evoca el capitel jónico. Hay también hojas de acanto. Está presente la idea de cornucopia o cuerno de la abundancia.

Soportando el escudo hay dos cabezas que recuerdan a Jano, de donde la palabra enero, el dios de las puertas, de las transiciones, porque miran para lados opuestos. Podría mirar una al mar y la otra a la montaña, propone Santos, la primera corresponder a un marino y la segunda a un minero o a un ganadero, completa. A mí me vienen a la cabeza la marquesa y el marqués, de perfiles tan contrastados, pero no lo digo. Son rostros ceñudos que denotan fatiga y concentración, sigue. Anuncian una tierra hermosa pero a la vez dura. Podría tratarse de una "vanitas".

Encuentro aquí, sigue, una conexión con la cultura japonesa y es la idea de evanescencia: todo pasa con el tiempo, todo quedará reducido a nada. Es inevitable acordarse del soneto "Vida" de José Hierro. También se oye rebullir el río de Heráclito.

Parecen caras de distinta edad, representar una la juventud y la otra pertenecer a una cara provecta, señala. Quizá sea por el efecto del tiempo: el de la climatología, interrumpo pero sin efecto. Faltaría la de la infancia, y se queda pensativo.

El propio escudo, la infancia podría ser el propio escudo o el propio espectador desprejuiciado también, se corrige.

Damos unos pasos y nos situamos ante el cuadrado de hormigón del suelo. Él rápidamente lo reconoce como una postrimería, y me preocupo de apuntar esta palabra tal cual. Todas las obras de los hombres son pasajeras, dice.

Aquí una piedra quedaría bonita, y se agacha para coger una. La sopesa, ahueca la mano y se la lleva al centro del volcán, la rescata con dos dedos y la contempla como si alumbrara. La coloca en la peana. Coge otra y hace lo mismo.

La naturaleza es nuestra maestra, dice. Hace su ejercicio en la piedra. El oficio del jardinero es reconocerla. Tiene también que decidir cómo ponerla, por ejemplo cuánto enterrar y cuánto debe asomar, y que dialogue con su entorno.

Hay tres tipos de jardines japoneses: de colinas, de estanques y de piedra. El que tiene mayor carga de profundidad es este último, sugiere.

Termina y el resultado se compone de dos elementos de tres piedras, dos tumbadas y la del medio erguida, y dos piedras, estas con musgo, más una piedra sola también cubierta de musgo, dibujando el conjunto un triángulo escaleno.

Piedras tienen que ser tres o jugar con ese número. No puede haber simetría. El tres es un número cargado de sacralidad en muchas culturas. La Trinidad, por ejemplo. Piedras unidas por lo que las separa, que puede ser niebla, agua o nada. La arena o la grava es la nada puesta en escena. Se rastrilla para que la veas. Es un código como el de las banderas que utilizan los barcos.

Ten presente que un jardín no es naturaleza, es representación de la naturaleza, es una abstracción, no es la naturaleza tal cual, recuerda.

Nos ponemos alrededor del pequeño jardín de piedra improvisado como si tras un chaparrón nos estuviéramos secando al calor de la lumbre. Se le ve satisfecho. Le hago una foto pero salen varios compañeros de fondo y no quiero comprometerles, así que no la pongo.

Nada es gratuito en la naturaleza. Quien es capaz de entender el lenguaje de las piedras es capaz de descubrir la belleza de lo aparentemente inexplicable. Son palabras que recojo de forma literal. Santos jalona la conversación con síntesis sorpresivas que deslumbran y ese es el aviso.

Propondría hacer un jardín seco aquí, dice. Sería muy atractivo tanto para pacientes como para acompañantes, visitas y trabajadores. Si os animáis, contad conmigo.

Lástima ese edificio a sur, señala. Se refiere al edificio de consultas. Le digo que estaba previsto que la carta de presentación de la ciudad fuera la línea de pabellones, que en parte por eso se conservaron, para que fueran lo primero que se viera entrando por Lamarga, pero que luego se levantó Valdecilla Sur y no pudo ser. De hecho Valdecilla Sur está pintado con la pintura de los barcos de guerra, la que los esconde a la vista en alta mar, para que se vea lo menos posible.

Expone entonces el concepto shakkei, la "vista prestada". Consiste en incorporar al jardín elementos externos, por ejemplo una montaña: Peña Cabarga, por qué no, si se pudiera, si no interrumpiera la vista Valdecilla Sur. Imagínate, reta Santos. El shakkei lleva implícito un límite, pero para traspasarle. O trascenderle.

Este efecto estético, el shakkei, cuyo fin es reconciliarse con la naturaleza, es lo que le falta a Santander, deplora Santos.

Es importante renaturalizar las ciudades, propone.

Me gusta que emplee el término renaturalizar porque entiendo que el pasado guarda soluciones útiles en la recámara. Recurrir a ellas no es retroceder, es continuar. Como dejó escrito Manuel Llano, lo bueno es siempre moderno.

Las terrazas de los pabellones responden a esta lógica de re-existencia. Se inspiran en nuestra arquitectura tradicional. Se orientan a oeste para que los pacientes puedan aprovechar el sol de la tarde tras una larga mañana de pruebas. Hoy no tienen acceso a ellas.

El hombre está incompleto sin naturaleza, dice. Estos espacios intersticiales de la arquitectura tradicional cántabra saben de ello y facilitan la interacción, apunto. Lo mismo pasa en Japón. Se aprecia en la filmografía de Ozu, añade. A mí me vienen a la cabeza y se lo digo los planos tomados por la vegetación, que incluso llega a interrumpir la visión del espectador, en la adaptación al cine de la novela Tokio Blues de Murakami dirigida por Tran Anh Hung.

La casa japonesa y la montañesa tienen un alma en común: un tejado autoportante, es decir, una estructura de madera que sostiene el tejado, que en el caso cántabro se levanta en verano (cuando se termina se pone un ramo generalmente de laurel en la cumbre) y se rodea de paredes de piedra en otoño, a cubierto. La casa cántabra viene definida por la cortina de agua que cae de los aleros. Es una definición radicalmente líquida. La casa japonesa, de lógica equivalente, viene definida por la sombra. Tampoco es un límite claramente definido.

Le conduzco al pozo vecino. Nos asomamos y se entusiasma. Pero no por lo que ve sino por lo que proyecta en él. Es un espacio oscuro y árido. Le parece el lugar ideal para un jardín seco. Le hago ver que los compañeros han ido sacando macetas con plantas, que son espacios que ya están intervenidos. Se lo sigue pareciendo. Santos apela a la armonía. En mi opinión hay que tener cuidado con los valores que subyacen en conceptos así, aparentemente blancos (el propio adjetivo que utilizo no es inocente para que sirva como testigo de cargo). El paisaje nació como género pictórico. En los primeros paisajes, los que fijaron las coordenadas de lo que es un paisaje (y de aquí por ejemplo que la noción de paisaje siempre venga cargada de cierto componente visual), en estos primeros pinitos, las, digamos, pasiones humanas estaban subordinadas a un pretendido estado natural de las cosas. La naturaleza estaba por encima de los males que afectaban a la humanidad, los naturalizaba, es decir, desactivaba cualquier crítica. Las cosas estaban bien como estaban, transmitían los paisajes, pero la realidad es que estaban bien solo para unos pocos, precisamente aquellos que podían pagar los paisajes. Estos no eran reflejo del poder, es que el poder se valía de ellos para reafirmarse. Sabiéndolo, es inevitable recelar de los valores que pueda transmitir la armonía codificada en los jardines japoneses. Por qué va a ser mejor, volviendo a nuestro caso concreto, un jardín seco que otro completamente subjetivo y asistemático, que de jardín solo tiene el deseo de serlo, si acaso, pero que a lo mejor aporta una satisfacción infinita a sus usuarios porque, se me ocurre, esta planta se la regaló su hijo el día de la madre y aquel árbol nació del corazón de una fruta que trajo para comer durante el descanso. Tienes razón, concilia Santos. Pero no olvides que el jardín japonés es un camino. Cada uno lo transita como quiere, y acompaña sus palabras con un gesto sutil de las manos.

Veo que manejas una idea del ser humano en progreso, en el fondo muy humanista, señalo. 

Claro, porque lo soy, responde.

La cultura clásica de la que procedemos quizá apelaba a la razón en la misma medida que la japonesa lo hace al espíritu, aventura. De la nada al todo los griegos y del todo a la nada los japoneses. Los primeros seguían la línea recta y los segundos la curva. Los griegos construían templos, no jardines. Los jardines europeos son herencia romana. Así la Villa Adriana en Tívoli, la Villa Jovis de Tiberio en Capri o la Domus Aurea de Nerón. Quizá los griegos trataban de domesticar la naturaleza y los romanos recrearla.

La naturaleza es nuestra fruta del conocimiento y tratamos de aprenderla (Grecia) y de aprehenderla (Roma). Santos enarca las cejas para subrayar la hache muda.

Quizá sea llegada la hora de recorrerla.

(pausa)

En este jardín hospitalario prevalecen las líneas rectas, advierte. El japonés trata de reproducir la naturaleza y para ello no utiliza escuadra ni cartabón. En el jardín de té prima el efecto sorpresa que encontramos en la naturaleza. Reproduce la naturaleza en su misma esencia. A mí estas palabras de Santos me llevan a aquella vez que me interné solo por el laberinto de caminos abiertos por los animales entre las árgumas que coronan la Sierra de Cos, más altas que yo, emocionado pero también asustado por lo que pudiera salirme al paso.

El hospital está regido por la razón. Quizá la labor de los médicos sea domesticar una naturaleza interior enmarañada, que eso sea curarnos, dice.

Desbrozar la cima para construir en ella, los griegos, en lugar de recorrer los senderos, los japoneses.

La medicina es el elogio de la luz, de la razón. Es el envés del Elogio de la sombra de Tanizaki, Mario.

Nos dirigimos a la cafetería. Seguimos uno de los caminos enlosados. No coinciden los pasos, los de ninguno de los dos, me temo que los de nadie. No parece que sigan una cadencia regular. Terminamos avanzando a saltitos. En el jardín de té los caminos buscan provocar la sorpresa. Estos caminos del hospital lo consiguen.

Damos la vuelta por las obras de los protones y nos metemos por el acceso de la última de las torres a la cafetería del hospital, en la parte de personal. Nos acomodamos en una mesa del fondo. Pronto se llena, es la hora. Ponemos el libro de pie para que se vea la cubierta. Se sostiene porque tiene más de quinientas páginas. Aprovechamos para que me lo dedique. Santos ha traído un rotulador de tinta blanca porque las páginas de respeto son negras. Leo la dedicatoria al llegar a casa. Es un poema.

Respondo ahora que estoy transcribiendo la entrevista, el reloj del ordenador de casa marca las cinco y media de la mañana, con un haiku mío:

Por fin sale el sol.
Vuelve la noche adentro.
Letra redonda.

Pedimos sendos cafés y le propongo un juego: yo le defino una serie de palabras cántabras y él me dice qué le sugieren. 

La primera es sagarréu, "alboroto", que emparenta con el asturiano sarréu, "playa con mucha piedra a la que es difícil llegar", ambas de una palabra árabe que significa "rocoso". En la playa de Portio se puede escuchar este alboroto que produce la marea arrastrando las piedras del fondo. 

Muso Soseki fue el primero en intentar evocar un río a través de piedras. Fue en el Templo del Musgo, llamado Saiho-ji. Teshigahara hizo lo mismo en el jardín que construyó en el museo de la fotografía de Tokio. Los ríos japoneses, como los cántabros, son cortos e impetuosos, lo que hace que aparezcan canchales en las orillas. 

Le digo que a estos canchales en Cantabria se les llama leras. Sirven para amortiguar las crecidas de los ríos, para mitigar sus efectos. No parece buena idea sustituirlas sistemáticamente por canalizaciones que imprimen una velocidad endiablada al agua, aumentando la peligrosidad de los ríos.

Siguiendo con la traslación cántabra de conceptos japoneses, le explico lo que son las paseras: las piedras que vas echando al lecho del río para cruzar. Las hay en La Fuentona de Ruente. Le enseño una foto y él me dice que ha estado en un sitio de Tokio igual a este.

Los ríos de piedra son representaciones que establecen conexiones poéticas entre lo mutable (todo fluye) y lo perdurable (la piedra), cierra.

Las siguientes palabras son ero y luga. Las traigo a colación porque la ceremonia del té se ha definido como un encuentro y una oportunidad. Ero significa "soy". Es una forma de construirse en el otro. Soy porque eres. Por su parte, luga significa "oportunidad". Llegó a mí en boca de una paisana que definió así un rayo de luz que pasaba entre las nubes del cielo. Más tarde me la han definido como el momento propicio para hacer algo. Probablemente emparente con la palabra lugar, que, bien mirado, también es un sitio propicio para estar.

Un claro en el bosque, por ejemplo.

Yo soy porque tú eres, repite Santos. Esto mismo lo dijo casi con tus mismas palabras Jorge Guillén en el poema "Aire nuestro III" de Cántico Espiritual. También dejó escrito "lo profundo es el aire". Este poeta está muy cerca de la concepción espiritual del jardín japonés.

Respecto a luga, el jardín japonés y en particular el seco representa la oportunidad de encontrarte con lo esencial, sin vegetación, sin árboles y hasta sin agua. La belleza de lo esencial. Suprimir antes que añadir.

Por último le propongo bita, "añico", que yo quiero relacionar con el inglés bit, "poco", y aun con beat, "latido". No es la única palabra cántabra con aire inglés. Tenemos también el verbo esticar, "pegarse", por ejemplo contra la pared, que parece familia de to stick, con el mismo significado, o ráspanu, "arándano", que parece emparentar con raspberry, "frambuesa", que en cántabro es carrambuela, a su vez en diálogo con cranberry, "arándano".

Santos explica que así como las piedras del jardín japonés no pueden estar situadas formando un triángulo equilátero, es decir, no pueden guardar una relación simétrica entre sí, la cerámica japonesa tiene que ser inestable.

Tiene que estar a punto de caerse y romperse en bitas.

La vida es así. La cerámica tiene que ser así.

Son palabras estas que me propones también en el umbral, asomadas al vacío. Las utilizaré, asegura. Me alegro, digo, porque con ellas trato de hacer algo parecido a lo que pretendo con los jardines del hospital: añadir capas de valor para hacerlas más interesantes. Dorarlas, como diría el escultor Nacho Zubelzu, aquí.

Lo que no se conoce difícilmente se puede valorar.

La cerámica se relaciona con el ikebana. A fin de cuentas, la cerámica es tierra y de la tierra nace la flor. El padre de Teshigahara fue uno de los renovadores del arte floral en Japón. De su mano, el ikebana basculó de la naturaleza al artista, de la representación de la naturaleza a la expresión del artista. Pero este cambio no se planteó como una ruptura, al contrario. El ikebana del pasado era una expresión grandemente abstracta. Este componente es el que se eligió como herencia.

La herencia también se elige, como afirma José Luis Bilbao, aquí.

La cornucopia desvelada en el antiguo escudo de la institución, por ejemplo. No parece que transmita valores que debamos reclamar como propios. Estás en lo cierto, aprueba Santos. No se trata de esquilmar, sino de proteger y hacer posible. No de someter sino de acompañar. Quizá la explotación esté en nuestra naturaleza pero hemos alcanzado tal nivel de civilización que podemos y debemos vivir con ella (convivir, puesto que nosotros también somos naturaleza, incluso estar en paz con uno mismo) sin explotarla. Los cuadros cargados de flores de distinto tiempo, la idea de superabundancia, son representaciones falsas.

Dos experiencias que expongo a Santos.

Entramos mi mujer y yo a un portal antiguo de Reinosa presidido por un maceta con una rama seca preciosa de roble. Hicimos una foto. Se la enseñamos a un amigo naturalista y aventuró el lugar donde la habían cogido, de qué bosque procedía. No solo por la rama en sí, sino por la costumbre: Villacantid, dijo. Volvimos otro día y llamamos al timbre. El vecino reinosano confirmó su procedencia. También nos dijo que se hacía así en su familia desde siempre.


Estamos esperando mi mujer y yo para comer en el pueblo de Saja. Enfrente del restaurante hay una socarrena con varios árboles en miniatura, casi todos hayas. Tuvimos la tremenda suerte de encontrar al dueño. 

Los lleva haciendo desde niño, hace más de cincuenta años. Es la edad de alguno de estos árboles, que él llama arbolucos chicos. Incluso reproduce el efecto del viento utilizando pequeñas cuerdas o jaretos para imprimir la forma precisa. Es la misma técnica empleada para mantener las varas de la huerta en pie o, más recientemente, los eucaliptos recién plantados que crecen muy rápido y se doblan: los atan a los que se mantienen firmes para que le ayuden.


En mi casa siempre se dijo que había que ir al ritmo del más lento. Me parece un valor antiguo que tiene buena aplicación en el presente.

El pasado entendido como repositorio de soluciones viables frente a retos del presente, trato de formular. Santos acuña la siguiente sentencia: el cambio basado en la permanencia.

Durante la pandemia se secaron todas las hortensias de las dos terrazas de la biblioteca por falta de riego. Me dio mucha pena, eran hortensias muy hermosas. Seguramente antiguas, también. Tengo la idea de plantar en su lugar varias plantas relacionadas con el paisaje de Cantabria entendido en sentido amplio: las flores favoritas de Gerardo Diego (para lo que he preguntado a Andrea Puente, directora de la Fundación Gerardo Diego), que eran las clavelinas, las de Pereda, que tenía jardín, o plantas con una carga estética aún por explorar, como las pipas (Ranunculus ficaria) o las rucieras (Molinia caerulea), que me presentó Raúl Molleda, aquí. Le pedí asesoramiento al responsable de los jardines del hospital y ya me ha traído una aceba que es hija de la que hay en el terreno del pabellón de dirección, tan antigua como el mismo hospital. Pretendo con estas plantas abrir conductos en el tiempo, tal y como propone la escritora Olivia Laing, indagar en el pasado para buscar versiones positivas que puedan ser vitales en el futuro. No voy a recuperar las hortensias pero sí su espíritu. Esta es la esencia misma de los jardines del hospital: las ideas que explican las cosas.

Entramos entonces de lleno en la definición del conocido como "Espíritu Valdecilla". Es estar dispuesto al cambio para asegurar la adaptación a un entorno cambiante, trato de sintetizar.

Para los japoneses, apostilla Santos, solo es real lo que cambia. Estar dispuesto a cambiar es condición para el ser.

Decía Picasso que hay que mirar a los orígenes para renovarse, dice Santos.

Hubo un tiempo en que seguramente fuera necesario talar. Ahora es llegado el momento de repoblar, concluye.

Se nos ha hecho tarde. Él va andando a todas partes. Vive lejos. Le da igual. Le acompaño hasta Cuatro Caminos. Me recomienda ver Dersu Uzala de Akira Kurosawa. La vi de pequeño. No me acordaba.

VIRIDITAS, 27. La alondra

A mediados de septiembre celebramos en el hospital un homenaje al escritor Álvaro Pombo. Su por entonces última novela, titulada Santander, 1936, respondía a unas coordenadas también importantes para nuestro hospital, por eso le invitamos, por eso y porque su trayectoria nos parecía coherente y valiosa. Enmarcamos el homenaje en una jornada titulada Escritura y Salud que presentamos como primera edición, en previsión de nuevas ediciones, nuevos autores, nuevas oportunidades para estrechar relaciones con nuestro entorno cultural.

Álvaro Pombo se mostró encantado. En sus palabras de agradecimiento dijo: "Estamos en un territorio esforzado. Valdecilla es un territorio espiritual, material esforzado." Esta correspondencia entre las ideas y su manifestación, entre lo que se piensa y se hace, es efectivamente uno de nuestros pilares.

Fue una jornada larga. Fue un día de pleamar y luna llena. Álvaro Pombo añadió en su discurso que le hacía mucha ilusión volver a Santander "para ver su paisaje maravilloso, el de la pleamar, hoy hay pleamar, es la pleamar, es como la luz eterna, la pleamar es la luz eterna y celeste."

En días así se ve pasar a las alondras que vienen por la mar buscando el sur. Son pájaros que si pasan cerca, por ejemplo en la cima de un monte, la alondra y tú, te envuelven, te arropan con su canto.

La compañía, el músculo.

martes, 1 de octubre de 2024

VIRIDITAS, 26. Entrevista a Alexandra García, galerista

La galerista Alexandra García está de camino. Me escribe porque no recuerda en qué hall del Hospital hemos quedado, si en el de Valdecilla Sur o en el del Edificio 2 de Noviembre. En el de los cuadros grandes, confirmo por WhatsApp. Llego, responde. Estoy salvando la estrechez que hay entre el hall y los ascensores, ese embudo, cuando la veo. Ha llegado antes que yo. También me ve ella antes. Cuando la reconozco, alta y sonriente, con pose de bailarina ante el espejo, el brazo en alto saludando, estamos ya a la distancia de un abrazo que nos damos y dos besos.

Nos detenemos ante el cuadro de Eduardo Gruber que preside el hall. Este iba a ser de otro modo, con varias columnas en medio, interrumpiendo la mirada sobre su obra e incluso el tránsito y Eduardo logró cambiarlo. Es como esos parques en los que la gente pasa por un sitio distinto al previsto, el césped descarnado, y finalmente el responsable se doblega y habilita esa zona de paso que ha ido abriendo la gente. También dedicamos unos minutos al mural de metal de Carlos Ferreira (es una atribución mía) recuperado de la antigua Residencia Cantabria. Lo extrajimos de la pared donde estaba encastrado, lo bajamos gracias a Ferrovial y lo posamos donde está. Tenía una pátina muy bonita de color parecido al del cielo de hoy pero las limpiadoras lo frotaron con estropajos metálicos y ahora reluce. Estoy seguro que nunca hizo tan bueno.

Llueve, cogemos el pasillo de las tres torres para ir a la cafetería del fondo. De camino vamos posando nuestras miradas y palabras de paso sobre el conjunto escultórico de Eloy Velázquez, las obras de Orallo, Arancha Goyeneche, Faustino Cuevas... No es obra en propiedad, sino cedida por los artistas. Es una propuesta interesante, concede Alexandra, pero ella echa de menos la mediación de las galerías. No le falta razón. Si se entra en personalismos se corre el riesgo de que parezca un intercambio de favores, y nada más lejos de nuestra intención. Es mejor seguir criterios profesionales. Me lo apunto y no solo para ponerlo aquí sino también para tratar de corregirlo porque yo fui uno de los impulsores y parte de responsabilidad tengo.

Hay una mesa libre junto al ventanal que asoma a las obras de los protones, nos sentamos y yo he olvidado el azúcar así que vuelvo a la barra a por un sobre. Me encuentro entonces con dos compañeras que conozco por haber impartido formación en su Servicio y por haber sido paciente suyo, son de Rehabilitación, les explico qué estoy haciendo y ellas me preguntan que de qué jardines estoy hablando. Hay una sima ahí. Vuelvo con Alexandra a que nos ayude a sortearla.

Me pregunta por Viriditas y le explico que la idea es conversar con gente interesante paseando por los jardines sobre temas que no tengan que ver necesariamente con jardines pero sí que tomen a estos como punto de partida con el objetivo de incorporar vivencias a los mismos. Los lugares son espacios vividos. Esto es lo que pretendemos, digo: enriquecer la condición de lugar de nuestros jardines. Las entrevistas no se graban, las rememoro yo más tarde apoyándome en notas que he ido tomando y las subo a internet previo visto bueno del entrevistado.

Me repite la idea con sus palabras para asegurar que estamos en sintonía y sí. Alexandra utiliza la expresión "experienciar el lugar", que me encanta. También "espacios de vida". En este sentido, identifica tres necesidades: la de los pacientes (pediátricos, psiquiátricos o en rehabilitación, por ejemplo), la de los profesionales sanitarios y la de los acompañantes, la de los cuidadores. Quizá habría que ir abriendo paso a la idea de hacer de estos jardines unos jardines públicos, señalo. Contemplar una cuarta necesidad, la del conjunto de la sociedad, añado. Es una idea arriesgada pero quizá podamos aprovechar la oportunidad del centenario para intentarlo. Sería una muy buena forma de devolver parte de lo que la sociedad nos da. Se llama reciprocidad social. Es una fórmula de responsabilidad social corporativa que creo encaja con nuestro espíritu.

Le pregunto lo primero por su "espacio creativo". Alexandra lo abrió en Santander al volver de Berlín, tras una estancia de estudios. No fue inmediato, primero trabajó dando clase, luego abrió su propia escuela de arte, se le quedó pequeña, encima de donde había llevado su tesina a encuadernar había un local disponible, se hizo con él y probó con una fórmula entonces inédita, que era combinar escuela, estudio y galería. Dieciséis años después se puede decir que sigue siendo una fórmula de éxito. 

En Berlín se interesó por la noción de espacio público, o mejor, por cómo se hace público el espacio, concepto que orilla con el de lugar. En Berlín di mucha importancia a la construcción consciente de rutinas, dice, y pone como ejemplo los trayectos. Cuando hablamos por teléfono para quedar, recuerda, me despisté y terminé en otro sitio al que suelo ir pero que no era al que quería llegar. Le devuelvo la confidencia contándole que durante una temporada viví en el mismo barrio que mis padres y que tras mudarme (sigo viviendo cerca) un día de visita saqué al perro que tenían y me dejé llevar, que me condujera donde quisiera, y resulta que fue a mi antiguo portal. Se ve que el perro conservaba la rutina de cuando éramos vecinos. Fuimos como esas personas que llegan sin saber cómo a su trabajo, yo mismo cada mañana, por ejemplo.

Somos en lo que nos rodea. El entorno te modifica y tú al entorno. Es importante ser conscientes de esta relación bidireccional porque te permite introducir cambios a un lado y a otro y mejorar, reflexiona Alexandra. Puedes vivir a oscuras, sin darte cuenta, o prestando atención. Los paseos como práctica artística son una muy buena forma de ir encendiendo las luces.

El situacionismo me influyó mucho en aquella época y quedó el poso, continúa. Mientras, yo permanezco lo más mirando hacia la libreta donde tomo notas, el café a un lado para que no moleste. Se toca con el té que se ha pedido ella. Gesticula al hablar y se descuelgan sus manos por mi campo de visión como ropa tendida un día de viento sur. Está en orden pero es un vendaval. Me pone sobre la pista del sociólogo Chombart de Lauwe. Estudió durante un año los trayectos de una estudiante del distrito XVI de París. Resulta que su vida estaba circunscrita a un triángulo. Me viene a la memoria la talla de un triángulo que descubrí en la cima de la Sierra de Cos. No hay nada alrededor que se le parezca. El triángulo estaba dentro de la cabeza del que lo talló en la roca, lo mismo que los itinerarios de la estudiante parisina.

Alexandra vive en el centro de Santander. Su piso tiene patio. No lo llama jardín. No lo es, asegura. No lo es porque no lo cuida, se justifica. Pero quizá le pase como a las compañeras de Rehabilitación y le falte verlo con intención, mirarlo. Tiene alegrías que planta y le saltan al suelo, por donde se prodigan. Su abuela siempre tenía alegrías en casa. Alexandra planta hortensias por ella y porque se dan bien. Son de color rosa. Le nacen kalanchoes que sospecha procedan del mercado vecino. Yo le digo que las plantas se van diseminando en corros, que es como avanza el fuego. Cuando compró el piso con el patio taló unos saúcos que había porque las raíces son malas.

Le gusta que desde dentro de casa se vea verde.

Ese gusto lo relaciona con la vida natural, así lo expresa, que tuvo de pequeña en Cieza. En mi casa el adjetivo natural se emplea para los días apacibles, pero no lo digo. Tampoco que entre marineros la mar bella es cuando está sosegada. Se me hace una expresión pareja a día natural. Lo sé siendo yo montañés porque me lo contaron en una de las pescaderías del mercado donde venden kalanchoes.

Le pregunto por algunos de los artistas de su galería. Vicky Kylander, por ejemplo. Me interesa la noción de repetición que maneja esta artista porque la entiende como la mejor vía de acceso a la novedad, pues es imposible repetir nada igual, siempre hay algo nuevo. Me interesa porque de alguna manera enlaza con mi idea de jardines como esencia del Hospital. Están con nosotros desde la fundación, hace casi un siglo. Han tenido muchos avatares, como el mismo Hospital, que nació como Casa de Salud Valdecilla y hoy es Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. Pero no por eso han dejado de ser los mismos, ni los jardines ni el Hospital, al contrario, lo han seguido siendo precisamente porque han tenido la capacidad de adaptarse al cambio. Esa creo que es nuestra esencia, concluyo. Cambiar para poder seguir haciéndolo.

La propia naturaleza se renueva, efectivamente, me acompaña Alexandra. En las plantas de mi patio lo veo. Cada estación es la misma pero distinta. En el Hospital se reproducen estos mismos ciclos. Se muere, se nace.

Traigo aquí un poema de John Berger:

Cuando abro la cartera 
para enseñar el carnet
y pagar algo
o para consultar el horario de trenes
te miro.

El polen de la flor
es más antiguo que las montañas
Aravis es joven
para ser una montaña.

Los óvulos de la flor 
seguirán desgranándose
cuando Aravis, ya vieja,
no sea más que una colina.

La flor en el corazón
de la cartera, la fuerza
de lo que vive en nosotros
sobrevive a la montaña.

Tan importante como la cosa es la idea que explica la cosa. El Espíritu Valdecilla recorre el Hospital. No es idealismo, es esperanza: perviviendo la idea nada estará perdido.

Enseño a Alexandra una palabra de mi familia: jimen, con una aspiración al principio que represento como jota, con el significado de esencia. Es bonito que una palabra así se haya conservado, dice. Es bonito por todo lo que ha hecho posible que llegue a nosotros, aunque sea de forma tan tenue.

Otro artista que me interesa es Rui Horta Pereira, continúo. Él trabaja con el sol y yo creía que con la noción de espontaneidad pero Alexandra me corrige. El artista establece digamos un marco de posibilidad donde deja que el sol haga, aclara. El sol es en definitiva un blanqueante, informa. De ahí que la ropa blanca se tienda al sol además de para secarla para blanquearla, mejor extendida sobre la hierba, donde está más expuesta, además de impregnarse de olor rico, Mario. Los tiempos de exposición que aplica Rui son muy largos, de meses. La interrumpo para decirle que hay una palabra montañesa, despaciu, que significa tener tiempo para hacer algo pero que curiosamente no pertenece al campo semántico tiempo sino que se relaciona con el espacio. Es un cruce de coordenadas espaciotemporales que a mí se me hace difícil de entender. Ella retoma la palabra para decirme que a sus alumnos les explica que hay que coger distancia en el tiempo pero también en el espacio respecto a su obra, que hay que tomar distancia para coger perspectiva pero también distancia en el tiempo porque dentro de dos días tú serás distinto, mejor dicho, serás el mismo pero estarás de otra forma.

Volviendo a Rui, enlazo yo, recuerdo una vez en el pueblo cabuérnigo de Viaña que fui con mi pareja a probar las peras de un árbol famoso en el valle por ser muy dulce y preguntando, terminamos con todo el pueblo al atardecer reunido en corro. Fue para mí un acto civilizatorio que me ha ayudado a diseñar muchas comidas de trabajo y reuniones en el Hospital. Estábamos todos reunidos en Viaña repartiéndonos la palabra como se reparten las avellanas, de una en una, con respeto, cuando un vecino contó que el monte conocido como Picu´l Dorru se llama así porque es el primer monte que ilumina el sol. Nace en Picu´l Dorru y se pone en La Piedra. El sol en Viaña sigue un itinerario predecible, una rutina. Ese es el escenario mental, concede Alexandra. Rui lo que pretende es alumbrar el itinerario del sol, concluye.

Me explica entonces el concepto de proxemia, la relación de las personas con los espacios. Trae a colación a Eduard T. Hall, Abraham Moles y Elisabeth Rohmer. Como nos ha enseñado internet, son tan importantes las relaciones entre las cosas como las propias cosas.

Estíbaliz Sádaba, otra de las artistas que ha expuesto en su galería, calca en el cuerpo de mujeres elementos arquitectónicos presentes en el espacio público, muchos tomados de la obra de Giotto. Es una forma de visibilizar la subalternidad de las mujeres. Recuerdo que desarrollando el recurso electrónico "Con Ciencia de Mujer", dedicado a mujeres científicas españolas, me di cuenta que no es que estén ausentes por olvido o falta de interés, es que en muchos casos no están, literal, se las apartó de forma activa. Un caso paradigmático es el de Dorotea Barnés, Catedrática de Física y Química, cuyo esposo la obligó a abandonar su carrera y quedarse en casa.

Reclamar tu lugar es importante, asegura Alexandra. Hay que mantener los jardines porque si no se desbocan. Vivo aquí, acoto esto, te dejo tu espacio pero no entres en el mío porque lo necesito. Es un ejercicio de vida, me convence.

Son espacios de intersección, añado. En este sentido emparentan con los balcones, trato de relacionar. En Cantabria son muy importantes. Es la intimidad puesta en escena. Se ve por ejemplo en la colada, que se tiende siguiendo un protocolo muy estudiado: por color, tamaño, etc. Son espacios intersticiales. Por eso quizá también el gusto por poner en ellos plantas, geranios sobre todo. Los antiguos pabellones, de estilo neomontañés, presentan grandes terrazas destinadas en origen a que los pacientes tomaran baños de sol, eran una prolongación de las habitaciones. Hoy están reservados para los trabajadores del Hospital. En ellos sigue habiendo plantas.

Oigo a un petirrojo piar. Una de las hojas del ventanal está un poco abierta. El viento la hace temblar. En el Apocalipsis de San Juan se habla del oro puro como cristal pulido pero yo creo que sería mejor traducirlo como cristal puro. La luz dorada del sol pasa por el cristal y purifica el interior. El oro puro es símbolo de esta pureza. En Cabuérniga había familias que ponían su oro, poco o mucho, sería poco, al sol, poco o mucho, más bien poco. Era innecesario porque el sol no lo ennegrece, a diferencia de lo que ocurre con la plata y el cobre. Yo creo que esta costumbre es reminiscencia de antiguos ritos de purificación. O de demostración de poder, aduce Alexandra. De fronteo, que se dice ahora. El caso es que mi familia lo hacía, continúo yo, y que donde se posaban las monedas de oro ahora posamos las pinzas para el tendal del balcón. Reímos, se abren las nubes pero es demasiado tarde para bajar a los jardines así que seguimos aquí.

Ochoa a mí me parece que trabaja con una idea de futuro sin nosotros muy inquietante. Me toma la palabra Alexandra y dice que a Ochoa le gusta viajar a la punta del mundo, así dice. Desde allí se asoma a lo que está por venir. Ambos coincidimos en la necesidad de las utopías. El derecho a la esperanza, acuña ella. Saber que el ciclo se reproducirá. Creer en ello para hacerlo posible.

Alexandra estudió en el País Vasco. Ella reconoce cierto orgullo colectivo que aquí echa en falta. Lo echamos en falta ambos pero soy yo el que habla de desposesión. Hace poco se ha descubierto la palabra pasiega lurria, "suciedad". Emparenta con la palabra vasca lurra, "tierra". No es que el pasiego lurria sea una palabra de origen vasco, es que tanto la palabra pasiega como la vasca pertenecen a un mismo sustrato prerromano, arguyo. La diferencia estriba en el significado que han acabado teniendo, negativo el pasiego y positivo el vasco. El signo es importante. El cambio es inevitable, pero no su signo, completa Alexandra.

Las palabras son huellas de nuestras ideas. Hay que cuidar el jardín interior. Luego las plantas saltan la tapia que es el cráneo y se diseminan fuera.

Desde dentro de casa veo el patio y me hace sentir más en casa, dice.

Le pregunto y de nuevo recurre a su infancia en Cieza para explicármelo. El marcu de su pueblo es CZ. Lo llevan grabado los campanos de los animales que suben a los puertos en primavera. El monte se llena entonces de sus voces. Los pueblos cántabros no solo son el núcleo de población. Los pueblos cántabros se proyectan en los espacios comunales de su entorno. Son lugares llenos de signos que solo sabes decodificar si estás entrenado, como los seles, lugares donde pernocta el ganado que no presentan ninguna marca visible, ni muro ni cierre de seto, están en abertal. Sabes que están porque lo sabes. También Alexandra sabe de su vínculo con la naturaleza porque lo sabe.

"Tu lugar te hace", anoto:


Le suena la alarma del móvil. Tiene que marcharse. Recogemos la mesa y la acompaño a la puerta del aparcamiento subterráneo. Dejo que entre sola. Han dado el Premio Nacional de Poesía 2024 a Chus Pato. Me viene a la memoria un verso suyo: "naturaleza, esta, la única que puedo reconocer".

VIRIDITAS, 25. El saúco

Los primeros planos del Hospital Valdecilla son del año 1918 y los firma Eloy Martínez del Valle. La fecha es muy significativa. Coincide con la mal llamada gripe española. En parte el Hospital es una reacción a esta crisis. Tendrían que pasar más de diez años para que se terminaran las obras. El arquitecto responsable fue otro, el también cántabro Gonzalo Bringas. 

El complejo hospitalario estaba presidido por un pabellón central cuya fachada de sillería estaba coronada por un reloj. Por eso a este pabellón se le conocía así, como el pabellón "del reloj". Hoy este reloj está rematando el ayuntamiento de Valderredible. Le fue regalado como agradecimiento por la donación que hacía periódicamente de patatas. Es en este pabellón "del reloj" donde se encontraba Dirección, hoy en el 21, y también la Biblioteca Marquesa de Pelayo, en el 16.

Cuando en los años setenta los pabellones empezaron a ser sustituidos por otros edificios que a su vez serían sustituidos en los dos mil, donde actualmente están las tres torres, los sillares de la fachada fueron numerados y trasladados a Punta Parayas, donde se enterraron para asegurar, se adujo, su conservación. 

Los he visto. Faltan muchos, se reconocen en paredes del entorno, reutilizados. Los que quedan forman un montículo cubierto de vegetación. Nacen árboles encima, sobre todo saúcos.

El saúco o sabugu se utilizaba para hacer pequeñas flautas llamadas chiflas. Se cortaba un pedazo de rama de aproximadamente un palmo o un poco menos, se golpeaba mientras se cantaba una canción que pedía al padre que comprara pan para dios y borona para el resto, esa era la medida de tiempo, y se quitaba la corteza, que con los golpes se había desprendido de la médula. Se hacía entonces un corte en el pan o médula esponjosa de la rama, el correspondiente a la boquilla, se restituía la corteza, se practicaba un corte que coincidiera con el de dentro y ya estaba. 

Tanto saúco como sabugu emparentan etimológicamente con sambuca, que da nombre al instrumento musical grecolatino hecho con su madera. Tanto el árbol como, por extensión, el sonido de la sambuca se tenían por medicinales. No por casualidad, la flauta mágica de la ópera de Mozart es de saúco.

El viento otoñal que se dice de las castañas meciendo las ramas de los saúcos que crecen encima de los antiguos sillares:

el primer aliento.

domingo, 1 de septiembre de 2024

VIRIDITAS, 24. Entrevista a Álvaro de la Hoz, cineasta

Entré a una de las cafeterías aledañas al hospital y encontré a Álvaro de la Hoz trabajando en una mesa del fondo. Saludé y busqué otra mesa para mí. Yo también perseguía tomar unas notas en calma. Buscando con qué en la mochila topé con una bolsita de galletas de avellana. De mi madre, son con las que ella acompaña el café. De vez en cuando me da. El sabor de la avellana y del café casa bien. Terminado café y tarea, envolví unas pocas de estas galletas en una servilleta de papel, até los cuatro picos someramente y puse el paquetito encima de la mesa de Álvaro al tiempo que me despedía. Le dije "para ti". Él miró con sorpresa primero y luego, al comprender, agradecido. Por el gesto, más que por las galletas en sí.

Hemos quedado a mediodía en el hall del hospital. Coincidimos días atrás en la puerta de una librería y quedamos así. Fuera está lloviendo. Él está esperándome fuera. Yo he bajado del despacho un paraguas pero es pequeño y por dentro está forrado de una tela plateada, parece papel albal, para el sol. Da igual que el paraguas no sea para la lluvia y que cale porque tampoco nos tapa a los dos. Él ni siquiera va abrigado. Le digo de tomar un café y acepta. Nos dirigimos sin que haga falta decirlo a la misma cafetería de la última vez, la de las galletas de avellana.

Álvaro de la Hoz es una de las figuras más destacadas de la generación de cineastas cántabros que sucede a la de Mario Camus y Manuel Gutiérrez Aragón. Su largometraje Hazlo por mí (2022), rodado en los Montes de Pas, está a la altura de Los días del pasado (1978) de Mario Camus, rodado en Cabuérniga, o de La vida que te espera (2004) de Manuel Gutiérrez Aragón, también rodado en el Pas. Me interesa la mirada que Álvaro de la Hoz posa en Cantabria, que posa pero no descansa.

Varios de sus cortometrajes se encuentran disponibles en distintas plataformas de internet. Me ha llamado la atención que muchos carezcan de diálogo. Le pregunto lo primero por este silencio y responde que es así desde 2015. Me harté de las palabras, y me preocupo de apuntar esta frase literal.

Los diálogos suelen copar los guiones. Sin embargo, los guiones de Álvaro no tienen diálogos. A pesar de ello, son muy literarios. Está escribiendo incluso de más, confiesa. En un guion no tiene cabida lo que no se ve. Pero en sus guiones sí. Incorpora incluso lo que están pensando los personajes. No hay palabras pero sí pensamientos que podrían haber sido expresados con palabras pero no, Álvaro espera que los actores desplieguen otros recursos.

Yo en las clases de formación de usuarios explico que si buscamos en las bases de datos con nuestras palabras muchos de los resultados que obtengamos no van a valer. Esto es así porque las máquinas desconfían de lo que nosotros consideramos riqueza del lenguaje, por ejemplo de una palabra con varios significados o de varias palabras con el mismo significado. Desconfían y como resultado ofrecen resultados que no son pertinentes pero que los ofrecen igual por si acaso. Para corregir este problema que puede condicionar y mucho una búsqueda, tanto como para invalidarla, hay que buscar no con nuestras palabras, por muy buenas que sean o las creamos, sino meternos dentro de la máquina y seleccionar el descriptor con que la máquina representa nuestra necesidad de información. Haciéndolo así aseguramos que la máquina va a devolver los resultados que correspondan a nuestra idea. En resumen, en mis clases presento las palabras como huellas de ideas y animo a buscar ideas mediante descriptores, no palabras.

Tratando de esquematizar procesos, podría decirse que Álvaro es el responsable de definir el lenguaje de interrogación, que es el guion, el actor el que busca y el personaje los resultados obtenidos. No hay tanta diferencia entre la labor de Álvaro y la mía al frente de la biblioteca, pienso.

Este cambio de guion en la obra de Álvaro se produjo a raíz del cortometraje titulado Fuego (2015).


La actriz es cántabra. Venía de hacerse una sesión de fotos. La encontramos rápido, dice. Es muy buena dando cuerpo a lo que queríamos que transmitiera. Está grabado en un eucaliptal de Escobedo. Obviamente la chica es una personificación del fuego. Quisimos que no se mostrara arrepentida, que no mostrara remordimientos.

Es como si la hubiéramos sorprendido pero a ella le diera igual porque ella es así, y eso es lo que nos está diciendo.

Se me terminaron las palabras aquí, concluye.

Yo no puedo dejar de relacionar este cortometraje, le digo, con las quemas que se producen en nuestros montes aprovechando las suradas de finales de invierno y principios de primavera. No son incendios al uso, al uso de otras latitudes, quiero decir. Es una práctica ganadera milenaria. Pero se han convertido en un problema. Es sobre todo de comunicación: de escucha por parte de las autoridades y de confianza por parte de los ganaderos. Falta mediación. La industria cultural, que se llama, tendría que estar ahí trabajando. Estamos de acuerdo en eso.

Son fáciles de ver estas quemas al otro lado de la bahía, en los montes que quiebran la línea del horizonte. Son columnas de humo que se levantan a lo lejos, y el olor que no tarda en llegar. Los santanderinos aprovechamos los días de viento sur para hacer coladas grandes porque la ropa seca antes. Pero hay que tener cuidado con el olor a humo. Si huele hay que quitar rápido la ropa.

Esos montes laboriosos del fondo, como Álvaro en la cafetería, son los Montes de Pas. Álvaro ha rodado muchas veces allí. El paisaje pasiego es silencioso. Álvaro también. Pero cuando habla mueve las manos como si estuviera impulsando las corrientes que recorren las cimas y la alondra estuviera subido a ellas. En 2022 presentó el largometraje Hazlo por mí en el Palacio de Festivales cosechando un sonoro éxito.


El paisaje pasiego es silencioso pero lo es más en comparación con el montañés. Los pasiegos acompañan su ganado de cabaña en cabaña, subiendo cuando despunta el buen tiempo y bajando cuando acecha el frío. Lo hacen de forma escalonada, siguiendo la floración, desde el fondo de valle hasta las cumbres y luego vuelta. No hace falta que sus vacas lleven campanu porque, pequeñas y rojas, no las pierden de vista. Es un tipo de ganadería intensiva. En La Montaña, por ejemplo en Cabuérniga, es lo contrario. Es de tipo extensivo. El ganado de la comunidad sube al monte en una fecha determinada y baja transcurridos los meses cálidos, en bloque. En los puertos (por ejemplo Sejos) permanece al cuidado, si acaso, de un pastor. En tiempos más recientes son los propios ganaderos los que suben de vez en cuando en todoterreno. El paisaje montañés es ruidoso porque las vacas llevan campanos que ayudan a localizarlas. Cada campanu posee su propia voz para, además de localizarlas, identificarlas.

La subida a los puertos viene marcada por el lirón o narciso y la bajada por la quitamiriendas (Colchicum montanum). Tendríamos que aprovechar la carga emocional de estas dos plantas, estoy convencido de ello.

Este movimiento vertical de ganado, tanto el pasiego como el montañés, que responde a una lógica intensiva uno y extensiva el otro, se llama en Cantabria muda. La muda es un tipo de trastermitancia o trashumancia de corto recorrido que la UNESCO ha reconocido recientemente como Patrimonio de la Humanidad, aunque en Cantabria falte información. Lo mismo pasa con la técnica de piedra en seco (los morios y bellares cabuérnigos o las paredes de las viñucas santanderinas, por ejemplo) y otras manifestaciones culturales cántabras menospreciadas.

El paisaje se puede definir como resultado de unas coordenadas espaciales habitadas. El paisaje pasiego es silencioso porque el pasiego también lo es. Álvaro defiende que porque los pasiegos son tímidos, como él, y cuenta de una vez que estaba en el supermercado de Selaya haciendo la compra para el equipo de rodaje de Hazlo por mí y le pareció ver a un vecino al que había grabado anteriormente para otro trabajo. Se decide a decirle algo, le para y le pregunta si no será vecino de San Pedro del Romeral:

Sí, responde el señor.
¿No será usted del barrio de Bustalegín?
Sí.
¿No le habrán grabado a usted para una película hace unos años?
Sí.
¿Y no será usted Lolo?
¡Ese es mi nombre!, exclamó. Ya te veía yo y me parecía que eras uno de esos que estuvieron aquí grabando, reconoce finalmente Lolo. Así son los pasiegos, completa Álvaro: están pendientes de lo que tú puedas llegar a pensar, de tu opinión.

Como cuando nace un ternero en el monte y la vaca, desconfiada, trata de despistarte para que no lo encuentres, digo.

Le refiero el caso de una señora que conocí en un trabajo de campo realizado para la UIMP en uno de los municipios pasiegos, que la encontré pasado un tiempo en la Primera Alameda y me pidió disculpas por pararme y saludarme porque sabía que en la ciudad no nos parábamos ni para saludar. 

A mí me parece, Álvaro, continúo, que además de timidez el característico silencio pasiego se debe a la condición pasiega de cultura subalterna. 

La subalternidad es una etiqueta que se pone desde fuera. No es algo que emane de la cultura afectada, no es connatural a nada. Hay quien dibuja una línea y dice desde aquí para allá, fuera. Curiosamente quien traza esta línea pone buen cuidado en quedarse él dentro. En este caso los pasiegos se han quedado del otro lado, del lado malo. Pero no por su culpa sino por una decisión a buen seguro interesada de quien ha trazado la línea que les ha excluido.

La excepcionalidad pasiega, sin duda una riqueza, ha servido como excusa para apartarles.

Su potencia da miedo, eso es lo que ha pasado.

No se les reconoce como lo que son, continúo, no aceptamos su condición trashumante porque de hacerlo sería muy difícil de gestionar. Si queréis servicios, bajad al pueblo, se les presiona. Si queréis agua, luz, carreteras..., bajad. Esto no puede seguir siendo así, reclamo.

Llegados a este punto es incluso necesario reivindicar su derecho a seguir siendo, añado, algo tan básico como eso.

Yo este estado de malestar que describes lo viví rodando Cuando yo me haya ido, Mario. En esta peli, sigue Álvaro, se ve cómo los niños tienen que recorrer kilómetros andando para ir a la escuela. Son niños de San Pedro del Romeral. Del otro lado de la bahía. Cuando la estrenamos la gente no se lo creía (yo recuerdo que fui a verla con el que había sido Jefe de Inspección en Educación y casi se echa a llorar). Son escenas largas para transmitir esa sensación de esfuerzo desmedido.

No es pobreza, es olvido.

(silencio)

Es en este documental donde tenéis que subtitular a un niño porque se suelta y se pone a hablar en pasiego, ¿verdad?

Sí. 

En mi familia conservamos una palabra: gutu, que es quedarse en silencio. Pero se sobreentiende que porque conviene. Desde mi vida de hoy no sé en qué contextos convendría quedarse antiguamente callado o no sé en qué contextos convendría tanto como para que se conserve una palabra tan antigua durante tantas generaciones, le digo a Álvaro.

Probablemente también tenga que ver con las culturas subalternas que decías antes, Mario, contesta él.

Probablemente, sí, le doy la razón. En cualquier caso, hoy puedo imaginarme a mí mismo respondiendo confiado ante situaciones que hicieron callar a mis abuelos pero bien que callo ante situaciones también injustas que me afectan a mí hoy, reconozco.

No somos tan diferentes.

No han cambiado tanto las cosas, vuelvo a darle la razón.

De ese niño pasiego que comentas, retoma Álvaro, recuerdo que le dimos una cámara y lo que más le gustó fue el zoom. Veía la ladera de enfrente, las vacas, como si se estuviera acercando a ellas.

Los campesinos ven lo que nosotros no vemos, interrumpo. Por ejemplo los seles, que son los espacios donde pernocta el ganado. Si no sabes dónde están, ni los ves. Me quedo con ganas de preguntar a Álvaro si invisible no será solo aquello que no sabemos mirar, pero no lo hago.

No solo eso, añade. Los campesinos utilizan lo que nosotros pero a su manera. Imagina qué riqueza. Faltan oportunidades. Saldríamos todos ganando. Cuantas más miradas sobre la realidad, mejor. La industria cultural cántabra también tendría que ocuparse de eso, convenimos.

Algo parecido hacéis en el documental Gentes de la mar (2011), recuerdo. Le dais la cámara a un pescador de un bonitero de Colindres y ofrece unas explicaciones de su día a día muy interesantes, por ejemplo sobre la relación entre tamaños de caña y colores. Pero lo más interesante es cuando el párroco del Barrio Pesquero trae a la memoria un barco que trataba de entrar en la bahía un día de tormenta, el marinero rezando de rodillas en cubierta, y se ven imágenes caseras de un barco efectivamente tratando de salvar la barra y entrar a puerto. ¿Desde dónde están grabadas esas imágenes?

Pues te vas a sorprender, responde Álvaro, porque proceden de una película en VHS de un marinero de Comillas. La magia del cine hace que el espectador no solo crea que ese es el lugar que está describiendo el cura sino que también crea ver al marinero rezando en cubierta, y es cierto, confirmo, yo no llegué a verlo bien pero creí que estaba ahí. Pues no está, zanja Álvaro.

Las mejores películas son las que suceden en la mente del espectador, es una frase de Álvaro que anoto al pie de la letra.

Sin embargo, yo más bien me refería con mi pregunta, Álvaro, a quién toma la cámara y graba una escena así, desde qué imaginario, más que desde qué sitio.

Es lo que comentábamos antes, Mario: igual que los campesinos, los marineros miran a la mar con los ojos adentro. Esas imágenes que comentas están grabadas desde una visión del mundo propia. Lo que animó a ese hombre a ponerse la cámara al hombro y grabar yo no lo puedo saber pero lo que sí sé es que a mí no se me hubiera ocurrido grabar lo mismo. Sí distinto. De nuevo estamos hablando de riqueza. De la que podría ser. De desigualdad, también.

Hay en la mar lugares con nombre, nombres para lugares como Cadramón, La Molar, El Castru, La Lengüeta... Nosotros no los vemos pero ellos sí.

Me viene a la memoria una conversación que mantuvimos Raquel, mi pareja, y yo con un matrimonio de pejinos en un banco de Santander, era verano y mediodía y nos contaron de un chico que fue a pescar jargos a Cueto, donde La Loma, cerca de Rosamunda. Era la fiesta de despedida del instituto y no tenía dinero para pagarla, así nos contaron. Los jargos se pescan o con caña (hay que poner dos esquilas en cruz, como si estuvieran copulando, porque el jargo es un pez muy listo que si se da cuenta de que están muertas no pica) o desde abajo, con arpón. Se metió el chico a pulmón y perdió el conocimiento, no salió. Los vecinos sabían dónde estaba, el lugar exacto donde se había ahogado. Fueron a por él antes de que se lo llevaran las corrientes. Cuando lo encontraron los peces que llevaba en la red atada a la cintura todavía estaban vivos.

Es otro medio, la mar, pero es su medio. Tanto pejín como pejino viene del antiguo peçe, que a su vez procede del latín piscis.

El abuelo paterno de Álvaro, Ángel, era fotógrafo. Suya es una serie en blanco y negro de mujeres esperando en la machina la vuelta de un pesquero. Era día de galerna. Son unas fotos estremecedoras. Conozco este trabajo de verlo en el CDIS, cuya sala de exposiciones lleva precisamente el nombre de Ángel de la Hoz. Su nieto tiene en su estudio una fotografía de tres marineros sentados a una mesa en una taberna. Le digo que Pico publicó hace años un tribuna libre, cuyo recorte guardo, en el que defiende que la novela Gran Sol (1957) de Ignacio Aldecoa, y es entre sus páginas que lo conservo, arranca en la taberna no del pueblo vasco de Elantxobe, como es común creer, sino en la que había en la antigua lonja del Barrio Pesquero, e incluso da los nombres de los vecinos que inspiraron los personajes del libro. Esa foto entonces podría estar hecha en esa taberna, concluye Álvaro, y podría estar en lo cierto.

El cortometraje preferido de Álvaro es Sentinel (2016). Está inspirado en los paseos que daba de la mano de su abuelo materno, Alberto Lasso de la Vega. 


Es un trabajo que dota a la ciudad de un factor de misterio, dice. Responde a cómo veía de pequeño la ciudad. Mi abuelo me cogía de la mano y me llevaba de paseo. Era ingeniero y tenía la imaginación muy viva. 

Me enseñó el nombre de todos los montes de la bahía.

Mi abuelo me enseñaba lo que estaba y ya no. Montes comidos por canteras (Cutíu apunto yo). También lo que no estaba. Esto último es lo que aparece en Sentinel.

¿Qué pasaría si jugáramos con la ciudad y esta no fuera una ciudad sino una selva o una isla con su tesoro escondido?, se pregunta Álvaro. Es también un corto que muestra una ciudad, si quieres, de espaldas a la bahía, desconocida, o mejor, una ciudad no valorada, fuera de foco. La escena del fuego, por ejemplo, está rodada encima del depósito de aguas del Paseo del Alta. La primera vez nos echó la policía. Luego pedimos permiso a Aqualia. Hoy es un espacio que está vallado.

Le cuento que en su día preparé una edición electrónica de la novela Sotileza para la Expo de Zaragoza dedicada al agua. Fue el primer libro electrónico del Gobierno de Cantabria. Por aquel entonces los libros electrónicos eran muy estáticos, se pensaban desde coordenadas físicas, es decir, el mismo archivo que se llevaba a imprenta era el que se subía a internet, si acaso. No había Servicio de Publicaciones del Gobierno de Cantabria y carecíamos de directrices. Hoy tampoco lo hay. En nuestro caso metimos el libro en un CD-Rom que distribuimos en el pabellón de Cantabria. Mi idea era utilizar una foto de la casa de Sotileza para la cubierta. En su biografía de Pereda, Benito Madariaga aporta una antigua foto de la casa donde creo que era Simón Cabarga el que decía que había vivido la mujer que sirvió de inspiración para el personaje principal de la novela. Pregunté al Cronista Oficial de Santander y me dijo que la habían tirado al construir la Rampla de Sotileza. Pero fui al barrio con el libro abierto y la encontré. Es el número 13 de la C/ Alta. Se corresponde con la descripción que hace de ella Pereda punto por punto: el mismo número de plantas, la bodega con dos accesos, uno desde la calle y otro desde el portal, etc. Se trata de una casa humilde, como corresponde. Estaba ya entonces vacía. Llamé al ayuntamiento con la idea de entrar y documentar el edifico por dentro, vinieron un par de técnicos, me informaron de que todo aquello iba a desaparecer y se comprometieron a gestionar los permisos y avisarme. Al poco todos los accesos estaban tapiados. Finalmente pusimos en la cubierta del libro una imagen que reproducía la superficie del mar para evitar problemas.

Pregunto a Álvaro por su proceso de creación. Él lo describe como una labor de minería. Es estar picando en la cabeza, dando paseos o en la ducha, por ejemplo, ir pensando, encontrar una veta, dice, una idea y llevarla a cabo.

Es como si estuviera en un túnel y necesitara sacar material para seguir adelante. Si no ruedo tengo la sensación de quedarme sin saber qué viene después. No puedo dejar nada ahí dentro. Me pongo muy pesado. Si se puede de alguna manera, ten por seguro que lo haré.

Las pelis que hago son vetas que tengo que explotar para seguir.

Sentinel es un corto hecho completamente "de guerrilla", revela Álvaro, está hecho con muy pocos medios, una sola cámara, corriendo de un lado para otro de la ciudad, solo tres personas. Incluso yo mismo actúo.

Apenas he levantado los ojos del mazo de papel que utilizo para tomar notas. No grabo. Álvaro explica las cosas de una forma muy estructurada: planteamiento, nudo y desenlace. Me da miedo no reflejarlo bien. Nos hemos puesto en una mesa que está pegada a una larga pared con tragaluces arriba. Pero por donde no entra luz. Será porque está oscuro fuera o quizá del otro lado no esté la calle y lo que pase es que esas luces escondidas están apagadas (¿y entonces a qué esconderlas?).

Estoy últimamente releyendo a Manuel Llano, revela. Me fascinan los seres fantásticos que habitan en las cuevas.

Él lo relaciona con su interés por el misterio. El mismo que subyace en Sentinel, el mismo que le inoculó su abuelo.

Sin diálogos la interpretación de la imagen se ensancha, es un mundo menos cerrado. Pero tampoco quiero que el espectador lo tenga que poner todo de su parte. Para que haya misterio tiene que haber algo a lo que aferrarse.

Le pongo sobre la pista de una leyenda que García Preciados recogió en el pueblo de Castillo, en Siete Villas. Resulta que un pastor se refugió un día de tormenta en una cueva en la que vivía una ojáncana hambrienta. La ojáncana se puso en la puerta e iba haciendo pasar a las ovejas de una en una por debajo de sus piernas. A cada una que pasaba la tocaba y se preguntaba "¿es lana?", a lo que respondía "lana es". El pastor se agarró por debajo de una oveja y así pudo escapar. Es una historia con un claro paralelismo con el Polifemo de la Ilíada. Tengo para mí, indico a Álvaro, que la figura del cíclope es común a un sustrato paneuropeo prerromano compartido por la Antigua Grecia y Cantabria. En Grecia esta leyenda se pasó a escrito dando origen a la literatura y en Cantabria no pero a cambio es una leyenda que sigue viva. Tenía razón Platón al decir que la escritura nos tornaría olvidadizos.

Algo que no sabe nadie porque no le interesa o importa a nadie es mi interés por el apocalipsis, replica Álvaro. Pero no el apocalipsis de las catástrofes, sino el de la revelación de lo oculto. Jesús vino y murió. La realidad esperada no se adecuaba a lo que ocurría. ¿Dónde estaba la Nueva Jerusalén? Roma seguía imperando. El apocalipsis rebajaba esta frustración haciendo creer que el exterior es mera apariencia. La realidad está dentro, y es favorable. Los manantiales de Roma están secos. Las aguas subterráneas han buscado otros cauces. Ese es el mensaje apocalíptico que a mí me interesa. Es algo que me ronda desde que cursé la asignatura de Historia de las Religiones en la Universidad de Cantabria con los profesores Ramón Teja y Mar Marcos.

Álvaro es Licenciado en Historia además de haber estudiado cine en la ECAM de Madrid.

Abandonamos la cafetería. Ha dejado de llover. Mi tía Suca tenía un refrán: "Para el año mil, las aguas al redil". Es un refrán antiguo. 

Nos desviamos porque quiero enseñarle un solar que han limpiado en una calle vecina. Antes lo cubría un helechal muy frondoso. Recientemente lo han segado y los vecinos han plantado en su lugar unas hortensias y algunas plantas más. Es seguro que el helechal volverá a nacer. No es fácil descastarlo. En la Historia Natural de Plinio el Viejo se describe el procedimiento. Es el mismo que se aplica en La Montaña dos mil años después: "El helecho muere al cabo de dos años si no le permites echar hojas. Lo más efectivo para que esto ocurra es golpear con un bastón las ramas cuando la planta está echando los brotes, pues el jugo que sale de ella misma mata las raíces". En Cabuérniga a esta acción se le llama escogollar.

Los vecinos han plantado también un helecho. En realidad no sabemos si lo han plantado o es que no lo han segado a queriendas.

Nos dirigimos a los jardines del hospital por la cuesta de los toros mientras discutimos sobre si no segar es una acción y caso de serlo, qué relación tendría con plantar.

Ese humilde jardín vecinal en un solar del centro da tanto de sí, si se quiere, como el jardín más caro y académico que pueda haber. Si es que de procurar conversaciones enriquecedoras se trata, claro. No olvidemos que las ideas son las que explican lo que se ve.

Entramos al hospital por el acceso de la cuesta de los toros. En los mapas esta calle aparece con otro nombre, el oficial, pero ninguno de los dos, ambos santanderinos, lo recordamos.

Se abre un claro en el cielo y entre los pabellones. Álvaro saca como si fuera un mantel a la hora de comer uno de sus temas favoritos: la gente relaciona ir al cine con la parte técnica, dice. ¿Qué diferencia hay con ver una peli en el salón de tu casa? Solo se ve la parte técnica: la pantalla, el proyector y sobre todo el sonido (el marketing incide en este punto). Esta peli de turbulencias es para ver en el cine. Esta otra en la que la gente habla, para verla en casa. Tan es así que el cine adulto se está yendo a las plataformas y los cines se están quedando para las pelis espectáculo.

Poco a poco hemos llegado al final de los jardines, dando vista a Peñacastillo, y damos la vuelta.

Pero lo que hace diferente al cine es el rito. En tu casa ves la peli cuando quieres, te sientas tu solo o con un grupo reducido de gente, puedes pararla..., pero el cine es un rito social: te tienes que desplazar, someterte a unos horarios, meterte en una sala a oscuras, no puedes detener la proyección..., y sobre todo te encuentras rodeado de desconocidos. Todo crea un estado mental que te obliga a mirar diferente. El cine amplifica el poder de la película, da igual cuál sea. 

En casa seguro que está fenomenal, pero da pena que el valor del cine se sitúe solo en la calidad de imagen y de sonido.

Date cuenta que no es lo mismo ver una comedia solo en casa que en un cine lleno de gente riéndose contigo.

Cuando ves tus cortos en un cine con más gente es una energía que te aseguro que notas, la sientes. Hay un algo, una electricidad que solo te da el cine.

Entramos al Edificio Enlace y le enseño las raras flores de cera que cuelgan como estrellas de la baranda. Tienen una gota de néctar prendida de la corona de estambres. Las abejas aprovechan las corrientes para entrar y salir.


"Presa de la angustia, imagino el día en que el arte dejará de buscar lo nunca dicho y volverá dócilmente a ponerse al servicio de la vida colectiva, que exigirá de él que embellezca la repetición y ayude al individuo a confundirse, alegre y en paz, con la uniformidad del ser". Es una cita de Kundera que leo a Álvaro. Le pregunto su opinión al respecto.

Se lo piensa brevemente y responde que la individualidad no tiene porqué despreciar (y es este el verbo exacto que emplea) a la comunidad. No son polos opuestos. El progreso no tiene porqué ser a costa del vecino. De hecho yo entiendo el progreso desde el respeto al prójimo. Si no, estaríamos hablando de otra cosa, concluye.

Estamos llegando a la altura del pabellón 16. Le enseño la huella que ha dejado el busto del Marqués de Valdecilla al retirarlo. Estaba demasiado expuesto a las inclemencias del tiempo. Lo hemos subido a la Biblioteca para cuidarlo.

Las ideas más bonitas son las que dejan huella dentro.

VIRIDITAS, 23. El rosal de flores pequeñas

Salía yo a la hora de comer por la cuesta de los toros cuando veo que hace lo propio el jardinero del hospital por una puerta del pabellón de mantenimiento, así que vuelvo sobre mis pasos, tomo el sendero abierto junto a la pared alta antigua, la que tiene tantas geodas a la vista, recuperadas probablemente por los primeros obreros y puestas así para que se vean y poder admirarlas (la belleza es un valor común al ser humano, no es exclusivo de nadie), y me llego hasta él. No le sorprende porque solemos hablar mucho, aprendo mucho de él.

Nos saludamos y le cuento que he tenido a mi hermano ingresado por un accidente grave. Se lamenta, me anima y sigo diciéndole que estando un día mis padres y yo esperando los resultados de una prueba importante en ese mismo lugar, tratando de liberar los nervios, mi madre se fijó en un rosal que tenía. 

¿Cuál?, pregunta con deferencia. Este de las flores pequeñas, indico. Nos acercamos más. No me extraña, continúa. Es un rosal antiguo. Tu madre sabe. Los rosales antes eran así. Ahora está un poco feo porque ha llovido, se ha quedado el agua dentro de las flores y luego ha salido el sol y las ha cocido, pero es un rosal precioso. 

¿Y me podrías conseguir un esqueje?, ruego. No hasta la menguante de enero, se excusa. La savia se detiene en luna menguante, explica ante mi cara de asombro. Hay que esperar hasta entonces, asegura. Son cosas de los antiguos pero que funcionan. Para cortar madera, por ejemplo, hay que hacerlo también en menguante porque la madera es más dura y no le entra carcoma. Si arañas la corteza de un árbol o pelas un poco del tallo de una planta en menguante verás que no sangra. Eso es porque la savia está quieta. Es como si su corazón hubiera por un momento dejado de latir.

Pero yo precisamente me jubilo en enero, anuncia. Me alegro por él. No te vayas sin que nos despidamos, le pido. Por supuesto, me tranquiliza. Y resolvemos entonces lo del esqueje de tu madre. Se lo agradezco.

Se ha comprado una casita en el valle de Cabezón de la Sal y en la finca ha encontrado un rosal así. Lo va a conservar, son joyas.

La gente me suele pedir rosas de las grandes que con solo mirarlas se le caen los pétalos u hojas de esas nervudas muy verdes que están ahora de moda. Pero tú eres el primero que me pide algo de la tierra, dice.

El día que estuvimos esperando la llamada por lo de mi hermano mi padre vio un miruellu entre los setos. Lo tomamos como anuncio de buenas noticias.