jueves, 1 de enero de 2026

VIRIDITAS 39: Entrevista a Felipe González, ornitólogo

Llego al recibidor del Hospital y Felipe González, Delegado de SEO/BirdLife en Cantabria, que esperaba al pie de La doncella de Mazcuerras, reacciona nada más verme. Viene a mi encuentro y me saluda afable. Es rápido también hablando. Tras una breve conversación, decidimos ir a los jardines por dentro. Aprovecho para recordarle las normas de este encuentro: no grabo, apenas tomo notas, luego escribo de memoria y no subo el texto a internet sin su consentimiento. Acepta. No utilizamos el ascensor, bajamos por las escaleras. Le voy indicando las esquinas que hay que doblar con la mínima antelación pero no hay atisbo de duda, vamos surcando los pasillos. Llegamos al pasillo largo que conecta todos los pabellones, la columna vertebral del Hospital, miramos a un lado y a otro, apenas hay gente que se interponga, alcanza la vista hasta el final, a quien le llegue, no a mí, abrimos la puerta de cristal lateral y nada más acceder al jardín me dice que hace tiempo recibió una consulta del Hospital relacionada con las muertes de aves que chocan contra los cristales del Edificio Enlace, al que nos encaminamos.

Sí, era aquí, confirma. Ciertamente recuerdo ver regueros de pájaros caídos a los pies de los cristales, muertos unos, otros todavía latiendo, llamitas rojas, amarillas apagándose, muchos con sangre en el pico, rememoro. El Hospital ha puesto unas bandas opacas con el anagrama CSV para alertar a los pájaros de que por ahí no hay paso. Lo ha hecho por recomendación de SEO/BirdLife en Cantabria, indica Felipe.

Hay dentro un raro ejemplar de la planta conocida como hoya carnosa. Está en una de las pasarelas de hormigón que articula el edificio, cuya finalidad es precisamente conectar distintos espacios del complejo hospitalario. Cuelgan por entre los barrotes racimos de flores que parecen de cera con su punto de néctar, en este tiempo. Es sorprendente porque florece en verano. El cambio climático.

Le pregunto por la palabra cántabra cantarazaña. Se trata de una pregunta retórica porque es una palabra al borde de la extinción. Apenas la conoce nadie. Él tampoco. Le quiero explicar su significado. Es también uno de los objetivos de estas entrevistas. Cargar en la cabeza de gente interesante información que también lo sea pero que, quizá por su carácter local, no tiene la difusión que merece. Proyectar esta información en gente que por su perfil la haga resonar. Pero antes le cuento una anécdota del Hospital relacionada con estos cristales, los pájaros muertos y los políticos:

El día antes de la inauguración de las Tres Torres el Director Médico del HUMV y yo pegamos en los cristales del Edificio Enlace vinilos con siluetas de rapaces que habíamos encargado a Imprenta Regional. Había coincidido así. Resulta que al día siguiente llegaba el Presidente del Gobierno. Pues para ese día los vinilos ya no estaban. Los habían quitado esa misma noche. Creyeron, para nuestra sorpresa, que los vinilos eran un ataque al logo del partido en el Gobierno. No volvimos a ponerlos.

Felipe y yo tomamos el camino que discurre en paralelo a Valdecilla Sur en dirección a la última de las campas, la que está a la altura de las obras de los protones. Cantarazaña, retomo, es la palabra cántabra que se emplea para lo que en castellano se llama coro del alba, dawn chorus en inglés. Felipe sabe perfectamente a lo que me refiero. Es el jolgorio de cantos que se oye al amanecer, con su apogeo entre abril y mayo. No está claro por qué se produce. Seguramente por razones relacionadas con la defensa del territorio y con el emparejamiento, que son los ejes de abscisas y de ordenadas de las aves, más razones concomitantes, por ejemplo porque al alba se oye mejor su canto, porque todavía no hay alimento, porque cantando después de tantas horas sin comer se demuestra fortaleza, porque el canto es en sí una demostración de capacidad cognitiva, etc. Pero la cantarazaña se produce cada vez más temprano. En este caso las razones están más claras: por el aumento del ruido ambiente y por la contaminación lumínica. Incluso hay pájaros diurnos que están empezando a cantar de noche, como el miruellu o mirlo.

Alcanzamos mi pabellón, el 16. Está a mitad de camino. A la vista de los aleros Felipe dice que se podrían aprovechar para poner cajas nido para vencejos. Es un ave bonita e inocua. No hace falta que me convenza. Han puesto nidos en un edificio parecido, el CEIP Ramón Pelayo, informa. Le digo que el arquitecto del Hospital y de ese colegio es el mismo, Gonzalo Bringas. No en vano el colegio lleva el nombre de pila del marqués. Las construcciones modernas carecen de aleros y los pájaros se están encontrando con problemas para anidar, dice.

Esos aleros propicios para las aves hacen que quiera encuadrar la arquitectura fundacional del Hospital dentro del estilo neomontañés. No obstante, he de reconocer que esta adscripción responde más a un deseo mío que a la realidad. Es probable que el Hospital original, del que apenas se conserva esta hilera de pabellones, la capilla y el fragmento de reja oculto por el fallido intercambiador de autobús, responda a un estilo ecléctico, no a ninguno en particular, tampoco neomontañés. El propio arquitecto era ecléctico, lo cual no significa que careciera de estilo, sino que lo hacía todo y todo bien, desde el Palacio de La Magdalena al Club Náutico de Puertochico, nada que ver el uno con el otro, el primero parecido a un merengue de inspiración inglesa y el segundo un fantástico edificio racionalista. Si muchas veces los deseos son difíciles de cumplir es porque aún lo son más de justificar.

Pero, me planteo, si este diálogo fluido con el entorno que caracteriza al Hospital primero, presente tanto en los aleros como por ejemplo en la orientación de las terrazas, es precisamente piedra de toque de la arquitectura tradicional, ¿no cabría decir que el Hospital se alinea precisamente con el estilo arquitectónico que actualizaba, reinterpretaba la tradición, la arquitectura neomontañesa? Tan importantes como las cosas son las ideas que explican las cosas.

Haciendo repaso, el alma de la casa tradicional cántabra es el cuadru, que se compone de cuatro postes que sostienen el tejado a dos aguas. Es una estructura autoportante. Su lógica es parecida a la de una pérgola. Este conjunto se levanta en verano. Cuando se termina se celebra una fiesta (en Guriezo por ejemplo se llama la jera) y se pone el ramu, tradicionalmente de laurel o tejo. Cuando llegan las lluvias se arman las paredes de piedra. Hay que advertir que no son de carga. Su función es proteger el alma de madera. De hecho, si las paredes caen la casa no cae con ellas, esta sigue pudiendo ser habitada, sigue funcionando. 

Todavía recuerdo que cuando se terminó el esqueleto de hormigón de las Tres Torres se puso un ramo de tejo, en realidad un tejo pequeño entero, en lo alto de una de ellas. Pero a los pocos días se sustituyó por una bandera española.

Además de en patios de colegios, SEO/BirdLife ha intervenido en 120 parques y zonas verdes de Cantabria, incluyendo la reducción de la frecuencia de siegas para favorecer la floración de las especies silvestres, la instalación de más de 500 refugios para aves, murciélagos e insectos, la creación de charcas para anfibios, la plantación de setos y rodales arbustivos, la creación de jardines para polinizadores, etc.

Tenemos una campaña especial centrada en el autillo, informa Felipe. Yo oigo uno desde mi casa e impresiona, digo. Cierto, concede, escucharlo en la ciudad es un lujo. Es una especie ilustrativa, continúa. Ahora hay más que antes. Eso también significa que las razones de la extinción de las aves están en nosotros, pienso.

Llegamos a la última de las campas. Felipe señala varios pájaros posados en el terreno o dando cortos paseos. Nos adentramos en la campa porque yo no veo bien. Sigo sin ver, solo cuando levantan el vuelo y ya es tarde. Ese es un colirrojo tizón, indica. Instantes después levanta el vuelo otro y Felipe añade: y esa es la hembra. Ante tal riqueza, Felipe desgrana la inmensidad de proyectos que tienen en marcha en Santander. De esta entrevista pueden salir proyectos bonitos. Me señala entonces el bosquete que está al pie de la antigua Residencia Cantabria, ahora vacía. Ese bosquete es fundamental, dice. Habrá autillos, seguro, y también petirrojos, currucas y algún zorzal metido, desgrana. Me había fijado en esa mancha de árboles pero no le había dado tanta importancia, digo. Busco una palabra acorde. Me sale jiebi, literalmente bosquete. Una palabra al borde de la extinción para un bosquete que también lo está.



Las fotos están hechas más tarde. Se distinguen plátanos, laureles crecidos, un olmo, cedros y sobre todo chopos.

Una pareja de rapaces anida en la antigua Residencia, anuncia Felipe. Ayudan a mantener a raya la población de palomas. Hay quien asegura que se trajeron varios halcones del aeropuerto para lo mismo pero que los quitaron porque se enamoraron de las palomas. Esta historia tiene los mismos visos de realidad que esa otra que asegura que hay un túnel que comunica los pabellones con la Residencia, es decir, ninguno. Se la ahorro a Felipe. Pero hace poco estuve viendo una colección de pequeños corazones fallidos metidos en formol que se conserva en un almacén del antiguo crematorio y la patóloga que me acompañaba me señaló una puerta tapiada que comunicaba con el antiguo edificio de Traumatología. Por ahí ni siquiera se atrevían a ir solos los miembros de seguridad del Hospital, aseguró. Así que a lo mejor lo de los halcones también es cierto.

Atiendo a Felipe que me dice que los vecinos de esas casas del borde de Ciudad Jardín también le han pedido asesoramiento para las pantallas que acompañan a las nuevas escaleras mecánicas, las que comunican el Hospital con la Facultad de Medicina. Lo cual nos hace volver la vista al Edificio Enlace, donde este problema está, dentro de lo que cabe, resuelto, y a donde nos dirigimos de nuevo.


La foto está hecha después de la entrevista desde "el cole" del Hospital, en la planta 10 del Edificio 2 de Noviembre.

Rompe a llover y apretamos el paso. Nos cobijamos en el Edificio Enlace. Le hago reparar en las macetas. La mayoría de las plantas están traídas de la Residencia Cantabria. Apenas se salvó nada, la placa de metal con una representación de las Cariátides que hemos puesto en el hall del Edificio 2 de Noviembre y poco más, pero las plantas los propios trabajadores se preocuparon de bajarlas. Aquellas para las que no se encontró sitio en alguno de los Servicios del Hospital se pusieron aquí. Son cintas y otras plantas sencillas que hablan de nosotros. Gente sencilla de un pueblo que también lo es. Yo conservo en casa una cinta que fue de mi abuelo.

Propongo ir a tomar un café al bar que hay en el barrio del otro lado de la carretera pero antes quisiera enseñarle el solar donde estaba proyectado construir primero la sede del Hospital Virtual y luego el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Cantabria pero que terminó sirviendo para almacenar material pesado, sobre todo de obra. Hubo que retirarlo porque no sabemos si debajo del solar hay un refugio antiaéreo de cuando la guerra o solo un almacén de carbón, pero en todo caso una oquedad que con tanto peso encima corría el riesgo de colapsar. En el solar hay un níspero centenario y varios laureles de gran porte. Al níspero en Cantabria se le llama abadejal. Su fruto, el abadeju, se comía, pero bajo unas condiciones especiales. Se cogía a finales de año todavía verde, no llegaba a madurar en el árbol, y se metía entre la hierba del pajar. También entre manzanas o envueltos en papel de periódico. Se esperaba a que fermentara, a que se pusiera joyecu, que se decía, a punto de pudrirse, comiéndose entonces. Empleo el tiempo pasado porque no es solo que ya no se coma, es que apenas quedan abadejales. En Cabuérniga dos, en Carmona y en el pueblo de Valle. Pese a todo, yo los he podido probar. Es un sabor propio de paladares antiguos. No puedo decir que me gustara. Pero este níspero del Hospital está domesticado, es ornamental, de jardín. 

La gestión actual del solar se reduce a echar guijo y químico. Aun así reverdece cada año. Por suerte no hay (todavía) plumeros. Mi idea es crear un jardín de flores silvestres y darle el nombre de los dos médicos (uno Jefe de Servicio, el otro Residente) de la Casa de Salud Valdecilla asesinados en el asalto al barco prisión Alfonso Pérez las Navidades de 1936. Se lo comento a Felipe y le parecen ideas acertadas, sobre todo la del jardín de flores silvestres. SEO/BirdLife tiene proyectos que podrían encajar bien aquí, dice, y me lo tomo como una promesa.

En uno de los árboles próximos hay posado un mosquitero común, señala Felipe. Detrás una urraca. Las urracas se dice en los pueblos que llegaron con la guerra. Yo mismo, digo, recuerdo hacer de niño el gesto de apuntarlas con un escopeta y que escaparan volando. Manuel Llano en Dolor de tierra Verde, obra póstuma, relata que la primera señal de la Guerra Civil en Cantabria fueron las cigüeñas llegando a valles desacostumbrados, como Cabuérniga. Huían de las bombas.

De Manuel Llano le cuento otra historia. Resulta que los cuervos suelen asomarse a las chimeneas en invierno. Se dice que ahí apostados escuchan para luego contarle al Ojáncano los cotilleos de los vecinos, por eso que a este cíclope de la mitología cántabra, fiero señor de los bosques, se le represente con un cuervo al hombro. Reímos y él dice que el cuervo es un animal muy inteligente y longevo y que probablemente se acerque a las chimeneas buscando el calor o por el humo, para desparasitarse. Mi familia tiene casa en Cabuérniga, digo, y siempre que llegamos la familia de cuervos que anida cerca, en las peñas, viene a ver. Les tengo cariño. Hoy mismo me ha parecido escuchar a uno de camino al trabajo en los árboles de la alameda. Sería una corneja, se figura Felipe. El cuervo hace "cro-cro" y la corneja "crue-crue", reproduce. Fíjate en el ruido que hace. 

Pero se lo piensa mejor y añade que hay dormideros de cuervo en la costa, por donde el Puente del Diablo, así que no sería raro que se desplazaran hasta la alameda o hasta aquí mismo. Efectivamente, hay muchas mañanas que me parece sentirlos desde mi despacho, digo. Pasan ágiles entre los pabellones camuflados en la noche.

Es entonces cuando le digo las palabras que se cree (nos) dicen los pájaros y que traigo apuntadas: "Torta-brá, torta-brá", la codorniz, canto que se toma como presagio de un buen año de maíz. "No vaigáis, no vaigáis", el cárabo. Es claramente preventivo. "Pe-cu, pe-cu", el cuco, la voz de un niño que se convirtió en pájaro por mal estudiante, tanto que en la escuela solo aprendió a decir la p y la q. Son recursos mnemotécnicos empleados, en mi opinión, para facilitar la identificación del ave por el canto. Efectivamente, concede Felipe. El reclamo del tocineru es "chichipán-chichipán", revela.

Quiero contarle algo relacionado con este pájaro. Mi abuela murió en casa. Murió de Alzheimer. Una vecina de su tiempo le llevaba cada día un queso fresco casero. Lo dejaba por la noche en la socarrena posado en un delicado zarzu o pequeña bandeja de palitos de avellano trenzados y a la mañana se lo llevaba. Cuando no lo tapaba, lo picoteaban los pájaros. Los pájaros más lambiones o golosos eran el tocineru o carbonero común y el veranín o herrerillo común. Los quesos traían marcas de los palitos de avellano trenzados y de los picos y patas de los pájaros.

A Felipe le encanta la anécdota. Dice que su organización tiene varios comederos instalados en la ciudad, por ejemplo uno en los Jardines de Pereda. En casa solemos poner un buen puñado de arroz y algo de pan en la repisa de la ventana de la cocina. Pido su consentimiento. No quisiera yo interferir en ningún proceso natural. Me lo da y continúo: al principio venía una pareja de gorriones. Ahora tenemos a toda una bandada alrededor, también mirlos y estorninos.

Retomando el tema de las voces que pretendemos identificar en el canto de los pájaros, le pregunto por el riesgo de antropomorfismo, es decir, la tendencia, no sé si riesgo, de atribuir sentimientos humanos a otros animales, por ejemplo, que el miruellu sea melancólico o el ruiseñor enamoradizo. Lo discutimos. Finalmente convenimos que en los pájaros el canto es útil y que en nosotros la utilidad es factor determinante de la belleza, o al menos lo ha sido en su configuración primera, por lo que el antropomorfismo no conlleva proyectar algo nuestro en los animales ajeno a ellos, sino que, de acuerdo con nuestra propia naturaleza, consiste en reconocer en ellos algo que también es nuestro, de hecho algo tan nuestro como la belleza que subyace en el canto de las aves en su formulación primigenia.

La BBC radio se inauguró en 1922. Dos años después se quiso hacer la primera retransmisión en directo. Se decidió que esta se realizara en el jardín de una chelista que tocaba todas las noches acompañada de un ruiseñor. Así se hizo. Esa noche el ruiseñor tampoco faltó a su cita. Fue todo un acontecimiento.

Hay pájaros que cantan mejor a pie forzado, revela Felipe. No es que el ruido ahogue su canto, es que sin ruido no cantarían. Lo cual no quiere decir que deba haber un ruido ensordecedor. Son cosas distintas.

El año 1942 se repitió la grabación pero esta vez sin la chelista. Se dio comienzo a la grabación. De fondo se oía un rumor. El ruiseñor se puso a cantar. El rumor se acercaba. El técnico de sonido siguió grabando. Era una flota de aviones británicos de paso. Iban a bombardear Alemania. Pasaron los aviones y el pájaro siguió cantando. Es un testimonio espeluznante de supremacía de la vida frente a la muerte. 

La enfermera Nightingale, a la que se suele representar con un candil porque apenas dormía cuidando a los heridos, considerada madre de la Enfermería moderna, toma su nombre de este ave.

De camino al bar hablamos de las creencias. En cualquier cultura tradicional, caso de la nuestra, la cántabra, las creencias median con la realidad, no es que interfieran o dificulten, es que facilitan la aproximación. Quizá por falta de otros recursos, lo admito. Pero lo cierto es que lo hacen. Al menos mientras esté viva. Si se recrea puede perseguir fines espurios. Aunque, ¿qué tradición no es una recreación? ¿No estará esta siempre sujeta a intereses ajenos a su naturaleza? ¿Pero cuáles serían en este caso legítimos? La tradición no es monolítica. Lo único permanente es el cambio, que es igual a reinterpretación. Entonces la clave estará en el signo del cambio, si positivo o negativo. Pero para quién. Lo dejamos.

Nos sentamos y pedimos café mediano servido en vaso. Lo traen en un platito de cristal que parece de encaje. Alabo la presentación pero no obtengo reacción del camarero. O sí, y es ninguna. Se habla fuerte, aquí. Las aves marinas tienen voces finas porque si las tuvieran graves no se las oiría, asegura un amigo. Por eso los pejinos hablan agudo y cantando, para hacerse oír en la mar. El cántabro pejinu y su variante pejín emparentan con peje, sinónimo de pez, del latín piscis

A José Hierro le gustaba hablar cantando, al estilo marinero. Lo hacía por nostalgia. Suya es la frase "ya nadie se esquila a los árboles ni asubia cuando llueve". La transcribió su amigo Antonio Bartolomé Suárez. De Tierra sin nosotros, primer libro del poeta, publicado recién salido de la cárcel, traigo unos versos: "Paloma marinera, lenta y viva, / que en el pico, en lugar de verde oliva, / lleva octubres de música remota". El mes de octubre es un guiño a la revolución que simboliza el punto rojo del pico de la gaviota. No es verde. No simboliza la paz. En este punto rojo es donde los pollos tienen que picar para obtener el alimento de los padres. Felipe lo confirma.

(abro paréntesis)

Tierra sin nosotros es un canto al curso natural de las cosas interrumpido (no roto, no se lo parecía a él entonces) por la guerra. Es un libro que resguarda la esperanza de volver a empezar como antes. Pero no se cumplieron sus expectativas. Su último poemario, Cuaderno de Nueva York, se refugia en los sueños, recurre a la imaginación como vía de escape.

En todo el norte peninsular se solapa el amarillo y el rojo. Por ejemplo, los pasiegos emplean el adjetivo ruyu tanto para los rubios como para los pelirrojos. Mi tía Amaliuca era rubia. De pequeña, tras la guerra, le decían que era roja y ella lo negaba. Ella era rubia, se defendía. Por la cuenta que le traía. El escritor asturiano Xuan Bello, recientemente fallecido, cuenta en Historia Universal de Paniceiros un caso parecido que acabó en tragedia. Pasa también con el castellano rubicundo, que tira del amarillo para el rojo, o gorrión, de etimología desconocida, pero que es probable derive de un antiguo sustrato compartido con el vasco gorria, encarnado.

(cierro paréntesis)

¿El sol es amarillo o rojo? Es una pregunta que, llegados a este punto, Felipe y yo nos hacemos. ¿Cómo se representa? En Cantabria rojo, aventuro. Porque es el sol del amanecer, el de cuando se madruga.

Sale entonces a relucir el petirrojo, que en cántabro recibe el nombre de papu coloráu y que a mí me extrañaba porque en nuestra tradición los pájaros suelen ser concebidos como hembras, hasta que supe que en realidad se le llama la pájara del papu coloráu. Entonces sí. También papuca. Felipe me recuerda que hace poco han sacado en colaboración con otras entidades una lámina que recoge todas las aves de Cantabria y que sus nombres están también en cántabro. Para ello han contado con el asesoramiento de Raúl Molleda, que es precisamente el amigo que me dijo lo de las voces finas de las aves marinas y que también ha sido entrevistado para este mismo proyecto. Igualmente, rojo el penacho del pájaro carpintero, continuamos, que en cántabro se llama picu rilinchu porque canta de forma parecida a como relinchan los caballos. Por último, el pecho rojo de las golondrinas. Se dice que porque quitaron las espinas a Jesús durante la Ascensión. Los nidos de golondrina no se tocan, son sagrados, tercia Felipe. Es cierto, no conozco a nadie que los quite. De hecho, se toma como un buen presagio que aniden en el alero de tu casa. Por qué será, pregunto, porque son buenas para eliminar insectos o por qué, insisto, a lo que responde Felipe que sí pero no solo, es probable que subyazcan creencias más profundas relacionadas con la entrada de la primavera.

Hay una portalada en una finca de Comillas firmada por Gaudí que tiene un acceso para las personas, otro para los carruajes y otro para los pájaros. Seguramente se inspirara en los vecinos.

Se cuenta que Mozart tomó nota del canto de un estornino pero que le corrigió una nota que había dado mal, según él. Es peligroso caer en el elitismo. El primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven está inspirado en el canto del herrerillo común: el reconocible "ta-ta-ta-taaaa". Precisamente el mismo que picoteaba los quesos frescos de mi abuela materna y dejaba sus patitas impresas en él. 

Sobre mi abuelo materno. Su pájaro favorito era el miruellu. El piso que compró mi familia al venir a la ciudad fue porque estaba cantando cerca este pájaro. Mi abuelo se fio de él. El favorito de mi padre es el jilguero. Siempre tuvimos uno en casa metido en una jaula. Curiosamente, le gusta sobre todo por cómo vuela, un vuelo desvaído.

"Si le hubiera cortado las alas sería mío, no se habría ido, pero así ya no sería un pájaro y yo amaba a los pájaros", dice el delicado poema de Joxean Artze traducido del vasco al castellano por la IA de Google. Me recuerda al jilguero que siempre tuvimos.

Hay un relato de Tolstoi en el que a un niño le regalan una jaula y corriendo marcha a por un pájaro que meter dentro. Su madre le advierte que los pájaros no están para meterlos en jaulas. El niño no hace caso, atrapa un pájaro, lo mete en la jaula y, fatalmente, el pájaro muere.

Era común tener en las casas montañesas una jaula grande de madera con un malvís o un miruellu dentro. El pájaro era de los hombres, lo capturaban ellos, era suyo, pero lo cuidaban las mujeres. Eran muy apreciados los malvises campurrianos. Los montañeses iban a Campoo a buscarlos. Era porque Campoo es el único sitio de Cantabria donde hay ruiseñores. El canto del malvís de Campoo está influido por el ruiseñor. Aristóteles ya informó de ello en su Historia de los animales: "Entre las aves pequeñas, algunas no emiten la misma voz que sus progenitores si han sido criadas lejos de ellos y han oído el canto de otras aves". Este gusto cántabro por el detalle revela una afinación cultural de siglos. La cultura más que baja o alta es compartida o no es. ¿De qué vale que cuatro sepan todo y se lo queden para ellos? ¿No será mejor que entre todos lo sepamos todo? Esta es al menos la filosofía que rige nuestro servicio de préstamo interbibliotecario: no hace falta que todos tengamos todo, es insostenible, basta con tenerlo todo entre todos y compartirlo.

Pasa algo parecido en el entorno "pajarero", puntualiza Felipe. Antes era cosa de cuatro. Popes los cuatro, inaccesibles. Ahora hemos logrado democratizar el gusto por las aves, asegura. Empleo la primera persona del plural porque SEO/BirdLife ha tenido mucho que ver en este cambio, afirma Felipe. En este caso un cambio para bien, concedo. Exacto, acepta. Movemos una masa social importante. Basta que te des un paseo por las Marismas Blancas o por Las Llamas para comprobarlo. Es ahora una actividad asequible. Como consecuencia, se ha feminizado. Ahora que somos más, hay más mujeres que hombres. Antes era una actividad solitaria y daba miedo. Ahora no. Pero hay una dimensión más que no debe olvidarse. Y es que no se trata solo de un cambio cuantitativo el que se ha operado sino también cualitativo, dice.

Pasa a explicarse:

El ecologismo en origen ha sido muy desconsiderado con el mundo rural. Se le recriminaba que cazaba, expoliaba los nidos, etc. Pero estas actividades ahora se están reinterpretando como formas distintas a las actuales de acercarse a la naturaleza. Es cierto, digo. Mi padre sabe distinguir de qué ave es un huevo de un solo vistazo porque de pequeño los goraba para coleccionarlos. Las motivaciones eran entonces las mismas que las de hoy, retoma Felipe. Esas son las que nos sirven. 

Antes se enjaulaba a un pájaro para tenerlo cerca y ahora tenemos prismáticos, es una frase que me preocupo de recoger al pie de la letra.

Desde el ecologismo actual estamos revalorizando esta tradición que ama las aves, continúa. No sus formas, sino sus porqués. Que el queso fresco picoteado se aprecie más porque lleva el marchamo de calidad de un ave, por ejemplo. Qué hay detrás de eso. O que una casa con nidos de golondrina en el portal se vea más bonita, eso nos interesa. Porque se ha demostrado que nuestro entorno inmediato, por lo que le valoramos hoy (otros valores conducirán a otro mundo, que puede que sea mejor, no se sabe, pero lo único seguro es que será diferente), sus valores, reposan en nuestra tradición. Se ha comprobado que desde que no hay gallineros hay menos gorriones. Que un espacio como Sejos necesita de los seres humanos para ser. En definitiva, que para detonar el canto de un ruiseñor también vale un chelo.

Estamos dentro. Esto tiene implicaciones. Que al renaturalizar Santander los modelos que tomemos sean los tradicionales que reposan en el paisaje de mosaico, de donde la revalorización de las jiebis, por ejemplo. No estoy hablando de asilvestrar, remarca Felipe. Es replicar nuestro entorno. Esta línea además enlaza con la idea de gestión diferencial acomodada a las expectativas de los ciudadanos. Ellos son los que mandan. Compartir conocimiento a partir de información objetiva y actuar. Probablemente en las campas del Hospital, donde preside la idea de higienismo, las soluciones que apliquemos no puedan ser las mismas que las de La Remonta o el Parque de Morales. Pero responderán a los mismos principios.

Ojalá tengamos oportunidad de comprobarlo, concluyo.

Terminamos nuestros cafés. En la puerta se ha aposentado un grupo de señoras mayores que hablan fuerte, quizá para escucharse por encima del ruido de las obras que están levantando el barrio. Pedimos permiso y pasamos

en silencio.

VIRIDITAS 38: Hoya carnosa


La planta de la foto es una hoya carnosa y se encuentra en el Edificio Enlace. Las flores de esta planta parecen de cera. Hay otra encima. Esta de más arriba tiene flores que cuelgan como racimos por entre los barrotes de la pasarela, a pesar de encontrarnos a las puertas del invierno. Sorprende porque la hoya carnosa florece en verano. Será el cambio climático.

A la de la foto los jardineros le han puesto lo que en Cantabria se llama un jorquete para no dejarla sola.

lunes, 1 de diciembre de 2025

VIRIDITAS 37: Entrevista a Henar Lanza, filósofa

No hay bus, me avisa de que viene andando y va a llegar unos minutos tarde. Leo el mensaje cuando ya estoy esperando en el sitio convenido, el acceso principal. Miro alrededor. Nubes oscuras. Parecen puntillas posadas en la cabecera de un sillón gastado por el uso. Lo apunto en el mazo de hojas en blanco que traigo para la entrevista. "¡Francisco!" Me saluda animoso un señor. Niego con la cabeza. Me subo la cremallera del abrigo hasta arriba. No soy Francisco. Me mira compungido. Está saliendo. Un poco más allá repite a otro "¡Francisco!"

Veo a Henar venir por el embudo que hace la pequeña pared que, como una orejera, protege el acceso de las tres torres. Entra por la parte estrecha. No ha tardado tanto. Se la ve apurada. Le hago el gesto de calma con las manos y cuando llega nos saludamos con dos besos. Nos conocemos desde el instituto. Hemos quedado al pie del edificio 2 de Noviembre. Aquí falleció el año 1999 el padre de una amiga común, en el derrumbe del antiguo edificio de Traumatología. Por entonces ninguno de los dos estábamos en Santander. Ella en Salamanca, yo en Lisboa. Ella es doctora en Filosofía. Hizo su tesis sobre Platón.

Lo mejor es ir a los jardines por fuera aprovechando que no llueve, propongo. Que ahora no llueve, corrijo. Lleva haciéndolo toda la mañana. De hecho yo he venido de casa sin paraguas y todavía estoy empapado. Mi abrigo se ha vuelto oscuro de tan cargado de agua como está, y pesa. Ella acepta, pero antes nos acercamos al embudo para ver la obra de Pejac. En la pared, dos figuras de personal sanitario perfiladas en negro. En el suelo sus sombras están rellenas de nenúfares. Si pasas con prisa ni la ves. A Henar le gusta eso. Está para quien presta atención, dice.

Le pido que se ponga para una foto, pero no le gustan. Se la hago igual.

La pared del embudo se mete un poco para defender del viento que viene del noroeste, al que más miedo se tiene, el gallego. Es precisamente este viento el que provocó la catástrofe de 1999.

Las tres torres se levantan sobre un zócalo. Los arquitectos de esta parte nueva buscaron la síntesis entre los modelos históricos europeo y norteamericano, horizontal y vertical, respectivamente. Los primeros planos del que sería Hospital Valdecilla llevan fecha de 1918. Respondían a un hospital organizado en pabellones. La moda de entonces. Pero el hospital no se inauguró hasta diez años más tarde, y eso gracias a que entró capital privado de la mano del Marqués de Valdecilla. Para entonces, el modelo de moda era el vertical. El propio Dr. López Albo, primer Director Gerente del Hospital Valdecilla, declaró en una conferencia impartida en los años treinta que él hubiera preferido construir un hospital en vertical, pero que los cimientos que se echaron en los años diez condicionaron la construcción de un hospital en horizontal. Fue, pues, un hospital de vanguardia, sí, pero con una década de retraso. Un hospital epigonal, pues. La fachada del zócalo, que lleva por dentro un pasillo que se duplica en galería de arte, utiliza como motivo decorativo el plano rehundido o la huella de los pabellones que se conservan dentro del Hospital. Henar no lo sabía. Yo tampoco hasta que me lo hizo ver el arquitecto responsable.

Henar pasa por aquí cuando va a la Biblioteca Central a sacar libros. Sin embargo, yo no suelo hacerlo. Entro y salgo por el Edificio Enlace. Sí pasaba y a diario de camino al instituto. Recuerdo la verja que circundaba el Hospital. Ella no, entonces nunca pasaba a pie por aquí. Vamos a ver el único fragmento que se conserva, a la altura de la Facultad de Enfermería, aprovechando que sigue sin llover, para que lo vea. Está comido por la vegetación.


Le gusta la posibilidad de que la verja se vaya consumiendo y solo quede el enramado. Se olvida esto como todo lo demás, dice. Le hago otra foto:


Gustándole tal posibilidad, la de la coronación del reino vegetal, más le gusta ahora, tras descubrirlo, el anagrama original de la institución que se conserva, uno de los pocos, unos pasos más allá:


Pocas evidencias más nos quedan de los primeros años: la capilla, los pabellones, que en realidad son sus cascarones porque el interior ha sido modificado completamente, y este fragmento de verja, joyas todas.

Este anagrama es probable que fuera diseñado por el primer Director Gerente. En la casa que se construyó entre Laredo y Colindres, a orillas del río Madre, ahora un canal, la puerta de la verja que rodeaba la finca presentaba un anagrama con sus iniciales entrelazadas de una forma muy parecida. Ahora es todo un solar. Desmocharon las palmeras que adornaban el jardín y sus troncos permanecen tumbados para evitar que aparquen coches.

Volvemos sobre nuestros pasos y bajamos a los jardines definitivamente por fuera. Encontramos otro mural de Pejac, esta vez en los cimientos del último de los pabellones de la hilera, el de los talleres. Recuerda a un cuadro de Van Gogh. Ahora caemos en la cuenta de que el anterior remite a un cuadro de Monet.

Es doblar la esquina, llegar a la altura del Pabellón 21 y ponerse a llover. 

La pintura de los edificios nuevos es la misma que la de los barcos de la armada, un azul grisáceo que los camufla en alta mar. El Hospital parece diluirse en la tormenta. Hay una palabra cántabra para este efecto: esmucir. También vale para cuando se escurre el agua entre los dedos. 

Vamos hablando sobre el olvido. El arte tiene algo de recurso mnemotécnico, convenimos. Las leyendas, también. De una torca o sima se dice que sale el cuegli o dragón si te asomas, precisamente para que no te asomes, porque es peligroso. Las leyendas encapsulan advertencias para que lleguen mejor. El problema es cómo, apunta Henar. Ojalá no transmitieran miedo, sino valentía.

Las señales que advierten de peligros que nos van a acechar durante cientos de años, como por ejemplo los residuos nucleares, ¿cómo advertir de su peligrosidad de forma duradera, se entenderán los iconos que utilizamos hoy dentro de mil años? ¿Por qué se cree que es mala señal cruzarse con un lumiagu cuando se va a segar, por ejemplo? A mí me había llegado el mensaje, pero no era capaz de decodificarlo. Son situaciones comunes en culturas al borde de la extinción. Los significados se deslían como la niebla cuando se levanta aire. Hasta que un vecino de Tudanca me desveló que los lumiagos salen a los caminos cuando va a llover y que si llueve no se puede hacer la hierba, por eso es mala señal.

Entramos al Edificio Enlace y empezamos a oír repiquetear la lluvia. Feliz Día Mundial de la Filosofía, dice. Me sorprendo y Henar conmigo porque ella pensaba que habíamos quedado este día precisamente por la celebración, pero no, simplemente es un día que nos venía bien a los dos. Es mejor que el aniversario de la muerte de Franco, resuelve, y reímos porque sin duda esta fecha está más presente.

Desde que supe que había dejado su trabajo como profesora de Filosofía en la Universidad del Norte, Colombia, y que había vuelto a Santander, quería quedar con ella. Pero fue con motivo del 50 aniversario del Servicio de Digestivo del Hospital que lo vi imprescindible. Se celebró un acto en el Gómez Durán en el que tomaron la palabra los Dres. Pons y Crespo, ex responsables del mismo. El primero terminó advirtiendo del peligro que entraña cambiar el significado de las palabras, según él de forma torticera, y el segundo empezó su discurso dándole la razón: no todos somos iguales, así que hay que ser equitativos, no igualitarios, defendió. También que al que da más se le tiene que dar más, poniendo de ejemplo su Servicio. Era necesario aclarar términos. Nadie mejor que Henar.

Pero no está el día. A Henar le gusta pensar mientras camina. En esto es peripatética, es decir, aristotélica. Frente a la tormenta, pasear, exclama. Me recuerda al discurso que pronunció el Dr. López Albo cuando se inauguró la Biblioteca del Hospital el año 1929, que aseguró que ningún nubarrón podría poner freno a su labor. Pero el doctor murió en el exilio. No se cumplieron sus previsiones. Decidimos renunciar al resto de nuestro paseo e ir a un bar cercano a tomar un café y continuar con nuestra conversación. Los folios doblados que utilizo para tomar notas están tan mojados que ni siquiera agarra la tinta. Es como cuando cruzas un río a pie, que si te remangas las perneras y se te mojan un poco se mojan las perneras del pantalón enteras.

Ella se sienta mirando para fuera para ver mejor. Encima de la puerta hay una balda con dos figuras posadas de caimán talladas en madera. Sonríe y dice: Regreso de Barranquilla y me encuentro caimanes aquí. ¿Por?, pregunto. Por la canción, y canta: "Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla..." Fue prohibida por el franquismo. El caimán era el dictador.

Retomamos la conversación. Anoto:

Primero, efectivamente no somos iguales, lo que hay que tener son los mismos derechos y oportunidades. Segundo, a los que más tienen, hay que darles más, sí, pero más responsabilidades. Tercero, también hay que exigirles más.

Es necesaria una actitud filosófica. Si no se practica, acabamos donde estamos. Es pertinente en todos los ámbitos. También en el feminismo. Sin esta actitud, el feminismo sucumbe al esencialismo identitario.

Aprovecho para preguntar por la palabra jembru, que en La Montaña significa "hombre", sin ningún tipo de connotación. No se le escapa que es una palabra construida desde la hembra, es decir, el hombre definido desde la mujer.

Todos los hombres y todas las mujeres venimos de mujeres, dice. En este sentido, la cultura cántabra no está mal situada. Es como si recordara su origen.

(silencio)

¿Es matriarcal?, pregunta. ¿Cuál?, contesto. La cultura cántabra, dice. Más allá del estereotipo, me previene. Pues no lo sé... Me doy un tiempo. Me lo da ella, en realidad, porque no me interrumpe. Pienso.

Estando Telvina asomada a la ventana de su casa vio pasar a una vecina de Carmona con vacas para vender en Cabezón. Le ofreció cinco ovejas por una vaca. La camuniega aceptó. Es así como entró la primera vaca en casa. Esto ocurrió hará qué, cien años. Telvina todavía hoy da nombre a una familia extensa del valle, la mía, aunque en mi caso intersectan otras familias extensas.

Sí, lo es, resuelvo. Le vale. Confía en mi criterio. Yo en mi derrotero familiar. Si no lo hiciera yo, ¿quién?

Las mujeres tenemos más presente que somos el origen porque podemos dar vida, dice. En cambio los hombres a veces se olvidan. A la vista está. No hay más que pensar en el maltrato de los hombres hacia las mujeres. Me gusta que haya dispositivos mentales que conserven la memoria de nuestros orígenes, como esta palabra. Ojalá no se pierda, concluye. 

No olvidamos de dónde venimos porque nos esforzamos por recordarlo. No soltamos la mano. En este esfuerzo introducimos sesgos. La personalización facilita la pregnancia. De qué otra forma hacerlo, si no. Es una pregunta que me hago. Me acompaña desde hace tiempo. Incluso cuando doy formación a los usuarios de la Biblioteca recurro a ejemplos personales para llegar mejor.

Aclaro que en cántabro el género marca diferencia de calidad, siendo comparativamente peor el masculino. Así por ejemplo cucina (la de las personas) frente a cucinu (el de los cerdos) o ventana frente a ventanu, etc. En esta distinción de género Henar identifica un reconocimiento de la potencia generadora femenina.

Pregunto a Henar por la forma verbal ero, "soy", que ella no conoce. A diferencia de jembru, que conozco solo por los libros, ero se utiliza en mi familia. A Henar le gusta esta manera de pensar desde el tú (eres) y no desde el yo (soy). El punto de partida es la segunda persona, dice, no la primera, muy interesante. Este hacer regular (eres, ero) un verbo irregular (soy, eres), es muy interesante, remarca, no piensa el mundo desde el yo, sino desde el tú, eso es señal de buena relación con la alteridad, con el Otro. ¿Y dices que se utiliza en tu familia? Sí, contesto. Una vez hace muchos años una tía mía llamó a casa, explico, todavía no había móviles, y saludó diciendo "Ero Suca". Recuerdo también que en la misma conversación mi tía utilizó el refrán "para el año mil, las aguas al redil". Todo parece indicar que es un refrán antiguo. Es la mía una familia especialmente memoriosa, confirmo, aunque muchos hayan muerto de alzheimer. En la de Henar también. Compartimos preocupación por el olvido.

También ero se perderá, me lamento.

Pues úsala, replica Henar.

A mi sobrina ya no le llegan ni palabras sueltas. De tener bisabuelos montañeses a sonreír cuando utilizo adrede alguna palabra de casa aunque solo sea para que le suene. Pues mira qué bien, dice Henar, si la haces sonreír, la embelleces, tómatelo como que tienes el súper-poder de embellecer.

Me interesa la idea de belleza. Hay quien niega la presencia de belleza en la vida de, por ejemplo, los pastores. Que un pastor cuando mira al monte ve producción, no belleza. Pero no es así. Ahí está por ejemplo Pernal Jermosu en Cabuérniga para demostrarlo. Lo que pasa es que manejan otros códigos. No es que no reconozcan la belleza, es que, si acaso, tienen otra idea y no nos hemos preocupado de aprenderla. Que las casas de un pueblo sean regulares como las copas de un bosque autóctono, por ejemplo, o como el lomo de un animal por el que pasas la mano. Los pastores o los obreros. Ahí están las geodas expuestas en el muro que cierra el Hospital al este, colindando con la cuesta de los toros. Esas geodas están puestas ahí así, para que se vean, para que se disfruten, por una decisión estética que tomaron los obreros.

Le pregunto entonces por el concepto de belleza en Platón. 

La ciudad bella, kallipolis, es la ciudad justa o la menos injusta, y en ella se da a cada cual una educación en función de su naturaleza. Platón pone mucha atención a la crianza. Desde la matriz de la madre. Ante la decadencia de Atenas (que había acusado y condenado a muerte a su maestro, Sócrates) propone una revolución política a través de la educación, lo que exige ser capaces de reconocer qué es lo que cada quien hace mejor. Que lo mejor de tu naturaleza se vea favorecido por tu educación, dice.

Que cada quien, continúa, pueda dedicarse a aquello que hace mejor y a través de lo cual será más útil a la comunidad política, que así será más justa, lo que redundará en la propia felicidad. Pero Platón trasciende la dimensión individual de la felicidad, le preocupa la justicia y la felicidad de la comunidad.

Tu madre y tu padre supieron reconocer tu naturaleza, en qué eras mejor, te apoyaron en tu formación intelectual para mejorarla, lo cual te ha hecho más feliz y te ha capacitado en aquello en lo que eres bueno y ahora puedes ejercer aquello en lo que eres bueno: historiador, documentalista y antropólogo, y mediante esa función contribuyes a tejer una comunidad más justa. Me pareces un buen ejemplo de cómo una naturaleza reforzada por la educación amplía sus posibilidades de ser feliz y de ser útil a su comunidad y, sobre todo, de aspirar a un mayor grado de justicia. Agradezco a Henar el elogio.

Le pregunto entonces por el tejo del jardín. El tejo, con toda su carga simbólica, tengámoslo en cuenta. Está sometido como si fuera un seto. Se le han aplicado las normas del arte topiario. A mí me da pena aunque haya a quien le guste porque es la única manera de poder tener un tejo dentro.

¿Quién decide cuál es la naturaleza del tejo? ¿Gana quien juega mejor o quien decide a qué se juega? Son preguntas que persisten en mí.

Buena pregunta. Cada semestre alguien acaba haciéndosela a Platón ¿Quién decide cuál es la naturaleza de cada quién?, ¿quién tiene el ojo para descubrir (no para decidir: para descubrir, remarca Henar) la gerencia de un ser humano? Me gustaría poder responder que se sabe desde los tres años: el tramposo, el mentiroso, el honesto... Pero me temo que no hay respuesta más allá de la actitud filosófica de la que hablábamos.

Saco a colación el "Espíritu Valdecilla". Representa la idea de hacer lo que haya que hacer superando cualquier dificultad, o al menos intentarlo. En mi opinión, los jardines son su mejor encarnadura. Quizá la clave, digo, esté en el contexto, en este caso la institución. Que sea la institución la que fije las reglas del juego.

Henar asegura que siempre hubo "guardianes de los signos", aquellos en los que recae el control del significado de los signos. Los que detentan el poder, como recuerda Humpty Dumpty en Alicia. Son el dios, el héroe, el adivino, el médico y el pontifex, enumera. Pero si a mí me dieran a elegir, me quedaría con los poetas, concluye.

La naturaleza, que ya no es natural, sino que está modificada por nuestra especie, es antrópica. Vuestro seto de tejo lo ejemplifica, dice. ¿Qué ha ganado con ello, el ser humano? El tenerlo dentro, bien dices, Mario. 

El estar también sometido,

como nosotros, 

añado.

¿Quién es más protagonista, planteo, el ave que esconde bellotas que se le olvida desenterrar, haciendo así que crezca el bosque (por cierto, en el reino vegetal el crecimiento, la propagación es en círculos, que es como avanzan los incendios) o el ser humano que decide no talar el bosque? ¿El hacer o el no hacer, el facilitar o el no perjudicar?

- ¿Qué nombre recibe ese pájaro? -pregunta a su vez Henar.
- Jayu en cántabro. No sé en castellano.
- ¿Y cuál sería su polo femenino?
- La jaya, el árbol.

Henar se queda pensando. 

Me gusta esa "posibilidad generativa interespecies", dice. Me preocupo de apuntar la frase de forma literal. Me parece, la suya, una aportación muy valiosa. Henar piensa en círculos, quizá como camine o como le guste hacerlo cuando piensa. Incendia, abre claros en el bosque.

El bosque estaba antes y no nos necesita porque tiene una jaya y un jayu y ellos se compenetran en ese bioma, propone, es una relación de intimidad interespecies.

Es poner un nombre poético a las relaciones ecológicas.

Es lo que hacía Rilke.

(pausa)

En la cultura cántabra hay una potencia poética inmensa, ratifica.

¿Pero y si estamos, dado que también somos, estamos legitimados? Le pregunto.

Todo está impregnado del ser humano, desde la fosa de Mindanao a las cumbres del Himalaya, no hay naturaleza ajena a nosotros, responde. El planeta se ha antropizado y el ser humano se ha geologizado, se ha convertido en una fuerza geológica. Ya nada es solo natural. Es lo que se conoce como Antropoceno.

El problema comienza cuando concebimos la Tierra como un recurso y además infinito. Es entonces cuando perdemos legitimidad. La perdemos cuando hacemos daño, también a nosotros mismos, pues somos parte del ecosistema Tierra. Es algo que solemos olvidar.

Pregunto si existe el fin y si existe, si existe también el origen. Todo lo que es material va a existir eternamente bajo una forma u otra, responde Henar. Se acaba la forma, no la materia. La materia se eterniza a partir del cambio de la forma. A Henar le gusta depurar las ideas. La materia es eterna a través de los cambios de forma, concluye. Ya lo decían Leucipo y Demócrito, remata, como para quitar peso al asunto. Los primeros atomistas, aclara.

El problema es que el ser humano se considera distinto o separado, continúa. El concepto de "naturaleza" solo nos sirve para pensarnos separadamente. Somos naturales y culturales, pero no nos pensamos como naturaleza, sino que nos vemos como sujeto y a la Tierra como objeto que dominar. Caemos en el error cuando nos creemos sujetos dominadores. Somos una parte del todo que estamos destruyendo.

En este sentido, apunta, me interesa mucho al servicio de qué ponemos la ciencia: o del dominio, cuyo epítome es la bomba atómica, o de los cuidados, como hizo Marie Curie, que materializó su conocimiento científico en un servicio radiológico para atender a los heridos de la I Guerra Mundial. Aprovecho para decir que tenemos en la Biblioteca del año 1924 a 1934 de los Archives de l´Institut du Radium de l´Université de París et de la Fondation CurieTengo para mí que porque hubo relación con el Dr. Téllez Plasencia, que duplicó el Servicio de Fisioterapia de Valdecilla y creó el de Rayos, pionero en España, tanto que la Ministra Federica Montseny, la primera de Europa, le envió como representante de España a un congreso internacional celebrado en Chicago el año 1937. Su ponencia se centró en el ejemplo de Santander. No se divulgó en España. Se publicó años después en la revista Radiology.

Las herencias también se eligen. Es algo que me dijo el Dr. José Luis Bilbao. Está bien saber qué opciones hay. La semilla de Valdecilla se plantó el año 1929. Sus primeros diez años fueron decisivos. Ahí hay donde elegir. Todo lo que se haga en el presente tiene un precedente.

Acabo de leer Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río (Acantilado, 2008) del escritor húngaro László Krasznahorkai, último Premio Nobel de Literatura. El título revela las coordenadas que sigue el templo sintoísta donde se esconde el jardín que busca el protagonista. Las coordenadas del Hospital también estaban claras en su día: en la periferia, bien comunicado, orientado al sur, las terrazas abiertas al sol de la tarde, que era cuando los pacientes estaban más liberados de pruebas médicas, etc. El año 1999 se planteó la conveniencia de mover el Hospital (que había que rediseñarlo se sabía desde la refundación de los años setenta liderada por el Dr. López Vélez), pero finalmente se decidió mantener su emplazamiento original. Ahora está un poco más encorsetado, pero sigue sintiéndose cercano, por todo. El conocimiento es acumulativo, argumenta Henar. Hay que respetar las buenas decisiones. Si cuestionáramos todo el conocimiento que ya fue legitimado, acabaríamos siendo negacionistas, terraplanistas y antivacunas.


Postal de los antiguos pabellones de Valdecilla tomada desde la C/ Padre Rábago. La bahía de Santander al sur. Bosque de eucaliptos donde en la actualidad se levanta la Facultad de Enfermería. Entre la niebla asoma Peñacastillo.

Para la correcta construcción del templo del libro el arquitecto pasó años viviendo en el bosque de donde estaba previsto tomar los árboles. Los que habían crecido en la cumbre servirían para las partes altas, los que habían crecido en sombra, para las zonas sombrías del templo, etc. Leyéndolo me acordé de esa leyenda cabuérniga que asegura que el pueblo de Sopeña se construyó de una sola vez con los árboles que había en La Peña, encima del pueblo, la misma que le da nombre. Eso es estar en el mundo, remarca Henar, no al margen del mundo.

Sopeña:

No tomarás los nombres en vano, recuerda Henar.

Los nombres guardan la memoria, añade. Cuando se ponen bien. Seguro que los cabuérnigos eran buenos leñadores y carpinteros, pregunta, y sí, lo siguen siendo. 

Presento como prueba a favor el verbo esgandiar, que es coger del árbol lo que hace falta, no talarlo. Por ejemplo una rama combada para una viga caballar o arqueada, que es aquella sobre la que reposa el cumbri o espinazo del tejado. Pasa también con la berza, de la que se quitan las hojas que se necesitan para cocinar ese día, dejando el tueru con el resto para la próxima. Efectivamente, esa es una mirada ecológica, reclama Henar, que no esquilma y permite regenerar.

Pensaban a largo plazo y por eso siguen siendo contemporáneos.

Ideas que quedaron desplazadas en el pasado que es legítimo recuperar como alternativa sostenible en el presente. Recuperar y actualizar. Por ejemplo el espíritu concejil, esencialmente igualitario.

Si no nos auto-organizamos, nos organizan.

Belleza es que los tejados de las casas sean uniformes, como los bosques, recuerdo. Un pueblo levantado a una, como Sopeña, es un pueblo unido, bello. Además, la inclinación de los tejados es la misma que la inclinación de las laderas del monte. Se asegura así que el agua de lluvia corra o que la nieve no se acumule y hunda el tejado. Es bello y útil y es bello porque es útil.

Es lo contrario que el capitalismo, apunta Henar. El capitalismo quiere acumular y es cortoplacista. Apela a nuestro deseo, no a nuestra razón. Los vecinos de Sopeña dan tiempo al árbol, le dejan regenerarse. Por contra, el capitalismo lo agota para producir beneficio inmediato.

El capitalismo no muere, muta. Esa es su astucia, declara Henar. Ahora estamos sufriendo una multitud de crisis interconectadas (climática, ecológica, política, enumera), pero el capitalismo no desaparece. El capitalismo muta, se transforma, adopta otra forma. Debe su supervivencia a su capacidad de adaptación.

Ecología quiere decir "el conocimiento del hogar".

Economía, "las normas del hogar".

Ambas ciencias comparten una misma raíz, oikós, hogar, no son opuestas, deben caminar al mismo ritmo y en la misma dirección y sentido, no en sentidos opuestos. También hay palabra cántabra para eso: sen, añado.

Le cuento que mi madre, siempre que va alguna visita a la casa del pueblo, lo que le enseña es el jardín. Hay una jelecha que cayó de La Peña a la que tiene mucho cariño. Es jelecha porque las hojas salen de la tierra. Si salieran del tallo sería un jelechu. Tiene también un acebo escindido que somos mi hermano y yo. De uno de los troncos sale una rama que es mi sobrina.

A Henar le regalaron en Colombia una planta, un cóleo, que venía con un brote desconocido al pie. No lo quitó. Con el tiempo descubrió que era una palmera real. La dejó crecer en la maceta en el salón de su casa. Antes de dejar el país y regresar a su casa de Santander, regaló la palmera real, que ya medía más que ella. Echa en falta encontrarla en el salón al despertar, confiesa. Ya no convive con ella, solo le queda contárselo a los amigos.

VIRIDITAS 36: La risa compartida

Al cuervo le gusta jugar en el aire, hacer piruetas, quiebros, se lo pasa bien, se divierte. Es un ave capaz de hacerlo, disfrutar.

Últimamente, ahora que los días son cortos y llego antes de que amanezca, le oigo desde mi despacho pasar graznando, camuflado en la noche, planeando entre los pabellones como entre vientos.

sábado, 1 de noviembre de 2025

VIRIDITAS, 35: Entrevista a Blanca Tejerina, artista

"La doncella de Mazcuerras" se halla reclinada en el hall del Hospital. Está hecha de una sola pieza de roble. Es ver la escultura e imaginar la envergadura del árbol de procedencia. Se la ve con los brazos cruzados a la altura del pecho. Las vetas recorren el cuerpo de hombro a hombro. Parece estar esperando algo.

Blanca Tejerina espera en la escultura. Hago un gesto de lejos para que vea que soy yo, no nos conocemos de antes, y cuando llego a su altura nos damos la mano. Propongo tomar un café y vamos a la cafetería de dentro. De camino hacemos parada bajo el retrato del marqués pintado por Gerardo de Alvear en los años veinte. Ella se fija en el cojín, yo en las arrugas del lienzo que coinciden con las del cojín:


El cuadro estaba en un despacho y tuvimos que esperar a que quedara vacío para poder sacarlo y colgarlo donde está, presidiendo el acceso de las tres torres. Para disfrute público. Le gusta el modo como se representa la riqueza del marqués en el cuadro, desplegando la mies de su pueblo natal como telón de fondo. Es común encontrar antiguas fotos de familias posando ante el maizal de casa. La prosperidad es maíz como maíz es oro. Igual el marqués.

A Blanca le interesa mucho el territorio. No en vano su última exposición, en el Centro Cultural Doctor Madrazo, comisariada por Lidia Gil, lleva por título "De la rama a la cambera". La visita que he hecho ha servido de estímulo para esta entrevista. Blanca acepta las coordenadas comunes al proyecto: no grabo, escribo apoyándome en las notas que haya ido tomando pero sobre todo rememorando nuestra conversación, lo cual me obliga a escribir sin que pase mucho tiempo desde el paseo por los jardines, para no olvidar los temas tratados además de para ser capaz de reconocer mi propia letra, y, última condición, no subo nada a la red sin el visto bueno del entrevistado.

Seguimos por el pasillo. Entran cortinas de luz por la cristalera. Fuera sopla viento. Se recorta la antigua Residencia Cantabria contra un cielo vacío de nubes. La van a tirar. La antigua Residencia Cantabria también está vacía.

Del maizal y de su valor simbólico llegamos a la estética popular. Le pongo el ejemplo de las geodas que hay en una de las paredes que circundan el complejo hospitalario. Al hacer la pared los canteros las pusieron aposta a la vista, hay una intencionalidad estética ahí, acepta Blanca. Son rocas cuyo origen la Universidad de Cantabria ubica en la antigua cantera de Peñacastillo. La cantera engulló una cueva que había. En la cueva había un dragón y un tesoro que cuidaba el dragón. El dragón, como la cueva, desapareció pero no así el tesoro. Este lo conservamos nosotros. Son las geodas. ¿Quién puede decir que los obreros no manejan valores estéticos? 

Pregunté una vez a un vecino de Carmona, continúo, qué hacía en su opinión que un pueblo fuera bonito, a lo que respondió que un pueblo bonito es cuando puedes pasar la vista por él como la mano por el lomo de un animal. ¿Quién puede negar que los campesinos manejan valores estéticos? Blanca no solo está de acuerdo conmigo sino que también cree que hay una herencia cántabra que filtra estos valores. Me sorprende, para bien. Sus padres no son de aquí, la nuestra es una herencia que no le ha sido transmitida en casa pero la reconoce y la busca, incluso avisa que su generación, Blanca es de 1997, está buscando su identidad aquí. En mi casa la llamamos intidá.

Acordamos no utilizar expresiones del tipo "seno materno" o "casa paterna", o "seno materno" frente a "casa paterna" (la relación entre las cosas es tan importante como las mismas cosas). La tradición tiene que poder cambiarse porque en caso contrario se convierte en obligación, y no.

Mi madre subía con sus amigas a Los Picones y a Piralba a gritar sus nombres y el nombre del valle al que se asomaban, digo. Tomando el café me suelto. He subido este verano a estos mismos lugares y he encontrado multitud de nombres grabados en las lastras, animales, formas geométricas e incluso huellas de pie. Estas huellas tienen según los arqueólogos en torno a tres mil años, aquí.

Blanca defiende que entre un cantero, un ganadero o un soldador y un artista no hay diferencia de fondo. El ganadero resiguiendo el camino abierto por los animales podría presentarse como un happening, por ejemplo. Tiene tanta carga expresiva como cualquier otra forma de arte, remarca. La diferencia es que un cantero o un soldador no ven lo que hacen como arte, bien porque efectivamente no lo sea, en cuyo caso qué lo es (hablaríamos de validación y en qué contexto: los boxeadores de su serie "Dancing With" por ejemplo adoptan en algunos de los cuadros poses íntimas que sus modelos - Blanca boxea - no reconocieron como apropiadas, lo cual a ella le gustó e hizo replantearse su obra a partes iguales), o porque no lo conciban como tal, y entonces por qué, y si es porque no les dejan (no poder es también no saber que se puede) o no interesa, entonces el arte debiera plantearse como objetivo su integración, el nuevo arte, quiero decir, dice Blanca: un arte en abertal, apunto yo. Los animales están en abertal cuando andan sueltos por el monte. Moviéndose ellos libremente las interacciones con el entorno se multiplican y todo gana sentido. Eso es, concede.


La foto está tomada del programa de sala de la exposición "Dancing With" de Blanca montada en la Galería Mecha de Santander.

Blanca reconoce la labor de los comisarios. Es importante que alguien ponga en escena. El ojo del comisario mira (proceso cultural) lo que otros solo ven (proceso fisiológico), incluyendo a veces al propio artista, que incluso es solo después de que el comisario lo mire (o aprecie), eso sí, de cara al mercado, si es que el mercado es el que valida. Pero ya hemos visto que no necesariamente, ni siquiera de forma ideal. Todo el mundo tiene cosas que contar y formas de hacerlo, dice.

Me viene a la cabeza la idea de la ensayista Olivia Lang que recomienda explorar el pasado en busca de alternativas que entonces no cuajaron pero que tienen posible aplicación en el presente para asegurar un futuro mejor. Conocimientos latentes. Poner en valor palabras del pasado entendidas como huellas de ideas potencialmente positivas es otra forma de decirlo.

Blanca ve necesario incluir, que es compartir, para, asegurado un mínimo común denominador de conocimiento, desarrollar. De alguna manera, Blanca plantea un ejercicio de toma de consciencia acompasado, como cuando se sale a rondar a los amores, que todos los corazones de la ronda acaban latiendo al mismo ritmo.

En su última exposición se incluye la palabra cántabra cambera. Pero el origen se encuentra en un sendero tailandés conocido como Monkey Trail. Lo conoce, lo ha recorrido. En este sendero se contraponen las expectativas que un europeo proyecta sobre un sendero etiquetado como natural y la realidad decepcionante de la experiencia, al menos a tenor de los comentarios cosechados en internet: demasiado sol o lluvia abundante, monos molestos o monos que no se dejan ver... En este contexto Blanca quería dar respuesta a qué es un camino natural pero desde una perspectiva íntima, lo cual excluía un título en inglés. Pensaba, dice: yo misma estoy romantizando la naturaleza (arbolada, la niebla espesándose, etc.) e intentaba apartarme de esta visión pero luego dije, dice: por qué cancelarme, yo camino por una Cantabria próxima, no es alta montaña, es una geografía amable, así que si la percibo así, por qué no. La palabra tenía que ser cotidiana, concluye.

Cambera viene de las cambas o piezas curvas de las ruedas de los carros, palabra que contiene una raíz céltica que remite a "curva". Cambera en su significado más primitivo, pues, se aplica a los caminos carreteros. Pero, matiza, en Cantabria la naturaleza cambia tanto que el camino puede llegar a no ser transitable, con lo cual se aprecia más que sí lo sea. Si puedes no pasar se valora más el poder hacerlo.

Esta relación de respeto con la naturaleza, una relación blanda, porosa, que Blanca identifica como cántabra (con independencia de que pueda darse en más sitios), tiene que ver, en su opinión, con la noción de domesticación.

Le cuento de una anciana con la que entablé una breve conversación asomada ella al balcón y yo con prisa, que me preguntó si había visto llorar alguna vez a una vaca. Ante tal pregunta tuve que detenerme y responder la verdad, que no. Ella sí. Tenía una vaca duenda (la de casa) a la que se podía dar de comer a la mano, de tan buena que era. Se llamaba Tasuga (es un nombre habitual para vacas tudancas con capa grisácea, del color del tejón). Subieron la vaca al invernal, sería por falta de qué comer, y ella triste se escapó a verla. Tasuga ven, Tasuga ven, decía. Fue verme la vaca y rodarle las lágrimas por la cara, y la anciana me enseñaba los puños para que me hiciera idea de su tamaño. Así me lo contó aquella señora asomada al balcón, digo.

Esa es la delicadeza de la que hablaba antes, Mario. Esa melodía del tacto, que decía Juan Ramón Jiménez, apunto.

Hay que tener en cuenta que la domesticación tal y como la entiendo yo no es propiamente humana, no es un concepto solo humano, aclara. Los caminos también pueden estar abiertos por los animales. Los pasos también pueden ser pasos animales. Incluso el agua puede abrirlos, pueden ser sendas fluviales en puridad, caminos del agua, y es entonces cuando le hablo a Blanca de los camberones.

Llueve y el agua discurre por las camberas. Con el tiempo las camberas entran en la tierra y pasan a ser camberones. Llegan a no verse. Cuanto más antiguos son, más profundos. Son las venas del territorio. Pero no basta con que el agua haga su parte. El ser humano tiene que venir detrás reparando. Es, pues, una obra solidaria. Los camberones son resultado de la acción combinada entre naturaleza y ser humano o entre naturaleza y esa traducción de la naturaleza que somos.

Te habrás dado cuenta de que la mía es una visión antiespecista, advierte, y sí, lo había notado (escribo la palabra antiespecista y aparece subrayada en pantalla porque el ordenador no la reconoce: aprovecho para incluirla en el diccionario). Hablo desde una perspectiva de a igual, explica. Hay caminos diminutos de hormigas, caminos olfativos que identifica mi perro, por ejemplo, o caminos de peces, interrumpo yo, que los pescadores de la bahía de Santander llaman hueras.


Huera dejada al descubierto por la bajamar en El Regatón de Laredo. Al fondo Monte Hano / Montihanu y El Brusco / El Bruscu.

En esta apertura del concepto "camino" una rama también puede serlo, concluye.

Mis dibujos lo revelan:




Son fotos hechas por Blanca.

Pero en realidad estos dibujos son una concesión que hago para asegurar que la recepción del mensaje sea la adecuada: rama = camino. Con las representaciones más directas abro el espectro de interés. Obviamente, también hay dedicación en estos dibujos. Por ejemplo, las copas se representan desde abajo para revertir escalas. El alma vegetal del soporte también es una decisión consciente. Pero reconozco que son las obras de la serie "Camberas" la clave. La esencia de la exposición "De la rama una cambera" queda recogida en ellas:




Son fotos hechas por la artista.

Fue un hallazgo. Esta serie no traduce, vehiculiza el proceso mental. Estas son obras, por así decir, de primera generación.

Me propuse revelar en Wikiloc mis trayectos por el monte. Luego levanté mapas de carboncillo. Después los reseguí con alambre. Trabajo el metal lo mismo que recorro los caminos, aunque sea con las manos. En mi lugar de trabajo había mucha luz y esa luz es la que provocó la idea de rama. Fue entonces cuando la intelectualicé. Considero que esta es una obra adecuada, reconoce. Las otras series son intentos de trasladar la idea nacida aquí mediante representaciones más evidentes. Son obras igual de válidas pero de segunda generación.

Las formas del carboncillo y del alambre no encajan exactamente. La memoria, la percepción, el volver a vivir algo no va a ser nunca igual, asegura.

Me gusta también la idea de ocultación e intrínsecamente la de revelación. El papel que empleo es vegetal, que transparenta en la misma medida que opaca, para que nada quede del todo claro.

Decidí no titular estas obras ni poner cartelas explicativas. De alguna manera el aporte explicativo se encuentra en las otras series. No hay una interferencia directa. A Blanca no le gusta que la racionalización llegue antes que la percepción de la obra, quiere dar a esta la oportunidad de explicarse por sus propios medios. De lo contrario habría propuesto un ensayo y no una exposición, argumenta, y no le falta razón.

Mis caminos son aquellos por los que transito y sé, asegura, y son palabras literales de Blanca, que son trasladables a un entorno percibido, pero una percepción no solo mía ni humana, también fluvial o vegetal, que tienen otros tiempos.


¿Qué es natural?, se pregunta. Un bosque regenerado gracias a la labor del arrendajo (o jayu en cántabro porque se asocia con la reforestación de hayedos) quizá deba más al ser humano que decide no talarlo, que toma la decisión de no hacer, que al pájaro que ha ido enterrando semillas durante años. Quien no habita un sitio lo abandona. Es una frase que me apresuro a recoger de forma literal.

Blanca intenta despejar este interrogante desde coordenadas actuales (sin centro, como las redes de caminos que dibujan las copas de los árboles), lo cual implica incorporar por ejemplo plásticos o nuevos materiales geológicos en la ecuación.

Es más fácil hablar desde el antónimo, dice. Salvaje Vs. naturalizado o jardín o domesticado, por ejemplo. Pero luego tampoco, continúa, porque cada palabra, si es reflejo de un concepto que resulta de una vivencia, tendrá su correlato en otros seres, por ejemplo la noción jardín desde una perspectiva vegetal. Al final son palabras convenidas para diferenciar asfalto de verde pero cuyas connotaciones marcan cómo vivimos.

La conclusión es que hay una consciencia compartida por todos los seres. Todo lo que es hacer o no hacer es planificación, concluye. Salvaje es sinónimo de convivencia. Ponemos ejemplos entre los dos: el viento que mece los castaños anunciando el otoño, los acúmulos de cantos rodados o leras en los recodos de los ríos que amortiguan los efectos de las riadas, las paredes de piedra sin argamasa o morios que levantan los campesinos para que el viento pase entre las piedras y no las tire...

Gritar tu nombre al vacío desde Piralba, como hacía tu madre de pequeña, y es un guiño que me hace, al mismo tiempo que un milano silba y gira en el cielo diciendo aquí estoy, haciéndose ver, eso es convivir, dice.

Es una noción con muchas derivadas. Blanca ha entrado por los caminos pero también podía haberlo hecho en la casa, o mejor, en el nido, que es una palabra más ancha, no solo humana, dice. 

Blanca menciona a la artista Louise Burgeois, y le pido que me escriba el nombre:


Estamos en los jardines del hospital. Hemos venido caminando hasta el extremo donde no hay salida. Las obras retumban tras la cristalera del pasillo que enhebra los pabellones como cuentas de un mismo collar. Decidimos volver.

De los antiguos pabellones solo quedan las carcasas, si acaso. Por dentro están completamente reformados. Paseamos por tejados ajardinados. Por debajo están los quirófanos, las cabinas de rayos, etc. Flores amarillas asoman al pozo por el que entra la luz natural que ilumina la UCI ubicada en la planta menos uno.

La casa ideal de Blanca cruje como un barco en la mar. Su piso de ahora tiene algo de laberíntico, dice. No le gustan las casas que parecen cajas de zapatos. Le digo que mi abuela murió en casa, en el cuartu del granu. Estaba en la planta baja. Es donde estaban las juchas, los arcones para el cereal. El tabique que daba al pasillo era de setu, es decir, de varas de avellano entrelazado, luego enlucido e igualado con barro enfoscado con cal. Cuando dabas con los nudillos vibraba y sonaba como una cuerda que tensa el viento. Me sale la palabra balombru. Pero tras la última reforma hice la prueba y no sonaba a nada, se había sustituido el setu por ladrillo.

El setu se perderá como la misma palabra que le da nombre, apunta Blanca. Es como la gente, remacha, que ya no canta. ¿Por qué no te crees capaz, válido? Por no guardar esos espacios para ti. El ideal es no tener que ser nadie en concreto, dice.

Tiene que ver también con la tensión entre lo público y lo privado, remacha. Quién tiene derecho a hacer qué y por qué, supuestamente. Es una idea que me gustaría proyectar sobre la cuestión del lobo. Tiene mucho que ver con la noción de propiedad. Pero estoy dándole vueltas.

Los espacios públicos son cuando los cuidas, anoto.

La de los antiguos pabellones es arquitectura neomontañesa, afirmo. Pero en realidad no es tan así. Soy yo el que reconoce algunos detalles y los aprovecho para reivindicar esta genealogía, como las terrazas, que se abren al sol de la tarde, cuando los pacientes disponían de más tiempo libre, para darse baños de sol (había muchos tuberculosos), una orientación común a muchas casas montañesas, pero en realidad, como decía, no está clara esta adscripción, puede que la orientación de los antiguos pabellones fuera fruto de una buena observación del terreno ajena a la tradición, que también cuidaba la orientación de las casas, una coincidencia afortunada, pues. Pero estoy seguro que el arquitecto Gonzalo Bringas no vivía de espaldas a su entorno. No digo que estuviera inmerso en nuestra tradición pero sí que estaba atento y a poco que se fijara tenía que tenerlo claro. Corrijamos entonces y dejémoslo en idealmente neomontañesa (y con esta expresión no sé si me estoy refiriendo al arquitecto, que la quería así, o a mí mismo, que también la quiero, o a los dos).

El arquitecto cántabro Eduardo Ruiz de la Riva sospecha que la inclinación de los tejados del pueblo de Cos se corresponde con el de las laderas de la Sierra de Cos, digo. A Blanca le entusiasma la idea pero no cree que haya imitación de la naturaleza en ello, sino que todo lo es. Hay un hacer consciente cuya coincidencia es fruto de la convivencia. Es una buena síntesis.

Hemos llegado a la altura del escudo que reposa en los jardines. En origen remataba la fachada de sillería del pabellón conocido como "del reloj", el principal. Al escudo le acompañaba el busto del marqués tallado por Barral, pero lo subimos al Salón Noble de la Biblioteca para asegurar su conservación. La fachada fue desmontada en los años 70 y sus sillares numerados y enterrados en Punta Parayas para que no fueran robados. No surtió mucho efecto. En una visita reciente he podido comprobar que faltan muchos sillares, casi tantos como los que se encuentran en las paredes de las fincas vecinas. Sobre el túmulo cimbrean los sauces o saúgos. Hay quien quiere reconstruir esta fachada en terrenos del Hospital, informo, pero a mí me parece mejor idea tomar uno de estos árboles y trasplantarlo a los jardines. 

Tanto la palabra sauce como la cántabra saúgu proceden de la sambuca, antiguo instrumento musical hecho con madera de este árbol. Se creía que su música sanaba. Seguramente fuera por alguna propiedad que se le atribuía. La flauta mágica de Mozart es de esta madera. En Cantabria sus flores se toman en infusión y con sus ramas se hace una especie de silbato para que jueguen los niños. Para acompañar su construcción, que no es tarea fácil, se canta una canción específica (marca el tiempo que hace falta estar dando golpecitos a una rama de este árbol tras haberla mojado para desprender la corteza) que asegura que la borona es para nós y el pan para Dios.

Creo que es buena idea, insisto, que el viento extraiga sonidos saludables del árbol que ha sido trasplantado desde el lugar donde están enterradas las piedras originales. El árbol es a la piedra lo que la piedra a la institución.

Conviene Blanca en que seguramente el sauce posea algún tipo de propiedad saludable y que a esta conclusión seguramente llegaron los antiguos griegos por vías distintas a las que se pueda llegar hoy. Que un lutier haga sus cálculos no impide que se puedan alcanzar las mismas conclusiones por otras vías, dice.

Un petirrojo se acerca a curiosear. Nos silba y le miramos. En Cantabria recibe el nombre de papu coloráu. Me extrañaba porque los nombres de los pájaros, como el de muchos árboles, suele ser femenino. Hasta que pasado el tiempo supe que su nombre completo es la pájara del papu coloráu. Entonces sí.

Subimos a la Biblioteca y lo primero que hacemos es salir a uno de los balcones. El interior y el exterior del edificio no casan. El balcón queda demasiado alto. Para asomarse hay que ponerse de puntillas. Antes había hortensias pero durante la pandemia se secaron. Las hemos sustituido por acebos. Son hijos del acebo centenario que hay a la puerta del pabellón 21, el de Dirección. En realidad es una aceba. Sus hojas no pinchan. La idea es que pasados los años uno pueda mirar al frente y encontrar un acebal presidiendo el Hospital. El jardinero de la casa que nos está ayudando es de Silió. Le pregunté por La Vijanera y respondió con orgullo que había matado al osu dos veces. Es todo un honor hacerlo, simbólicamente, por supuesto. Me contó que un familiar suyo tenía una manada de yeguas (en el monte no se habla de caballos sino de yeguas: Blanca no lo sabía y toma nota) que se protegían del lobo metiéndose en un acebal. Pero al propietario luego le costaba sacarlas de ahí, así que se le ocurrió talarlo, taló los acebos. Ese invierno el lobo le mató seis yeguas.

El acebal es a la institución (pública) lo que el nido a la casa.

Los espacios públicos son cuando los cuidas. No está de más recordarlo.


Los lugares donde pernocta el ganado en el monte se llaman seles, del latín SEDILE, "asiento, residencia". Son lugares no delimitados. Si acaso, señalados. Pertenecen no a particulares sino al pueblo. Se procura que las vacas den a luz en ellos para que el ternero lo haga suyo. Luego las vacas acuden a él solas. Quizá los seles sean lugares utilizados previamente por los animales. Que los humanos los hayan ocupado, o mejor, aprovechado en su beneficio dentro de esa lógica cántabra que decíamos regida por el respeto a la naturaleza. Simbiosis puede ser la palabra. Cultura simbiótica es una expresión que ayuda a resituar la cultura dentro de una coordenadas naturales que la cultura tiende a dejar de lado, o pretenderlo. Quizá los seles en origen fueran acebales.
 
Entramos en el Salón Noble. Nos sentamos en la mesa donde se firmaron las actas fundacionales de la institución. Las sillas tienen los asientos de piel y se hunden por el uso. Quedamos demasiado bajos respecto a la mesa, como los balcones respecto al paisaje, pero no importa. Las palabras salen altas. Aquí no hay balcón pero sí un ventanal flanqueado por dos puertas de hojas con vidrieras historiadas. Están hechas hace un siglo por la familia Maumejean. Le pregunto entonces por sus obras de soldadura. La mayor parte se encuadra en dos series: "Nervaduras" y "Frisos".

Estas obras tienen el color de un paisaje nevado bajo el sol. Pero del color de cuando el manto de nieve empieza a adelgazar y la tierra de debajo se deja sentir. Terreñaz se dice en cántabro.

Blanca ha aprendido a soldar. Hay que saber para hacer, dice. Me recuerda a una frase de mi abuelo, americano y trompetista, que decía que para improvisar (como hacía él, en su última boquilla ponía "jazz master") había que saber. Blanca es profesora de música. Tiene la carrera, además de Bellas Artes. Sabe de lo que habla. Ha estado trabajando en el taller Meyremo de Gajano seis meses. La antorcha pesa mucho, explica. La máscara de protección apenas deja ver. El campo de visión se reduce al punto de luz. La soldadura TIG es una técnica compleja. Su obra parte de ornamentos vegetales porque ha comprobado que es lo que sale.

Sobre esta pauta busca efectos, como mi abuelo "fantasías", que llamaban, a la trompeta. Blanca a veces varía el voltaje o acumula materia en la punta de la antorcha, que es muy fina, provocando quemaduras iridiscentes. Otras pone corriente y deja que intervenga el aire. Lo que para los técnicos del taller es un error para ella no. El viento silbando en el recuerdo cuando ves las hojas de metal movidas.

Le comento que en el monte los cierros antiguos presentan formas subcirculares. He preguntado insistentemente por qué y la única vez que he obtenido respuesta ha sido por parte de un ganadero de edad avanzada que me dijo que así las vacas no quedan acorraladas cuando pelean. Hay cosas sabidas, imaginarios primigenios, opina Blanca. El círculo es una forma básica de la naturaleza. Por eso reiteramos las coincidencias. El pilar, el círculo, el cilindro, señala.

Entran a buscarme. Estamos preparando una exposición con motivo del 50 aniversario del Servicio de Aparato Digestivo del HUMV. La dejo sola un momento. Cuando vuelvo le hago una foto desde la puerta:


Blanca tiene una obra que es un dibujo de ramas enrollado y sujeto con alambre (de los que se encuentran en el monte) posado sobre un cilindro. Dentro preserva un claro de bosque. Los troncos que lo circundan, columnas. Remite a la arquitectura de lo natural, dice. Es la semilla de un templo griego, que a su vez es esquematización de un claro de bosque, de una casa minka japonesa, cuyo límite viene definido por la sombra, o de una casa montañesa, cuyo límite viene definido por la cortina de agua que cae del alero. Lo que es igual por dentro se parecerá por fuera, pese a las condiciones materiales que influyen en su realización, concluye.


Tiene un obra hermana titulada "Parterre vertical". Es de acero inoxidable y me explica que está compuesta por seis cilindros posados en equilibrio. Escribiendo esta entrevista le pido por correo que me envíe un párrafo incidiendo en esta obra: "Trabajo la imagen del tronco como un elemento arquitectónico (aludiendo a la columna de Trajano) y la idea de la representación natural como una práctica de domesticación, siendo el jardín, o más concretamente el parterre, su máxima representación. He trabajado el dibujo en TIG como una abstracción del diseño del espacio natural, una caligrafía influenciada por la ornamentación modernista, y el diseño de tatuajes neotribales."

El acrílico protagoniza otra de sus líneas de trabajo. El dibujo (hacer líneas) selecciona exactamente dónde tienes que mirar, dice. Por el contrario, la mancha de pintura es menos concreta. Blanca la percibe como una fronda. Le digo la palabra cántabra jarba, que significa justamente "frondosidad", para que la recuerde. Pocos más lo harán.

Le paso el papel donde llevo impresos los temas que tenía previsto tratar. Algunos nos los hemos saltado.


Tengo la sensación de que el camino de Blanca no ha hecho más que empezar.