sábado, 1 de julio de 2023

VIRIDITAS, 12: Entrevista a David Añíbarro, paisajista

David Añíbarro es paisajista y ha trabajado para el Gobierno de Cantabria, por ejemplo en el magnífico parque de acceso a Unquera o en el parque de La Ribera en Suances, al lado mismo de la ría de San Martín, también para el Ayuntamiento de Santander, caso de la reforma del parque de La Marga o en el proyecto de restauración de los Jardines de Piquío, cuya obra todavía no está licitada, además de para el Banco Santander, tanto en su sede de Medio Cudeyo (Cantabria), que alberga el Centro de Proceso de Datos, como en la de Boadilla del Monte, su ciudad Financiera en Madrid, ambos proyectos ganados en concurso de ideas. A sus clientes ofrece una propuesta de paisaje completa que incluye no solo los jardines sino también la urbanización. Añíbarro tiene un CV de primer orden, de referencia en el panorama nacional, y nosotros la fortuna de que sea cántabro.

Quedamos en una cafetería aledaña a los Jardines de Pereda. El novelista del que los jardines toman su nombre se halla representado en la cima de una roca que, monumental, preside el conjunto. Por sus faldas ascienden distintos personajes en bronce de su obra, desde la pejina Sotileza al montañés Pito Salces. Los jardines fueron inaugurados el año 1905 y son de inspiración romántica. Eran fragosos y estaban recorridos por caminos sinuosos. Pero la reciente construcción del Centro Botín trajo consigo su transformación. Por aquí empieza inevitablemente nuestra conversación.

En los jardines conviven las líneas curvas de Fernando Caruncho y las líneas rectas de Renzo Piano. Las primeras son coherentes con el planteamiento original, que entiende los jardines como un dispositivo que opera para ensalzar la figura de Pereda, aunque de esta misión quizá solo reste el modelo radial, no tanto la centralidad del novelista, pues su influencia, con el paso del tiempo, ha devenido menor. Por su parte, las líneas rectas se plantean como una estrategia para sacarlos de su ensimismamiento. Se pretende con ellas alinear los jardines con la retícula del ensanche santanderino.

Las primeras son románticas y las segundas ilustradas.

Si esperas una síntesis no la vas a encontrar, Mario.

Los jardines están construidos sobre los cubos del antiguo castillo de San Felipe. Debajo de todo se halla el antiguo lecho marino.

Los pozos abiertos por Cristina Iglesias en los jardines dan vista al antiguo fondo de la mar, y, resolviendo la duda de Rafael Alberti, utiliza el femenino, que es como lo hacen los marineros de la costa cántabra.

Es en ese corte transversal donde se pueden leer todas las capas de los jardines.

Es una metáfora, claro, aclaro, y David asiente. 

Los jardines pivotan en torno a un elemento central que se mantiene desde los orígenes y además se han clareado, se ha facilitado el paso de la luz, lo cual es resultado de aplicar la lógica ilustrada que propone Renzo Piano. Es la cápsula de información que podríamos recetar.

Pero quizá la relación con la bahía no esté del todo afinada. Vale que se haya aceptado elevar el edificio a la altura de las copas de los árboles para no interrumpir las vistas (y este es un tanto que se puede apuntar la iniciativa ciudadana), pero hay especies cuyo crecimiento no se previno, ni su ubicación, y ahora, transcurridos suficientes años, empiezan a hacer cortina, cegando la bahía. Actualmente ya casi no se ve Peña Cabarga desde la Plaza de Alfonso XIII, un error claro de selección de especies para el proyecto, apunta Añíbarro.

Efectivamente, la obra monumental que José Cobo dedica al incendio de 1941, erigida en los jardines, previa a la remodelación promovida por la Fundación Botín, está pensada para que el cielo despejado por el viento sur haga de fondo y es el propio escultor, al que llamo por teléfono, el que confirma que los árboles que han crecido por detrás interfieren en la recepción de su obra. Doy por buena, pues, la prevención del paisajista.

Yo no soy fiel a ninguna escuela, avisa David, no sigo ni el modelo inglés ni el francés. Hay que aprehender el lugar y actuar en consecuencia. Cada espacio tiene su problemática y por tanto se debe establecer o diseñar un programa acorde para cada uno de ellos que dé una solución a los usos y necesidades, y de esta última frase tomo nota literal. Cabe añadir que no llevo grabadora y que notas tomo pocas. David también da por buenas mis prevenciones.

Me viene a la cabeza la palabra conciencia, del latín CONSCIENTIA, que, sobre la palabra SCIRE, "saber", primero significó "conocimiento compartido", luego "conocimiento global, completo", y después "autoconocimiento global del ser humano, de su existencia y de su pensamiento, de sus actos y de la relación de estos con la moral". Hay que actuar de forma consecuente, decías, David, y creo que también de forma consciente, completo.

Eso es, aprueba.

Yo para mi actual trabajo en los Jardines de Piquío, continúa, he recurrido incluso a fotografía histórica. Hay árboles que ya no están pero su presencia se adivina en los árboles que estuvieron a su lado y han llegado hasta nosotros. Por ejemplo, en el viento, su efecto, que antes no afectaba porque no alcanzaba y ahora sí, interfiriendo en sus antiguos vecinos. Árboles que antes crecían rectos ahora se curvan, parecen vencidos. No son especies, las de estos árboles que no están pero se sienten, latentes, no son especies, decía, que recupere por un mero ejercicio de melancolía. Sabiendo que han estado tengo que contar con ellas para desecharlas o para reintroducirlas, pero tengo que tenerlas presentes, tengo que traerlas al presente. Me veo obligado a decidir sobre ellas en función de su entorno, el de ahora y el que será, también en función del que fue.

Hago papiroflexia con el tiempo y con el espacio, indica. Doblo y desdoblo. En muchos de mis trabajos incorporo pequeñas colinas para ganar potencia, para multiplicar las posibilidades del lugar, para dar cabida a todo lo que necesito, a todo lo que está guardado dentro y está presionando para salir, a todo lo que necesita aflorar.

Las colinas de David son como follies que aparecen sorpresivamente en los jardines románticos. Los desplegamos a medida que recorremos sus intrincadas sendas, pienso.

La sorpresa oculta dentro de la pajarita

qué será:

un estanque, por ejemplo.

No hago nada por hacer, todo tiene sentido, asegura, todas mis decisiones están efectivamente, como señalabas tú antes, concede David, tomadas de forma consciente, son decisiones responsables.

Le pregunto y también él de pequeño se tiraba rodando por los prados en cuesta, como hacía yo. Las colinas de David cobran pleno sentido aquí y por eso es aquí donde están, como nosotros.

De un árbol tengo en cuenta todo, dintorno y contorno, que diría Ortega y Gasset, no solo su porte, el color de la corteza o cómo se desarrollan las raíces, por ejemplo, sino también la sombra que genera o las hojas en el suelo: si caen a tierra o sobre asfalto, de una vez como el ginkgo biloba o por veces y en este caso a qué ritmo o bajo qué condiciones, en fin, todo.

En mi caso presupuesto por unidad, por árbol, si es de árboles que hablamos. Como yo trato a los árboles es de uno en uno. Por eso uno de mis árboles nunca va a, digamos, estar fuera de lugar, siempre va a estar integrado y estará sano.

Los ginkgo biloba de la antigua calle La Ribera de Santander, por ejemplo, lo mal que huelen en un determinado momento del año: es un olor a carne podrida que tenía como fin atraer a los dinosaurios. Es un árbol eterno. Se ha recuperado gracias a los monjes budistas, que lo custodiaban en sus monasterios. Pues bien, solo producen mal olor los árboles hembra, no los macho. Si quien fuera lo hubiera tenido en cuenta hoy no tendríamos un problema que mal gestionado podría acabar con la lastimosa tala de los árboles, con su desaparición.

La mirada es la que hace que unas meras coordenadas espaciales se conviertan en un lugar. Este va a nacer primero a nuestros ojos, obtendrá carta de naturaleza cuando le reconozcamos como tal. Es un proceso dilatado y delicado, muy exigente. Si acepto un encargo, lo daré por terminado cuando logre sentirme parte de ese lugar que yo mismo estoy contribuyendo a construir, concluye.

La cortina vegetal que tapa la bahía no está, como tampoco la bahía misma. La noche se las ha llevado hasta la mañana siguiente. Nosotros también nos despedimos.


    Ciudad Financiera del Banco Santander en Boadilla del Monte (Madrid).


    Parque de La Ribera en Suances.


    Jardín privado.


    Jardines del Centro de Proceso de Datos del Banco Santander en Solares.


    Vista Sur - Norte Nuevo Parque de La Marga en Santander.

    Fotografías tomadas y facilitadas para la presente publicación por David Añíbarro.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

miércoles, 21 de junio de 2023

VIRIDITAS, 11: Termina la primavera, empieza el verano

Esta tarde he estado resolviendo la donación de la biblioteca del que fuera médico de Luena durante la guerra. Fantásticas las revistas, la mayor parte editadas por la Industria. Solían recibirlas los médicos de forma gratuita. En muchos casos eran las únicas a su alcance. 

Estas revistas representan una laguna para nosotros. La Biblioteca Marquesa de Pelayo fue inaugurada el año 1929. Es la primera moderna de España. Habría que esperar casi cincuenta años para que se viera como algo normal que hubiera bibliotecas especializadas en los hospitales españoles. Es probable que fuera por este motivo, por la escasa presencia de bibliotecas hospitalarias, que no recibiéramos en su momento este tipo de revistas, porque ni nuestra biblioteca estaba suscrita a ellas (sí a más de ochenta cabeceras internacionales de primer nivel, pero no a estas) ni la Industria se preocupaba de enviárnoslas, quizá por desconocimiento o porque, en aquellos años, no éramos su público objetivo. También pudiera ser que sí las recibiéramos pero no se las valorara lo suficiente y se tiraran, no entro en si de forma acertada o no. Lo cierto es que no las tenemos en nuestro fondo y si no las tenemos nosotros es difícil que en España las tenga nadie más. Por eso es importante cubrir esta laguna, por nosotros y por nuestro entorno. También somos en lo que nos rodea.

Es una pena tener lagunas como esta, decía, aunque una vez detectada estemos haciendo lo posible por cubrirla. También apena saber que nuestra biblioteca no fuera circulante, es decir, que no cubriera a todos los profesionales cántabros. Estaba previsto pero problemas presupuestarios y también de intendencia lo hicieron imposible. Por eso que aquellos profesionales que no estuvieran vinculados a la Casa de Salud Valdecilla se vieran, de alguna manera, desasistidos: tenían acceso a información científica si se la pagaban ellos y de forma complementaria a través de estas revistas de la Industria, no necesariamente sesgadas, aunque está claro que su foco de interés coincidía con el de la empresa que las financiaba. No era la mejor de las situaciones, pues. Los profesionales de aquel entonces también tenían la opción de venir a la Biblioteca en persona, pero imagino que no les resultara fácil; no al menos al médico de Luena.

Hoy, y desde hace relativamente poco, este problema no lo tenemos. La Biblioteca Marquesa de Pelayo atiende a todo el Sistema Sanitario Público de Cantabria. Hemos reunido todas las revistas en papel del Sistema, incluidas las de las extintas bibliotecas de la Residencia Cantabria y del Hospital Sierrallana. Hemos centralizado también los recursos electrónicos. A todo proveemos acceso desde nuestra biblioteca virtual. Se suma el servicio de préstamo interbibliotecario, que, gracias a la cooperación, permite obtener fuera lo que la biblioteca no tiene dentro. En correspondencia, servimos lo que tenemos y las bibliotecas vecinas necesitan. La mejora es sustancial.

La donación del antiguo médico de Luena está prácticamente resuelta. Termina la primavera, el día y termina también mi jornada laboral (en realidad lo hizo hace varias horas). Antes de cerrar, me asomo por una de las ventanas de mi despacho, la que mira a poniente.

Se oculta el sol tras Peñacastillo

el cielo rojizo corta la respiración

tomo aire y cae la noche. Peñacastillo

desaparece salvo por un punto de luz

roja que parpadea arriba: la civili-

zación.

jueves, 1 de junio de 2023

VIRIDITAS, 10: Dos entrevistas en torno a la ingravidez

Subrayo a lápiz el siguiente párrafo de Ventanas de Manhattan (Seix Barral, 2004) de Antonio Muñoz Molina, página 14:

En Grand Central Station la impresión del espacio es tan poderosa, tan estimulante, como en las ruinas de la basílica de Majencio o en el interior del Panteón: un espacio desmedido y sin embargo armónico, que no aplasta con la escala de sus dimensiones, sino que da más bien una cierta sensación de ingravidez que la mirada vuelta hacia arriba contagia al cuerpo entero, un impulso de elevación gozosa, como cuando se escucha una cantata de Bach.

El hall del Edificio 2 de Noviembre me conmueve desde su misma apertura. Este párrafo me ha puesto sobre la pista de por qué.

La ingravidez al ingresar en él, a qué se debe.

1.

José Luis Bilbao me cita en su despacho. Está entrando a la izquierda y luego al fondo. Me ofrece un café. La máquina es suya, la maneja él y el café, en un gesto de humildad encomiable, lo sirve también él. Me alcanza la taza y la calidez que transmite su persona la siento también ahora en las manos.

Fue Director Gerente de 2007 a 2011. Con él llegué yo. Recuerdo que al presentarme conminó a los que conmigo iban a que no me faltara de nada, que son las mismas palabras que dedicó el marqués a Rafael Lorente de No.

José Luis respeta los rituales cívicos.

La estatua del marqués que está a la puerta del Pabellón 21, dice, enarca las cejas y yo asiento, al pie del Pabellón de Dirección, insiste, allí se hacía una misa y luego una fiesta por el cumpleaños o el santo del marqués, no tengo muy claro ese punto, reconoce. Por eso pusimos esa estatua donde está, continúa, al aire libre. 

Es una estatua que todos los 24 de octubre, aniversario de la Casa de Salud Valdecilla, amanece con un ramo de flores frescas en su regazo, sin falta. Son flores que diseminan su olor posadas en el regazo de bronce del marqués.

La finca donde está el hospital tiene forma de corazón, ¿no te habías fijado?, pregunta, y no, no había reparado en ello, pero pensándolo tiene razón.

Estaba todo dispuesto pero ya desde el inicio no se pudo cumplir el sueño del marqués. Él quería un hospital orientado a sur, que es a donde mira Santander, a la bahía. Pero las comunicaciones estaban arriba, abajo solo había agua y apenas una línea de ferrocarril que además de las distancias tenía que salvar las mareas, un ferrocarril anfibio, y José Luis sonríe. Esta tensión entre la realidad y el deseo es muy nuestra, asevera.

Hoy el principal problema del hospital es el propio hospital, que se molesta a sí mismo. Esto es porque se han ido acumulando decisiones tomadas sin respetar el pasado ni prever el futuro, decisiones desmemoriadas, de alguna manera inconscientes.

Te pongo varios ejemplos.

Los pabellones se dejaron como carta de presentación de la ciudad, para que se vieran nada más entrar por la rotonda de Lamarga, además de para ver desde ellos la bahía, pero Valdecilla Sur los tapó.

Los jardines previstos al pie de Valdecilla Sur se malograron por culpa de una subestación eléctrica dependiente de la Autoridad Portuaria.

Los accesos a Valdecilla Sur también se vieron comprometidos. 

Lo mismo cabe decir de los accesos a Urgencias.

Tampoco se salva la circulación interna. Los flujos de trabajadores, pacientes y visitas se superponen.

Nunca se ha visto el hospital como un todo.

La conexión entre el Edificio 2 de Noviembre y las Torres no está bien resuelta, otro ejemplo. De hecho a la puerta orientada a norte le han tenido que poner unas orejeras para protegerla del mal tiempo y el gran ventanal del hall del Edificio 2 de Noviembre no mira a ninguna parte, del otro lado se ha puesto el Salón Gómez-Durán.

Por cierto, el primer trasplante de corazón practicado en este hospital lo dirigió este doctor.

Me vienen a la cabeza esas declaraciones del poeta José Hierro rescatadas con motivo de la reciente celebración de su centenario (y en las que participó la Biblioteca adquiriendo y exponiendo Emblemas Neurorradiológicos, obra de extraordinaria rareza) en las que afirma, allá por los años sesenta, que el poeta es el hombre que comercia con su corazón, que lo trasplanta al papel y que a través del papel, dice Hierro, lo trasplanta en aquellos que van a leerlo.

Tenemos un problema de adanismo, continúa José Luis.

Se acumulan muchas épocas, al menos cuatro, y José Luis enumera: la de los años diez, la de los veinte, la de los setenta, que podríamos considerar refundación, y la de ahora; muchas épocas, muchas lógicas y ninguna integrada, nulo diálogo.

Hablo de refundación en los setenta porque Segundo López Vélez fue el que quiso levantar un hospital heredero del que inauguró Wenceslao López Albo, un hospital brillante. Esa fue su visión y creo que merece ser tenida todavía en cuenta, aclara.

Debido a Segundo López Vélez y al papel que cumplió en la Universidad de Cantabria, por entonces de Santander, de la que fue su comisario político, la imagen que tenemos es la de un hospital franquista, pero no se corresponde con la realidad, el hospital lo que realmente fue es víctima del franquismo, como todo el país. Superamos el franquismo y fue en parte gracias a Segundo López Vélez. Las herencias también se eligen, Mario.

Yo soy partidario de que Valdecilla tenga un estatuto especial, informa. Pienso en una institución pública pero con capacidad para gestionar dinero con origen distinto al público. Ganaríamos autonomía. De hacerlo, respetaríamos el legado tanto de Wenceslao López Albo como de Segundo López Vélez, y José Luis traza con las manos una semicircunferencia en el aire.

Es bajo la influencia de este último que se construye el edificio de Traumatología. Ese edificio estaba conectado con la uve, que tenía dos alas, y José Luis las representa poniendo las manos de canto, una y otra: la norte la pública, donde se atendía por la mañana, y la sur la privada, donde se atendía por la tarde.

El sur ha sido siempre nuestro horizonte, lo dice buscando mi mirada, buscando también mi complicidad.

Cuando se cayó el edifico de Traumatología el año 1999 se quiso que todo el hospital mirara a sur, por fin. Pero tampoco entonces lo conseguimos. 

El hall del edificio que pasó a llamarse 2 de Noviembre corresponde al de hospitalización. Está planteado para visitas, que suelen venir cargadas de preocupaciones. Mi idea era que ese hall te sacara del pensamiento, y me preocupo de apuntar estas palabras de José Luis al pie de la letra.

Abrir un claro.

En el hospital y dentro.

Entiendo que de cada uno, y sí.

No conseguimos que el hospital mirara a sur porque no conseguimos que el arquitecto dejara de trabajar para el constructor y pasara a trabajar para el propietario, que éramos nosotros. Me refiero a la sociedad, aclara.

Añade que el sur lo lleva utilizando desde hace un buen rato como metáfora, te habrás dado cuenta, pregunta, y contesto que sí.

¿La solución?, responde: la solución es que el proyecto de hospital esté acompasado con el proyecto arquitectónico.

Los edificios son las personas. Cuando decimos que hay que poner la vida en el centro queremos decir los pacientes y sus circunstancias, que nos incluyen también a nosotros. Hay que construir con intención.

No se puede construir Parayas, por ejemplo, para meter dentro a los pacientes psiquiátricos cuando en todo el mundo es tendencia sacarlos. Hay que estar en hora.

El horizonte temporal en nuestro mundo es de veinte años.

Hay que tener puesta la mente en ese horizonte y plegar el tiempo.

Tampoco se puede jugar todo a una carta. Eso es condición de vida, la diversidad. No se puede apostar todo a un tratamiento rompedor, por ejemplo.

Hay que viajar, también.

Yo recuerdo estar de visita en un hospital muy bien dotado de una ciudad hispanoamericana pero donde no había profesionales porque el entorno no acompañaba, era muy inseguro, estaba el hospital prácticamente vacío.

El dinamismo que provocó Segundo López Vélez transformó la ciudad, eso es así.

Somos en lo que nos rodea.

Es fundamental cuidar nuestro entorno.

El muro que nos cerraba a la altura de la cuesta de los toros, por ejemplo. Pusimos en su lugar un seto. No fue por difuminar la frontera, fue por retirarla. Me decían que no era posible, que no era seguro. Pero lo hicimos y ha sido un éxito porque desde entonces la gente siente al hospital más suyo. Hay que dar esa oportunidad a la ciudadanía, la de ser parte.

Valdecilla se tiene que abrir más.

El marqués tenía un árbol preferido, un pino, que ya no está, se taló hace muchos años. A mí me gusta la secuoya, es un árbol imponente al que cualquiera se puede acercar.

Efectivamente, la secuoya está al alcance de la mano. Se ve desde su despacho. Nos despedimos, me tiende la suya y yo ya sabía que a pesar de todo iba a estar caliente. El sol que entra por la ventana incide en su regazo.

2.

Quedo con Eduardo Gruber y Juan González de Riancho de la Galería Siboney en una cafetería del centro, por la tarde, llego tarde pero aun así el primero, luego el artista, que me lleva al fondo, ocupa uno de los lados largos de la mesa y bien, como no tardaré en comprobar, porque Eduardo sabe aprovechar el espacio cuando se explica, las manos hélices que airean ideas, yo me acomodo en el opuesto y Juan, cuando llega, que no tarda, apenas tiene oportunidad de sentarse, ocupado como está en entrar y salir pendiente de la galería que está enfrente.

Pongo encima de la mesa una pila de libros dedicados a Eduardo, él apenas los mira pero los reconoce y asiente. A Juan le gusta el detalle, lo noto en el brillo de sus ojos, de mirada afilada, hecha a tanto arte. Es una entrevista imprevisible aunque la haya preparado, lo sé, no sé a qué atenerme ni si luego voy a acordarme.

Pregunto a Eduardo por el hall del Edificio 2 de Noviembre. Parece hecho a su medida. Algo de eso hay. Cuando se pusieron en contacto con Eduardo a través de la galería, el espacio estaba definido con tres pilares alineados que hacían del hall un espacio tupido. Eduardo planteó la posibilidad de dejarlo totalmente diáfano. Para despejar la mirada y para que ganara como espacio vital, de paso o de encuentro, sin interrupciones, esa era la idea, informa. Si a nivel técnico fuera posible, completa. Presentó al arquitecto una serie de maquetas y finalmente le convenció. Suelo recurrir a las maquetas cuando trabajo, dice, y doy fe de ello. He tenido acceso a las que empleó para preparar su instalación en los jardines del palacio de la Fundación Caja Cantabria en Santillana del Mar y son muy minuciosas y delicadas.

Con aquella obra de Santillana del Mar quería coger las medidas del bosque, dice.

Poco antes de la inauguración, se posó una lechuza coronando la instalación.

El bosque nos ha dado el visto bueno, pensé.

La obra del hospital también tiene carácter arquitectónico. Se titula "Metrópolis". Pertenece a una serie inspirada en ciudades, en lo que me inspiran a mí, aclara. La última es "Sarajevo", el último cuadro de la serie se titula así.

Fue con esa ciudad que me cansé.

El cuerpo me pidió entonces volver a la figuración. Pero dudaba porque se supone que tras la figuración viene la abstracción, no al revés. Finalmente di el paso. Vino precedido de movimientos en el dibujo, que en mi caso siempre va por delante. Mis dibujos son cabezas de playa. El dibujo que funcionó como bisagra se titula "El perro azul". No obstante, en mi figuración hay siempre una intención, que no es lo mismo que un mensaje. Yo relaciono la intención con la abstracción.

¿Y cuál es tu intención?, pregunto. Tarda en responder:

qué puedo contar yo

para ser yo,

ahora.

1 + 2

Al entrar el hall del hospital se deja ver sin molestar:

es un claro del bosque

o una intención

apenas nada pero - como esas cimas 

donde se ve el día y la noche

a un tiempo - es todo porque es

el lugar donde estás, aquí.


Entrevistas realizadas por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS, 9: El retrato del marqués y la mies

El cuadro del marqués que conserva el Hospital Valdecilla es del pintor cántabro Gerardo de Alvear. El año 2015 lo recuperamos para el disfrute público. Estaba en un despacho. Ahora en el hall de las tres torres.

El autor lo dio por concluido el año 1926. Según dejó escrito en sus memorias, el marqués "tendría entonces unos ochenta años, enjuto, barba blanca en punta, ojos pequeños muy vivos, tez sonrosada, cabello blanco". Posa ante un ventanal abierto a la mies de Valdecilla, su pueblo natal, en el municipio de Medio Cudeyo.

El cielo está en el cuadro cubierto. En un poema que dedica a esta obra, Pick lo etiqueta como "cielo montañés".

El modelo territorial de todo el Cantábrico, que tiene su epicentro en La Montaña, con Cabuérniga al frente, de origen milenario, se organiza en capas, como si fuera una cebolla. El corazón es el núcleo de población y a su alrededor se van sucediendo distintas capas funcionales, siendo la primera y más importante la mies, que es el espacio destinado a terrazgo. La palabra mies viene del latín MESSIS, "cosecha".

La mies es en Cantabria, la de siempre, símbolo de prosperidad. No es, pues, casualidad que aparezca como fondo del cuadro.


El sol

de la savia

corazón.


El marqués presidiendo el Hospital, en el acceso principal, la mies toda alrededor.

martes, 2 de mayo de 2023

VIRIDITAS, 8: Entrevista a Domingo de la Lastra, arquitecto

Quedamos en la puerta de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Cantabria aledaña al Hospital Universitario Marqués de Valdecilla para empezar viendo el único tramo que se conserva de la verja que cerraba el perímetro de la Casa de Salud Valdecilla, medio oculto por enredaderas. Si no lo estuviera probablemente no habría llegado hasta nosotros. Lo protege el olvido.

Nos falta cultura de mantenimiento.

Lo afirma Domingo de la Lastra, de quien admiro tanto su trabajo como su implicación en distintas causas, no todas cómodas pero siempre justas. Suyos son los Cines Groucho de Santander, la pasarela del Mercado de la Esperanza o el centro cultural de Gándara (Soba). De su grado de compromiso da cumplida cuenta la creación del "Grupo Alceda", foro ciudadano para la defensa del patrimonio cultural y natural, y su colaboración como vocal de patrimonio arquitectónico en "Hispania Nostra Cantabria". Pese a nuestras muchas afinidades, no habíamos coincidido hasta ahora. Era hora de enmendarlo.

Nos falta querernos, tomarnos en serio, respetarnos.

(pausa)

Nos falta amor propio, concluye.

Nos detenemos bajo una hermosa mimosa florecida. Es un estallido amarillo. La verja presenta en su parte central el anagrama enmarcado de la Casa de Salud Valdecilla. Quedan pocos de estos marcos, apenas dos o tres. Del resto, y debieron ser decenas, nada se sabe. La casa que el doctor López Albo tenía a orillas del río Madre, que hace de frontera entre Colindres y Laredo, recientemente derruida, disfrutaba de un jardín indiano en cuya cancela había otros dos anagramas, del padre y de la madre, que respondían al mismo estilo que el del Hospital, quizá estos más escuetos, más ornamentados los familiares, como si unos y otros hubieran sido diseñados por una misma mano movida por distintos intereses o en distintas épocas. Tampoco se sabe dónde están estos últimos. La casa cuando la tiraron ya no pertenecía a la familia del doctor.

No paramos aquí por casualidad. Mi abuelo cabuérnigo en cuanto podía se prendía una ramita de mimosa en el ojal de la chaqueta. Le pregunto a Domingo por su abuelo, Deogracias Mariano de la Lastra, a quien debemos algunas de las obras más relevantes de la arquitectura cántabra, como la sede del antiguo Ateneo Popular de Santander, de estilo moderno, la casa de vecindad que destaca en la esquina de la C/ Fernández de Isla, de estilo cubista, o el monumento al Dr. Madrazo en Vega de Pas, entre otras muchas.

Domingo me relata una historia de vida de su abuelo, que conoce por testimonios familiares, relacionada con el Hospital. Resulta que se convocó un concurso público para construir un hospital que sustituyera al de San Rafael, actual sede del Parlamento de Cantabria, concurso que ganó su abuelo junto con los arquitectos Eloy Martínez del Valle y Francisco Urcola. Pero al poco de arrancar las obras, se paralizaron por falta de presupuesto. Las retomó, como sabemos, el marqués, que impuso sus condiciones, quedando el anterior proyecto al margen. Pleitearon los responsables por sus derechos y ganaron, pero el proyecto fue otro. El dinero que recibió su abuelo como compensación lo invirtió en el asilo para ancianos desamparados de la Calle Santa Lucía y en la construcción del banco - monumento en homenaje al doctor Víctor Quintana que se encuentra en el Paseo Pereda. El doctor Quintana fue el último director del Hospital de San Rafael y había sido llamado a dirigir el nuevo hospital pero finalmente fue sustituido, por interposición del marqués, por el doctor López Albo, recomendado por el doctor Gregorio Marañón. El arquitecto que terminó firmando las obras fue Gonzalo Bringas.

Entramos en una cafetería próxima al Hospital. Pedimos y nos acomodamos en un sofá. Nuestra charla es amena y avanza sin atropellos, evitando los tumultos. En un momento dado Domingo se refiere a la fidelidad que debemos a nuestra memoria. Le interrumpo porque es una idea que me parece buen pórtico para la entrevista y le pido un poco de tiempo para sacar la libreta y tomar nota de lo que está diciendo.

Tomando de la mano tu frase, Domingo, te quería preguntar por la idea de originalidad. Sabrás que los templos japoneses son considerados de los más antiguos del mundo a pesar de ser de madera o precisamente por serlo, y Domingo asiente, los más antiguos porque se pueden rehacer una y otra vez, siempre que se decida hacerlo, y paro para provocar su respuesta.

Exacto, confirma.

Mi intención era exponer que nuestra arquitectura tradicional también fue de madera hasta el 1500 y que la posterior, de piedra, conserva dentro una recia estructura de madera que recibe el nombre de cuadru, una especie de pérgola compuesta por cuatro postes sobre los que apoya directamente la cubierta, herencia de nuestra arquitectura más antigua. Los muros aquí no son de carga, solo se ocupan de envolver, de proteger el cuadru, el alma de madera de la casa. Desde este punto quería llegar a la idea de regeneración tanto en el reino vegetal como en la arquitectura y cómo la relación entre ambos dominios se puede expresar, en mi opinión, a través de la jardinería, eso quería.

Pero no hizo falta.

Domingo me toma la palabra para llevarla mucho más lejos.

Asisto a un despliegue conceptual impresionante. Desisto de apuntarlo todo. Las más de las notas que siguen están escritas a partir de mis recuerdos, ligeramente prendidos de la memoria como mimosas en la chaqueta de mi abuelo.

En vista de la fragilidad de nuestra memoria, asevera (Domingo está asentando los cimientos y quiere que sean firmes), es más importante la fidelidad a ella misma que la propia memoria.

El patrimonio es la señal, la presencia de la memoria, continúa.

Su sola presencia, y Domingo se refiere al patrimonio, justifica el relato que comprende su razón de ser.

(pausa)

Yo puedo vivir en mi presente, sin patrimonio, lo que pasa es que si prescindimos de lo material, si yo pierdo la presencia de la memoria...

No concluye la frase porque prefiere abordar la idea que me quiere transmitir desde otro ángulo:

Si solo hay presente, si no hay patrimonio, al no haber constancia de la memoria, no hay razón para conservarla.

Asiento y él parece satisfecho.

Perder el patrimonio no es tanto perder el recuerdo como el recuerdo de eso que tenías que recordar, el recuerdo de que tenías que recordar algo.

Me pongo en situación e imagino que cambio de mano el reloj para recordar algo, que pierdo el reloj y que ni siquiera me acuerdo de haberlo tenido. 

Para el hombre sin memoria no hay nada antes ni después, continúa Domingo. Para el hombre sin memoria solo hay presente. La rebelión ante la fugacidad de la vida que rige el presente, ante el abismo del tiempo, es la memoria. Es en la memoria donde reside nuestro sentido de la eternidad, la memoria es el modo como retamos a Dios. Ese sentido trágico de la existencia motiva las grandes decisiones, es cuando tomamos consciencia de nuestra finitud, de una vida enmarcada por un antes y un después, por un final inexorable.

(pausa)

(le miro de hito en hito)

(me devuelve una mirada afilada)

(vuelvo al papel y Domingo al discurso)

La reacción es la belleza.

Esa reacción es emocionante.

Querer dejar la huella de lo que la vida nos hace sentir, eso es la belleza, y esa huella es el patrimonio.

(pausa)

No hacemos más que consecuencia.

No se oye a nadie a nuestro alrededor a pesar de estar todos los sitios ocupados. Nos envuelve un silencio respetuoso. Le pido a Domingo que me cuente algo más sobre él.

Ahora está muy ilusionado con un proyecto en Otero, cerca de Cabanzón, en el valle del Nansa. Se trata de una antigua iglesia que se quiere consolidar como ruina. Luego me explicará. También le apasiona pintar. No conozco su obra pero cuando escribo estas líneas ya me he preocupado de buscar y me encanta, por viva y comprometida. Es fácil de encontrar en redes.

Aprovecho para contarle que estoy dando vueltas al nombre del valle de mi familia, que es Cabuérniga, topónimo que no logro desvelar, y que creo que tiene que ver con una gran depresión abierta en el monte que preside el valle conocida como La Canalona. Me he acercado a ella desde las cumbres cercanas, costeando, desde el pie de la montaña, pero sin resultados, no logro saber el porqué del nombre del valle, de modo que ahora estoy yendo a La Canalona siempre que puedo a pintarla, que es otra forma de acercamiento. He comprado carboncillos pero no me valen porque no soy capaz de encontrar la luz en ellos, porque aun habiendo negrura no todo lo es, así que he empezado a pintarla con lo que encuentro, por ejemplo hojas que aprieto contra el papel, papel que mojo o expongo al sol, o con tierra.

Me dice entonces que le gustaría hacerme un retrato.

Se lo agradezco.

Aprovecha su obra de Cabanzón para explicarme lo importante que es consolidar una ruina. Esta se suele despreciar, tomar por un despojo, la ruina es de alguna manera una decepción, dice, pero en realidad la ruina es todo lo contrario. 

Se lo piensa y sentencia que la sola presencia de la ruina educa.

Le pido que se extienda en esa idea.

Poner freno al proceso de descomposición de la ruina para que sea contemplada y apreciada cambia la actitud de la persona, explica. El sentido contemplativo de la ruina potencia nuestra capacidad de aprecio.

Para aceptar la ruina tienes que cambiar tu propia percepción.

Digo sí.

Domingo tiene razón, ante el reto de una ruina detenida en el tiempo de forma consciente es imposible no preguntarte por qué, por qué esa ruina te interpela, y respondiéndote, sea cual sea la repuesta, estás ampliando tu percepción, estás incluyendo nuevos factores que sopesar, estás, en definitiva, enriqueciéndote.

Pasado es todo, no solo un palacio, también lo es una ruina, añade. Lo que llamamos patrimonio es una selección, es aquello que entendemos necesario para construir el relato de la historia, dice, y no puedo dejar de darle la razón. Por eso remarcaba antes, continúa Domingo, que una ruina es muy potente, porque cuando se selecciona, y toda selección implica una consciencia, se está construyendo patrimonio.

Es muy importante que la selección sea justa.

No debemos obnubilarnos por la verdad porque la verdad es una mentira más. Hay que ser justos en el relato, con eso es suficiente. 

Que sea justo significa que esté ajustado a las circunstancias.

Su última reflexión me conduce a los antiguos concejos, a su naturaleza. Primero eran los vecinos los que se reunían para debatir sobre los temas que ellos consideraban importantes, todos en pie de igualdad, donde las opiniones de todos valían lo mismo y se decidía en común, pero después las élites pasaron a controlarlos y a manipularlos para legitimar las decisiones que ellos provocaban y que a ellos beneficiaban. ¿O acaso los concejos nacieron precisamente para que las élites ejercieran un mayor control sobre sus vecinos? Es una reflexión relacionada con las circunstancias que apuntaba Domingo, que tan importantes o más que ellas me parecen las condiciones que las hacen posibles, y así se lo traslado.

Para Domingo son especialmente importantes tres coordenadas: pasado, presente y futuro, quiere que queden claras.

No soy más que pasado. No soy más que el pasado que he sido.

Pero tampoco soy más que el futuro. Lo único que soy es lo que me queda por ser.

En esa doble conciencia, en ese filo, habita el presente.

Para nuestros antepasados estaba claro. Fíjate en la cantidad de topónimos cántabros que hacen referencia a Jano, el dios bifronte de los clásicos, por ejemplo el pico Jano de Silió o el monte Hano de Santoña.

Los topónimos a los que remite Domingo creo yo que también pudieran tener que ver con el latín FANUM, "templo" (que los propios romanos atribuían a creencias prerromanas) o "lugar consagrado".

El pasado te concede la responsabilidad de tus propios actos, si eres consciente de tus actos también tienes que ser responsable de los mismos. Además, tienes capacidad de vislumbrar el futuro, es decir, tienes la capacidad de alterar tu destino.

Eres capaz de vislumbrar un futuro a la altura de lo que seas capaz de alcanzar.

Entiendo, le digo, que aquí pesa también la idea de justicia que comentabas antes, Domingo, pues justo será lo que facilita o al menos no impide que alcances lo que seas capaz de alcanzar.

Eso es, concede.

El futuro y el pasado tensionan el presente, continúa.

Entonces yo le hablo de un verbo montañés muy bonito, balumbar, por desgracia prácticamente extinto. La hierba alta en el carro balumba de camino al pajar. Valdría por ejemplo para una carga mal atada en la baca del coche. Me imagino el presente balumbando ora hacia el pasado, ora hacia el futuro.

Estar de camino en el presente (Domingo mueve las manos como si se las meciera el aire, el brillo de la hierba que amarillea al sol en su mirada) conlleva tratar de entender qué hago aquí y si estoy aquí qué puedo hacer.

Esta tensión agónica, existencial, la superamos gracias a la voluntad que hace decir: aquí hay un jardín, por ejemplo.

Verdad es que ahí hay un jardín porque tenemos la voluntad de que lo haya.

Así es, digo, precisamente VIRIDITAS consiste en instalar un jardín antes que en ningún sitio en la mente. Si decimos que ahí hay un jardín, lo hay, y si añadimos que ese jardín que hay ahí es el mismo que el de hace cien años, es porque lo es.

Estoy de acuerdo contigo, Mario. De alguna manera, tú y yo estamos ahora construyendo el jardín que desde este mismo momento es.

Sé que Domingo comparte conmigo la idea de que si nos declaramos los mismos que hace cien años es porque lo somos, o sus herederos, que es otra manera de decirlo o de serlo. Es importante poder recomponer la mirada, el sentido y el significado de las cosas.

Hablamos sobre la posibilidad de recuperar la fachada del pabellón "del reloj" que presidía la Casa de Salud Valdecilla cuyos sillares se encuentran enterrados en Punta Parayas pero le digo que si es por simbolismo yo más lógico veo trasplantar uno de los saúcos que crecen encima del montículo de piedras al lugar donde ha estado hasta hace poco el busto del marqués, al pie del pabellón 16, a cuya biblioteca, que dirijo, se ha trasladado por motivos de conservación.

Le parece una buena propuesta.

Le explico que en Cantabria el saúco se llama saúgu y que su madera se aprovechaba para hacer flautas. También que tanto la palabra castellana como la cántabra comparten etimología con el griego sambuca, instrumento musical que se hace precisamente con saúco. Los clásicos atribuían a este árbol propiedades curativas, y por extensión al sonido del instrumento. 

Cuánto mejor las ramas de saúco cimbreadas por el viento en los jardines del Hospital, sonando, si realmente es por simbolismo.

Sí, pero no pierdas de vista que hay otras opciones no necesariamente excluyentes, Mario.

No seguimos tirando de este hilo pero transcurridos varios días voy de visita a Comillas a ver una portalada de Gaudí donde hay una abertura para personas, otra para carruajes y una más para aves. Es la conocida como Puerta de los Pájaros. En Cantabria que las golondrinas aniden en el portal de casa o bajo el alero se toma como señal de bienaventuranza, de hecho los nidos no se retiran. Esto es porque se cree que las golondrinas retiraron las espinas de Cristo durante la Ascensión. En realidad estas aves se alimentan de insectos, por eso se las quiere alrededor de casa. Se toman por símbolo de buena suerte y también de buena vecindad, lo mismo que la higuera a la puerta. La portalada de Gaudí en Comillas remite a esta idea. Las portaladas son proyecciones de la fachada de la casa. Es la carta de presentación de la casa al lado del camino, para que se vea mejor. En este contexto tampoco sería mala idea recuperar la antigua fachada del Hospital como portalada del mismo.

Nuestro margen de maniobra somos nosotros mismos, continúa Domingo.

Hay que volver a decirlo todo, desde barrio a paseo, desde convivencia a oposición, todo, porque todo tiene que volverse permanentemente contemporáneo, que significa ajustado a las circunstancias.

El relato justo, resumo, y él asiente.

Se ha hecho un poco tarde. Salimos de la cafetería y le acompaño a la parada de bus. De camino paramos para ver desde arriba la caseta tomada por los jardineros. La utilizan como invernadero. Se encuentra en el extremo este del complejo hospitalario. Domingo propone consolidarla como si fuera una ruina, y cuidarla.

De nuevo vuelvo, Mario, insiste Domingo, a la importancia de la cultura del mantenimiento, porque es clave para sostener el principio de patrimonio.

Creo que terminar como se empieza es buena forma de terminar, el uróboros de los clásicos, pienso.

Tenemos que evitar sustituir la realidad por escenografías de la realidad. En el caso de esta caseta, concluye Domingo, es fundamental que quien la utilice aprenda a valorarla y entonces verás cómo la cuida.

Precisamente pasa entonces por debajo de donde estamos el jardinero y nos saluda. Le conozco y es de Ibio. Sabe lo que se hace.

Hay muchas cosas de las cosas que suceden fuera de las cosas, enuncia Domingo y parece estar proponiendo un trabalenguas, pero no. Lo vimos durante el confinamiento, se explica. No es que a nuestra casa le falte una terraza, es que a nuestra casa le han cercenado su habitabilidad, que es algo que viene dado por el entorno. En este sentido, este hospital necesita relacionarse mejor con su entorno. Este solar sería un punto de encuentro espléndido. Domingo se refiere al lugar donde antes estaba la casa de la maestra. La recuerdo de crío, los vanos sin tapar, ventanas y puertas sin cerrar. Es ahora un espacio en desuso.

Seguimos subiendo en dirección a la parada de bus. Tenemos la sensación de haber dejado algo abierto. Así es. Desde aquí arriba Peña Cabarga asoma por encima de los tejados. Las vistas son espléndidas.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.

VIRIDITAS, 7: La secuoya

La Biblioteca se encuentra en la 2ª planta del pabellón 16, el central. En este mismo lugar estaba la residencia de alumnas de Enfermería.

Recientemente la Biblioteca ha adquirido dos fotos en blanco y negro tomadas desde lo que hoy es la sala de estudio. En una se ve el pabellón que había a norte, desaparecido, y la otra mira a sur. Se ha colocado un cartel con las dos fotos en el mismo lugar donde se tomaron hace casi un siglo.

En ninguna de las dos se ve a nadie. Los pabellones aparentan estar sin estrenar. Es sabido que la inauguración del 24 de octubre de 1929 fue en realidad un acto de homenaje al marqués celebrado el mismo día de su cumpleaños. Habría que esperar hasta principios del año siguiente para que el Hospital funcionara a pleno rendimiento. Las fotos parecen estar hechas antes, durante los primeros meses, los meses vacíos.

En la foto orientada a norte todo está distinto. En lugar del pabellón hoy se levanta una de las torres. En la otra foto se ve la esquina del pabellón 15 y al fondo el 21, el actual pabellón de Dirección. En esta segunda foto todo parece igual a como se ve hoy. Pero no es así. Hay algo que sí ha cambiado, cuesta advertirlo, pero está.

Asomándose a la ventana o mejor a la terraza de la sala de estudio, se ve descollar por encima del tejado del pabellón 21 una secuoya que tiene los mismos años que el Hospital, si no más. Es probablemente la secuoya más antigua de Cantabria. No sale en la foto porque hace casi cien años, los que tienen las fotos, los mismos que el Hospital, el árbol todavía no levantaba lo suficiente. 

Pero seguro que ya estaba plantado:

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sábado, 1 de abril de 2023

VIRIDITAS, 6: Entrevista a Raúl Molleda, naturalista

Habíamos quedado para observar aves acuáticas en Santoña. Cormoranes moñudos al sol, tarros blancos, patos cucharas, andarríos chicos, etc. Los moñudos son los cormoranes que se quedan todo el año con nosotros. La palabra moña también se emplea para el copete de pelo que le nace a la vaca tudanca en la testuz. Es una palabra de origen prerromano que hermana con el vasco muñatz, "cima". No es que sea una palabra vasca o de influencia vasca, no, lo que pasa es que es una palabra que procede del mismo sustrato lingüístico que el vasco, probablemente preindoeuropeo, o sea, lo más lejos que podemos llegar, lo más antiguo que podemos reconocer.

Efectivamente, y hago zoom con los prismáticos, estos cormoranes parecen llevar tupé, observo.

Incluso se dejan ver dos pálidos flamencos rosados, para nuestro estupor.

Raúl Molleda además de naturalista es una referencia en cultura tradicional cántabra. Me interesa su visión de la tradición entendida como mecanismo de adaptación de los pueblos. Sin tradición estos quedan desprotegidos. Por eso muchas veces interesa desposeerlos. Sin embargo, la tradición también puede resultar una amenaza si no es lo suficientemente flexible. Cabe entonces preguntarse flexible frente a qué y a instancias o en beneficio de quién.

A los flamencos los está trayendo el cambio climático, indica Raúl. Huyen del excesivo calor. Además, el frío aquí ya no es tanto. También afecta que se están quedando sin hábitat por culpa de las desecaciones ilegales de los humedales del sur, caso de Doñana y las Tablas de Daimiel. 

Por otro lado, reconozco especies de invierno que parecen haber decidido quedarse aquí, continúa, por ejemplo el eider común. Este pato es el de las plumas de los edredones. Se las arrancan del pecho ellos mismos para hacer el nido. En Islandia les cogen solo unas pocas por pareja, para no perjudicar a las aves y que vuelvan, pero también por el negocio, para no perderlo. Esta tutela cultural de la naturaleza, que es lo que hace paisaje, es también muy cántabra. A mí me viene a la memoria aquel invernal de Bejes donde el propietario había dejado sin segar una porción de terreno para que las abejas que se habían instalado en una de sus paredes, la más soleada, aprovecharan las flores silvestres, se lo comento y Raúl asiente.

El cambio climático está haciendo que se toquen los opuestos, concluye.

La última parada en Santoña la hacemos en Bengoa o Solija. Atardece y el sol rojo se pone de frente. 

Ese es el seju.

¿La puesta de sol?, pregunto.

Sí, responde. Es una palabra que viene del mismo sitio que sel, el lugar donde reposa el ganado en el monte cuando se hace de noche, del latín SEDILE, "residencia".

Frente al sol y a nuestras espaldas, la luna. 

Solo faltan un par de estrellas para tener a la vista todos los componentes de una canción de amor, apunta Raúl.

Dirás de una canción de amor tradicional.

Eso, responde.

Pasa una garza real. Lleva la cabeza gacha, el cuello recogido, como suele. Parece tener miedo a la noche.

Termina el día, es domingo. Raúl tiene que hacer una visita al Hospital el martes y aprovechamos para quedar entonces.

El día señalado voy a buscarle a la entrada que tiene el Hospital en la cuesta de los toros. Lo primero que hacemos es ir a ver la secuoya que se yergue frente al pabellón 21, del lado de la carretera. Es la secuoya más antigua de Cantabria. Pero tardamos en llegar porque nos detenemos a cada paso para comprobar si la hierba que vamos pisando es invasora o no. Lo es demasiadas veces.

¿Por qué invasora, Raúl?

Una planta invasora es aquella alóctona que tiende a expandirse y por ende a monopolizar el espacio, acabando con la diversidad de flora autóctona. Estas palabras son de las pocas textuales suyas que recojo. Pasa por ejemplo con esas superficies que cubren el plumero de la Pampa, el polígono del Japón o el Carpobrotus, sigue.

Al lado de la secuoya hay lo que parece el cepellón de un gran árbol retirado. En su lugar se ha plantado una teja o tilo. No es el árbol adecuado para este lugar, indica Raúl. Hubiera sido mejor abedul. Este suelo está apelmazado. Se pasa demasiado la máquina. Por eso que haya tanta invasora. La flor que amarillea no es la del grillo.

Si esta parte no se pisa, ¿por qué segarla tanto, para demostrar lo bien atendida que está? Este planteamiento es perjudicial además de costoso. No es responsabilidad de los jardineros, aclara, sino de quien les da instrucciones. Por eso digo planteamiento y no práctica. Los jardineros los pobres harán lo que puedan.

Este es precisamente el pabellón de Dirección, informo. Se le queda mirando y frunce el ceño como si viera mal o quizá lo que vea mal sea el pabellón.

Se supone que es neomontañés, completo con cautela.

Yo en esta arquitectura no veo ningún respeto por nuestra tradición. Es el estilo que se supone español en una época determinada. Me da igual ver esto aquí que en cualquier otro sitio. Es además de una factura basta.

Quizá se salve que dentro de lo posible se eligió aquello que mejor se adaptaba al entorno, los balcones por ejemplo o los aleros, y eso ya es una decisión que emparenta con nuestra tradición, el hacerse al entorno, adaptarse.

Eres muy indulgente, Mario.

Pasa en cualquier ferretería. Quieres un tirador y no lo hay. O basto o basto y roto para que parezca antiguo. En el valle de Aosta compré yo unos tiradores hechos por el herrero con ternura y se nota. Aquí eso es imposible, sigue.

La modernidad en España acabó con la tradición. No tendría por qué haber sido así, concluye.

Volvemos sobre nuestros pasos.

¿Qué te parece que el límite con la ciudad sea de seto vivo?

Bien.

No obstante, advierto que de mi pregunta Raúl ha obtenido las coordenadas de la diana que venía buscando.

Existe la necesidad de acercarse a la naturaleza, apunta. Pero en ese acercamiento, en ese trayecto ha interferido el poder, dispara.

Donde mejor se ve es en el arte topiario, el de los setos.

El modelo que se ha impuesto es el versallesco.

Es el arte militar trasladado a la naturaleza. 

Los setos son ejércitos en formación.

El dueño está emitiendo un mensaje y este mensaje es: yo soy el dueño. 

Dueño es el que se adueña: de la naturaleza, por ejemplo, y de nosotros a través de ella, claro. También a través de ella, pero no solo, se corrige.

No llevo grabadora. Voy tomando notas a vuela pluma en una libreta pequeña que suelo llevar encima para la lista de la compra.

La naturaleza dominada. Ese es el mensaje.

Que soy capaz de dominarla, mejor.

Y como a la naturaleza, a ti.

De alguna manera se está reconociendo aunque indirectamente que también nosotros somos naturaleza, me defiendo.

Sí, naturaleza consciente de que lo somos y como tal, naturaleza que se sabe amenazada hasta que llegamos a creer, porque nos lo hacen creer mediante mecanismos como estos que estamos viendo, que nuestra naturaleza es la de estar sometidos.

Y no, respondo.

Y no, afirma.

Pero es un mensaje que ha calado, el de someter lo que podría ser pero que yo impido que sea porque puedo.

Son jardines que no reflejan la naturaleza, lo que reflejan es el poder, trato de resumir.

Eso es.

Salimos del recinto y subimos por la cuesta conocida como de los toros hasta el solar que ha quedado abandonado tras retirar Ferrovial los contenedores y maquinaria que almacenaba en él. Suponemos que debajo hay un búnker de cuando la guerra. Destaca un níspero. Es el único árbol que queda. Antes estaba aquí la escuela para los hijos de los trabajadores. El jardín también se quitó. No es un abadejal autóctono, acota Raúl, sino un nispru, la variedad asiática. Su función es decorativa. Pero cuando da frutos hay quien viene a recogerlos, añado. No quita, responde Raúl.

Volvemos a bajar la cuesta para entrar al solar por el Hospital. Raúl repara en la pared. Sus formas replican la de los esquinales de los pabellones. Son dobles pechos de paloma. Ambos hemos visto esquinales parecidos en Bárcena Mayor, donde los dobles pechos de paloma facilitan el paso de los carros cargados de hierba. Esta es una obra pública bien hecha, confirma Raúl.

Raúl también es cantero.

Entramos de nuevo al Hospital y nos internamos por un caminito de tierra que conduce al pie del último de los pabellones, el de mantenimiento y sindicatos. Han sido los trabajadores los que lo han ido abriendo poco a poco. Raúl señala el contraste entre los setos forzados y las plantas que nacen libres entre las piedras, en los resquicios. Muchas las habrán sembrado los propios pájaros, dice. 

Tenéis aquí una riquísima colección de geodas, señala. Es cierto, no me había fijado. Están todas puestas para que se vean, parece.

Alcanzamos la base del túmulo que probablemente esconda el búnker. Raúl se entretiene en identificar especies. Los árboles más antiguos son ornamentales y algunas de las plantas más recientes invasoras. Se ha plantado un bosquete de abedules, bien. Por allí asoman lo que los pasiegos llaman pipas (Ranunculus ficaria). Están en un talud, eso les ha salvado de las máquinas. El talud está contenido por una plastaja de hormigón por la que asoman hierros. Esta es la diferencia entre la obra pública antigua y la actual que te decía antes, señala Raúl.

Las pipas son flores tempranas, como las primaveras o catasoles. Tienen un potencial ornamental enorme que no se ha explorado. No son las únicas, apunta Raúl. Están por ejemplo las que en Miera llaman rucieras (Molinia caerulea), plantas amarillas que rojean en otoño, preciosas.

En este solar que acabamos de ver, propone, se podría experimentar con plantas silvestres, atender al ritmo de sus floraciones, a su colores, a sus olores, y regalar a los ciudadanos un espacio único. Primero habría que echar un manto de tierra vegetal, luego sembrar y segar los primeros años una sola vez y tarde, en agosto o septiembre, para que prenda la grana. En cuatro o cinco años esto iba a ser un vergel, un espectáculo.

Para poner coto al crecimiento de las hierbas y que las flores lo tengan más fácil habría que utilizar pullucos (Rhinanthus minor).

La Lobularia maritima huele más rica que la más rica de las mieles.

El planteamiento de Raúl viene del futuro. Pero es solo un futuro que puede llegar a ser. De nosotros depende.

Canta un tocineru. También él nos ha oído a nosotros.

Aquí no vais con la naturaleza sino en contra. Por eso estos jardines estás acaicíos, no hay palabra que mejor lo defina. Si fuerais a favor sería otra cosa. Tenéis que valorar cambiar de estrategia aunque solo sea por vuestros pacientes y trabajadores.

Los jardines son terapéuticos.

Es sintomático que las pipas hayan nacido precisamente allí donde no alcanzáis.

Yo sigo tomando notas en mi cuaderno de la compra.

Retrocedemos sobre nuestros pasos. Raúl me hace notar el contraste entre la pared antigua que se ve arriba y la escollera reciente que se ve abajo.

El pabellón de Dirección está envuelto en lo que era en origen una banda vegetal que se está sustituyendo poco a poco por un pedregal. En la parte verde que queda conviven especies. A unas las plantó el ser humano, a otras los pájaros. Es una combinación sutil y muy bonita. Hay a quien le pueda parecer sucia. No lo es.

La naturaleza no es sucia. Lo que necesita la naturaleza es que no la ensucies tú.

¿Y a ese pedregal le podríamos llamar en cántabro garma?, pregunto. En cántabro no hay palabra para algo tan feo como eso, responde Raúl.

Seguimos nuestro paseo. Bien que se utilicen restos de corteza de pino. Pero mejor plantar avellanos. La hoja de avellano cumpliría la misma función y sería más bonito. En esta pérgola que tenéis lo veo claro, propone Raúl.

Entramos al edificio enlace. Le explico que cuando se cerró la Residencia Cantabria muchas de las plantas que se rescataron se pusieron aquí y que poco a poco se fueron distribuyendo por todo el Hospital en un proceso participativo muy interesante que tuvo mucho de improvisado.

Llegamos a los jardines que se abren al pie del pabellón 16, el de la Biblioteca. Es un día que huele muy bien.

Revolvemos en los parterres. 

Lo primero que ve Raúl es una palmera que está naciendo entre los restos de corteza de pino. Seguramente defecara la semilla un miruellu o mirlo. Este germen es la viva imagen de un jardín vivo. Esa pequeña palmera debe ser la hija de alguna de las palmeras patrimoniales de los jardines, y hay varias, aunque alguna se ha secado recientemente. También hay abejorros con una coloración que a Raúl le parece que corresponde a un tipo que no se veía desde hace años por culpa del cambio climático. Los abejorros empiezan a trabajar antes que las abejas porque a diferencia de estas los abejorros tienen pelo, van con el abrigo puesto.

Para los pájaros los tejos son mejores que los pinos porque les deja entrar y refugiarse dentro. Pero no se puede someter a un tejo como si fuera un seto. 

La baya de Cotoneaster es buena para los pájaros.

Viene una papuca o petirrojo a mirar.

Raúl imita su canto y la papuca gira la cabeza, como si prestara más atención, y se queda.

Pasa una pisondera, que en Santander se llama cuchi. En castellano lavandera.

Para pisar aquí está perfecto, dice.

Hay menos invasoras que en el terreno de la secuoya. Pero es cuestión de tiempo. Descubrimos burizu (Poa annua), que es propio de terrenos dañados. El nombre tiene la misma raíz que buey, quizá por el efecto de las pisadas de este poderoso animal o por su mordida o porque el buey reconoce esta planta por algún motivo...

Estamos aquí, Mario, en el centro, y confirmo que estos jardines son una prolongación de aquello de lo que queremos escapar. Pero se ve que aun queriendo no podemos escapar tan rápido. Es como cuando uno sale de la cárcel pero luego en casa en lugar de pasar las hojas del calendario marca rayas en la pared.

La papuca echa a volar.

Es el lugar perfecto para trabajar con la idea de secuencia temporal, de plantar a escala temporal. Le pregunto entonces por la palabra luga, que en el Alto Nansa se emplea para los claros que se abren en el cielo los días nublados y que en Cabuérniga da nombre a los momentos oportunos para algo, que si luga no estará en relación con la palabra lugar, a lo que Raúl responde que si bien puede que compartan etimología, la palabra montañesa luga pertenece a la dimensión temporal, no a la espacial, y que pasa algo parecido con espaciu, que tenerlo o no tenerlo tiene que ver con disponer de tiempo para hacer algo. En Cantabria manejamos unas coordenadas espacio - temporales que todavía no sabemos interpretar bien.

Todavía o mejor decir que ya no sabemos interpretar del todo bien. Para respetar primero hay que valorar y para valorar primero hay que saber. Lo que no se respeta termina desapareciendo. Ojalá luga y espaciu no desaparezcan.

Estos jardines son ejemplo de continuidad. La clave está en no soltar la mano, en seguir sintiéndose los mismos.

Seguimos caminando por dentro. Alcanzamos el extremo que da vista a Peñacastillo. Los jardines terminan aquí de forma abrupta.

Desde este lugar se veía la marisma. De hecho, La Marga es probable que en realidad sea lamarga, un terreno cenagoso, tomado por la balsa, el cieno. El nombre del vecino barrio Venecia, donde transcurre la última novela de Alberto Santamaría, es por algo. Valdecilla Sur tapa los pabellones que se respetaron precisamente para que dieran la bienvenida a la entrada de la ciudad. Pero ahora no se ven. El color de Valdecilla Sur es el de los barcos de guerra, para que pasen desapercibidos. Esto es capa sobre capa, como una cebolla, termino.

Sí, como para llorar. 

Os alejasteis de la ciudad. Pero la ciudad ha venido a vosotros y la habéis dejado entrar. En eso no estáis siendo fieles a vuestros orígenes, dice Raúl.

Desde aquí tenemos una perspectiva fantástica de las tres líneas que componen el Hospital, con Valdecilla Sur, los pabellones enhebrados por un pasillo acristalado y las tres torres.

Las tres torres representan un hospital vuelto del revés, como si le hubieran dado la vuelta igual que a un calcetín. Se ven las líneas rectas de dentro, las han sacado afuera. Retomando el parecido de los pabellones con la arquitectura curva montañesa, las tres torres me recuerdan a la arquitectura pasiega, más recta.

El musgo que nace en aquella esquina parece una instalación.

En este recuadro de césped que parece que se les olvidó hormigonar podríais plantar brezo y ver qué pasa, propone.

La hierba de la explanada que está frente a la conexión con Valdecilla Sur es muy tupida y está húmeda. Raúl la mira y dice que mollea. Pide permiso, yo respondo encogiendo los hombros, se descalza y la pisa. Me invita a pisarla con él. Lo hago pero antes le pido el móvil, la cámara del mío no funciona, y le saco una foto.


Cerramos los ojos. No hace falta imaginarnos en ningún otro sitio. Estamos aquí.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.