jueves, 1 de octubre de 2026

VIRIDITAS 56: Cuando ser es seguir siendo

Suele dedicar varias horas a la semana al estudio. Utiliza el ordenador que está más cerca de la ventana, que procura mantener abierta porque es asmático y el papel le atasca. Hay varias revistas antiguas cerca. Paso, le veo y le interrumpo para decirle que puede entrar en la sala de formación, en esos momentos vacía. Esta sala ocupa una de las torres del pabellón, tiene terraza a sur y se airea rápido. Yo también soy asmático, lo he sido mucho de pequeño, y sé lo que es que te cueste respirar, lo desagradable. Lo agradece, recoge sus cosas y me acompaña. Le abro la puerta y le indico que puede sentarse donde quiera. Son 16 puestos. Decide hacerlo en el ordenador de al lado de la terraza. Buena elección. Se la abro. Nos asomamos. Es un día limpio. Se ve asomar la secuoya por encima del pabellón de dirección, el 21. Al fondo Peña Cabarga.

Aquí también hay papel pero no está tan presente, se diluye en un espacio tan amplio. En concreto tenemos tres revistas norteamericanas. Casi cien años en papel de cada una de ellas. Ocupan toda una pared. El resto son ventanales.

El fondo anterior al año 1985 lo recuperamos hace poco. Estaba en el mortuorio de Liencres, preparado para ser destruido. Dentro de las cajas encontramos la revista de Marie Curie, muy rara en el mundo, la revista de Cajal, aún más, con ilustraciones del Premio Nobel iluminadas a mano, y prácticamente todas las cabeceras de revistas científicas de la Edad de Plata. Téngase en cuenta que nuestra biblioteca es la segunda por antigüedad de España, tan solo por detrás de la del Hospital de Basurto, recientemente desmantelada (los restos se han llevado al Museo Vasco de la Medicina, en el Campus de Lejona). En el año 1929 estábamos prácticamente solos. Fue así durante décadas. De resultas, nuestro fondo es único, máxime por lo que respecta a revistas españolas. El valor patrimonial de este fondo es enorme.

Pero aun siendo mucho, hubo un tiempo en que se creyó que no lo suficiente. Con el cambio de milenio hubo también un cambio de paradigma en las bibliotecas: irrumpió el modelo de biblioteca virtual y se creyó que el papel estorbaba. Por eso que en Valdecilla se llevara al mortuorio. Por fortuna, lo rescatamos.

Transcurrido un cuarto de siglo, hemos demostrado que las bibliotecas virtuales ganan si disponen de anclaje físico. ¿Cómo? A día de hoy es imposible tenerlo todo. Nuestra preocupación es que todo lo que no tengamos, y desgraciadamente tenemos poco, lo podamos conseguir fuera a través del servicio de préstamo interbibliotecario. Este servicio consiste en pedir a otros lo que necesitamos y no tenemos a cambio de ofrecer lo que tenemos y otros necesitan. 

Cada transacción, cada petición de artículo (lo más común) cuesta cuatro euros. Antes, los cuatro euros los pagaba quien pedía, es decir, el usuario. Pero ya no. Ahora, si acaso, el coste lo asume la biblioteca. Para evitar un gasto excesivo, hemos puesto de nuevo en circulación el fondo antiguo de revistas: teniendo tanto y solo nosotros, quien lo necesite nos lo tendrá que pedir, y con cada petición que nos hagan podremos hacer otra a cambio, y gratis: gratis ellos y gratis nosotros, buscando la proporcionalidad. El ideal es que el servicio no cueste dinero porque tengamos la habilidad de hacer el mismo número de peticiones al exterior (que suelen ser de artículos recientes) que de peticiones externas atendidas (que suelen ser de artículos antiguos).

Este es un buen ejemplo de cómo el pasado puede venir al rescate del presente.

En el futuro el protagonismo se desplazará a la inteligencia virtual. Debemos tener de nuevo cuidado. Así como fue un error estar a punto de deshacernos de nuestro papel cuando llegó la biblioteca virtual, sería también un error despreciar la biblioteca virtual con la irrupción de la inteligencia artificial. Tenemos que estar lo suficientemente despiertos como para engranar esta nueva realidad en nuestra historia y seguir siendo. Hacer lo contrario sería perder.

De todo esto estuvimos hablando asomados a la terraza a sur de la sala de formación de la biblioteca. Fue entonces cuando el Dr. Ortega me dijo que siendo residente, el Dr. Berciano, por entonces Jefe del Servicio de Neurología, les enseñaba una foto con una palmera pequeñita y luego señalaba al exterior y les decía: ahí está la misma palmera, casi cien años después.

Una palmera crecida, símbolo de innovación permanente.

Al salir dejé la puerta de la sala cerrada. Pasadas las horas volví para ver si seguía. Pero ya se había ido. Entraba la luz del sol hasta el fondo.