martes, 1 de septiembre de 2026

VIRIDITAS 55: Entrevista a Ana García Negrete, poeta

Le envío un mensaje al móvil para decirle que llego cinco minutos tarde, perdona, añado, a lo que ella responde que me espera en el círculo interior al lado de las obras, que no acierto a saber dónde es, pero como habíamos quedado en el hall del Edificio 2 de Noviembre, no pregunto y hacia allí me dirijo. Encuentro a Ana García Negrete en el banco de plástico blanco que hace un rollo en el aire, como esas avionetas que fertilizan los cultivos en las tierras largas y secas del sur, que al pasar por encima de casa el piloto hace una pirueta, sentada en el interior del círculo, sonriendo al verme y abrazándome, haciéndome sitio dentro, bajo la mirada cansada del retrato del Marqués de Valdecilla pintado por Gerardo de Alvear.

Alaba el banco. Que sea un sitio de tránsito no impide que también se pueda reposar en él. El hall donde estamos corresponde a las Tres Torres, la parte más nueva del Hospital. La otra parte no tiene bancos. Esta sí, muchos pegados a las obras de arte del pasillo. No está bien resuelta esta relación entre bancos y obras de arte, convenimos. Las obras de Rafel Muro o de Juan Manuel Puente, por ejemplo, están demasiado expuestas. De hecho, la obra de este último, fértil como una sementera, capa sobre capa de óleo, sufrió recientemente una cuchillada, restaurada sin demora. Pero esa cicatriz es una señal: no por ser un espacio público con mucho tránsito se debe asumir que las obras vayan a sufrir desgaste, no es suficiente reaccionar, hay que prevenir.

Quiero enseñar a Ana un lugar recién descubierto en el límite del Hospital, o quizá él mismo el límite, y de camino vamos viendo las obras expuestas. Conoce a fondo a casi todos los artistas. De todos dice algo favorable: Faustino Cuevas, Arancha Goyeneche, etc. En origen esta galería de arte en el Hospital perseguía promocionar a artistas cántabros. Y valernos de su fuerza para ganar músculo, reconozco. Pero últimamente se está incluyendo obra de artistas foráneos y bien, es solo un inesperado cambio de rumbo. Bueno es consignarlo.

Qué maravilla la luz que entra por las cristaleras, dice Ana al tiempo que se detiene y barre con su mirada las partículas en suspensión que revelan los rayos de sol (polen, arena, carbonilla). Hay mucha gente, es mediodía. Mira a todos como si les conociera, o quisiera. Su postura transmite calma. Yo me he parado con un pie un poco más adelantado que el otro y cuando me doy cuenta, la imito y los pongo juntos. No tenemos prisa, o sí, pero no importa. Le pregunto por su reciente jubilación: lo que más me satisface es que me paren para decirme que les ayudé en un momento dado o con un problema, y me encanta, responde. Me encanta haberles podido ayudar, aclara. Ana ha sido responsable de personal del Gobierno de Cantabria. Pero no entramos ahí. Yo la conozco como poeta.

Fueron dos amigos comunes los que nos presentaron: Isaac Cuende y Rosa Gil. A Isaac le conocí cuando le pedí unos poemas para incluir en una antología gubernamental. No respondió al momento. Me citó y me escrutó. Al cabo de un buen rato, aceptó. Sus poemas fueron numéricos. La antología era de haikus y él creía que, así como no se pueden traducir del japonés, tampoco se podían escribir en castellano, de modo que lo hizo con números. Coincidimos en muchos otros proyectos posteriores. Le recuerdo recitando a Pessoa el día antes de un estreno en el teatro CASYC, sombrero en mano, por respeto, yo el único en la platea, agradecido. Rosa Gil es actriz. Es fácil coincidir con ella en recitales. Su cadencia es como la que dice otro poeta (Vicente Gutiérrez Escudero) que decía otra poeta (Carmen Stella de Vallejo) que recitaba una mujer de su familia, que ya no recordaba quién era (quizá nunca lo supo), que decía que recitaba como recordaba que lo hacía Federico García Lorca. No sé cuál es la genealogía de Rosa, pero lo que es seguro es que es pura Generación del 27, es decir, contemporánea de todos nosotros. Ellos fueron quienes nos presentaron.

Seguimos caminando, atravesamos la puerta automática del fondo, la que está al lado del restaurante, la corrediza, y salimos del recinto del Hospital a la altura de las obras de los protones, por las que Ana pregunta. Nos acercamos hasta donde podemos y apenas vemos nada, desde ahí. Es un lugar poco definido y no solo por las obras en marcha. Nunca estuvo claro. Hay un terraplén donde crecen muchas flores o quizá sean las mismas que las de todo el recinto pero lo que pasa es que no las cortan tan a menudo, y árboles, antiguos muchos, incluso hay lo que creo es un cerojal, una variedad autóctona de ciruelo, y entre los jóvenes sobre todo acacias, que proliferan, dentro de poco ganarán la partida, con sus flores amarillas parecidas a constelaciones que se dejan tocar. Este tramo conserva la antigua verja a norte, colindando con la parada de bus, que hasta ahora apenas se veía porque estaba comida por la hiedra. Hemos hablado con la UC y la hemos limpiado. Al descubrirla hemos comprobado que está bastante afectada por la corrosión. La hiedra ha funcionado como una cápsula del tiempo. Pero las consecuencias de este prolongado viaje se han dejado notar. Tendremos que cuidarla.

Que se conserve este tramo de verja porque ha pasado desapercibido durante décadas habla bastante mal de nosotros como sociedad, ¿no crees?, pregunto. Sin duda, responde. Se hacen muchas cosas pero (pensaba que Ana iba a continuar diciendo que nunca son suficientes pero) no siempre son las más acertadas, completa. Seguimos hablando, de vuelta. Aprovecho para exponer las normas del proyecto Viriditas: no grabo, apenas tomo notas, luego escribo de memoria, comparto y si el entrevistado da su visto bueno, subo la entrevista a la página.

La pertinencia de Ana en el proyecto, si hubiera dudas, que no las hay, es clara a tenor de un poema de su último libro, Muda de invierno (Sonámbulos, 2026), titulado "¿y qué es salvarse?":

"regresar cada tanto
mirar de frente el borde
la caída
del tiempo fugitivo

tocar la tierra y probarla
reconocer los huertos
los gestos de las plantas
su crecer esencial

los pájaros claros
los árboles ancianos
vuelven reconciliándose
pletóricos de marzo
    ¡hay que salvarse!
al nuevo ciclo venoso
del cuerpo socorrido"

La palabra latina empleada como título para este proyecto da nombre al vigor del reino vegetal, el "crecer esencial" que nombra Ana. Una anciana del pueblo cabuérnigo de Renedo nos dijo una vez su traducción al cántabro: tiez, la energía vital de las plantas, su voluntad de ser. Utilizó esta palabra mientras nos explicaba a mi pareja y a mí cómo hacer para intentar sacar un árbol centenario de su pueblo a partir de una ramita verde que cogimos, un árbol comunitario que antiguamente se encargaban de cuidar las niñas. No conseguimos que la ramita verde prosperara y el árbol lo han talado recientemente pero yo tomé su idea, la energía que viene de la tierra e impulsada por el sol te hace crecer, como marco de desarrollo del proyecto Viriditas.

Los jardines del Hospital necesitan ser valorados para conservarse. Pero para ser valorados tienen que ser antes conocidos. Estos paseos es lo que buscan: conocer para valorar, entendiendo el conocimiento como resultado de un proceso compartido.

Leyendo el poema de Ana, me quedo con ganas de contarle que antiguamente en San Sebastián de Garabandal las mujeres iban a las tierras, se levantaban la saya, se sentaban en el suelo y dependiendo del calor de la tierra sabían si se podía sembrar o si era necesario esperar. Curiosamente, o no, por lo que pueda tener de conocimiento antiguo, la serie de la reconocida artista Marina Abramovic titulada Balkan Erotic Epic trata sobre lo mismo. Ese "probar la tierra" de Ana lo interpreto desde estas coordenadas. Pero no se lo digo, espero a escribirlo, ahora.

Vamos directamente a la Biblioteca por dentro y una vez allí, al Salón Noble, donde nos sentamos en el banquito que está bajo el ventanal a sur. Es una joya del diseño art-decó de los años veinte. Como hace mucho sol (y calor) abro las ventanas pero echo las cortinas hechas, le explico, con tela recuperada de viejas cortinas de box de Urgencias. Saco sus libros, algunos comprados, otros cogidos en préstamo de la biblioteca, los poso entre nosotros y me dispongo a tomar notas en mi mazo de papel, en cuyos primeros pliegos tengo preparadas varias preguntas, o mejor, indicaciones para conducir la conversación hacia temas relacionados con su obra:

Muda de invierno, empiezo, lo escribiste en Valderredible durante un retiro invernal en un molino sobre el Ebro.

Efectivamente, responde. Me jubilé. Pude adelantar la jubilación un año. Necesitaba salir de mi lugar, ambiente, casa, necesitaba un otro lugar que no fuera familiar para (aquí Ana hace una pausa) no sabía exactamente qué, qué iba a salir, y salió este libro.

Lo tengo abierto por el poema de apertura, del que interpreto que salió en busca de un claro del bosque y que fueron los pájaros quienes le anunciaron que lo había encontrado. O que supo de su destino gracias a ellos: el claro del bosque como toma de conciencia.

"(...)

de frente descendió el mirlo de habla comprensiva
al tímpano de las ramas y a los brotes a punto el petirrojo

hablaban los sarmientos los robles hibernados
el fuego noble
el reconocimiento de un tiempo dilatado y la gratitud
ensanchada a lo largo de todos los suyos
desde un amor latente en la memoria
y lo midió ancestral en sus costuras
sentimentales"

A mí me recuerda a las mañanas entrando al Hospital por los jardines, los miruellos cosiendo con botones de oro los arbustos, el oleaje de las bandadas de gorriones, el pulso eléctrico del vuelo de los jilgueros.

Si las campas del Hospital fueran claros, los pabellones serían árboles, pienso.

En el poema "El balcón" de su anterior libro homónimo, publicado hace cinco años, Ana se pregunta "¿qué vine a mirar?" En Muda de invierno parece estar contenida la respuesta.

En invierno, con el frío que hace, al molino que fui no va nadie, dice. Lo encontré gracias a Víctor Adorno, un amigo biólogo, que me puso en contacto con Celia Tejada, apunta. Cuando lo vi, dije: este es mi lugar: sobre el agua, que discurre constantemente, día y noche, rodeado de árboles, enredado en caminos que recorren el valle. Salía cada día. Cada vez más lejos, más a gusto.

Ese molino facilitó la concentración, dice. Pero una concentración permeable. Porque quién soy es quiénes somos. Es interesante que Ana no haya olvidado en ningún momento la dimensión social del ser humano, pienso. Ni su naturaleza.

El aislamiento al que me sometí fue muy importante para pensar pero sobre todo en la naturaleza, remarca. Había una ventana asomada al brazo que riega el molino, continúa. A esa ventana venían todos los días un montón de pájaros que aprendí a distinguir. Las lavanderas que se posaban en el caz del molino con su amarillo radiante, evoca. Ana mueve las manos como hacen los tenores cuando proyectan la voz, pero en silencio. Una leve brisa mueve las cortinas. Hay sintonía.

Hablaba con los pájaros, con los caballos, con Peña Camesía, dice. Mi latido también habrá quedado prendido en ellos.

Leía, escribía, paseaba, enumera. Ese era mi régimen diario. También hacía muchas fotos. A lo largo de esos meses, Valderredible enraizó conmigo.


Petirrojo o papuca, siempre atento a lo que pasa a su alrededor. A este pájaro en Cantabria también se le llama papu coloráu. A mí me extrañaba porque en Cantabria los pájaros suelen decirse en femenino (pasa parecido con los équidos, que sueltos en el monte suelen ser considerados genéricamente yeguas, y también con los árboles, aunque menos) y este caso, el de este pájaro, parecía ser una excepción. Pero luego supe que su nombre completo es la pajaruca del papu coloráu y todo cuadró. La foto es de Ana. Está tomada desde la ventana del molino.

"a ratos me levanto hago té
caliento mis dedos
bebo a sorbos
me asomo algo abeja
olvido las palabras
atraída me zumbo

perdida
en la ventana misma
en el hecho esencial de mirar"

Es un poema sin título de Muda de invierno.

¿Y qué te hizo mudar?, pregunto.

La voluntad de ser Ana, dice y en su respuesta reconozco a la anciana cabuérniga que nos explicaba como dar vida a un esqueje, o como prolongarla, como quien traslada el fuego de un hogar a otro. Mudo (Ana cambia a tiempo presente) para que la soledad me reencuentre, para saber qué ha sido de mí en este tiempo.

Leo una cita de María Zambrano: "Pensar es ante todo (como raíz, como acto) descifrar lo que se siente, entendiendo por sentir el sentir originario". Es de la presentación de Claros del bosque (primera edición de 1977).

Le pregunto entonces por el silencio:

Es un silencio interior, contesta, reprimido por el ruido. Silencio como palabra o decir que no se acaba de expresar porque el entorno lo impide. De ese silencio venía, de ese silencio impuesto para negar lo que somos y pensamos (abre un paréntesis y dice: neoliberalismo). Fui a Valderredible para despojarme de ese ruido.

Es entonces cuando recuperas tu silencio para decir, pregunto, y sí, concede.

Intercalo a continuación un poema titulado "Orden de silencio" tomado de su libro Y dices tu nombre (A la sombra de los días, 2015) por su interés y estrecha relación con el silencio impuesto con el que rompe en Muda de invierno:

"Extraviada, a lomos de una bestia aduladora
implacable, me dirijo al vacío.
Gira y sacude con tal brío mi cuerpo
bajo las olas o el cielo que nada hay
reconocible en aquella gruta tenebrosa.
No protesté, con sorpresa me dejé llevar.
La bestia hablaba por cada conciencia:
- No tu voz ni la otra. Solo quiero silencio.
Callar antes de aprender a nombrarlo.
Arquear el cuello tensando la sonrisa, nada más.

¿Cuándo quisimos darle nuestra lengua?
¿o fueron las palabras que se las ha llevado?
Hasta la eternidad no debería ser. 
Acabaremos muriendo mucho antes.
Ella o nosotros."

Te reencuentras, retomo, pero en mi opinión no porque te hayas buscado a ti, sino a la naturaleza, encontrándote a ti en ella, aventuro.

En Valderredible exploré el ser. Y era naturaleza, reconoce.

"(...)

sobre la pradera  sin siembra    es invierno
en este lugar de abiertos espacios
donde solo parecen vivir
aves pequeñas y rapaces
carboneros pinzones currucas
lavanderas cigüeñas
lobos marginales buitres
naturalmente vacas
y ahora ella

ha venido a mudarse para buscar el silencio
a recorrer la tierra
acompañada"

Recapitulando, Ana abandona la "vida rehuida", tal y como la define en uno de sus poemas, para abandonarse a la "vida verdadera", en palabras de María Zambrano, que, despojada de ruido, es poder ser, es decir, naturaleza.

Este otro poema del mismo libro transmite una metáfora preciosa sobre la dimensión social del ser y su reflejo en la naturaleza:

"de pronto la apertura en el centro de un verde inmenso
nubes de espesor incalculable corren en el cielo
apresuradas por llegar
pero adónde
la página aemet predice una baja propensión a la lluvia
pero siempre aparece como si quisiera advertirme
de esa mínima posibilidad

he dejado el camino para entrar a una pradera gozosa
-he atravesado el viejo cercado de piedra en seco-
he mirado al fondo y en el silencio de esa montaña
me apuntalo en total quietud hipersensible
percibo un rumor
para llegar a él me obligo a estirar mi cabeza perceptiva
los árboles en sus copas han empezado a moverse
en sentido muy dulce y apenas se percibe mientras crean
la ilusión de enlazarse

entre ellas eluden su conexión física
y no acaban de tocarse nunca"

Tú eres tu propio mástil, ahonda Ana, eres tu propio centro y ahí es donde recibes la vida, sigue. La vida te rodea pero cuidado porque en el centro de tu vida estás tú y ambas dimensiones, ser y vida, tienen que ir de la mano. Hay que tomar conciencia del propio ser en diálogo con la vida. En esta discrepancia con la vida, cada uno debería poder alcanzar una síntesis por sí mismo, pensar y decidir libremente. Pero no siempre se puede o se es consciente de poder hacerlo. El ruido dificulta pensar diferente. En el mundo actual falta reflexión.

Esta actitud beligerante de Ana ya queda patente en su primer libro, Algo tendrán que decir las estaciones (La Sirena del Pisueña, 2005), no por casualidad dedicado a Isaac Cuende y al recuerdo del Grupo Cuévano, con poemas rotundos como el titulado "No", donde denuncia la avaricia de las musas, o "Queda un loco lamento", contra los autoritarismos y sus necesarios cómplices.

Es algo que me he preocupado de transmitir a mis hijos, sigue Ana. Aunque con los hijos siempre hay un débito, la duda de haber hecho lo suficiente. Supongo que sea una cuestión de expectativas, se resigna.

Traigo un último poema de Ana también de su último libro:

"Los caballos de este camino diario
acercan su cara a la cerca y piden caricias y palabras.
Quizá la culpa de no darles lo que piden me lleva a 
un fondo inexplorado de compasión oscura; la duda
de haber entrado en una habitación y no dar lo que
antes otros me pidieron: besos, caricias y palabras."

Para terminar, Ana, ¿qué te parece que haya jardines en los hospitales? Imprescindible, se apresura a contestar. Mejor de estilo inglés que francés, eso sí. En la naturaleza estamos en potencia, y en un Hospital siempre tiene que haber esperanza, concluye.

Pasamos a hablar de amigos ingresados, de familiares con problemas de salud y temas que no tienen cabida aquí.

Pasa un día desde que nos despedimos. Caigo en la cuenta de que no he hecho ninguna foto. Le pido por WhatssAp alguna suya y alguna otra de pájaros, plantas y montañas que haya hecho en Valderredible. Me envía fotos de aves y un retrato suyo de Javier Vila fantástico:


Ana mira atenta a todo. Naturaleza consciente de sí misma.


Entrevista realizada por Mario Corral García, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.