miércoles, 1 de julio de 2026

VIRIDITAS 51: Entrevista a Manuel García Alonso, historiador, arqueólogo y antropólogo cultural

Cuando llega la hora me llama desde la cafetería grande del Hospital, donde, si quiero, me espera, y acepto. Cuando llego él ya ha terminado, por si queríamos empezar con el paseo en el momento, pero le pido ir a la parte reservada a los trabajadores del Hospital y tomar un café yo, para ponernos a la par. Falta poco para mediodía y hace falta. Además de ese otro lado, el de dentro, se está más tranquilo y se puede hablar mejor.

Se llama Manuel García Alonso, profesor jubilado, amén de historiador, arqueólogo y antropólogo cultural. Su producción científica es abundante, diversa y valiosa. Destacan sus aportaciones a la arqueología del paisaje, disciplina de la que es pionero y a la que está contribuyendo a dar forma. Ha dirigido el Instituto de Prehistoria y Arqueología "Sautuola", donde sigue siendo coordinador de proyectos, las excavaciones del campamento romano del Cincho en la Población de Yuso, las del despoblado de Corada en Valderredible, etc. Es una voz muy respetada (evito decir autorizada porque es una palabra que me parece fea) en la cultura de Cantabria, por todo, sobre todo porque se lo merece: siempre está donde él cree que debe haciendo otro tanto de lo mismo, algo que es muy de agradecer, y no solo por lo raro o poco frecuente. Me da permiso para llamarle Manolo.

Vive la mayor parte del año en Aguayo, de donde ha bajado para esta entrevista. Hay en la raya de su valle un tejo que parece allí puesto para marcar una linde jurisdiccional que queda próxima. Él no lo puede confirmar, pero podría ser, concede. El tejo es de hoja perenne. Conserva el verdor todo el año. Algo que viene bien en un paisaje tomado muchos meses (eso era antes, ahora mejor pon "muchas veces", apunta) por la nieve. Le pregunto por los abedules, si la blancura de su corteza se podría interpretar del mismo modo, como una señal, y por eso que suela aparecer cerca de fuentes o de lugares marcados por la actividad humana, a lo que, esta vez, no cede: no lo creo, dice: los abedules necesitan mucha agua, por eso se entiende que estén cerca de fuentes y humedales, porque si no las hubiera tampoco habría abedules, lo primero, y lo segundo, los abedules son árboles pioneros, es decir, de los primeros en salir tras una agresión, por ejemplo una remoción de tierra, algo habitual cuando está presente el ser humano, por eso que parezca que están marcando hitos relacionados con el ser humano cuando, insisto, no tiene por qué ser así, solo que una cosa, el árbol, se acompaña de la otra, la mano del hombre. Le agradezco la aclaración.

Nos hemos sentado junto al ventanal, en una mesa pequeña que nos obliga a mirarnos frente a frente porque no hay muchas más opciones y porque, pareciéndonos físicamente, canosos los dos, ojos claros, tez clara también los dos, tenemos una altura parecida. Pero enseguida lo que está pasando del otro lado de los cristales nos obliga a posar los ojos fuera: las obras del búnker de la protonterapia, por el momento un enorme socavón. Al fondo espejea lo que parece agua. Brota de las entrañas de la tierra. Los obreros están echando hormigón. Al lugar que ocupa el Hospital se le llamaba antes Fuente Mar. Por algo será.

Manolo está contento, revela, porque ha estado hace poco de visita en una excavación localizada en la montaña leonesa donde a partir de niveles recientes se ha podido profundizar hasta la época de los primeros pastores neolíticos. No estoy diciendo que unos y otros sean los mismos, aclara, que los cinco mil años transcurridos no sean más que un accidente, no es eso, sino que hay una relación diacrónica entre ambos polos que es necesario, todavía, determinar. Lo que sí deja al descubierto esta excavación, avanza, es que hay un corredor cultural, físico y cultural, se corrige Manolo, al que hasta ahora no habíamos prestado atención, o apenas:

la Cordillera Cantábrica.

Me gusta que utilice el tiempo presente: hay, dice Manolo, había y hay. Al menos hasta tiempos recientes.

En el mundo académico la norma era guiarse por un eje perpendicular al mar dominado por valles y ríos, continúa. Este eje norte - sur es adecuado cuando nos circunscribimos a momentos históricos modernos. Es el tiempo de los caminos reales, del ferrocarril, etc. Pero no es suficiente y menos cuando tratamos realidades anteriores. Ahora estamos empezando a reconocer la importancia de un eje anterior, un eje premoderno que se desarrolla en sentido este - oeste, en paralelo a la costa, por las alturas, en el que el pastor se erige en protagonista.

Estas cumbres son las plazas, entiéndelo como una metáfora, donde se produce un intenso intercambio de técnicas, conocimientos, etc., entre pastores. Desde cómo hacer una cibilla hasta cómo manejar una vaca sin pegarla, solo jablándola, pasando por el repertorio musical de la flauta de hueso de buitre, etc. Todo este capital en el fondo inmaterial, e conocimientos compartidos, cualquiera que se su traducción física, si dura o blanda, persistente o transitoria, periódica o permanente, de carácter individual o colectivo, es fruto de contactos pastoriles producidos durante milenios en las majadas y los seles (su mejor traducción en Cantabria) de junto a las brañas, concluye Manolo.

La palabra braña es probable que se relacione con verano. Es entonces cuando se ocupan, en los meses cálidos. No parece una palabra prerromana. En esto estamos de acuerdo. El modelo territorial que sirve de bastidor, de alcance cantábrico, en el que se inscribe el cántabro, se consolida en torno al año 1000 y lo hace a partir de elementos que vienen mutando desde muy atrás. Son cosas que sé porque se las he leído a Manolo. Lo dicho explica que las palabras que llevan este modelo a tierra, como sel, "lugar donde pernocta el ganado", midiaju, donde midia o "sestea", o la propia braña, "pasto de altura", sean de origen latino. Del latín sedile, "asiento" o "residencia", el primero, y de mediare, "estar en medio", la segunda. Pero que estas etimologías no nos llamen a engaño: idealmente, como uso y función, sus raíces se hunden más adentro, son más antiguas.

En relación con el sentido de estos corredores transversales, me refiero a su desarrollo físico, no a su semántica, tenemos los pernales o torales, que son ramales que caen en perpendicular desde la línea de cumbres hacia el valle, es decir, en diferentes direcciones para abajo, facilitando el contacto entre valles y alturas. Yo mismo he recorrido uno llamado La Valsemana (se dice que por la frecuencia con que era utilizado por los paisanos, una vez a la semana) para ir desde el pueblo de Selores, en el Saja, hasta Tudanca, en el Nansa. Mi abuelo lo utilizaba para ir de Sopeña de Cabuérniga a Potes, cuyo mercado semanal era importante, y vuelta.

Pernal se emplea en la cuenca del Saja y toral en la del Nansa, aunque los vecinos de uno y otro lado entienden ambas palabras perfectamente. Quizá gracias a los contactos que facilitan, precisamente, los pernales y torales, digo.

No estamos hablando de espacios de tránsito, puntualiza Manolo, donde no hay por qué encontrarse con nadie, sino de estancia. Los espacios de estancia son mucho más efectivos para el intercambio. Cierto es, convengo.

Estos intercambios persistentes y significativos están en el origen de las culturas ganaderas del norte, continúa Manolo: pasiega en los Montes de Pas y vaquera en Cabuérniga y Rionansa, singularmente. Estas culturas ya son otra cosa. Se distinguen porque suponen una transformación cultural que afecta a los valles y a los lugares de invernada, desde las cabañas pasiegas a los invernales montañeses, llegando incluso a las brañas vaqueiras en Asturias.

Este es el marco geográfico en el que nos movemos: desde las brañas vaqueiras a las cabañas pasiegas, de un extremo a otro, aplicando una mirada encumbrada. No hay ruptura, solo distintas versiones de un mismo elemento fundacional que es resultado del intercambio provocado por el encuentro, dice.

En el origen está el encuentro. Me quedo con esta idea. En otras ocasiones he recurrido a otra idea: que el origen está donde alcanza tu pregunta. Pero preguntar es una acción asociada de forma indisoluble al encuentro con el otro. Son distintas formas de decir lo mismo, pues.

Esta es la base para la puesta a punto de culturas ganaderas especializadas, continúa Manolo. Se da el salto a partir del s. XVI, que es de cuando datan las primeras cabañas pasiegas y seguramente también los primeros invernales.

Se abre entonces un periodo experimental en el que se ensayan distintos modelos de ocupación territorial. Unos triunfan o subsisten y otros no. Entre estos últimos, estoy estudiando el que fracasó en el Somo de Aldano, informa:

La vieja nobleza se hizo con el control de los concejos vecinales. Entonces, privatizaron los seles. Pero no pasaron a explotarlos directamente, sino que se los arrendaban a los pasiegos. Estos los cerraban en redondo, los llamados "cerradones", al tiempo que construían sus viviendas en las cabeceras, donde se estabilizaban con sus familias. Este nuevo modelo de asentamiento u ocupación, distinto al de los cabañales pasiegos, desaparece con la crisis del Antiguo Régimen y la aparición de las nuevas élites liberales. Puede que también tuviera algo que ver la dureza del medio, frío, ventoso y escasamente productivo de aquel lugar.

Me parece importante esa idea de que los concejos vecinales fueron cooptados por los poderosos, añado. Eso implica que existían de antes y de otra forma, lo cual me da esperanzas.

Manolo me explica que el espíritu igualitario (no necesariamente efectivo) de los concejos llegó a su fin con la conocida como Ley Montoro. Por su culpa, los vecinos perdieron capacidad de decisión sobre sus propios recursos e intereses. Perdieron, en otras palabras, soberanía. Yo tengo que poder decidir sobre lo mío, defiende, aunque me equivoque. Ya procuraré yo, por la cuenta que me trae, no equivocarme, previene.

O nosotros, aclara.

Estamos hablando de una comunidad de aldea en la que el individuo existe en relación con los demás. Nunca solo. De una comunidad de aldea, o lo que queda de ella. Pero su origen es innegable. Este respeto al vecino es una herencia positiva que habría que tratar de transmitir con mimo.

Progreso es tener la capacidad de modular el cambio (inevitable, no así su signo) en beneficio del común (entendido como el individuo integrado), pienso. Me parece una idea bonita. También que más que reclamar aquello que consideramos perdido o, en el peor de los casos (un caso dramático), aquello que consideramos que nos han arrebatado, debemos, decía, en lugar de reclamar lo que no tenemos porque nos lo han quitado, reclamar aquello que quedó por hacer. Esta última visión me parece más dinámica y ya solo por eso, mejor. Esta idea empalma con el "espíritu nuevo" que defendía Francisco Cubría en un artículo publicado el año 1944 y recuperado en 2016 por la Universidad de Cantabria en el libro Flores, paisajes y gatos sin alas, un espíritu donde se refleje Cantabria "como se refleja en los remansos de nuestros pedregosos ríos, esos remansos breves, al margen de la precipitada corriente, en cuya quietud se pintan las verdes riberas, los encorvados troncos [...] y las montañas altas y las nubes que sobre ellas pasan..." Una visión dinámica y por eso mismo adaptada al futuro.

En definitiva, lo más importante es saber que cuando se da el salto del pastoreo a la ganadería, se experimenta con distintos modelos de aprovechamiento de recursos, algunos de los cuales tienen éxito y otros no, concluye Manolo. Todo es más líquido de lo que nos parecía, dice. No es que nos sorprenda, es solo que hasta ahora no lo habíamos podido probar.

En el fondo, estamos diciendo que las variaciones son siempre en relación a un patrón que, visto en perspectiva, no es más que una sucesión de variaciones, pienso. Por eso, por ejemplo, cuando comparas la arquitectura tradicional de las dos puntas de la Cordillera Cantábrica te parecen tan diferentes pero cuando la recorres y te vas fijando en la arquitectura tradicional, apenas percibes los cambios graduales que se van produciendo. La unidad está en la cadencia del cambio, que su frecuencia y ritmo se identifiquen como patrón.

En horizontal, pasa. Supongo que también en vertical, es decir, hacia dentro, desde una perspectiva diacrónica, quiero decir.

Salgo de mí y pregunto a Manolo por la ermita del Moral. Es un lugar a medio camino de varias comarcas, un lugar de encuentro de todos los pastores de los alrededores, que explicitan su cohesión el Día del Moral, que es el de la Virgen de igual nombre. ¿Crees que esta ermita y la braña donde se asienta es un lugar de encuentro, entendiendo por tal aquél integrado en el corredor físico y cultural que has presentado en esta entrevista?, pregunto. Sí, responde, y no es el único. Hay otros santuarios que responden a lo mismo, por ejemplo el de las Nieves en Campoo de Arriba y otro en Campoo de Abajo, uno más con igual advocación en Guriezo, etc. Recuerda que ya los romanos tenían un dios Terminus que se ocupaba de lo mismo.

En ese sentido, pregunto, he leído que en el entorno de la ermita del Moral hay varias marcas en distintas rocas que los paisanos interpretan como huellas que dejó la Virgen buscando dónde aposentarse. ¿Crees que pueden ser petroglifos reinterpretados? No, contesta Manolo. Son marcas naturales de la roca a las que los paisanos han incorporado una capa de sentido. Pero es pura resignificación paisana.

Sin embargo, continúo, en el límite de Monte Aa, cuya explotación pertenece al municipio de Ruente, con creo que es el pueblo de Sopeña, o quizá haciendo frontera con Carmona, un lugar que es como un museo en vivo de la cultura vaquera local, se encuentran varios túmulos prehistóricos no descontextualizados sino integrados en una lógica más amplia que abarca y explica el resto de elementos del paisaje. Obviamente, estos túmulos no están cumpliendo la misma función en la actualidad que hace cinco mil años, cuando eran tumbas, de hecho todos presentan pozos de violación provocados por ladrones, o al menos no esta faceta funeraria que entendemos principal, pero sí que parecen formar parte activa del paisaje.

En estos casos, sí, acepta Manolo. Me acuerdo entonces, recuerdo ahora que estoy transcribiendo la entrevista, de la ermita de la Virgen de Las Lindes, con ese nombre tan significativo, en Carmona, asentado sobre un túmulo, pero me lo callo por respetar el turno de palabra. De aquellos primeros pastores, sigue Manolo, tenemos dónde estaban, al menos en verano, y tenemos dónde se enterraban. Poco más. Pero iremos avanzando. La tecnología empezamos a tenerla. Los marcos teóricos estamos viendo que también. Lo más difícil de recabar ahora son las voluntades.

Esto va unido a capacidad económica, o sea, a dotación presupuestaria suficiente por parte de las instituciones, ¿verdad? 

Manolo asiente.

Perdona que insista con otro caso, Manolo, pero te quería preguntar por unas huellas de pie talladas en el filo de la Sierra del Escudo, también en Cabuérniga, en realidad en la frontera entre La Montaña y La Marina.

Dime.

No sé por dónde empezar, confieso, así que lo haré por mí. Mi madre es nacida en Cabuérniga pero a los pocos años mi familia marchó a Cabezón de la Sal, paso intermedio hacia Santander, donde ahora vivimos todos, tres generaciones después.

Otro día hablamos de si "progreso" es un concepto propio de paisanos o no, digo. Yo creo que sí, por eso las casas bajas de origen medieval se dotaron de balcón, por ejemplo, en cuanto empezó a llegar dinero de las Indias, completo. Pero otro día. Cierro paréntesis y sigo.

Estando en Cabezón de la Sal, mi madre subía con las amigas, muchas de las cuales estaban viviendo la misma experiencia en tránsito que ella, a una asomada del monte a chillar el nombre del valle de origen y a echar jisquíos.

He subido a la Sierra de Cos siguiendo las indicaciones de mi madre y he encontrado el lugar. Es un conjunto de rocas madre manipuladas para dar forma a rediles y refugios de pastor, todo arruinado, probablemente ya en tiempos de mi madre niña. Las vistas sobre Cabuérniga son espectaculares, eso no ha debido cambiar. Algunas lastras presentan nombres de pastor tallados.

A un lado, hacia la puesta de sol, se desarrolla la Sierra del Escudo. Entre medias, se ahonda la Hoz de Santa Lucía. También he subido a esta otra sierra y la he recorrido entera. Su cumbre es una larga fila de roca nacediza. En el mismo borde hay infinidad de nombres tallados, iniciales, marcos de pueblo, animales, etc. En una roca asomada al abismo hay una alta concentración de marcos de pueblos del valle y de iniciales de nombres, supuestamente también del valle. Solo me he atrevido a saltar a ella una vez, y aproveché para sacar muchas fotos. Luego en casa mirándolas detenidamente me di cuenta de que también había pies descalzos tallados. 

Esas tallas son petroglifos, avisa Manolo. Su tradición tiene aproximadamente cinco mil años. En esa misma zona nosotros encontramos una lastra con varias huellas iguales a las que dices y se la dimos al MUPAC, donde seguirá.

Tengo para mí, me lanzo, que esas huellas son testimonio de una mirada. Ver es un acto fisiológico. Mirar lo es cultural. Sin mirada no hay paisaje.

No puedo evitar ver en esas huellas a mi madre subida de pequeña gritando el nombre del lugar de donde era y al que probablemente aspiraba volver, digo.

Manolo responde con una anécdota similar. Un joven de Tudes tuvo que marchar a País Vasco y de camino, pasando por La Ventosa, se lamentó diciendo "me marcho y no volveré a verte". Aunque su tierra le había maltratado, le daba pena marcharse.

Llegados a este punto, Manolo pausa la conversación. Me parece que lo hace para no dejarse llevar por derroteros en los que prima la emoción.

No hay que condenar la sentimentalidad, retoma, pero para mí el elemento fundamental y básico, remarca, es el material. Hay además, matiza, capas añadidas

(que todos tenemos, agrega con un gesto):

sorprendernos por lo que vemos es importante. La valorización colectiva de lo que se ve es muy importante, añade.

A mí me vuelve a la cabeza la idea de origen. No se trata solo una categoría geográfica o cronológica, pienso. Es también un sentimiento. De añoranza, las más de las veces.

Propongo ver un sitio del Hospital que guarda relación con este punto de la conversación que hemos alcanzado tras una hora larga en la cafetería.

Salimos y nos dirigimos hacia la puerta principal del Hospital por la explanada. Preferimos airearnos a ver las obras de arte expuestas en el largo pasillo de las torres. Paramos donde las banderas para ver desde arriba el bosquete de árboles conmemorativos. Es una idea bonita, convenimos. Recuerda a otras, como el Bosque Cantabria Futura, en el que probablemente se inspire, por la época y el espíritu. Le cuento rápido que una vez encontré en la Sierra de Cos, en el lugar conocido como Pandia, un tejo rodeado de piedras, protegiéndolo pero algo más, también remarcando su presencia, y que un vecino al que tuve ocasión de preguntar me dijo que era en recuerdo de otro vecino fallecido en circunstancias dolorosas. Me parece que este tipo de recursos mnemotécnicos, porque es lo que son al fin y al cabo, brocales que asoman a la corriente subterránea que se alimenta de recuerdos, vienen de antiguo.

Bajamos la cuesta y al poco Manolo me detiene. En el valle donde vivo, dice, hay en una braña un tejo antiquísimo aferrado a una roca que, estoy seguro, está ahí porque lo respetaron los pastores. Hay que imaginarse un entorno completamente deforestado. Ese árbol significaba algo para ellos. Es un árbol resignificado por los pastores. Es un hito. También para mí.

El espacio es también un espacio mental, cognitivo, sigue, no solo físico, que se apoya en hitos que están resignificados por muchos motivos, por ejemplo mortuorios, concluye.

Retomamos el paseo, dejamos atrás el acceso a Urgencias y nos metemos por detrás del último pabellón. El destino es la escollera o paredón de las geodas pero antes de llegar hacemos parada en el antiguo almacén de carbón asociado a la caseta de la báscula para pesaje de camiones del que sospechamos si no será un búnker de cuando la guerra. Aprovecho para preguntar a Manolo. Es también uno de los pioneros de la arqueología de la guerra en Cantabria. Por fuera el almacén no le parece que sea un antiguo refugio antiaéreo pero tampoco encuentra razones de peso para rechazar tal posibilidad. Vemos entonces al Dr. Gonzalo Pérez Rojí, Coordinador del Servicio de Urgencias, y a Jorge Gutiérrez, responsable de los jardines del Hospital. Hacemos piña y entramos en el almacén.

No se puede concluir nada. Hay que vaciar.

Vamos los cuatro a ver las geodas. Las descubrió Raúl Molleda en el transcurso de otra entrevista y desde entonces las enseño siempre que tengo ocasión porque me parecen primero la mejor prueba de que las clases subalternas, considerando como tales a los obreros de hace cien años, también manejan valores estéticos, que cuando por ejemplo los campesinos miran el monte o los marineros la mar, no solo ven recursos, sino también, si la encuentran, belleza, de ahí por ejemplo topónimos como Colláu Jermosu, por hermoso, en Viaña, o la expresión "la mar bella", cuando está apacible, y segundo, decía, razones por las que enseño siempre que puedo estas geodas, es porque a falta de primera piedra, de la que conservamos foto pero nada más, perdida con tantas obras, bien pudiéramos poner estas geodas en su lugar.

Nuestra primera piedra, multiplicada. Un conjunto de geodas traídas de una cueva con tesoro incluido, y al cuidado de una "sierpe", que había en Peñacastillo y que hizo desaparecer la cantera hace cien años: la cueva, digo, que no el tesoro, pues a este le conservamos nosotros en las paredes del Hospital, en concreto en este paño de la entrada por la cuesta de los toros y en otro que hay colindando con la C/ Padre Rábago, más difícil de ver. Me parece una idea bonita.

Nos despedimos de Gonzalo y Jorge y accedemos a los jardines por el Edifico Enlace. No quería que Manolo se marchara sin conocer la Biblioteca, aunque solo sea por fuera. No sé ni cómo ponerme, confiesa. Selecciono la última foto que le hice:

El verano está en puertas y se nota en el verde, que está seco. Al fondo las sabinas y el pabellón de la Biblioteca, el 16.

Pese a la sequedad del entorno, los jardines del Hospital son una alegría para los sentidos: el canto de los miruellos, el vuelo desmayado de los jilgueros, el halcón dibujando círculos en el cielo, el vaivén de las nubes, las abejas solitarias, las orquídeas de corazón que les dan cobijo... No hace falta hacérselo notar a Manolo, se basta por sí mismo. Me cuenta entonces de un pueblo, no recuerda ni cuál era ni dónde estaba, cuyas casas tenían las fachadas cuajadas de fósiles. Eran para ellos "piedras bonitas", dice. No sabían lo que eran, probablemente, que eran fósiles, pero sí veían en ellas belleza. No es que la reconocieran, porque la belleza no existe sin nosotros. Emanaba de ellos. Con esto quiero remarcar que sí, que los campesinos, los obreros, los marineros..., también manejan categorías estéticas.

Quizá lo que pase es que estas categorías estéticas subalternas no responden a los estándares y por eso se dice que no las tienen, planteo. Que no es que no las tengan, es que no las sabemos ver. Quiénes o por qué nosotros, es otra pregunta que nos podríamos hacer.

Las clases subalternas tienen sensibilidad, es evidente, y a través de la sensibilidad manifiestan sentimientos, los cuales, remarca Manolo, no les impiden ser prácticos. Si pueden escogn las piedras bonitas. Eso seguro. Si pueden, y Manolo enarca las cejas.

Pero no es algo que se pueda atribuir solo a las clases subalternas, aclara. En realidad es la mentalidad propia del ser humano. Somos así.

Manolo de nuevo ha subido para tocar tierra y he tenido la suerte de que me llevara con él. Los jisquíos que mi madre subía a echar al borde del abismo llegan a las simas más profundas del alma humana porque cualquiera podría haberlo hecho. 

No puedo reprimir las ganas de transcribir un fragmento de Kafka en la orilla (Tusquets, 2006) de Murakami, p. 338:

"- Imagina un pájaro posado en una rama delgada - dice -. La rama oscila fuertemente al viento. Y, a cada ráfaga, el campo visual del pájaro, a su vez, va fluctuando. ¿No es así?

Asiento.

- ¿Y, cuando esto sucede, cómo crees que el pájaro estabiliza su campo visual?

Sacudo la cabeza.

- No lo sé.

- El pájaro sube y baja la cabeza y se ajusta a la oscilación de la rama. La próxima vez que sople un viento fuerte observa bien a los pájaros."

Es hora ya de marcharse. Quiere comer en casa. Le queda un largo viaje de regreso. Le acompaño a la salida del Hospital, pero una vez en el punto de partida, decidimos acercarnos a ver la obra del búnker. Es una bonita forma de cerrar el círculo. No es el único origen que está dentro. Nos metemos en el recinto de la Facultad de Enfermería, saltamos una valla y nos asomamos:

Es todo lo más que nos podemos acercar. Es lo más cerca que podemos estar de Fuente Mar.


Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.