Raquel Serdio entra con cara de interrogación porque habíamos quedado fuera y no me ha visto. O es que su gesto habitual es de extrañeza. No me extraña. Le explico y hago el gesto de abrazarme. Por el frío. Entonces nos abrazamos.
Raquel Serdio es poeta y profesora de literatura. Nos conocemos desde hace mucho. Curiosamente no del valle, aunque nuestras familias hayan sido vecinas, sino de haberle publicado hace lo menos quince años unos poemas en una antología contra las guerras con el respaldo de la ONU y en otra de haikai relacionados con el medio ambiente. Yo luego la he seguido.
¿Sabías que esta escultura está hecha a partir de un solo tronco?, pregunto. Es de un árbol caído. Lo encontró el autor en Mazcuerras. Es magnífica, responde. Es roble. Yo lo sé porque me lo dijo el autor, Raquel porque sabe de madera. Su padre hacía albarcas en Cabuérniga. Ya cuesta encontrar robles de este tamaño en Cantabria. De la manzanilla buena se dice que no tiene que oír campana. Pues robles así, igual.
¿Sabías que ayer mismo estuve buscando tu último libro, que es el único que no tengo, y que en una de las librerías me atendió una antigua alumna tuya? ¡Qué casualidad!, exclama. Me dijo que eras muy buena profesora. Raquel hace el gesto de bien con la cabeza. Está agotado, digo. Te lo he traído, ataja. Lo tengo aquí. Luego te lo doy. Imito su gesto.
Le propongo subir al despacho para coger la chaqueta y bajar luego a los jardines. Vamos por los pasillos. Subimos, ella deja sus cosas, me abrigo y bajamos. No los conocía. Ni tú ni casi nadie, digo, ni siquiera la mayoría de los trabajadores del Hospital. Ese es uno de los objetivos de VIRIDITAS, que se conozcan. Para eso lo mejor es que le pasen cosas, que pasen cosas en ellos. Provocar vivencias en los jardines para multiplicar significados. Este paseo que vamos a dar será un recuerdo de los jardines futuros. Ojalá sirva para que mañana se hagan las cosas mejor.
Vamos caminando desde el Edificio Enlace, el de cristal, hacia el fondo. Las nubes quieren entrar desde el sur, pero se nota el efecto del mar, que las contiene. Es un día en el que predomina el sol, pese al frío. Al menos en la franja costera. De frente nos queda Peñacastillo. El pico que nos mira se llama Miraoriu. Es un nombre antiguo. Pese a ello, su significado es transparente para un montañés: mirador. Presenta el mismo sufijo que, por ejemplo, observatorio o velatorio, en castellano, o posaoriu, descanso en el camino, en montañés.
Los medios publican hoy la muerte por envenenamiento de un quebrantahuesos en los confines de los Picos de Europa. Se llamaba Centenario. El quebrantahuesos desapareció de nuestras montañas hace setenta años de la misma manera, por envenenamiento. Va camino de volver a hacerlo. Quería empezar la entrevista por aquí.
Escribe Claudio Eliano, autor del primer siglo de nuestra era, que los quebrantahuesos protegen su nido poniendo hiedra en él y que la paloma torcaz hace lo mismo pero con brotes de laurel. En el pueblo, recuerdo que había siempre laurel detrás de la puerta de casa. Laurel y un espejito. ¿Y en la tuya, Raquel? En mi casa nunca faltaba laurel, contesta. Nunca se compraba. Raquel guarda silencio por un momento. Tengo un recuerdo de mi madre, anuncia. Le gustaba mucho pasear. Cuando se valía por sí misma iba sola hasta Selores y Renedo. Luego, la acompañaba por la mies hasta la parroquia de Terán. Al lado de la cambera había tres laureles en fila de los buenos, de los que huelen. Parábamos ahí y me pedía que cogiera una rama. Siempre teníamos en casa secando. Para cocinar.
En mi casa, retomo, también se tenía para protegernos de las tormentas. Se tenía mucho miedo a los rayos.
No me suena ese uso en la mía, dice Raquel, pero a continuación recita:
Santa Bárbara bendita
que en el cielo está escrita
con papel y agua bendita.
Es una letanía que le sale sola, como un resorte.
A las tormentas se las tenía pánico, continúa. Dentro de casa y fuera. Mi padre pasaba tres o cuatro meses al año en el monte. Raquel utiliza la palabra monte con ese sesgo montañés que hace de ella una palabra del mundo vegetal, el monte entendido como bosque. Sacaba la madera y la preparaba en rebollas para luego en casa sacar de ellas las albarcas, aclara.
Contaba mi padre que una noche se refugió de una tormenta debajo de un castru (roca madre) en Los Molinucos del Diablo. Pensaba -nos decía- que los rayos iban a partir la peña y me iba a caer encima, que de allí no salía.
En el camino de Cureñas.
Cureñas es el nombre del río Saja cuando todavía se está haciendo, digo. Su nombre de neonato es por lo encajonado que está. Su lecho parece excavado en mármol rojo. Tengo una piedra del río que utilizo como sujetapapeles. No pierde el color fuera del agua. El hidrónimo Saja viene del prerromano *SALIA, río.
Por ese camino sube el ganado tudanco a Sejos. Arriba pasa los veranos. La subida la marca el nacimiento de los lirones, los narcisos. La bajada viene anunciada por el nacimiento de las quitameriendas, parecidas a las flores de azafrán.
Hay leyenda que asegura que de Los Molinucos del Diablo sale una mano negra gigante que te coge. Otra parecida en La Serna, en Arenas de Iguña. Hace lo mismo, sale y te coge, y desapareces dentro. Las recogió y publicó Jesús García Preciado en alguno de los libros dedicados a la tradición oral cántabra que publicó Tantín.
En mi casa había un solo libro, dice Raquel. Era uno antiguo de geografía regional (y creo saber a cuál se refiere: Reseña geográfica de la Provincia de Santander con destino a las escuelas de niños del Valle de Cabuérniga de Leoncio Fernández de Mesa, año 1887). Eso no quiere decir que no hubiera literatura. La había, y mucha, pero de tradición oral: trovas, cuentos, leyendas, coplas, chascarrillos, etc. Había un solo libro en papel, pero mis padres eran auténticas bibliotecas andantes.
A Jesús García Preciado le compartí dos historias, con mis padres de informantes, dice. La de mi madre se cuenta el día de Santa Ana, después de Santiago. Mi madre utilizaba siempre el santoral para contar algo:
El día de Santa Ana
el jilu se vuelve lana
y la lana sotana y a la noche
hay seis pies en la cama.
Trata de un marido que se va un par de días a las vacas al invernal y entonces el cura aprovecha para acostarse con su mujer. Pero el hombre vuelve a casa antes de tiempo, se mete en la cama y descubre que hay seis pies. Extrañado, al día siguiente, se lo comenta a la madre y ella le calma diciéndole la copla, lo que pasa ese día, haciéndole creer que es que por ser el día de Santa Ana que le ha pasado esto.
Me sorprende el papel cómplice de la suegra, digo. Sería porque el cura del cuento les daba comida, replica Raquel. Así creo que se entendía en la época. Se apelaba a la indulgencia. Date cuenta del contexto de miseria en que se vivía.
Hace tiempo estuve hablando con un vecino de Udías que me dijo que abriendo una galería se había topado con una cueva donde había encontrado dos pares de zapatos, unos de mujer y los otros de hombre. Sería de una pareja de amantes fugados, dijo.
En una de esas galerías encontré hace años un palo tallado con una cabeza de pájaro, anuncia Raquel. Lo utilizo en las clases de teatro, cuando explico la figura del chamán. El chamán sabía falsear la voz, entrar en trance, utilizaba máscaras..., se le considera el primer actor.
La historia de mi padre, retoma, se llama El gigante de Potes y trata sobre un marraneru que se enfrenta a un gigante al que vence gracias a su ingenio. El gigante aplasta una piedra, la hace trizas, y el marraneru coge un queso de su zurrón, lo aprieta con las manos y lo hace arena también. Así una y otra vez van compitiendo. Al final el marraneru finge que se abre la tripa y el gigante lo imita, se raja y muere.
Doy un respingo porque esta historia me la contaba mi madre por las noches. Se lo digo a Raquel. También que antiguamente había mucho tráfico de marranos entre Potes y Cabuérniga y que los marraneros hacían noche en el lugar conocido como La Balsemana, en el cordal que separa las cuencas del Saja y del Nansa. He estado, pongo foto de la cabaña (fue ocupada por un paisano durante lo peor de la pandemia):
En Renedo de Cabuérniga vive Concha, continúo. Es la última vecina nacida en el pueblo de Llendemozó, que es como aparece en los mapas, aunque ella insiste en que su verdadero nombre es Llandemozó. Recurriendo a la etimología del topónimo, ella tiene razón. Esta vecina recuerda cómo se curaban los jamones en casa. Eran jamones muy apreciados. Ya lo decía Estrabón hace dos mil años.
Las cocinas eran de suelo, compuestas por tres piedras, dos perpendiculares a la pared y otra puesta encima contra la pared llamada pusiega que servía para posar en ella los enseres de cocina y para controlar las llamas. El humo salía libre por el tejado, no sin antes ahumar los alimentos que reposaban en un zarzu o entramado de varas de avellano situado encima. Cuando estas cucinas fueron sustituidas por las de campana las pusiegas generalmente fueron reutilizadas como poyu para sentarse en el portal. La repisa que bordea las chimeneas actuales se conoce como pusiega. Es una palabra que, porque se adaptó, sobrevivió.
Estando en la universidad, todavía se mató algún cerdo en casa, afirma Raquel. La mondonguera del pueblo era Sario. Su hija Encarnita tiene el restaurante La Central de Barcenillas. Cocina a la manera de su madre. Cuando se mataba el cerdo, la que venía a echar las especias y preparar el compangu era Sario. Raquel recuerda que cerca de la casa familiar había un ahumadero que la dueña compartía con los vecinos. Había una hoguera y pértigas donde se colgaban los productos de la matanza de dos o tres casas.
Le pregunto por el boronu (una especie de morcilla con alma de grasa), que si era para agasajar, y sí, responde, lo era. Lo mejor es para compartir. Ideas que porque son buenas son siempre modernas. Le gusta que haya recetas para honrar. Para recordar, también: a su padre le encantaban los coscorones, una especie de cortezas naturales. No le gustaban a todo el mundo. Hoy ni siquiera hay oportunidad de probarlos.
Pero, en todo caso, era un trabajo ingrato. A última hora, en su casa se compraban tripas sobadas, pero se acuerda de ir con su madre a lavar las tripas del cerdo al rio. Las manos se quedaban frías y le salían sabañones.
Raquel cuidaba de los cerdos de casa. Los paseaba, cogía caracoles y bellotas para ellos. Era inevitable establecer un vínculo personal. Más siendo una niña. Pero llegó una edad en que le tocó participar en la matanza. Su padre le pidió que diera vueltas a la sangre en un barreño para que no cuajara. Ella daba vueltas con el cucharón mientras caían las lágrimas. Fue un shock.
Mi vecina, la difunta Milia, sabía de remedios naturales. Me enseñó un remedio para los sabañones que era infusionar apio y sumergir las manos una o dos veces al día. Funcionó. Yo hasta entonces no sabía lo que era el apio, solo lo había visto en su huerta, dice.
Su planta de cabecera es la genciana o junciana. Es como la mercromina, me explica. Casi fue descastada en la posguerra por las farmacéuticas, eso sí lo sé. Todavía queda en Sejos, descubre. Yo a la junciana solo la conozco de la cocina de Fidel, tercio. Tiene un montón de frascos con junciana, flor de saúgu, el raro cardu d´arzolla, etc. Fidel es como se le puso al nacer y es así como se le conoce en mi casa, digo. Tras la guerra se le bautizó Jesús. No es el único caso. En mi familia, continúo, a Zoa el obispo le cambió el nombre y le puso Concepción. Entonces pasó a ser Ción la Zoa. No le salió bien, al obispo.
Hemos llegado sin darnos cuenta al fondo de los jardines. Nos hemos quedado hablando allí, parados. Sopla un viento fuerte y es a lo mejor por eso que las grúas de alrededor están quietas.
Un día coincidí con una señora de Barcenillas que me dijo que ella era la encargada de meté-la borona en casa (pan de maíz) porque tenía siempre las manos frías. Le quedaban muy ricas por este motivo, defendía, digo. Su marido falleció hace poco de una larga enfermedad. Le estuvo cuidando. Cuando enviudó tuvo más tiempo para ella. Entonces se dio cuenta de que de pequeña había sido una esclava. Esta palabra es suya, es la que ella empleó.
Cuántas mujeres así, dice.
Yo es algo que estoy descubriendo también ahora, digo. Hace no mucho intenté subir a La Pica´l Cuetu y no pude, me di la vuelta a mitad de camino. Por la niebla y porque no podía más. En la bajada un tanto errática encontré un parapeto de piedra construido contra una peña. Cuando tuve oportunidad pregunté a una anciana del valle por aquel lugar, si lo conocía, y me dijo que sí, que se llamaba El Cantu la Mesa y que es donde ella se refugiaba cuando salía con la ricilla (ganado menor). He encontrado parapetos parecidos en otras alturas significativas del valle como por ejemplo L´Asprilla, cuyo topónimo revela lo áspero, lo abrupto del lugar. Me imagino a menores subiendo y pasando allí los días, no sé si también las noches, y no puedo menos que lamentarme.
Mi abuelo tenía ganado, incluidas ovejas, dice. De las ovejas se ocupaba mi padre. Estaba con ellas en Monte Aa. Con siete años, treinta o cuarenta ovejas. En Monte Aa, remarca -lo conozco y es un monte fragoso y oscuro. Mi padre no tuvo infancia, sigue. El cura cogía a los sarrujanes los sábados por la tarde o domingos y les enseñaba a leer y escribir.
Un día le pedí un abrazo a mi padre. Ya era bien mayor. Me contestó, Pero nena, si es que no sé dar abrazos. No te preocupes, papa, que ya te los doy yo, le dije. Mi padre murió aprendiendo. El aprendizaje duró toda su vida, desde aquellas primeras letras.
Volvemos sobre nuestros pasos. De camino le enseño un seto de acebo. Es una parada que suelo hacer. Hay quien piensa, digo, que este árbol podado como un seto está sometido y que es el epítome de un jardín, la naturaleza sojuzgada, y quien piensa, por el contrario, que porque está podado como un seto está, porque en caso contrario no estaría aquí. ¿A ti que te parece?, pregunto.
Por lo que veo, este árbol por sí mismo no sobreviviría, responde. Ni siquiera tiene posibilidades de extender sus raíces. Estamos en una terraza, no hay suelo debajo. Este árbol no sé si estará sometido pero sí domesticado, concluye.
Duendu es una palabra que se utiliza para domesticado. Se aplica al buey, por ejemplo. Viene del latín DOMUS, casa. También significa agotado de trabajar.
Le cuento que cuando se terminó el armazón de las tres torres se puso, siguiendo la tradición, una rama de tejo -también puede ser laurel- rematando la obra pero que al día siguiente la rama fue sustituida por una bandera española. Ella lo interpreta como una metáfora de la política. La bandera es a lo privado lo que la rama a lo público. Qué contradicción, se lamenta. Tener que recurrir a lo privado para mantener lo público. Se ha perdido la autogestión.
Nos acercamos a una jardinera próxima. Le quiero enseñar un brote de palmera que ha nacido a partir de una semilla depositada por un pájaro. Las palmeras del Hospital son indianas. Están en peligro por el picudo rojo. Este brote tiene las puntas rotas, probablemente los jardineros hayan tirado de él. No vendría mal ir cogiendo brotes para asegurar la continuidad de las palmeras en nuestros jardines, por si acaso. El centenario de la institución está próximo. La última que se murió fue hace diez años. Estaba al lado de la secuoya que se ve desde la cuesta de los toros.
Raquel entrevistó para el libro Damas ilustres y mujeres dignas. Algunas historias extraordinarias del siglo XX en Cantabria, del que es coautora, a la poeta popular lebaniega Covadonga Vejo de Lebeña, que cuidó y enseñó como quía durante años a iglesia del pueblo. Cuando un rayo tiró el tejo que había a la puerta , una señora de Lebeña que cuando un rayo tiró el tejo que había a la puerta de la iglesia, ella se quedó con una semilla que cuidó hasta que brotó, algo muy difícil de conseguir, más tratándose de un tejo. Si el árbol fuera el padre, yo soy la madre, decía.
Hay un sentimiento de apego muy fuerte con los árboles en Cantabria. Incluso en el plano personal. En mi familia mi abuela tenía un manzano que se secó antes de ella morir pero que mi madre no taló hasta entonces. Conservo yo el tocón, digo.
Raquel tiene un poema en Cuaderno de Rozalén que dice:
"Vivir creciendo como el árbol, hasta
la muerte. Y más allá de ella ser
barro o ceniza que albergue mi
simiente.
Cuando ya no me sea, tierra, sino
tuya."
Llegamos a la Biblioteca y continuamos nuestra conversación en el Salón Noble. Tenemos en lugar destacado una foto del Marqués de Valdecilla y otra de su sobrina, la Marquesa de Pelayo. En la primera, el marqués posa sentado y hay un texto que explica quién es. La de la marquesa es un primer plano y no hay texto. Raquel me lo recrimina. Da igual cuál sea tu opinión sobre ella, dice, tienes que informar sobre quién es, cuando menos al mismo nivel de profundidad que en el caso del marqués. Sinceramente, no me había dado cuenta, me excuso. Acepto la crítica. Lo corregiremos.
Propongo hacerle una foto y ella toma la iniciativa, coge una de las butacas y la pone debajo de los retratos de los Directores Gerentes del Hospital, enfrente de la antigua librería donde conservamos las primeras tesis doctorales de la Casa de Salud Valdecilla. Sácame que se vean los libros, no a esta ristra de señores de aquí arriba, dice sonriendo, cómplice, y se la hago:
Cuaderno de Rozalén fue su primer poemario. Está impreso en Ruente el año 2000. Es un libro situado. En él Raquel se declara de un lugar cuyas amplias coordenadas se prolongan en ella: los montes, los ríos, el viento, las estrellas...
"Si has de poner cotos al tiempo
que no sea en el sueño de los
chopos. Si has de ser fiel a algo
que sea a este cielo gris, azul y
blanco, a este monte magnético
del que nunca puedes apartar la
mirada.
Si has de creer en algo que sea en
este norte que cubre tu cabeza.
Orión. Perseo. Zaaas. La Vía
Láctea. Lo justo para que el
mundo te coloque en su sitio. Y
no sentirse más que un vulnerable
ser. Caballo. Perro. Helecho. Qué
más da."
Rozalén es el monte que preside su pueblo. En mi opinión es un topónimo que viene de roza, es decir, de un terreno obtenido por desbroce, y len, del latín LENIS, suave. Es una palabra que en montañés no pero que sí se conserva en pasiego: len, pendiente. El Picu Llen, que remata Peña Cabarga, significa lo mismo.
Basnia o baznia es una palabra heredada. Es un soporte hecho con ramas entrelazadas que sirve para bajar la hierba por terrenos con mucha pendiente, explica. En La Praería de Valle hay un lugar que se llama El Bazniáu.
Le cuento a Raquel que una tía mía jugaba de pequeña a lo que ella llamaba abasniar, que era resbalar por la ladera de Las Basniás de San Sebastián de Garabandal subida a un tronco, pero que lo hacía en domingo para que no la vieran los hombres.
Aprovecho para preguntarle por varias palabras montañesas que traigo apuntadas:
- Atotogar o atotegar. En mi casa significa arrebujar y en la de Raquel ir bien compuesto, con la ropa en su sitio, a veces acaldar.
- Acurriar. Volver a casa. Vale tanto para personas como para animales.
- Apicapuntu. En el momento oportuno. Raquel no la conocía. En mi casa va de la mano de luga, rayo de sol que entra por entre las nubes y momento oportuno para hacer algo.
- Nial. Nido.
Esta última me encanta, dice. Siguiendo el juego, propone:
- Jatera. Para mí, me adelanto, es un lugar revuelto pero ella aclara que en su casa son las cosas y su valor.
- Acaldar. Colocar.
- Zuna. Manía. Esta palabra, digo, creo que viene del árabe clásico sunnah, "tradición, ley o costumbre". Hay otros arabismos llamativos, como alifaz (pequeña herida), ateclar (mimar) o guajona (una especie de vampiresa de un solo diente que vive bajo tierra).
Hay una palabra que adoro, revela, y es quima. Todo esto, dice señalando las publicaciones suyas que ha traído ella, las que he traído yo, es poética de las quimas. Los árboles me inspiran en toda su dimensión.
Mi padre, que era carmuniegu, tenía que estar constantemente explicando a la gente lo que decía. Cuando fui a estudiar Filología Hispánica a Oviedo me di cuenta de que tenía mi propio ideolecto. Cuando regresaba al valle llegaba a casa, cruzaba la puerta y el cerebro me hacía click, como si fuese bilingüe. Mi lengua materna es un habla cantábrica montañesa, dice.
Cambiamos de sitio para estar más cómodos. Nos sentamos en un antiguo banco de madera con el respaldo listado. La luz entra a borbotones.
Su segundo libro se titula En un lugar que yo veo. Es de 2003 y lo publicó Devenir. Es un libro de amor, pérdida y duelo, escrito tras el fallecimiento de su pareja en un accidente laboral, haciendo a contrarreloj el Parque del Agua en Santander.
"Duelo" es una palabra muy amplia, asegura. No se produce solo cuando una persona muere. Es también darte cuenta de que todo cambia, de que has cambiado. La vida está hecha de pequeños y de grandes duelos, concluye.
Propone leer un poema, al hilo del duelo ,que escribió en la edición del año pasado del festival El Temporal. Casualmente yo también participé en él e impartí una conferencia en este mismo lugar, en el Salón Noble. Su poema inédito se titula "En la montaña vacía". Recoge un sueño recurrente. Está en una colina con su padre y en otra está su madre, que ha fallecido. ¿Ves?, ahí está mama, le dice su padre. Está bien. La observan en silencio. Entonces, papa, le dice, morir es como estar en esa colina. Así es, le contesta. Podemos subir a verla cuando queramos. Qué idea más bonita, ¿verdad? Subir a una montaña para conectarte con la madre. Perdí a mis padres durante la pandemia, seis meses. Con mi madre también conecto mucho cuando llega la primavera y los manzanos se ponen en flor.
Cuando íbamos de paseo juntas parábamos siempre en alguna pared. Es lo que más le gustaba. Mirar adentro. Los árboles, las plantas crecidas. Nena, coge un esqueje de esto o de aquello, unos cardos para las gallinas, me solía pedir.
Me acuerdo de una vez que paramos en un huerto y había manzanos viejos, pero en flor. Los contemplamos juntas. Tras un largo silencio, mi madre me pregunta Qué ves. Lo que yo veo, mama, es divinidad, algo sagrado. Otro silencio. Pues sabes lo que te digo, nena, que por mucho que digas, tú crees en Dios.
Los manzanos están muy vinculados a la historia de mi familia materna, continúa. "El práu de casa" era el epicentro. Estaba lleno de manzanos -y de perales de invierno, de esos que maduran las peras entre la hierba seca- que había plantado el abuelo Manuel. Tenía un perro para guardarlos. Una noche entraron al práu y le sacaron los ojos. Ladrones de fruta. Escribí un relato ("La ira de Sofía") para vengar la muerte de ese perro. Los frutales se han ido muriendo.
Su tercer poemario es Mujeres de mimbre y lo publicó Creática dentro de su colección "La grúa de piedra", el año 2013. Es un libro hermanu de Damas ilustres y mujeres dignas, con dos ediciones, la primera de 2009 y la segunda de 2019. Si en este las mujeres son las cuentas, en el poemario se extiende el hilo que las enhebra.
"En mi cuerpo
adentro
en mi árbol sagrado
florecen las semillas
de mis antepasados.
En mi cuerpo
adentro
en mi árbol sagrado
crecen todos los bosques
y sus claros."
En el poemario, Raquel es la guía, la columna de humo que delata la hoguera, la chamana. Ella es el núcleo que, en su relación con lo que la rodea, dibuja una espiral que es movimiento que es suma de acontecimientos que es realidad que es interpretación.
Recita Gestación, otro poema inédito, en cuatro movimientos. Lo incluyó en la lectura que hizo dentro del ciclo Patio de Poesía organizado por la Biblioteca Central de Cantabria en su edición de 2023. En esta ocasión estuvo acompañada por una exalumna, María Villagrá.
La palabra luga, rayo de luz que se abre paso entre las nubes, oportunidad, hermana con la palabra lugar.
Los lugares son espacios propicios.
En Tudanca hay un lugar que se conoce como Lugoria, que con ese sufijo significa lugar de lugares. No he estado, pero sé que las oportunidades son siempre muchas.
Tengo tu libro, recuerda: Aire que trae la voz, y me lo da. Lo publicaron Alba Pascual y Noé Ortega, poetas además de editores, y amigos de ambos, en 2017. El primer poema me parece revelador. Se titula "Mecánica del verbo en la reja" y dice así:
"La palabra engranaje la que ocupa el espacio sin
miedo al titubeo la que se clava en la piel como una
astilla y escarba y duele. La palabra heredada la que
esquiva el vértigo del silencio y se deleita en la pared
de las grutas. La palabra autómata inercia de una
estirpe de charlatanes.
Un alfabeto metálico en la boca frío como un
tornillo. Inservible para el éxtasis."
Las palabras son huellas de ideas. Carama es la nieve que queda prendida en las ramas. Jalopu es el copo. Ampu el resplandor del sol en la nieve. Güelga da nombre a los túneles que atraviesan la nieve para poder pasar.
Frente a la casa familiar hay una cambera plantada de nogales que sube a La Praería. Me encantaba sentarme en las escaleras de casa y en otoño sentir el viento mover los árboles y el sonido de las nueces al caer. Un día mi padre, que era parco en palabras, se sentó allí conmigo y después de un buen rato en silencio me dice "está la tarde escuchona". Qué descripción tan certera. Lo clavó. Eso sí que es poesía.
He pasado muchas horas hablando con mis padres, también como informantes de un modo de vivir de otro tiempo. Escuchando, sobre todo. Sé muchas cosas de mis abuelos, aún sin haberlos conocido, de mis bisabuelos, de mis tatarabuelos. Su legado y su linaje se funden en mí.
Yo últimamente estoy preguntando a la gente mayor de mi familia por sus primeros recuerdos, digo. Mi madre recuerda estar donde los nogales que había al lado de casa con las manos manchadas de marcia y estar asustada.
Es que la marcia de la cáscara de las nueces mancha mucho y además es muy difícil de quitar, dice. Como el miedo.
Me regala en papel lo último que ha escrito, un poema titulado El legado de las piedras, en tres movimientos. El poema está incluido en una publicación de septiembre de 2025 realizada por el Museo de la Neocueva de Altamira, con motivo de un recital colectivo titulado Manos. Diálogos con Altamira realizado por ocho poetas cántabras de la asociación Genialogías en colaboración con el Museo. Transcribo el último movimiento:
"Dentro del ojo un rastro se desdibuja en la nevada
Cuando lleguen traerán el cuerpo silencioso del bisonte como una ofrenda Las astas de los ciervos abatidos Nada de lo que ofrezcan tendrá el valor del hueso la disposición ritual del animal Ningún sonido ninguna hierba amarga ningún metal solo nubes de puntos sobre las cavidades puntos que son itinerarios de nombres olvidados Sextantes de otra era que señalan las Hespérides en el cielo fechas de siembra rutas de cacería o el recuerdo de un gélido camino de ausencias
Hay una geometría de polvo ocre dibujada en la roca yemas imperceptibles de migraciones
Corren las ciervas por el friso esbeltas en hilera como una escena leve de la unidad".
Es lunes y desde mis despacho veo reverberar las últimas luces del día en los montes nevados del fondo. Parpadea la luz roja que remata la cima de Peñacastillo.



