Hemos quedado poco antes de la hora de comer. Salgo a esperarla. Desde el aparcamiento de bicis de la pasarela del Edificio Enlace se ve la caravana de coches que avanza lentamente por la cuesta de los toros. Es hora punta. A una ambulancia le está costando salir. Prende las luces pero no el sonido. Veo entonces entrar a Amaya. Viene andando. Una ligera brisa trae el olor de los jazmines chinos de la pérgola.
Amaya Gamazo es archivera del Archivo Histórico Provincial de Cantabria y desde que les cedimos el archivo histórico del Hospital Valdecilla se está ocupando ella de su tratamiento. Nos saludamos a resguardo de los conos que ha puesto Seguridad para no aparcar. En lugar de entrar directamente al Hospital, le propongo acercarnos a la magnífica palmera que está junto al pabellón 21, el de Dirección. Un icono indiano, reconoce Amaya. Le pregunto al respecto. La palmera era un recuerdo pero también informaba al pueblo de que el indiano había vuelto. A su regreso, el indiano tenía la tarea implícita de mejorar las condiciones de vida de sus paisanos. Pero dentro de unos parámetros que perpetuaban una desigualdad social intrínseca, eso también es cierto.
¿Cuántas palmeras hay?, pregunta. No lo sé, me sincero: quedan cuatro, creo. Y esa pequeñita que está contra la pared del otro lado, al lado del madroño. No parece que haya sido plantada, apunta. Está demasiado pegada a la pared. Eso mismo creo yo, secundo. O bien es fruto de una semilla que rodó hasta allí, o el viento que la llevó, en cuyo caso la madre sería esta misma bajo la que estamos, o fue un pájaro que comió la semilla y luego la depuso o la regurgitó. Cuando interviene un animal en el proceso se llama zoocoria. Es una palabra que traigo apuntada en mi mazo de folios doblados para tomar apuntes. Amaya sabe que no grabo. Es más fácil así. Se está más libre. Tomo notas y luego trato de recomponer la conversación tirando de memoria. No siempre lo logro. Esta vez va a ser difícil. Amaya es muy meticulosa con sus palabras.
Esta palmera pequeña no es fundacional, retomo, pero qué es fundacional para una planta o un árbol, ataja ella. Este reparo de Amaya enlaza precisamente con el espíritu de VIRIDITAS: el reverdecimiento del reino vegetal entendido como símbolo de una institución, la nuestra, cuya fuerza radica en su capacidad de adaptación, que eso es la excelencia: el saber que nunca se alcanza porque solo existe en la búsqueda, imposible de otra forma. Es lo que desde el año 1929 se conoce como "Espíritu Valdecilla". Se sigue cultivando, como los jardines, ininterrumpidamente.
Al pie de esta palmera han brotado varios hijuelos. Convendría preservarlos para asegurar que haya palmeras en el centenario. El escarabajo picudo rojo es muy tenaz. Las palmeras de Cantabria se están viendo muy afectadas. Las nuestras han sido tratadas, pero nunca se sabe. La última en desaparecer estaba al lado de la secuoya. Murió por un problema de riego que se anunció pero no se solucionó a tiempo, hará diez años. Queda el cepellón y en lugar de la palmera se ha plantado un arbolito que no acaba de medrar, digo. Siempre hay que hacer caso a los profesionales, concluye Amaya.
Foto del pabellón 21 y cepellón de palmera.
Todavía quedan plantas de mis abuelos en el balcón de la casa donde vivían, digo. Hace poco, mi madre y yo cogimos de una maceta hijuelos de una cinta. Para que no se perdiera. Mi madre no recordaba si se ponían en agua boca arriba o boca abajo, así que cogimos dos. Ahora soy yo el que no recuerda cuál medró. Como sea, la cinta asoma desde lo alto de la librería de mi salón.
Estaba yo en un banco, añado, cuando se sentaron al lado un padre y su hija pequeña. Era el Día de La Montaña de Cabezón de la Sal. La niña estaba cansada y se puso encima de la pierna extendida del padre, que parecía un estuche o una vaina. Entonces entendí el porqué de las hojas de la cinta, que mantienen erguidos los hijuelos.
Al lado de la palmera del 21 hay una aceba también centenaria. Se sabe el género por los frutos rojos. Es la madre de los acebos que hemos plantado en los balcones de la Biblioteca. Antes había hortensias pero durante la pandemia se secaron. El jardinero del Hospital ha propuesto poner además brezo porque ha visto que en el monte la asociación de acebo y brezo es común, y si lo es, es porque beneficia a ambos. A mí me parece fantástico. Dentro de una o dos generaciones, cuando se mire hacia mi pabellón, el 16, se verá un acebal en el corazón del Hospital.
A Amaya le gustan los acebos. En Navidad toma prestado uno. Lo utiliza como árbol de Navidad y luego lo devuelve. Se siente plenamente cántabra. Se describe a sí misma como una persona reservada. En el monte los acebales sirven como refugio. Es posible que los seles fueran en origen bosquetes de acebo. Le cuento la historia de un ganadero que taló uno de estos bosquetes en su pueblo porque las yeguas se metían en él y le costaba sacarlas. Pero al día siguiente subió y de noche los lobos le habían matado a la mitad de la manada. Los acebos son símbolo de protección. En lo alto del pabellón 16 simbolizan lo mismo. La protección en este caso del entorno público. Amaya tiene muy claro que su profesión es garante de derechos.
Los archivos antes eran cotos de eruditos, dice. Primaba la exclusividad, cuyo envés es la exclusión. Por el contrario, nuestro objetivo en la actualidad es abrir los archivos al conjunto de la sociedad. Una sociedad en la que solo unos pocos lo sepan todo en detrimento del resto es peor que una sociedad ideal en la que el conocimiento esté distribuido y se comparta. Ideal pero, quizá por eso mismo, deseable. Es mejor pensar bien que mal. De nuevo, enlazo, la misma lógica que subyace en nuestro préstamo interbibliotecario, y añado: las bibliotecas no tienen que tenerlo todas todo sino todo entre todas, y compartirlo. Las bibliotecas hospitalarias lo tenemos claro. Las universitarias por desgracia no tanto, todavía.
Y si los archivos son garantes de derechos, sigue, nosotros somos sus valedores. Por eso tenemos que hacer valer nuestra profesión. No se nos valora porque de nuestro trabajo no resulta un beneficio económico directo, pero nuestro principal valor no es el económico, aunque tampoco nos sea ajeno. Nuestro principal valor es dar soporte a una noción de ser humano situado y con derechos. Los archivos son las instituciones de la memoria por antonomasia.
La semilla donde somos, eso es la memoria, se me ocurre. Los archivos son las cintas que sirven de soporte a los hijuelos.
Los archivos son fundamentales para conservar la memoria colectiva, continúa Amaya. No es tan sencillo como abrir puertas y ya está. Porque alguien las ha cerrado previamente. A veces se puede complicar.
El archivo histórico del Hospital Valdecilla apareció forrando las paredes del almacén de patatas que había en los sótanos de uno de los edificios del antiguo Psiquiátrico de Parayas. Es algo que Amaya sabe.
El mismo camión que iba a tirar todo aquel papel me lo trajo a la Biblioteca, digo. Lo conservamos varios años en nuestras instalaciones pero sin posibilidad de tratarlo de forma adecuada. Finalmente, pudimos transferírselo al Archivo Histórico Provincial de Cantabria gracias a las gestiones de su Director, Francisco García, recientemente nombrado Bibliotecario de Honor del Hospital Valdecilla en reconocimiento a su labor.
Entre los documentos hallados en un primer barrido apareció el hasta ahora único documento oficial que se conserva del Campo de Concentración de La Magdalena. Gracias a él podemos probar documentalmente que existió. Se trata de una relación de pacientes de Psiquiatría trasladados al campo poco después de caer Santander. Es de suponer que este documento formaría parte de una serie, es decir, que habría más, pero hasta la fecha no se ha encontrado el resto. Probablemente la serie fuera eliminada por conveniencia, quizá cuando el campo se cerró a finales de los años treinta o al ganar los Aliados la IIª Guerra Mundial o durante la Transición, no sabemos. De ser así, este documento en concreto puede que no se eliminara porque fuera utilizado para echar cuentas, como efectivamente así fue, es decir, por haber sido utilizado como hoja en sucio.
Pero también cabe la posibilidad de que este documento sea único, añado, que no esté desgajado de ninguna serie. Que los militares franquistas vaciaran el Servicio de Psiquiatría, un Servicio que además había sido punta de lanza de las innovaciones ensayadas por el Dr. López Albo: granjas experimentales en Solares donde los pacientes podían sentir que contribuían en el sostenimiento del proyecto común, contratación de los primeros enfermeros masculinos, etc. Recordemos que en la masacre de Babi Yar, un barranco a las afueras de Kiev, en la que los nazis asesinaron en solo dos días a 33.771 personas, antes que a los judíos fueron masacrados los pacientes de un psiquiátrico próximo. Porque para los fascistas estas personas no merecían vivir. Estremece solo pensarlo.
Damos la vuelta al pabellón de Dirección y entramos al jardín saltando el seto. En origen había una pared pero el Dr. José Luis Bilbao apostó por sustituirla por esta frontera blanda. Le criticaron pero él mantuvo firme sus posiciones: hay que darle a la ciudadanía la oportunidad de ser buena. El resultado le ha dado la razón.
Este seto simboliza que el Hospital es poroso. Si se deposita la confianza en el ciudadano, el ciudadano no falla. Pero tiene que ser un gesto sincero. A fin de cuentas no es darles nada, sino devolvérselo. Esta misma idea se puede aplicar al Archivo.
Llegamos a la secuoya centenaria. Poca gente sabe que existe pese a que se ve bien desde la carretera. Es importante informar. El árbol presenta tres troncos. Esta configuración se utilizó como símbolo en el noventa aniversario de la institución: la secuoya con sus tres troncos, el pabellón de Dirección y una nube en representación de las tormentas que el primer Director Gerente, el doctor Wenceslao López Albo, auguró pero que pese a ello no pudo sortear.
Amaya confirma que la secuoya podría valer como símbolo del Hospital desde una perspectiva diacrónica. No son palabras vanas. Ahora mismo ella es la persona que más clara tiene nuestra evolución histórica, al menos desde un punto de vista funcional.
Al principio estaba perdida, reconoce. El fondo es enorme y está muy desgajado. Cuando encontraba algo faltaba lo siguiente. Era un abismo. Pero ahora que tengo una visión general de todo, las piezas han empezado a encajar.
Estoy recomponiendo el puzle.
Ahora que sé dónde tengo que ir, dónde está cada cosa, es más fácil todo, dice.
Lo ideal sería tenerlo todo pero en una institución centenaria se entiende que no pueda ser así, trata de suavizar. Aun con todo, es importante que en el Hospital se tome conciencia de la importancia del archivo actual para que no se vuelva a repetir lo que ha sucedido con el histórico. Archivo de gestión tenéis que tener, lo que pasa es que si se cree que no, es porque se está gestionando mal. Eso solo puede traer problemas, ahora y en el futuro, dice.
Se ha despejado la carretera. Se nos está echando el tiempo encima. Nos vamos a comer al restaurante del Hospital. No tardamos en llegar. Nos sentamos al lado de la cristalera. Las obras de los protones ya han comenzado del otro lado. Apenas oímos las máquinas con el barullo de dentro.
Decías entonces que la secuoya sí funciona como representación simbólica del Hospital, pregunto. Sí, mira, y me muestra el cuadro de clasificación que ya tiene elaborado. Reconozco las siguientes funciones y actividades que realiza el Hospital, y desgrana: Gobierno, Administración y las tres que hicieron de Valdecilla un Hospital moderno, los tres troncos del árbol: Asistencia Sanitaria, Docencia e Investigación.
Tras la identificación viene la clasificación. La primera es el estudio de la estructura orgánica y funciones del productor. Es a partir de estas que establecemos las secciones y de estas las series. La segunda es la estructuración jerárquica del fondo mediante un cuadro de clasificación basado en el principio de procedencia. Sigue la ordenación, que es el establecimiento de secuencias naturales dentro de las series.
El Instituto Médico de Postgraduados por ejemplo sería una sección, lo mismo que la Escuela de Enfermeras. Dentro de cada una estarían las correspondientes series documentales, tales como los procesos de selección de residentes en un caso o de alumnas en el otro. ¿Se podría considerar a la Escuela de Enfermeras precedente de la actual Facultad de Enfermería de la Universidad de Cantabria?, pregunto. Sí, responde. Por cierto, pregunta Amaya, ¿la Biblioteca Marquesa de Pelayo siempre se ha llamado así? No, respondo. Nació para dar respuesta a una necesidad identificada por el médico anarquista Juan Madinaveitia: hacía falta una biblioteca médica nacional a imitación de la norteamericana. El Dr. López Albo hizo suya esta idea y el resultado fue la que él mismo presentó en el discurso de inauguración, que conservamos, como Biblioteca de la Casa de Salud Valdecilla. El nombre de la marquesa es posterior. Se debe a que hizo una importante donación para la dotación de libros y sobre todo revistas científicas. Somos la segunda biblioteca hospitalaria por antigüedad de España, tan solo por detrás de la del Hospital de Basurto, pero la primera en importancia durante décadas. Se lo debemos a ella, justo es reconocerlo.
Tengo para mí, dice Amaya, que el marqués decidió, el doctor tradujo o trasladó y la marquesa recondujo. Los dos primeros probablemente llegaron demasiado lejos para la época. De haber sido más joven, el marqués podría haber empujado un poco más. Pero le faltó energía.
Para el primer impulso, digo, el marqués probablemente se apoyara en el Dr. Gregorio Marañón, cuyo padre era santanderino. De ahí esos textos tan bonitos que tiene por ejemplo sobre el hombre-pez de Liérganes, muy poco conocidos. Este doctor le pondría en contacto con los primeros espadas de la Edad de Plata de las Ciencias Españolas. Fue su cantera. Muchos, como los doctores Lorente de No o Pío del Río-Hortega, ambos candidatos a Premio Nobel, fueron contratados por la Casa de Salud Valdecilla. Era un Hospital verdaderamente de vanguardia.
He encontrado documentación, dice Amaya, que permite hacer seguimiento del proceso de contratación del personal. Todos eran seleccionados por sus méritos, nunca se aceptaron enchufes. He tenido en mis manos cartas de recomendación que no fueron atendidas. Se cuidaba que los que entraran fueran los mejores.
De alguna manera, digo, esta rectitud provocó la reacción de los médicos santanderinos de toda la vida que pensaban que el Hospital iba a ser para ellos. Es lo que el Dr. López Albo llamó "el mal del profesionalismo". Afectó también a las enfermeras, cuyas primeras promociones fueron muy mal vistas en Santander, no por su culpa, sino por razones espurias, es decir, ajenas a su naturaleza.
La relación entre sobrina y tío debió ser muy tensa, retoma Amaya. El punto álgido se alcanzó cuando a instancias de la marquesa se puso a Sor Bastos al frente de la gestión del Hospital, relegando al Director Gerente al papel de Director Médico, algo que el Dr. López Albo no admitió. Por eso dimitió y se fue a País Vasco. En contraposición, recuerda que el marqués ni siquiera quería que le atendieran monjas. Él quería enfermeras profesionales a la cabecera de su cama. Fue una conmoción.
Esos primeros años de la institución fueron muy convulsos, remarco.
Todo debió empezar en la Escuela de Enfermeras, señala. El Director era el Dr. Manuel Usandizaga y la subdirectora la enfermera y pediatra Teresa Junquera. El primero nunca se vio afectado por ningún cambio, y mira si hubo. La segunda debía ser de la cuerda del marqués, o sea, del Dr. López Albo. La Escuela parece que no acababa de levantar el vuelo, es probable que por impedimentos de la marquesa. El chivo expiatorio fue Teresa Junquera. Para corregir la deriva puede que inducida de la institución se dio paso a Sor Bastos. Esta monja fue el detonante.
La vida de Teresa Junquera fue muy procelosa. Se marchó de la Casa de Salud Valdecilla al tiempo que el Director Gerente, como gran parte del equipo directivo, por no decir el equipo al completo. Abrió consulta en Asturias junto con una compañera familia del escritor Alejandro Casona, que escribió una obra de teatro, Nuestra Natacha, probablemente inspirada en sus vivencias en el Hospital. Luego reaparece en Madrid, se marcha al exilio, la detienen, es probable que la Gestapo, la repatrian (es raro, porque lo habitual era que el gobierno franquista no reconociera a los exiliados, por lo que solían ser conducidos a campos alemanes), pasa por un campo de concentración español y al salir le impiden ejercer.
Otra figura muy interesante de la época es Basterra, jefa de Acción Social y Consultorios, añade Amaya. No la conozco, confieso. Hemos sabido de ella por un investigador que nos ha preguntado. Desde entonces estamos con las alertas encendidas, dice.
En contraposición, continúa, el arquitecto Gonzalo Bringas y el Director Gerente se debían llevar muy bien. El marqués había financiado viajes de estudio al extranjero a ambos, pero el arquitecto se pliega siempre a las recomendaciones del Dr. López Albo. Conservamos ocho cartas del doctor al arquitecto. Los temas tratados recorren todo el espectro, desde lo más general al diseño de un tipo de silla con mesa abatible para el anfiteatro que es como las que se ven hoy en las aulas de la universidad. O en el Salón Téllez Plasencia del Hospital, digo. En otra carta explica cómo deben ser los quirófanos, continúa Amaya, y en otra más cuál debe ser la ubicación de las enfermeras en planta para vigilar a los pacientes sin necesidad de moverse. Propone tres e incluye diagramas: "peor manera", "manera aceptable" y "mejor manera", escribe.
Los planos con los que trabaja Gonzalo Bringas son los del primer proyecto, continúa. Sabemos que al doctor no le gustaba, que él hubiera preferido no un hospital organizado en pabellones sino tipo rascacielos, pero las obras que se dejaron inacabadas en los años diez condicionaron las que se retomaron en los años veinte. Aun con todo, el esfuerzo de adaptación fue grande. De ahí por ejemplo el cambio en la numeración de los pabellones. Además, estamos encontrando muchos recortes pegados. Seguramente correspondan a modificaciones de los años veinte.
¿De qué fechas concretas estamos hablando?, pregunto.
El primer proyecto se empezó a gestar en 1919 y el segundo, que es el titulado "Casa de Salud Valdecilla", está datado en 1927, dice. El promotor del primero es la Asociación Constructora del Nuevo Hospital Hospital para Santander, en clara contraposición al que pasó a ser Antiguo Hospital de San Rafael, actual sede del Parlamento de Cantabria. La fecha es significativa. Es probable que guarde relación con la mal llamada gripe española. No lo es menos la del segundo: en el centro de la diana de la Generación del 27, cuyo centenario se va a celebrar el año que viene.
Se nos ha hecho tarde también aquí. A estas horas el restaurante está casi vacío, los camareros colocando las mesas. Me viene a la cabeza el verbo cántabro arrañar, que significa acercar la silla a la mesa. Nos despedimos de Fernando Raba, el camarero que nos ha atendido diligentemente. Me pide permiso para ir un día de visita a la Biblioteca con su hija pequeña. Por supuesto, serán bienvenidos, le digo. De camino a la Biblioteca Amaya y yo, le pregunto por las visitas didácticas organizadas por el Archivo.
Todo empezó durante el confinamiento. El Director, Francisco García, nos propuso pensar en posibles actividades de difusión que pudiésemos realizar entre todos. A mi compañera Elena Porras le pareció atractivo que, durante las celebraciones de la Semana Internacional de los Archivos en junio, las visitas al Archivo, que ya se hacían desde hacía muchos años, se hicieran teatralizadas. Encontró en el fondo de la Prisión Provincial el expediente del Dr. Ernesto Gonzalvo, nuestro primer personaje. Luego todos los trabajadores del Archivo sin excepción trabajamos para llevarlas a cabo.
El objetivo es dar a conocer lo que hacemos y para qué. Cómo trabajamos y qué tipo de fondos tenemos. Son visitas dirigidas al público en general, en sintonía con nuestro espíritu. No somos un bastión erudito. Somos la traducción organizativa de un servicio a la sociedad. Los ciudadanos entran sin saber y salen encantados.
También somos muy activos en redes. En este medio las fotos tienen mucho alcance, son muy vistas. El post con la foto de la Reina Victoria de visita en el Hospital ha sido el más visto. Era muy amiga del Dr. Madrazo.
Curioso porque este doctor era republicano, digo. Estuvo preso precisamente en vuestras instalaciones hasta poco antes de morir, que lo liberaron ciego y muy enfermo. De hecho la antigua Tabacalera donde estáis es Lugar de Memoria Histórica.
Hacemos parada exprés en el Servicio de Admisión y Documentación Clínica porque quiero que vea un par de muebles del antiguo archivo de historias clínicas que el actual responsable del Servicio, el Dr. Trinitario Piña, nos ha ofrecido. Su antecesor, el Dr. José Luis Bilbao, guardó dentro un muestreo de historias clínicas históricas realizadas en la Casa para que quedara memoria de su evolución. Lo ideal sería tenerlo todo, pero disponer de un muestreo razonado no es poco, dice Amaya. Lo ideal sería que también se transfiriera al Archivo Histórico Provincial de Cantabria y Amaya lo cree conmigo. Haremos lo posible porque así sea.
Foto de Amaya ante los muebles del antiguo archivo de historias clínicas del Hospital.
Llegamos a la Biblioteca. Vamos al Salón Noble. Quiero enseñarle el retrato del Dr. Ernesto Gonzalvo pero nada más entrar Amaya se fija en la maqueta de la Casa de Salud Valdecilla. Es de los años setenta pero representa el Hospital tal y como fue inaugurado. Me dice de memoria el uso de cada pabellón. Le señalo el jardín. Amaya ha encontrado publicidad de una empresa de jardinería de Madrid y el diseño que vemos se parece al de los folletos. Era un jardín asociado al pabellón de Infecciosos, que se mantenía aparte. Este pabellón no sufrió ningún modificado, se levantó tal cual estaba proyectado el año 1919, dice. El edificio hoy no existe, estaba donde hoy está Valdecilla Sur. Los jardines sí, pero de otra forma.
Foto de Amaya observando la maqueta de los años 70 que reproduce el Hospital de 1929.
Este es el cuadro, señalo. Lo pintó Alexandra García a partir de una foto que conserva la familia. Era de Digestivo, aragonés. Vino a Santander para trabajar en la Clínica del Dr. Morales, famosa por haber tenido de paciente a Leonora Carrington. No duró mucho en el puesto, probablemente por razones políticas. Él era de izquierdas y el Dr. Morales todo lo contrario. Entonces abrió consulta privada en la C/ Lealtad. Cuando se produjo el golpe de estado, Sor Bastos fue encarcelada en el propio Hospital, según testimonio del Sr. Burgada, responsable de Administración durante décadas, y se pidió al Dr. López Albo, que estaba en Bilbao, que regresara. En la espera, la Dirección del Hospital la cubrió este doctor de forma interina. Fueron unos pocos meses. Santander cayó en el verano de 1937. Él fue fusilado en otoño en las tapias del cementerio. Sus restos se encuentran en la fosa común de Ciriego. Cuando lo supimos le hicimos un homenaje con su familia e impusimos a su hijo la medalla de oro de la institución. Al poco recibimos la llamada de un familiar cirujano del Dr. Morales y se puso freno a los actos.
Una pena, dice.
Y que lo digas.
Le pregunto entonces por el expediente Schneider, empresa de la que dependía la actividad no asistencial del Hospital, equivalente, entiendo, a la actual Serveo, con la que se cortó relaciones en los años treinta, desconozco el motivo, pero posiblemente tenga que ver con su vínculo alemán en tiempos de guerra, y Amaya apunta que lo tiene localizado pero todavía no descrito. Ese expediente, ataja, puede ser un buen ejemplo de que los archivos son importantes para conservar la memoria colectiva y de que ésta concierne al presente. Tendremos que esperar a ver su contenido.
Generalmente, continúa, los fondos no se abren hasta que no esté todo listo, pero en el caso del Hospital vamos a hacer una excepción y a abrirlo poco a poco. Ahora estoy metida a fondo con el primer periodo. Cuando esté listo, le daremos salida. Mientras tanto, cuando recibimos alguna consulta respondemos a vuelta de correo que en cuanto la documentación pertinente esté disponible, se lo haremos saber. Hasta ahí llega nuestro trabajo. El uso que haga el usuario de la documentación servida será cosa suya, no nuestra. Nosotros nos limitamos a ponérsela, literalmente, en bandeja.
Que no es poco.
No es poco, efectivamente. Nuestro trabajo se puede resumir en dos palabras: conservar y hacer accesible, indica.
Recuerdo que durante el proceso de transferencia de documentación de una entidad a otra, de nuestra Casa a la vuestra, recibí en mi correo una consulta sobre un herido de guerra que os reboté y vosotros resolvisteis, digo.
La recuerdo. Se trataba del hijo de un trabajador del Hospital que de resultas de una herida de guerra se le tuvo que amputar una pierna en el propio Hospital. En Ortopedia se llevaba un registro muy completo de pacientes y prótesis. Hemos identificado al paciente e incluso el dibujo de la prótesis que se le puso.
Os agradezco que dierais curso a aquella consulta pendiente, reconozco. Lo veo como un adelanto de lo que será.
Así es. Decíamos antes que la documentación está muy desgajada, pero no es menos cierto que hay mucha. Por ejemplo, de la Escuela Libre de Medicina, un proyecto clave en la historia de la educación en Cantabria, hemos encontrado abundante documentación, y muy relevante. Esperamos un aluvión de consultas y publicaciones derivadas.
Ojalá sea como dices. Una de las razones que nos ha movido a hacer la transferencia ha sido precisamente esta, que con vosotros nuestra documentación va a tener mucha mayor pegada en la sociedad. La cosas están mejor donde mejor están. Este es un caso evidente de ello.
Aprovechando que estamos en el Salón Noble, que es el lugar donde se patentiza la carga histórica de la institución, le pregunto por nuestros distintos avatares. Amaya dice que las funciones suelen ser estables, por eso el cuadro de clasificación parte de ellas y no del organigrama, que es más fácil que sufra modificaciones. Fíjate si no, pone como ejemplo, en la Consejería de Salud, que en la anterior legislatura era de Sanidad. Los nombres pueden variar pero sus funciones es más difícil, estas suelen permanecer inalterables, al menos las básicas, que es en las que nos fijamos.
La historia del Hospital, continúa, es la de una búsqueda constante, por veces agónica, de financiación. Los distintos avatares por los que preguntas responden a esa realidad. Así, toda la documentación administrativa del Hospital anterior a 1969 pertenece al fondo documental de la Fundación Casa de Salud Valdecilla, que era una institución benéfica. Dentro de este periodo en que el Hospital se llama Casa de Salud Valdecilla, se distingue el Patronato Familiar y a partir de los años 50 el patronato institucional. A partir de 1969 se habla de fondos de organismos públicos de salud, no ya de la Fundación original.
Queda claro. Al menos queda claro que es un mapa intrincado.
Sí, lo es.
Decidimos ir terminando. En la salita que precede al Salón Noble, ya de camino a la salida, tenemos sendas fotografías del Marqués de Valdecilla y de su sobrina la Marquesa de Pelayo. La primera es la foto empleada en el obituario. La segunda es una foto que apareció en una carpeta antigua cuyas gomas dejaron marcas sobre la imagen. Aunque a ninguna le de la luz, la plata está reaccionando y aflorando. No se las hemos dado al Archivo pero lo haremos. A cambio ellos nos darán copias de calidad. Tienen escáneres para ello.
He consultado las notas de la secretaria personal de la marquesa conservadas en el Centro de Estudio Montañeses, digo, y no hacía más que destinar dinero al Hospital. Pagaba de todo, desde nóminas hasta ropa de cama. Era para ella una sangría. Se puede llegar a entender que le interesara desvincularse del compromiso adquirido por su tío, como parece reflejar la evolución del organigrama de la institución, como antes apuntabas. También es cierto que no era el único destino de su dinero, completo. Financiaba y largamente a Falange.
El Centro de Estudios Montañeses es, utilizando un símil minero, una veta de información importante, confirma Amaya. Otra es la Facultad de Enfermería de la Universidad de Cantabria. Ahí está parte de la documentación de la antigua Escuela de Enfermeras. Otra más, el Archivo del Ayuntamiento de Medio Cudeyo. No por obvia hemos de olvidarnos de la Fundación Marqués de Valdecilla. El Archivo de Presidencia también es importante, pues conserva el fondo de Diputación Provincial, donde están por ejemplo los estatutos de la Asociación Constructora del Nuevo Hospital de Santander. Tenemos que tener toda la documentación relacionada con el Hospital Valdecilla en el radar para poder satisfacer las necesidades de información del usuario, al menos para orientarle. La colaboración entre instituciones es fundamental. Este es un principio básico.
¿Y tú al marqués, dónde le ubicas?, pregunto. Del marqués se decía que tenía perfil aguileño y debía ser no solo por su apariencia física, sino también por ser una persona muy aguda y con una visión muy avanzada, dice. El marqués quería que este fuera un Hospital para todos, no un Hospital de San Rafael a lo grande. Esta visión, que es el germen del "Espíritu Valdecilla", no la tenía el proyecto de 1919. Se la debemos a él.
Esta idea empalma con una de las reclamaciones del naciente movimiento obrero de la época, que pedía despegarse de la beneficencia y explorar un concepto de sanidad entendida como derecho, completo.
Efectivamente. Los pasos del marqués iban dirigidos hacia una Sanidad Pública entendida en términos muy actuales. Otro perfil al que debemos prestar atención es el de los industriales. De hecho los primeros movimientos se produjeron en el Círculo de Recreo, entiendo que de Torrelavega. Destaca la figura de José María de Quijano.
Yo mantengo cierta prevención respecto al marqués, confieso. Mejor, con su recepción actual. Me parece que se está intentando forzar una equivalencia irreal entre el marqués como benefactor, entendido como una persona rica por inteligente y que por eso mismo es capaz de interpretar las necesidades del pueblo y satisfacerlas sin tener siquiera que hacer una consulta, algo de lo que probablemente el propio marqués aborrecería, digo, y ciertas no sé si decir empresas o personas con influencia y dinero que por intereses de parte están operando para erigirse como nuevos benefactores, cuando, como decíamos, precisamente el marqués huía de este modelo. El centenario va a ser una fecha clave en muchos sentidos, concluyo.
Salimos al balcón de la sala de estudio de la Biblioteca. Está clareando el cielo. Los acebos apenas levantan unos palmos. Pero la secuoya asoma por encima del pabellón de Dirección, que queda enfrente. Es solo cuestión de tiempo.
Entrevista realizada por Mario Corral, Director de la Biblioteca Marquesa de Pelayo.







