domingo, 1 de marzo de 2026

VIRIDITAS 43: Entrevista a Álvaro Martínez Peña, apicultor

Salgo con tiempo de más y voy al jardín a comprobar qué tal hace, si tan malo como parece desde mi despacho o no, y no.

O no tanto. Retrocedo y voy a buscar a Álvaro por dentro. Es apicultor. Hemos quedado en el Edificio 2 de Noviembre. Es hora punta y el recibidor está atestado. Debe hacer corriente o es que la gente solo pasa rozando. 

Llega y nos saludamos. Quiero empezar por dos cuadros propiedad del Hospital, el de Gruber que está en el recibidor y el de Orallo que está frente a los ascensores. Los dos se organizan a partir de una malla. El de Gruber es el último de una serie dedicada a ciudades. Por ser el último, no refleja ninguna ciudad concreta, sino un arquetipo. A mí me parece una ciudad costera sometida a la amenaza de una tormenta, por los colores, azules y negros, y ventanas con luz porque la gente se ha refugiado en sus casas. Pero es solo una impresión mía. Será por los días crudos pasados. En el de Orallo reconozco algunas de las escenas representadas, como esa en la que el pintor saluda de niño subido al azucarillo de piedra que confiere carácter a la playa de La Concha de Santander. Saluda a su madre, cuyo lugar ocupa el que mira.

De un círculo bajo presión se obtiene un hexágono. Por eso las celdas del interior de las colmenas son hexagonales. Es la primera anotación que hago.

El año 1852 se produjo un antes y un después en la apicultura con la invención de la colmena de cuadros móviles moderna. El inventor, un reverendo norteamericano, Lorenzo Langstroth, vio que de forma natural las abejas guardaban una distancia de entre seis y nueve milímetros entre panal y panal, lo que se llama el paso de abeja. Esta distancia permite que las abejas hagan vida dentro. Más enfriaría el conjunto. Menos, impediría el tránsito. Todo lo que no corresponda con esta medida, lo sellan con cera o, si supone un riesgo para la colmena, caso de una fisura por donde pueda entrar agua o viento, lo propolizan para impedir la aparición de hongos.

Lo que cuenta Álvaro me recuerda al paso que hay a la altura de la antigua venta de Tajahierro, de donde probablemente el topónimo, en el puerto de Palombera, cuya anchura determinaba la de los carros del país que iban a Castilla a cambiar aperos, la conocida como garáuja, por productos difíciles de obtener en La Montaña, singularmente patatas.

La palabra cambera, en origen camino carretero, hoy en competencia con carretera y pista pero con un potencial de uso enorme, procede de la camba o pieza curva de la rueda maciza del conocido como carro chillón. Es una familia prerromana. Los carros chillones se llamaban así porque las ruedas giraban solidariamente con el eje, rozaban con la caja del carro y emitían un chirrido característico. Los carros llegaban incluso a prenderse, por la fricción. Tengo para mí que los antiguos mitos de carros solares, por ejemplo el que conducía el dios griego Helios, encuentran acomodo en esta circunstancia. Se resolvía ensebando el conjunto.

Lorenzo Langstroth, retoma Álvaro, pensó que podía replicar a las abejas y construir colmenas con esta distancia entre cuadros, lo cual permitiría moverlas y trabajarlas. El duju ofrece poca información interna, el apicultor va a ciegas, y con las modernas ves lo que pasa dentro. La ventaja es considerable.

Los dujos en Cantabria están hechos con troncos de árboles huecos. Son una mímesis de los troncos de árboles huecos que las abejas habitan de forma natural. Los dujos tienen una tapa de madera, la cubija, y los aviaderos, por donde entran y salen las abejas, del latín VIA, "camino, paso, conducto". La palabra duju tiene una etimología oscura. A mí me parece que entronca con la palabra toju, hueco en un árbol, de donde es probable que proceda el topónimo Los Tojos, pueblo cabuérnigo conocido precisamente por la bondad de su miel.



Las fotos son de dujos situados al pie de una ermita rupestre en la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica.

Cera y propóleo, pues, para construir un entorno habitable para las abejas. El propóleo es una amalgama de yemas de árboles, resina y saliva de abeja, básicamente. Les cuesta mucho producirlo, afirma Álvaro. Por eso para sellar emplean cera y solo cuando es necesario para eliminar o inhibir microorganismos patógenos, propóleo. También a escala macro. Por ejemplo si la mariposa de la miel, la que tiene una calavera en el dorso, consigue entrar y la colmena está fuerte, la matan y propolizan para evitar que su cadáver contamine la colmena. Incluso se han llegado a reportar casos de ratones "momificados" dentro. No por casualidad la palabra propóleo significa "defensa de la ciudad" en griego. Es el arma secreta de las abejas.

Otro producto de las abejas es la jalea, a la que llamo, dice, leche de abeja. Es con lo que alimentan a la reina y a las larvas destinadas a ser reinas. La jalea se diferencia de la miel en que tiene mucha proteína -la miel también pero no tanta-, muchos minerales y vitaminas, más -y es lo que la hace súper especial- el ácido 10 HDA hidroxidecenoíco, el producto "milagroso". Su concentración indica la calidad de la jalea. Este componente es el que hace que raspe la garganta. También puede raspar la miel, pero por el porcentaje que tenga de jalea.

Álvaro me explica que la jalea es la que marca la diferencia entre una reina o una obrera. La genética es la misma en ambas. Pero una obrera en invierno vive dos meses y en verano un mes. La reina alimentada con jalea, cinco años. Algo debe tener, pues.

Puedes pensar que la reina es una obrera súper desarrollada, continúa, o verlo al revés, que la obrera sea una reina que no ha llegado a su fase final de desarrollo. Hago la comparación con la obrera, aclara Álvaro, porque esta, cuando la colmena se queda sin reina por ejemplo porque la come un pájaro al salir a fecundarse, puede poner huevos, pero con la diferencia de que de los huevos de obrera solo van a salir zánganos. Estos son los machos. 

Los zánganos proceden de huevos de reina no fecundados o excepcionalmente de obreras. Su única función es fecundar a la reina. Tienen abuelo, abuela y madre pero no tienen padre. Esta es la forma como las abejas han resuelto la diferenciación sexual. Huevos no fertilizados o haploides los machos y huevos disploides las hembras, que pueden ser, según sean alimentadas con jalea o no, reinas u obreras. La colmena es realmente un individuo. Funciona como tal. No se tienen que reproducir las abejas sino la colmena. Es un proceso acompasado.

Decidimos movernos. Cogemos un ascensor y nos dirigimos a los jardines. De camino hablamos sobre el colapso natural de las colmenas.

La reina solo sale cuando se enjambra y cuando se fecunda, explica Álvaro. Antes se creía que eran los zánganos los que acudían a la reina pero ahora se sabe que son las reinas las que salen en busca de nubes de zánganos para evitar la endogamia. Es interesante que haya muchas colmenas juntas, como se hacía antiguamente, precisamente por este motivo.

Cuando la reina muere las obreras van a coger cinco o seis huevos de los recién puestos, denominados realeros, y los van a alimentar con jalea para obtener otras tantas reinas vírgenes. Cuando nacen se pelean entre sí y la que sobrevive tarda entre veinte y veinticinco días en fecundarse. Pero imaginemos que en el proceso la reina virgen muere. Esa colmena se queda sin huevos fecundados y sin vírgenes. Se vuelve entonces zanganera y no tardará en colapsar.

Entramos en los jardines. Paramos donde la chilca en flor, planta invasora que hay que quitar. Pregunto a Álvaro por el origen de las abejas. Responde con agilidad y una sonrisa: las abejas son avispas que se volvieron veganas.

Hay estudios que demuestran que las primera abejas aparecieron hace uno 130 millones de años. Las plantas dependían del viento. Si tenían suerte, alguna partícula de polen aterrizaba en una flor femenina. Demasiada incertidumbre. Solo era cuestión de tiempo que la naturaleza encontrara una solución más eficiente. Efectivamente, aparecieron los insectos voladores especializados en el consumo de polen, proteína pura. Las primeras flores eran discretas pero a partir de ese momento se visten de colores para llamar su atención. Metidas de lleno en esta agresiva campaña de publicidad, una campaña por la reproducción, algunas flores comenzaron a generar un suplemento: néctar. Fue entonces cuando aparecieron las abejas, especialistas en recolectar polen y néctar.

Curiosamente, dice Álvaro, cuando pides a alguien que imagine una abeja la imagen que se representa es la de la abeja Maya de la tele, amarilla con franjas negras. Pero resulta que esta no es la buena. Es una abeja italiana dibujada en Japón. ¿Y cuál es la buena?, pregunto. La autóctona, responde: la negra ibérica. Diciendo autóctona quiero decir mejor adaptada a su entorno. Porque le pertenece. La abeja al territorio y viceversa. Sus problemas serán, si acaso, los mismos y sus respectivas soluciones serán compatibles.

La teoría dice, aunque todavía es poco lo que sabemos, que la abeja melífera llegó a Europa procedente de Asia antes de la última glaciación. Los hielos hicieron que se replegara al territorio que en la actualidad ocupan España, Italia, Grecia y norte de África. En este periodo es cuando apareció la amarilla italiana, es probable que por la acción del ser humano, es decir, por selección. Se retiraron los hielos y la negra de nuevo colonizó Europa.

En los años veinte del siglo pasado otro erudito, esta vez un pastor inglés, el Hermano Adam, diseñó una abeja híbrida muy productiva que desplazó de nuevo a la autóctona negra. Pero la híbrida ha devenido insostenible. Es una bomba química además de resistir mal las bajas temperaturas, hay que suplementarla con azúcar, que es caro, etc. De resultas, el mercado ha vuelto la mirada a la abeja negra ibérica. Es la vía.

Me llama la atención su color, digo. ¿Tendrá algo que ver con la capa de hielo que protagonizó su paisaje durante generaciones? Se me ocurre que para comunicarse con otras abejas el color más apropiado es aquel que mejor contrasta con el fondo, en este caso negro sobre blanco, como las flores lo hacen con el verde. No tenemos respuesta a eso, contesta Álvaro. Puede que tenga que ver con la luz del paisaje, como es probable que ocurra con la vaca tudanca, que también es oscura, o simplemente con la aleatoriedad, es decir, que la que cambió de color resulta que es la que llevaba el gen bueno y el color da igual, pero no lo sabemos.

La abeja es la misma para todos, la negra, pero luego cada pueblo la ha manejado a su manera, continúa. En Eslovenia por ejemplo tienen una raza propia fruto de la selección practicada durante los últimos cuatrocientos años. Allí está mal visto ir muy protegido porque su abeja no pica, es mansa. Aquí sin embargo es lo contrario. En Cantabria la abeja se la hemos confiado a la naturaleza. No es nada dócil. Pero que hoy sea así no significa que siempre lo haya sido. Hay que tener en cuenta que las características que se imprimen a una colmena se pierden enseguida. Basta el contacto con otra naturalizada para que se vuelvan ariscas.

Yo una vez fui con un tío mío bastianu a por miel, tercio. Fuimos solo con una pequeña olla escupiendo humo, nada más, vestidos normal, sin ninguna protección. Álvaro sonríe y me agradece que comparta este recuerdo porque está convencido de que en Cantabria también se ha practicado desde antiguo selección para facilitar el manejo de la abeja.

Le pregunto entonces por el efecto del humo sobre las abejas, humo que, por cierto, tradicionalmente se obtenía, y así aparece reflejado por ejemplo en El disputado voto del señor Cayo, película del cántabro Mario Camus cuyo guion se basa en una novela de Miguel Delibes, prendiendo boñiga de vaca. Me aclara que ni las despista ni las atonta, a diferencia de como se suele creer. Para ellas el humo es igual a incendio, la colmena está ardiendo. Es una agresión en toda regla. Se despreocupan de ti para salvarse ellas. Lo más importante en ese momento de crisis son las reservas, no tú.

Hace muchos años, digo, un vecino muy mayor de Viaña me explicó que para espantar al lobo lo que hacían los pastores en Colláu Jermosu (por lo bonito que es), Cuetu la Jorcá y todos aquellos montes situados a espaldas de su pueblo era prender árboles por dentro y dejar que ardieran poco a poco, expulsando humo, porque el lobo lo teme. Cabe imaginarse una cortina de humo como frontera entre el espacio destinado a pastizal, al cuidado del ser humano, y el reservado al lobo. Quizá por eso a los vecinos de Viaña se les conozca con el sobrenombre de lobetos, los cachorros de lobo, por haber aprendido a tratarlos. También sé de jabalíesa los que se echaba de los maizales poniendo ollas cerca ahumando, igual que cuando había alguna culebra cerca de casa. En la Cantabria profunda, matar nunca es la primera opción.

En la foto se ve un árbol en Bustabláu, cabecera del río Barcenillas, en territorio de Viaña, empleado antiguamente, según testimonio de vecino, para espantar al lobo con humo.

Se me ocurre que otra forma de aprovecharse del miedo de las abejas es cuando enjambran, continúo. Sabrás que para evitar que se escapen se chocan dos trozos de teja, pregunto, pero es una pregunta retórica porque sé que Álvaro lo sabe de sobra. El ruido es parecido al del trueno, sí, responde. Es así como se quedan quietas. En mi casa, sigo, se cantaba al tiempo el sonsonete "aquí güenas, aquí güenas, acurriar a las mis colmenas". Se podría traducir como "aquí buenas, aquí buenas (en referencia a las abejas), regresad (empleando el verbo acurriar, que vale tanto para animales como para personas) a mis colmenas".

Cantabria es un lugar donde se ha practicado la apicultura de seguido, estoy convencido de ello, concluye Álvaro. Por historias como la de tu tío y otras, me atrevería a asegurar que aquí también, como en Eslovenia, se ha seleccionado a la abeja mansa. El problema es que en cuanto hay un hiato, una interrupción significativa, como pueda ser por ejemplo la provocada por el éxodo rural del pasado siglo, la colmena revierte su conducta y vuelve a ser agresiva. Por eso hoy puede que no lo parezca, pero los testimonios están ahí. Nuestra actividad en Abeja Negra de Cantabria entronca con la tradición de nuestra tierra. Me siento orgulloso de ello.

Principalmente, ¿a qué os dedicáis?

A vender abejas reina y enjambres de abeja negra ibérica. También nos estamos metiendo ahora con la jalea real.

Tu tío seguramente era depositario de un conocimiento heredado profundo y el día que te llevó sabía que era el apropiado. No es solo inducir lo que la abeja tiene que hacer sino también saber hacer tú lo que debes. Es una relación uno a uno, como el mapa a escala de la realidad proyectado por Borges. No es raro ver sobre todo en el sur de Cantabria casas con colmeneros horizontales asomando en la fachada. Las abejas estaban en el desván. Eran parte de la casa entendida en sentido amplio. Cuando las abejas están a sus cosas, por ejemplo un día de mayo a veinticinco grados, que están recolectando néctar como locas, no te hacen nada. Te proteges si acaso con un poco de humo y ya está. Pero en días como hoy seguro que tu tío no se acercaría. Eso también es sabiduría.

Me interesa esa negociación blanda con la naturaleza propia de Cantabria, digo. Más que intervenir lo que hacemos es disponer. Un ejemplo intrascendente pero quizá por eso mismo significativo lo representan los palos de turcías, con una decoración en espiral que no se talla, se logra colocando una enredadera alrededor para que a medida que el palo crezca, vaya quedando la forma de la enredadera. Otro ejemplo son los seles, los lugares donde las vacas hacen noche. No están delimitados. Vas por el monte y no los ves si no sabes que están ahí. Las vacas sí lo saben porque nacen en ellos -que lo hagan es uno de los cometidos de los pastores- y gracias a ello las vacas los reconocen como propios. Lo normal es que no haga falta ni traerlas, vienen solas. Esto no es porque sí, sino porque se han dispuesto las cosas para que así sea. Los palos de turcías y los seles son buenos ejemplos de esta negociación soft con la naturaleza que apunto. O los dujos, se me ocurre. Por dentro tienen dos palos cruzados en cruz que están marcando un límite: desde la marca hacia abajo la miel es de las abejas y desde la marca hacia arriba de las personas. Más que un límite, lo que está es sellando un pacto entre iguales, una pacto equitativo, digo.

Entonces, mansedumbre sí pero habilidad en el manejo también, trato de resumir. Efectivamente, concede Álvaro. De hecho, van de la mano. En el caso de las abejas, la mansedumbre es la epifanía del saber hacer.

Nosotros en nuestra empresa la selección la abordamos desde distintas facetas: potenciamos la mansedumbre, como se ha hecho siempre pero con métodos modernos, y estamos trabajando en que la abeja no sucumba al ácaro Verroa destructor. Estos son los parámetros que nos guían: mansedumbre y convivencia con el ácaro.

Para hacer la selección aplicamos dos técnicas: la inseminación instrumental empleando microscopio y el área de fecundación controlada, explica Álvaro. Tenemos una de estas áreas en Sejos, indica. Han elegido este emplazamiento porque no hay otras explotaciones apícolas cerca. En el resto de puntos de Cantabria el radio es muy bajo, informa. Si por ejemplo tengo en Treceño treinta núcleos pero en El Turujal hay una sola colmena de híbridas, la mitad de las que a mí me salgan van a ser amarillas, dice. Esto en Sejos lo evitamos. A Sejos subimos abejas seleccionadas y aseguramos una reproducción controlada, es decir, que responda a lo que queremos.

De camino a Sejos están Las Aguileras, digo. Se ven desde el mirador de La Cardosa. Es un acantilado que asoma a un mar de color verde. Encima está Braña Espinas. En el pueblo de Saja todavía recuerdan que se descolgaban subidos en grandes cestos de avellano conocidos como zonchos para coger (el verbo que se emplea es catar) la miel de la roca a mano. Bajaban bien tapados para protegerse. Pero arriba tampoco se estaba del todo seguro porque las abejas trepaban por la soga. Los días de calor la miel escullaba. La recogían en escriños. Es una escena muy parecida a la representada en la cueva de La Araña, en Bicorp, en la que se reconoce una figura humana que utiliza una escala para alcanzar un panal. Esta cueva es Patrimonio de la Humanidad, digo. Sin embargo, nosotros que conservamos no la cosa, sino la idea que la explica, nada. De hecho es probable que este recuerdo no pase a la siguiente generación y se pierda.


Las Aguileras desde La Cardosa.

Es un caso común en Cantabria, continúo. Desde la UNESCO avisaron de que iban a declarar Patrimonio Inmaterial de la Humanidad la técnica de la piedra seca y preguntaron si en Cantabria había, a lo que nuestro gobierno regional respondió que no. Y eso que hay un centro de interpretación dedicado precisamente a la piedra seca en Valderredible. Nuestros responsables no conocían ni los morios montañeses, ni los parapetos campurrianos, ni las paredes de viñas cuetanas, nada. En este sentido, somos un espacio en blanco en el mapa de Europa. Pregunté, y parece que tampoco se puede corregir porque el Gobierno de España está trabajando en otras candidaturas y esta la dan ya por cerrada. Se ve que no sumamos suficiente masa crítica.

Álvaro concede la categoría de vestigio a esta técnica de recolección rupestre documentada en Las Aguileras.

De hecho, añado, es probable que la relación entre braña y abeja sea muy estrecha, y no porque la abeja se domesticara a la vez que la vaca (la tudanca procede directamente del uro), sino porque la domesticación de la vaca vino acompañada de la creación de pastos que facilitaron la expansión de la abeja. La colonia de Las Aguileras podría ser primigenia, aventuro, y su explotación la primera solución puesta en práctica por el ser humano. Aquí como en otros sitios. Pero lo que está claro es que aquí también.

Pero también cabe la posibilidad, apunta Álvaro, de que esta miel fuera especial porque siendo buena, las dificultades que entrañaba su recolección la convirtieran en excepcional. Es decir, que fuera muy valorada por razones subjetivas. Esta opción, sin contradecir su posible condición de miel originaria, aclara Álvaro, podría ayudar a explicar mejor por qué se ha mantenido su recolección hasta prácticamente la actualidad.

Miel es una palabra que de tan antigua se desconoce su origen. Se utilizaba en hitita, por ejemplo. Las lenguas se extinguen pero esta palabra se sigue transmitiendo. Tiene una adherencia incuestionable, digo. De dónde vendrá.

Qué sería, miel de brezo, pregunto tras una pausa.

Sí, seguramente, responde Álvaro.

Es como las siemprevivas que llevaban los montañeses prendidas de la solapa, no tanto por bonitas, o no solo, sino sobre todo porque eran difíciles de coger y llevarlas en la chaqueta demostraba valentía. Un caso parecido al de la flor de edelweiss, concluyo.

La miel es una síntesis del entorno. La que más gusta aquí es a la que estamos acostumbrados, aquella que casa con cómo somos: la que raspa, dice Álvaro. Es un gusto cultural. La miel no tiene por qué raspar. De hecho en otras partes no es así. Incluso en la costa cántabra la miel tiende a ser más líquida y suave.

Mi pareja es de Madrid y en su casa se consumía miel de La Alcarria, que es muy suave, digo. Pero a ella también le gusta que raspe, como a mí, porque de pequeña veraneaba en casa de su abuela santanderina y el mielero que le vendía miel la vendía fuerte. Pues resulta que este mielero es el mismo que vendía a mis abuelos maternos en Cabezón de la Sal, desvelo. Era un vendedor trashumante de miel cántabra. Mi pareja y yo tenemos el mismo gusto probablemente porque nuestros abuelos compartían mielero, fíjate.

En este sentido, la miel de calluna es excelente, asegura Álvaro. Es un brezo, aunque en realidad no está del todo claro que lo sea. Florece en otoño. Es de alta montaña. La miel que da es de color chocolate. A los quince días en el bote la tienes que sacar a rascadas.

Me recuerda a mi familia, digo, donde a los mayores les gusta el rasqueru, o lo que un catalán llamaría socarrat, es decir, lo que queda requemado al fondo del puchero y hay que rascar con la cuchara para sacarlo.

En definitiva, concluye Álvaro, somos en lo que nos rodea, y la miel no es una excepción. 

Pero hay gente que vive ajena al territorio, que lo dan por muerto o que lo quieren ver muerto, continúa. A mí esta visión me parece inmovilista. Es gente que se conforma con una foto fija. La contra es evolucionar.

En eso también estamos de acuerdo, Álvaro. En mi opinión, la evolución puede inspirarse en soluciones del pasado. El pasado es un repositorio de soluciones potenciales. Todo lo bueno es moderno, decía Manuel Llano.

Por ejemplo, Mario, fíjate qué bonito sería poner unas colmenas de abeja negra ibérica en el Hospital. Por lo mismo que la miel que costaba tanto coger en Las Aguileras era considerada excepcional, la miel producida en el Hospital también podría serlo. Se me ocurre que incluso a nivel de identidad de marca sería positivo.

Volvemos a estar de acuerdo, digo. Le propongo entonces continuar con nuestra conversación en la Biblioteca. Subimos por la curva que va por Urgencias para que vea el paredón que delimita el Hospital con la C/ Padre Rábago, un emplazamiento a sur fantástico para futuras colmenas de abejas ibéricas negras, si llega a cuajar el proyecto.

Pero antes hacemos parada en la antigua balanza y le hago una foto:

Entramos en la Biblioteca y nos sentamos en la mesa grande del Salón Noble, frente a frente. Fuera está cubierto.

Las abejas tienden a volver, dice Álvaro. Si una colmena colapsa y el meleru queda vacío es muy probable que esa misma cavidad la reutilice otro enjambre a la primavera siguiente. Esto es porque no les resulta fácil empezar de cero.

¿Y tú, Álvaro, has vuelto?, pregunto.

No es que haya vuelto, responde, es que me he reencontrado. Hablo de crecimiento personal. Porque volver, no hay dónde volver. El pueblo ya no existe. Queda un reducto sobre todo de ancianas, que son las que conservan la cultura que hace comunidad, la que a mí me interesa, pero sin futuro, me temo. Prima una masculinidad detentadora de valores residuales. Me resisto a que esa sea mi herencia. No estoy a favor de extinguir al lobo, por ejemplo. Tiene que haber una solución mejor. Para esto como para todo.

Me quedan pocas preguntas que hacer. Antes de terminar le quiero contar una experiencia que mi pareja y yo tuvimos de nuevo en Viaña. Fuimos a buscar pirujos de la miel, fruta que, a diferencia de otros pirujos, no hace falta meter dentro de la peña de hierba o entre manzanas para que madure. Se pueden comer directamente del árbol. Son toda una exquisitez. Subimos y la fruta no porque no era tiempo pero los árboles sí los encontramos. Quedaban dos. El caso es que preguntando a unos y a otros acabamos de tertulia con casi todo el pueblo en mitad de la carretera, haciendo círculo. Se nos hizo de noche contando historias. Muchas relacionadas con las abejas. 

Un señor muy mayor nos contó que para localizar un meleru había que acechar a una abeja al pie de un charco o de una poza del río y cuando dejara de beber, seguirla, pero cuidando de no confiarse porque la abeja nada más levantar el vuelo hace un quiebro para despistar a posibles depredadores. También se podía forzar y poner un cebu consistente en un recipiente con orín o agua con azúcar. Álvaro sonríe y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Las abejas necesitan minerales, confirma. El río no da todo lo que la abeja necesita. Así que recurren a fuentes alternativas. Por ejemplo, en el sur se las suele ver rondando las piscinas. Nosotros ese problema no lo tenemos pero sí con los purines. Es grave porque se está desparasitando al ganado sin medida. No digo que no haya que hacerlo, pero sí que habría que controlar las cantidades porque se está matando todo. La carga de químico que llevan los purines es tal que está acabando con todos los insectos. Si te fijas, antes las boñigas estaban tomadas por moscas, escarabajos, etc., pero ahora no. Este de los químicos en los purines es uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos los apicultores. Duele incluso más que otros porque este, a diferencia de la avispa asiática o el ácaro, tiene fácil solución.

No me parece tan fácil, arguyo.

En comparación, sí, recorta. El ácaro ha acabado con todos los enjambres silvestres. Si ves alguna abeja, da igual dónde, será doméstica o escapada. Nuestra propuesta para solucionar este problema se basa en la selección de abejas que no sucumban a la amenaza. Creemos que es la vía. No más químico, sí capacidad de adaptación "asistida" y convivencia interespecies.

Respecto a los purines, conviene remarcar la diferencia entre estos y el cuchu. Las vacas comían heno y sus deposiciones se mezclaban con el helecho que hacía cama en el establo. Ni siquiera olía mal. Por eso se consentía que hubiera vacas debajo de casa. El cuchu era el mejor abono y no representaba una amenaza para nadie, tampoco para las abejas. 

No en vano la palabra cuchu hermana con "cultura", digo. 

Volviendo al vecino de Viaña, cuando la abeja llega a la puerta de la colmena, realiza una danza que indica a las demás dónde está la miel. Recuerdo que el vecino la representó. Pegó los brazos a los costados, abrió las manos como alas diminutas y dando saltitos estrábicos completó una semicircunferencia. Álvaro vuelve a sonreír. Por lo que indicas, dice, ese vecino transmitió la ubicación de una fuente de alimento que estaba próxima. Enarco las cejas y él se reafirma. Dependiendo de lo que la abeja haga está transmitiendo una información u otra. Hay muchas variables y no todas se han logrado descifrar. Pero si realiza vuelos en semicircunferencia, la fuente está cerca. El baile es una especie de GPS biológico, concluye.

Y tú, le pregunto, ¿te comunicas de alguna manera con ellas?

Sí. Los sonidos graves o de baja frecuencia hacen que salgan. Las aviso y salen. Es mejor esto que asustarlas. También empasto silbido y ruido gutural. Álvaro lo reproduce y compruebo que suena como un canto nepalí. Pruebo y a mí también me sale. Confieso que cuando paso entre vacas por el monte las voy hablando bajo. También trato de tranquilizar así al mastín que cuida de su línea invisible. No es lo mismo, pero los vaqueros cabuérnigos rara vez pegan a sus vacas, suelen ir delante con el palo en alto y las vacas detrás, o si acaso las jablan, que es comunicarse con ellas a través de una especie de código morse compuesto por toques que dan con la ahijá en los cuartos traseros o el morro. La violencia está mal vista. Es un fracaso.

Yo me comunico con las abejas lo mismo que ellas se comunican conmigo, dice Álvaro, es una comunicación bidireccional. Yo para ellas soy el que las asusta con humo y las intenta reproducir. Mi relación con ellas es de tú a tú.

No somos los únicos que tenemos una relación estrecha con las abejas. Por ejemplo, apunto, la orquídea corazón (Serapias cordigera), que ofrece refugio a las abejas. A cambio, la polinizan. Forma amplios corros en los jardines del Hospital Mompía.

Miro y Álvaro se refleja en el cristal reluciente que cubre el tablero de roble de la mesa del Salón Noble donde estamos sentados.

Las colmenas tienen su carácter, explica. Días como hoy, por ejemplo, que hace malo, estarán agitadas y nerviosas dentro del cuadro, comiendo sin parar, a oscuras. Hoy es mejor no molestarlas. Me doy cuenta de que Álvaro se vuelve a referir a ellas en el sentido de comunidad.

Las abejas son las condensadoras del territorio. También son sus centinelas. A nivel personal, te abren las puertas de la botánica, la toponimia... Son majísimas y hacen cosas muy interesantes de las que aprender.

Me viene entonces a la cabeza la palabra mielgu, que se aplica a los mellizos. Le pregunto la razón. Quizá porque están tan juntos que se les presupone cariño mutuo, aventura, de ahí que se recurra a una palabra de la familia de la miel, por su bondad.

Pero no todos están de acuerdo con su bondad, o mejor, a no todos les interesa, sigue. Por ejemplo a poderosas multinacionales de fitosanitarios, como Bayer y su filial Monsanto, que están promoviendo la idea de que las abejas están desplazando a los polinizadores silvestres. Obviamente, las abejas compiten, pero de forma equilibrada, máxime las negras autóctonas. Sin embargo, por culpa de esta campaña de desprestigio se está expulsando a los apicultores de la Red Natura 2000. En España todavía no, pero llegará. Ni abejas ni insectos vivos, parecen querer.

Efectivamente, las abejas condensan una realidad con muchas aristas.

Álvaro guarda un silencio que vale por unos puntos suspensivos. 

Voy recogiendo los folios que he ido dispersando por la mesa a medida que iba agotando el espacio en blanco. Luego trataré de levantar con ellos un mapa de nuestra conversación

un mapa donde, en primavera

-la estación de las abejas-

todo florezca.

VIRIDITAS 42: Las flores de las camelias

Despunta la primavera. Tiembla el pabellón con las obras de la protonterapia. Caen las flores de las camelias al suelo.